miércoles, 4 de noviembre de 2026

JULIO

 

Dejé la cesta con la ropa limpia sobre la hamaca de mimbre. El sol estallaba en mi cerebro y un ruido infernal sostenía a los dos perros sobre la puerta de cancel. Mi frente estaba perlada de un sudor agrio y me sentía mareada. ¡Tanto ruido, algo inesperado debía estar detrás de la puerta. ¡Flora y Goliat, parecían dragones!

El cabello pegado a mi piel, me preocupaba si llegaba alguien de la familia de mi difunto marido. Mi cuñado amaba los perros pero mi suegra les tenía un odio irrefrenable. Los traté de silenciar, pero seguían arañando la puerta. Me calcé los lentes para ver mejor. La miopía me dejaba en desventaja para saber quién había golpeado el llamador de bronce. El timbre dejó de funcionar hacía varios meses y no conseguía que José, el electricista del barrio, viniera para arreglarlo.

Ya no sentía tanto calor y secándome la cara con el delantal, me acerqué a la puerta. Allí, parado, como un gigante de piedra había un hombre. ¡No logré saber quién era! Tuve un pequeño temor. Aunque se que mi pueblo es tranquilo, no era una figura que me pareciera reconocible.

Me observé en el espejo del recibidor y me asusté de ver mi desprolija presencia, poco elegante, algo sucia y tan despeinada. Avisé que ya abriría. ¡Un momento, dije, ya le atiendo! La voz grave del desconocido masculló unas palabras apenas audibles.

Ingresé a mi dormitorio y me acomodé la ropa y limpié con agua fresca la cara, me peiné un poco. Salí y enfrenté el portal. Abrí. Allí estaba ese ser que me tendía una mano como si lo conociera de toda la vida. Su cabello entre cano y sus ojos negros parecían un campo esperando ser cosechado.

- ¿No se acuerda de mí, verdad? Soy Julio Vázquez. Usted fue mi maestra de primer grado en la escuela Cristóbal Colón. ¡Claro han pasado muchos años, ya tengo treinta y cinco!

 - ¡Ah, sí, claro, ahora que me dices tu nombre te recuerdo! Julio Vázquez. - Me serené un tanto y debo haber parecido una estatua de cera. Pero realmente no lo recordaba. Han pasado muchos años que me jubilé. ¿Qué alegría verte!- Dije para no pasar por una mujer senil. Pasa, pasa. Y di unos pasos hacia atrás con cierta duda. Flora y Goliat, no se habían separado de mis piernas.

- No señora, no voy a molestarla; me he atrevido a venir porque supe por un peón del campo de su padre, que falleció Tiburcio Quiroga y que puede estar necesitando un ayudante para remplazarlo. Se hacer de todo: carpintero, electricista, boyero y hachero.

- ¡Pero me vienes como anillo al dedo, Julio! Justamente tengo varias cosas que hacer en ese campo, desde que falleció papá, soy la única de sus siete hijos que se ha hecho cargo del ganado y de la pastura de los animales. -¡Pero pasa, siéntate! Le traigo un vaso de agua fresca porque el sol hoy, parece una brasa, un fuego... y la humedad me tiene toda dolorida. - salí hacia la cocina y él, se quedó parado con el ancho sombrero negro entre las manos, esperando y sufriendo con los gruñidos de Goliat.

-¿Qué ha sido de su vida maestra? ¡Yo siempre me recuerdo como aprendimos a escribir y que usted que era muy joven en los recreos, jugaba con nosotros a la pelota en el potrero que servía de patio!- sereno miraba mi casa que si bien es humilde está cuidada e impecable.

- Y, me jubilé hace un par de años. Mi esposo en un rodeo, se cayó del caballo y se fracturó la espalda, la columna y quedó mal. Tuve que ayudarlo mucho, pero falleció hace un año y medio.

- ¿Y tuvo hijos... señora? Imagino lo mimados y estudiosos que serán con su madre maestra.

-No, no tuve hijos propios. Ustedes son los cientos de hijos que tuve... y se me hizo una piedra caliente en la garganta. ¡Tanto hijo ajeno que enseñé y ni uno salió de mis entrañas! Pero eso es otra historia. -¿Qué fue de tu vida?- comencé a preguntar.

- Yo tuve que salir a trabajar temprano. Mi padre se fue al norte al Chaco profundo a una compañía extranjera y dicen que en una riña, mató a un hombre. No lo vimos más. Mi madre con siete hijos hizo lo que pudo, pero me crió la abuela. ¿Se acuerda de mi abuela? Ella me llevaba a la escuela junto a mis hermanos. Luego mamá murió, tuberculosis, dijeron. Salí muy chico al campo y aprendí mucho de gente de la colonia ucraniana. ¿Y usted, cómo está y su familia?- se quedó en silencio.

- Bueno, yo me jubilé. Mis hermanos, casi todos, se fueron a otros lugares. El mayor es gendarme y va de un lugar a otro del país, mi hermana Rosita, trabajó para pagarse los estudios y se casó con el dueño de la farmacia de Libertadores. Pedro, el menor, lamentablemente se fue a Brasil y no sabemos nada de él. ¡Así que fui quedando yo con el campo de papá.

- ¿Y ahora me puede "conchabar" a mí? - un sueño escondido en ese cuerpo grande con corazón de niño. - Seré su mano derecha como el difunto.

- Bueno Julián comensá mañana. Te doy un papel para que le lleves a los peones, yo tengo la chata en el taller. Iré apenas me la entreguen. Te recomiendo en especial unos terneros que nacieron en la sequía y están bastante débiles. Dales más alimento a ellos, ya el Bonifacio te va a ayudar.  Ahora andá tranquilo, pero esperá, te doy unos billetes para que empieces tu trabajo. - salí con premura a buscar de una lata que tengo en la cocina con algo de dinero chico. ¡Nos vemos pronto! Si tenés familia llevala y usá la casa del capataz hasta que yo abra la del Tiburcio.- le tendí la mano y Goliat gruñó pero por puro celoso.

- Gracias señora dijo, me tendió la mano.- Una mano áspera por el trabajo y fuerte por la fatiga. Amagué abrazarlo, pero muy respetuoso no me dio lugar. Creía ver al pequeño niño que de pantalón corto, piernas flacas y azuladas por el frío o con tierra por las largas caminatas en el campo, miraban con curiosidad los mapas y dibujos que había en las paredes del aula. Ese es el Julio que en un rincón de mi corazón es el uno de los hijos que me dio la vida.

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