jueves, 29 de octubre de 2026

OTRO CAMPEÓN OLVIDADO


Las piedras gimotean en la orilla y se enredan en las algas que verdean el agua.

El río se encrespaba como adolescente enojado. La pequeña barca, parecía una caja de fósforos de papel encerado que se arremolinaba en las olas y salpicaba el robusto cuerpo rústico de Policarpo. Su piel morena, asediada por el sol dejaba deslizar gotas lánguidas de sudor con cada movimiento de los remos. Sus ojos azabaches, parecían querer escarbar las profundidades del río, donde los "dorados" se escabullían entre los camalotes y las piedras. Algún surubí picaba. ¡Suerte del pescador isleño del la región escondida de los ríos bravos!

¡Unas garzas nevadas lo observaban desde sus negras patas flacas, que aferraban pequeños pececillos para alimentar a sus pichones! Unos enormes loros cruzaban arrebolando el aire de colores infinitos. El agua se iba apaciguando lentamente al acercarse a los remansos. Picó un pacú y un armadillo. ¡Buena pesca, se dijo el Policarpo!

Día de suerte para los hombres rudos de los montes. Remó cerca de una zona de aguas claras. Las piedras brillaban con la luz nerviosa del sol del medio día. Y entre los camalotes unas flores de nácar emergían soberbias como diosas paganas. ¡Así es el río!

Dejó los remos quietos y prendió su tabaco negro, para darse un momento de paz y de sosiego. Su " mujer lo esperaba con las manos resecas de lavar entre las piedras del Arroyo Chico. Su "guaina y su cunumí", el tesoro que le regaló la vida cuando dejó a su madre en el rancho viejo.

Comenzó a remar y sostuvo el sedal y las trampas para los pequeños caimanes que pudieran prenderse a los trozos de carne podrida que tanto les atraían a los pichones de los caimanes. Recogió dos y con su machete les cortó la cabeza. Tenía comida para varios días. Cantando un "chamamé" fue río abajo orillando para que su rancho quedara a la vista. Y allí, estaba su mujer esperándolo con los niños colgados de sus brazos fuertes.

Acercó la barca y soltó la soga, ella la captó en el aire y la enroscó un tronco que retuvo el pequeño móvil de madera y chapa que soportaba el cuerpo del pescador y su carga.

Los perros ladraban con alegría, olían a pescado y carne. Un abrazo emparejó a ambos y junto a los niños que jugaban sin miedo. ¡Tatita qué trajo? Y orgulloso el hombre mostró su pesca.

Comenzaba a bajar el sol y en el remanso se oían los gritos de los pequeños simios que merodeaban el rancho. La mujer encendió la lámpara de kerosén y prendió un fuego bajo la olla de hierro tiznada de tantos fogones. Él, limpió los cuerpos mustios de os yacaré- caimanes. ¡Carne blanca y suave! Y sobre una mesa de madera de quebracho rojo, se fue colando en trozos un regalo que les daba el río.

 

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