viernes, 21 de junio de 2024

EL DESEO DE UNA SOMBRA

 

            Llegué de la ciudad para trabajar sin que nadie me molestara. Pronto vendría  Javier con carpetas y otros elementos para consultar. Mi prima Catia encantada, me dio las llaves de la vieja casona que era de todos y de nadie en particular dentro de la familia. Estaba sentado frente a la chimenea, afuera hacía muchísimo frío y mi amigo y compañero aún no había llegado con el resto de trabajo que teníamos que realizar. Me extasiaba el crepitar de fuego entre las viejas piedras, que desprendían un exquisito perfume de pino y desde donde saltaban pequeñas chispas que explotaban en una ronda alegre y alocada. Yo me arropé con la manta que había tejido la tía Eleonora, antes de morir, allí en la casa. ¡Qué satisfecho me sentía! Me levanté y observé por la ventana. Ya comenzaba a nevar nuevamente, me encaminé al mueble donde las tías habían dejado sus ricos licores caseros, me serví en una copa de cristal color rubí y me volví a sentar. Observé el licor y a través de su colorido cristal miré el retrato de la chimenea. Era una mujer pintada quién sabe cuándo y dónde, que me miraba y en realidad tenía un defecto en los ojos y sólo me miraba con un solo ojo. Era horrible nunca le había puesto mucha atención. ¡Qué fea era! Hasta tenía una suave pelusa sobre los labios. ¡Pero tenía el mejor cuerpo que había visto en años! ¿Quién habrá sido?- me dije sonriendo. Ya les preguntaré a las mujeres por qué aun está allí. Mañana lo voy a sacar, pensé y continué revisando mis papeles. La pondré en la mansarda donde había un sin fin de cosas arrumbadas. El sopor del licor y el calor me hicieron dormir. Desperté con un fuerte golpe en la puerta. Había llegado Javier muerto de frío y su auto cubierto de nieve. Bajamos computadoras y cajas. Abrí la cochera y guardó el auto. Luego nos enfrascamos en nuestra charla y trabajo. Cuando se hicieron las dos de la madrugada nos dio hambre, nos hicimos comida. Fuimos a dormir cansadísimos deseando que parara de nevar pues de no ser así, tendríamos mucho trabajo para despejar la nieve.

                        Cuando me acosté y apagué la luz un suave resplandor asomó tímidamente entre los pesados cortinados y un crujido suave atrapó mi espíritu somnoliento atisbé en el cuarto pero por supuesto no vi nada extraño y me dormí. En la otra habitación Javier roncaba sin pausa.¡Gracias a Dios no había traído consigo a su joven esposa con el bebé! Yo después de mi separación  no estaba para problemas domésticos. No recuerdo qué pasó, pero me desperté sobresaltado al alba, con un suave murmullo de gente que hablaba muy quedo, presté atención y con pocas ganas bajé los escalones para mirar de dónde provenía esa charla, pero no había nadie. Un frío me recorrió la espalda. ¡Yo era un hombre moderno, agnóstico y positivo! Acá no hay nada  y subí a mi alcoba donde me acosté para recuperar el calor y la calma. ¿Había sentido miedo? No era tan sólo mucho frío. Javier era una orquesta sinfónica de ronquidos, dichoso de él que ignoraría la inoportuna visita fantasmal.

                        - ¡Despertate, Carlos, que tenemos que trabajar, hoy hay que terminar con todo¡- dijo Javier sacudiéndome con colcha y sábanas mientras pasaba por mi nariz una tostada caliente con manteca y mermelada- hice café y ya podemos desayunar, gracias a Dios dejó de nevar y salió el sol, hay barro por todos lados; y bajó las escaleras  cantando.

