miércoles, 28 de agosto de 2019

ENSUEÑO




Escondo el corazón, como un hada barroca.
Las mentiras salen cual pájaros negros hacia las nubes.
Una paz me llega al fin y es cielo profundo.
Roja de ira, enciendo candelas celestes para atraparte en mi camino.
Estoy viva. Sí, viva.
La epopeya es alcanzar la playa en la marea baja,
Las algas sofocando la planta de mis pies heridos.
Me escondo de la mirada inquisidora y feraz de ella.
Lucho para volverme transparente y volar al interior del corazón
De un corazón que se proyecte entre alas blancas sin espinas.
De una barca con redes milenarias llena de peces plateados.
De una luna anaranjada y tus ojos de espuma clara que me miren
De un cielo misterioso que oculte mi soledad y mi tristeza.
La magnífica claridad de la mañana marcha.
La fontana espera con cántaros rotos en su brocal de arena.
El cuerpo de la piedad es casi un suspiro.
Allí estará el amor esperando en mi vejez.
Esperando mis huesos corroídos por la lluvia.
Mi boca cerrada con sellos de oro.
Llaves, muchas llaves perdidas.


lunes, 26 de agosto de 2019

SOLSTICIO EN GRIS




Las ramas desnudas se mueven trasluciendo la luna
Las hojas caen muertas a los pies de la acera.
El silencio agobia la tarde bermeja
Llora un pájaro junto al nido vacío.
Las veredas en cascada despiden al sol que huye.

Es verano. Nadie ha pensado en apoyar al viento
que estremece el follaje del parque abandonado.
¿Dónde está el murmullo de los niños?
Ahora, en el solsticio de verano rueda una hoja por la piedra
Un matorral recorre el sendero entre pisadas que se dibujan,
señalando la huida  de los insectos y las flores.

Es verano y agobia el sol sobre la ciudad solitaria.
Mil vehículos atraviesan sin vergüenza la calzada
Abruma el silencio de voces humanas,
Bramido de bestias disconformes y ciegas.
Dolor de soledad en comparsa de imágenes festivas.
El sol se esconde y huye, arrecia el vapor del verano
En la siesta de la ciudad hay un niño con la mano tendida.


HOMENAJE ENVIADO A "LOS MIL POEMAS A M. LUTHER KING" CHILE


MARTHIN LUTHER KING

Luces y sombras en tu morada
Hombre de palabras y de acciones
No violencia
Camino silencioso a la libertad
Amor fraterno.
Grito sin expresión de pánico
Alarido de labios apretados
Caminante de huellas fantasmales
Que atormentaron los prejuicios.
Un estallido de garganta herida
Sale una mariposa de color de sangre
Lame el viento la palabra “Freedon”
Dios en tus manos vacías y dormidas
Dios en la conciencia de los otros hombres
Dios perdonando el oscuro intento de tu muerte

Hombre sin sombras. Luminaria en la tierra.
Caído. Desterrado al silencio. Muerto.
El hombre con nombre de rebelde cristiano,
Vive en la memoria de un pueblo que espera
Libertad, libres, libertos y librados.
Negritud asombrada con estirpe de reyes
Que se asoma en la tierra violada.

                        Graciela Elda Vespa. Mendoza. Rca. Argentina

NOVELA "SÍNDROME DE TRAICIÓN"; CAP. 16, FRAGMENTO


“Avanzábamos en fila india, siguiendo la luz de las linternas del guerrillero que iba a la cabeza. Me pareció oír la voz de mamá que me prohibía andar entre los maizales descalza.”Diario de una secuestrada por las FARC.  

