miércoles, 14 de marzo de 2018

UN POEMA CON REFLEXIÓN




Silencio. Encuentro y gozo de lo pequeño
                        de la belleza de la vida que me asombra.
Replanteo de ayer, de hoy , aunque el dolor me
Arranque del costado una espina           no estoy sola.
Conmigo está la espiga madura, las dulces vides calientes.
Es verano. Un perfume de pan dorado en la mesa,
una copa de sidra en el mantel de hilo, un muérdago azulado
velas chorreando ilusión y espera, una campana.
Y entonces... el milagro. La familia. El pesebre.
Una luz penetra en el pórtico, es Él que penetra en nuestra casa.
O eres tú, padre, que regresas de la noche,
para llenar la casa con aromas de cielo. ¡Qué misterio la vida !
Que misterio. Pero ahora penetro el silencio, cambio
la lumbre de la tarde por la lámpara quieta de mañana.
No hay tiempo en el solsticio de verano para trepar al cielo.
Silencio. Una mirada con nube se perfila en el poniente.
Y la luna, la trágica, me apaña en su celeste rostro de mitómana
señora de la nada, adiós, me dice y retrocedo al ayer.
Sigo contemplando los recuerdos dormidos,
la belleza... la vida. Padre. ¡ Qué misterio tu suerte !
Qué misterio.


UN SIMPLE HOMBRE VOLANDO


                                  
                       .                     

