martes, 20 de julio de 2021

LA VELETA


    “No hables mal de alguien cuya carga nunca hayas llevado a cuestas” Marion Bradley

 

                                                              Ludovica apeándose del caballo, se alejó hacia la mesa de hierro que presidía el jardín. Allí estaba Andrea y el señor Gilberto. Tomaban unos mates con sabor a hierbas del campo. No fue sorpresa para Andrea ver a su compañera del colegio donde pasaban medio año pupilas para aprender las materias propias de señoritas de ciudad. Ellas se reían de la torpeza de la directora, una muy miope docente alemana que ejercía con mano de acero al pequeño rebaño de muchachas. El anciano portero era el único hombre que veían y siempre cuchicheaban sobre su modo penoso de hacer las tareas.

                        Riéndose la recién llegada se tiró sobre la falda de Andrea y Gilberto le hizo una chanza que ruborizó a las dos chicas. Cuando el rato, llegó Rafaela, la ayudante de cocina, vociferando que había fuego en el “guisadero” y que Luisa, la vieja cocinera, estaba abrasada entre humo y chispas con un pavo en los brazos y apretaba con furia la comida. No quiere salir, se va a quema viva y válgame Santa Eufrasia, que yo no quiero ver nada. Salimos corriendo y nos empujó el olor a quemazón de plumas y cabello. Gilberto cerró la puerta y tapó con una manta a la anciana. Juana se quedó muda. Luego salió espantada hacia su habitación con el pavo abrazado y negro. ¡Era la comida del Día de Gracias y la primera vez que fallaba su pitanza.

                        Todos llorábamos por el fuerte olor agrio y el vapor hediondo de grasa y laurel quemado. Luego comenzamos a reír y reír por lo poco afortunado de nuestro accionar frente a la “catástrofe” ocurrida con nuestra cena. Rafaela  comenzó a limpiar y su carita siempre acalorada por los pucheros, estaba tiznada y sucia. Lloraba y murmuraba contra nosotros, que según ella, éramos malas y egoístas. Llegó papá y su vozarrón nos hizo callar a todos.

                        ¿Qué ha sucedido acá? Acaso no saben estos señoritos superar un descalabro con seriedad. Andrea y yo nos tentamos. No podíamos evitar la risa. Nuestra inexperiencia era supina y Gilberto no era el mejor bombero de la zona.

                        Luisa, al oír al patrón, subió a la cocina, siempre abrazada al pavo negro y chamuscado. Su cara era de un fantasma recién acontecido. Todos de pie frente a ella comenzamos a reír y hasta papá se llevó la mano a los bigotes para que no se le notara la hilaridad. Ese día nos llevarían a la casa de Antenor, mi tío a cenar, por lo ocurrido. El problema era la servidumbre. Cuando llegamos todos, con Luisa y Rafaela a la casa del tío, su esposa, puso el grito en el cielo.  Para ella era falta de respeto que ellas estuvieran allí. Las pobres no sabían donde esconderse. Mamá la arengó hablándole de la “caridad” y ella comenzó a maldecir a las pobres mujeres. ¡Que eran sucias, que eran tontas,  Consideraba una que arruinaban sus hermoso pisos, etc., etc.!

                        Papá habló seriamente con ella y le dijo que su gente, era muy buena gente. La tía  Rigoberta cambió como una veleta, sabía que con papá no se jugaba y las defendería como a su prole. ¡Por eso odio a la famosa tía Rigoberta y creo que todos pensamos lo mismo! ¡Es una verdadera veleta!

MUY MACHO PERO…

 

            Miró el trapo lleno de sangre que tenía en las manos y de un tirón le quería quitar el policía. Dio un salto hacia atrás y se alejó. Vomitó. ¡Nunca había pensado que le pasaría eso a él, el mejor maquinista del ferrocarril del sur de la provincia de Buenos Aires!

