jueves, 15 de octubre de 2026

HUÍDA

 

¿Dónde quedó mi árbol de hojas perfumadas?

Un arpa de nácar arrancando el eco de bosque mañanero

se perdió en mi montaña.

esa que hoy es jaula de barrotes de acero. Barrotes de besos.

En su vientre de piedra se cobijan mis sueños,

se desgranan latidos.

Mi lago de guijarros son el áspero soporte

de la piel de mis entrañas tan heridas.

Sonríen pasajeros los labios de madera

Aprietan mis senos. Alguien, sólo alguien.

Mis manos sangrantes se mueven lentamente buscando

una caricia. Pero

llega un frío de abandono con su largo capote helado y

el fuego huye con sus ojos milenarios

hasta la cumbre errante de la vieja montaña.

Está amaneciendo, hoy...

No tengo huída.

CALOR DEL ALMA

 

 

Ese fuego que alimenta la sonrisa

 

Se eleva desde el fondo de su alma

 

Regalando a la vida tanta calma

 

Como a otros le devuelve el tener prisa.

 

 

No hay calor más  fuerte que electriza

 

La mirada de un amante que no alcanza

 

A tener en el pecho una esperanza

 

Y los brazos y manos plenas de caricias.

 

 

Es por eso que yo creo que el amor nos eterniza

 

Y nos llena la vida de templanza

 

Para lograr que se llegue a la vejez amiga

 

 

Con el rumor de un fuego dulce y  alabanzas

 

Para que la noche oscura no desdiga

 

Que no se puede vivir sin calor dulce en el alma.

VESTIDA DE LUTO

  

DÉJAME BESAR UNA VEZ MÁS, TU DESTINO DORADO.

 

 

            Los ladridos se oían a la distancia. ¡Claro con cinco mastines que aullaban, era imposible no escucharles! Un automóvil salió raudamente por el enorme portón de rejas, que se cerró automáticamente tras él. Nadie puede decir quién lo manejaba. El sol desdibujaba en los cristales la figura del chofer.

            Pasado unos momentos, ni largos ni cortos, una patrulla llegó y trató de ingresar sin poder hacerlo. El sargento descendió y saltó por encima de los viejos hierros enmohecidos. Caminó despacio por el breve trecho del ingreso a la casona y con un arma en mano, fue dejando sus huellas en la grava. Los perros le saltaron con sus musculosas fauces, y sacando uno de los bastones del hall los dejó quietos y acobardados.

            El charco de sangre había invadido uno de los pisos más bellos que había visto el sargento Tulio Aberro. Un cuerpo yacía allí. Aun se podía oler el perfume ferroso de la sangre. Sacó el radio y pidió asistentes. ¡Esto es verdaderamente un asesinato! ¿Quién querría matarse en el día de los enamorados? ¡Bueno, motivos he escuchado por miles!

Los mastines se habían echado en un rincón y jadeaban. El sol despeñaba sus fulgores sobre los cristales de los anchos ventanales. No tocó nada porque el lugar estaba repleto de objetos rotos y el desorden implicaba una enorme riña.

            Escuchó el motor de la camioneta de la comisaría, distante, los rasguños de los neumáticos de la ambulancia y el motor grave de una camioneta donde venían los de investigaciones. Los perros se volvieron con furia contra los que fueron ingresando. Pero al mostrarles el bastón con las patas casi arrastrándose, volvieron a su rincón.

            Habían pasado dos horas. La sangre ya no era de color rojo brillante, se estaba coloreando bermellón oscuro. Y el jefe con guantes de látex, comenzó a revisar al occiso

            Era un masculino de alrededor de cuarenta años, de contextura fuerte, y tenía un gran golpe en el cráneo. Su ropa era simple, vestido como si estuviera por hacer algún tipo de trabajo artesanal. El poco cabello que tenía sangre, era de color entre cano y rubio. En la mano brillaba una sortija de oro y en la muñeca un reloj valioso.

            ¡No ha sido una tentativa de robo! Esto es un asesinato hecho con mucha ira. Por favor Aberro, ayúdeme a darlo vuelta para ver si tiene otras marcas o heridas. El sargento con esfuerzo lo volteó. De frente le pareció conocido. ¡Creyó haberlo visto por la zona hacía unos días!

