viernes, 20 de enero de 2023

LOS HUECOS EN EL ROSTRO

 


Rodearás las quimeras como sombras.

Misterioso te ocultarás dentro del hueco de los ojos

Y la luna estará observando el paraíso

Llegará un tiempo de remanso en el rostro

Rodearás la verdad en la sábana de octubre

entre las viejas oquedades que amordazaron la lumbre.

Esperarás cabalgando una ola en la mar

cuando conozca el rostro con sus huecos violeta

una esfera celeste completará el sonido

los timbales, las liras y las gaitas memoriosas

cantarán al silencio del silencio. La distancia.

Una sombra puede abrir con su llave el oro azul,

la nieve apretar la tristeza o la alegría. Una tormenta.

Rodearás la cintura de la nave que regresa.

Te apearás del grito abrasador del rayo.

Treparás el dolor de su desprecio encarnado.

Será lúdica la mano que deslice sobre tu piel

quebrantada por el dolor infinito de la muerte.

Ábrete a la mirada que emerge del hueco de tu rostro.

Perdónate y camina en la senda de acero ensangrentado

por la huella despreciable del olvido. Perdónate.

CINCO ESTRELLAS


 

¡Sabía que las noticias malas llegan como las tormentas sin aviso!

-Señor Gordon, tendrá que acompañarnos-

Llegó cantando. Estaba feliz. Se había tatuado en la nuca cinco estrellas de cinco puntas. Eran de tamaño pequeño, pero se veían hermosas. -¡Nosotros pusimos el grito en el cielo. ¡Un judío no puede hacerse eso. La Ley lo prohíbe. Ya verás como se enojará el rabino.- dijo la madre.

-Mamá, yo no practico, me he cortado la barba y los peiot.- ¿Qué dirá el Seide? ¡Hay, qué fácil es para ustedes todo ahora!- ¡Cortala mamá! Soy el mejor de mi clase y en básquet y tengo el record en natación en la piscina juvenil.

-¡Ariel!¡Hijo Mío! Que Yahvé te proteja.-

Esa madrugada del sábado llegó la patrulla hasta el edificio. Salió Esther con la peluca sobre los ruleros y apenas cubierta con una bata gastada. -¿Familia Gordon? El dueño de casa por favor, que baje a la vereda con documentos somos de la policía estatal.-

Ismael se puso un pantalones, se acomodó la kipá, como pudo en su calva y bajó corriendo, con el documento en la mano y aterrado.

-¡Hay una posibilidad que identifique a unos muchachos que se han accidentado!-

¡Mi Dios! ¡Subió, se cambió bajo el diluvio de lágrimas de su mujer y su hija! Ya verán que no pasa nada, les dijo. Subió a su coche; que como todas la familia de esa cuadra estacaba en la calle. Siempre defendiéndose de los bribones, entre la vereda y las alcantarillas. Siguió a los policías. Llegaron, como era de esperar a un edificio descascarado, sucio y sombrío. Con olor a creolina y a cigarrillos, humedad que atravesaba cada pared y arista de las habitaciones mugrientas. Lo hicieron entrar a una sala donde estaban sentados unos tipos ignotos, groseros malolientes, con lentes gruesos, ropa vieja; que se escarbaban con palillos comida de la boca mal cuidada. Algunos sin rasurarse y silenciosos que lo miraron con desprecio ¿Quién sabe quién este fulano?

Señor Gordon pase. Sobre unas mesas de granito negro lidiaban con tres cuerpos. Se acercó despacio; destaparon a uno de los jóvenes. Sus ojos  se agrandaron cuando vio en la nuca del muchacho cinco estrellas de cinco puntas con un balazo en el medio. Un grito se atascó en su garganta y cayó con un infarto mortal sobre el piso de la morgue.