           
El Petit Hotel es lujoso. El desayuno descomunal tiene como broche de oro periódicos de todo el mundo. Andrea lee ansiosa los titulares del “Mundo” de Madrid, de La Nación de Buenos Aires, El Mercurio y algunos de Francia, U.S.A. e Inglaterra. Todos son iguales, si no tienen historias trágicas, muestran miserias o chismes inútiles. Los va separando con desgano. Siente rabia y pena. No puede desconocer lo que sucede en el mundo, pero quisiera escapar de la capa terráquea y adentrarse en un mundo mejor.
            Los diarios traen noticias dramáticas de extremo  oriente. Hay atentados terroristas en Europa. Mueren los niños de hambre en Centro América donde se producen enfrentamientos entre sectores de políticas contrarias.
            Andrea, sentada en la terraza de su departamento en el piso veinte, lee los periódicos de la mañana. Duilio salió antes de las siete. No recuerda si se despidió de ella, era muy temprano. Hoy tiene que ir  a una misa en la Catedral.
            Será en memoria de O´Higgins. Ayer tuvo el alegre llamado telefónico de Marcelo. ¡Su hijo enamorado! Tendrá que volver a Buenos Aires. Tiene que conocer a esa chica. ¿Cómo se llama? Mariana… Se ve que está muy enamorado. Marcelo querido, ojalá no deje sus estudios. Se va a poner el abrigo de nutria, hace frío y el sombrero italiano. Si no, mejor el de zorro blanco, ese hace juego con el sombrero. Faltan unas horas. En el Mercurio, no hay ninguna noticia de Argentina. Según Dulio, las reuniones y acuerdos con cancillería están paradas. Hay muchos problemas con los límites en el sur del territorio.
            Sale dispuesta a vestirse. Suena el teléfono de su habitación. Atiende.
-          ¡Hola! Sí habla Andrea. ¿Quién? Ah, si, como  estás Florencia? Yo, preparándome para ir a la misa de la Catedral. ¿Esta tarde? Ah, bueno. Me encanta la música. Con gusto ¿A qué hora nos encontramos? ¡Por supuesto, allí estaré! Gracias. ¿Verónica? Bien, casi no la veo. Cumplió quince años, no puedo retenerla en casa. Acá la gente es cariñosa con ella. La  invitan a todas partes. ¡Si gracias a Dios! ¡A Duilio es tan difícil decirle algo! Casi no lo veo. Bueno entonces a las… te veré en el teatro.
            Cuelga y entra al baño. Cuando sale está maquillada y peinada. Su pequeño calzón y las medias de malla fina se le adhieren a la piel. Está muy delgada. Se mira al espejo. Aún es joven.
            Se pone un vestido color verde. Un collar de perlas. Aros haciendo juego. Los zapatos completan la figura. Se sabe elegante. ¡Usa el perfume favorito! “First” de Van Cleff” Se pone el sombrero de piel. Toma la cartera y abrigo. Sale. El chofer está a su disposición. Cuenta con ello.
- Buenas noches.
Un empleado del hotel sale corriendo para decirle que tiene una llamada en espera de Duilio. Se detiene y acude para escuchar con pena que esa noche y otras al parecer no podrá venir a estar con ella. Se disculpa, pero hay problemas muy graves con un grupo insurrecto en el sur de Santiago.
Cuando cuelga el teléfono, siente un dolor muy grande. Sabe que es el principio de un fin inestimable. Es la primera noche en veinte años que él no duerme con ella. Presiente con dolor que serán muchas las noches que pasará sola en lo que se ha transformado en su hogar. Un coqueto departamento de hotel. Sale del dormitorio. Apaga la luz. Casi es un símbolo.
Regresa al auto que atraviesa calles que hormiguean de gente con pancartas y militares armados escoltando a ciertos automóviles.
Cuando se detienen en el teatro observa gran cantidad de carabineros rodeando lo que hasta hace pocos días era un páramo feliz.
El teatro bulle. Gente que ríe y espera la entrada en escena del director de orquesta. Silencio. Se apagan las luces. Con Florencia en un palco, observan ese mundo irreal de personas. Las hay jóvenes y viejas, lindas y feas. Nativas y extranjeras. Aplausos.
            Entra el “Maestro”. Ya están los músicos en sus puestos. Entra un joven moreno saluda y se sienta al piano. Como en un cuento de hadas todo se pone en movimiento. El éxtasis de la música la eleva de este mundo. Sólo pasan por su mente recuerdos de la infancia.
