lunes, 29 de enero de 2018

POESÍA MÍSTICA

ORACIÓN DE MIS DÍAS DE SILENCIO.

En la arena una amarilla huella del pie en rocas livianas,
con aristas de un mar infinito de ensueños y espuma vibrante
que me avivan, elevan en sus brazos casi humanos
hacia el arcano profundo del oriente.

En el valle poblado de simientes maduras
una ruta de pétalos de fuego en su hermosura,
amapolas rojas que ondulan un mar verde-vegetal
hacia un nuevo occidente iluminado.

En la espesura...larga noche estrellada, fronda frutada indecorosa
que crece, me acurruca en su matriz húmeda . Roja.
Entonces. Una brecha se abre entre nubes que cubren mi desnudez.
Me muestran una luna mágica y pequeña, el origen virginal.

En la ciudad con el smog. El aire del humo maloliente de basura.
Una mano, tu mano, se extiende en la súplica del hambre.
Desamparo. Todos solos y mudos. La mirada sin lumbre de esperanza
y esos ojos que observan hacia el Norte, hacia el mañana.

Siempre allí Tú. Tu nombre en la plegaria...
            Jesucristo.



NATIVOS DE MI TIERRA

Sigues indio colosal alojado en mi grito.
Aún tu sangre fuerte se desploma entre las piedras.
Quedan
quilates de pisadas olvidadas en yerbatales perdidos
Guaquerías despobladas...muertas. Dioses robados de las tumbas viejas.
Indio incrustado en lágrimas de oro.
Oro que cuelga del algún altar ibérico notable
que sangra y desparrama
en ríos la miseria y su herencia de vergüenza.
Los hombres te mintieron. Nos mintieron.
Su palabra aflora de la página escrita
que mata cada día con abundancia de traición almibarada.
Yo siento la verdad como una cruz incrustada en
mi conciencia. Mi Cruz, indio,esa...
que despierta el palpitar rugiente de mi ira.
¿Qué te hicieron...qué nos hicieron creer?
El tiempo que despeja la mentira
el que nos abre las llagas por donde atisbar la verdad,
queda. Occidente no es hoy el que entonces fuera.
Aún hay tiempo. Tu negra suerte volverá
de tu mirada perdida para ver el sol.
Caminarás erguido,
Volverás a ser el dueño de la tierra.



EL GRAN CAMBIO.


            La mañana era soleada y una fresca brisa envolvía el balcón donde me había apoyado buscando un pequeño respiro a la desagradable tarea que me había autoinmpuesto. El parque del sanatorio daba una imagen de paz y frescura inimaginable. Comencé a recordar un sin fin de situaciones pasadas que se acercaban a mi memoria trayéndome la infancia y la adolescencia de la mano de esos tristes momentos.
            Comenzamos la escuela primaria en un jardín de infantes , éramos cinco niños brillantes. Agustina con sus enormes ojos de color café y siempre enroscándose un mechón de pelo mientras se chupaba el pulgar ; Federica con su barriguita redonda como osito de peluche y sus pecas ; Renato el pequeño salvaje que nos inventaba constantemente alguna travesura y a quien seguíamos incondicionalmente ; Héctor un flaquirucho con pelo rubio, ojos de color celeste y un tartamudeo casi imperceptible, inteligente y gracioso hasta para caminar. Finalmente yo con mi pertinaz ¿por qué? ,que seguía o mejor dicho perseguía a toda la familia y a todos los maestros. Así estaba conformado ese grupo compacto y feliz de niños sin problemas. Seguimos afables hasta un momento en que de repente se desencadenó todo ésto.
            El pequeño Héctor no apareció por la escuela. Su lugar vacío y el silencio de los profesores a nuestro constante ¿Y Héctor , por qué no viene? y el silencio y miradas raras que no comprendíamos . Teníamos nueve años y estabamos acostumbrados a hacer todo juntos.
            Después de casi dos meses volvió pero estaba más delgado aún, pálido, ojeroso y muy, muy callado. Su alegre sonrisa estaba muerta y se sentaba lejos de todos nosotros, cuando nos acercábamos se paraba y se iba a algún rincón gris del colegio.
            La maestra lo hablaba de otra manera y cuando la profesora de gimnasia tomó licencia para tener a su bebé, sucedió algo inesplicable. Vino un profesor nuevo, joven , atlético y muy simpático, que nos hacía reir mucho. Pues bien en un momento que lo tomó a Héctor de la cintura y quiso hacerle hacer una palomita, éste pegó un grito desgarrador y soltándose salió corriendo. Nunca más volvió.

            ¡ Ningún adulto nos dijo nada y quiero olvidar el resto por ahora!

