lunes, 2 de noviembre de 2026

LA PISADA

 

Quiso tatuarse la pisada que quedó grabada en los lienzos  del lecho. No pudo. El sudor le corría por la piel e iba borrando la tinta. Su mano apretaba la aguja de oro con la que sostenía su túnica y servía, mojándola, en un jugo de limón con carbón en polvo, para herir meticuloso la piel del pecho. Ella había huido de entre sus brazos. Volvió a mirar la puerta por donde ella había desaparecido. La quiso abrir. No pudo.

Olfateó el fuerte olor a humo y cenizas. El volcán bramaba y desparramaba su lava sobre las viviendas, las villas y los mercados. Corría un río de fuego por las calles. Todo fue tapándose y en silencio quedó en el tiempo.

Pasaron siglos hasta que los arqueólogos pudieron llegar hasta ese hogar de la villa antigua. Antaño, era un espacio intocable. Cuando con nuevas tecnologías absorbieron todas las cenizas y escombros, en el mármol de una habitación encontraron el cuerpo de un hombre, hecho piedra, con las manos atrapando un alfiler de oro y una extraña pisada marcada sobre la loza de la que fuera un lecho de amantes olvidados.

Esa Mujer... que pinta nuestra tierra


 

Mujer nacida con alas en las manos

con estocadas de pinceles que derraman flores

sobre el lienzo de la vida

militante del color         de los matices

calla su voz humana en cada tela

para gritar otoños frutados y feraces

 

Vendimias de frutos y mujeres

hombres que desplazan los muros infranqueables

de un destino de tierra prometida

viejos galpones tórridos de vino tinto que se mezclan

con naipes y guitarras

gallos de riña que eternizan la pelea del hombre de campo

y sus desdichas.

 

Hoy nos

permite penetrar en su mundo de sueño

donde duerme             la niña de la infancia

la mujer enamorada de la vida

y la belleza

su trajinar la tela en blanco

 asegura el suspiro

el cansancio que llega con el ocre de la tarde

el amor de lo posible

por eso          sólo por eso

esperamos el milagro

cayendo de un lienzo pálido de envidia por

tanta loca belleza y

un portal mendocino vendimiero

el otoño de nuestros callejones de oropeles y

vino recién hecho -  mosto - sangre

de los vendimiadores

que acarrean sueños perfumado a moscatel y lirios.

La tinta de su pluma es una voz castaña

ojiva de una enorme montaña trasnochada

en cielo de sonrisa

música elemental de los andinos.

 

Homenaje a la pintora mendocina "PIPINA REFOSCO" 

GOLPE A GOLPE SE ACERCÓ LA MUERTE

             Despertó por el fuerte olor a desinfectante que le hizo llorisquear. Tenía frío y le dolía todo. Las manos atadas a un barral de la cama le impidieron moverse. Tiritaba. Lloró o creyó llorar, porque ya no tenía lágrimas.

            Se casó enamorada. Ella con veinte años y él con treinta y dos, eran la pareja preciosa. En verdad nunca su familia fue muy cariñosa y ese hombre la amaba. Después de llevarla a Cañadón de Abajo la cuidó tanto que no la dejaba salir de casa ni hablar con nadie. Le creció el cabello, tanto que caía en cascada sobre la espalda donde comenzaron a dibujarse rayas. El rebenque era de cuero crudo y cada vez que Amanda levantaba la vista o le hablaba antes que él lo permitiera, llegaba el golpe.

            Nació Rafael, a los meses nació Consuelo, perdió por una caída (provocada sin querer por Félix), pero era mujer no importaba. Al año nació Moisés, vino luego Isaías y Rosarito fue inevitable que naciera, a pesar de ser hembrita. Serviría para ayudar en la vejez y servir al padre.

            Un día vinieron los padres de Amanda y no la reconocieron. Ella estaba hinchada, con hematomas en la cara, los brazos y el cuello que cubría con un rebozo para que no se molestara Félix. ¡No le gusta verme llorar y ver mis moretones! ¡Es que tengo la mala costumbre de hacer corriendo las tareas, me caigo y me golpeo con los muebles! Félix me ama, me cuida tanto, no quiere que nadie se me acerque para evitar que me perjudiquen porque en el pueblo son muy… muy malos. Nos envidian. La hacienda, los animales, la casa, los niños.

El abuelo materno quiso acariciar a los niños que escaparon cubriéndose el rostro y el cuerpo. ¡Son torpes como yo! Se disculpó Amanda. Los padres prácticamente huyeron de ese infierno y buscaron a Don Nicanor Fuentes Amaya, el juez. Éste buscó la ley y no encontró un artículo que pudiera usar para echarlo al oscuro solar de los “mandingas y satanases”, como él.

            Una mañana que cumplía los seis meses de embarazo de mellizos, Félix llegó y la encontró dormida, la cocina estaba fría y la ropa sin lavar. Los niños escondidos bajo la cama sabían que se venía una hecatombe.

            La arrancó del lecho, la pateó y golpeó hasta que perdió el conocimiento y vomitó.  Irrumpieron y entraron  Zinaida y Francisco, sus vecinos y con ellos la policía. La llevaron al hospital. Él fue a dar excusas al señor Juez y ella, herida miró como sus hermoso mellizos flotaban en sendos frascos de vidrio junto a la cama de hospital. Al anochecer llegaron sus padres, recogieron lo que quedaba de Amanda y los niños partiendo al hogar en la ciudad.

            Llevaron los angelitos a un cementerio y los guardaron de los golpes de un hombre que “Amaba mucho a su mujer”.

A él nadie pudo hacerle nada porque la Ley no sabe que el Amor de esposo y padre puede transformarse en un infierno. Amanda ahora, con otro nombre  en una ciudad diferente y lejana, se esconde de una muerte segura.

 

 

NIEVE DOLOROSA

             Dos teléfonos sonaban marcando una melodía poliforme sin ritmo ni sentido. Sonaron de día, de mañana, de tarde, al oscurecer y a la madrugada. Nadie respondió.

Afuera comenzó a nevar. Se hizo silencio al tercer día. Un silencio que desparramó su desgarro con tenacidad de gelatina caliente. No, era una mezcla de aceite y grasa de cerdo hirviente la soledad silente que envolvía el lugar.

La nieve tapó la calle, la casa, la vida. Tapó el silencio que cercó la sala. Nadie entraba ni salía de la vivienda. Pasó el frío y comenzó a derretirse el hielo transformando en barro sucio y resbaladizo.

El hedor y la aparición de moscas de diversas especies, lanzó un llamado de atención al único vecino que habitaba en la cercanía. A golpes derribó la puerta el sargento Andrés Regules y el bombero Hilario Cruz, entró tapándose la boca y la nariz. Sobre un colchón viejo, yacía un cadáver apenas reconocible por el estado de descomposición. Entre sus fémures negruzcos, aún en su bolsa y demoledoramente indefenso hallaron un nonato.

Ingresó un joven como enajenado gritando: ¡Daniela, amor mío! Cayó de rodillas sobre la sangre seca y lloró.

Repite y repite que la nieve lo detuvo en una ciudad en el sur, desde donde no pudo regresar a tiempo y que su mujer no atendió nunca los teléfonos. Creyó que había regresado a su país natal.

