lunes, 21 de abril de 2025

COMO EL HORNERO

 

          De cosecha en cosecha siendo obrero golondrina, llegó Cesario del norte a la tierra de los viñedos. Allá, en los montes de la región noroeste, ya han desmontado y no queda nada. Los algarrobos son la sombra de un remoto esplendor de la tierra. El nuevo patrón, pregunta al hombre: “¿Años?”

          Veintiocho, ansí me anotó mi mama—. Y una mirada inquisidora se desliza por la piel descorchada de otro desalojado del terruño.

—Soy fuerte patrón, he levantao una zafra enterita en Tucumán y domé potros en tierra e’ Córdoba.

            Pequeño, de piernas gruesas, pies enormes y brazos como leña seca es el montaraz. Ojos negros achinados y crinado. Bajo el ala del sombrero desgastado y olvidado del negro con el que lo fabricaron, esconde fuerza y coraje. Usa bombacha amarronada y sin botones, alpargatas. Lleva un insignificante bulto, en que acarrea todo lo que posee.

          ¿Cuánto querés ganar?

          Lo que le venga en ganas, comida y catre..

          Andá, la Adelaida te va a enseñar el galpón donde hay otros jornaleros como vos. Acá nada de vino ni cerveza mientras se trabaja. Y cuidado con pelear. ¿Tenés cuchillo? Me lo dejás acá.

          —Yo soy tranquilo don, muy tranquilo y sólo pito un cigarro cada vez que lleno la panza.

           Bueno, me alegra que seas tranquilo. ¡Dejame acá el facón, eh! Andá nomás.

            Camina, el Cesario, con la esperanza abrigada en el corazón. ¡Por fin trabajo! Hace como dos meses que sólo changuea por acá y allá. Nada fijo.

Desconfiado, husmea. El lugar es grande, Un galpón separado en dos con un panel de madera, donde esperan un par de catres con pellón de oveja y manta de lana, aguarda el cuerpo cansado de los peones. Ese espacio da abrigo a la fatiga por el trabajo de la viña en época de cosecha.

            ¡Mal clima nos está acechando! Anteayer, granizo, hoy lluvia. Mañana, espero que mejore, si no se pudrirá la uva!”, opina la Adelaida, mientras le entrega unos platos, tenedor y cuchara, con un cuchillo casi sin filo. Una palangana enlozada, muy cascada yace en un rincón con una jarra de plástico amarillo llena de agua para lavarse. La toalla de color cetrino pende de un clavo en los adobes descascarados. “Acá tenís un cajón con tapa para guardar tus cosas”. La voz cargosa de la mujer, quiere ordenar la vida entre los obreros golondrina. Adelaida, la Gorda, como le dicen todos, se mueve al compás rítmico de sus piernas enormes. Es un burdo barco graso que se desliza por la tierra apisonada con agua y escoba de pichana. “A las nueve se cena. No lleguís tarde que ti quedás con lo pior.” Parte arrastrando el trasero, afortunado en carnes, como triunfo de una vida plena. La cocina es su mundo.

            Cesario alborozado recibe los cachivaches en silencio.

           —Tá güeno. ¿Y cómo voy a saber la hora?

           Ya te vay a avivar solito—. Se escucha la cháchara de la matrona.

            Negras nubes merodean sobre los viñedos. El muchacho se persigna y busca agua fresca en la bomba manual del patio. Allí se encuentra con dos braceros más, que lo estudian para sacarle algún comentario, Los evita.

          Ya en la cocina, sentado junto a una mesa de madera de pino, sin mantel y sobria en trastos, la Adelaida trajina ollas tiznadas con perfume de puchero. ¡Suculento golpe para el hambre de un estómago vacío! La albahaca y el tomate maduro, conspiran con la hambruna de todos. Ni nombrar el tufillo obsceno del orégano.

           —¡Mal tiempo doña! —comenta un boliviano color de aceitunas negras.

            —Ahorita salgo con la pala hacir una cruz de cenizas pa´ alejar la tormenta —contesta la doña.  “La ayudamos”, dicen todos para meter la nariz en la extraña ceremonia ancestral del campo.

             —Nosotros la hacimos de sal gruesa —mete Cesario—. Allacito en mi tierra, la fabrican de sal gruesa y es güena.

            Por la puerta abierta a la penumbra, que se desplaza solapada, ingresa el patrón acalorado:

         . —Mañana necesito ir a la ciudad con dos de ustedes.

           —Yo voy, si quiere —ofrece uno..

           —Yo también —expresa Cesario.

           —A las cinco en punto me tienen que esperar junto a la chata vamos a buscar fungicida y caldo bordelés, para el parral del este, que tiene peronóspora. Y también hay que traer cosas pesadas, solo no puedo ir. Y vos, Evaristo, andate preparando la mochila y el tractorcito con tanque, para fumigar, así apenas regresemos te hacés la parte más jodida. Te ponés un trapo en la nariz, te cubrís los ojos y le metés duro. Si se llena de hongos la viña, a la uva hay que ararla toda y esto se va a la mierda. ¡Qué clima de porquería, carajo! Esto no parece Mendoza”.

             En la finca oscurece. El resplandor que perfila olivos y vides imita un espantapájaros sombrío. La silueta grácil de la cordillera se recorta con la claridad de la nieve eterna. El espectro de la arboleda húmeda por la lluvia acaba de negarse a continuar para hacer daño, y surge un cuadro fantasmal. Un zorzal apunta hacia uno de los álamos que bailotea una danza perfecta junto a las acequias. La noche interrumpe adueñándose del parral. Todos duermen.

Al amanecer, una luz lejana se desparrama suave invitando al sol a entrometerse en la heredad.

—¡Si viene mucho sol, sonamos! Más humedad y más hongos. Pero sin sol no hay tenor alcohólico en la uva —le explica a los atolondrados obreros que escuchan sin entender mucho de lo que habla el patrón.

—Y diga, don ¿de ande sale eso?

—Si serás abombao, de l´azucar de los granos —explica el otro como si supiera.

Cesario observa y abre sus oídos grandes para aprender. ¡Le gusta esta tierra y piensa quedarse!