UN CUENTO REALISTA

 

 

                               Jaime recorrió el largo camino a la nueva ciudad. Salir de su hogar y trasladarse a uno totalmente desconocido lo enfrentaba con sus miedos. Educado en una familia tradicional, donde había tenido todo lo necesario para llegar hasta ese punto, lo confundía. Cuando le salió la beca a la universidad estaba muy incómodo y asombrado! ¡Claro, era una suerte enorme haber ganado el primer puesto entre tantos postulantes inteligentes y hábiles! No cualquier alumno por excelente que fuera lograba ese mérito.

            Su familia estaba eufórica y prepararon sus petates con orgullo. Viajó en el tren con billete en primera clase y el “padrino” Orlando lo acompañó al sastre italiano, para que le hiciera dos trajes a medida; la camisera varias a mano y hasta zapatos de cabritilla que lustrados parecían espejos. Así llegó a “Nobile” el sitio donde estaba la famosa universidad de Corrales Jaramillo, con más de cien años de trayectoria dando al mundo profesionales de primer nivel.

            Jaime conoció en cuanto se apeó a un muchacho que venía también, becado desde un país cercano. Se dieron la mano y sonriendo se dieron ánimos para la empresa. El novato se llamaba Evangelista Mejía y tenía una buena presencia y ánimo.

            Se presentaron juntos y los recibió el decano con un secretario académico, que les impuso las reglas estrictas de dicha casa de altos estudios. Una habitación pequeña pero confortable los albergó y compartieron varios momentos acomodando sus ropas, libros y recuerdos personales. El baño quedaba a cierta distancia del dormitorio, pero se compartía en ciertos horarios y con rectas órdenes de higiene.

            Un alumno de años superior les llevó esa tarde a conocer el comedor y la biblioteca, que dejó boquiabierto a los muchachos. Allí, sí, que había libros. Era un sueño para sus afanes.

            La sorpresa los sorprendió cuando sonó una suerte de campana llamando a cenar. Al ingresar al comedor, todos los estudiantes se pusieron de pie y saludaron a coro. ¡OH, solo eso faltaba! Un hombre canoso les indicó su lugar para sentarse. Allí los separaron. Jaime en una mesa con dos compañeros extranjeros que hablaban inglés y un ruso. Evangelista en otra con dos daneses y un griego.

            La cena consistió en un trozo de cordero asado con patatas, sopa y un postre de manzanas. Relucía en una jarra de vidrio agua clara con una rodaja de limón. Un pequeño pan casero era todo el extra que se consumía. ¡Eso es suficiente!

            Al amanecer, cinco de la mañana, sonó una campana y se sintió el movimiento en las habitaciones. No hubo las típicas chanzas de otras universidades o institutos, donde a veces se introducen pequeñas picardías juveniles con los nuevos. Allí todo era seguro y estricto. El desayuno consistió en té, pan y una fruta del huerto. Y de allí, a las aulas.

            Los profesores eran hombres muy conocidos, cuyos libros llenaban los estantes de bibliotecas y librerías del mundo. Había que estudiar y escuchar, pero Jaime y, Evangelista entendieron pronto que había un intercambio permanente de opiniones, discusiones interesantes y críticas constructivas. ¡Era la manera de crear conciencia intelectual!

            Pasó un par de semanas y un día entró al recinto una joven. Era una becaria de Rumania. Alta, rubia, de ojos claros y sonrisa inexistente. ¡Ese día se colmó de interrogantes el claustro! Muy reacia a hablar se sentó en la mesa con tres alumnos de Japón. En silencio, los compañeros la miraban sin siquiera pasarle la jarra con agua. Estaban desconcertados.

            Varios días después llegaron cinco estudiantes de Irlanda y Chipre, que con sus raros atuendos parecían de una obra de teatro. Las chipriotas eran musulmanas y cumplían con sus rezos y sus costumbres a rajatabla. Por lo que la rumana se juntó con la irlandesa y las dejaron solas.

