domingo, 27 de agosto de 2023

BOCHINCHE

 

La calle del pueblo estaba llena de asombrados mirones. ¡Así es "Ocho Soles", con sus quinientos habitantes! Se asomaban caminando como robot por las angostas veredas que separaban las casas de la calzada.

Ella, vestida con ese traje extraño, de colores furiosos y cabellera colorida, hacía piruetas en una farola que de balanceaba temeraria como una boya en medio de un mar inexistente. Todos le decían "Bochinche", porque era diferente. Ruidosa y arisca. No aceptaba los modos y costumbres que las autoridades querían imponerle en sus actividades.

Un día, hacía como seis meses, se había vestido de negro, su rostro dibujado con una hermosa calavera blanca sobre un color negro y las manos tintas en rojo. Iba tocando la espalda o el pecho de cada transeúnte. Ensuciando la ropa o la piel de aquellos que tratando de esquivarla, recibían más y más pintura colorada. La lengua que sacaba en lugar de sonrisa, era de un brusco color azul. Se había colocado una larga cola de sogas que latigueaba sobre la tierra, levantando un polvo acre. ¡Se reía a carcajadas!

Hoy, estaba haciendo acrobacia en el farol de la esquina principal de la plaza del pueblo. La gente llegaba, algunos se reían, otros le gritaban groserías y algunos trataban de hacerla razonar. ¡Cuidado Bochinche, te vas a matar! ¿Por favor muchacha, te vas a electrocutar! Pero ella se reía. ¡Estás loca! ¡Estás embrujada! ¡Estás endemoniada!

De pronto llegó el alguacil, se paró junto al farol y sostuvo con mucha fuerza el débil farol. ¡Baja ya niña, y date por detenida! Se tiró al piso, cayó como una bolsa llena de guijarros sobre las piedras.  Alargó sus manos. Pequeñas manos que parecían dos alas de pájaros moribundos. Átemelas o me voy.

¿Dónde están tus padre, pequeña molesta? Alguien entre el público se oyó decir...: "No tiene padres, es huérfana". Y el corazón de algunos comenzó a soltar lágrimas con pena, pocas, pero auténticas. ¡Bochinche es una hija de nadie!

La llevó suavemente hasta la oficina. Le preguntó el nombre. Dicen que me llamo Rocío... pero nunca supe si es verdad. El hombre se atusó los bigotes y masajeó la barba. Una mirada entre profunda y curiosa la enfrentó. ¿Por qué hacer esas cosas? ¿Acaso eres demente o necia? Necesito que me vean, tal vez entre la gente que me sigue para insultar o agredirme, socorrerme o retarme, esté mi madre o mi padre.

Bochinche se quedó callada. Se sentó en el frío piso de mosaicos y se abrazó las piernas. El alguacil, alcanzó a ver que tenía en las piernas y brazos, marcas de viejas heridas hechas con algún afilado cuchillo. ¿Y eso, dijo señalando las cicatrices? Son mis penas. Las que me dejaron cuando era muy pequeña en la puerta del cementerio de "Ocho Soles". Y me arrastró un anciano hasta su guarida, vivía en el panteón de los soldados muertos en batallas viejas. Me lavó, seguro, me arropó y me dio migajas de pan embebidas en leche. Se llamaba...

¿Gotardo? ¿El viejo Gotardo se hizo cargo de un bebé abandonado? ¿Y cuando murió...? Yo tenía siete años. Era su princesa, por lo que lo envolví en una vieja bandera que había en el panteón y lo coroné con unas hojas de laurel de una lápida recién puesta de otro héroe.

Lo dejé allí hasta que alguien se alertó de su cuerpo hediondo y lo sacaron, llevándolo a un hoyo lejos de su amado hogar. Yo me escondí por un tiempo. Y salí a robar comida y ropa de algunas casas del pueblo. Así fui creciendo. ¡Fue un ángel conmigo!

La gente se había agolpado y escuchaba boquiabierta el relato de Bochinche. Una anciana se abrió paso entre los curiosos y le dijo: Rocío Luna, sé quién era tu madre. Nunca imaginé que eras mi nieta. Mi adorada hija, se escapó con un tal Horacio, trotamundos y pícaro que la trajo un día casi muerta. Estaba embarazada de un niño, esa eres tú, pobre muchacha. El miedo y el dolor se la llevaron, pronto a la tierra.