Aclara. La ciudad contornea sus edificios como gigantes enfrentados en una guerra cruel al campo. Luego de un breve recorrido, encuentran los remedios para fumigar y después de ir a los bancos, el patrón quiere regresar.

Odio la ciudad. El tránsito, la gente que te empuja y los ruidos.         

Hacia el este, Montecaseros está más cerca de la vida. Cesario piensa y pregunta si es posible construirse una pieza con adobes, para vivir solo.

—Acá, che patrón, sobra el barro.

¡Ay, vos querés volar alto! Muy rápido. Esperate a terminar la cosecha. Ya veremos. Si sos bueno con la tijera y el tacho, capaz que te de un terrenito en el cuadro sur y te hacés un nido.

—Sí, como el de un hornero, don.

Sueña el golondrina con su nido de barro, como son los ranchos cerca del río, allá en su tierra. Sueña.  

 

 

Vocabulario:

Zafra: cosecha de caña de azúcar y tiempo de fabricación del azúcar.

Changuea: (changa) trabajo breve con contrato verbal, especialmente entre trabajadores sin educación formal.

Pichana: escoba que se fabrica con ciertos vegetales de la zona árida y xerófila.

Caldo bordelés: agroquímicos usado por los viñateros como fungicida.

Peronóspora: enfermedad de los viñedos característica por su color rojo-violáceo en las parras.

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 16 de abril de 2025

HISTORIA DE SOLEDAD


 

Con cada paso que daba, su cuerpo cansado, daba un rítmico  y suave  valancéo.Se sento´en una desvencijada playera  de madera , y comenzó  a mirar como se ponía el sol en la playa; que iba tomando ese color dorado cobrizo de las cosas muy añejadas...Cada  pequeño objeto se iba haciendo mas neblinoso y de color mas sombreado.Amaba el atardecer.

Soltó ,su larguísimo cabello cano ,que cayó sobre la vieja pañoleta descolorida, pero tibia y familiar, como todo lo que la rodeaba

Se alegró de su inmensa soledad y sonrió.Hacía mucho, mucho tiempo que había comprendido que era  y estaba sola.Volvió a ensoñar su pasado...,trató de alejarse  tanto como pudo en el tiempo.

Se pensó y recordó niña.¡Tan pequeña  y tan solitaria  como ahora.Se acordó de cuando  miraba por las ventanas de su alcoba ,allá en la ciudad, donde un misterioso mundo,ruidoso y hormigueante , de gente que se movía incesantemente en las calles!

¡ Ella con sus juguetes inanimados ,muñecas de porcelana , ....como esa enorme casa muerta!

Pensó en su madre, eternamente vestida de sedas negras, tan lejana y tan fría ;como sus  noches de invierno.Siempre la llevaba de la mano a todos lados.A casa de amigas ,tan frías como ella ,donde era como otra muñeca de porcelana...¡frágil, inútil y silenciosa!.No podía hablar, ni moverse  y estaba rodeada de mujeres parlanchinas que apenas la miraban cuando llegaban y luego la olvidaban,hasta que finalmente terminaba dormida en algún sillón, mientras jugaban bridge.

¿Cuándo pudo acurrucarse en los brazos de su madre, para hablar trivialidades ,para jugar, para amarse simple y sencillamente?¡No recordaba  la ternura comprensiva de su "mamá"! Así creció, hasta que llegó el tiempo de ir al colegio; y allá ,fue , a un internado para señoritas ,con rígidas reglas y gente rara y extraña.Allí conoció a Sor María de las Misericordias, una amable viejecita, que le enseñó que se podía vivir con amor,y le regaló el único tesoro de su vida...un puro y dulce amor.¡Pero las reglas, siempre las reglas, fue trasladada  y adiós a su adorada monjita!Le  quedaban una gran cantidad de cartas de esa época.Eran su refugio.

Obtuvo un importante título y salió de allí, con su tesoro...las cartas familiares de la monja ,que la  llenaban  de aliento  y de espiritualidad. Ella también le hizo tener esperanzas :en Dios ,en la vida y en su condición de mujer. Le enseñó a disfrutar de su femeneidad y a esperar el "amor".Un día supo con dolor que ,lejos , "ella" había muerto y supo que de nuevo estaba sola.

Comenzó a disfrutar de la vida.Viajó por mar,por interminables rutas y caminos, donde conoció muchedumbres sin rostro y sin nombres.Gozó de museos, teatros ,vienales ,festivales musicales de antigua tradición, pero allí  no hacía sino tener charlas y contactos efímeros.

Llegó su cumpleaños, treinta años de soledad, y en un coctel conoció  a Mijail , un pintor bohemio,antítesis de todo lo que podía esperar o soñar como mujer.

¡Vivió un amor apasionado, loco, esclavizante y con una frustración enorme se vió envuelta en una relación demencial.Los conflictos eran cotidianos,las apasionadas veladas la llenaban de insensatas esperanzas, para caer luego  en otras peleas infernales.Llegó a la realidad un día que descubrió que Mijail , había partido de París , a su patria con una joven bailarina  rusa.Gracias a Dios  que comprendió que no tenía sentido seguir  a un ser tortuoso, egoista y neurótico, que amaba a otra mujer.

Regresó con más serenidad a su casa de la costa, donde con "Totó" el cachorro de setter ,daba largos paseos por la playa.Un día le había llegado un amor diferente.Leonardo, era un hombre sobrio, sin dobleses, delicado y previsible como el monótono retorno delas olas.Se casaron y vivieron una vida quieta. La seducción se producía a través de pequeños actos de amor: ...una flor sobre la almohada, un libro  abierto en un poema o una taza de café caliente ,bebido en silencio frente a la chimenéa. un chocolate en el  sillón preferido ocaminar tomados de la mano por la playa en los atardeceres, junto a "Totó ".Leonardo era un hombre fino ,masculino ,que le había dado seguridad y la hacía sentir libre ,independiente y por sobretodo muy ,muy amada.

Su madre había muerto ya, pero le había dejado  junto con su desconocido padre ,una pequeña empresa ,que le daba tiempo y respaldo económico.Jugaba golf ,su deporte favorito.Solía juntarse con algunos amigos de su juventud para jugar bridge igual que su madre!.Pero todo era muy tranquilo.Pasó el tiempo en donde no quisieron nacer hijos y nada hicieron al respecto.Así todo estaba bien.