La investigación continúa, algo no conforma al sargento Regules. Tal vez el entomólogo pueda darle una pista, ya que junto a la puerta había huellas de pisadas que tenían las marcas de un calzado que no se usaba en esa región y que casualmente era igual al del doliente esposo.

 

 

UNA MONJA EN GRAVES APUROS

 

            Sor María de la Concepción nació como Didier en una familia agnóstica de Suecia. Su hogar la hizo mamar un odio visceral contra todo lo que fuera religión. El padre médico siquiatra negó toda existencia de Dios, la madre artista de teatro, superada y tragicómica, padeció de una personalidad individualista  y bastante histérica. Tenía varias obsesiones y consumía toneladas de barbitúricos.

            Como Didier  molestaba, fue cuidada por una excelente mujer de campo, muy religiosa y esmerada. Y…dio una esmerada educación a Didier, que nunca fue supervisada por sus padres. Así al cumplir los dieciocho años, ingresó en el convento de las monjas de la Caridad Del sagrado Corazón de Jesús y se la nombró Sor María de la Concepción. Los padres casi mueren en el intento de impedir el despropósito, según ellos, de una hija “religiosa”.

            Luego de profesar marchó a un ignoto poblado de Asia donde como monja de la Caridad trabajó incansable como enfermera, albañil, cocinera y mediadora con la comunidad tribal, agresiva, esquiva y guerrera.

Pasó cinco años entre cuatro monjitas ancianas y un sacerdote que apenas podía caminar, oficiar misa y hablar sobre los Evangelios. Ella era el sostén de la pequeña comunidad religiosa. Un día bajó de las montañas un grupo de forajidos que incendiaron el dispensario, mataron a los ancianos y a ella la arrastraron por el lodo hasta exponerla a la más inmunda de las penas. La violaron entre ocho a diez hombres.

            Ya estaba desmayada y moribunda cuando una valiente mujer la cubrió con su cuerpo diciendo que estaba muerta. La escondieron entre varias indígenas y lucharon para curarla. Las heridas eran de todo tipo. Al poco tiempo cuando se estaba reponiendo, la nativa salvadora, le anunció con inocente alegría que estaba embarazada.

            Sor María de la Concepción estaba en un grave apuro. ¿Qué podía hacer? ¿Tener al niño o abortarlo? ¡Es imposible! Su vida era un verdadero averno. Nació un varón bellísimo con ojos de color agua y tez oscura como la de los habitantes del lugar. Nunca se dijo que Pantera Celestial o Jesús o Klenyo Umi, era hijo de una monja católica.

            Ahora en su nuevo destino, un pequeño pueblo de Europa, ella cuida niños huérfanos de guerra, mientras sus antiguas salvadoras crían a su precioso “Secreto”, del que tiene permanente noticias.

YAZNA

 

Llegó con una carreta de parvas de pasto, parecía un pájaro escondido. Su frente despejada apenas sudaba con el sol que caliente, despertaba en la piel enrojecida lágrimas saladas de sudor. Saltó del carro, se acomodó la ropa. Su ropa desgastada y grande, le daba el toque de fantoche que los ojos sedientos de granujas, buscaban para reír de alguien. Ella era ahora la elegida. Sus botines viejos y su mirada triste, dejó perplejo al carretero, que levantando la mano gritó: ¡Adiós pequeña Yazda, que tengas suerte!

Caminó asombrada. Era una sobreviviente de la tierra árida y dormida. Su suerte estuvo echada el día que se murió el último animal en la granja. Faltaba la pastura y el agua. Y su viejo abuelo, le rogó que fuera en busca de ayuda al pueblo. Allí, detuvo la mirada en los enormes carteles de las tiendas. Buscó entre sus bolsillos el papel que le diera el anciano y caminó un trecho. Vio el dibujo que le había hecho el anciano. ¡Es aquí, dijo! Y se encaminó a una escalera de madera que roncaba como un fuelle con cada pisada de la niña.

Yazda no sabe leer. Nunca pisó una escuela. Como mujer le estaba vedado ir a los lugares donde se aprendían las palabras de ese idioma de arabescos y puntos que usaban los hombres. Ingresó en un pequeño habitáculo oloroso a sopa de guisantes y col. Apareció un hombre de larga barba negra que la miró asombrado. ¿Cuántos años tienes? ¿Por qué no usas velo?

Yazna, asustada se tocó la cabeza. Rápida como un gato se subió un chal y se cubrió sin pausa. Tengo trece años y vivo con mi abuelo. El hombre gruñó. ¿De donde vienes? ¿De quién eres nieta? Mi abuelo se llama Walazy Al Mahmud y vivo lejos. Murió el último animal en el campo, no hay agua y él, me pidió que le entregue esto.

Le entregó un atado, hecho con una seda desteñida y vieja. Eso quiere que usted o quien sea, le busque una solución a sus problemas. ¿Y usted puede ayudarle? Acaso sabe lo que está pasando allá arriba en las montañas. ¡Siéntate allí y cierra esa bocota! Niña tonta. Llamaré al jefe.

Un hombre de barba blanca y encorvado, entró sin mirarla. Se acomodó en una silla y con la cola de un camello se echaba aire. Abrió lentamente el bulto. Un pequeño libro apareció en su interior. ¡Ajá! Veamos. Leía con una especie de cristal engrosado que agrandaba su ojo. Parecía un monstruo de los cuentos que de niña le relataba el abuelo. ¡Bueno, espera acá! El anciano ingresó a un salón alejado, arrastraba sus piernas y su ánimo. Cerró una puerta y se hizo un silencio que le pareció eterno a Yazna.

Mientras esperaba, miró ávida todas las imágenes que había en las paredes. Muchas estaban escritas con las letras que ella no sabía interpretar; otras eran antiguas fotos o láminas con caras de hombres barbudos, siempre mirando con profunda oscuridad. ¿Serían los famosos jefes tribales de los que relataba su abuelo? Sintió ruidos de pisadas y arrastrarse un par de sandalias. Se abrió la puerta y apareció el anciano con un hombre joven que traía un bulto.

¡Niña, ven, acércate! Llévale esto a tu abuelo. Cuida que no se te caiga o pierda. No se lo entregues a nadie. Y recuerda, ya no eres pequeña y tienes que cubrirte el cabello, como corresponde. Dio la media vuelta y desapareció en otra oficina.

Yazna, se acomodó bien el chal y salió despacio. El bulto pesaba y ella estaba muy débil por la poca comida que había tomado esos meses. Buscó con la mirada si estaba el carrero que la trajo. A lo lejos vio el burro y la carreta sin pasto. Ahora tenía varios barriles con algún líquido. Caminó entre la risotada de unos muchachones que no hacían nada. Solo estaban ahí, como unos torpes muñecos de feria.

Se acercó al hombre que la había traído. ¿Puede llevarme a mi casa? Mi abuelo me espera. El sol parecía una hoguera en el mediodía. Sentía sed. Hambre y sueño, pero quería regresar pronto. ¿Cuánto me pagarás? Le dijo el hombre... ¡Ah, eso lo arregla con mi anciano abuelo! Ven a buscarme más tarde, como a la hora en que comienza a bajar el sol.