      Todo comenzó con la internación en el lugar más sórdido de la ciudad. Yo había perdido la paciencia. Tal vez querer volar era un desafío para otros. Traté de volar desde la columna de la luz, desde el campanario de la catedral...desde el mismísimo cielo. No pude. Nunca me dejaron. Mi familia, mis amigos, los bomberos... todos me impedían volar. Eso era mi sueño. Repetía cada mañana el rito. Me bañaba, afeitaba, me vestía con el mejor jeen, la mejor remera o el sueter nuevo, zapatillas de marca. Siempre llegaba al lugar estudiado o elegido. Nada. Algo lo impedía. Alguien me seguía. Punto. Será otro día.
      Entré como si conociera a cada uno de los hombres que habitaban ese espacio infernal. Ahora mis pares. Se acercaron algunos, otros gruñían o reían a mi paso. Yo, los miraba lleno de asombro. Me presentaron al médico especialista " en vuelos"o nó. Era un hombrecito calvo, con lentes muy gruesos, algo obeso pero agradable. Lo acompañaba un ayudante enorme. Todos vestían batas blancas o verde claro. Todos estaban algo sucios. El dormitorio apestaba. El baño...bueno no parecía un baño, era apenas una letrina oscura, obscena, un asco.
      Caminaba mirando hacia el parque. Quería ver si desde allí podría volar alguna vez. Nada. Todo era triste. Los árboles y las paredes desnudas sin farolas ni flores. Vi a otros hombres. ¡ Casi hombres ¡ Mis manos trémulas apretaban la poca ropa que me dejaron. Me quitaron el cinturón, los cordones de los zapatos, la radio, la cadenita de oro con el `santito´ que me dio mi hijo. Casi todo me quitaron. Pero eran simpáticos. Todos reían viendo pasar al médico con uno `nuevo´. Estaba tranquilo. Sabía que con paciencia lograría que un día me permitieran volar. Era un sueño. Desde niño quise volar.
      Me costó dormir en esa cama dura y fría. Pero al amanecer reconocí el canto de los jilgueros y zorzales de la zona. Envidio a los pájaros. Ellos vuelan sin pedir permiso a nadie.
      Un enfermero me buscó temprano y me llevó con una hermosa joven. Ella era amigable y dulce. Charlamos un largo tiempo cálido y bueno. Hablamos de mi madre. De mi padre que apenas conocí. De la escuela en el barrio...hasta de fútbol. Me hizo mil preguntas sobre el trabajo, los amigos, los compañeros y bueno...también fue hermoso. Recordamos las películas de Sandrini, de Niní Marshal, de Cantinflas y las de vuelo. Hablamos de alas delta, de aeroplanos, aviones y cohetes. De éso, sé un montón, le dije. Cuando me iba al dormitorio, ella, me entregó un libro. Comencé a leerlo esa misma tarde. La vida de un tal Saint Exúpèry. Él sí volaba. Me gustó tanto como puede gustarle a un pájaro soñar con aire libre en una elevada montaña  entre las nubes.
      Los otros  habitantes me seguían. Me acosaban. Hasta que encontré a Felipe. Él era un tipazo. Había trabajado en el aeropuerto. Sabía de mi amor por el vuelo. Me escuchaba. A veces no, se sentaba ausente, no hablaba. Sonreía. A veces le daban ataques de rabia y rompía todo. Pobre Felipe, con los ataques queda hecho una porquería. Lo ayudaba a vestirse, lo afeitaba, le daba de comer... Era mi amigo. Los médicos nos tenían cariño. A los dos nos tenían cariño. Eramos tranquilos, inteligentes, limpios. Hasta que llegó el "loco". Ese era loco realmente, no se hacía el loco. Creía que era Jesucristo y bendecía a todos. A veces yo se lo aceptaba, tal vez así lograba volar un poquito. Quería celebrar la santa misa. Estaba loco de remate. Repetía el Sermón de la montaña o a los Corintios a los gritos. Los otros le tenían miedo. Aparte no quería ni hablar de volar...el pobre. Odiaba a los médicos. La furia le hacía dar fuerte patadas y allí empezaba a blasfemar. Quería matar a los doctores. Era muy triste verlo. Comenzó a buscar la compañía de nosotros dos que éramos amigos. Aparte de ser dios, había sido profesor de filosofía, lenguas muertas, literatura y quién sabe qué otras sabidurías. Pero no quería volar. Estaba loco. Nos seguía. Hablaba de Van Gogh, Beethoven, Verdi, Da Vinci...y dale con los genios. Dalí, Chopín, Tchaikovsky, Chaplín era su favorito. ¡ Y tuvo que suceder, era lógico! Peleamos. Él comenzó a hablarme de Darwin y yo no tenía ganas de escucharlo. Yo, repito, sólo quiero volar, que por otra parte es algo normal en un hombre pájaro. Le grité que me dejara. Le dije: "Me tenés abrumado por tanto tabaco, por tanta cultura. Entre saber y no saber, prefiero..." La pizza"... agregó Felipe" Y comenzó a golpearnos. Ya no repetía en latín a Homero ni a Virgilio, no. Puteaba que daba gusto. Vinieron y lo ataron. Por supuesto lo ataron con aquellas vendas blancas que existen...acá.
                   Entonces sucedió inesperadamente algo maravilloso. ¡ Felipe me tomó de la mano y me invitó a volar...!