Una noche, él ,Leonardo, murió de un infarto, se fue tranquilo ,con una dulce sonrisa en el rostro sereno. Se alejó de su vida , como había llegado.Y volvió a quedarse sola.Se comenzó a mimetizar con su playa amada ,y con el verde inquietante del mar .

Todas las tardes caminaba con el perro, que ya ciego y reumático, la seguía , por la arena húmeda  y fresca. Las gaviotas la acompañaban ,gritonas, picando con urgencia  las migas de pan , que ella siempre dejaba a su paso.


Llegó a la escalera de madera , pulida por la arena y la sal de cien o mil tormentas marinas .Subió cansina y se sentó en la vieja playera .Tras la balaustrada de la terraza-balcón, vio la hamaca y quiso sentarse en ella para volver a mirar un magnífico sol poniente.

¡Sentía un cansancio viejo y amigo, un cansancio infinito ! Totó, se acomodó debajo de sus piernas. Se soltó el cabello  y se arropó con la pañoleta y comenzó a mecerse suavemente ,como a un niño.¡La envolvió el silencio de mil rumores marinos! ¡Estaba sola!

Un sopor la fue envolviendo y abrazando su cuerpo, se mecía,...se mecía....se  mecí..a...,se mec...ía....

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_¡Señora Ingrid...! ¡Señora Ingrid!_la voz de la joven vecina se repitió por varios minutos.Todos los rincones escucharon su nombre._¡Le traigo jazmines de mi jardín!_ sintió el crujido rítmico de las maderas del piso ,que con el peso de la hamaca ,se movía .¡La creyó dormida...,la tocó suavemente y ya estaba fría, tan fría como esa mañana.

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Cuando se quedó   semidormida ,vio, que por la playa avanzaban  ¡su madre con la monjita del brazo, y atrás Mijail y a Leonardo ,que charlaban animadamente!   ¡Comprendió que ya no dormía , pero supo , por fin , que ya nunca estaría  "sola".

CARTAGENA, CIUDAD DE LEYENDA

 


            Caminaba por las tranquilas calles de Cartagena. Había soñado toda la infancia y la juventud con este viaje que por fin se pudo concretar. Algo aquí atraía mi espíritu aventurero y  afiebrada imaginación. Yo sentía una fuerza  singular que me provocaba asombrosas sensaciones cuando soñaba con una ciudad extraña y se reiteraba constantemente ese sueño. Alguna de las cien pitonisas que visité en busca de respuestas, quiso ver una vida pasada en otro mundo. Yo me reía de esas extravagancias propias de mi generación. Nací en la década del 60 y entre hippies y rock, aparecieron los orientalistas con sus ideas nuevas. Pero: ¿Cartagena sería en realidad ese otro mundo? No, yo creo que todos mentían. Estas piedras del fuerte, de las viejas y restauradas viviendas de antaño, son tan sólo una maravilla antigua, digna, que debía disfrutar  en estas vacaciones.

            Caminé y caminé durante todo mi primer día, compré un vestido de algodón blanco para exorcizar el calor húmedo que se me colaba por los poros. Entré en la calle  de Los Siete Infantes alrededor de la media tarde. El olor del musgo de las viejas piedras, de los paredones de las defensas contra los olvidados piratas, llenó mis sentidos de una embriaguez insólita. ¡Yo en Cartagena!

            Me sentía libre y nostálgica. Caía la tarde y todo se tornaba de ese tono anaranjado y dorado viejo como un cuadro antiguo, mezcla de los olores violentos del mar y de las flores que crecían en todos los balcones señoriales impregnaban aún más el ambiente haciéndolo más atractivo para mí.

            La calle por gastada y por la forma del terreno caracoleaba entre palmeras y jardines. En un recodo de la callejuela  y ya casi bajo una semidestruida casa de piedra sentí  la presencia. Era como encontrarme con la transferencia  efímera pero tangible de un ser del pasado. Me acerqué al portal de reja y " La" vi allí con sus ropas anacrónicas y sutiles. Era una joven de porte altivo. Mulata de rostro anguloso y ojos grandes, ágil, que balanceaba una farola con una luz imperceptible a los ojos menos avisados.

Un cortejo brumoso la acompañaba. Temblé. Los adoquines húmedos, grises y penetrados de helechos salvajes formaban un cuadro que me atrapaban. No me podía mover. El sol había desaparecido y el dorado se había convertido en violeta y un mundo de rumorosas sombras me envolvía. Algo me invitaba a tratar de desentrañar ese raro suceso que me acontecía. Llegué a sentir por momentos el silbido de las balas de arcabuz y el olor de la pólvora que me llegaba desde el puerto mezclada a los viejos olores del miedo. Desde el fuerte sentí apagados gritos de dolor e ira. Me acerqué. Cuando toqué los vetustos hierros del portal una ráfaga helada desdibujó la escena. La esencia del pasado había desaparecido con sus bonanzas y desgracias. Me quedé un instante inmóvil y pensativa. Continué mi camino hacia el hotel. Allí me sorprendió el silencio  y la paz que reinaba. Yo estaba agitada y febril.

Apareció el joven encargado del hotel, para preguntarme si el sismo que se había producido hacía más o menos una hora me había provocado algún problema. Yo impaciente respondí negativamente y casi corrí a mi habitación con profundo miedo, dado que continuaba el movimiento sísmico. Caían trozos de mampostería y crujía todo como si estuviera por derrumbarse el lugar en escombros.

            En el ventanal  que daba al jardín poblado de palmeras y buganvillas coronadas de orquídeas perfumadas,  vi una imagen reflejada en el vitral y mi confusión fue verme morena y vestida igual, igual a la joven del jardín que me sonreía señalando la playa.

            ¿Ahora me pregunto si así nacen o mueren las leyendas?