            Nació para ver pasar los trenes, su casa temblaba con el pasó de cada vagón, fuera de pasajeros o de carga. Amaba el olor del humo y de los aceites que derramaban las locomotoras. Iba pasando el tiempo y le suplicó a su madre que lo dejara ir  a la escuela Técnica de “Ferroviarios”. Estudió y salió con una medalla. No era muy inteligente, pero si tenía la testarudez de un toro. Orgullosos con su título se presentó en la oficina en Paternal donde le harían unas pruebas. Salió bien pero los acomodados le ganaron de mano.

            Se “conchabó” como aprendiz de un viejo polaco que armaba camiones y grúas, para el ejército. Aprendió de ese viejo agrio que escupía cada vez que hablaba en un idioma trágico de su tierra, un sin fin de estrategias con los metales. Sabía de todo y atento memorizó mucho de lo que el anciano sabía.

             Siempre puteaba por la guerra y se dormía sentado en un sillón desvencijado que según él, era traído de Polonia. Tenía más tierra y mugre que todo el vertedero de basura.

            El hombre escuchaba una música linda, pero extraña para el muchacho que amaba el tango. Igual, un día encontró en la mesa de la cocina una carta que lo llamaba del Ferrocarril Central para comenzar como maquinista.

            Un sueño cumplido. ¡No fue fácil! Tenía a un montón de tipos envidiosos y vagos que le hacían la vida imposible. Nunca los delató, hubiera sido peor. Había una pequeña mafia apadrinada por punteros políticos y del sindicato.

            Cumplió a rajatabla con su tarea, hasta lo premiaron dándole la locomotora más nueva y la más bella. La limpiaba como a una estatua de mármol o de acero. Brillaba cuando rauda pasaba por la ruta. Siempre atento a los cambios de luces, si veía un color naranja, aminoraba caso a diez kilómetros para evitar cualquier accidente. Si era roja, frenaba y los rieles y las ruedas chirriaban como una sinfonía de terror. Era verde volaba como los pájaros libres de la pampa.

            Ese día fue un horror. Bajadas las barreras y terminado de subir todo el público, comenzó a poner la máquina a andar, llevaba a los obreros y mucamas de media provincia, en la próxima barrera baja, una joven mujer corrió y se tiro bajo “su” tren. El grito y escándalo fue feroz. La gente gritaba y se tiraban para tratar de ayudar. Unos varitas y policías echaron a todos. A él, lo tomaron de atrás para quitarle el trapo que arrancó del cuerpo de la joven mujer. ¡No! Se deshizo de las duras manos que lo sostenían y le pusieron unas esposas de acero. No dejó el trapo sangrante. Lo arrastraron hasta un celular que irradiaba luces azules y rojas como la cabeza que rodó a sus pies, de la pobre mujer. Sacaron el cuerpo y lo llevaron fuera de su vista. Lloró. Lloró mucho, nunca pensó que le podía pasar algo así. Para eso no estaba preparado. Cuando abrió entre sus manos ese trapo sangrante, comprendió que era un delantal de cocina. Metió la mano en el bolsillo y encontró un sobre, arrugado y sucio. Lo abrió y había una hoja que con letra temblorosa decía: “Marcos, no soporto más tus golpes, tus insultos y tus llegadas borracho todos los días. Estoy embarazada y seguro que no quiero que mi hijo sea como vos” adiós y que Dios te perdone.

            Ese día Roberto González, dejó de ser maquinista de ferrocarril. El “polaco” y su madre fueron los únicos que lo fueron a ver en la cárcel de Caseros, hasta que demostraron que era un suicidio.

 

LA INDIA, EXÓTICA Y ETERNA

  

Cuando me invitó mi hermana a conocer la India, me conmoví. He leído mucho a su poeta máximo: Rabindranath Tagore y la vida y pensamiento de Gandhi. Me emocioné. Recuerdos de la niñez me llegaron al alma, los libros que de niña me regalaban mis padres y que me hacían viajar por los cuentos universales y entre ellos muchos inspirados en la mágica India.

Para ingresar a India hay que inocularse un sin fin de vacunas. ¡Pero es un país maravilloso! Su gente preciosa, ruidosa, alegre y bella.