EGIPTO

 UNA CABEZA DEL FARAÓN, NUNCA SUPE DE CUAL, PORQUE EL GUÍA QUE HABLABA 13 IDIOMAS NO PODÍA DECIR POR SU RELIGIÓN SI ERA UN POLITEISTA EL MISMO
 EL RÍO SAGRADO, EL NILO, EN CUYAS MÁRGENES VEÍAMOS A LAS MUJERES LAVAR ROPA
UNA CALLE CUALQUIERA SOBRE LA QUE LOS HOMBRES "TRABAJABAN" Y HACÍAN NEGOCIOS. EL CAIRO.

DE "CLOTA" CUENTOS INFANTILES DIARIO LOS ANDES

LA SEGUNDA AVENTURA DE CLOTA EN IGUAZÚ.

         Cuando despertaron al día siguiente, ya las esperaba Amaranto Malvón con su jeep para llevarlas a las maravillosas Cataratas del Río Iguazú. Desde luego, cada una llevaba su canasta con alfajores, empanadas, jugos de frutas y muchas golosinas, por si encontraban chicos con quien compartir su merienda. Clota se puso una falda de color anaranjado con flores violeta y sus sin iguales calzones largos con puntillas, que se morían de risa de las piruetas que hacían los monitos entre las palmeras y árboles; Tirifila Afila, usó un jardinero color amarillo con lunares rojos. Lili Moreno, se puso la más linda capelina de tornasol celeste y rosado con amapolas multicolores. La tía Nené se enfundó una túnica de muselina blanca que ondulaba con la suave brisa del río y se estrenó una coronita de jazmines sobre su larga cabellera rubia. Así partieron y así llegaron. El buen Amaranto las acompañó por algunos senderos y las cascadas. De pronto las animó con una invitación: -¿No les gustaría entrar al fondo de las Cataratas, donde vive don Pombero?- dijo haciendo una breve guiñada porque conocía la respuesta -¡Sí expresaron a coro!- restregándose las manos ilusionadas.
         ¡Fue un poco difícil convencer al Guarda Parque, que cuida tanto su terruño! Pero cuando vio que eran tan ecologistas como él, aceptó. Allí comenzó lo mejor de esta historia y del viaje.
         Penetraron por un risco donde un sendero escondido y secreto les permitía ingresar por detrás de las enormes cortinas de agua de las cascadas. Entre inmensos helechos y plantas húmedas, atravesaron por un camino tapizado de una alfombra aterciopelada de musgo, donde debían sostenerse entre cordones de lianas verdes y jugosas para no caer. Así llegaron a un espacio abierto lleno de luciérnagas que brillaban para iluminar el socavón y ¡oh! maravilla tras una roca con forma de hongo se pudo entrever el gran sombrero de don Pombero. Ellas estaban extasiadas. Contenían la respiración con temor de que el Viejo Enano se enojara y no las quisiera ver ni les hablara. Cuando se dieron vuelta para interrogar a su guía: ¡Le podemos hablar?, éste había desaparecido. No tuvieron miedo y así comenzó a decir tía Nené:- Yo deseo conocer el secreto del "ñandutí" querido Pombero y tú eres el único que me lo puede enseñar- y así le habló Clota - Yo traigo de mi montaña el rumor del agua de las acequias que baja de la gran cordillera de Los Andes, y el sabor de las vides y de las frutas maduras. - pero cuando Lili quiso expresarse, un suave aleteo de mariposas las envolvió y con sus frágiles alas, comenzó a transportarlas por un maravilloso paisaje. Brillaba todo allí, como si miles de resplandecientes estrellas titilaran al unísono. Así, arribaron a una sala, donde en un enorme sillón de roca de cuarzo y plata, estaba sentado "El Gran Maestre de la Fantasía Misionera", el Pombero, que sonriendo las saludó: - ¡Adelante hermosas muchachas que vienen desde tan lejos, las estaba esperando, acérquense rápido que no tengo tanto tiempo! ¿Tú, mi estimada Lili, que me traes de regalo? Ya sé lo que trae Tirifila, un paquete de poesías, para que reciten los niños guaraníes; ¡Ah, ya veo que tú Lili, me quieres dar esa hermosa capelina que traes puesta, y que yo cambio por mi viejo y gastado sombrero de junco! Fue una fiesta el entregarse tantos regalos y un lujo comer con el nuevo amigo. Luego de cantar tonadas y recitar cogollos, luego de bailar en rondas y guaranias, que un grupo de libélulas tocaban en unas arpas de cristal, se cansó el Pombero y les señaló la salida. Algunos duendecillos del paraje encantado se entretuvieron haciendo guirnaldas de orquídeas y mburucuyá y se las regalaron a las visitas. Llegó el momento de regresar, y volvieron sobre sus pasos.
         Antes de marcharse El Pombero sentenció: ¡Nunca cuenten que me vieron, ni que me hicieron regalos, ni que jugamos acá porque yo haré que les crezca un enorme grano en la punta de la nariz y la gente no les creerá porque al fin y al cabo soy una leyenda! - dio media vuelta y salió volando entre las garzas de color rosado en el río Iguazú.
          Las cuatro amigas volvieron muy contentas y cerca de la Garganta del Diablo, estaba Amaranto Malvón esperándolas muy sonriente porque sabía lo que había pasado. Las dejó en el hotel y diciendo bellas palabras se despidió para siempre. Al día siguiente regresaron a "Salí, si te dejan" con un montón de frutas y flores y ni hablar de los recuerdos.