Mark

 

Los motores rugían entre vapores de gases y fuego. Kevin, se agachó como pudo, para comprobar si todos los comandos estaban en su lugar y posición justa. Observó por el visor de su máscara a su costado y vio que Mark estaba tranquilo y lo miraba confiado. Apenas se podían mover en ese reducido espacio. Desde tierra, se escuchaban las últimas indicaciones de los ingenieros y técnicos. No tenía ni frío ni calor, pero algo en su interior lo mantenía muy rígido...¿sería su traje antiflama? ¿o tal vez los miles de cables que lo conectaban a diferentes máquinas que la técnica necesitaba de ellos? Aparatos acústicos, neurológicos y cardiovasculares ,medirían cada uno de sus actos.¡Tal vez era simplemente ...miedo!

Sintió la voz de Lucy y de los niños que le hablaban y les deseaban suerte...y mil recomendaciones. Se rió cuando Samantha, la pequeña, le pidió  que le buscara como regalo una muñeca...¿De dónde podrían ellos sacar allá un juguete?

Pasarían un largo año dando vueltas en el espacio. En realidad estaría sólo...,¡sólo no, con Mark , que sería su único amigo y compañero!

El viejo doctor Martins, comenzó el conteo y mientras lo saludaba y le daba infinidad de recomendaciones. ...5...4...3...2...1...O...Ya no podía volverse atrás, miró a su compañero de viaje que le hacía una gran y tranquilizadora sonrisa. Aunque parecía algo indiferente. Suspiró y se distendió. Atrás quedaba esa maravilla cósmica que es el planeta Tierra. A su lado Mark lo miraba infundiéndole mucha paz. El pequeño Mark, era un chimpancé adiestrado en la NASA, que lo acompañaría los 365 días de la experiencia espacial.                                                                                           

AGONÍA


¡ Oh vieja compañera de noche infinitas!

Detén este instante de dolor sin límite.

Amarga eres, amiga de los tiempos...

en que en rosada ronda en mis brazos de ensueños

acunaba esperanzas amorosas y buenas.

Hoy me estrellas en lúgubres sonrisas desdentadas

una noche muy negra de sutiles desgarros.

¡Oh amiga del tiempo...tantas veces dormida,

ven muy pronto a buscarme...

me he quedado vacía!

¿Recuerdas cuando el suave murmullo de los besos

acentuaban la gracia de creer que un mañana

venturoso y repleto de pétalos de flores,

caería en mi pobre regazo de madre solitaria...?

¡Oh, mi vientre, hoy muerto, te dio hasta la última

sonrisa del costado!

Tengo yermos los senos  y en el alma incrustada una espina.

No quiero respirar, se han secado mis lágrimas, mis ojos.

La dulce y generosa señora de la noche

ya tiene a quién buscar. Estoy lista y lo sabe.

Una muerte pequeña, silenciosa y nocturna...

Una muerte que sirva para poder dejar mi tristeza dormida.

En cada amanecer, que aparezcan mis flores

y en la noche los pétalos, ya marchitos que caigan

en mi tumba... para recordar el cielo

que tuve algunas veces en mis brazos acunado.

 La pena me lastima.

¡Un sol se va escondiendo, allá en la lejanía,

dejaré que palomas me traigan el rocío...

que calmará mi sed de tener un instante

de nuevo ese capullo de amor que fue alguna vez...

mi niño.

Ese pequeño amor...tuve, tú lo sabes.

 

EL HIJO DE LA VEJEZ

 

                                      Leyenda mendocina. Cuento infantil.

 

Los viejos habían subido hasta el corazón mismo del cerro. El frío dejaba azuladas y secas sus manos apenas cubiertas por piel de mará. Los golpeaba el viento. Pero el sacerdote - brujo, les había exigido eso. Ya Mismiya cumpliría ese verano treinta años. Ya era casi imposible tener un hijo. Los dioses se lo negaban y las ofrendas año tras año eran más difíciles. Caminaron en círculo alrededor de un nido abandonado de cóndor. El gran Padre de las Montañas. Luego derramaron aloja y chicha. Armaron altares de piedra que adornaron con hojas de coca y churqui. Acomodaron entre las piedras una ofrenda con la imagen de un niño con vestidos hechos con lana de alpaca. ¡Su pariente había viajado catorce jornadas hacia el norte buscando la lana tan codiciada por los dioses ¡  

            Cantaron a voz en cuello los cánticos antiguos. Lloraron sobre el nido y dejaron sus trenzas en él. Pasaron cada día y cada noche con la esperanza de regresar y concebir al hijo.

                        El retorno fue duro. La rocas afiladas rompían el cuero de sus ojotas. Sus pies sangraban e iban marcando un pequeño camino entre los pajonales. Eran Huarpes. Su grupo estaba muy separado de los grandes centros habitados por la gente Mapuche y Arauca. Tenían su pequeña tierra trabajada en terrazas con maíz y papas. Un corral con diez guanacos servían para trasquilar lana y tener leche. La carne era muy valiosa y la charqueaban para los largos inviernos del Cuyun. Llegaron a su casa de piedra y paja. El techo había volado y debieron `acoyararse´,  entre unos algarrobos hasta la mañana siguiente.  Kiskpe trajo de los cerros unas marás que se apretaban en una talega de fibras vegetales. Las ubicó en una hoya de piedra para que no escaparan. Tendrían comida por un tiempo. La primavera llegó y Mismiya supo que los dioses se habían apiadado de ellos. Estaba embarazada. La vida fue un canto de cajas y yaravíes. De música interior y amor.

                        El pequeño Mijotenok llegó en otoño. Era un niño moreno con cabello fuerte y ojos oscuros como la noche. Lloró como sus padres a pulmón. Pero sus progenitores lloraban de felicidad. Él lloraba para comer, para llamar la atención y para todo. En la pequeña casa nadie podía dormir. Cada día uno de sus papás debía dedicarse sólo a cuidarlo. El temor que los demonios entraran y se los arrebatara era increíble. Los vecinos reían al ver su desesperación ante el menor signo de dolor. Así fue creciendo...caprichoso, egoísta y remolón. Nadie sospechaba que tendría un extraño destino.

 

                        Las estrellas de su nacimiento estaban marcadas en un cuero de chinchillón, que Kiskpe, su adorador incondicional, había trabajado con sus muelas hasta dejar finito como un ala de mariposa. Pero ninguno advirtió tampoco que el día que había sido concebido la diosa Luna había tapado al dios Sol. Inti, la madre Tierra seguro pudo evitar ese maleficio, pero los dioses necesitan cumplir sus mandatos superiores.