Si quieres puedes venir conmigo. Tengo una casa humilde pero entramos las dos. Bochinche la miró con desgano. ¡No quiero! Seré como una muñeca de trapo, sin poder hacer las cosas que me gustan. Vestirme así, caminar descalza, pintarme la cara y las manos de colores... reír a carcajadas o llorar como una catarata desbordada.

La mujer le alargó la mano. Ven Rocío, harás todo el bochinche que quieras. Para mí será una compañía en el árido pasar de los días mirando por la ventana el cielo, la luna o el sol. Y como ya estoy muy vieja, tendrás la casa sólo para ti, cuando yo la acompañe a tu madre.

La muchacha, extrajo de entre sus trapos e hilachas, una vieja fotografía de Gotardo. Quiero que le hagan un homenaje. Él fue quien me salvó de todos los dolores de mi niñez. Así, tal vez así, iría con ella, dijo señalando a la anciana.

Un curioso comenzó a aplaudir. Y todos lo hicieron de pronto para afirmar el pedido de Bochinche. Esta, se paró y alzando la cabeza mostró que su rostro se iba despintando en pequeñas serpentinas con sus lágrimas silenciosas y tristes. Su mano se acercó a la de la dama y un grito profundo salió de su garganta; esta vez de un dolor que había vivido incrustado por años en su débil cuerpo de muchacha abandonada a su suerte.

martes, 22 de agosto de 2023

UN PADRE Y SU PERRO FIEL

   

                                                                      La estupidez Humana sobra...: los únicos estúpidos son sus habitantes. N.N.

 

 

Plantó la ligustrina junto a la pared y el perro comenzó a ladrar como enloquecido. Este “Trueno” está loco. Ladra como si una tormenta estuviera por dejar caer rayos y centellas. Esa mañana había salido a correr con él, y estaba tranquilo. Llegaron y se tiró de un zambullón a la pileta, salió se sacudió el agua mojándolo y refrescando el sudor que corría por su cuerpo. Lo envidió por un rato. Ingresó a la casa y abrió la heladera. No había casi nada. Un limón dos huevos, unas rodajas de fiambre viejas y la botella de agua. La bebió con gusto. Se metió a la ducha y el líquido se desparramó en disfrute por su cuerpo. Silbó la canción de la radio que esa mañana había escuchado.

Voy a salir a hacer compras. Se vistió con un Jean y una camiseta de “Boca” y unas zapatillas cómodas, las otras las dejó en el fregadero. Cuando venga la “paraguaya” las lavará.

Estaba divorciado hacía como veinte años y vivía solo con su perro. Tomó un chango y se fue por la vereda hacia el sur. El supermercado estaba medio vacío, cosa agradable por demás. Buscó unas costeletas en la góndola de la carne, unas morcillas y un par de costillas. Luego pasó por los lácteos. Sacó queso gruyere, yogurt y leche descremada. Olvidó la manteca. Compró huevos y algunas ensaladas de esas que ya vienen preparadas. No se acordaba si tenía aceite de oliva y buscó entre las marcas que había la de precio accesible. Compró pan árabe y unas galletas. ¡Ya tenía para toda la semana!

Salió luego de pagar y cruzó hasta el kiosco de don Julián. Eligió dos revistas y un periódico. Se fue silbando un tango de Contursi. Llegó a la casa, justo cuando sonaba el teléfono fijo. ¡No lo atiendo! Seguramente son esos pesados que hacen encuestas. Pero volvieron a insistir y Trueno ladró de nuevo como a la mañana.

¡Hola! Sí, soy yo, ¿quién me habla? ¿Quién? Se sostuvo fuerte de la mesa. Se sentó y pálido escuchó la voz de su interlocutor. ¡Sos vos, Azucena? Hace más de veinte años que no sé nada de tu vida. Yo, estoy bien. ¿Qué pasa? ¿Qué? No puede ser. Nunca me dijiste que estabas embarazada. Tenemos una hija y lo ignoraba. ¡Sos una maldita! Y ahora me lo decís, ahora que ya tiene veinte años. Bueno te espero.