                        Yo me disponía a desvestirme para darme una ducha caliente cuando frente a mí se planta una vigorosa mujer extrañamente trajeada que me miraba descaradamente. Mi instinto me hizo tapar como podía, y, ¡oh! sorpresa descubro que era la mujer del retrato en la chimenea. ¡No puede ser!- me dije. Traté  de entrar rápido a la ducha pero el espectro me seguía mirando encantada de mi desnudez. Le hice señas y la eché con palabras non santas pero ella allí firme mirando mis intimidades. De pronto desapareció por el espejo del baño y yo suspiré encolerizado conmigo mismo. No me animé a decirle nada a Javier porque pensaría que estaba de chanzas. Bajé y me acerqué al cuadro, pero había desaparecido. Le pregunté a mi amigo si él lo había sacado y me miró extrañado: ¿de qué cuadro me estás hablando si yo no vi ninguno? Y, ¿yo comencé a preocuparme...me estaría enfermando o sería algún problema psíquico?

                        Comenzamos a trabajar y enfrascados por tanta tarea no advertimos que en la mesa las tasas del café se habían alejado y estaban al borde y que bailoteaban en sus platillos. Ahí fue cuando Javier me increpó con severidad:- ¡Carlos me estás tomando el pelo?, no te hagas el mago conmigo que yo soy muy impresionable!- para qué dijo eso, allí fue cuando comenzaron nuestros pesares...verdaderamente esas fueron cosas muy locas. ¡Nunca imaginamos que a un par de oficinistas de ciudad, encontraríamos una casa llenita de fantasmas!, y digo, llena porque comenzaron a aparecer unas jóvenes llenas de veladas que nos acariciaban, nos tocaban y no nos permitían terminar con nuestra labor. Al principio nos dio miedo y no nos podíamos mover, pero fue demasiado y comenzamos a defendernos. Yo las increpé, les expliqué que teníamos que completar los trabajos y se fueron riendo escaleras arriba mostrando larguísimas cabelleras de mujeres jóvenes y cuerpos muy tentadores. Se apagó la luz bajamos al sótano y allí encontramos en un destartalado sillón un grupo de viejos seres que parecían esperar a alguien, en realidad eran señorones con unas manifiestas calvas y relojes de gruesas cadenas de oro que aguardaban a alguien. Ni nos miraron cuando con nuestras linternas intentábamos arreglar los fusibles, así comprendimos nuestra situación. Estábamos en una casa extrañísima. Ya habíamos conseguido arreglar el desperfecto cuando nos sobresaltó el ruido estruendoso de la planta alta, donde algo había caído estrepitosamente. Javier se negó a acompañarme pero no aceptó quedarse solo en el salón. Subimos y encontramos todo en su lugar excepto nuestras ropas repartidas por todos lados y en especial nuestra ropa interior que colgaba de las añosas arañas de cristal.

                        Comenzó a sonar insistentemente el teléfono de Javier, atendió y suspiró tranquilizándose cuando escuchó la voz de su adorada Erica, que le preguntaba por su vida, ya que con tanta confusión y trabajo fantasmagórico había olvidado llamarle. ¡Pero no pudo decirle que estaba en esos raros trances ya que nadie le creería! ¡Ah mientras hablaba una figura exquisita le acariciaba las entrepiernas! Claro que era un ser transparente y muy inestable pues aparecía y desaparecía.

                        Yo aproveché para llamar a mi prima Catia que no se sorprendió, sólo se reía a más no poder de nosotros...-Yo me olvidé de contarte que en esa casa  vivió la amante de nuestro tatarabuelo que se llamaba Irinalda del Mar era una famosa bailarina de teatro y el abuelo le permitía tener discípulas que esperaban a los amigos del viejo pícaro, hay por allí un retrato de la mujer  y cuando le gusta un hombre, lo vuelve loco como al  desvergonzado abuelo.- Yo no podía creer lo que escuchaba, así me enteré algunas verdades de mi preciosa familia. ¡Pensar que ahora eran pura sacristía y beneficios parroquiales! Así, como pudimos, terminamos de hacer nuestro trabajo para huir de la casa  de fantasmas  del lupanar.