Yazna, se quedó sentada junto a la mula sobre un tronco de palmera. Esperaré acá. Y se quedó dormida abrazada al bulto que le diera el otro hombre en la oficina. Despertó cuando ya bajaba el sol. El carretero estaba arreglando los aperos de su mula. Ella, se dio cuenta que le faltaba el bulto. ¿Qué pasó cono lo que traía de allí? Señaló la oficina. ¡No se, ni idea, si tu no cuidas tus cosas, te duermes...! ¿Qué puedo saber yo?

La niña lloraba. ¿Ahora qué voy a hacer? El hombre la miró con picardía... ven que yo lo alcé y lo guardé junto a mis barricas. Ella, se limpió la cara y saltó al pescante.

El camino de regreso se hizo corto, la figura de su anciano abuelo se recortaba en el poniente. La esperaba ansioso y cuando llegó, la abrazó con afecto. ¿Estás bien mi niña? ¿Te trataron bien, qué traes? El conductor de la carreta le entregó el bulto. ¡Eh, el viaje sale... tres monedas de cobre! Cayeron las monedas en manos del cochero. Y te doy dos más por cuidarme a la nieta.

Entró apurado con el bulto. Yazna detrás lo seguía llena de curiosidad. Acá está el valor de la venta de esta tierra. Sólo he dejado la casa para ti y un terreno para cuando llueva y puedas tener una majada de ovejas y cabras. La pequeña lo abrazó y besó sus manos, que se agitaban en el aire.

Al día siguiente... comenzó a llover.

jueves, 29 de octubre de 2026

JERÓNIMA

 

 

Los pies ampollados le sangraban. El sol había dejado la piel llena de surcos profundos. Cuando se acercaba a un caserío, escondía su rostro detrás de una pañoleta de algodón, ya sucia y deshilachada. Había caminado muchas jornadas desde su campo hasta intentar llegar a la otra orilla de la tierra de sus ancestros. Al comenzar arrastraba un pequeño bulto con algunos recuerdos y ropa. Ahora sólo lo indispensable.

Vio una columna de humo y se refugió tras unos matorrales. Le aterraba ser tomada por los pobladores que desechaban a gente como ella. Unos canes, se acercaron mostrando unos enormes colmillos, pero ella sabía como deshacerse de ellos.

Su abuela le había enseñado muchas cosas, en especial a defenderse. Se acurrucó en el hueco de un enorme guayacán. Desparramó su orín y los animales huyeron. Luego se apoyó somnolienta en una rama caída. Allí, tomó un sorbo de agua y mordió una fruta silvestre. El jugo amargo le dolió en la boca. Tenía llagas. No tenía lágrimas, ni sueños.

Era una isla en ese territorio hostil. Pero sintió tras de sí, la voz amable de una morena, que traía sobre su cabeza una cesta con ropa lavada. Se acercó y le ofreció una sonrisa.

Jerónima, recibió en esos ojos oscuros el brillo de la caridad. Y tomó de la mano trémula un trozo de pan tibio. Lo mordió despacio, lo saboreó con placidez y cerró los párpados para soñar unos instantes.

La mujer, le habló con la calma de las almas buenas. ¡Ven, te daré albergue por una noche! Luego te irás, seguirás tu camino como todas. La siguió hasta una casucha humilde pero aseada y fresca. Le puso un cubo de agua fría con el que calmó el ardor de sus heridas. Y las del alma. Se quedó dormida sobre un colchón de paja limpia. Soñó.

Al amanecer, la morena la despertó con una taza de caldo y pan. Vete ya, que llegarás al medio día. Jerónima, comprendió que por ahí habían pasado muchos desheredados.

Dejó lo único que tenía; su collar de cuentas verdes. Y comenzó a caminar rumbo a su destino incierto. El país vecino.

A UN POETA


 

¿Dónde está esa carretilla que repartía la tierra?

Que se llenaba de flores y poemas.

Es obra solidaria quien ama su suelo añejo.

Una vez ya separada la poesía del hombre en un breviario de sueños,

desilusiones y penas, encuentra.

Usted me eligió compañera de sueños

yo lo acompañé con muy poca experiencia.

Caminamos juntos, codo a codo en las calles,

en la niebla de oficinas ignotas,

no hubo grandes alegrías, recontamos las tristezas.

Usted con su amor a la tierra.

yo con lo mío; soñando como niña en primavera.

Mis manos con pequeñas espinas,

sus manos, con un canasto de poemas, repleto.

 

Un día nos cruzamos, azar que nos dio la vida.

Éramos tan diferentes, como el sol y la luna en invierno.

Mujer, yo, austera y triste; llena de sueños.

Usted un creador, empecinado en dejar huellas,

empujando un carro, henchido de bellas promesas.

Hoy lo veo distante. ¿En qué espacio lo encuentro?

Tendrá la mirada inquieta, irá con una tristeza a cuestas.

Nada puedo ofrendarle en su inquietud de poeta.

Soy de ese mundo que no se anima a ir al ruedo.

Pero estamos mano a mano.

Se adelantó en el tiempo,

seguiré su huella.

Su palabra se hace susurro, en las tinieblas.

Voy aclamando, que hemos conocido la verdad de la belleza.

AZULES MIS MANOS

 

Azules.

Azules mis manos

Un camino azul sobre mi lecho.

Nostalgias y sueños.

Mi alma se pierde en un azul de incienso

Mi amor, que perdido, busca el reencuentro.

Mi memoria encuentra mil azules

Sueños y esperanzas

Añiles y dulces.

Dudas y distancia

Aguarda la esperanza que tiñe de rojo

Sin ver lo que toca.

Inquieta la tregua que me deja sola,

En el umbral de los recuerdos

Quedará enredado el añil sufrido,

El color perdido

La fiesta postergada por ausencias

De los que amasamos el pan de la alegría

O acaso olvidamos

Pisar las uvas del buen vino.

El azul envuelve los manteles

Que llenan las mesas de los que marcharon

Buscando un camino lejos de la patria.

Azules infinitos

Azules al viento

Azul de esperanza

Por los que han vuelto.

 

EL ANILLO

 

Me paró en la calle como para decirme algo. Yo venía con los brazos llenos de libros que creía me ayudarían en este tiempo de soledad. Era baja, llena de arrugas y con una sonrisa desdentada que le daba ese aire casi místico de bondad. Vestía un enorme blusón azul violeta, que le cubría hasta las rodillas. Su calzado era un par de tiras de cuero desgastadas. El cabello trenzado de plateado gris. Los ojos, esos ojos penetraron en mi memoria. De algún lado yo la conocía. Pero me asustó darme cuenta el paso de los años que eran para ambas.

Me pidió un minuto. Quería hablar con alguien que no la maltratara. Yo asentí. Me detuve y la hice sentar en un banco de la orilla de la avenida, bajo un árbol que destilaba flores lilas. Apoyó una bolsa llena de cosas inútiles. Tal vez era su única riqueza. ¡Usted no se acuerda de mí, dijo! Tenía diez o doce años, cuando fue a mi casa con su abuela. Me llamo Adela y fui muy amiga de esa maravillosa mujer que conocía el mundo como nadie. Su mamá no quería que me viera, porque había una historia secreta entre ambas, en la que ella no podía ingresar. Dirá que estoy loca, vieja y en la más triste de las pobrezas. Pero no. Soy feliz, tengo acá... y señaló la bolsa; todo lo necesario y quiero.