Cortó la conversación. Fue a la cocina y se sirvió un whisky.

Sintió el motor de un coche en la puerta, Trueno, ladraba enardecido. Lo metió en una habitación, no fuera que mordiera a la fulana. Su ex. Sonó el timbre y abrió. La encontró bastante bien, pero desencajada. Los ojos rojos como muestra de haber llorado mucho.

La invitó a sentarse y a tomar agua con limón. Ella como atragantada bebió de un trago.

Se llama Griselda. ¡Tienes que ayudarme! Hace una semana que se fue enojada conmigo del departamento y la vi subir a la camioneta de ese tipo que le pega. Yo no quería que siguiera con él, pero está como alienada. La policía no la encuentra y ya han hecho toda clase de búsquedas en los lugares que frecuentaba. ¿Entre tus contactos no conocerás a alguien que nos ayude?

Me senté lentamente y la miré. Me podés mostrar una foto. Es igualita a vos cuando nos conocimos. ¡Linda! ¡Hermosa! Ella se largó a llorar. Yo temblaba. ¿Qué le pudo haber hecho ese maldito?

No sé, te juro, que de no ser por algo muy serio, no te hubiera llamado. Ese hombre es un malvado. Le suele pegar y ella regresa a casa con moretones en la cara y en la espalda. Tiene un niño de dos años, que ahora está con mi hermana.

Me quedé en silencio. Soy un estúpido, nunca me llamaste para que te ayudara con la niña, con su educación, con su vida…

Trueno, se soltó de la correa y salió corriendo al patio. Ladraba desespera do junto a la ligustrina que había puesto esta mañana. ¡Algo le pasa! Trueno nunca es así, ni te ha mirado. ¡Es tan celoso!

Llamemos al…veterinario. No a la policía, algo raro pasa. ¡Vos como siempre muda!

A los minutos un coche de la policía se detuvo cerca del garaje. Descendieron cuatro agentes federales.

Trueno salió como flecha de la puerta hasta la pared medianera. Ladrando con ferocidad. Buscaron milímetro a milímetro por todos lados. Salieron rodeando la pared  y allí en la tierra recién removida, se plantó el perro. Señalando el lugar. Allí atada y cianótica yacía la pobre muchacha. El estúpido compañero, la mató y se la dejó cerca al padre para causarle un terrible horror.

TE PIDO ME RESCATES LOS RECUERDOS

 

Estoy en el umbral de la vida. He perdido mi historia, no viene a mi memoria ni quién soy, ni qué hacía, ni si tenía sueños. Esto de ser una persona sin recuerdos, es muy malo.

Me muevo por el embaldosado de la casa como un duende. ¿Es nuestra casa? A veces veo caras y creo reconocer a alguien, para luego dejarla pasar por mi lado sin pestañar

Como si acá en el rellano de la escalera, se hamacara un silbido herrumbrado de cobre, un viejo saxofón, un chelo derribado. Siento ruidos y sonidos agradables o torpes, pero no reconozco la música que solía cantar junto al piano.

¿Yo era pianista? Repaso en mi mundo con ahínco pero no encuentro nada.

Hay una mujer que viene y me trae perfumes, cremas y alguna prenda; dice que me quiere y yo la miro, pero no se quién es. No me acuerdo. Me dice mami y se sonríe cuando le digo que no la conozco. ¡Es una linda mujer!

Ayer o antes o recién, me miré las manos. Parecían de otra persona. Uñas cortas, limpias y suaves. En esta casa no hay espejos. No se porqué. Tal vez para que no nos reconozcamos, para que seamos otras, o alguna que se fue y se perdió en la calle.

Hay un reloj de péndulo detenido a las cinco y veinte. Nunca se mueve. Es como si estuviéramos detenidas en el tiempo. Tampoco hay hombres, sólo mujeres viejas.

Cuando llegues a buscarme, a liberarme de este encierro, tráeme la memoria. Uno a uno los recuerdos que he perdido. ¡Ah, por favor, no te olvides de decirme mi nombre!