                        Cuando cerré la puerta sentimos las carcajadas de las muy bribonas que quedaban de gran jolgorio con sus viejos espectros. Les aseguro que no vuelvo nunca más.

 

LA NOVIA

 

 

El calor desfiguraba con un vapor siestero las paredes húmedas de la vieja casona de la isla. Ronroneaban los tacurúes en el plantío cercano trabajando febriles por la cercanía de las tormentas. Las chicharras zumbaban aplastando los penachos de las brujas que colgaban de los árboles, siniestras nubes se observaban sobre el horizonte y el bicherío blasfemaba subiendo y bajando de los techos las pupas y huevos de hormigas coloradas y negras. Ya se habían comido partes de la madera del alero oeste.

Lisandro se secó el sudor con una camisa vieja. La humedad lo sofocaba como siempre. Y el ruido de sus pulmones era un fuelle rasposo que gritaba auxilio. Su médico, el de la ciudad, le había dicho que dejara la isla. ¡Pero cómo se iba y dejaba sola a Francisca! Hacía veintitantos años que no hablaba. Ella un día dejó de decir, de hacer, de vivir, de soñar. Era un duende que deambulaba por la casa y por el jardín como fantasma.

Su madre, la difunta, le había exigido en el lecho de muerte que nunca la abandonara. Era su única hermana y siempre fue la más débil. ¡Eso creían!

De niña siempre cantaba y saltaba como los grillos en las noches frescas, subía a los árboles a robar nidos de cotorras o de cardenales. Se hizo mujer a los trece o catorce y recitaba poemas de Machado y de Neruda, de Lorca y Alfonsina. Sus largas trenzas de cabello oscuro le coronaban la espalda con moños de colores jugueteando con sus polleras floreadas y alegres. Creció.

Un día se convirtió en maestra y por ser de la isla, enseguida estuvo en una escuelita de barro y totora. Los chiquilines, llegaban en botes y chatas con la ruidosa algarabía de los niños felices. Dio clases desde marzo hasta noviembre, excepto cuando los ríos crecían y se inundaban las riberas. Cerró el ciclo escolar con doce muchachos que llegaron a hacer secundaria. Al año siguiente se presentó un maestro. Era alto, delgado y de piel marfilina. De la ciudad. Pobre y lleno de misterio. También con ganas de innovar.

Se llamaba Armando Sosa. Tenía manos de dedos largos, bigotes finos y cabello ralo. El traje gastado y el guardapolvo blanco le daban un aire de médico de campo, pero era maestro- director en la escuelita. Un cajón de libros y pocos utensilios eran sus posesiones. El tren lo dejó cerca del pontón donde lo esperaba el lanchero. Llegó con su mirada profunda y su silencio. Los niños lo rodeaban asombrados. Él, era la “novedad”.

De trabajar y hablar comenzaron a conocerse; bueno la que más hablaba era Francisca, que idealizó al hombre. Él, poco expresaba sus ideas. Algo revolucionario y rebelde para las ideas de los isleños, pero buen maestro.

El día que la invitó a un baile, ella se llenó de amor. Era como la primavera misma, con su vestido floreado y sus trenzas desarmadas que caían como cascada de miel oscura y perfumada a “lavanda”. Bailó toda la noche. No era muy hábil para el tango, pero sí, para el valseado y la chamarrita. A la luz de la luna le robó un beso y ella soñó. Como sueñan las mujeres sin historia.

Ella comenzó a crear un nido de adoración y habló de boda. El en silencio sonreía. Ni sí, ni no. Lisandro desconfiado rondaba los momentos cuando podía para ver en qué se entretenía en maestro. Y cartas iban a la ciudad y cartas traían en la lancha cada semana. ¡Eso le llenó de desconfianza! Era el hermano y un día lo enfrentó. ¿Qué son tantas cartas para usted, amigo? Y el hombre lo miró con sorna. ¡Y nada del otro mundo, amigo! Cuando nos casemos le presentaré a mi familia a Francisca y ustedes, como corresponde, dijo.