 ¡ Así, con ese futuro siguió creciendo !

                        Pasaron varios años. Mijotenok, era travieso y hasta malicioso. Gustaba de mortificar animales y personas. Los niños evitaban jugar con él. Sus padres sentían que era por la belleza de su hijo. No entendían que el muchacho hacía cosas perversas. El amor les impedía aceptar el consejo de los ancianos. Ellos advertían la mala intención de los juegos y tareas del jovencito. Un día que su madre no le hizo una comida de su gusto tomó un palo y le golpeó la espalda. La mujer lloró pero se inculpó frente al padre. Éste callado miró con pena pero no se animó a castigar al hijo. Nunca quiso ayudar en la tarea de plantar y cosechar. Tampoco quería servir a su padre en labores de pesca o caza; ni en la recolección de semilla de algarroba, ni de miel.

                        Salía a vagabundear solitario rompiendo nidos y madrigueras. Matando pájaros o pequeñas bestias. Disfrutaba ver desangrada a las ranas y lagartijas.

                        Los padres, ya ancianos, veían que su Mijotenok era un ser despreciable a los ojos de la tribu. Nadie lo quería y todos lo evitaban. Arreciaban los palos con la fragilidad del padre y la madre, que ya no servían como antes al hombre. Astuto y maligno, los dejaba pasar frío, sed y hambre. Así, primero partió Mismiya, una tarde de frío invierno. Como pudo Kiskpe la llevó envuelta en la mejor manta de pelo de llama que aún tenía. La cubrió de piedras como era su costumbre y al regresar encontró su casa abandonada y revuelta. Mijotenok había sacado lo poco de valor que tenían y se había marchado. Muy pronto los dioses se acordaron de Kiskpe. Un grupito de vecinos lo envolvió y lo dejó junto a su buena compañera. Un paño de dolor y silencio envolvió al grupo. Nadie preguntó por el hijo.

                        En verano regresó Mijotenok, y encontró la casa vacía y desprovista. Comenzó a golpear a los hombres y mujeres que se cruzaban silenciosos por su camino. Borracho, la chicha lo había convertido en un demonio. Gritaba y maldecía. Nadie respondía a su grosería. Así entre borrachera y borrachera, su cuerpo débil, comenzó a sufrir alucinaciones. Veía a sus padres por todos lados. Corría por las veredas de los cerros vociferando. Trataba de alejar las visiones. Solo, estaba muy solo. Una mañana de primavera cayó en un precipicio a la vista de algunos hombres del caserío. De su cuerpo yerto salió como despegándose de entre sus brazos una enorme ave negra.

Así nació en estas tierras el "jote", ave de rapiña que sólo come carroña.

LA LARGA HISTORIA DE LA FAMILIA NATUBA, ESCLAVOS QUE LLEGARON A AMÉRICA HACE TANTO TIEMPO QUE SE PERDIÓ EN LAS CRÓNICAS ESCRITAS.


 

1-

            Ya está lista. La lavé. La peiné. La envolví en su manta de paño con los colores que dispuso el anciano Isai Natuba. Eso fue hace como cien años. Nadie lo conoció. Ahora, todos piensan que nunca existió. Pero todos nos movemos al ritmo, que desde su fantasmagoría, él, imprime en nuestras vidas. Ya la pueden exponer para el canto y las ceremonias. Ella es

            Amarinda Bella, la mujer mejor cuidada en la ciudad, después de la primera dama, que vive en una casa alejada de su pueblo. Acaba de morir, sin embargo, una extraordinaria mujer. Mi abuela. Amarinda Natuba.

 Hablar de la legítima esposa del “Señor” Don Felisardo Lastenes Gómez Romero, eterno presidente de la República es imposible. Nadie la ve desde hace muchísimo tiempo. Es como un fantasma de tanto no ser vista, es como si sólo por nombrarla tuviera existencia real. En verdad de la dama nadie sabe nada. Nadie conoce el nombre de la señora presidente. Sólo anda por ahí una foto que según dicen es de mil novecientos treinta y tres. ¿Quién sabe? Tal vez sea cierto y existe. Ella era una hermosa actriz de cine en Paravará. Pero nadie habla de eso. El pueblo se calla. Yo también. Esa otra es la “Desconocida”. Ésta, mi abuela, era la novia visible del caballero. Pero todos miraban hacia el costado cuando el “jefe” la sacaba a pasear con su largo cabello negro cayéndole sobre los claros senos opulentos y sudorosos. En el auto rojo que brillaba al sol o a la luz de la luna llena, sobresalían los ojos de la mujer más codiciada de la región.

            La mortaja la hizo la señorita Libia. Le acerqué el antiguo dibujo trazado con mano ágil de Isai Natuba, que amarillea en el aparador de caoba y palisandro. Lo trajo en uno de sus viajes, según contaba Amarinda. Costó encontrar esos colores brillantes, la textura en los paños y telas. Lograr, en pocas horas, bordados con todos los signos que están escritos en un idioma que ninguno de esta enorme familia entiende. Debe ser algún lenguaje esotérico. Isai Natuba era negro y su sangre, dicen, era más fuerte que la de un buey. La señorita Libia, sabe muchas cosas, pero sólo bordó cuidando en cada puntada, no distorsionar el mensaje. Si llegaba completo, ellos, los ancestros recibirán sin ninguna duda a la querida y bella Amarinda. Los espíritus son como los ángeles, se conocen entre ellos. Nosotros apenas vislumbramos a quien está frente a nosotros. Ellos en el otro espacio, el de los muertos, se miran y saben hasta el nombre y de dónde viene ese difunto. Por eso hay que ponérselo todo. Hasta los zarcillos de piedras de coral azul que usaba en el día que el caballero la robó. La sábana que guardaba con su sangre. Las trenzas que le cortó esa madrugada y los calzones de lienzo, amarillentos, por los años transcurridos. Además de la mortaja que bordó la señorita Libia, todo debe ser ubicado junto a ella.