Perdón, le dije, pero no recuerdo haber ido a su casa con mi abuela. Pero la escucho. ¿Qué me quiere contar? Acaso con su plática recuerde algo de mi niñez que se ha perdido en mi memoria.

Vestías un primoroso vestidito de piqué rosado. Tu abuela bordaba como un ángel. En el cabello unos moños de seda que se deshacían a cada rato y ella los arreglaba con cariño. En ese tiempo, ya tu abuela tenía un problema de huesos. Era de más edad que yo y ella, lo sentía. ¡Había trabajado mucho desde niña! Esa mañana hablamos mucho. Me contó cuánto extrañaba a tu abuelo. Según ella, el hombre más hermoso y bueno de la tierra. Yo sabía que no era así, pero no le dije nada. Es importante sostener la fe y la felicidad de los que no quieren ver la realidad.

Tu abuelo era mi amante. Él, que vivía viajando por todo el territorio, tenía un amor en cada pueblo, en cada aldea, en cada lugar donde habitara una mujer hermosa. Nunca le dije nada. ¡Ella era una soñadora! Y yo no le quería arrancar el corazón.

Comencé a sentirme incómoda. Yo no había conocido a mi abuelo, pero no era esa la forma maravillosa de hacerlo. Le pedí disculpas, le argüí, que tenía que ir a retirar los niños de la escuela y se hacía tarde. Pero me tomó con fuerza de la mano. Le miré los dedos y reconocí un anillo que usaba mi abuela cuando yo era chica. Eso me clavó una espina en la memoria. Ese anillo lo llevaba mi abuela siempre en el dedo anular.

Siguió hablando pero ya no la escuchaba, esperaba desentrañar la historia. Cuando regresara a casa me pondría a revolver fotos antiguas y mirar detenidamente los detalles. De pronto se paró, me dio un sonoro beso en la mejilla y partió en silencio rodeada de palomas. Salí caminando apurada, recogí a los chicos de la puerta de colegio y llegué a casa. Dejé mis bolsas y puse una olla con agua para hervir unos fideos. Los chicos me miraban con curiosidad. ¿Hoy no nos toca fideos, hoy es día d pescado? Me reí. Hoy es un día diferente, tengo mucha prisa por encontrar una historia entre los viejos cajones de la cómoda. Comimos apuradas y lavé los utensilios con presteza. Quería llegar a ese mundo misterioso de mis abuelos.

Cuando comencé a revisar, fui encontrando cartas y fotos amarillas por el paso del tiempo y descubrí en varias postales, mujeres bellas que usaban el mismo anillo que tenía mi abuela.

UN NACIMIENTO EXTRAÑO

 

Nací a raíz de varios sucesos extraordinarios. El primero fue que mi mamá que era la única hija mujer de los ocho varones, ese carnaval, quiso disfrazarse de odalisca. Mi abuela se opuso tenazmente, pero mi padre la mimaba tanto que se lo permitió; el segundo suceso fue que mi papá que tenía varios años más que mi mamá, la visitaba desde hacía varios meses. Se paraba bajo el viejo fresno a tocar la armónica con una música de la región y ella salía a desgano. El tercer suceso fue que hubo una terrible tormenta el día del corzo y ellos quedaron aislados entre los naranjales y el último... fue que mi mamá se comió justo el día antes de mi nacimiento una cesta de cerezas maduras.

Puede decirse que más que parir me "cagó"; quedé tan sucio que mi abuela no me quiso tocar y fue el abuelo quien me bañó, me vistió y acunó.

Mi familia era una mezcla misteriosa ya que mis abuelos maternos eran vascos y catalana respectivamente. Mis abuelos paternos eran italianos: siciliana ella y genovés el nono. Vivíamos en una mezcolanza de costumbres, rituales, credos y lenguas; que yo aprendía lenta, muy lentamente. Era como vivir en una espiral desde donde asomaba el mundo. Era cosa irreal.

Lo primero que me ocurrió fue que no hablé hasta casi los doce años. Creían que era idiota o sordo; todos me hablaban a los gritos. Yo estaba aturdido y asustado. No podía superar esa babel que era mi casa. A los pocos meses que nací, mi papá se fue de la casa detrás de un circo, donde la contorsionista era lo opuesto a mamá; y lo contrataron como músico. Según decían estaba enamorado del cabello negro y ojos moros de la mujer.

Mi madre, se aferró a sus padres. Y mi abuelo como buen vasco juró vengarse de mi padre. Lo hizo, pero con mis abuelos, a los que les quemó la plantación de naranjos que cultivaban. La ira los llevó a romperse, en una pelea, todos los dientes. El único que ganó fue el dentista del pueblo, un muchacho, de la capital, recién recibido que imagino lloraba de emoción. Era su debut en una boca verdadera. Además les daba horario contrario, no fuera que se volvieran a pelear y arruinaran su obra.

Mis tíos no me querían, claro ellos decían que aparte de "tarado" yo era el culpable de que su hermana y su padre estaban en los chismes de todo el pueblo. No sólo el abuelo en el odontólogo metía sus manos en la boca ajena, sino todo el pueblo. Yo creo que me odiaban por celos, porque mis abuelos me adoraban y me daban todos los gustos.

  A los doce años míos, en medio de un tiroteo hablé. Hablé en todos los idiomas que sabía. Vi asustadísimo como el abuelo genovés, arregló un viejo trabuca y arremetió contra el vasco, que llevaba la chata llena de fardos de "yerba mate", grité en todos los idiomas que se dejaran de pelear. Creo que el silencio que se hizo, para oírme, fre de carácter único y peculiar. Lo dije en vasco, siciliano, genovés y catalán... ¡Ah, y en español! Fue un grito humano, que me salió de lo más profundo del alma de adolescente enojado. Por fin pude expresar toda mi rabia; una bronca pestilente que me corroía desde el día en que nací. Y hablé de noche, de día a cada uno de los que me habían tratado de cretino o sordo. Les contesté lo que merecían. Resultó que me rogaban que me callara. Yo, quería vengarme de mi papá, que había regresado cansado, enfermo y muerto de hambre. De mi mamá, que no supo o no quiso crecer y vivía igual que el día que se disfrazó de odalisca a los quince años. Aun lleva el cabello dorado, hasta por debajo de las rodillas en una larga trenza que desata cada sábado para lavar con agua de lluvia; que usa minifaldas y canta canciones de Billy Cafaro. De mis tíos que terminaron por reconocer que yo les estorbaba. En fin de resultas de mi dominio de tantos idiomas y dialectos, me enviaron a la capital a estudiar. Tengo todos los ciclos con promedio de diez y me gané una beca.

Hoy soy secretario de Naciones Unidas y he logrado aprender sin dificultad las lenguas de muchos países del mundo. ¡Y les juro que mi mundo es más grande que mi historia personal.

OTRO CAMPEÓN OLVIDADO


Las piedras gimotean en la orilla y se enredan en las algas que verdean el agua.