LA VENGANZA INEXPLICABLE


  
   MIRA, ES  
   MIRA, E     
Vomitaba un líquido verde. Un espasmo final y un estertor, dejó a Micaela, con un color acerado que con el correr de los minutos se fue transformando en cinabrio. En la mano aun quedaba, apretada y espasmódica, la cuchara de plata con la que comiera el último bocado de papilla que le trajera Mauro para la cena. Su debilidad se había acrecentado en los últimos días. Medio cuerpo quedó sobre la cama y el resto contorsionado en el vacío. La mirada, como un cascabel de hielo, petrificando un suspiro.
            Entró, él, y en movimientos felinos, arrancó el plato, la copa y todo los utensilios y los hizo desaparecer. Estaba todo preparado de antemano. Nada fallaría. No advirtió, hasta después, que en la mano quedó la cuchara asida con extremo esfuerzo para un cadáver. Acurrucó en el cuerpo, como al descuido, una pequeña botellita con el resto del cianuro. Comenzó a gritar con la desesperación que atrajera  a los otros habitantes de la casa. El dolor y la congoja parecían auténticos. Lo vieron abrazarse al cuerpo inerte con desesperación, ella, se enfriaba rápidamente y cambiaba el rictus de dolor por una inmensa paz. Llegó el médico y dictaminó, confiado, que Micaela, al conocer el diagnóstico probable, había tomado una trágica definición. Equivocada, por supuesto, ya que no era un diagnóstico letal ni definitivo. Pasó el tiempo del velorio y  del entierro. Mauro era la misma imagen del desconsuelo y la tragedia. La casa se fue despoblando de familiares y amigos, un poco urgidos por la actitud de Mauro otro poco porque todos tenían que seguir su vida.
            Echó a los criados acusando una depresión inaguantable. El jardinero salió con pesar, ya que las rosas y las camelias de la señora eran su pasión. Pero “el señor” quería estar solo. La soledad lo curaría de la ausencia de Micaela.
            Luego de organizar la casa a su gusto, revisando todos los objetos valiosos heredados de la familia de Micaela, se sentó a disfrutar de ese mundo que el deseaba hasta el delirio. Su origen oscuro lo obsesionaba. Era codicioso y había escalado con mucha dificultad hasta allí. Pasó una semana.
            Pidió a Chef Bertain un opíparo menú. Quería disfrutarlo en soledad. Así le trajeron: langosta a la americana que acompañó con un vino francés, terrina de canard a la cordón blue roseada con un malbec griego, codornices a la salsa negra  que acompañó con champagne Barón B de Môet – Chandón,  helados de pistachio y el mayor placer fue sacar de la gran vitrina los juegos de la bisabuela de Micaela. Era heredera de un descendiente del Conde París, únicos descendientes del los Luises. La porcelana de Sèvres pintada por Gicard, le seducía el juego de cubiertos de plata y oro de un orfebre de Yorkschire afamado, cuyo punzó cotizaba en la bolsa de Londres. El cristal de Bohemia era un sonido que regalaba sus oídos. Era un lujo que él, quería para sí. Lo acarició en todo ese tiempo de comedia frente a su mujer. Encendió las velas en los enormes candelabros venecianos, y en el mantel finamente bordado en Brujas, comenzó a beber y comer al conjuro de la música de Mahler.
            Se apoyó en la mesa y degustó con placer cada bocado. Se acompañaba con su imagen en el enorme espejo del comedor. El alcohol comenzó a hacer su trabajo. Le pareció que alguien entraba en la estancia. Recordó que había entreverado la cuchara que halló en la mano endurecida de Micaela, entre los cubiertos con que había revuelto la ensalada. ¿Lo había lavado? ¿ Acaso era ese el cuchillo que envenenó para completar su obra? La desesperación comenzó a obrar. En su mano la cuchara tomaba vida extrañamente se movía de forma inesperada. El cuchillo adquiría un brillo singular. Transpiraba copiosamente y comenzó a sentir un dolor agudo en la garganta. El sabor del helado le resultó extraño pero no dudó, ya que él había comenzado a tener el fermento de los buenos vinos rondando en el cerebro. Comenzaron las convulsiones, los calambres. Un sudor frío le mojó con una lluvia finita la frente. Su cuerpo rígido ya no le respondía. Trató de incorporarse y ya no pudo. Sus ojos estaban rojos, sanguinolentos y desparramaba una baba verdosa. Un agudo vómito verde cayó sobre el angelical mantel de encaje. Ya no podía hablar, ni gritar. La cuchara había cobrado “Vida”y desde allí la figura de Micaela le sonreía. Él se moría y la figura de “ella” en el anverso del cubierto de plata sonreía, sonreía y él se estaba muriendo. Se moría. Se moría.
           
           

lunes, 5 de marzo de 2018

UN FAVOR



            " Alves...gritó con fuerza....compadre Alves...no me niegue este favor." 
                                                                                                                      Horacio Quiroga.
           