 

TRECE ROSAS

  

No hay agujas que penetren los recuerdos

Ni magnolias que cubran las ventanas sin cristales

No estarán los campanarios en silencio por sus muertes

Ni abrirán los portales sin aldabas los morrales.

Trece flores despeñadas por las calles pedregosas

Trece rosas que de púrpura se cubren

Trece besos que nunca verán labios amados

Trece vientres que serán enajenados de la vida

Las mujeres eligieron las palabras, y la muerte,

enfada, se acurrucó en sus enaguas. Rosas rojas.

Las hembras juntan rosas empapadas de su sangre.

Sólo trece y las otras con sus ojos asombrados.

Los secretos asomaron las narices asustados.

Los mirones refregaron sus ojos en los vidrios de la muerte.

Ya no quedan modistas ni muchachas juguetonas.

Trece rosas blancas se han manchado con la sangre

de un sueño inevitable de militancia soñada.

 

 

GRAND RAPID, ALLÁ VOY; narrativa de viajes


 

Después de subir y bajar de seis aviones, llegué al Estado de Michigan. Está tan cerca de Canadá que sentía que el mundo estaba patas para arriba. La llegada fue indescriptible, no hablo inglés y no veía a mi amiga, casi hermana que me esperaba.

¡La encontré! Lástima que estábamos a kilómetros de la ciudad dónde ellas, que me recibían, viven. Llegué a Denver y ellas están en Grand Rapid, y son como cien kilómetros de distancia. Había tomado cuatro aviones para llegar y ni cerca de lo que debía usar para regresar a mi país.

La alegría y la charla, hizo que no sintiera el cansancio. Los caminos son tan hermosos que me faltaban “ojos” para mirar y disfrutar. Muy de americanos, nos detuvimos en un lugar a orillas de la carretera en una hamburguesería. ¡Comí una verdadera “hamburguesa” típica! Entiendo que son riquísimas, era mi segunda vez. ¡Sí, en Taiwán había comido las hamburguesas que trataban de introducir la empresa Mac Donald, en ese país asiático! No diferían mucho de las americanas, pero eran, aquellas, más picantes. Yo odio la comida con “chile o ajíes”, me torturan las mucosas bucales.

Al llegar a Grand Rapid , descubrí una ciudad pequeña que sorprende porque tiene una edificación moderna y bella, cercada de campos de labranza. Luego la recorrí y vi lo que significa el trabajo del hombre cuando quiere crecer.

Me faltaban brazos para rodear los viejos amigos de la infancia, y a los hijos y nietos de quienes estaban felices como yo de reencontrar después de muchísimos años. Casi hermanas y hermanos, que la vida separa por esa triste historia de los que tienen que partir buscando un trabajo y vida mejor.

Festejos e invitaciones de cada familia. Un día yo propuse cocinar “empanadas criollas”, que me salen sabrosas. Cuando fui a proveerme de los elementos al supermercado, me encontré con tantas cosas exquisitas, que titubeé, pero…promesas son promesas. De Miami hicieron llegar las masas. En USA nadie amasa en casa. Y yo con un palo de amasar, afinaba la masa y la cortaba, como hacían las abuelas hace años. El relleno, sin problemas; pero horneaba una docena y media, y cuando llegaba a la otra docena y media, ya no quedaba nada. Ellos llorisqueaban porque sentían el sabor de la patria perdida en el Sur del Sur. ¡Una fiesta aparte!

Fuimos al río, unos días después, y a su vera a un restaurante hermoso, donde pudimos degustar un buen vino mendocino, argentino; mientras comíamos una exquisita cena americana. La luna se metía en las hondas del agua que corre limpia y fresca. Unas luces de colores en el lecho del río, sorprendieron mi gusto, ya que nunca imaginé que la tecnología podía lograr esa maravilla.

El botánico era indescriptible. Tenía una variedad de plantas del mundo que no tiene nada que envidiarle a los de Bogotá, Buenos Aires y París. ¡Y sabiendo que en invierno es tan frío, tienen todo preparado para que aun las épocas cuando la nieve los cubre, las plantas no sufran!

