miércoles, 15 de octubre de 2025

LA MUJER DE VESTIDO DE SEDA

  

             Ludovica está triste. Tiene un dolor revoloteando en su pecho. Vino llena de sueños a la gran ciudad y allí, se encontró con una vida de soledad y frustraciones. ¡Nada era igual a lo que le mostraban en la radio, cuando escuchaba las novelas de Migré! Sin un vestido bonito, con el cabello oscuro y zapatos de tacón gastado, nadie la dejaba entrar a los salones bailables ni al biógrafo. Había que pagar en todos lados. Algunas veces, un anciano de la calle Corrales en la ventanilla del cine, le daba un papel y la dejaba entrar, claro que después le tocaba un poco las nalgas, pero ella se hacía la sonsa y volvía con algún estreno.

            En la pensión, limpiaba los baños y ayudaba en la cocina. Le daban de comer y una cama que cuando se tendía hacía más ruido que un furgón lleno de hierros viejos. Allí vivían varias muchachas, y hombres. Eran obreros y chicas que se hacían las “bataclanas” y apenas podían juntar unas monedas para entintarse el pelo y comprar alguna chuchería que resaltara sus figuras. Los muchachos, comían como lobos, con el estómago abierto como hoyo de curtiembre. Nada alcanzaba, ni la sopa, ni el pan, ni los guisos que hacía la patrona. Las chicas comían menos para no perder lo único que tenían, los cuerpos de ninfas pobres.

            Ludovica se propuso cambiar. Un día se paró en la puerta de un gran hotel y esperó algo… o a alguien que la viera. ¡Y la vio un hombre que había bajado de un auto negro! Le sonrió y la invitó a comer con él, en el hotel. ¡Ese día se descompuso de tanta cosa rica que comió!

            Él, le dijo que la esperaba en la radio “La Mundial” a las 8 horas. Y ella fue con su mejor vestido (el único) y una de las chicas le prestó un labial y la peinó con un hermoso rizo en el costado y le puso un “Kohol” en las pestañas. ¡Estaba hermosa!

            El hombre entró y casi arrastrándola, la hizo sentar frente a un aparato que supo, después era un micrófono. Canta. ¿Cómo, si yo no soy cantante? Ayer cuando te esperaba en el pasillo del hotel, te oí cantar y lo haces bien. Canta igual que ayer. ¡Y cantó! Y pronto llamaron a la radio preguntando su nombre y que cantara otras canciones.

            Le hicieron aprender varios boleros y canciones amorosas y ella, hizo todo lo que le obligaron hacer. Cuando pasó el mes, le dieron un sobre con mucho dinero. ¿Era famosa! Había triunfado.

            Salió de la radio y caminó despacito por la calle Matriz y en un local entró y se compró un vestido de seda rojo fuego, unos zapatos de tacón de charol negro y un bolso de piel brillante. Luego, caminó hasta el tranvía y cuando llegó a la pensión, las muchachas y los hombres la aplaudieron. ¡Ludivica, canta ese bolero tan romántico! Cantó y las lágrimas le hicieron correr el “kohol” por las tersas mejillas de muchacha pobre.

            Dicen que con el tiempo, hasta viajó a otros países cantando, vendió discos y hasta filmó una película. Pero, también dicen, que el hombre que la hizo triunfar, una noche, borracho, le dio un balazo en el pecho y de su vestido de seda rojo floreció un margaritón negro de sangre joven. Ludovica es una leyenda entre las muchachas que sueñan con ser “La voz” en la ciudad.

MAREJADA

  

Si no estoy en el peldaño de la escalera de mármol

 

Si camino sobre el pasto verde y la quimera

 

Si me siento junto a los juncos en flor de la terraza

 

Voy a cambiar el día en noche

La noche en día y el otoño en primavera.

La voz será un tañer de campanillas de cristal

Las piedras, blandas calandrias alejando la vigilia

Los perales darán almendras dulces y camelias

 

Me dejarán mentir el sabor de los perdones

Me darán pie a las lágrimas de miel

Me depararán un rincón donde duermen los duendes

Me visitarán los fantasmas que se esconden.

 

Me pararé en la cornisa de la iglesia a tocar a vuelo

Las campanas serán el llamado de la brisa en la mañana

Un coro de grillos llamarán con sus rutinas a las hembras

Me repartirán globos rojos, azules y amarillos.

 

Ya será la hora de guardar la cítara y las hojas en blanco

Los poemas dormirán su sopor de maestría ajena

Cantaré como cuando era una joven pintora de la vida

Marcando con mis plumas alas de serafines y doncellas.