Su padre, culto y fino, contándoles historias de viajes. Su madre, verdadera amante de la música. Recuerdos mezclados con esa sinfonía de Beethoven. La niñez, la juventud. Recuerda el día, en que Duilio le dijo que la amaba. Su noche de bodas. Los besos. La enorme soledad tras ser elegido diplomático en  Chile. Aplausos. Ha terminado la primera parte.
Salen con Florencia al hall de descanso, donde camareros sirven bebidas y pequeños bocados de caviar y centolla. Los famosos vinos chilenos corren en las copas de cristal. Cree que los argentinos son mejores pero no opina. Es de mal gusto.
            En el pasillo siente que una mano la toma por el hombro tímidamente.
Se vuelve y se enfrenta con el “Hombre”.
           - “Buenas noches”- Su escaso español es rudimentario. Ríe con fuerza. Él está más feliz, que nadie de decir esas palabras.
           - Buenas noches, señor. ¡Y señala a su amiga que observa a ese hermoso hombre rubio!
- My friend Florence Padilla Herrera. El señor Edgar Juvar Leylakson… es americano, de Texas; y no habla español. Además tiene un apellido complicado, querida, perdóname.
- No te aflijas. Buenas noches, good, good!
- Mi, aprende español, señora. Poco, chico.
- Bueno; está mejor así. Andrea, nota  que él, la ha tomado del brazo tratando de sacarla hacia el gran salón dorado para hablar. Lo sigue. Se para frente a ella y se queda mirándola. Pasea su mirada con pulcritud y atención. Luego hace un gesto de aceptación y gusto. Ese piropo mudo la pone nerviosa. Se da cuenta que ese hombre la inquieta. Piensa en Duilio y su mirada se cuaja de lágrimas que escasamente pudo controlar hasta ahora. El hombre la ve y no entiende nada.
- Andrea no… ¿qué pasa a usted? Yo tengo que advertirle que esta noche tendremos una bomba. Mi tener noticias de un político de acá que está escondido.
- Nada. Nada. Perdón. Se da vuelta y trata de alejarse. Florencia inquieta, no comprende.
En puro inglés le explica al hombre que Andrea, hace poco ha perdido un hijo de dieciséis años en un accidente y que aún no puede escapar a ese dolor de madre.
Él se acerca. Toma su mano blanca y la besa con profunda emoción. Casi con reverencia, la mira y le dice:
- Amiga… mi sentir, acá, pena mucho pero es que tener que irnos rápido. Bomba estallar en cualquier reloj, digo momento.
- Gracias. No nos iremos por una estúpida e imaginaria bomba. Además está lleno de militares.
Suena el llamador del salón  y ruidosamente, presta la gente entra en la platea y balcones. El sigue con su mano fina, entre las  suyas hermosas y fuertes. No quiere soltarla. Quisiera darle fuerza. Su seguridad y quitarle ese dolor que tiene en el alma. Sacarla del peligro.
Ni Andrea ni Florencia, ni todos los que esperan con devoción la música saben que en el estuche del violín del “Comandante Músico” está armado un explosivo plástico que destrozará no sólo el teatro, sino una o dos manzanas alrededor de la sala de concierto.
Comienza el primer movimiento del Mesías de Haendel y un sonido sordo alerta a los guardias del teatro, pero no tienen tiempo de avisar al público. Comienzan la luz a parpadear en la sala igual a las advertencias frente a un sismo de los frecuentes en el país.
Ella recupera su mano. Tiembla. Se separa con un gesto serio.
- Buenas noches señor Edgar. Gracias. No piensa en el aviso que le dieron.
- Buenas noches, señoras. Yo me retiro. Si ustedes no me creen no las veré más. Quisiera ir con ellas pero sabe que no puede. Él no está libre del control de la gente de su embajada. Además, ella es una mujer casada y las convenciones dicen que debe respetarla.
La segunda parte de concierto los sorprende, tratando de encontrarse y descubrirse entre el gentío.
Ni siquiera Haendel, con su hermosa música, puede sacarlos de esa desesperada y desconcertante búsqueda. Al fin, él la encuentra. El palco de ella es ése. La observa plácidamente. La nota distraída. ¡Andrea! Saborea el nombre. Casi besa cada letra del nombre prohibido. Esta mujer lo tiene loco. Extasiado. Nunca le pasó…
De pronto ingresa un grupo de oficiales armados y dan la orden de desalojar el teatro.
La gente sale rápida y atropelladamente. Corre hacia el estacionamiento. El chofer que está atento la ayuda a subir y escapan por la avenida. De pronto un tremendo estallido conmueve el gran predio del teatro. La explosión es verdadera y muchos han quedado atrapados en el fuego.