Justo era la época de Halowyn, creo que se escribe así, por lo que vi la colección de zapallos más grandes de toda mi existencia. En la granja nos pasearon por los maizales, los trigales y hasta la fábrica familiar de dulces caseros del granjero. A la noche vi el famoso paseo de chicos disfrazados con sus cestas recogiendo dulces. Una fiesta “pagana” que está muy arraigada en América del Norte y que lentamente se va infiltrando en el mundo cristiano.

Una mañana mientras desayunaba en el departamento donde me alojaba con mi amiga Adriana, prendí la Televisión, a pesar que no entendería nada, y mi sorpresa fue encontrar a una actriz que admiro, charlando como si lo hiciera conmigo. Era la actriz  Whoopi Goldberg en un programa de Oprah Winfrey, famosas ambas y actrices que admiro por sus actuaciones en películas como:” El color púrpura”, cuya novela he releído en contadas ocasiones. ¡Y siempre lloro! Y allí estaban ambas y sonrientes hablaban de cosas del momento que yo no podía comprender, pero me deleitaban.

En Grand Rapid todos los años se hacen exposiciones de arte. Todos los habitantes de la ciudad participan de alguna manera: con sus obras u ofreciendo un espacio en cafés, restaurantes, parques y jardines, para que los artistas hagan sus muestras. Músicos, pintores, escultores, bailarines, titiriteros… en fin toda la ciudad es un enjambre de arte y artistas. ¡Un placer!

En el teatro principal, la orquesta propuso un magnífico concierto de obras universales. Un lujo que disfrutamos en familia.

La presentación de mis libros, charlas en la radio para la gente de habla hispana y el reportaje en Televisión del lugar me dejó perpleja y feliz. Era ser conocida en la otra zona del mundo más lejana de mi tierra. ¡Gracias, mil veces gracias!

¡Fue muy triste la despedida! Me debía mover en seis aviones distintos para llegar a mi tierra y eso estresa a cualquiera. Abrazos, besos, caricias y mucho amor que se va dejando entre los ojos llenos de lágrimas de los queridos amigos.

¡Un viaje totalmente diferente! Adiós y gracias. 

  

ALGARROBO DE ARRIBA

 

La noche se ponía el poncho de violeta con perfume a frío. Ciriaco Luna, cabalgaba sosteniendo un trote suave en su lobuno. Detrás, el “Flechita” con la cola entre las patas, seguía a su amigo. Oscurecía y en escampe, sólo se veía el fuego del cigarro que se quemaba entre los labios secos del hombre. Las nubes se habían diluido entre los cardales. Y él, confiado seguía la huella que lo llevaba a su rancho.

No estaba la Carmen, se había ido al pueblo donde vivía su hija, la Teresa. Algarrobo de Arriba era un montón de soledad y silencio. Se oía el ruido del viento y el aullido de algún chacal que merodeaba los potreros. Los perros cimarrones peleaban por alguna osamenta con los de la casa. Frenó el pingo y desandó entre los maizales.

Una ráfaga helada le voló el sombrero y salió disparado hacia el corral de chivos. Se le escapó una maldición. Se arrepintió al instante. No hay que llamar los fantasmas en noche sin luna. Flechita se alarmó; su pelo se había erizado y las orejas en punta le señalaron su enojo. Había algo raro en el aire.

En el algarrobo un cuchillo clavado sostenía un papel con palabras escritas en malos garabatos. Sacó la nota y el cuchillo. Lo limpió en la camisa y abrió la puerta del rancho. Prendió el farol de kerosene que iluminó en naranja la pobreza de las paredes de barro. El perro se echó junto al fogón y allí se quedó dormido. Antes había tomado agua con fervor de animal y ni miró el trozo de pata de vaca que le había puesto Ciriaco en una lata junto al agua. Él, Ciriaco, estaba muy cansado, quería echarse en el catre pero primero con suma dificultad, leyó la nota.

Mañana tendré que ir a la vieja Capilla del Cavadito. Me esperan. Caracho con el difunto. Nadie se imaginaba que estaba malo. Se comió una torta frita, seca y dura que tenía días en la fiambrera, con una tajada gruesa de jamón de chancho. Y se quedó dormido.