            Evangelista, se aventuró a conversar con las mujeres y descubrió que tenían tanto miedo como ellos cuando llegaron. Así comenzó una amistad sesuda y tranquila.

            Llegaron los tiempos de exámenes y se sorprendieron al saber que eran orales, exposiciones y debates que pasaban por diversos temas. Se valoraba el criterio y los compromisos adquiridos con las ideas. Un sueño para esas cabezas intelectuales y creativas. Una noche un grito despertó a todos los estudiantes. Salieron con sus pijamas y sobretodos a los pasillos. Uno de los alumnos de Japón se había colgado de una ventana con una cuerda rústica y fuerte. Los dos compañeros japoneses, se inclinaban junto al muchacho. El rector y los adalides llegaron corriendo. Allí, Tayuki Morako, se había quitado la vida por no tener la nota máxima en su evaluación. ¡Su deshonor no le permitía regresar a su país con una falta! Todos sus compañeros sollozaban. En silencio se abrazaban quienes compartían sus cátedras. ¡Era imposible comprender la dignidad de ese joven que creyó no había llegado a lo más alto de su carrera!

            Entre sus ropas encontraron un poema escrito por él que decía:

             Cuando quedará mi cálida luna acumulada en mi alma, poblada de fantasmas que blanquean al tras luz el bosque, allí donde pacen los unicornios y las gacelas. Allí estará la verdad. La muerte que me acecha.

 

           

 

 

¡OH, QUÉ PAÍS MARAVILLOSO, TAILANDIA!

 

 

No fue un viaje esperado. Ni programado. Fue parte del rito de “Hijo Primogénito” de mis alumnos taiwaneses. El hijo Mayor de la familia vivía en Tailandia y me quería conocer. Nos esperaban en su casa en el veintiunavo piso en un edificio en el barrio donde habitaba la hermana del “Emperador”. ¡Un lujo y servicio de inteligencia estricto! Me sentía “Gardel” (como decimos en mi país cuando es alguien importante).

Todo me llamaba la atención. Habitación privada con baño americano y privado, servicio doméstico que estaba a mi disposición, y mucho, mucho afecto.

El primer día me ofrecieron conocer el Mercado del Río en Bangkok, salir del predio fue una odisea, tenía que mostrar mi pasaporte y me fotografiaron por ser extranjera en el lugar donde vivía la hermana del emperador. Tardamos una hora cuarenta para llegar hasta el pequeño muelle. El tránsito es multitudinario y los semáforos esperan entre treinta y cuarenta minutos, para cambiar y dar paso. El río es enorme, súper congestionado y mágico. Las lanchas multicolores y mujeres con el atuendo tradicional remando por todo el cauce vendiendo frutas, pescado, sombreros y mil artículos, porque hay que reconocer que es un país muy visitado por extranjeros.

Dos cosas me sucedieron en el “mercadillo” que voy a relatar: la primera fue en un lugar donde una graciosa niña me ofrecía en un español muy reducido pero entendible, unos preciosos “abanicos” típicos de souvenir; le pedí cinco, pensando en mis amigas y me pareció normal el precios… ¡OH, sorpresa, se enojó! ¡Yo no entendía por qué; pago en silencio y ella con un mohín muy displicente me pone siete!  Le había molestado que no le pidiera lo que vulgarmente en mi país se dice “regateo” o pelear el precio. Yo no estoy acostumbrada a “regatear” porque considero que si es más de lo que creo que vale algo, no lo compro y si es justo, lo pago. Y luego entro en otro “vaporetto” o lancha-negocio, veo que venden hermosos objetos en marfil, un grupo de jóvenes occidentales con camisetas que representaban a los defensores de los elefantes, me cierran el paso. ¡Con mucha violencia! ¡Más por curiosidad que por querer comprar, quise ingresar; me sentí muy incómoda! Amo a los Elefantes, los admiro y pienso que son seres bellos, llenos de inteligencia y memoria infinita. ¡Pero creo que nunca las tareas de defensa, deben hacerse con violencia!