La madre mandó a hacer un traje de novia y un ajuar, como los de antes. Acumuló enseres y vajilla. Y sin disimulo preguntó: ¿Cuándo y dónde?

La fecha era un sábado de enero. Todo estaba listo. Vino el padre cura del pueblo cercano, se cocinó para los isleños y se armó un altar con flores de mil colores y cintas blancas. A la hora señalada, comenzó a llegar la gente con sus mejores vestimentas y regalos. Pero…el maestro no llagaba, pasó una hora y dos y tres y nada.

Lisandro fue a buscarlo y ya no estaba, su habitación vacía. El ruido de las chicharras y los moscardones, el croar de ranas y sapos en la oscuridad. Silencio.

Francisca se quedó vestida, con el ramo muerto entre las manos mustias. Y se quedó muda. ¡Nunca más habló!

Yo recuerdo que pasaba como un fantasma por los corredores de la casa dormida. Bajo la luna, bajo la lluvia, bajo el sol helado y las nubes calientes de la madrugada caminaba descalza.

El lanchero un día le contó a mi Tata, “Sepa don Lisandro que el maestro era fugitivo de la ley”. Lo buscaban para matarlo los gendarmes y la policía. Era un prófugo…y dicen que un Juez lo sentenció de por vida. ¡Pobre la Francisca! Pobre.

 

UN CORAZÓN DE TANGO

 

 

El corazón se derrama como cera de cirios.

El agua de la frente cae en cascada,

se desparrama entre grietas de amatista.

Une voces de cobre y láminas de vidrio con un coro

de pura sonoridad de escamas.

Mueven el viento.

Péndulos de lino al aire,

sonata de fagot y flauta.

 

El corazón  se derrama sobre el mantel de lirios,

sobre la calle empapada. Llueve.

Piedras que brillan bajo los pies dormidos de la noche.

Un farol de fuego que invita a colgar las hojas de un cordel.

Un parral sediento que suspira.

Un fuelle viejo entona un tango triste.

Uvas húmedas y tibias rememoran su tiempo de vino.  

LETICIA

 

La recepción está llena. Apenas se puede caminar delante de la zona donde se toman turnos y admisiones. Una tarde espesa. Húmeda y caliente. Por el altavoz, llaman a personas y las acercan a los salones donde deben esperar su lugar.

Para Leticia es una buena señal, saber que no habrá mucha gente para atender. Ella suele tener hasta siete personas esperando en el recinto, pero este día apenas hay dos. Las atiende como siempre, apenas unos pocos interrogatorios y prescribe calmantes y estudios que transferirá a otros especialistas.

Me toca a mí entrar, cuando se escucha un llamado urgente desde la sala de urgencia. Sale refunfuñando. ¡Justo ahora me necesitan! Espéreme. Yo asentí. Bueno, la espero.

Cuando llega al gabinete donde yace un ser esperando, se le encoge el estómago. El olor a suciedad, orín y alcohol, la deja asqueada. Se acerca y ve una mancha de sangre entre los harapos del enfermo. Piensa en su ropa limpia y hermosa. ¡Carajo, un vagabundo! Se acerca una enfermera y comienza a cortar los trapos. ¡Cuidado, doc., tiene piojos y creo que sarna! Una cabellera hirsuta y blanca rodea la cabeza del yacente. Ya lo voy a lavar. Mientras tanto usted si puede tómele la presión o algo.

Había entrado en una ambulancia policial. Encontrado sobre la calle, herido, un uniformado lo recogió y corrió al primer nosocomio más cercano del lugar. No podían negarle la atención.  Hábil, la enfermera bañó el cuerpo del individuo, le pasó una rasuradora eléctrica por la cabeza y la larga barba. Caían al piso mechones con sangre e insectos. Un rostro de varón de no más de cuarenta años, se presentó a los ojos de Leticia. Algo le hizo dar un leve sobresalto. ¿Qué rostro conocido? Pero no puede ser. No lo conozco. Una vez limpio y seco, comenzó a hacer su trabajo.