Ululaba el viento a la madrugada. Y despertó con la garganta arenada y sedienta. El agua en la palangana estaba helada, rompió con una piedra el hielo y se lavó como pudo. ¡Vamos Flechita, tenemos que ensillar y se nos viene el calor y es lejos! El animal, levantó la cabeza y movió la cola. No quería salir con esa helada.

Esta vez ensilló a “Carasucia”, la yegua y se puso camisa blanca y bombacha negra. Cinturón de función de tristeza y caló sombrero algo nuevo. Poncho blanco hecho por la Carmen al telar ese otoño. Un pañuelo al cuello de color violeta. Salió rumbo a la capilla. No lo acompañaba el perro. ¿Qué te pasa Flechita?

Se fue sin esperarlo, tal vez lo siguiera. Lo alcanzaría en un trecho. Al trotecito variado arrastró su tristeza. ¡No es tiempo para que mi amigo se fuera!

Casi al medio día, se le negó la yegua. Las patas encabritadas sostenían su cuerpo que se apretaba a las crines. ¿Y a vos qué te pasa? Un murmullo de pájaros, jotes dañinos se arremolinaron en la cruz del camino. A lo lejos, se veía la Cruz de la Capilla del Cavadito. Un tañer de campanas, malograron su curiosidad de hombre bueno.

Entonces, entre los yuyales encontró un cadáver. ¡Era el cuerpo de Carmen! Un cuchillo igualito al que encontró en el árbol, tenía su mujer clavado en el pecho.

Se apeó y vio su rostro entumecido y yerto. Carasucia coceaba entre los yuyales y un sonido de triunfo escuchó tras los árboles. La carcajada histérica de la Teresa, apretaba en su mano el cabello canoso de la madre.

¿Teresa qué pasó? Y al darse vuelta ya no estaba la loca. No había nadie

LA FRÍA GRAN BRETAÑA, narración de anécdotas de viejes

 

 

Llegar una Argentina a Londres es toda una experiencia. La primera vez que fui, no había existido aun, la Guerra por las Islas del Atlántico Sur con Inglaterra. Nosotros queremos recuperar las llamadas Islas Malvinas, Georgias del Sur y Orcadas, a lo que los británicos llaman “Falkland”. Es un tema sensible para nosotros y enojoso para ellos. Sin embargo como personas de bien, fuimos a conocer esa enorme Isla Británica.

Londres es una hermosa ciudad que a pesar de los miles de bombas que la destruyó en la segunda guerra mundial, se ha levantado como Ave Fénix de sus cenizas.

Hicimos el itinerario de todo turista: Conocer el palacio Real, castillos antiguos, la Catedral donde se corona a la Reina o Rey, el maravilloso Museo en donde hay obras “prestadas” sin voluntad de ser devueltas de varios tiempos y países.

Junto al Palacio donde dicen que habita la Reina, está el museo con las joyas de la corona; luego de hacer una cola bastante larga, ingresamos y comenzamos a ver alhajas hechas en India, Pakistán, Francia, España y por supuesto América toda: Brasil, México y hasta de mi país.

Cuando en un momento me acerco a una de las vitrinas para ver mejor, me dieron un grito que me paralizó. ¡Qué atrevida esta mujer! ¿Cómo se atreve a estar tan cerca de una joya como la Corona que tiene nada menos que el famoso Diamante “Koinor” y piedras enormes engastadas en oro, platino y quién sabe qué otro metal preciosos?

Aprendí, que hay que serenarse y no decir nada, pedir disculpas y seguir, no vayan a creer que soy una indígena sin educación o quiera robar la corona de la Reina

Nos mostraron en el jardín los cuervos que cuidan y alimenta una persona del palacio porque existe la leyenda que si no queda uno sólo, cae la Corona y se termina el reinado de Gran Bretaña. También, amorosos ellos, nos llevaron a ver el lugar donde el Rey Enrique VIII, hizo decapitar a varias esposas y enemigos que parece que no lo amaban mucho. ¡Dios, qué horror! También nos mostraron una pared donde según explicaba el guía, hacía muchos años, habían encontrado en un doble muro, los cuerpos de dos adolescentes, hijos de un rey que habían amurallado y desaparecido para que otro hermano o pariente tomara el trono. ¡Una belleza de familia!