            La especialista en dactiloscopia y ADN, tomó con sumo cuidado pequeños rastros del cuerpo y de algunos de los tristes objetos dispersos en el lugar. Un jardinero entró desorientado y los perros los rodearon sin agredirlo. Casi cae desmayado, cuando vio a su patrón en ese lugar y con el cráneo destrozado.

            Mi patrón es un buen hombre. Mi nombre es Gabino Estrada y trabajo hace siete años en esta casa. ¿Qué ha pasado? ¡Mi querido señor Octavio, quién pudo ser tan cruel?

            ¡Lo lamento, pero usted tendrá que acompañarnos! Y se acercó al joven que con sus ropas de trabajo iba dejando un rastro de tierra por el piso. Aseguró a los animales en un canil y luego siguió al sargento. Sus guantes de trabajo estaban sucios de barro y con un fuerte olor a desinfectante que había desparramado en los árboles y plantas. ¡Todo era muy confuso! En el vehículo de la policía, acercó su tarjeta de identidad a los que lo habían detenido. Por momentos sintió más dolor y pena que miedo, pero su cabeza daba vueltas pensando ¿Quién podía haber hecho ese desastre en la casa y con su patrón?

            Una larga charla con varios oficiales y lo despidieron, dándole la orden de no salir del predio ni de la zona. ¿Adónde iba a ir él? Su casa estaba en un espacio detrás de la leñera de la casona.

            Pronto hubo periodistas alrededor de la verja y él, tenía que contestar miles de preguntas que no conocía. Hasta había llegado un camión de un canal de televisión. Todos especulaban con esa muerte. Pero nadie sabía nada. Luego que intervino la gente de criminalística el juez de turno ordenó que fuera llevado al monumental mausoleo de los antepasados del hombre.

            La búsqueda de familiares fue imposible. No había pistas en la región y los documentos que se encontraron no señalaban descendientes. Los amigos y vecinos, lamentaban haber perdido a un buen hombre y excelente profesional. ¡Como arquitecto, era el mejor!

            El día de la ceremonia a la que concurrieron muchos conocidos y curiosos, vieron llegar un auto negro cuyos vidrios estaban oscurecidos y de donde bajó una figura de belleza única, vestida de luto, con gafas negras y una rosa roja en la mano, se acercó al lugar, dejó la flor y se retiró rápidamente. Tulio Aberro, le clavó los ojos y dio la orden, que la siguieran. Ella astuta, desapareció entre las calles arboladas del cementerio, pero... Gabino Estrada descubrió que era la mujer que hacía la limpieza y que por primera vez se presentaba como una dama de luto.

            Descubrieron que había hecho traspasar los bienes del dueño de la mansión y de los bancos a su nombre, pero tras de sí, había una historia de muchos hechos donde se la vio de luto en otros lugares del país. ¿Era una Viuda Negra?

LA COCINERA

 

            La pobreza amansó a los críos de la casona campesina. Eran once entre mujercitas y varones. Con ropas remendadas, zapatos rotos y usados que heredaban de los mayores se iban transformando en mozos que trabajaban a destajo en los campos vecinos y en la chacra, las mujeres mantenían vegetales y algunas aves y conejos para la olla. Siempre los fuegos encendidos para esas bocas hambrientas.

            Cuando Catalina, la mayor cumplió los doce años, su madre enfermó. El padre la llevó en la volanta al pueblo y un médico la revisó. Le diagnosticó la enfermedad que asolaba las casas humildes: tuberculosis. No había remedio. Duró unos meses y una mañana de domingo, las campanas del campo santo, sonaron a desgracia.

            Catalina, se transformó en la madre sustituta con doce años. Una noche de tormenta bajo el rugido de truenos y relámpagos, vio entrar a su padre, con terrible olor a ron, y la tomó por la fuerza. Ahora la hizo mujer con prepotencia de macho. Luego salió golpeando la puerta, blasfemando y al día siguiente lo encontraron en el cobertizo colgado de una viga del techo.