 

Ahora esa marejada de espuma me lleva al mar

A caminar en la arena del silencio, de la risa

Mis ojos opacados por la edad serán libres de ver lo arcano.

Los secretos de la vida que pasa sin preguntas

Atraparán mi cuerpo en un abrazo de pétalos azules.

LA YARARÁ


El rancho estaba casi destruido por la tormenta. Hacía una semana que el fuego había quemado todo el ñandubayzal. Un rayo traicionero, carcomió el pajonal y el bicherío se desbandó por la tierra. Luego vino la lluvia, que como torrente llenó la tierra roja en un guadal de sangre y cenizas.

Victorino Agüero se arremangó para evitar que sus animales escaparan del corral. Era su único bien. La tierra con su fruto que crecía como la misma vida y los animales, pocos, que había logrado tener.

Los monos chillaban entre los pocos árboles chamuscados que habían quedado en pie.

¡Es lo habitual en la tierra colorada! El trabajo de atrapar cerca de la orilla los sábalos y peces que se quedaban en el sedal, a veces se prendían bichos que daban asco por el tufo que producían al estar entreverados vivos y muertos.

Había amarrado bien la canoa, única forma de salir del bañado. Escampó y él, fue con mucho cuidado a ver su espinel. Trajo dos peces dorados, lindos animales. Coleteaban cuando los sacó del río, pero necesitaba comer y recuperarse de tantos días de sufrir frío y hambre. Sólo comió algo de galleta seca y enmohecida que le quedaba entre los bártulos que se habían salvado del fuego y de la tormenta. Apareció el perro medio torrado y flaco como la orilla de la tapera. El “Truco” fiel compañero siempre regresaba después de las desgracias que les mandaba ese cielo que podía ser gloria o tormento.

Se sentó en un tocón en la abertura del rancho, la vieja puerta se había volado con el viento. Prendió un cigarro forzudo y echó humo a su tristeza de campesino olvidado.

Cuando se dormitó, el Truco se echó a su lado expectante. Regresaban primero las aves, los guacamayos y las cotorras. Después se oía el grito de los simios que peleaban por un lugar en ese desquicio que había dejado el incendio. Pero olfateaba que cerca había una yarará. La bicha se enroscaba como una mentira alrededor de una estaca y se quedaba quieta, esperando dar el salto y engullir al perro o al hombre.

El animal, esperó paciente que se despertara su amo. Al abrir los ojos se vio de frente con la bicha que lo oteaba como presa. ¡No me vas a verduguear! ¡Carajo! Se irguió y con destreza le tiró un palo, la yarará se escapó entre los yuyales que parecían crecer a ritmo enloquecido después de la lluvia.

Victorino conoce la costumbre de los animales. Prendió una tea y se fue derechito al gallinero y allí no sólo la vio a la entrometida, sino que se encontró una boa que se movía contorneándose con uno de sus corderos en las tripas. ¡Hija y puta! Le dio con la azada en medio del lomo y saltó con fuerza sobre su cuerpo nervioso y opulento. La yarará se enroscó y se prendió de la boa que cortada en dos seguía envolviendo al cordero. Ya estaba muerto y la sangre mojaba el cuerpo de la ladrona.

Con el fuego, le zampó una buena quemazón a los bichos. Se retorcieron sobre sus huesos como enredaderas de verano. Los cubrió con latas de kerosene y les prendió fuego. El olor volvió loco a los monos que aullaban de terror. Truco arrastró  a su amo que parecía enloquecido, lo garroneó para que se alejara.

Entró en el rancho, rebuscó entre el catre para ver si no había otro animal inesperado, pero se hubiera dado cuenta el perro y ladraría. Se recostó y junto a él, su amigo. Soñó con la casa de su madre, allá en la villa. Soñó con una vida mejor, pero sabía que al despertar sólo lo esperaría otra vez su triste vida. Allí, se escondía de los controles de la policía, después que atravesó con el facón al Emeterio Maidana en una bailanta de Oberá. No sabía que una yarará se deslizaba debajo de la cumbrera del rancho para vengar la muerte de su casal. Su perro agotado estaba dormido.

 

RAMÓN GARRIDO

 

            El despertar después de una tormenta no es grato. El hombre encogido por el chubasco, sacó una mano por una ventana que piadosa había quedado entera. No llovía. Había un sin fin de charcos y árboles caídos sobre la tierra empapada. El techo roto en ciertos lugares, parecían la garganta gigante de un ofidio. Vio enroscada una yarará en una de las cabreadas del techo. El gato, se había asilado en un rincón lejos del animal que glotón la miraba haciéndose la distraída.