         Tolón-tolón, tilín-tilín, este cuento no llega a su fin. Continuará.


                                      

EL DESEO DE UNA SOMBRA

            Llegué de la ciudad para trabajar sin que nadie me molestara. Pronto vendría  Javier con carpetas y otros elementos para consultar. Mi prima Catia encantada, me dio las llaves de la vieja casona que era de todos y de nadie en particular dentro de la familia. Estaba sentado frente a la chimenea, afuera hacía muchísimo frío y mi amigo y compañero aún no había llegado con el resto de trabajo que teníamos que realizar. Me extasiaba el crepitar de fuego entre las viejas piedras, que desprendían un exquisito perfume de pino y desde donde saltaban pequeñas chispas que explotaban en una ronda alegre y alocada. Yo me arropé con la manta que había tejido la tía Eleonora, antes de morir, allí en la casa. ¡Qué satisfecho me sentía! Me levanté y observé por la ventana. Ya comenzaba a nevar nuevamente, me encaminé al mueble donde las tías habían dejado sus ricos licores caseros, me serví en una copa de cristal color rubí y me volví a sentar. Observé el licor y a través de su colorido cristal miré el retrato de la chimenea. Era una mujer pintada quién sabe cuándo y dónde, que me miraba y en realidad tenía un defecto en los ojos y sólo me miraba con un solo ojo. Era horrible nunca le había puesto mucha atención. ¡Qué fea era! Hasta tenía una suave pelusa sobre los labios. ¡Pero tenía el mejor cuerpo que había visto en años! ¿Quién habrá sido?- me dije sonriendo. Ya les preguntaré a las mujeres por qué aun está allí. Mañana lo voy a sacar, pensé y continué revisando mis papeles. La pondré en la mansarda donde había un sin fin de cosas arrumbadas. El sopor del licor y el calor me hicieron dormir. Desperté con un fuerte golpe en la puerta. Había llegado Javier muerto de frío y su auto cubierto de nieve. Bajamos computadoras y cajas. Abrí la cochera y guardó el auto. Luego nos enfrascamos en nuestra charla y trabajo. Cuando se hicieron las dos de la madrugada nos dio hambre, nos hicimos comida. Fuimos a dormir cansadísimos deseando que parara de nevar pues de no ser así, tendríamos mucho trabajo para despejar la nieve.