LOS SAQUEADORES




            El viejo Cantalicio Valdez pertenecía al suelo agreste desde niño. Muchos años transitados en la tierra árida y ventosa del secano lo había cincelado como a la corteza de los árboles el viento. Patagonia gélida y maldita. Para algunos una suerte de bravía esperanza de dinero, para otros el castigo infringido por la vida.
            Su mujer, lo había abandonado hacía muchos años. Cuando llegaron los gringos e impusieron sus leyes. Eran los que compraban tierras que pertenecían a los aborígenes y al país. Nadie iba a quejarse por lo que veía el Cantalicio. Primero llegaban carromatos con maderas y troncos hachuelados finamente desde la lejana isla. El viento alejaba los obreros ingleses que apenas se distanciaban hacia la ciudad los patrones, se iban al sur y escapaban con algún barco pesquero a su patria maldita. ¡Maldita, sí, por quedarse con las tierras de pastoreo de su ganado! Él tenía algunas ovejitas y guanacos que le daban lana para vender y comprar yerba, tabaco para la pipa y harina. Los rubios de ojos de hielo, levantaron un palacio. Llegaban en el ferrocarril muebles y trapos que ponían en cada rincón del edificio. Trajeron animales, ovejas buenas de cara negra, que duplicaban en lana a sus pobres bichos. Ellos hablaban muy mal “la castilla”, casi peor que él, que a veces a pesar de tener pocas palabras, no sabía el nombre de ciertas cosas.
            Un día vio venir a su cabaña a un “rubio” pipa en mano y con cara sonriente, el muy cretino. Golpeó. Él, no le contestó. Volvió a golpear, con fuerza bruta esta vez y salió. Escupió al suelo un salivazo oscuro como su ira. El hombre lo miró de arriba abajo. Le habló como pudo. Necesito contratarlo para el campo. Yo no. Sí, usted. Es el mejor por acá. Un Valdez nunca trabaja para otros. Le pagaremos muy bien. No. Sí, le pagaremos tres veces lo que usted gana en un año, por mes. La puta que lo parió. Bueno, está muy lejos y yo lo necesito en la casa y la majada. Veré. Lo espero. No mucho. Lo espero. Le dejó una carabina y un morral con dinero. Volaban los billetes cuando lo abrió.
            Se metió al rancho. La rabia le carcomía el alma. ¿Qué voy a hacer? La plata lo sedujo, nunca había visto tanta. Nunca.
            Dejó pasar dos semanas y caminó tres veces alrededor de la casa. Golpeó con furia. Apareció una mujer flaca como una espina, rubia como el trigo y fea como el demonio. Sin palabras lo hizo ingresar a un recinto cubierto de pinturas con caras de hombres y mujeres igual de feas que la fulana. Apareció el “rubio”. Le tendió la mano. El no lo tocó. Pensó en mandinga. Este debe ser hijos de Lucifer, por eso es tan blanco tan colorado y tiene ojos de pescado. El hombre le mostró la cocina, allí había una negra linda, criolla, que apenas lo vio se sonrió mostrando su boca desdentada. ¡Linda hembra para el catre! Siguió al patrón. Al entrar al galpón vio máquinas raras, nuevas, brillantes y aperos de cuero fino, monturas y mil herramientas que lo dejaron boquiabierto  ¡Una preciosura! Salió hablando entre dientes. Tenía que ayudar con el campo, con la tropilla de caballos y las majadas de ovejas. Luego con la esquila. Le pagarían bien.
            Pasó el tiempo y se emparejó con la “Negra”, la cocinera. ¡Esa era buena junta! Ya no tenía tanta bronca. Los patrones habían cumplido con la paga y le habían dado muchas cosas traídas desde Inglaterra. Ropa y botas, montura y aparejos. Unas ovejas cara negra que no eran de las mejores pero para él, eran hermosas. Las apareó con las suyas y tuvo más animales. La “Negra” hilaba y tejía en un telar indígena. Los ponchos salían de sus manos como flores de primavera. Cocinaba rico y con poco, pero hacía unos dulces con las frutas que plantaron los patrones que hacían relamerse los bigotes.
            Cantalicio se había encorvado. Le dolían las piernas y los huesos. Pero todavía trabajaba en la casa.
            Un día llegaron los hombres del ejército. Había una leva de jóvenes para una huelga en el norte. Los llevaron en tren. Había una revolución y a él, no le iba ni le venía, pero vio que los ingleses, llenaban cajones con libros y cuadros que habían comprado en su tierra, muebles y hasta las luces de las grandes lágrimas de vidrio que brillaban en las habitaciones, las cargaban en el tren para sacarlas del país. Vino un comandante con unos emisarios del gobierno que traían papeles para impedir que se llevaran esos valores pero… las libras de oro pasaron a sus manos y se fueron “chitón” en boca. Y la casa quedó desolada como el páramo. El patrón vino con la flaca y lo abrazó, se iban a su tierra. Se llevaban todo. Todo. Y Cantalicio tuvo que quedarse solo a cuidado de la casa que se había envejecido. Se parecía a él y la  Negra, que ya no podía con sus dedos endurecidos por el agua dura y el trabajo enorme de tantos años de trajinar la vida.
            Cantalicio, se quedó esperando. Nadie venía. Un día apareció un apoderado de la ciudad. Los echó a los dos, que volvieron a su rancho. El nuevo dueño, era atropellador y grosero, un vil pedante usurpador de la tierra. Vendió las majadas y las tropillas y sembró centeno. Pero no preguntó y se quedó sin nada para cosechar.
            En un ataque de furia, los obreros que había contratado, prendieron fuego a todo con él tipo adentro. Desde muy lejos se veía el cielo rojo por las llamas. Cantalicio lloró y la Negra, lo abrazó y se quedó con medio cuerpo dormido. Nunca se atrevió a ir para ver lo que había quedado. Al tiempo se lo llevó la “Hembra de Afilada daga”. Quedó allí, en su campito junto a su Negra.  
            Dicen que en las noches de luna llena, se lo ve al Cantalicio, merodear por las ruinas de la casa quemada