Me volvía loca la comida, picante y colorida. Tenía la boca llena de llaguitas por los ajíes y chiles que le agregan a los menúes. Pero me aguanté el dolor por las bellezas que viví. Comencé comiendo Yalebi, ladu, Palora y pollo con mantequilla…todo súper picante. ¡Riquísimo para los que aman lo picante!

¿Desde dónde comienzo mi relato? Desde el espectacular monumento donde cremaron a Gandhi o por mi paseo en elefante en un Palacio Jantar Mantar de Jaipur lleno de ventanales enormes y patios de piedra, o la llegada al Monumento al Amor Perdido el Taj Mahal.

 Amo a los indios o hindúes, son personas simples, generosas, trabajadoras y muy, muy afectuosas. Cuando caminaba por las calles o paseos, me pedían sonrientes:¡”Foto”! sacarse fotos con una extranjera desconocida, siempre sonrientes y agradecidos, por la simple razón de no saber de dónde veníamos. Yo mencionaba a Messi y a Maradona, que es por lo que se conoce en el mundo la Argentina y se sorprendían. ¡Mi país es tan lejos de India!

Cuando anduve por las avenidas, en los parques de grandes edificios y canchas de golf, las mujeres cortaban el pasto con tijeras, con sus saris de mil colores extendidos sobre el césped, como mariposas a punto de echar vuelo. Todos trabajan. Unos extienden un paño de tela en la vereda y cortan el cabello o tusan las barbas, otros arreglan sandalias o zapatos, tal vez hay muchachas y jóvenes con máquinas de coser haciendo trabajos en cuero o en tejidos de colores. Nadie vive del estado. Aunque se habla de los mendigos de India, vi muy pocos. En general tienen la dignidad de ganarse la vida con labores manuales. Y eso es magnífico.

Una tarde fuimos al río Ganges. El sagrado río donde hasta hace un tiempo, se echaban las cenizas de los humanos cremados. Hoy por ley está prohibido para evitar la contaminación de las aguas. La gente tiene ceremonias muy atrayentes a orillas del Ganges. De lejos se veían las piras mortuorias, pero no se ve ni huele esa costumbre de la religión de algunos ciudadanos del país. Hay como ciento de religiones que conviven con respeto entre ellos.

En el Ganges nos hicieron dejar una pequeña lámpara de hojas de palma, con flores y una ínfima luz, que discurrió río abajo en la oscuridad temblando con el Sueve movimiento del bote en el agua. Mil lucecitas como luciérnagas flotando, llevando a Dios un mensaje de Amor y Paz. ¡Bello!

Se nos iba acabando el tiempo, había que regresar. Mi boca echaba fuego, mi corazón dulzura.

Cuando salimos hacia el aeropuerto, la contaminación ambiental era tan pesada que todo parecía estar envuelto en gasas color ámbar. Nos hicieron poner tapa bocas y respirar a través de un pañuelo húmedo. El ruido en la carretera que nos transportaba al aeródromo, era un ruidoso monumento a la alegría: Miles de motos, autos que hacen sonar sus claxon con ritmos diferentes, los camiones que adornan con penachos de plumas y manojos de flores multicolor, pinturas de arco iris, bicicletas con timbres rabiosos. Todo nos decía Adiós, vuelvan, India los espera.

 

ENTRE CUBA Y PANAMÁ

¡HOY CUBA PIDE LIBERTAD Y VIDA!!!

 AYER...

Mi tarea literaria estaba compartida con una prima Cristina, que más que narradora, era una gran poeta. Ya no me acompaña en esta vida y la extraño. En ese momento, cuando tenía que llevar uno de mis libros a Panamá, la invité y ella aceptó. ¡Gracias a Dios, pudimos hacer un viaje mítico!

Ya que íbamos a Panamá decidimos quedarnos unos días en Cuba. Conocer esa leyenda de centro América. La Cuba de Castro y del “Ché”. Ella preparó un buen estudio sobre una gran poeta y compositora argentina: Eladia Blázquez. ¡Una grande! Yo aportaba al encuentro de poetas y narradores uno de mis libros de cuentos: “Trasegando Historias en Ritmo de Vino”.