            Sobre el fogón una suave luz, mitigaba la soledad. El carbón no se había mojado y un manotón de aire avivó el fuego. Puso un cacharro para calentar agua. El mate. ¿Dónde diablos quedó el mate? Sacó un viejo trabuco y le dio un tiro a la bicha. Que cayó como plomo sobre el piso de tierra. Más tarde se ocuparía.

            Salió despacio al patio o lo que él, llamaba patio. Un trozo de tierra sin las plantas que trepaban y se deslizaban como lagartijas por doquier. Ese era su rincón. A lo lejos se escuchaban algunos truenos. Era el despertar del cielo a una nueva tormenta quién sabe donde. Pensó en su canoa. ¿Se la habría llevado el río! El espinel que colgaba de un árbol, estaría aun a la orilla cambiante de ese bravo torrente marrón rojizo de agua que bajaba del norte.

            Caminó chapaleando en el cieno. La bombacha húmeda salpicada de barro le anunciaba el desastre. Sin embargo allí dada vuelta en boya estaba su canoa. Unos guacamayos ruidosos se espantaron de los árboles que estaban junto a esa parte del río. Todo era nuevo. Otra yarará se escabulló entre los enormes pastizales

            Peces muertos colgaban del espinel. Anclada la mirada en la bravura de la corriente le pareció que había un “alguien que lo veía”. ¡El mismito demonio, debe ser! Y corrió hacia el rancho. El agua ya estaba hirviendo. Encontró el mate y la bombilla entre varios trebejos. Sacó un poco de yerba y cebó con unos granos de azúcar de caña de campo. Sacó una galleta, que parecía masa muerta por el agua y el frío. Armó un cigarro con la fina hoja de tabaco y miel. Encendió con un tizón y chupó con rabia.

            ¡Mierda de tormenta que se lleva la vida toda de las orillas! Sintió un rumor de cañas rotas y ramas en la parte de afuera del rancho. Espió con temor. Un chancho salvaje merodeaba. Atrás vio el brillo de las pupilas de un jaguar. Gritaron los monos que se hamacaban en la arboleda. Sacó el facón y el machete. Pero llegó tarde. Ganó el jaguar. Entre las frondas dejó el rastro de sangre caliente del puerco.

            Regresó a la tapera, eso dejó el temporal. Una tapera. Trabajó todo el día. Dejó listo cada hueco que había dejado el chubasco. Comió un poco de carne asada a la llama y se tiró en el camastro. El gato se acurrucó en su cuerpo y se quedó dormido.

            Ramón Garrido, despertó acalambrado. Otro amanecer de furia. Esta vez humana. Entró un varón con el rostro contraído de ira. Quiso pelear con él, no pudo. Cayó sobre el piso de tierra con una herida fiera en la espalda, provocada por una zarpa de bestia. Lo subió como pudo a su espalda y lo llevó a la canoa. La dio vuelta y echó el cuerpo. Salió río abajo en busca de ayuda. Cuando llegó al pequeño puerto de la aldea cercana, lo auxilió un compadre.

            Lo dejó ahí. Regresó a la casa en medio de la selva. Él, no podía abandonar su tierra. Era su heredad y su vida. Ramón Garrido era un hombre de palabra. El mundo de los pueblerinos no le iba a quitar el sueño.

 

 

 

 

 

POR EL RÍO THAILANDÉS


                     Abordamos la balsa que remontaba el río  Tkwait. Luego de una jornada de visita histórica a lo que fuera el famoso centro de detención y torturas de los soldados americanos en mano de los japoneses. Estaba cansada y me sentí un tanto apartada del grupo de chinos que me acompañaban. Usaba ropa inadecuada. El invierno tailandés con su humedad y temperatura de casi 32 grados. Yo con una pollera kilt de lana inglesa y una blusa de mangas largas, arremangadas, trataba de disfrutar de esa maravilla. El río calmo y suave, nos alejaba del famoso puente hacia la selva, el sol se ponía. Era esa hora de amarillos, anaranjados y rojos. Una suave brisa me atraía las risas de gente alegre, mujeres, niños y hombres, que a la orilla se bañaban casi desnudos en el río. Se recortaban árboles gigantescos. Todo era como en una sordina. Las palas de los remos chasqueaban en el agua. Cuando una balsa con motor pasaba, levantaba olas de agua dorada, por el sol poniente un millar de pájaros volaban, perdiéndose en la espesura.

                     Llegamos a un embarcadero muy primitivo. Me invitaron a bajar. Con ayuda de unos brazos morenos, un joven nativo, descalzo y con un turbante en la cabeza de colores estridentes, me regaló una sonrisa de dientes blancos en su piel morena y me coloco orquídeas pequeñas en el cuello, como collar.