Luego, pasados los días, recorrimos el Palacio del Emperador, que data de cientos de años. ¡Una maravilla! Todo cubierto de espejitos dorados y de colores, con los techos que tienen en los ángulos de las esquinas unos típicos seres mitológicos en punta. (Dicen que para espantar los malos espíritus y fantasmas). Vi el Buda de Esmeralda, que es de Jade, y que el emperador cada festival, baña y viste con ropas exquisitas. El agua, la juntan y bautizan a la gente con una flor de Loto, obvio que me empaparon y salí pensando: ¿Si soy Católica, ese bautismo me serviría de algo? ¡Pero donde Fueres haz lo que vieres, dice el viejo dicho; y yo estaba en compañía de la familia budista de mis alumnos!

Pasados los días me preguntan qué quiero conocer y les digo: un museo. Se miraron. Ellos creen que los extranjeros sólo queremos ir de compras. Tailandia es el país que tiene la mayoría de joyerías de Asia y venden piedras preciosas de Burma, Viet Nam y alrededores, hay zafiros, rubíes y diamantes. Orfebres de primera. Pero hay que tener mucho dinero para comprar alhajas. Y yo, diferente, pido ir a un museo.

El dueño de casa hace unas llamadas telefónicas y habla con la esposa. Me suben al coche y partimos hacia un lugar cerca del Palacio, que está rodeado de agua con cocodrilos y muchos soldados que cuidan las entradas y ventanales.

Llegamos a un Shopping y no entendía nada. ¿Qué podría ver en un lugar así? ¡Sorpresa, en el último piso había una exposición de China! Conocí, gracias a ellos, los Famosos soldados de terracota de la dinastía Xi’an, que encontraron en el mausoleo del Emperador Qin Shi Huang en Shaanxi; del año 210-209 A.C. en China; la mortaja de placas de jade de la emperatriz y los objetos personales que tapan los orificios de la persona muerta: una esfera redonda en la boca, dos medallones sobre los ojos, dos cilindros en los orificios nasales y uno vaginal y otro rectal. Un regalo de la Vida y de Dios, para mí, una persona que ama la historia y el arte. También se presentaban artistas plásticos y tejedores de seda en telares manuales. ¡Un lujo total para mí!

Salimos de allí y fuimos a almorzar a un restaurante Italiano; al ingresar Pavarotti cantaba “Nessuno Dorma” y nos sirvieron la pasta más exquisita que pude encontrar en Tailandia. El vino italiano tinto, como lo hacía mi abuelo, y queso “Provolone”, Dios qué bueno.

Antes de regresar a Taiwán, en la calle comí huevos duros que llevaban en unas pértigas unas mujeres del pueblo. Es muy común verlas en todos los rincones con sus palmas de ahuyentar las abejas y moscas. ¡Son hermosas!

Regresaría a ese país.

¡MÉXICO LINDO Y QUERIDO…!

 


 

Para llegar a las pirámides del Sol y de la Luna hay que ser un atleta y yo no lo soy. Son miles de escalones para trepar y el calor húmedo te quita la respiración. Tendría que tener veinte años para hacer esa maratón arqueológica. Pero es tan bello ese México, que en cupo en mi corazón un rincón especial sus diferentes paisajes.

Son tantos los lugares mágicos del territorio que pude transitar; que falta tiempo en los paseos propuestos para gozarlos a todos.

Mi tierra mendocina tiene un especial cariño por ese terruño. De pequeñas cantábamos las canciones de mariachis como parte de los juegos infantiles, aun recuerdo cómo lloraba cuando me hacían repetir varias veces “El Pajarillo Pecho Amarillo” y se reían porque no entendían que me daba vergüenza cantar frente a los mayores de mi familia.

Ya mayor, yo, pude viajar a México. Un país enorme, lleno de historia y de pinturas murales de grandes y admirados artistas. Llena de antiguas ermitas y catedrales que otrora fueron palacios de aztecas o mayas.