            La joven niña, llamó a un vecino para pedir ayuda. Éste la miró con extraña sagacidad y le hizo algunas preguntas sospechosas que ella evitó. Su hermana pequeña dos días después cumplió dos años y se acercaba a ella buscando el pecho materno. A los días vino un alguacil de la ciudad con el vecino a indagar sobre los sucesos  pero, Catalina, superó el interrogatorio. Su corazón destrozado, se aferraba al amor de sus muchachos.

            De vez en cuando venía una vecina para enseñarle alguna receta de cocina. Aprendió mucho de ella. Esta buena mujer al verla la primera vez, se sorprendió. ¡Catalina estaba embarazada!

            Nunca puso atención a su preñez, pero llegado el tiempo, la hizo llamar para que le ayudara a dar a luz, ella ya sabía como cuidar un recién nacido. Sus hermanos fueron sus maestros. Le puso como nombre Dulce, era una niña rubicunda, silenciosa que esperaba los pechos núbiles de su madre hermana. ¡Le llamaba la atención a Catalina, que tenía ojos rasgados y siempre la lengüita afuera de la boca, como si le sobrara! No sabía que su hija era especial. Una situación normal de ser hija de su propio padre.

            Fue pasando el tiempo y ya sus hermanos habían crecido y trabajaban la chacra y se asentaban por chacras cercanas para traer un salario que entregaban a su hermana y que ésta, diligente repartía justiciera entre todos. Dulce, la pequeña, tardó en caminar y hablaba y reía sin aprender demasiado, pero todos la amaban.

            Por pudor, Catalina nunca se confió a nadie, excepto a la amiga de su madre que le enseñó a cocinar como profesional. Por lo que un día, vino un caballero de la ciudad y la contrató para que trabajara en su bodegón. Allí, llegaba con una bicicleta que compraron con los ahorros los muchachos y bien temprano preparaba verduras, picaba carne de pollo, conejo y vacunos dándole a cada cliente el gusto en cada plato que preparaba. Se había corrido la voz. Venían de lugares un tanto lejanos y el lugar se hizo popular.

            Sus lentejas, con chorizos, costillitas menudas de puerco, verduras y sabor exquisito era un plato de día sábado. El arroz con pollo trozado y verduras olorosas, el de jueves y los ravioles rellenos de requesón y nueces con salsa de tomates maduros y albahaca en días domingos, era la predilección de los comensales.

            Un día necesitó traer a Dulce consigo, los niños, no tan niños ya, trabajaban en la cosecha de maíz y las muchachas en la chacra de espárragos. Por lo que la pequeña merodeaba entre las mesas del comedor. Entró un caballero trajeado con un enorme reloj de oro que atravesaba su barriga con una cadena gruesa. Se sentó, atusó sus bigotes y tomando la servilleta, la colocó sobre su pecho. Dulce se acercó y le dio una manito. Él, se asombró de ver a la niña. Llamó al dueño y le indagó si era su hija. ¡No!, dijo es de la cocinera. Llámela.

            Catalina se arremangó, enrolló el delantal sobre su delgado vientre y se acercó. Era la primera vez, que entraba al sitio donde se servían sus delicias. Rubicunda y asustada, se avecinó a la mesa. Allí, se quedó parada, muda y cabizbaja. ¿Qué necesita el señor? Soy el médico del Valle Angosto, y me sorprendió tu hermosa hija. ¿Cuándo la engendraste? ¿Qué edad tenías? ¿Quién y dónde está el padre? Una mirada de terror apretó también la garganta de la muchacha.

MIEDO O SILENCIO ELEGIDO

 

Un silencio pérfido predispone al miedo. Se revuelve en la rústica cava pétrea un gelatinoso cuerpo deforme. La soledad atrapa incluso al observador inadvertido que fisgonea en la oscuridad de la fosa. Emerge lentamente el cuerpo fantasmal de una mujer. Su larga cabellera negra tiene mágicos fulgores estelares.  Puebla de formas bellas el lugar.  Comienza una danza espectral sin música. La joven se contornea bajo el influjo de una  rítmica melodía que nace entre las rocas de estalactitas de sales minerales. Una ninfa... de las cuevas ha vuelto a la vida. Se ha desplazado entre el vapor y yace, junto a un enorme cardón en el límite del desierto. ¡La piel aterciopelada de un tenue color ambarino de los nativos inventa un rito de amor!