Como muchos de mis colegas escritores no podían viajar, me acercaron sus libros para llevar a mostrar a los narradores y poetas que nos vemos cada dos años en países del mundo. Llevaba un bolso de libros, míos y ajenos.

Al llegar a La Habana, me detuvieron para indagar sobre los libros. Abrí el bolso y un grupo de oficiales me hizo leer los nombres y trozos de algunos. Mientras unas señoritas abrían otros y leían sin hacer mucho ruido. Me dejaron pasar sin problemas, ya que ninguno tenía nada de política.

En La Habana, paseamos en mateo, en unos pequeños móviles que parecen cocos con rueda. Parecidos a los móviles de los países asiáticos que son bicicletas con un carrito atrás que te mueven de un lugar a otro entre calles que son verdaderos laberintos. Fuimos a escuchar una famosa orquesta de música de jazz y comimos exquisitas frituras de pescado y langostas.

Las playas imposible de olvidar, su belleza deja boquiabierta. En un paseo el auto que contratamos en el hotel, tuvo que atravesar la migración de un sin fin de cangrejos. En los jardines del hotel, había una suerte de “lagartijas” de colores que les llaman “perritos” comimos bien, paseamos bien y al salir, cuando ya nos llamaban para subir al avión que nos trasladaría a Panamá, siento que me llaman por el altavoz de la aduana. Debí dejar mi café sin beber, para abrir nuevamente mi bolso por los libros. Otra vez me obligaron a demostrar que no llevaba propagandas políticas. Con cierta rabia le dejé uno de mis libros al oficial sugiriéndole que lo leyera y luego lo prestara a muchos colegas para que vieran cómo escribe una persona en mi tierra.

Llegar a Panamá, fue la Gloria. Es hermosa la Libertad.

La llegada a Panamá fue de un movimiento increíble. Nos esperaba un puñado de poetas y escritores cariñosos y expresivos. Me pasaron un programa de visitas, conversatorios, entrevistas y recitales para correr por lo numeroso.

La capital es moderna y lo que llama la atención es el famoso edificio el “Tornillo”, una suerte de construcción de cristal que emerge en el cielo con forma de un tornillo. Luego he visto edificios raros en Dubai. Pero era mi primera vez y me asombró.

Finalmente, ya en el hotel me avisaron que me esperaban para llevarme a la radio y a la televisión. Me sentía una “Liz Taylor”, es decir una diva. Apenas me pude arreglar para salír corriendo. La entrevista era en un canal nacional y salía junto a otras personas del medio, que realmente eran importantes y para mí, desconocidas. Me preguntaron de los grandes poetas de mi país y en especial de Jorge Luis Borges, que he leído y disfrutado entre otros: Julio Cortazar, Manuel Mujica Lainez, Olga Orozco, María Rosa Lojo y muchos más.  Cuando llegué a la conferencia que tenía que dar en la Universidad, me trajo un joven el C.D. con la grabación de la entrevista. ¡Qué organización!

Entre los momentos más simpáticos, fue el conversatorio en la Alcaldía de Panamá una institución sin fines de lucro, con una orquesta que hizo un breve concierto mientras nos moríamos de frío, ya que el aire acondicionado estaba a 16º C y vestía una prenda para el húmedo y caluroso clima tropical de centro América. Las cuatro entrevistadas, tiritábamos. A raíz de este hecho preguntamos la causa de poner tan baja la temperatura… la respuesta nos fue dada en Off: “Para poder usar ropa de invierno”.

No sabía si llorar o reírme, ya que en mi zona el frío es natural y bien gélido en invierno, pero jamás se nos ocurriría poner estufas en verano para tener más calor.

Bello fue cuando luego de tener varios coloquios nos llevaron a distintas zonas de Panamá. Ya, al finalizar el encuentro con poetas, nos llevaron a las comunidades indígenas. ¿Qué hermoso! Los niños habían preparado bailes típicos y nos sentamos sobre esteras y en pequeños grupos contamos leyendas de nuestros pueblos. Yo relaté la leyenda “Del Puente de Inca” un lugar muy buscado por turistas y especialistas en geología y espeleología, que ha permitido crear ciento de historias y leyendas sobre su increíble belleza natural. (Se puede buscar en Internet).