Por supuesto ir a la casa Azul de Frida Kahlo y recorrer los museos con joyas prehispánicas, es un lujo.

La pintora Frida Kahlo se pintaba muy fea…y era muy bella. Las fotos que la muestran en los muros multicolores de su casa dan luz a una mujer hermosa. Su vida fue un infierno de dolores físicos y amorosos. ¡Era frágil como las aves y fuerte como una leona! Su corsete de hierro y su silla en la que paso parte de la vida, parecen fabricadas por un inquisidor. ¡Como he podido conocer, ella como otros artistas coleccionaba miniaturas! En su alcoba hay una vitrina con pequeños objetos que hacían su deleite. Tenía el alma de un niño. Y la alegría de una diosa pagana. Tal vez por eso el color juega con los sentidos en esa casa exquisita.

Una de las cosas más serias que viví en ese país precioso, fue la comida con sus terribles picantes. Los mexicanos le ponen “Chile o ajíes” a todo. Creo que hasta crían a las gallinas con ají, ya que hasta los huevos fritos son picantísimos. Mi boca era fuego, llena de llagas y los labios parecían una granada madura. ¡Cómo sufrí, Dios mío!

Al llegar al distrito federal o capital, de acuerdo a mi curiosidad, pedí conocer la Catedral que se va hundiendo año a año y el zócalo y me quedé con la frustración de no poder entrar en ningún lugar de los tan soñados. ¡Había una huelga de hombres que se habían acantonado en ese lugar y sólo usaban: “Pañales”; sí, pañales! 

Salimos de Distrito Federal rumbo a Taxco. ¡Un lugar lleno de magia! Entre callecitas ondulantes y recodos amigables. Descubrí un mercadillo de nativos en una escalera que llegaba a una plaza, en cada escalón una mujer vendía hongos color violeta comestibles, zapallos, maíz, frutas varias, en el otro escalón un campesino con su costalito lleno de harina de maíz y verduras; me detuve en cada escalón compré lo que necesitaba y saqué todas las fotos inimaginables. ¡Un placer! Es verdad que en cada ciudad o país que visito quiero conocer los mercados. ¡Son el alma del pueblo que piso!

La antigua iglesia estaba dedicada a Santa Prisca o Priscila y me sorprendió encontrar confesionarios para mujeres separados de los de los hombres y otro para “Indígenas”. Si México está poblado de nativos, es que es muy vieja, me dijo una señora y en la época colonial había ese tipo de separación. ¡Gracias a Dios todo eso se ha perdido, digo, la vida humana sobre los sexos u orígenes!  

En el distrito federal, cuando regresamos, conocí la iglesia que le construyeron a la Virgen de Guadalupe en el cerro y que también se está hundiendo. A un costado han hecho otra donde está muy organizada la visita al cuadro donde se manifestó la Virgen; es pequeño en tamaño pero muy importante por lo que implica para el mundo Cristiano, en especial para los Católicos. La han puesto en una pared bien lejos de los posibles atentados. Ya le pusieron una bomba en un atentado y no se quemó, sólo una “chamuscadita” en una orilla; abrazada por una enorme bandera de México y tiene una especie de pasarela como las que se usan en los aeropuertos que son para no detenerse. Sobre el retrato el famoso actor Mario Moreno “Cantinflas” le ha ofrendado una corona de oro con piedras preciosas que apenas se puede ver. ¿Miedo a los robos? Puede ser. La verdad es que la cantidad de peregrinos es incalculable. Es muy querida y venerada y el gobierno, que es bastante socialista y ateo, hace concursos permanentes de arte, por retratos y cuadros a la Guadalupana. ¡Es increíble ver la cantidad de versiones que hay de ella! Con respecto a “Cantinflas” no se conoce la cantidad de obras de amor y caridad que dejó al pueblo de México: asilos, hospitales, escuelas, hogares para ancianos y ayudó a los actores para su vejez. ¡Era un filántropo, generoso y amante de la gente!