                   La insatisfacción de mi virilidad adormecida me aprieta el lugar donde aun está el hueco de mi perdida costilla primigenia. Existo como un hombre perpetuo. ¡Entonces  miro la piel y escarbo en  búsqueda de reflejos de un espíritu, de un alma inmortal de esa mujer!  Me acerco y trato de tocar su rostro, anguloso y mórbido como fruta madura, donde unos profundos ojos negrísimos me insinúan una lucha de ancestros transgresores. Es astuta, lo sé. Mi mano se alarga.  Se desplaza la imagen en el intento. No existe. Se diluye como blasfemia en  la nada.  Tiemblo al repetir mi acción y trémulas mis manos atrapan sólo una red de sonidos brillantes, innecesarios, inventados en mi propia soledad. Entonces escapo y el calor del sol me hace regresar a una pequeña sombra. Estoy junto a un antiguo árbol que semeja una catedral de filigrana de madera perfumada. En él, anidan aves ruidosas. Rodeado de malezas y de espinas, mi cuerpo se desploma. Miro mi perfil, en el polvo del camino,  apenas dibujado entre los matorrales. He caído en una trampa. La sed y el hambre estrangulan mi cuerpo herido por la necia actitud de los "otros".

                        Me estiro tratando de aferrarme a una fruta que pende de la rama de un  aguaribay. Me retracto. No es una fruta real, sólo existe en mi imaginación. Un keú grita con sonido  estridente y migra hacia el sur. ¿O es hacia el norte? Ya no importa el rumbo sino que oriente mi flaqueza hacia un territorio fértil. Una vega llena de frutales o  de maíz jugoso.                  Hurgo en mi repertorio  de vegetales ansiados. Un fruto de cardón, dulzón y tibio..., una patata de agua, humilde, que me devuelva la serenidad. Tal vez muera acá en medio del desierto, en medio del reflejo obsceno,  incendio estelar,  ojo de fuego. El  sol asesino.

                          ¡El Sol, dios generador de los padres atávicos! ¡Los atapamas, los tonocotés, los omaguacas, los capayanes...! Se está extinguiendo un hijo del desierto.  Nos estamos extinguiendo. Nuestra raza y leyendas. ¿Dónde están los dioses ancestrales... y dónde ese nuevo Dios de los cristianos?

                          Me voy perdiendo en una nube espesa. Ahí veo una " suy-i con puri " * y es la callosa mano atezada de mi madre. Esas manos que en el mortero de algarrobo molía diariamente el seco grano amarillo de la catedral celestial, verde espada que remonta la tierra agostada del secano en  aras rituales. La madre nutricia era, en la puna y el yermo de Sanagasta y Yacampis. ¡Pero el agua de las palmas se pierde entre los dedos en el polvo y se transforma en piedras! Comienzo a transitar por un laberinto de luces y de estrellas lejanas. No volveré a tocar a mi madre. Está muerta, igual que casi toda la tribu. Un extraño mal los atacó y no pudo el " brujo"  ahuyentar el maligno.

            Un tiempo infinito transcurre para que " Sima - Hoy-ri " ** vuelva a la realidad. La saeta de fuego ya palidece y comienza a tenderse como una sábana violeta el atardecer sobre las tolas y chañares, sobre los churquis y las queñoas. Las cigarras, los bumbules trepanadores y los millones de insectos ruidosos empiezan su ronda nocturna en busca de agua y frescor. Así se inicia su peregrinar hacia la quebrada. El frío avanza como un enemigo ansiado, sabe que con su camiseta de lana de vicuña, ahorrará calor del día solar. Sus "ursutas”,  son fuertes y aguantan hasta las espinas gruesas de algunos cactus y añaguas. Se yergue con dificultad y continú

            ¡Debo atravesar este páramo y buscar a los blancos! Los hombres buenos me ayudarán.- piensa.  Pero el cuerpo cada vez más pesado y las piernas más dolientes, impiden el esfuerzo.