            En la calle se apretaba la gente alrededor de un hombre caído en el pavimento. Nadie se animaba a tocarlo. Un murmullo sólido se elevaba como un remolino de palabras incomprensible... - ¡ Pobre hombre...! , ¿ Alguien lo conoce?, ¡ Está casi... bueno, si llegara la ambulancia...! - así entre los transeuntes se iba declamando un sincero deseo de darle una mano. El hombre tenía una mirada extraviada y un rictus amargo en sus labios apretados y lívidos. Estaba solo. El frío del cemento y el agobio del círculo de curiosos no lo dejaban respirar. Cerró los ojos, que inyectados en sangre, parecían dos pequeños insectos. Quiso pensar en algo lindo...¡ su hija..., la Clara, ella estaría ahora sentada en la cama mirando la telenovela...y en el Tincho...ese perro insólito de piel lanuda y olfato de cazador, seguro estaría con sus largo hocico husmeando entre las manos de la muchacha...! Cerró los oídos  a los llamados de esa estúpida gente que le hablaba. Él estaba allí por desición propia. Era alto el edificio desde donde se había... Un ulular de sirenas lo hizo atravesar el tiempo y lo trajo a la realidad. Le dolía un poco, sólo la cabeza, desde el pecho hacia abajo no sentía nada. Seguro que esta vez la había pifiado, pensó con rabia. Mañana lo intentaría de nuevo...total, si a nadie le importaba su desesperación. Recordó cuando le llegó el telegrama de despido. Pidió y rogó en tantos lados por un trabajo. Dignidad. Eso le daba a él el trabajo y orgullo. Clara lo necesitaba con trabajo. Los remedios no venían solos y los médicos tampoco. Vio la cara de un hombre que se acercaba a su rostro. Tenía un aire de horror y desconsuelo. Él tenía rabia. Una rabia como un globo rojo que se inflaba y se agrandaba como si fuera a explotar. Quiso moverse y no pudo. El médico con un enfermero y un mirón lo estaban tratando de meter con mucho cuidado en una camilla. Sin piedad puteó y se hizo un silencio absoluto. Los otros se molestaron. Un tipo raro se acercó para hablarle de la Biblia. Lo puteó. A él hablarle de Dios...si le había quitado todo por lo que podía seguir viviendo. Hasta Clara era una cruz en su vida. Se distrajo cuando un muchacho con el pelo verde y un sinnumero de aros, le trató de afanar el reloj.
¡ Hijo de gran puta...qué  más quieren que les dé ! 
            Ya adentro de la ambulancia el médico comenzó a darle una inyección y oxígeno. Le hablaba y no se podía concentrar. ¿ Qué le decía ? ¿ Hemi...qué? Se estaba durmiendo con la "pichicata". Se iba...se iba.
            Despertó en el ruidoso callejón donde se había dormido. Las botellas de vino a su alrededor brillaban con las luces de neón. Trató de incorporarse, casi no podía. Le habían robado todo...zapatos, plata, reloj... pensó en lo que había pasado esa mañana. Su hija Clara...el accidente. ¡Tenía que regresar para seguir en la lucha, ahora lo necesitaban más que nunca ! Alguien lo tomó del brazo...era un hombre oscuro y mugriento que le tendía una mano con una
botella casi vacía... - ¡ Alves...- gritó con fuerza...- Compadre Alves...no me niegue este favor...!-

Se sacudió con fuerza mirando al ebrio que le gritaba pidiendo vino. Él no podía caer en eso. Caminó descalzo por la calle buscando el camino a su hogar. El sol asomaba anaranjado entre los edificios. Se fue llorando.


POTRERILLOS MI CABAÑA EN FLOR

 ROSAS Y RETAMAS CAEN SOBRE UNA ALFOMBRA DE CÉSPED. ATRÁS LOS CERROS NEVADOS.
 UN RINCÓN DE LA CABAÑA DESDE EL CAMINO, SIEMPRE CON FLORES. SE VIENE NIEVE EN LOS CERROS.
LOS NARCISOS SALEN A BUSCAR EL SOL QUE LES HACE BRILLAR EN EL CANTERO.

UBALDINA...UN PESAR SIN SOLUCIÓN.