El río se encrespaba como adolescente enojado. La pequeña barca, parecía una caja de fósforos de papel encerado que se arremolinaba en las olas y salpicaba el robusto cuerpo rústico de Policarpo. Su piel morena, asediada por el sol dejaba deslizar gotas lánguidas de sudor con cada movimiento de los remos. Sus ojos azabaches, parecían querer escarbar las profundidades del río, donde los "dorados" se escabullían entre los camalotes y las piedras. Algún surubí picaba. ¡Suerte del pescador isleño del la región escondida de los ríos bravos!

¡Unas garzas nevadas lo observaban desde sus negras patas flacas, que aferraban pequeños pececillos para alimentar a sus pichones! Unos enormes loros cruzaban arrebolando el aire de colores infinitos. El agua se iba apaciguando lentamente al acercarse a los remansos. Picó un pacú y un armadillo. ¡Buena pesca, se dijo el Policarpo!

Día de suerte para los hombres rudos de los montes. Remó cerca de una zona de aguas claras. Las piedras brillaban con la luz nerviosa del sol del medio día. Y entre los camalotes unas flores de nácar emergían soberbias como diosas paganas. ¡Así es el río!

Dejó los remos quietos y prendió su tabaco negro, para darse un momento de paz y de sosiego. Su " mujer lo esperaba con las manos resecas de lavar entre las piedras del Arroyo Chico. Su "guaina y su cunumí", el tesoro que le regaló la vida cuando dejó a su madre en el rancho viejo.

Comenzó a remar y sostuvo el sedal y las trampas para los pequeños caimanes que pudieran prenderse a los trozos de carne podrida que tanto les atraían a los pichones de los caimanes. Recogió dos y con su machete les cortó la cabeza. Tenía comida para varios días. Cantando un "chamamé" fue río abajo orillando para que su rancho quedara a la vista. Y allí, estaba su mujer esperándolo con los niños colgados de sus brazos fuertes.

Acercó la barca y soltó la soga, ella la captó en el aire y la enroscó un tronco que retuvo el pequeño móvil de madera y chapa que soportaba el cuerpo del pescador y su carga.

Los perros ladraban con alegría, olían a pescado y carne. Un abrazo emparejó a ambos y junto a los niños que jugaban sin miedo. ¡Tatita qué trajo? Y orgulloso el hombre mostró su pesca.

Comenzaba a bajar el sol y en el remanso se oían los gritos de los pequeños simios que merodeaban el rancho. La mujer encendió la lámpara de kerosén y prendió un fuego bajo la olla de hierro tiznada de tantos fogones. Él, limpió los cuerpos mustios de os yacaré- caimanes. ¡Carne blanca y suave! Y sobre una mesa de madera de quebracho rojo, se fue colando en trozos un regalo que les daba el río.

 

LA SEÑORITA SOL

 

La conocí en una banca de la plaza cercana a mi casa. Estaba allí, como esperando. ¿Qué sueños tendría esa mujer tan bella, aunque se notaban los años en su piel blanca y luminosa? Rubia, de ojos claros de un cierto color azul verdoso. Las manos sobre sus largas polleras negras, parecían dos alas de mariposas nacaradas. Miraba hacia las montañas. No hablaba con nadie pero movía los labios como si murmurara una canción apenas recordada.

Yo pasé a su lado. La saludé con una simple palabra: ¡Buenas...! no me miró y ni cambió su postura. Llegué al negocio donde buscaba unos calcetines de algodón y cuando entré, la muchacha que me atendió, me dijo: ¿Conoce a la señorita Sol? ¡Pobre mujer, tan linda y tan sola! Siempre a esta hora los martes y jueves se sienta en ese banco y parece que espera a alguien. Es vecina de este barrio. Muy conocida porque fue profesora en un instituto muy importante del medio.

¿Cuántos años cree que tiene? Porque debe haber sido muy hermosa cuando era joven. Me acercaré cuando regrese a casa.

Ya se alejó. Son casi las doce, todos los medios días, que viene, a esa hora, al escuchar las campanadas de la iglesia, levanta un bolso verde y camina rumbo a su casa. ¿La conoce, digo, a la casa? No, ¿cual es? Por la calle Acevedo, es una casa enorme de puertas blancas y ventanales con rejas bien pintadas de color verde. El terreno es enorme. Y ella, dicen está sola desde que murió una hermana y sus padres. ¡Pobre!

Pagué mis calcetines y salí hacia mi casa. Desvié por la calle Acevedo y la vi. ¡Qué caserón! Rejas por todos lados. Y un silencio de huidas de cariños humanos.

No por curiosa ni chismosa, toqué timbre. Tardó en abrir un pequeño ventanuco en la gran puerta. Cuando me vio, se sorprendió. Sus ojos parecían los de una niña asustada. Me presenté. Me llamo Delia Ortiz, soy su vecina. Como la vi en la plaza, me pregunté si podía necesitar algo... me miró dudosa. ¿Qué clase de cosa puede hacer por mi usted? ¡Tal vez compañía, un té hablando de nuestros sueños o sobre la vida; intercambiar libros si gusta leer o escuchar música...! Vaya, vaya. ¡Qué interesante! Dijo abriendo la puerta y acomodándose tras las rejas. ¿Y qué música oye usted y qué le gusta leer? Bueno leo mucho. Los clásicos y algunos escritores modernos de diferentes orígenes. Música clásica y melódica... he sido profesora en la universidad.

Cambió su rostro y me pareció que sus ojos brillaban con un diferente color jade azulado. Me puede interesar pero no ahora. Voy a almorzar y luego descanso unas dos horas. Si quiere, dijo pensativa, puede venir mañana a tomar un té. Y yo fui. Cada viernes iba a su enorme casa a tomar un té. Leíamos algún tema interesante que ella recortaba del periódico o de viejas revistas femeninas o leía un poema de un libro, escuchábamos algo de música de su antiguo toca disco y luego de hablar sobre el tiempo, sobre el costo de la vida o de alguna historia, me despedía. Cerraba con varias trabas la puerta y se quedaba sola.

Una mañana al salir de la farmacia, un cachorro de alguien, se me cruzó y caí de bruces. Salió el farmacéutico y descubrió que tenía quebrada una pierna. La ambulancia llegó rápidamente y me internaron en el sanatorio de mi obra social. Luego vino mi hijo y me llevó a su casa. Pasé dos meses en recuperación. Regresé a casa cuando ya restablecida, pude caminar sin temor. Igual, tenía que hacer reposo. Por lo que no salí a la calle por otro mes. Cuando me sentí segura, una tarde salí rumbo a la casa de la señorita Sol. Toqué varias veces y no salió nadie. Un vecino, acudió a mi llamado y me contó que la dueña de casa había muerto sola una noche de tormenta. Y que entre los habitantes del lugar la habían acompañado al campo santo. Me preguntó si yo era pariente, lógicamente dije que no, que sólo era amiga. Se lamentó. La casa ha quedado para la municipalidad. Nadie, apareció como descendiente o pariente. Se despidió y regresó a su negocio. Yo quedé parada sin saber qué hacer.

Lamentablemente, nunca supe cómo una mujer tan interesante había quedado tan sola. Era culta, bella e inteligente. Caminé lenta hacia mi casa. Pensando en la soledad de esa amiga.