No despertaba. El aliento agrio la envolvió cuando el hombre abrió la boca. Su dentadura ennegrecida por el tabaco y algún otro sólido le había carcomido el esmalte dental. Entre los andrajos, encontraron una pequeña bolsa con documentos, que de inmediato tomó el policía que permanecía de pie cerca del hombre.

Señora, se llama Exequiel Marcos Guzmán y tiene cuarenta y dos años. Sin dirección. Le han dado una golpiza terrible.

No. Agente, tiene una herida de cuchillo en el estómago. Creo que le han herido el hígado… bueno, lo que le debe quedar de hígado con el alcohol; y quién sabe qué otras “cosas” ha consumido. Lo hace reaccionar y el color de sus ojos azules, se incrustan en el recuerdo de Leticia. ¡Yo creo que lo he visto! ¿Pero dónde?

Rápidamente lo entran a quirófano y asume un colega una transfusión de sangre y calmantes, para ver si pueden operarlo. Mientras trabajan en el cuerpo doliente, hablan de cosas personales.

¿Cómo estuvieron tus vacaciones? ¿Adónde fuiste este año, viajera? Nosotros con los chicos solo hemos ido unos días a Córdoba. ¡Che, este tipo… tiene cara de ser conocido! Me inquieta ver lo mal que está. Si le hacemos unos rayos o análisis de prevención. No sabemos si es diabético o tiene alergias o si tiene alguna otra enfermedad. Leticia asiente. Sí, mejor esperemos, hagamos estudios. Entra un médico que se impone. ¡Por favor, ni toquen a ese paciente! No tiene seguro, ni sabemos si puede pagar los gastos de este hospital, no somos la Cruz Roja ni algo estatal. Esto es un hospital privado, alguien tiene que dar la cara por él. Sale golpeando la puerta de vidrio que vibra y se reflejan las luces dando un aspecto desagradable.

Fuimos con mi hermano y mi cuñada a la costa del sur de Francia. ¡Parece que se enojó su señoría… tal vez estudió en Harbar! Llamemos al agente que lo trajo. Entra el muchacho y dice: Este hombre es un famoso músico. Sus padres vienen en camino.

Leticia, se arrellana en la pared y aventó: Esperemos un tiempo, pero no lo dejemos… por las dudas. ¡Ay, tengo una paciente esperándome, salgo para hablar con ella y regreso pronto! Mientras camina por los pasillos del hospital, recuerda un concierto que presenció en el teatro Colón y recordó que ese esperpento enfermo sobre la camilla era el solista; ejecutaba el violín. Despachó a la enferma con un pretexto, le dio una receta con calmantes y le cambió el turno para dos semanas después.

Ella, no se perdería la posibilidad de cobrar unos jugosos honorarios de los padres del músico. ¡No he estudiado tanto para curar enfermos gratis!

 

 

 

ALGARROBO DE ARRIBA

  

La noche se ponía el poncho de violeta con perfume a frío. Ciriaco Luna, cabalgaba sosteniendo un trote suave en su lobuno. Detrás, el “Flechita” con la cola entre las patas, seguía a su amigo. Oscurecía y en escampe, sólo se veía el fuego del cigarro que se quemaba entre los labios secos del hombre. Las nubes se habían diluido entre los cardales. Y él, confiado seguía la huella que lo llevaba a su rancho.

No estaba la Carmen, se había ido al pueblo donde vivía su hija, la Teresa. Algarrobo de Arriba era un montón de soledad y silencio. Se oía el ruido del viento y el aullido de algún chacal que merodeaba los potreros. Los perros cimarrones peleaban por alguna osamenta con los de la casa. Frenó el pingo y desandó entre los maizales.