            De pronto un ruido estridente atraviesa el cerebro del hombre. Se despierta en otro espacio... fisgonea en busca de señales  claras. ¿Dónde estoy...?- se pregunta.  Tiene el cuerpo desnudo entre las sábanas enroscadas  sobre las piernas musculosas y ahora sabe que está en un lugar  conocido. ¡Este calor... intruso y grimoso!- masculla enojado.

                    Mira con desesperación el reloj electrónico y descubre que está muerto.- ¡Tenía que ser hoy, justo hoy que tengo la entrevista con los periodistas de casi todos los medios!  Trata de desmadejar las colchas y  ropas para liberarse y corre a la ducha- . Se ha cortado nuevamente la corriente eléctrica. El pequeño pueblo es así. Las celosías esconden el verdadero clima de ese día. No hay ni un resquicio de frescor, no hay refrigeración, ni ventilador, por falta de mucha previsión y total desgano, reconoce rezongando. Se desenlaza, los músculos doloridos protestan y le estalla la cabeza. Se yergue, trata de llegar hasta la pequeña bañera. Abre el viejísimo grifo y una desinflada cinta de agua que agoniza, se desparrama hasta desaparecer. ¡Tampoco hay agua! Tiene ganas de gritar. Vuelve el sueño  en flashes alternados. Tendrá  que apurarse. Toma una toalla y la empapa con agua colonia y refriega el cuerpo sudado. El pelo está pegoteado y la piel, como si le hubiesen untado  mermelada. Se restriega el cabello y el rostro. Tiene la barba crecida.  Parece que  miles de insectos lo hubiesen aguijoneado. ¡Qué asco! Una camisa blanca... ¿dónde está mi camisa blanca? Busca entre la ropa desperdigada entre sus papeles y  fotografías.- ¡Ah... gracias a Dios...!- Se calza un viejo pantalón de lona y la camisa que resplandece en la semipenumbra del cuartucho. Unas zapatillas serán la  solución a los pies que le  duelen...- ¿Por qué me duelen tanto los pies?- piensa. Se mira y sus pies están llenos de pequeñas heridas y cortes.- ¡No puede ser si yo no he ido a ningún lugar desde hace días!- Regresan las imágenes del sueño. Sobre una mesa hachuelada están los instrumentos musicales indígenas.  Algunas quenas y caramillos hechos en huesos de guanacos y llamas,  unos restos de alfarería nativa. Los descubrimientos transformarán su nombre y su prestigio... ¡Qué maravilloso yacimiento arqueológico de la raza perdida! Sale del dormitorio y se siente extraño. Son tantos los reporteros que lo agobian. Los luces de cámaras y  videos con sus   impertinencias... Siente  deseos de huir. Se siente atrapado.

                           - ¿Es verdad que ha encontrado una ciudad perdida de la región apatama?- le dispara como un dardo una joven hermosísima. Tiene la cabellera recogida y le caen hilillos de sudor por el cuello perdiéndose  en  unos  pechos opulentos. Se distrae.

                            - ¿Acaso podrá explicar con su hallazgo el principio de la civilización incaica?- pregunta con una risita estúpida  otro reportero.  ¡Es verdaderamente insufrible la algarabía! Nadie presta atención; sólo están allí para tener algo para cobrarle a los periódicos importantes. Los medios pagan muy bien una noticia de temas científicos que pocos leen realmente.

                           - Perdón aún no puedo darles muchas respuestas concretas. He descubierto, sí, un importante pueblo precolombino en el desierto de... ( lo interrumpen para poder sacar fotos con mejores imágenes).- ¡ Señores gracias por venir... pero les prometo un detallado informe muy pronto! ¡Tal vez nunca!-  vuelve a considerar. Están desilusionados, lo miran con cierto desprecio. Los periodistas salen murmurando algunos improperios, pero no los escucha. En realidad no le importa. Intenta regresar a la habitación. Hace un poco tiempo que retornó la electricidad y ya hay agua en los escuálidos grifos; pero alguien lo detiene. La mujer que le  hacía preguntas en el salón lo ha seguido por el  pasillo. La mira. Su cuerpo y rostro lo  dejan  perplejo. Es casual pero una ilusoria imagen del sueño lo  golpea. ¿La mujer es una  quimera o  un  fantasma?