Ahora repuesta como estoy y ya andariega como soy, cuando paso por su casa, que está tapiada, la veo que me saluda con la mano y a veces... la veo en la plaza sentada en aquel banco que solía esperar a alguien mirando hacia la montaña. A veces pienso que por prudente uno no hace preguntas que aclararían el porqué de una vida.

Donde estés señorita Sol, te mando un cariñoso saludo cada vez que te veo brillante y transparente en la puerta de la enorme casa de paredes y puertas blancas, que lentamente veo se va arruinando en silencio de ausencia.

domingo, 25 de octubre de 2026

MONÓLOGO INTERIOR

 

            Me siento como enjaulado. Hoy me he levantado tarde, como siempre, así nunca voy a llegar temprano a ningún lado. Viste minina, la vida es un ir y venir. Ayer la vi, estaba sentada en El Molino, con ese fulano, el pintorcito. Un segundón. Es cierto que yo con mi facultad nunca tenía tiempo para llevarla al teatro. Esta tarde tengo que ver los resultados de mi cultivo de bacterias. Ahora minina siento unas ganas locas de abrazarla, tocarle el hombro transportándole mi pereza a la espalda con mis manos húmedas por el calor de sus besos. Casi como si apretara una rosa recién cortada. Hablando de rosas, te acordás ese poema de Neruda, ese... a ver si recítalo, vos sabés a cual me refiero. Bueno sino te recordás no importa. Tal vez Buscaglia u Onetti. Sos una mimosa, gatita, igual que ella. Una gata. Me acuerdo cuando nos quedamos cocinando chuletas de cerdo con puré de manzanas. Me parece tener aun el sabor de sus besos con olor a hogar. En el hotel, te dije, ¿no? Hay una piba que se hace la artista, camina desde el amanecer vendiendo su sonrisa y yo, tonto como siempre, le compraría una semana de sonrisa para olvidarme de Ella. Ayer arreglé un poco acá pero soy un desastre, si estuviera ella, minina, comeríamos los salamines de mi tía leyendo a Cortazar y escucharíamos al Negro Lavié en Caño 14. O a Goyeneche...te acordás las noches en que me abrazaba en la cama porque tenía frío. La lectura era como la manta que nos cobijaba de la hambruna y de la soledad. Leer a Borges era una vestimenta para el desaliento y el frío. Sos tonta venir a refugiarte en mi cama. Sin el calor de su cuerpo es como un moretón en la espalda o el vientre. Su vientre era de seda y mostacillas. Me producía calor aun en los días de frío y la cobardía de no llegar a darle todo lo que se merecía. Me acuerdo de sus dedos metidos en su largo cabello castaño, parecían  colmillos finos de marfil. Su risa me penetraba la ingenuidad de creer que sería para siempre. No existe el para siempre. Salí de mi saco que tengo que salir para tomar el tren a La Lucila. Allá me espera Susana, no Susana del Piero no, eso es imposible. Susana una viejarda que me tiene preparado un buen asado de cerdo a la parrilla. Es una bióloga con la que estamos haciendo un trabajo. Quedate tranquila. Ya vuelvo. Me arreglaré, sin ella me arreglaré igual. Es difícil. Chau Gata, amiga.

LUJURIA

 

            La miraba desde la ventana. Era una criolla de pechos hermosos, con cabello negro que caía sobre las caderas generosas y piernas torneadas. No podía dejar de espiarla.

Ella tenía un marido que llegaba de tarde y él, veía como se amaban sobre cualquier lugar de donde podía verlos. Su pubis le atraía como las mariposas a la luz. Se babeaba.

            Dejó de ir a la fábrica hasta que se quedó sin un peso. Los cigarrillos ya no saciaban su “Hambre” de hembra y comida. Tuvo que salir a buscar un laburo.

            Encontró un garaje donde lavar autos ajenos y lustrar vidrios. Con el dinero que le daban se iba derecho a los cafetines donde había “minas” y dale que dale…entre brazos apretaba los senos o los muslos de unas pobres muchachas que no hablaban ni una sola palabra en el idioma de acá. Entonces descubrió que eran polacas que habían traído engañadas. La calle de los lupanares estaban atestados de portuarios de todo el mundo  a los que atrapaba la lujuria. Todos querían sexo. Ella, como muñecas de cera ni se movía en los brazos de hombres rudos y olorosos. La madama, les obligaba a bañarse antes de entrar a los tristes camastros donde chirriaban los flejes de un lecho viejo y  maloliente.

            La calle se llamaba Pichincha y la cola llegaba a una cuadra. Hombres solos y desenfrenados que pretendían “amor” sin mucho esfuerzo ni euforia. Obscenos se arrastraban sobre los catres como anguilas de fuego. Y ellas, pobres hambrientas, ya no tenían lágrimas.

          Cuando volvía a su altillo seguía espiando a la mujer de sus sueños. Ella se sorprendió viendo que él, la miraba detrás de una cortina sucia se rió a carcajadas. “Cachonda” le hizo una seña que invitaba a su lado.   No era diferente a las rubias del burdel. Cruzó la raya, se metió en la habitación y un cuchillo le atravesó el corazón. El marido lo había estado esperando.

            Cayó desde la terraza y nadie supo qué pasó, pero a ella nadie la volvería a espiar con lujuria un desconocido desde una ventana mugrienta de un altillo.

 

 

 

           

 

 

 

LA AMBICIÓN

                       

 

Che, Gino ¿te cambiaste el auto? Si no tenías ni para fasos cómo ahora tenés ese Honda súper sport plateado y de todos los que te conocemos nadie supo que te ganaste el Quini o la lotería, ahora venís a decir que te llegó una herencia de tus viejos, salí si con tu viejo no hablás desde los ochenta y con tu vieja desde que llegaste de Catanzaro. Pero mirá qué pedazo de coche y también el Cholo me contó que vas a arreglar la casa, que le vas a agrandar el estar y no se cuántas cosas más. ¡Murió tu vieja? Perdoname no sabía...y bueno si de algo sirve vaya el pésame.

      Así se quedó el Gino solo en el bar de San Pedrito y comenzó el recuerdo.

La vida en su pueblo era un infierno. El dueño de la vida y des todos,  de cada uno estaba en manos de Don Peppo ese viejo avaro y maligno que se aprovechaba del trabajo de los labradores y de cada muchacha hermosa del pueblo. Él, Gino, un día se enamoró. Sus diecisiete años eran el desmayo frente a ese rostro perfecto de madonna de Donata. Su virgen perfecta de ojos amarillos y cabello negro que caía hasta la cintura cuando se sacaba la pañoleta negra, lo miraba de reojo cuando cruzaba el pueblo rumbo al paesetto donde trabajaba en la granja de su tío. Don Peppo lo descubrió y sacó a la chica y la llevó del pueblo. Luigi le contó que estaba en un burdel y que cantaba medio desnuda en un cafetín de mala muerte. Era del viejo.

Se vino a la América. Compró un boleto de tercera y viajó como un carnero entre los montones de italianos que trataban de hacer su vida lejos de sus pueblos. Llegó a un hotel en Buenos Aires y de allí lo llevaron a un trabajo al interior.