Una ráfaga helada le voló el sombrero y salió disparado hacia el corral de chivos. Se le escapó una maldición. Se arrepintió al instante. No hay que llamar los fantasmas en noche sin luna. Flechita se alarmó; su pelo se había erizado y las orejas en punta le señalaron su enojo. Había algo raro en el aire.

En el algarrobo un cuchillo clavado sostenía un papel con palabras escritas en malos garabatos. Sacó la nota y el cuchillo. Lo limpió en la camisa y abrió la puerta del rancho. Prendió el farol de kerosene que iluminó en naranja la pobreza de las paredes de barro. El perro se echó junto al fogón y allí se quedó dormido. Antes había tomado agua con fervor de animal y ni miró el trozo de pata de vaca que le había puesto Ciriaco en una lata junto al agua. Él, Ciriaco, estaba muy cansado, quería echarse en el catre pero primero con suma dificultad, leyó la nota.

Mañana tendré que ir a la vieja Capilla del Cavadito. Me esperan. Caracho con el difunto. Nadie se imaginaba que estaba malo. Se comió una torta frita, seca y dura que tenía días en la fiambrera, con una tajada gruesa de jamón de chancho. Y se quedó dormido.

Ululaba el viento a la madrugada. Y despertó con la garganta arenada y sedienta. El agua en la palangana estaba helada, rompió con una piedra el hielo y se lavó como pudo. ¡Vamos Flechita, tenemos que ensillar y se nos viene el calor y es lejos! El animal, levantó la cabeza y movió la cola. No quería salir con esa helada.

Esta vez ensilló a “Carasucia”, la yegua y se puso camisa blanca y bombacha negra. Cinturón de función de tristeza y caló sombrero algo nuevo. Poncho blanco hecho por la Carmen al telar ese otoño. Un pañuelo al cuello de color violeta. Salió rumbo a la capilla. No lo acompañaba el perro. ¿Qué te pasa Flechita?

Se fue sin esperarlo, tal vez lo siguiera. Lo alcanzaría en un trecho. Al trotecito variado arrastró su tristeza. ¡No es tiempo para que mi amigo se fuera!

Casi al medio día, se le negó la yegua. Las patas encabritadas sostenían su cuerpo que se apretaba a las crines. ¿Y a vos qué te pasa? Un murmullo de pájaros, jotes dañinos se arremolinaron en la cruz del camino. A lo lejos, se veía la Cruz de la Capilla del Cavadito. Un tañer de campanas, malograron su curiosidad de hombre bueno.

Entonces, entre los yuyales encontró un cadáver. ¡Era el cuerpo de Carmen! Un cuchillo igualito al que encontró en el árbol, tenía su mujer clavado en el pecho.

Se apeó y vio su rostro entumecido y yerto. Carasucia coceaba entre los yuyales y un sonido de triunfo escuchó tras los árboles. La carcajada histérica de la Teresa, apretaba en su mano el cabello canoso de la madre.

¿Teresa qué pasó? Y al darse vuelta ya no estaba la loca. No había nadie

UNA VENDEDORA INEXPERTA

 

                               ¡No seas veleta; no empieces a cada momento algo nuevo...! Robert Reinick

 

 

Cuando se fue la madre a trabajar a otro país, Esilda, se quedó a cargo de la casa. Le dejó siete niños para criar y al abuelo, que reumático y con muchos años, ya no recordaba ni quién era la muchacha. También dejó dos perros y una gata ciega de color gris que se metía entre las colchas de las camas.

Al principio, se levantaba temprano cantando, salía corriendo a comprar el pan y las galletas que le gustaban al abuelo, regresaba y preparaba el desayuno para todos. Mandaba a los chicos a la escuela y ella, se afanaba con la limpieza y el lavado. Un día se cansó y realizó una reunión de hermanos. El abuelo le pedía a cada rato que le diera algo de comer. ¡Se había olvidado que ya había comido tres tazones de café de malta con leche, cinco panes y tres galletas!