                     Atravesé un patio donde unos chimpancés jugaban sin inmutarse. Era el patio de un templo budista.

                     Mis amigos chinos rápido subieron una escalera estrecha y muy  empinada. Todos eran budistas. Yo comencé a subir lentamente. Me sentía cansada pero tan excitada y feliz, que aun me parece sentir el olor de las orquídeas de mi pecho. Como me detenía cada diez escalones, a los pocos segundos una monja budista joven, con su frágil figura y cabeza rapada, estaba a mi lado. Nos separaba una baranda de metal y un millón de palabras. Nos unía la paz, la   emoción, la expectativa. Me quería dar animo lo hizo. Transpuse  los 150 escalones y ¡Oh! Maravilla....allí frente a mi estaba el buda. Ella extrajo los celebres papelitos de oro y tomando mis manos, los deposito, para que yo, honrara al santo. Lloré de amor. Allí estaba frente a la cueva. Me indicó que ingresa y en el techo.... miles de murciélagos colgaban como cristales de antracita. Ellas, las monjas, mantenían el lugar impecable. Me hizo agachar en una pequeña hendidura de la cueva, que a fuerza de pasar gente durante siglos, parecía pulida como espejo. No me animé y sólo atiné a honrar al Buda. Luego regresé al lugar donde sonrientes me esperaban mis amigos. En mi corazón nunca voy a olvidar ese momento de infinita belleza.

 

sábado, 11 de octubre de 2025

LA VENGANZA INEXPLICABLE

 

Vomitaba un líquido verde. Un espasmo final y un estertor, dejó a Micaela, con un color acerado que con el correr de los minutos se fue transformando en cinabrio. En la mano aun quedaba, apretada y espasmódica, la cuchara de plata con la que comiera el último bocado de papilla que le trajera Mauro para la cena. Su debilidad se había acrecentado en los últimos días. Medio cuerpo quedó sobre la cama y el resto contorsionado en el vacío. La mirada, como un cascabel de hielo, petrificando un suspiro.

            Entró, él, y en movimientos felinos, arrancó el plato, la copa y todo los utensilios y los hizo desaparecer. Estaba todo preparado de antemano. Nada fallaría. No advirtió, hasta después, que en la mano quedó la cuchara asida con extremo esfuerzo para un cadáver. Acurrucó en el cuerpo, como al descuido, una pequeña botellita con el resto del cianuro. Comenzó a gritar con la desesperación que atrajera  a los otros habitantes de la casa. El dolor y la congoja parecían auténticos. Lo vieron abrazarse al cuerpo inerte con desesperación, ella, se enfriaba rápidamente y cambiaba el rictus de dolor por una inmensa paz. Llegó el médico y dictaminó, confiado, que Micaela, al conocer el diagnóstico probable, había tomado una trágica definición. Equivocada, por supuesto, ya que no era un diagnóstico letal ni definitivo. Pasó el tiempo del velorio y  del entierro. Mauro era la misma imagen del desconsuelo y la tragedia. La casa se fue despoblando de familiares y amigos, un poco urgidos por la actitud de Mauro otro poco porque todos tenían que seguir su vida.

            Echó a los criados acusando una depresión inaguantable. El jardinero salió con pesar, ya que las rosas y las camelias de la señora eran su pasión. Pero “el señor” quería estar solo. La soledad lo curaría de la ausencia de Micaela.

            Luego de organizar la casa a su gusto, revisando todos los objetos valiosos heredados de la familia de Micaela, se sentó a disfrutar de ese mundo que el deseaba hasta el delirio. Su origen oscuro lo obsesionaba. Era codicioso y había escalado con mucha dificultad hasta allí. Pasó una semana.

            Pidió a Chef Bertain un opíparo menú. Quería disfrutarlo en soledad. Así le trajeron: langosta a la americana que acompañó con un vino francés, terrina de canard a la cordón blue roseada con un malbec griego, codornices a la salsa negra  que acompañó con champagne Barón B de Môet – Chandón,  helados de pistachio y el mayor placer fue sacar de la gran vitrina los juegos de la bisabuela de Micaela. Era heredera de un descendiente del Conde París, únicos descendientes del los Luises. La porcelana de Sèvres pintada por Gicard, le seducía el juego de cubiertos de plata y oro de un orfebre de Yorkschire afamado, cuyo punzó cotizaba en la bolsa de Londres. El cristal de Bohemia era un sonido que regalaba sus oídos. Era un lujo que él, quería para sí. Lo acarició en todo ese tiempo de comedia frente a su mujer. Encendió las velas en los enormes candelabros venecianos, y en el mantel finamente bordado en Brujas, comenzó a beber y comer al conjuro de la música de Mahler.