Aprendió a vivir como acá, sin hacer mucho y cobrando más que lo que hacía. ¡Lo echaron! Viajó a una ciudad y se empleó con unos “tanos” en una panadería en la ciudad. Aprendió el oficio y le gustó.

Después de un tiempo se volvió a la capital, puso una panadería y contrató unos “tanitos” y entre harina y huevos hizo hacer fideos, pasta de todo tipo y mandó dinero a su mamma. Gino, conoció a Bianca y se la llevó a vivir con él. Al año ya tenía un niño, hermoso, rubio y de ojos grandes y mirada dulce. ¡Esto es la Felicidad!

Un mañana muy de madrugada se incendió la panadería y como no tenía seguro, se quedó en la calle. Sin un peso en el bolsillo. Pero no dijo nada. Él, tenía mucha ambición y saldría adelante. Bianca trabajó a destajo. Compraron una pensión y alquilaron por piezas

Pero había guerra, allá en Europa y la gente no tenía plata. Por lo que no había mucho para repartir.

Hasta ese día que llegó un telegrama desde Italia. La mamma había muerto. Y con su vuelo al paraíso dejó un montón de liras que Gino esperaba para volver a ser el “capitán de su barco”, la panadería más completa de Buenos Aires.

 

 

 

 

 

 

LA GULA Y LA AVARICIA

 

            -Pare Tito voy a vomitar-, me dijo el doctor, mientras atravesábamos la avenida y yo lo miré sorprendido. -¡Mire que hemos visto juntos cosas terribles en estos dos años!- Pero me pidió que me detuviera y paré. Soy el chofer de la ambulancia desde hace cinco años y hemos sido compañeros todo el tiempo de su guardia y perfeccionamiento.

            Luego fuimos juntos a tomar un café en un boliche del barrio y se tomó un whisky. Tenía una cara de terror o asco que me dejó lelo. Esa tarde, recuerdo, fue variada hasta que llegó un pedido de una zona “bacana”.

             Llamaban de un edificio en Belgrano R y cuando llegamos el portero nos hizo entrar sin pedir ni siquiera una credencial.  ¡Después se quejan que hay robos! El ascensor  nos depositó en un palier de lujo en un treceavo piso. Allí parada en la puerta como ave de rapiña estaba una mujer flaca y con cara de salir de una película de terror. Apenas habló mientras nos acompañaba por un pasillo que desembocaba en una habitación iluminada.

            Fue un impacto terrible ver esa figura: las paredes de un rosa brillante, rotas en zonas donde la humedad había hecho estragos, a la izquierda una ventana se abría con su vidrio sucio a un balcón-jardín reseco y abandonado. Allí en el medio sobre una pila de colchones, un enorme cuerpo deforme por la obesidad, inmensa bola de piel que se desplazaba como una oruga casi gigante. Bucles dorados y ojillos aviesos que se escondían tras unos párpados hinchados. Los labios finos se movían rítmicamente en su mandíbula que tenía un perpetuo ajuste a la ingesta de: bombones, masas dulces, caramelos, flanes, tortas, emparedados, ravioles, ñoquis, tallarines y todo, todo lo que se podía engullir en diez o doce horas de vigilia. No caminaba. Hacía casi dos años, que no lo hacía, y la cama que fuera de bronce estaba quebrada.

            Permanecía en medio de almohadones de fino lino rosa pálido orlados de puntillas y cintas, encajes y sábanas de linón bordadas por manos amorosas en bellos racimos de violetas y rositas se desplazaban sobre la gelatinosa barriga de ese ser, mientras las piernas paquidérmicas, apenas móviles, agitaban suavemente un aire enrarecido y hediondo a grasa. Por suerte la cubría un hermosa camisa de satén y encaje cuyo canesú flotaba entre una miríada de manchas de salsas y huevo, tomate y chocolate dibujando un trabajo surrealista que se movía acorde al despilfarro de grasa.

            Alhajas de oro y esmeralda se perdían en las hendiduras de los brazos. Anillos de rubíes y brillantes, dirimían sus reflejos en la inmensa cama. ¿Cómo había llegado a ser así...? ¿Cuántos años tiene? ¡Veintitrés! ¿Y cuánto pesa? ¿Doscientos pesaba la última vez que la pudieron poner en una balanza? El doctorcito, joven y sano, se revuelve en su delantal blanco, no entiende. El departamento es nuevo, es de muy alto nivel, hermoso se podría decirse.

                        De repente ingresa en el espacio el Dr. Porfirio Andrade, el decano de la facultad y Tito, unos pasos atrás, petrificado, le toca el hombro al médico que asiste a esa enferma. No pueden comprender qué ha sucedido. El padre desesperado suplica ayuda. Su hija se muere, el corazón colapsa y nadie quiere ayudarlo. La mujer sonríe distraída. Es la madrastra. Callada se recuesta en el rellano de la puerta para mirarlos. Ella no hizo nada, claro, era la enfermera del decano, cuando la joven esposa y madre de Rebeca, se electrocutó con la plancha, hace trece años. La niña la estaba mirando y quedó allí junto a la madre con sus contorciones y su visión perturbadora. Nunca olvidó el olor a quemado que desprendía el amado cuerpo.

             El joven galeno, aconsejó sacarla de allí para lo cual había que romper las puertas, bajarla por una ventana interior y luego llevarla a una clínica muy conocida.

                        Un ruido sofocado y un paro cardíaco, le impidió toda maniobra. Habían llegado demasiado tarde. La otra mujer la miró sonriendo y sólo atinó a sacarle las alhajas.

                        Después de vomitar Federico le pidió a Tito que lo llevara a tomar un wyski y se fueron a ver “Matrix” a un cine de barrio.

 

                                  

           

TAROT MISTERIOSO

 

La casa era de una belleza sin igual pero había sitios desocupados, pensaron en tomar algunos pensionistas. Así llegó un viejo soltero, cuya familia había caído en un bombardeo. Sin otro consuelo que sus cajas con libros y algún que otro objeto recuperado entre los escombros. Vivía con traducciones que hacía para un editor de la gran ciudad. Estricto en su higiene personal. Pagaba puntualmente su pensión y comida. De hábitos sanos no tenía ninguna queja. Luego apareció una señorita, profesora de letras, que mantuvo largas pláticas con las muchachas de la casa. Finalmente llegó un personaje diferente. Era “parapsicóloga” vidente y tarotista. De mirada pícara y voz chillona, cambió el aire serio de la casa. Salía todos los días a su “consulta” en la ciudad. Atendía una cantidad increíble de gente en un pequeño local, donde reinaba un caos de dioses hindúes, egipcios y cristianos. Con una túnica de seda colorida y un turbante con grandes aretes dorados, penetraba el mundo de los muertos como en la vida de los que habitaban los pueblos cercanos. 

Entonces ocurrió algo inusual. La casa se llenó de extraños sonidos en las noches. El clima se fue transformando y la región comenzó a tener una espesa niebla que cubría las techumbres y bosques aledaños a las casas más alejadas de la zona céntrica. Madame Yiyot, la tarotista, transformó su atuendo y su rostro. Cada día parecía más joven, más delgada y más frágil. El caballero se sintió atraído por esa mujer que tenía un cierto modo misterioso y atrevido. Un día se encontró de frente a la mujer y se presentó como caballero que era: Benito Billiart... soy su vecino de habitación. Adoro la música que en las noches suena desde su alcoba. 