Comenzó a escasear el dinero y en la reunión les explicó:- ¡Chicos acá vamos a tener que recortar gastos! Además necesito ayuda. Los mellizos, tendrán que cortar la fruta de los árboles y guardarlas en los canastos para que Griselda haga compota y dulce. Luli limpiará el patio y dará de comer a Firulete, a Choper y a la gata. Los dos más pequeños, me ayudarán a pelar las papas y los zapallitos.

- ¿Y el abuelo qué hará?- preguntó Martina con un torpe pisotón en el piso que sonó como si quisiera matar hormigas.

- ¡Nada porque es muy viejito, tonta, re tonta!- dijo Luli. Además casi no ve nada, y se puede caer. Cada uno se fue a su dormitorio a terminar las tareas escolares.

Pasó un tiempo y ya no llegaba el dinero que mandaba su madre, porque el país donde vivía era muy caro. Esilda ya había cumplido dieciocho años y parecía una madre. Pero Griselda dejó la escuela y comenzó a buscar un trabajo fuera de casa. Primero quiso ser costurera y una vecina le dio varias prendas para que hilvanara. ¡No lo hizo bien y la señora se enojó! Luego fue al almacén de la otra cuadra, frente a la plaza. Rompió varios frascos de mermelada y el patrón se los cobró del sueldo, finalmente perdió dinero en lugar de traer algún billete.

El abuelo enfermó y la fiebre subió a tal punto que hubo que llevarlo a la sala donde lo atendieron dejándolo en cama internado. Luli, se tuvo que acompañar de Griselda un día y de Martina otro, hasta que el abuelo las dejó para ir a su lecho final. Fue un tiempo de luto. Pero pronto se repusieron.

Finalmente Griselda entró en la perfumería del barrio cercano. Era tan simpática que vendía bien, pero... inexperta, solía equivocarse en los precios. Y llegaba a la casa enojada y despotricando contra todo. ¡Hermana debes tener paciencia y poner más atención a lo que haces! Perderás el trabajo y necesitamos ese dinero.

¡Una mañana llegó una carta de la madre! Iba a regresar. La alegría se transformó en euforia. Limpiaron todo, cocinaron pasteles, hicieron dulce de peras, y pan casero.

Cuando la vieron en la puerta de la casa... no podían creer lo envejecida que estaba. Apenas caminaba derecha, su cuerpo se inclinaba de una pierna a la otra y uno de los chicos se echó a reír. - ¡Mamá, qué tienes!- ella atravesó la puerta y se desplomó en un sillón agotada. - ¡He trabajado tanto que perdí la buena salud que es un tesoro!- y cada uno de los chicos se acercó para abrazarla y la llenaron de besos. Así llegaba ese universo de experiencia que sólo dependía de Esilda.

Ver cómo habían crecido, lo guapos que estaban y bien educados, dejó boquiabierta a la madre. Nunca había imaginado que sus hijos eran un ejemplo de laboriosidad y educación.

Los hijos la miraban asombrados. Ella iba como un mago sacando de una valija unas hermosas prendas que había tejido para darles. Fue motivo de mucha jarana cuando vieron que las prendas tenían el tamaño de cuando su madre se había ido al extranjero. Ahora eran muchachos y chicas grandes, y cada uno había crecido y estaban heroicamente maduros para trabajar y estudiar.

Dejaron pasar unos días y la casa tomó el ritmo de siempre. Excepto Griselda que cambiaba de trabajo cada seis o siete meses, porque nunca se afincaba en una tarea.

-¡Eres muy veleta, hermana!- Algún día aprenderás... dijo la madre y la abrazó. Todos corrieron y con cariño encerraron entre lágrimas y besos a esa muchacha fresca que a cada momento cambiaba y hacía algo nuevo. 