                            - Mañana acometeré una empresa difícil, si le interesa el tema de mis descubrimientos puede venir. No será sencillo y tiene millones de inconvenientes. ¡Es su decisión, salimos con mis ayudantes a las cuatro de la mañana! ¡Adiós!- dice y la deja sin hablar.

EL HOMBRE DE MARRÓN

  

Creo que corría el año cincuenta y seis o cincuenta y siete, yo era una niña de alrededor siete u ocho años. En casa se respiraban unos aromas extraños, con silencios sospechosos y miradas sutiles. Mis hermanos y yo, parecíamos extraterrestres. Nadie nos decía qué sucedía.

Mis padres escuchaban encerrados una radio y luego se sentaban y rezaban juntos. ¡Algo estaba pasando, pero los pequeños no participábamos de los hechos!

Mi casa era un tanto grande, con varios dormitorios y el comedor separado del estar. Nuestra zona escolar tenía un espacio para cada uno según el estudio que transitara y así, ninguno se tenía que tropezar con el hermano. Así mamá y papá controlaban nuestras tareas y para que no discutiéramos por algún elemento escolar que se perdía. Pero en esos días el clima familiar era muy misterioso.

Se dio licencia a la secretaria de papá y a la ayuda de mamá en los quehaceres domésticos. ¡No era la época en que había vacaciones! Igual, nos arreglamos bastante bien porque todos en casa colaborábamos cunado no había personal de ayuda. Yo, por ser mujer debía ayudar el doble que mis hermanos. ¡Gracias a Dios hoy no es así y los varones tienen que compartir las tareas por igual, ya que la mujer trabaja fuera de la casa de la misma manera que los hombres! A veces tenemos más exigencias que ellos.

Una tarde, papá la llamó a mamá y le pidió que nos arreglara que venía una persona a cenar y probablemente (después nos enteramos) se quedaría unos días a vivir entre nosotros.

Nos hicieron bañar y lavar el cabello. Mis hermanos perezosos trataban de evitar esa rutina diaria y dejaban a veces un par de días sin la necesaria higiene impuesta por mis padres. Me pusieron un vestido que usaba los domingos para ir a misa y luego a la casa de mis abuelos a almorzar. Cosa que me extrañó. Igualmente mis hermanos usaron ropas domingueras. Mamá había cocinado unos pollos al horno con guarnición de verduras y una entrada de tomates rellenos, sopa de zapallo y de postre un flan de dulce de leche. ¿En día de semana? Era bien extraño y mis hermanos estaban felices… de cualquier manera, algo misterioso sucedía.

A la hora de la cena, papá salió del escritorio acompañado. Lo invitó a ingresar al comedor principal. Y allí parado conocí a un hombre pequeño de tamaño vestido con un traje marrón, un poncho de vicuña color canela y zapatos lustrados de cuero negro. Usaba un sombrero de fieltro marrón tipo chambergo, que se sacó y sostuvo en las manos nerviosamente hasta que todos nosotros lo saludamos. Su piel cetrina y una incipiente calvicie, me hizo recordar una foto que había visto hacía unas semanas en el periódico, que religiosamente leía mi papá y que nosotros hacíamos fila para recortar los temas útiles para la escuela.

¡Yo lo había visto antes! Y sí, era un sufrido político enemistado con el gobierno de turno al que luego supe, habían torturado un grupo de “malvados” en un galpón olvidado de la capital de mi país. De grande supe que parte de la tortura había sido tan cruel, que cercenaros sus testículos entre otras salvajadas que le propinaron. Papá que era muy cristiano lo había protegido a pesar de que podían descubrirlo y tomarse una violenta venganza con él, pero papá y mamá, con caridad lo escondieron unos días hasta que pudiera salir a Chile por el paso cordillerano. Por razones obvias no voy a decir su nombre.