                         Yiyot, le tendió una mano delicada de dedos finos y piel suave, tibia y con perfume a violetas. ¡Ah, es mi pequeño refugio con el mundo real! Mi nombre real es Julia Labré, y mi trabajo me permite conocer arcanos de gente de todo tipo. Aunque usted no me crea, conozco el alma humana como si hubiera estudiado en las universidades más prestigiosas del mundo. ¡Es hermoso ver cómo se abre la gente frente a una mesa donde se mezcla lo imaginario con lo real! Su extraña túnica azul, la envolvía como un capullo de anémona.

El llamado a la cena, los distrajo. Benito caminó pensativo hacia el amplio comedor. Yiyot o Julia, se alejó sin siquiera despedirse. Ingresó en su alcoba y comenzó a sonar la música que envolvió toda la casa. Tras un tiempo corto, cada pensionista se adentró a su rincón favorito. La lluvia golpeaba en los vidrios de la casa. Un trueno y la luz dejó ver una figura que se deslizaba por el largo pasillo. ¿Era Yiyot o parecía un ser de otro mundo? Los que bebían un cognac dejaron su copa, los que fumaban un habano, lo dejaron sobre un cenicero y los que leían el periódico se quedaron sin palabras... en letras de molde había un patético mensaje: ¡En la vieja carretera de Los Ventisqueros fue hallado el cuerpo sin vida de la famosa tarotista Yiyot cuyo cuerpo parecía un ángel caído!

                        Como si un gong hubiera sonado en la casa, cada pensionista se levantó de su sillón y comenzaron a llamar en la puerta de la alcoba de la mujer. Nadie acudió a los llamados. La dueña de la casa, abrió con una llave que poseía y cuando se despejó la habitación... una hermosa y hermosa mariposa azul estaba desplegada sobre el lecho, rodeada por un torbellino de cartas de tarot. Y un suave perfume de violetas sorprendió a los curiosos que miraban cómo en el toca disco seguía dando vueltas con la dulzona música de todas las noches pasadas.

 

LA DIOSA SE ENCOLERIZA Y ME ENTREGA A LOS SACERDOTES

 


            Me demoro limpiando la peluca de mi señora. Ella descansa en el lecho de juncos. Un sacerdote – médico viene a traer en un alfanje un ungüento de almizcle y leche de búfala para el dolor de su cara. Yo me inclino, tengo miedo que la diosa Anubis me deje sin habla. Soy una esclava que encontró mi ama en el soco de Menfis. Allí, pequeñita como era me habían abandonado en una cesta de papiros. Ella me trajo río arriba por el Nilo sagrado y me enseñó todo lo que sé.

            El Señor magnánimo, el gran Ra, me está adornando el cabello con sus colores de oro. Mi señora dice que algún dios o un sacerdote tendrá que hacer algo conmigo. Soy diferente. Al nacer tenía alas en mi espalda y fueron creciendo tal que ahora debo volar en lugar de caminar. Por las tardes cuando el gran señor Amon Ra, se extingue en el desierto vago por las altas columnas de los templos bajo la atenta mirada de los sacerdotes que me odian. No quieren una mujer con alas. Yo toco poco a mi señora. Ella dice que cuando paso mis manos ásperas por sus carnes azuladas propia de los nubios, siente que el aire se enrarece. Yo soy una esclava servicial. Con sólo mirar al desierto levanto una nube de arena y enseguida aparecen ibis en largas colas de cocodrilos voladores. Llegan a la orilla del río y se quedan ofrendando lotos y rosas a mi ama. La diosa Hathor,  siempre se las arregla para que yo no pueda acercarme a los hombres. Ella es muy celosa y los brujos del templo la incitan contra mí. En el templete del dios Osiris, he hecho miles de ofrendas. Incluso he viajado hasta la orilla del mar para llevar ofrendas. Cuando pasaba en la tarde volando, los camellos salían trotando y se perdían tras los altos médanos. Las caravanas se quedaban desorganizadas y los mercaderes aterrados miraban mis alas y caían postrados ante mi presencia, pero yo los tranquilizaba sacando con mis manos agua de unas piedras y dejando un nuevo pozo con agua para ellos. Entonces no comprendo por qué  el sacerdote- médico me quiere encerrar en una pequeña pirámide para que se cure mi señora. Si ella me deja, le saco esa muela que tiene enferma y seguro que se cura y su cara vuelve a ser la más bella de todo Tebas y por qué no, de todo Egipto.

            El aire de la tumba se está enrareciendo. Mis alas se están desplumando. Caen una a una las hermosas plumas color celeste plateado que las cubren. Cuando abran dentro de varios siglos este lugar, no comprenderán qué clase de gente enterró viva a una mujer alada.

 

EL PESCADOR DE QUIMERAS

 

            La tarde calurosa amenazaba una noche plagada de estrellas. El viejo, se sentó sobre la madera húmeda y caliente. Sacó una antigua pipa. Miró tras sus pupilas nubladas por el tiempo y suspiró cansado. Terminaba un día y el mar calmo, esquivo, no llenó el vientre hambreado de su barco. Poca pesca. Nada, casi nada. No había viento y eso no permitía que se alejaran de la costa mar adentro.

            Un olor penetrante a sal y pescado, entre podrido y fresco, hería las narices a los hombres silenciosos. El sol se escondía con esfuerzo tras la pequeña colina en occidente. Un pescador comenzó a canturrear un sonido triste. Otro, tomó un pequeño instrumento rústico y comenzó a elevar un sonido de belleza inexplicable nativa sangre negra  caribeña.        

El caballero que había pedido acompañarlos ese día era un tal Hemingway, escritor que tomaba ron y masticaba tabaco, mientras limpiaba displicente sus anteojos de armazón de oro. Parecía, por su ropa desprolija y gastada, uno más de entre los obreros de la pesca. Pero ese no era un hombre común. El viejo lo supo desde el instante que subió a cubierta con su rostro avejentado y crítico.

            El bote se jactaba de ser como un delfín de madera y metal color herrumbre. Su panza hinchada supo regresar a puerto lleno de peces. De haber luchado con los más fieros tiburones del caribe.  El viejo achicando los ojillos desplazó una sombra tenaz por el cuerpo encorvado del poeta. Nutrió su expectativa con un sonido agudo. Desde no muy lejos aparecieron las aletas ahusadas de los asesinos blancos. El viejo se paró y tomó un arpón, señalándole al hombre en desafiante orden, que imitara sus movimientos. Sobre el agua de color sangre amarillenta, con certero golpe atravesó el cuerpo efímero del pez bravío. No pudo el extranjero imitar su juego. Tiró enojado el arma y se sentó perturbado en los maderos. Soñó con ser un héroe. Ya, el sol, parecía un dromedario agonizante. A lo lejos las luces de la Isla reflejaban una vida desplegando miserias. Comenzó el regreso. Atracaron en el precario puerto y casi sin palabras se despidieron. Una borrachera de ron abrazó la noche. En la mente de un enorme creador nacía una obra gigante.