¡Dejé México con el deseo de conocer más, pero me lo impide la comida tan picante que sirven creyendo que todos comemos así, con fuego en el sabor de los menúes! Es una pena.

DON JOSÉ EL BUEN MECÁNICO

 


 

 

 Un día supimos que el vecino se llamaba  José y era un verdadero mago para arreglar todo. Eran épocas en que las casas no tenían rejas y las puertas cancel permanecían abiertas en los zaguanes.  Las veredas brillaban y a la nochecita se escuchaba el silbato del policía que hacía la ronda para tranquilizar a las familias. Todos se conocían y salían en las tardes de veranos con silletas a tomar el fresco en las veredas. Los niños jugaban con las bicicletas o patines. Otros a la mancha venenosa o las bolitas. La payana era el preferido de las chicas de doce a trece años y los varoncitos las miraban de reojo mientras intercambiaban figuritas de fútbol o automovilismo, la difícil era la de Fangio en Italia. Los vecinos hablaban trivialidades o sobre fútbol y las mujeres de la última película o novela en capítulos de folletín.

Don José, como todos, se sentaba en una silla baja y entre las piernas colocaba algún motorcito que estaba limpiando o arreglando. Sus manos siempre hábiles, tenían impregnado el aceite de máquina o la grasa de litio. Hacía maravilla con las “Singer” cuando se trababan y ya sabía arreglar los lavarropas a paleta, que eran el tesoro de algunas señoras del vecindario. 

Los chicos lo querían y lo rodeaban porque mientras hacía sus tareas contaba historias de cuando era chico. Había vivido siempre junto a la alameda, al lado de la sinagoga y los rabinos le daban un espacio para que guardara algunas máquinas que no le entraban en su tallercito.

Un día se fue del barrio sin explicaciones, se lo extrañó tanto, que todos preguntaban por él. Una vecina le contó a mi mamá, que el bueno de don José, se había enamorado de una mujer casada, que vivía en la calle España. El marido, que era violento y golpeador, lo descubrió y prometió matarlo con su escopeta. Huyó, sin dudas. Así después de muchos años lo vimos regresar, canoso y senil el rostro, buscándola. Supo que había enviudado. Nunca la encontró. Dicen que está internada en “El Sauce”, el psiquiátrico de Bermejo. El viejo la fue a buscar, pero nadie quiso decirle si ella vivía. Papá, me relató, que Asunción, así se llamaba aquella mujer, había vagado un tiempo por el barrio hablando sola, juntaba bolsas con papeles y trapos, dormía con unos perros callejeros y que nadie la ayudaba. Apenado papá, trató de ayudarla, pero se negaba asustada. Él, le  pidió a un amigo que la internaran y cuando desapareció, creyó que había sido en un hospital de enfermos mentales. Mamá me contó otra cosa… pero prefiero olvidarlo, ¿para qué saber cosas tan tristes que no tienen remedio?

EL BOCHA

                   

   Escúchame… Petiso esto es serio, te necesito. Sólo con vos podemos cambiar algo las cosas. Es por don Paco.

                   Cuando le llegó el telegrama de despido al Bocha,  se “pudrió” todo. Justo a la semana siguiente que le pidió plata prestada al padrino, para ir a BS.AS.. Imagínate que nadie mejor que él, para deber “guita”. La mitad de su vida garroneó para sobrevivir. Su infancia heroica en la calle, aconsejado por el padrino. “¡Tipazo bonachón!”Pensar que lustraba botines en la esquina de San Martín y Lavalle. Porque don Paco…fue, es y será bueno de alma. ¿Te acordás los sánguches que traía de su casa, la de la Alameda, para todos los pibes que rondábamos por ahí cerca del ferrocarril o en el mercado “La Pirámide”? Yo, si eran de mortadela con lechuga o tomate, me volvía loco, me gustaban tanto, que a veces le pedía dos, pero él decía: - “Pará “Chueco” dejá pa´los otros que también tienen ganas”- Nunca habló del hambre para no hacernos sentir mal. ¡Un tipazo, el don Paco!

