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viernes, 3 de marzo de 2023

DELICIA UNA MARIPOSA


 

- Mirta... esta casa tiene mucho trabajo. Acá está su habitación, su baño, su intimidad. Temprano alrededor de las 7 horas debe subir el desayuno a las niñas. Miramar tiene 13 años, está en la habitación celeste... Serena tiene 11 años, tiene la habitación rosada... es mas perezosa que Miramar, tendrá que exigir que se levante y se prepare para las tareas diarias y Delicia... Bueno, Delicia es una nena, que le parecerá extraña... A veces cuando es la hora de despertarse, ella ya esta sentada mirando por su ventanal al jardín..., no escuche ni ponga atención a sus historias. Vive en un mundo de fantasías. ¡Ella esta en la habitación blanca! ¡Ah, no quiere que le toquen su cubrecama antiguos de encaje blanco! ¡Y suele usarlo de capa o se cubre entera con él, no se lo toque por favor!

- Bueno Mirta... comience por la biblioteca, luego los pisos... hay que encerar...

- Mami... anoche viajé por el bosque de cedros del Líbano... ¿Vieras cuántos pájaros me acompañaron en mi vuelo...? Mami es hermoso... cálido, seco con una suave brisa que viene del desierto...

- Nena correte, que tengo que ordenar la alacena. No digas esa cosas, que cualquiera que te oye creerá que estas loca. Córrete.

- Mami ¿Las estrellas suspiran?

-¡Cómo van a suspirar las estrellas! ¡Ay!

- Entonces anoche ví un mundo de cometas... era el suspiro de una estrella... y...

- Cállate y ayúdame a subir esta caja al estante...

- Mami...

- ¡Delicia deja de soñar y ayúdame!

 La casa continúa como un engranaje práctico, pero un hecho insólito se gesta en su interior. Una metamorfosis.

- Mirta llame a Delicia, pues no bebió su desayuno... ¡Está tan delgadita y frágil...!

- No se preocupe señora, ayer cuando baldeaba la terraza la vi volaba de flor en flor en el jazminero... se alimentaba de néctar y rocío

 -¿Cómo...? ¡Cómo no me avisó! –dijo alterada Carmela.

-¡Como usted dijo que no opinara y que la chica era...algo rara! Yo creí que no tenía que decir nada.

- ¡Dios mío, corra a ver que está haciendo! Mientras sigo limpiando estas bandejas de plata, veré como saco la mancha de la alfombra. (Piensa ensimismada)

- Señora, Delicia, está mirando por la ventana quieta, muy quieta (suspendida de la cortina y yo creo que esta loca...loquísima)- dice la muchacha mascullando...

- El doctor Benito, esposo devoto y padre amoroso observa consternado a Delicia... pequeña, delicada...cabello largísimo (no permite que le toquen su cabello castaño oscuro); ojos pardos, grandes, como cristal de cuarzo poblado de tristeza, ojeras profundas provocadas por largas noches de embelezo... quimeras... sueños. Manos largas y finas como pétalos de lirio azulados. ¡El padre observa y teme porque esa hija... que es una delicia, se va desdibujando, se diluye lentamente! ¡Delicia ángel, Delicia genio, Delicia alma! ¿Qué hacer, se pregunta en sus silencios compartidos con la mirada inquieta de su hija pequeña?

- Mirta hoy tenemos que lavar los vidrios, las cortinas, las colchas... ¡Menos la de Delicia, por supuesto!

- Yo subo señora, ya lo hago.

 Así pasan los días y surgen nuevas y extrañas situaciones. Delicia vuela, Delicia danza con sus zapatillas de punta y su traje de gasa blanca por las cornisas y los tejados de la casa. Delicia come pétalos de flores, bebe rocío y sueña...

Carmela limpia, ordena, bruñe la platería, cose, borda, cocina mil manjares para su hermosa familia y no mira a su paso la constelación de pájaros, mariposas y luciérnagas que van invadiendo el jardín. Nuevos helechos, fantásticas enredaderas con flores perfumadas... orquídeas preciosas que van apretándose en los árboles y floreciendo...

  -No ve a Delicia que se va tornando en su ser fantástico... casi transparente... un hálito.

  -¿Carmela donde están las chicas? – pregunta el padre con enorme regalo entre sus brazos.

-Miramar estudia en su escritorio la vida de las abejas para clases de biología, esta pintando un hermoso trabajo con tinta china y plumín... ¡Una belleza! y Serena con su amiga imaginaria, tejen una manta al crochet para manualidades, está en la terraza... y Delicia... no sé, hace como una hora que no la veo... estaba parada frente a la puerta de la terraza.

De pronto se abre con una fuerte corriente de aire la puerta que da al jardín.