            Ya llegaron varios llorones. Traen flores de jazmines y jacarandá. Van formando corolas entre cruzadas. Por todos los rincones hay jofainas con agua clara bendecida por el “viejo barbudo” vestido de blanco que nos mira con extrañeza. Y nosotros a él. Pero cada uno en lo suyo. Él con su Dios y nosotros con nuestros mandatos familiares. No hay discusión.

            Un mestizo acaba de entrar con una enorme corona en forma de corazón, hecha con diamelas, en nombre del dictador. Toda la gente, espantada, se hace humo. Yo y el “viejo barbudo”, nos quedamos aquí, quietos, mudos. Agradezco con dos palabras o una, tal vez, el miedo no me deja recordar. El anciano, comienza a echar agua bendita y a ahumar con incienso a la muerta. Amarinda, se hubiera levantado para tirar por el alcantarillado esa blonda del dictador. Pero no puede. Yo no me atrevo y el monje tampoco. Ya fue preso muchas veces por hablar de las cosas malas que sabe del dictador. Lo apalearon. Casi lo matan, si no fuera por el mestizaje de los barrios pobres, ya estaría como muchos perdido en la selva.

            Suena la campana de ingreso a la hora del estado de “sitio” como dicen. Ya nadie puede andar por la calle, aunque sea un festejo de mortal en camino al infierno o al paraíso. Ahora nos quedaremos solas. Amarinda y yo, su nieta.

 

2-

            Este barco apesta y  la oscuridad me impide ver a los que han atado a mi cadena y a pesar de ello, distingo a los que por las diferentes lenguas hablan  Se quejan y pienso que si una vez al día nos dan agua en un balde de madera con olor y sabor a podrido me alcanza o cuando me tiran pan enmohecido me da nausea otras, a veces, me  sabe a cuzcuz a miel y a mango y otras es hiel y sangre y miedo y estos infelices les debe parecer pescado o manjares diferente a los nuestros Ellos parecen chinos o birmanos aunque nunca los he visto con luz y no puedo comunicarme El olor a mierda nos igualó enseguida porque no nos sacan a cagar afuera como se debe hacer con un hombre, soy un sometido que capturaron cerca del río Hago mi suciedad acá debajo de mis pies y tengo rabia Al principio olía a jengibre y ajo A madera y grasa y ahora el olor es el mismo a orín y mierda No me muevo para no tener desgarros en los tobillos donde tengo las argollas de hierro y las cadenas Los palos en que me ataron me hacen sufrir porque apenas entré me golpearon brutalmente. Caí replegado sobre mi vientre Herido Soy un hombre jefe y tengo mando allá en mi tierra Sólo abrieron un poco cuando entró un grupo de chinos o coreanos  pero no sé porque fue después de navegar un largo tiempo entre marejadas enormes y bravías

            Dormito cuando me sacudo con el traqueteo del barco y ya nadie solloza suplicando ayuda Yo tampoco nadie me escucha ni escucha a este puñado de muertos vivos y eso que hay mujeres Entiendo que debe haber hembras y niños por el llanto y los gimoteos Ayer sentimos que paraba el motor y que navegábamos en silencio porque debemos estar cerca de algún puerto o algún barco de bandera que debe haber avistado el nuestro Seguro es pirata como nos dijo el jefe Matamo Ombatu  que este navío debe estar con cuidando y nosotros también cuando uno sale de la aldea yo me alejé detrás de una cebra y me olvidé de lo que me dijo el jefe y mi padre cuando me iniciaron en la ceremonia de adulto y sentí el ruido de la caída de carpas y velas a las que ya estoy acostumbrándome y han  recuperado cuerdas y cadenas de amarre y se escuchan voces de otros hombres aunque lejanas y como bajo un trapo o el agua porque deben tener miedo que los ataque alguien como ellos atacaron en la orilla del río en la cacería en donde me encontraba con Ume Tomana tratando de emboscar una vieja presa para agregar al fogón en la aldea y ahora han abierto una de las puertas  y  entra un aire salobre y sano de mar limpio que me recuerda la vida en mi tierra y oigo gritos y también insultos en  idiomas que no entiendo como no entiendo qué hago acá todo lleno de gusanos y mierda pero siento palmas que golpean los infelices que ayudan al gran jefe del barco que entra con un hombre rubio alto y vestido con un trapo claro un látigo y trapos blancos que brillan como telas de araña en el frente de la panza y sobre la barriga magra y seca lleva una faja azul roja y blanca que se enrosca  y lleva apretado con sus dedos afilado llenos de sortijas de oro un pañuelo sobre la nariz ¡claro que  no puede respirar en ese ambiente de muerte y excrementos y sopesa  los músculos mustios de varios hombre y toca los senos y caderas de algunas mujeres y arranca tres niñas de los brazos de sus madres que gritan y yo sólo no puedo ni moverme para ayudarlas y reciben un latigazo en la cara después sale y oigo gritos en varios dialectos y he visto gente de mi raza de raza bantú de ojos pequeños y vientres abultados por parásitos y hambre y he visto mujeres semi desnudas atadas a hombres que casi ciegos les restriegan un miembro viril muerto para ver si aun respiran y uno que habla algo de bantú dice Macao y yo digo Pemba pero tengo la piel negra muy negra y él tiene la piel amarillenta casi verde como sus ojos aureolados de un salitre lagrimoso que me da miedo no será un fantasma pero es joven y pequeño de estatura pero bien fuerte se nota que ha sido  alimentado por su tribu y sus músculos han liberado empeño en las tareas aunque ahora ya las haya olvidado así escondido como estamos y no lo han visto y  por fin sale el blanco y cierran y en un par de interminables horas que han pasado el barco vuelve a navegar pero el aire se ha renovado un poco y han tirado agua hasta limpiar un tanto el sepulcro en el que viajamos a la nada. 

            Arrastrando las cadenas se acerca a mí y en su lenguaje gutural que no escuché nunca en mi aldea me trata de hacer comprender quien es ¿quiénes somos? ¿acaso aquí pertenecemos a alguien o algo? se ilumina una pequeña brecha en la madera y vislumbro la luna que brilla en la noche y sueño con la libertad y siento un estruendo y yo que soy un viejo pescador de mi isla sé que han chocado con arrecifes y es nuestra esperanza única  que esta madera podrida se desintegre y podamos salir para siempre de la tumba en la que estamos o tal vez vayamos a otra tumba la de la muerte pero a la libertad porque la muerte es otra clase de libertad. 