Era muy callado, su garganta estaba muy lastimada y vi sus manos arrugadas y con serias cicatrices. Luego mamá nos dijo que se las habían quemado. Habló de algo llamado “picana eléctrica” que dolorosamente después supe que era muy usada por mafiosos y hampones. Y a veces por policías inescrupulosos. ¡Dios los perdone!

Cuando cierro los ojos me parece ver a ese hombrecito de triste mirada, pelo ralo y manos tortuosas, mirando con cierto desafío a las sombras. ¡Cuánto habrá sufrido! Hoy ya mayor, pienso que la presencia en mi casa fue un ejemplo de mi familia por defender la justicia. El amor a los desposeídos y perseguidos injustamente.

Suelo soñar con su figura, allí parado junto a un bello cuadro laqueado que había hecho en su tierna juventud mi madre. Sombrero que seguramente usaba de escusa para no mostrar el temblor del miedo, del horror y la tristeza.

martes, 13 de octubre de 2026

HUÉRFANO

 

                 Amancio Urtubia, había nacido entre los surcos de la viña. Su piel solo tenía el dolor del sudor agrio del sol siestero. Se crió guacho y pobre....

Un día lo encontró a Zahir Músase, un vendedor de fantasías, chucherías, pócimas, y mil objetos llamativos. Se aquerenció en su caserón grisáceo, maloliente y sucio. Fregó paredes, pisos y un fogón tiznado, limpió vidrios y puertas. Amancio había quedado afuera. Zahir sólo impuso eso. Amancio en una piecita en la parte de atrás...y la letrina cerca. Nunca a la escuela, pero sí a trabajar la chacra con sus añitos, a estrenar coraje de agua helada en invierno; en esa palangana podía higienizarse; a bañarse en el tanque de cemento. La finca vecina del Tito, en los días calientes de enero y febrero eran su refugio.

                  Trabajo de sobra siempre. Aprendió a podar, a aporcar y entendió bien a hacer los injertos de toda clase de plantas. Los vecinos lo buscaban para que los hiciera en los durazneros, perales, ciruelos y las señoras en los rosales....todos le daban algo. Un pantalón casi nuevo, unas zapatillas o una chaqueta de lana. Sólo, muy solito se fue haciendo grande. Una tarde, casi a la oración, don Zahir lo llamó asustado...Vení Amancio...la Dorotea....no se ve bien. La pobre está muy débil. He llamado la ambulancia que no llega nunca y se escuchó la sirena. Entró un médico acompañado de un enfermero y don Zahir, lo acercó a una pieza del rancho de al lado.

                 La mujer tiritaba, la fiebre se había comido sus fuerzas. El chico entró por primera vez en esa habitación que en penumbra atrapaban el rostro cetrino de una mujer que aparentaba ciento de años. Las manos artríticas se aferraban a una foto pequeñita que de puro tocarla estaba desdibujada.

                  Amancio, la Dorotea es tu madre. Las palabras estallaron como trompadas dadas por un boxeador en su alma. ¿Cómo, cómo pudo esconderme esa verdad? Miró al viejo y de no ser por los dolorosos silbidos que salían entrecortados de los labios secos de la enferma, le hubiera dado un golpe tan fuerte como su cuerpo esmirriado le permitía. Helado, seco, mudo. Así se quedó el ya casi hombre. Amancio.

                 El médico expresó que debían internarla, que estaba muy delicada y que iría a terapia. El hospital, estaba a unos dos kilómetros y la metieron en una camilla y salieron echando humo por el camino hacia el nosocomio. Zahir, estaba perplejo. Amancio furioso. Allá se enfrascó en conocer ese espacio frío de las salas donde se esperaba una palabra de los médicos. Se arrebujó en un banco duro y solitario, don Zahir se fue a la finca y lo dejó solo. Al amanecer se acercó una joven que con discreta dulzura le dijo que su madre había muerto. Todavía vibra en las paredes del lugar el grito de dolor de Amancio, un chico que nació entre los surcos de las viñas y apenas pudo besar las manos ajadas de su madre.