- Mamá, en la mesita de la sala en el  piano hay una estatua tan hermosa... es una bailarina como de cristal opaco... (dice Marimar)

- No, Mami es de porcelana... (dice Serena)

- Vamos a ver... ¡Qué hermosura querido¡ ¿Cuándo la compraste? Es de alabastro... y miren se parece a Delicia... dicen todos a coro...-

¡Afuera no hay viento... pero... el aire envuelve la cortina y arrastra la bella estatua de alabastro... y cae!

Sobre el mármol del suelo, se estrella y rompe en mil trocitos, desde su interior emerge una bella mariposa blanca con alas de encaje que vuela y se pierde en la noche.

 

lunes, 8 de febrero de 2021

NANDIE SUPO COMO ABRIÓ LOS OJOS

 

             La casa estaba en penumbra. Una pequeña ventana con la persiana rota dejaba entrar un rayo de luz que inquieto iluminaba aquí y allá según la hora.

              Marcelina se escapaba a distintas hora para espiar por ese ojo de vidrio. Todo estaba sucio y abandonado.

              Su mamá, preocupada, la buscaba pues le habían comentado las vecinas que en la noche se oían voces. Hacía años que la casa estaba deshabitada. Por lo que temía que algún malviviente la hubiera usurpado. Nunca se veía a nadie.

              La niña, que había cumplido seis años soñaba con entrar y revisar cada rincón. ¡Había cadenas en cada puerta con su candado enmohecido, era imposible!

              Una mañana muy temprano la luz del sol iluminó un rincón que había permanecido oscuro. Allí Marcelina vio un muñeco de aspecto singular. Su piel de durazno apenas pintada y su pelo y barba de lana rojo le recordaba a un personaje de su cuento favorito. De inmediato quiso poseerlo. ¿Cómo entrar? Buscó a Rulo, su vecino. Su mamá le tenía prohibido jugar con él, porque era algo grosero y hacía cosas feas. Además se comía las uñas. Rulo se interesó de inmediato. Saltó la pequeña verja. Merodeó, tanteó, golpeó y rebuscó un lugar de fácil acceso. Nada. Tomo su mugrienta gorra, envolvió una piedra y la estrello en el vidrio.

              Por allí entraron ambos. Marcelina se hizo un tajo en la pierna. Le salía mucha sangre. Tomó el muñeco que ya en sus manos le pareció grotesco y desagradable y se desmayó.

              Cuando la mamá llegó y pudo entrar la alzó en brazos, intento Salir por algún lado y no pudo. Grito hasta sofocarse.

              Rulo avergonzado le contó a su abuelo, que llamo de inmediato a los bomberos. Al romper la puerta se sorprendieron con la imagen. Madre e hija ensangrentadas apretaban al muñeco que servía de tapón a la herida.

              Nadie supo como abrió los ojos la pequeña Marcelina para que no le quitaran su nuevo juguete.-

 

martes, 2 de febrero de 2021

LA CASA AMARILLA

 Montserrat buscaba una casa para comprar. Había llegado a esa ciudad invitada por la universidad para dar cátedra y asumir una beca. Leyendo un periódico de dos semanas pasadas, encontró un aviso en la que ponderaban una propiedad en un sitio que no quedaba tan lejos de la ciudad, ni tan cerca de los ruidos.

Pidió al teléfono que estaba anotado en el papel, que le diera una cita. ¡Sintió un suspiro del otro lado de la línea! La verdad que no le llamó la atención.

El jueves a las diez la espero dijo la voz del otro lado del auricular. Si llega usted primero, le ruego me espere unos minutos, ahora vivo en pleno campo y como debe haber notado, el tránsito es un verdadero caos.

Se vistió con unos zapatos deportivos y ropa suelta por si tenía que subir escaleras o bajar hasta un sótano. Enroscó su largo cabello color azulado en un primoroso rodete y se sacó las pocas joyas de valor que solía usar, por las dudas. ¡Hay tantos embusteros!

Tomó un taxi y diez minutos tarde llegó a la puerta de la casa. Le llamó la atención la pintura amarilla de la pared del frente. Las ventanas blancas y las rejas de un suave color ambarino. Un hombre mayor, de buena postura esperaba en la puerta. Con un bastón de fina caña de India y larga barba blanca, que se apoyaba en el pecho de su limpia camisa color celeste. Saco y pantalón negro. Sombrero de panamá. Anteojos con armazón de oro, muy al estilo de John Lenon.

La sonrisa le agradó. Montserrat descendió y despidió al chofer. El hombre se adelantó y le ofreció una pulcra mano de dedos finos propios de un filósofo o de un letrado.