 

NEYÉN DESDE EL LAGO

 

                        En las grandes crisis, el corazón se rompe o se curte. Honoré de Balzac

 

            Espera. Sigue caminando aunque te duelan los pies. Búscalo entre los árboles que rodean el lago. Allí estará ese duende o curandero que puede cambiarte la vida.         Huele el aire con sabor de pinos y setas. La tierra húmeda y cubierta de hojarasca tiene un perfume fuerte a oscuridad y misterio. Pero, no te detengas.

Si tú, miras hacia el monte verás la nieve. Ya es tiempo de nevadas largas, de frío que hiere la piel y destroza el cuerpo a la intemperie. Busca. Husmea. Encuentra.         Estará en algún lugar escondido, inerte o accidentado. La soledad te penetrará hasta los tuétanos, el sonido del viento entre las ramas será tu amigo, único y ferviente.

  Estará muy lejos o no, la cercanía será otra de las cosas que necesitas ver. ¡Tienes mucho frío! ¿Tal vez tienes hambre y tus tripas se doblan chiflando debajo de la pobre ropa que cubre tu pellejo? Mira, tal vez entonces puedes detenerte un poco y buscar unos huevos de algún ave que desprevenida dejó su nido con confianza. ¡La confianza! No es amiga de los animales. Si recuerdas, cuando tu Tata, te llevaba a cazar al bosque y un cervatillo se descuidaba y caía bajo la flecha o el tiro certero de su antigua escopeta.

La carne asada en una fogata inesperada, olía a hogar a familia a cercanía. Era puro amor. Te arropaba en la piel de un zorro de esos curiosos que solían allegarse a la casa. Pero ese tiempo pasó. Ya no hay ciervos. Ni conejos, ni maras, ni liebres. Es el ahora. La civilización, le dicen. ¡Y estás solo!

No es época de pesca en el lago. El frío invita a los peces a buscar el fondo a huir a otras zonas. El río, dicen, está contaminado. Neyén, despierta de ese sueño que te cierra los ojos. Está nevando. Y no tienes la posibilidad de hacer una buena hoguera. Sientes que tu corazón estalla, pero son tus pulmones los que suenan como las ramas de los matorrales y los pinos.

Muchacho es mejor que sigas tu ruta de búsqueda incesante. El Vilka debe estar en su rancho, haciendo la vida que hizo siempre. Si puedes, no te detengas. Él, tiene la magia para curar a tu madre. Tiene los yuyos y el remedio de embelezo que devolverá la luz a los ojos de ella.

Huele el viento. El aire te dirá dónde encontrar al hombre, viejo sabio y certero para las curaciones. Camina. La nieve va a cubrir tus pasos y te perderás en la manta alba de su gélida maldad sombría. Mira. Otea. Camina y no te detengas. Si llega la noche, la muerte espera como una serpiente enroscada en cada piedra o sendero.

Neyén te transformarás en roca, en piedra y tu corazón será un cristal rojo que lata como late la vida en cada pájaro que vuela sobre tu cabeza. Tus venas se esconden para no perderte. Tu mirada no se distrae en la invisible oscuridad del bosque. Allá, allá, está el humo azuloso que te envía el Vilka. Ya estás a unos pasos de su puerta, de su corazón que espera. Es un sabio que intuye tu presencia cercana. Ya llegas, unos metros más.

El Vilka, siente el ruido sedoso de unos pies que se detienen ante su puerta. Abre y encuentra al muchacho. Está exhausto, lo levanta y lo ingresa en el calor rojizo de un fuego que crepita con perfume de pino. Lo ayuda con un caldo caliente. Sabe que tienen que partir con urgencia de huracán de tormenta y la nieve les va marcando el dolor y la esperanza que duerme entre las orillas del lago.

¿Llegarán a tiempo? Sólo el murmullo que agita las ramas de los árboles, hablan. ¡Vamos, no hay mucho tiempo! Ahora dos corazones latiendo a un ritmo alocado persiguiendo la vida los empuja en el bosque.