            Los golpes fuertes de madera astillada que oímos y los corales filosos han quebrado el casco podrido y en la brecha entra agua con espuma que duele en nuestras heridas y gritamos todos porque estamos atados y como no tenemos fuerzas y estamos tan doloridos tendremos una muerte segura pero se quiebra uno de los sostenes y nos deja medianamente sueltos y la chirona se agranda y me arrastra una ola junto a una pequeña mujer amarilla pero por influencia de los demonios que debe atraer su largo cabello negro se enreda en las astillas entonces me grita porque  debe sentir un gran dolor pero yo la tironeo y logro sacar mis piernas por el drenaje recién abierto y entro en un mundo oscuro y helado que  cubre mi cuerpo y mi mente se recalienta pensando en ese puñado de hombres y mujeres que arrastro con mis argollas y cadenas y siento apretada a mi piel que se abraza la hembra salvaje y que clava sus uñas afiladas en la piel de mi brazo que pierde sangre a borbotones entonces pienso en los peces que comen carne humana y no puedo detenerme por lo que nado mucho y me dejo llevar por el recuerdo de mis buenas pescas de ostras en Pemba y así es donde subo a la superficie y veo a los hombres que se dejan caer por todos lados desde el trinquete a la popa y desde el carajo hasta la cabina del jefe maldito y hay un amasijo de gente de todos los colores y sus gritos suenan a tambores de guerra porque es la Muerte que atrapa a  todos yo  apuesto que quieren huir de la Muerte por terror a los demonios.

            Mi compañera de miserias sigue como una anguila mi escape y el pequeño chino y una mujer de mi raza a la que está atado nos siguen y  dejan escapar de sus brazos un bebé y también huyen pero saben que el bebé flotará y lo matarán los arpones de los villanos que sobrevivan porque son brujos del infierno y hay que seguir nadando y alejarme hacia donde me lleve la corriente pero quiero separarme de los ladrones que han caído como cucarachas al agua y yo que estoy tan flaco pierdo una de la argollas de hierro que me sujetan a la cadena y me deshago de la otra y la mujer me estira sus pálidas manos plumosas y débiles para que la atrape del cabello y sigo sin espiar más porque no me detiene nadie y veo la luna que me  permite alejar y atrás de mí a otros que desgraciados aun no se han  sacado las grampas de hierro los miro como se hunden en la marejada igual sigo aunque la sal me quema yo sigo alejándome y se alejan cada vez más los que iban tras de mi cuerpo pienso que parecemos dos delfines fantasmas con linaje de estatuas de azabache y seda que huyen hacia una negra oscuridad pero agotado me dejo llevar por la corriente y cada tramo estoy más apartado de la maldad de los piratas y mi amiga la luna se va escondiendo entre los altos riscos y me invita a desentrañar una huída hacia sitios más seguros y yo siento el filo de los corales en mis piernas doloridas y hay un sinfín de peces que lamen mis heridas y picotean y succionan el líquido que sale de las entrañas de músculos y vísceras.

            Ahora tocamos con los pies la arena y hemos llegado al punto de la playa por eso corro y me sigue la extraña joven le escondo mi cuerpo entre las malezas pero se esconde junto a mí tiritando me avergüenza porque está desnuda y aterrada pienso como se siente sola y cuidadosamente nos alejamos internándonos en una extraña jungla de árboles sumergidos donde el griterío de los monos en la noche nos alienta a seguir hacia lo más profundo de los palmares que son parecidos a mi aldea pero nos caemos varias veces y estamos muy doloridos con los cuerpos heridos y muertos de frío por lo que cada pierna y brazo busca un breve descanso que creo no vamos a lograr si queremos escapar vivos por ahora de los malvados y veo en la penumbra una enorme gruta en la muralla de roca que nos enfrenta desde la playa y allí nos protegeremos por un tiempo breve no sea que cualquier rastro de sangre o marca de pisada pueda ser un enemigo que nos traiga al infierno de nuevo.

            Rendidos caemos sobre la arena seca y fría.

 

3-

            La Ñusta Kunty se acerca a la cabaña con una cesta repleta de frutos de mar y su contorneo atrae la mirada del negro. Una pollera de colores vistosos, su camiseta de fina lana de vicuña y sus trenzas, atadas por mil pompones de colores, atraviesan el mercado con aleteo de aretes y collares de conchillas brillantes. Isai Natuba sonríe con la blancura alborotada de sus dientes. La piel reluce al sol. Esa mujer que habla con los espíritus, es el sueño de Pemba. Ella, sabedora de sus encantos revolotea sus pollerones, frente a la mirada de los hombres y el odio de las mujeres. Fuma su cachimba con mezcla de tabaco y hojas de coca, la planta sagrada de los Incas. Callada la pequeña Ming Li, observa como siempre con una mirada de sometimiento. Sigue a su benefactor todo el tiempo. Callada cuida sus heridas y sus sueños. Ofrece su exiguo cuerpo al hombre, que desprecia con un corto manotazo en el trasero inexistente.