Señora mi nombre es Paulo Merino y soy el dueño de esta casa. Hizo una breve inclinación de cabeza y se sacó el sombrero y la condujo derecho hacia la puerta de ingreso. La abrió con una de esas llaves de hierro antiguas, cuyo ojo parecía observarla.

Prendió una luz y luego se acercó a la ventana y abrió la celosía para que ingresara la luz natural. La casa está recién pintada, todo blanco ecepto el frente que como habrá observado es color amarillo. El color que amaba mi difunta esposa.

¡Así supo que el caballero era viudo! Fue deslizándose por los pisos helados de baldosas rojas, que a pesar de una leve capa de polvo ambiental, brillaban. Una a una las habitaciones que no tenían armarios ni placares, se fueron abriendo como flores de azucenas entre los pasillos. Llegaron a una cocina amplia y recién remodelada. Luego le mostró el sanitario que si bien era antiguo, estaba en perfecto estado de uso y limpio.

Abrió una puerta hacia el exterior y un jardín lleno de enredaderas florecidas despertaron la envidia de los cuadros de un impresionista. Violetas, naranjas, fucsias y verdes, envolvían una a una las paredes del pequeño parque.

¡Y bien, dijo, Montserrat: ¿Cuánto cuesta esta casa? Me puede usted decir!

Si la paga de contado puedo aceptar una oferta. ¡Tal vez cien mil dólares o…diga usted un precio! Montserrat pegó un brinco, le pareció muy elevado el precio, la casa es antigua... Dijo y el caballero sonrió. Sí, pero será su paraíso.

Déjeme pensar. ¿Me puede esperar unos días? Yo tengo que ver si junto algo de ese dinero que no es poco. Sí. La esperaré.

Salieron juntos y ambos tomaron diferentes caminos en taxis. Ella volteó para mirar la casa y le pareció que el amarillo le alegraba la vida. ¡Veremos!

Llamó a su padre y a su hermano quienes se apresuraron a confirmarle que le enviarían para completar lo que ella ofrecería por la casa. Con ochenticinco mil dólares creo que podré comprarla.

Así llegó a un acuerdo. Compró y con una diferencia que le quedó compró algunos muebles y utensilios indispensables.

Los vecinos eran muy amables. La saludaban con ceremonia y le preguntaban, cuando la veían si todo estaba bien. Ella respondía con una sonrisa que todo era perfecto. Hasta que una noche, cuando el sol se recostó sobre la vereda y desapareció la luz, comenzó a escuchar un susurro de voces y llantos. Luego, palabras y nombres de mujeres y hombres. En las paredes se fueron dibujando ciertos signos que no interpretaba y que le dejaron una enorme curiosidad.

Una mañana a la pregunta de su vecino, el carpintero, Montserrat le contó y él, sonriendo le dijo: ¿No se preocupe! Ya pasará. Y siguió hacia la parada del autobús. Pero en el frente de la casa comenzó a notarse un cartel en color ambarino que decía: “Acá puede usted despedir a sus seres queridos”.

Fue a la casa de la vereda de enfrente y golpeó una aldaba. Salió una mujer entrada en años. ¿Sí, qué necesita? ¿Puede usted decirme qué tiene que ver ese cartel que aparece y desaparece del frente de mi casa y qué son las voces que escucho? ¡AY, hija, usted ha comprado esa casa que fue una funeraria! Allí han velado a cientos de personas, hasta que murió el dueño, el caballero que la esperó para vendérsela a usted. ¿Y qué hizo con los dólares que le pagué? Seguro que están enterrados en su jardín, dijo la mujer y se dio vuelta entrando en su casa a través de la puerta cerrada. Montserrat corrió y vio que en un rincón del breve parquecillo había un montículo de tierra revuelta. Escarbó y allí en una caja, estaba su dinero envuelto en una hermosa caja de plástico amarillo.

 

 

  

jueves, 17 de diciembre de 2020

LA CASA AMARILLA

Montserrat buscaba una casa para comprar. Había llegado a esa ciudad invitada por la universidad para dar cátedra y asumir una beca. Leyendo un periódico de dos semanas pasadas, encontró un aviso en la que ponderaban una propiedad en un sitio que no quedaba tan lejos de la ciudad, ni tan cerca de los ruidos.

Pidió al teléfono que estaba anotado en el papel, que le diera una cita. ¡Sintió un suspiro del otro lado de la línea! La verdad que no le llamó la atención.

El jueves a las diez la espero dijo la voz del otro lado del auricular. Si llega usted primero, le ruego me espere unos minutos, ahora vivo en pleno campo y como debe haber notado, el tránsito es un verdadero caos.