            Está enferma, te digo que está enferma...me gritó María desde la cocina refregándose las manos ásperas en un delantal mugriento y húmedo. No puedo pensar en lo que sentí. Tenía terror y desconcertada me imaginé sola en la calle sin la Ubaldina. No era sino mi único pariente. Mi madrina...amiga, madre, consejera y aunque me vivía dando tirones de pelo cuando yo me encaprichaba, era quien velaba por mí desde siempre.
            Ubaldina, mujer de color pardo hasta en las encías, ojos grandes de mirar astuto y rápido, pelo crinudo y arisco como de yegüarizo, boca grande de dientes blancos que limpiaba con ahínco porque siempre dice que son la riqueza más grande de una persona.
 ¡ Si me habré ligado atropellos con su delantal enrollado cuando me resistía a limpiarme los dientes...! Vieja linda, alta y magra a fuerza de trajinar lavando ropa ajena en una batea de piedra con agua helada que nos permitía comer bien y tener alguna que otra alegría. Hasta un día que ella dijo que era mi cumpleaños, me llevó al cine a ver una "cinta" de amor. La mitad de la cinta me tapó los ojos porque yo no podía ver algunas porquerías, según me dijo después cuando le pregunté el por qué. Sólo gruñó sin responderme. Yo amo a la Ubaldina.
            La María sigue dando vueltas con toallas mojadas y agua de azahar con no sé qué yuyos, de la pieza nuestra hasta la cocina y el retrete. Me siento a un lado del fogón y miro una estampa de un santo que está medio chamuscado por las velas que le prende mi madrina y le pido que se cure...¿ qué voy a hacer si me deja? La habitación se va oscureciendo y ya la María no sale de su lado. Entra un hombre de barba blanca y ropa triste. Un caballero...diría mi madrina. La destapa y le pone un aparato brillante en el pecho, en la espalda y en pocos minutos habla con la María bien despacio. Yo no escucho pero me alargo tratando de adivinar qué hacen y qué dicen. Entran dos hombres vestidos de blanco y la suben a un catrecito y se la llevan. La ambulancia sale hacia el hospital. Ubaldina tiene neumonía y la internan hasta que mejore, me dice la María. Me aprieta un dolor espinudo la garganta. Lloro. No me puedo dormir a pesar que la amiga me da unos bocadillos y me acompaña. Lloro. Acurrucada espero horas, días y hablo con Dios, el santo tiznado y hasta con mi madre que murió cuando nací. Pasan semanas. Un siglo. Sigo llorando. Y una mañana entra por la puerta protestando por el desorden y la mugre que he juntado: la Ubaldina. ¡ Está viva, más flaca, pero para mí que aún no cumplí doce, acaba de entrar el Ángel de la Guarda !
            Hoy me corrió con una alpargata por todo el patio porque rompí el bote del aceite y desparramé con un trapo en el mosaico para disimular el desastre...y terminamos riéndonos abrazadas en el piso.
            - ¿ Ubaldina... prometé que nunca te vas a morir!- digo, desde mi camita junto a la suya mientras trato de cerrar los ojos para dormirme.
            - ¡ Ahora no, pero algún día cuando crezcas...tal vez...dormite Dalia, que mañana tenés que ir a la escuela !
            - Te quiero Ubaldina...
            - Yo también te quiero.
            La noche disfraza el miedo y convoca a los espíritus protectores de la gente buena. Ubaldina y Dalia duermen. Descansan mientras en un rincón de la modesta habitación un grupito de ángeles cuchichéan sobre el amor de esas dos almas llenas de nobleza.
           

MENDOZA EN FOTOS

 EN POTRERILLOS EL DIQUE QUE GUARDA EL AGUA QUE DESHIELA LA CORDILLERA DE LOS ANDES.
 CAMINO A LA CABAÑA DE POTRERILLOS , ATRÁS LAS MONTAÑAS NEVADAS EN VERANO. NIEVES ETERNAS.
GRACIAS AL DESHIELO DE LAS CUMBRES HAY AGUA PARA LOS PARRALES Y LOS FRUTALES DE MENDOZA. LUEGO SE TRANSFORMA EN VINOS.