Mi querida Cristina, dio una charla magnífica sobre Eladia Blazquez en la Universidad y cantó su famosa canción:” Honrar la Vida”. Que fue luego recitada por los poetas presentes. Un lujo.

Despedirnos de las miles de orquídeas de de Panamá, de su música que bailaban con bellísimos trajes llenos de abalorios y tembleque, unas mujeres hermosas; comer exquisitos platos típicos y escaparnos para conocer el “Famoso Canal en el Estrecho de Panamá” que se había construido por norteamericanos, para comunicar el océano Pacífico con el Atlántico y que supimos estaban haciendo otro más amplio para dejar pasar a barcos enormes con mercaderías de todo el mundo, en especial de China. Cosa que nos dejó pensando como el hombre trata a la Madre Tierra, como si fuera una fuerza sin Límites. Dejamos la bella Panamá con una lágrima de agradecimiento y pena. Son muy buenas personas y nos sentimos bendecidos de conocer Chiriquí, Santa Ana y otros lugares históricos que recuerdan a los piratas que asolaron el Mar Caribe.

MUJERES DE INDIA

  

Mariposas brillantes que se mueven en las calles

Con los saris multicolores entre el fango y el oro.

Mujeres alfareras, tejedoras, mendigas,

Comerciantes, campesinas,  religiosas,

Madres, abuelas cuidadoras de miríadas de niños.

Son millones de flores de colores que caminan entre las callejuelas

Rojo y oro, azul, granate, azafrán, violeta,

Amarillo, turquesa, verdes y blanco.

Sonrientes y afables, inocentes y alegres.

Son mujeres que transportan enormes bultos y caminan,

Inspiradas en dioses que le exigen peregrinar día y noche

Hacia el Ganges sagrado, a los templos milenarios.

Son flores que trabajan en los parques, las tiendas, las veredas,

Las chabolas y enormes casas parentales.

Las casan desde niñas. Con sus rostros alhajados en oro

Marcados con pinturas rituales, de colores sonrientes

Y ruidosas rutinas de tambores y campanas en las festividades.

Son mariposas de alas angelicales, con colores que brillan.

Mujeres de sonrisas preciosas e ingenuas.

Mujeres de la India, hermosas y llenas de bondades.

Mujeres de la India, que aun siendo mendigas son bellas mariposas…

CAMINANDO EN ITALIA

 

Soy nieta de italianos, inmigrantes que llegaron a Mendoza, Argentina esperando hacer la “América”. De algún modo lo hicieron, salir de la pobreza que dejan las guerras, ya es un premio en la vida. El sueño de todos nosotros, los descendientes de italianos, y creo de los hijos de todos los inmigrantes, es conocer el país de sus mayores.

Por suerte hablo bastante bien el idioma italiano y me ha servido siempre en los viajes. Llegar a Roma es como cumplir un rito fantástico. Recorrer los famosos monumentos antiguos, ir al Vaticano y entrar a sus inmensas salas, Capilla Sixtina, biblioteca y la Nave Central donde en hornacinas hay reliquias de santos y personajes históricos, es imprescindible.

El hotel estaba cerca de la terminal y por allí pasaba gente de todo el mundo. Comer “pasta” es volver a la casa de los abuelos. El perfume de las “Trattorías” es una invitación al deleite. El olor del aceite de oliva, es ingresar en la niñez. Ver las botellas de vino “Chianti” o el “lemoncello” después del postre…los profiteroles con azúcar o chocolate… un placer. ¡OH, bella Italia! La sangre que corre por mis venas es desde siempre con olores primitivos a pan con ajo y aceite, con canzonetas a viva voz, con óperas en discos de pasta con la voz de Caruso o de La Callas.