Se vistió con unos zapatos deportivos y ropa suelta por si tenía que subir escaleras o bajar hasta un sótano. Enroscó su largo cabello color azulado en un primoroso rodete y se sacó las pocas joyas de valor que solía usar, por las dudas. ¡Hay tantos embusteros!

Tomó un taxi y diez minutos tarde llegó a la puerta de la casa. Le llamó la atención la pintura amarilla de la pared del frente. Las ventanas blancas y las rejas de un suave color ambarino. Un hombre mayor, de buena postura esperaba en la puerta. Con un bastón de fina caña de India y larga barba blanca, que se apoyaba en el pecho de su limpia camisa color celeste. Saco y pantalón negro. Sombrero de panamá. Anteojos con armazón de oro, muy al estilo de John Lenon.

La sonrisa le agradó. Montserrat descendió y despidió al chofer. El hombre se adelantó y le ofreció una pulcra mano de dedos finos propios de un filósofo o de un letrado.

Señora mi nombre es Paulo Merino y soy el dueño de esta casa. Hizo una breve inclinación de cabeza y se sacó el sombrero y la condujo derecho hacia la puerta de ingreso. La abrió con una de esas llaves de hierro antiguas, cuyo ojo parecía observarla.

Prendió una luz y luego se acercó a la ventana y abrió la celosía para que ingresara la luz natural. La casa está recién pintada, todo blanco ecepto el frente que como habrá observado es color amarillo. El color que amaba mi difunta esposa.

¡Así supo que el caballero era viudo! Fue deslizándose por los pisos helados de baldosas rojas, que a pesar de una leve capa de polvo ambiental, brillaban. Una a una las habitaciones que no tenían armarios ni placares, se fueron abriendo como flores de azucenas entre los pasillos. Llegaron a una cocina amplia y recién remodelada. Luego le mostró el sanitario que si bien era antiguo, estaba en perfecto estado de uso y limpio.

Abrió una puerta hacia el exterior y un jardín lleno de enredaderas florecidas despertaron la envidia de los cuadros de un impresionista. Violetas, naranjas, fucsias y verdes, envolvían una a una las paredes del pequeño parque.

¡Y bien, dijo, Montserrat: ¿Cuánto cuesta esta casa? Me puede usted decir!

Si la paga de contado puedo aceptar una oferta. ¡Tal vez cien mil dólares o…diga usted un precio! Montserrat pegó un brinco, le pareció muy elevado el precio, la casa es antigua... Dijo y el caballero sonrió. Sí, pero será su paraíso.

Déjeme pensar. ¿Me puede esperar unos días? Yo tengo que ver si junto algo de ese dinero que no es poco. Sí. La esperaré.

Salieron juntos y ambos tomaron diferentes caminos en taxis. Ella volteó para mirar la casa y le pareció que el amarillo le alegraba la vida. ¡Veremos!

Llamó a su padre y a su hermano quienes se apresuraron a confirmarle que le enviarían para completar lo que ella ofrecería por la casa. Con ochenticinco mil dólares creo que podré comprarla.

Así llegó a un acuerdo. Compró y con una diferencia que le quedó compró algunos muebles y utensilios indispensables.

Los vecinos eran muy amables. La saludaban con ceremonia y le preguntaban, cuando la veían si todo estaba bien. Ella respondía con una sonrisa que todo era perfecto. Hasta que una noche, cuando el sol se recostó sobre la vereda y desapareció la luz, comenzó a escuchar un susurro de voces y llantos. Luego, palabras y nombres de mujeres y hombres. En las paredes se fueron dibujando ciertos signos que no interpretaba y que le dejaron una enorme curiosidad.

Una mañana a la pregunta de su vecino, el carpintero, Montserrat le contó y él, sonriendo le dijo: ¿No se preocupe! Ya pasará. Y siguió hacia la parada del autobús. Pero en el frente de la casa comenzó a notarse un cartel en color ambarino que decía: “Acá puede usted despedir a sus seres queridos”.

Fue a la casa de la vereda de enfrente y golpeó una aldaba. Salió una mujer entrada en años. ¿Sí, qué necesita? ¿Puede usted decirme qué tiene que ver ese cartel que aparece y desaparece del frente de mi casa y qué son las voces que escucho? ¡AY, hija, usted ha comprado esa casa que fue una funeraria! Allí han velado a cientos de personas, hasta que murió el dueño, el caballero que la esperó para vendérsela a usted. ¿Y qué hizo con los dólares que le pagué? Seguro que están enterrados en su jardín, dijo la mujer y se dio vuelta entrando en su casa a través de la puerta cerrada. Montserrat corrió y vio que en un rincón del breve parquecillo había un montículo de tierra revuelta. Escarbó y allí en una caja, estaba su dinero envuelto en una hermosa caja de plástico amarillo.