            Se apoyó en la mesa y degustó con placer cada bocado. Se acompañaba con su imagen en el enorme espejo del comedor. El alcohol comenzó a hacer su trabajo. Le pareció que alguien entraba en la estancia. Recordó que había entreverado la cuchara que halló en la mano endurecida de Micaela, entre los cubiertos con que había revuelto la ensalada. ¿Lo había lavado? ¿ Acaso era ese el cuchillo que envenenó para completar su obra? La desesperación comenzó a obrar. En su mano la cuchara tomaba vida extrañamente se movía de forma inesperada. El cuchillo adquiría un brillo singular. Transpiraba copiosamente y comenzó a sentir un dolor agudo en la garganta. El sabor del helado le resultó extraño pero no dudó, ya que él había comenzado a tener el fermento de los buenos vinos rondando en el cerebro. Comenzaron las convulsiones, los calambres. Un sudor frío le mojó con una lluvia finita la frente. Su cuerpo rígido ya no le respondía. Trató de incorporarse y ya no pudo. Sus ojos estaban rojos, sanguinolentos y desparramaba una baba verdosa. Un agudo vómito verde cayó sobre el angelical mantel de encaje. Ya no podía hablar, ni gritar. La cuchara había cobrado “Vida”y desde allí la figura de Micaela le sonreía. Él se moría y la figura de “ella” en el anverso del cubierto de plata sonreía, sonreía y él se estaba muriendo. Se moría. Se moría.

           

           

¡TE RECUERDAS DEL TÍO UNIVERSO!


 

            Samuel se sentó en la vieja hamaca que crujió avergonzada de los años que estaba allí, abandonada y con frío o calor, con lluvia o viento. ¿Quién se iba a dedicar a guardar esa antigualla? Vivían para trabajar. El camino estaba marcado con las huellas de su vieja chata Ford como rieles de ferrocarril. Modesto venía caminando con sus manos sobándose la espalda que le dolía como las penas del infierno. Los vientos helados del sur le hacían ese efecto desgarrador. ¡Pucha, che, parece que me duele mucho más hoy día! Se tiró sobre una silla que por supuesto se quejó crujiendo con ese cuerpo que la amenazaba destruirla.

Hace como cinco años que nos dejó el tío Universo. ¡Cómo se lo extraña! Tendríamos que ir a saludar a la tía cuando amaine este clima de porquería. ¿Anoche antes de apagar la luz me pareció escuchar un silbido de esos que nos anunciaba la visita del tío. ¿Te acordás de su olor a tabaco y miel con lo que se hacía los cigarros?

Mirá Modesto, si por ir, tendríamos que ir al cementerio de San Luciano, antes que se pierdan entre los matorrales las cruces del Tata Viejo y de la Mama. Pero se me hace pesado con este dolor de espalda y las rodillas me chirrian como puertas rotas.

Los años se vinieron rápido después de la última cosecha, después de la sequía del treinta y cinco y de las otras calamidades que acontecieron por estos pagos. ¡Samuel, contéstame! Hablo solo como el loro. ¿Entraste a Saturno? La jaula estaba cerca del jazmín cuando salimos esta mañana. Me acuerdo cuando el Tío le enseñó a canta un tango... la mamá se enojó muchísimo. ¿Cómo iban a hablar las vecinas si oían al loro cantando esas letras provocativas y locas? Y más lo retaba y más fuerte cantaba. ¿Lo entraste, mirá que hace frío...a ver si se nos enferma? Al final es lo único que nos queda de cuando éramos chicos.

Callate Modesto, escuchá, está cantando allá adentro de la cocina el famoso tango. Cambalache. ¿Te das cuenta que hoy ese tango es una joya? Parece para este tiempo de los cuarenta... me voy para la cocina. Tengo frío. Cuando se quiso para no pudo, saltó Modesto para ayudarlo. ¡Vamos Samuel, apoyate en mis hombros y entremos! Pará, sentí el silbido del tío Universo... parece que me está llamando. ¿Estás loco o en pedo? No. Escuchá te digo. Es él. No Samuel es Saturno que silba. Es Saturno te digo, no te caigas, hermano que mañana te llevo al doctor y te cura... esa manía que tenía el Tío de venir silbando y vos ahora que te estás cayendo. No te caigas apoyate en mi espalda aunque me duela tanto y te llevo a la cama y mañana... ¡Callate Saturno no cantes, no ves que Samuel se está yendo!!!