Jaime
recorrió el largo camino a la nueva ciudad. Salir de su hogar y trasladarse a
uno totalmente desconocido lo enfrentaba con sus miedos. Educado en una familia
tradicional, donde había tenido todo lo necesario para llegar hasta ese punto,
lo confundía. Cuando le salió la beca a la universidad estaba muy incómodo y
asombrado! ¡Claro, era una suerte enorme haber ganado el primer puesto entre
tantos postulantes inteligentes y hábiles! No cualquier alumno por excelente
que fuera lograba ese mérito.
Su familia
estaba eufórica y prepararon sus petates con orgullo. Viajó en el tren con
billete en primera clase y el “padrino” Orlando lo acompañó al sastre italiano,
para que le hiciera dos trajes a medida; la camisera varias a mano y hasta zapatos
de cabritilla que lustrados parecían espejos. Así llegó a “Nobile” el sitio
donde estaba la famosa universidad de Corrales Jaramillo, con más de cien años
de trayectoria dando al mundo profesionales de primer nivel.
Jaime
conoció en cuanto se apeó a un muchacho que venía también, becado desde un país
cercano. Se dieron la mano y sonriendo se dieron ánimos para la empresa. El
novato se llamaba Evangelista Mejía y tenía una buena presencia y ánimo.
Se
presentaron juntos y los recibió el decano con un secretario académico, que les
impuso las reglas estrictas de dicha casa de altos estudios. Una habitación
pequeña pero confortable los albergó y compartieron varios momentos acomodando
sus ropas, libros y recuerdos personales. El baño quedaba a cierta distancia
del dormitorio, pero se compartía en ciertos horarios y con rectas órdenes de
higiene.
Un alumno
de años superior les llevó esa tarde a conocer el comedor y la biblioteca, que
dejó boquiabierto a los muchachos. Allí, sí, que había libros. Era un sueño
para sus afanes.
La sorpresa
los sorprendió cuando sonó una suerte de campana llamando a cenar. Al ingresar
al comedor, todos los estudiantes se pusieron de pie y saludaron a coro. ¡OH,
solo eso faltaba! Un hombre canoso les indicó su lugar para sentarse. Allí los
separaron. Jaime en una mesa con dos compañeros extranjeros que hablaban inglés
y un ruso. Evangelista en otra con dos daneses y un griego.
La cena
consistió en un trozo de cordero asado con patatas, sopa y un postre de
manzanas. Relucía en una jarra de vidrio agua clara con una rodaja de limón. Un
pequeño pan casero era todo el extra que se consumía. ¡Eso es suficiente!
Al
amanecer, cinco de la mañana, sonó una campana y se sintió el movimiento en las
habitaciones. No hubo las típicas chanzas de otras universidades o institutos,
donde a veces se introducen pequeñas picardías juveniles con los nuevos. Allí
todo era seguro y estricto. El desayuno consistió en té, pan y una fruta del
huerto. Y de allí, a las aulas.
Los
profesores eran hombres muy conocidos, cuyos libros llenaban los estantes de
bibliotecas y librerías del mundo. Había que estudiar y escuchar, pero Jaime y,
Evangelista entendieron pronto que había un intercambio permanente de
opiniones, discusiones interesantes y críticas constructivas. ¡Era la manera de
crear conciencia intelectual!
Pasó un par
de semanas y un día entró al recinto una joven. Era una becaria de Rumania.
Alta, rubia, de ojos claros y sonrisa inexistente. ¡Ese día se colmó de
interrogantes el claustro! Muy reacia a hablar se sentó en la mesa con tres
alumnos de Japón. En silencio, los compañeros la miraban sin siquiera pasarle
la jarra con agua. Estaban desconcertados.
Varios días
después llegaron cinco estudiantes de Irlanda y Chipre, que con sus raros
atuendos parecían de una obra de teatro. Las chipriotas eran musulmanas y
cumplían con sus rezos y sus costumbres a rajatabla. Por lo que la rumana se
juntó con la irlandesa y las dejaron solas.
Evangelista,
se aventuró a conversar con las mujeres y descubrió que tenían tanto miedo como
ellos cuando llegaron. Así comenzó una amistad sesuda y tranquila.
Llegaron
los tiempos de exámenes y se sorprendieron al saber que eran orales,
exposiciones y debates que pasaban por diversos temas. Se valoraba el criterio
y los compromisos adquiridos con las ideas. Un sueño para esas cabezas
intelectuales y creativas. Una noche un grito despertó a todos los estudiantes.
Salieron con sus pijamas y sobretodos a los pasillos. Uno de los alumnos de
Japón se había colgado de una ventana con una cuerda rústica y fuerte. Los dos
compañeros japoneses, se inclinaban junto al muchacho. El rector y los adalides
llegaron corriendo. Allí, Tayuki Morako, se había quitado la vida por no tener
la nota máxima en su evaluación. ¡Su deshonor no le permitía regresar a su país
con una falta! Todos sus compañeros sollozaban. En silencio se abrazaban
quienes compartían sus cátedras. ¡Era imposible comprender la dignidad de ese
joven que creyó no había llegado a lo más alto de su carrera!
Entre sus ropas
encontraron un poema escrito por él que decía:
Cuando quedará mi cálida luna acumulada en mi alma,
poblada de fantasmas que blanquean al tras luz el bosque, allí donde pacen los unicornios
y las gacelas. Allí estará la verdad. La muerte que me acecha.