Después de pasar varios días caminando y subiendo y bajando escalones en los restos del  imperio romano, nos sorprendió una huelga general. ¡Si hay algo inesperado y terrible para un turista es una huelga! No había taxis, ni autobuses, ni trenes, ni metro. Nada. Calles solitarias, con negocios cerrados, museos y catedrales acerrojadas. ¿Qué podíamos hacer? Pasear por donde se pudiera cerca del hotel. Y caminamos. Mi madre y yo como entusiastas exploradoras. Y como turistas nos perdimos. En una esquina detengo a un joven apuesto y simpático y le pregunto por dónde llegar a la Terminal de autobuses, que estaba cerca de nuestro hotel. Me señala la tarjeta que llevaba en la mano con el nombre del hotel. ¡Me comienza a explicar con señas de sordo! Yo no he estudiado el idioma de señas… y soy docente, pero de chicos oyentes. No sabía si reírme o llorar. Justo le vengo a preguntar a un sordo mudo. Le dí las gracias como pude y seguimos andando. Hasta que encontré un policía, que me quería acompañar. ¡No gracias! Ya entendí.

En el hotel, había llegado un grupo de viajeros de Pakistán. Ruidosos y alegres, pero que no entendí muy bien los pocos mozos de servicio, no los querían atender. ¡He visto tantas cosas extrañas en mis viajes! El pianista llegó agotado con su motoneta. Se sentó al piano y me pidió si lo acompañaba con alguna canción. El ruido era fantástico. Nosotros tratábamos de hacer música y los pakistaníes hablaban muy fuerte tratando de tapar lo que nosotros hacíamos. Vino el gerente y puso silencio a todos.

Al día siguiente nos vinieron a buscar para trasladarnos al norte de Italia. A Florencia. Nos hicieron viajar en un tren que se dirigía a Alemania. Nunca se detuvo. En la terminal de Florencia, disminuyó su velocidad y nos tuvimos que bajar en movimiento tirándonos las valijas los otros turistas que seguían para el norte. Yo capturaba los preciosos equipajes como si me dedicara a hacer un deporte de riesgo. Desde adentro me aplaudían y mi madre, muerta de risa, acomodaba lo que iba cayendo.

Llegamos al más bello de los lugares de Italia. Allí, conseguimos un taxi que ahora pienso no era oficial, el hombre que manejaba apenas hablaba italiano y debe haber aprovechado la huelga para sacar un poco de dinero extra. ¡Gracias a Dios, no nos estafó!

En Florencia nos acomodamos en un pequeño albergue, casa antigua reciclada. Estaba muy bien ubicada. Descansamos hasta el día siguiente y comenzamos a caminar las calles por donde caminó el Duque Sforza, los Medici y esos héroes de películas históricas que hemos visto hasta el cansancio.

Se había levantado la huelga y conseguimos conocer bien la “Señoría” los palacios, que me parecían pequeños en relación con otros que vi en otros países. Guardo un precioso recuerdo del paso por Florencia, como todos los viajeros, toqué el cerdito de la plaza, que dice que hace regresar a ese hermoso e indescriptible lugar.

¡Nunca pierdo la esperanza de volver a ver el David trabajado en mármol por el único: Miguel Ángel Buonarroti! 

 

 

UN EXTRAÑO ESPECTÁCULO EN PARÍS

 

Mi primer viaje a Francia fue hace muchos años. Era pleno invierno y nevaba. Eso nos dificultaba movernos pero no nos impidió, a mi madre y a mí, conocer las joyas históricas de París y sus alrededores: Versalles entre otras. En esa época se usaba el franco francés y era bastante accesible a nuestro poder adquisitivo. Pasear por Paris es una sorpresa permanente. En cada esquina o rincón se encuentra algún referente histórico. Cada reja pintada en negro y con adornos dorados, nos hacía pensar en la riqueza de los reyes de los siglos antes de la Revolución Francesa, donde se destruyó mucho, hoy reconstruido; y en el espíritu de superación de un pueblo orgulloso que no responde si no se habla su idioma.