            Ñusta Kunty, la hechicera del pueblo, sabe que el moreno la codicia. Se lo dicen sus caracolas de colores iridiscentes  y sus runas. También las estrellas y el grito del pájaro burlador. Ella es la única que puede fraguar un amorío o deshacerlo con sus travesuras. Yuyos y animales que sirven para pócimas. Ungüentos con grasa de yacaré e iguanas, sirven para destrabar el sexo dormido de los hombres y mujeres. Curandera de almas y de cuerpos, Ñusta Kunty, desea abrazar el cuerpo fibroso del hombre silencioso que la sigue por el matorral y la espía cuando ingresa desnuda en la cascada del mítico manglar. Atrás, siempre la extravagante muchacha china. Muda, mira y observa el deseo contenido del liberto. A veces llora. Aprendió algunas palabras de ese extraño lenguaje de las mujeres kollas. Sabe que ese país, a dónde los llevó el naufragio y la huída, se llama Perú y tiene un mundo antiguo de historia infinita como su Macao lejano. Sabe pedir algunas frutas por su nombre. El chupe de pescado, el ña`Pancha picante y la olla de cocido cuzqueño. Tiene un miedo instintivo, que Isai Natuba la expulse de su lado. Duerme a los pies de la hamaca, en la estera que le ha dado el hombrote. Él, hace ceremonias religiosas en las noches de luna. Baila y canta con voz profunda y enajenada en algunas tardes de tinieblas. Son dos extraños que se unen para poder sobrevivir en esa jungla de desconocidos. ¿Enemigos? Quién sabe. Las piedras raras se hacen edificios perfectos. Hay templos de una religión de hombres vestidos de blanco, barbas grises y aliento a muerte. Llevan un símbolo trágico en sus cuellos flacos. Le dicen “curas” y los niños los persiguen jugando. Ellos no se dan vuelta a golpearlos, como hacen los chamanes. Los ignoran, como a ella. Sólo les dan unos pequeños palitos de azúcar cocido que reciben alegres y el griterío acorta la distancia que le ponen los grandes. Los ancianos los odian. Se les nota en el rostro crispado por los surcos de la piel reseca por el sol caliente.

            Ñusta Kunty, le regala a la muchacha, un pendiente con un pájaro cincelado en plata. Es un poderoso talismán para que se enferme y se muera. Ming Li, sin saber, lo acepta y le hace una guirnalda de flores blancas perfumadas para devolver la atención, como las que le ofrendaba a sus dioses lejanos. La hechicera se enoja por eso, un momento tal vez, y luego, decide hacer un amarre poderoso para el Moreno. Se lo entrega a la mujer para que lo coloque en el lecho del hombre. La mujercita, le pone el ritual bajo la estera al africano, ignorando que es un amuleto de amor. Pero éste, se despierta sudoroso y afiebrado. La bruja no es tan poderosa como cree. Los dioses de él, lo protegen aún, de mordidas de serpientes y arañas ponzoñosas. ¡Y de mujeres malvadas! En lugar de prenderse al malsano abrazo de la Ñusta, se amarra al cuerpo frágil de Ming Li y en insensato extravío la toma para saciar su sed de hembra.

            Inmutable, se despierta junto al cuerpo moreno que elude palabras. Pasa el tiempo y su instinto le dice que hay un niño en su vientre. Le acerca la mano al pequeño bulto que se mueve y crece. Isai Natuba, sorprendido sale corriendo hacia el mar y libra su cuerpo al agua que lo seduce con el frío, de ese océano helado, en el que han llegado después del naufragio. Ahí llama a sus dioses ancestrales. Llora. ¿Qué clase de ser vendrá de ese vientre pequeño de piel casi verde? Una mezcla hechizada de ave y humano.

            Ming Li, busca una india que se llama Charuma para que rompa cualquier embrujo. Esa extravagante curandera, le hace encontrar el camino y le entrega poderosos amuletos entre los que hay un manto tejido con maestría de artesana y dibujos que atraparían a la Muerte y la llevaría a un espacio de paz y regreso a sus ancestros en la aldea, a la que cada uno pertenece en caso de mala parición. Además evitaría cualquier enfermedad del “Mal de ojos” y otras dañosas artes de Brujería. Rituales antiguos y profusos del anciano sacerdote Inca le dan cierta seguridad. Sin embargo cuando llega el tiempo de parir, algo se interpone con su naturaleza e Isai Natuba busca ayuda en el hospital que tienen los blancos. El “cura” les brinda todo con delicadeza conquistando al padre novato. Nace un pequeño niño de tez chocolate y ojos rasgados. Un exótico bebé que atrae la mirada de todos. Lo llama Josué. Un nombre raro como el mismo niño. Al rato, nace una niña. Su piel de color amarillo claro sostiene unos enormes ojos negros. Se llamará Amarinda, dice el padre, con machismo incrustado en la sangre.

            Así crecen los niños, felices. Ñusta Kunty, les hace un sortilegio con mal de ojos y maldiciones; y como no se atreven a contar y temen tanto su influencia, deciden por esa causa, escapar hacia un país vecino. No es la primera vez que salvan sus vidas de la maldad de los demonios ajenos. El “cura” blanco los ayuda a cruzar la frontera y llegan a Bolivia. Allí, un sacerdote Jesuita, le enseña a Isai Natuba, un sin fin de remedios para curar el cuerpo y lo instruye en medicina nativa. El anciano, solicita que lo acompañe a su nuevo destino, un país donde según dicen los blancos, sobra el pan y la miel, como dice la Biblia. Parten nuevamente como eternos fugitivos. Ming Li, Josué y Amarinda, lo siguen entre cerros y montañas heladas, valles calurosos y ríos bravíos, el antiguo pescador africano vuelve a buscar la libertad. Ahora es un hábil boticario y médico lego.

            Pasa algunos años curando enfermos, asistiendo partos y ayudando a criar niños, Isai Natuba comienza a sentir que las fuerzas no le acompañan. Ming Li, busca en sus viejas recetas ayuda, pero no encuentra antídoto a los maleficios de los viejos brujos kollas. ¿Son tan poderosos? El anciano cura la sermonea, pero pueden más los terrores y la ignorancia. Además los calendarios han surtido efectos suculentos en sus cuerpos.

            Antes de dormirse a la luz de la luna, Isai canta a sus dioses atávicos y dibuja en un paño blanco una suerte de rituales extraños. Ming Li los guarda con cuidadoso esmero. Un día ella también se dormirá en los brazos de Josué, que se transforma en sacerdote cristiano; y es él, quien la envuelve en mantas que recibió en su peregrinar por las tierras atávicas de Perú.  Luego, parte para África. Viaja a Pemba.

            Amarinda Natuba, es la que hereda el mandato lejano de Macao y Pemba, sus ancestros. La mujer más linda. Médica y farmacéutica anciana,  que cura el cuerpo y el alma de su gente desde hace tantos años. La que transmitió su sangre y sus rituales mágicos a hijos y nietos. Ahora ya lejos transita el camino hacia el silencio. El pueblo la llora y gime por perder su madre ancestral.

La amada del dictador, amante esquiva de todo un pueblo. Mi abuela, hoy está dormida en la sala.