MARAVILLA




Maravilla la mañana cuando amanece con luz solar
Maravilla el cielo cuando las nubes pueblan el cielo
Maravilla el sonido de las hojas de los álamos de otoño
Maravilla el agua que corre hacia el mar remoto
Maravilla la mirada de un niño en la calle jugando a la pelota
Maravilla un gato que cuida los cachorros de una perra
Maravilla la vida de un niño en el vientre de su madre
Maravilla el sonido de los pájaros en los parques ciudadanos
Maravilla el poeta que transforma lo feo en belleza.
Maravilla los que creen en el amor y en Dios, a pesar de la guerra.


RÍO, ARENA Y AMIGOS




Cabalgo en la cuesta redondeada de

toda la inmensa maravilla

el río quieto      bravío a veces

los lapachos florecidos sin permiso      a destiempo

los pájaros sedientos de luces acostadas

de un sol insolente de verano intruso

el hombre con su voz melodiosa de guitarra

en un chamamé  de estrellas verde fuego

el botero con sonido de remos y chasquido

río abajo      jangada imaginaria      tacuara movediza

remolino fresco entre los matorrales  brillantes de

arañas en su tela como enjambres y

una sola palabra  entre amigos

mate amargo de sueños mano en mano

el muchacho     fingiendo asombro ante el asombro

de un abrazo entre tinto - asado - tinto – blanco – asado - tinto

ojos       enormemente abiertos al amanecer del canto

payé de entretenidos         de enamorados       de pasiones

la poblana milagrera de historias familiares

esperando en su vientre de arena blanca

nuestro retorno derribador de mitos          de viejos anatemas

el romance del viejo que escapó apasionado

la muerte prematura

el miedo       la codicia de amores  la guitarra     el canto 

encuentro sólo encuentro.