                        Cuando me acosté y apagué la luz un suave resplandor asomó tímidamente entre los pesados cortinados y un crujido suave atrapó mi espíritu somnoliento atisbé en el cuarto pero por supuesto no vi nada extraño y me dormí. En la otra habitación Javier roncaba sin pausa.¡Gracias a Dios no había traído consigo a su joven esposa con el bebé! Yo después de mi separación  no estaba para problemas domésticos. No recuerdo qué pasó, pero me desperté sobresaltado al alba, con un suave murmullo de gente que hablaba muy quedo, presté atención y con pocas ganas bajé los escalones para mirar de dónde provenía esa charla, pero no había nadie. Un frío me recorrió la espalda. ¡Yo era un hombre moderno, agnóstico y positivo! Acá no hay nada  y subí a mi alcoba donde me acosté para recuperar el calor y la calma. ¿Había sentido miedo? No era tan sólo mucho frío. Javier era una orquesta sinfónica de ronquidos, dichoso de él que ignoraría la inoportuna visita fantasmal.
                        - ¡Despertate, Carlos, que tenemos que trabajar, hoy hay que terminar con todo¡- dijo Javier sacudiéndome con colcha y sábanas mientras pasaba por mi nariz una tostada caliente con manteca y mermelada- hice café y ya podemos desayunar, gracias a Dios dejó de nevar y salió el sol, hay barro por todos lados; y bajó las escaleras  cantando.
                        Yo me disponía a desvestirme para darme una ducha caliente cuando frente a mí se planta una vigorosa mujer extrañamente trajeada que me miraba descaradamente. Mi instinto me hizo tapar como podía, y, ¡oh! sorpresa descubro que era la mujer del retrato en la chimenea. ¡No puede ser!- me dije. Traté  de entrar rápido a la ducha pero el espectro me seguía mirando encantada de mi desnudez. Le hice señas y la eché con palabras non santas pero ella allí firme mirando mis intimidades. De pronto desapareció por el espejo del baño y yo suspiré encolerizado conmigo mismo. No me animé a decirle nada a Javier porque pensaría que estaba de chanzas. Bajé y me acerqué al cuadro, pero había desaparecido. Le pregunté a mi amigo si él lo había sacado y me miró extrañado: ¿de qué cuadro me estás hablando si yo no vi ninguno? Y, ¿yo comencé a preocuparme...me estaría enfermando o sería algún problema psíquico?
                        Comenzamos a trabajar y enfrascados por tanta tarea no advertimos que en la mesa las tasas del café se habían alejado y estaban al borde y que bailoteaban en sus platillos. Ahí fue cuando Javier me increpó con severidad:- ¡Carlos me estás tomando el pelo?, no te hagas el mago conmigo que yo soy muy impresionable!- para qué dijo eso, allí fue cuando comenzaron nuestros pesares...verdaderamente esas fueron cosas muy locas. ¡Nunca imaginamos que a un par de oficinistas de ciudad, encontraríamos una casa llenita de fantasmas!, y digo, llena porque comenzaron a aparecer unas jóvenes llenas de veladas que nos acariciaban, nos tocaban y no nos permitían terminar con nuestra labor. Al principio nos dio miedo y no nos podíamos mover, pero fue demasiado y comenzamos a defendernos. Yo las increpé, les expliqué que teníamos que completar los trabajos y se fueron riendo escaleras arriba mostrando larguísimas cabelleras de mujeres jóvenes y cuerpos muy tentadores. Se apagó la luz bajamos al sótano y allí encontramos en un destartalado sillón un grupo de viejos seres que parecían esperar a alguien, en realidad eran señorones con unas manifiestas calvas y relojes de gruesas cadenas de oro que aguardaban a alguien. Ni nos miraron cuando con nuestras linternas intentábamos arreglar los fusibles, así comprendimos nuestra situación. Estábamos en una casa extrañísima. Ya habíamos conseguido arreglar el desperfecto cuando nos sobresaltó el ruido estruendoso de la planta alta, donde algo había caído estrepitosamente. Javier se negó a acompañarme pero no aceptó quedarse solo en el salón. Subimos y encontramos todo en su lugar excepto nuestras ropas repartidas por todos lados y en especial nuestra ropa interior que colgaba de las añosas arañas de cristal.
                        Comenzó a sonar insistentemente el teléfono de Javier, atendió y suspiró tranquilizándose cuando escuchó la voz de su adorada Erica, que le preguntaba por su vida, ya que con tanta confusión y trabajo fantasmagórico había olvidado llamarle. ¡Pero no pudo decirle que estaba en esos raros trances ya que nadie le creería! ¡Ah mientras hablaba una figura exquisita le acariciaba las entrepiernas! Claro que era un ser transparente y muy inestable pues aparecía y desaparecía.
                        Yo aproveché para llamar a mi prima Catia que no se sorprendió, sólo se reía a más no poder de nosotros...-Yo me olvidé de contarte que en esa casa  vivió la amante de nuestro tatarabuelo que se llamaba Irinalda del Mar era una famosa bailarina de teatro y el abuelo le permitía tener discípulas que esperaban a los amigos del viejo pícaro, hay por allí un retrato de la mujer  y cuando le gusta un hombre, lo vuelve loco como al  desvergonzado abuelo.- Yo no podía creer lo que escuchaba, así me enteré algunas verdades de mi preciosa familia. ¡Pensar que ahora eran pura sacristía y beneficios parroquiales! Así, como pudimos, terminamos de hacer nuestro trabajo para huir de la casa  de fantasmas  del lupanar.
                        Cuando cerré la puerta sentimos las carcajadas de las muy bribonas que quedaban de gran jolgorio con sus viejos espectros. Les aseguro que no vuelvo nunca más.

                                                                       


viernes, 26 de enero de 2018

SUR EL FIN DEL MUNDO DONDE VIVO.

A veces...
Sólo a veces
se me atraviesa el Sur en la conciencia.
Mi sur
aunque lo niegue.
Del cráter que fluye indecente...
la sangre estricta.
Aunque cierre los ojos, nada altera la soledad,
ni quiebra lo inevitable.
La muerte acecha.
Mi sur
desparramado en ríos de pobreza
su herencia triste.
Sigue cayendo el lodo entre sus flores.
Aunque maduren los trigales y el pan...
no alcance para todos. Mi hermoso sur...

Yo, sangre gringa, aferrada a mi cruz....
me asomo a sus heridas
con palabras que quieren ser saetas,
mientras el sur se desdibuja sin cambiar el destino
de mi pueblo.
Yo, sangre gringa, despierto con el palpitar
rugiente de mi herida.
Ya no me queda tiempo es cierto...
pero a veces estiro la cuerda del arco y
busco con mi flecha el horizonte.