Al museo del Louvre, nos dimos el lujo de ir cuatro días seguidos. Lo vimos todo, nos cansamos todo. Era por momentos sentirse transportada al mundo de la belleza universal. Nunca voy a olvidarme la impresión que me causó ver la “Victoria de Samotracia” en lo alto al ingresar. Pero cada cuadro, cada escultura, cada obra de arte, habla de la gran creación del hombre y de lo poco que apreciamos los dones que Dios le ha dado al ser humano.

Hay cuadros famosísimos. La “Gioconda” en donde se agolpa la gente sin mirar las otras bellísimas obras que la rodean. Hay cuadros tan grandes que nos sentábamos en frente para ver detalles. Tintoretto, El Greco, Giotto, Miguel Ángel Buonarroti, Españolletto, Donatello y pintores ingleses, holandeses, rusos y obras de países de Asia y Oriente. ¡Un lujo poder apreciar tanta belleza!

Versalles es una obra propia de un tiempo perdido. Enorme, lleno de espejos y muebles restaurados. La habitación de la reina María Antonieta, la mártir, restaurada con la ayuda de muchos generosos potentados. Incluso recuperaron la colcha en un bazar en África, según nos dijo un guía; un japonés hizo copiar las arañas de cristal de un cuadro hecho en tinta encontrado en un subsuelo del castillo y las donó al gobierno de Francia.

Todos los jardines cubiertos de nieve y las bellas fuentes congeladas con sus aguas quietas. ¡Una pena!

Recorrimos los puentes del Sena, Nuestra Señora de París cuyo interior estaba tan oscuro y frío que yo, que era muy joven, entonces, aproveché y subí hasta los techos y pude ver desde ese paño de plomo y piedras, todo el París desde arriba. Son como trescientos escalones, que se van angostando a medida que uno trepa. ¡Valió la pena!

Imposible subir a la Torre Eiffel, las colas interminables con el frío, nos acobardó. Comimos los famosos quesos de regiones de toda Francia, visitamos los cafés de Campos Eliseo y visitamos la Isla de la Ciudad. Allí vivimos un momento exquisito. Ingresamos en un pequeño restaurante en el cual, una bella anciana nos preparó un plato especial: codornices a la salsa negra…, rociadas por un vino de campiña y pan recién horneado por sus manos. ¡Gracias mi Dios por ese almuerzo, no lo olvidaré jamás!

Cuando veinte años después regresé a París, mi corazón se rompió un poco. Ya estaba ingresado al Mercado Común Europeo y lleno de inmigrantes de todo el mundo.

Los teléfonos públicos rotos, los cristales de las vidrieras escritas con “graffiti” con ácido, en el metro, los asientos otrora de terciopelo rojo, rajados con navajas o sucios, gente tirada en la calle drogada, niños descalzos tocando el acordeón que mendigaban y orinaban o defecaban en cualquier lugar. ¡Ese era otro París, no el que yo había visto!

A mi acompañante, en una esquina donde esperábamos el autobús turístico la asaltaron y le robaron la billetera, yo me salvé por suerte, pero la tuve que ayudar, había perdido su documento y tarjetas.

Era verano y las bellas flores de los canteros, ya no servían sólo para hermosear sino como baños públicos y eso que París tiene unos preciosos y muy típicos. El problema, pienso, es que esos inmigrantes no los saben usar. Y hay que pagar una pequeña cantidad de monedas de Euros.

Lo que no puedo borrar de mi alma fue un espectáculo que sufrí en plena calle cerca de una Catedral: en una entrada del metro, una mujer de unos cuarenta años, caída, parecía muerta; estaba bien vestida y no parecía menesterosa, pero junto a ella una enorme jeringa con droga, que había hecho estrago en su cuerpo. Yo sorprendida y acongojada dije: “Llamemos a un policía, puede estar muerta” y a mi alrededor se rieron, ella movió la mano para decir…”Estoy viva”. ¿Estar en esa forma es estar viva? ¡Pobre ser humano, que bajo cayó!

Ese no es el mundo que yo quiero, ese no es el París que viví en los ochenta. Hay otro Mundo y otro París.