Pero reconozco que la ciudad de Londres es hermosa.

La ciudad tiene un aire moderno, clásica y llena de vida. Fuimos al lugar donde en un sótano cantaron por vez primera los amados “Beatles”, hoy siguen debutando grupos de música y uno puede beber un “Ale” cerveza negra en una enorme copa de vidrio con esa espuma frágil y deliciosa para el sediento. Fuimos a “Harrods” a tomar el té. Fue un éxtasis. ¡Muy caro pero tan paquete! Luego recorrimos los pisos de la tienda más antigua y famosa, creo, de la ciudad. Allí vimos el homenaje que le han hecho a Diana la Princesa Triste y a su prometido. Nos cruzamos con numerosas mujeres musulmanas, que vestían sus túnicas negras y cubrían sus bellos rostros. Creo que eran las únicas que podían comprarse las piezas de ropa o cuero en zapatos y carteras, ya que para nosotros eran inalcanzables. ¡Es un lugar de la Mil y una Noche!

En Picadilly hicimos lo increíble, ver pasar en auto a la reina Isabel que me pareció una mujer solitaria y triste. Autos adelante con sirenas y atrás, la seguían a pasos para que nadie se acerque. ¡En verdad, me dio pena! Ha tenido una vida muy larga y difícil.

El museo Británico es una maravilla. Al ingresar está la “Piedra Roseta” que un joven de catorce años, llamado Champollion descifró los jeroglíficos egipcios. Había una multitud, por lo que seguimos a las salas donde había parte de los frontis del Partenón. ¡Justo ese día nos enteramos que en Afganistán habían dinamitado unos antiquísimos budas de piedra los Yihad! Por lo que yo pensé, por lo menos, los frisos no están perdidos ya que en Grecia, al Partenón, lo habían usado para guardar explosivos en una guerra.

Luego pasamos por varias salas de pintores famosos donde la vista se embeleza con tanto arte. Cansadas regresamos al hotel, donde como todos los días comimos pescado con papas. ¿Pensar que antes que Cristóbal Colón, llegara a las costas de América; no conocían ese tubérculo comestible y rico?

En una de las tantas excursiones nos llevan sin decir claramente qué había allí. Bajamos del vehículo y caminé por un estrecho sendero y de pronto… ¡OH, sorpresa! Mi corazón dio un salto gigante. Frente a mis ojos estaba “Stone-Age”  Stonehen el monumento paleolítico más estudiado en la escuela y estaba allí, ante mis ojos asombrados y temblaba de ternura. Es una de las situaciones más hermosas de mi existencia. Las había visto en todos los libros desde mi escuela primaria, hasta el secundario y simplemente millones de  años estaban así, como un lugar familiar en mi camino. Sólo el frío y el viento me sacudieron y caminé alrededor imaginando los seres humanos que habían levantado semejantes piedras sin herramientas modernas, sin ayuda tecnológica y eran hermosas y cumplían su espacio para recordarnos cuánto de humanos somos y cuánto le ha dado Dios a los hombres para que elevaran ese círculo mágico de enormes piedras. ¡No voy a olvidarme nunca mientras viva lo que sentí en ese momento!

Cuando partimos para Escocia, supe que iba a un país de ensueño. El sonido de las gaitas, las faldas Kil, las leyendas y cuentos de la época de los celtas, me dieron un regalo precioso. Conocí varios castillos y también viejas catedrales e iglesias que se han transformado en templos Anglicanos. Respetaron mucho, en algunos, antiguas reliquias de santos católicos y estatuas de la Virgen María. Igual Escocia es muy parecida a Irlanda. Luego conocimos Gales, es una región muy verde, con ríos y riachos por doquier, con pequeñas casas típicas en las ciudadelas y otras con techos de paja (creo yo)  que se ven en la campiña. Me quedé encantada y muy cansada físicamente en ese viaje. El clima me resultó muy duro. La gente amable y educada, nos miraba raro a veces cuando nos preguntaban de dónde veníamos y decíamos: Argentina. Muchos de ellos habían dejado algún familiar en las islas del sur.