                   Crecimos, algunos bien, otros torcidos, como él decía, te acordás hermano... Eso lo abrumaba. Un día me lo contó, porque nos quería como a hijos; que su mujer nunca pudo darle un pibe. Él, nos metió en el bocho el amor a la Argentina, al “laburo”, nos obligó a estudiar y por supuesto a honrar al equipo de nuestros amores, Boquita. Pero mirá, el Bocha ahora, justo ahora, se metió en un lío. No sé qué vamos a hacer. ¿Me dejás que te recuerde por las dudas? Vos fuiste de los que menos necesitaste del viejo lustrabotas, tenías a tu papá y a tu mamá, los dos con trabajo seguro.  ¡Humildes pero de fierro!.

                   Hace como dos años, don Paco le consiguió al Bocha, un laburo en una empresa contratista del estado, que construye caminos, ahí él, manejaba los camiones. Era bueno al volante. Todos aprendimos  en la chatita de don Paco los domingos después que se terminaba el lustre. El Bocha aprendió a manejar re bien. Y ahí comenzó a laburar con él. Me acuerdo que a veces nos llevaba a comer tallarines que amasaba su “jermu”, después, todos salíamos en la chata hacia la cancha. Banderas, cornetas y el termo con yerbiado y tortitas con chicharrones. ¡Qué época inolvidable, ¿Te acordás?! De acá en Mendoza, él, era hincha del Globo, pero si le daba el bolsillo, más de una vez nos llevó a ver un clásico en la cancha, a ver los equipos de la “capi”, los grandes de la primera. Vos sabés ¿cómo me emociono cuando veo alguna foto que nos sacó en una vieja máquina de su hermano?. Están amarillas pero todavía nítidas. El Bocha me dejó perplejo cuando me llamó desde la frontera. Fijate que llevaba una carga importante por el corredor andino, y lo atrapó una nevada de esas que te dejan varado diez o doce días. Allí conoció a un camionero brasileño que le pidió entregara por él, un paquete en Chile.  Me llamó, el Bocha, porque está en cana. Los gendarmes lo pararon, le revisaron la carga y... ¡Sorpresa! Le encontraron el bagayo. De inmediato me hace viajar para allá, y me encuentro con los “bifes” listos. ¡El Bocha, como idiota que es, preso! Como soy el abogado de todos, comienzo el expediente y lo hago trasladar a Mendoza. Todo un caso. Lo primero que hacen los patrones, es echarlo y dejarlo en banda. Y está bien, hasta ahí todo era de esperar. Pero el carioca no apareció ni por el vuelto. Y don Paco y yo de acá para allá, de un Juzgado Federal a otro. ¿Querés que te diga lo que preguntó el Juez?: -¿Para qué quería la guita el Bocha?-;… y el muy tarado dice que le debía plata a don Paco porque quería ir en avión a ver a Boca. Asistir al clásico con River... no le creyó ni por las tapas, por supuesto; el tipo pensó que le tomaba el pelo. ¡Y lo que le dijo era cierto!; pero no la guita de la “carguita”, sino lo que había pedido prestado plata a Don Paco. ¿No sé que voy a hacer; vos que sos más hábil y estudioso, me das una mano? Pensá los años que comimos juntos mortadela en la calle. Ayudame para que ayude al Bocha. Consultá toda la jurisprudencia que exista sobre la causa, hay que sacarlo a tiempo Sino será uno menos viajando a ver el clásico el mes que viene y sería un pecado. Boquita se merece que otra vez estemos todos juntos con Don Paco en la “Bombonera”. Para eso somos los amigos ¿No?