viernes, 25 de noviembre de 2016

UN RINCÓN DE MI ADMIRADA IRLANDA EN MICHIGAN


LOS SÍMBOLOS DE LOS IRLANDESES... CASI UN LUGAR MÁGICO.

NUNCA PENSÉ QUE ENCOTRARÍA UN RINCÓN DE IRLANDA A LA ORILLA DEL LAGO EN MICHIGAN.

POEMA 019

una mañana clara despertamos con urgencia
de besos
y en mi cuerpo dormido se engendró un ovillo
de mariposas que abrieron destellos
de azabache
tu cuerpo erguido en simiente de mandrágora
penetró la penumbra de mi cuerpo

cayó un lago de chispas
quedamos flotando a la deriva
tras la corriente del río de los sueños
que llevan al mar bravío.


Fue una historia distinta

CASI ENFRENTADO





            Galopa en el páramo acercándose al otero para divisar la yegüada. El viento atraviesa la fibra abatanada del poncho helando y la osamenta de Dióscoro Tortajada. La niebla se va abriendo para señalar la tropilla con la madrina al frente. Las pezuñas del “Toruno” quiebran el hielo en los charcos que con la helada se han formado en la madrugada. Está cansado y dolorido. Ha llegado a comer charque con gusanos esa invernada. Logró esconder los animales del ojo inquisidor de los cuatreros, de la requisa y de los maulas. Los indios que merodean saben a dónde ir a buscar. Las patrullas no.
            El hombre tiene que madrugar las ideas de tanto miliquito afiebrado que sigue al Tigre. Se sienten impunes a las lanzas y boleadoras del gauchaje y de los castellanos que aún creen en el rey de España.
Dióscoro Tortajada es hijo natural, su madre es una española maloqueada por  un indio ranquel de la zona de Río Cuarto. Huyó ella de los toldos y cuando la vieron las beatas y su padre, embarazada de indio, la echó como a un perro rabioso. Un jesuita le proveyó asilo en un rancho de la zona del Quinto. Allí vivió evitando los malones y las levas con otras mujeres despojadas y desechadas como animales sarnosos.
Lo bautizaron con el nombre de su abuelo español Dióscoro Tomás. Castellano y de prosapia, pero sin una moneda de oro. El apellido Tortajada se lo dio la abuela materna a quien nunca conoció, porque jamás vino a las Américas. Y se fue del Quinto hacia la tierra del norte. Allí encontró una anciana viuda y sola que le dio trabajo, el cuidado de su casa y su hacienda. Ahora el hijo, con piel clara y fuerza de jaguar, por la mezcla de sangres, se había puesto al frente. Arreaba majadas de chivos y corderos, atendía pariciones y marcaba a fuego en las orejas o en las ancas a los bichos que alimentaba entre los llanos y las aguadas.
De poco hablar y seco; su mirada era profunda y azulada como la del abuelo materno. El odio metía un hierro candente en su pecho y juraba no dejar semilla humana en esta tierra.
La tropa pasaba siempre, y él, lograba esconderse para no ser arrastrado a esa guerra inútil entre criollos, indios y españoles. Veía a su madre secarse como las pencas de los tunales. Se detuvo el pingo cuando una yarará se enroscó en la pata y el muchacho con el puñal la cortó en dos, sin antes poder evitar que los colmillos se hincaran en el músculo del potro. Cayó este, justo cuando la bífida se retorcía en la arena. Los últimos estertores, de los belfos espumosos, se acompasaron con los golpes de la cola de la venenosa. Apeado y silencioso, remató a ambos animales sin olvidar la diferencia. Su caballo era de Dios y la bicha del demonio. La agarró con fuerza y como si fuera un lazo, revoloteó el cuerpo frío en el páramo y con un silbo afilado, se alejó hasta perderse entre las piedras. Al  Toruno, lo tapó con piedras, tardó como dos horas en cubrirlo, como había visto en el corral de los Zúñiga al morir el Zaino. Así lo hacen los indios, sólo que ellos le quitan el cuero, la lengua y algunas partes, para llevar a los toldos” le había dicho el capataz de los Zúñiga. Viejo artero y sabio. Hijo de un capitanejo y una morena, se había acercado a esa familia noble y envejecía con ellos.
Caminó con cuidado, donde hay una yarará está su pareja. Debajo de un tala, allí estaba espiando con sus ojos verdes y su cabeza presta. De un mazazo con una enorme piedra la dejó reventada en la arenisca.
La yegüa madrina medio espantada coceaba cerca. El olor a sangre atraería a los pumas que merodeaban la tropilla. Prendió un fuego y mientras pitaba un cigarro, tomó caña de la bota que le quitara del morral al pingo muerto. Se acercó a un potrillo ruano. Lo observó y sopesó si aguantaría su peso. El era alto y magro. Pero de músculos fuertes y secos. El animal bastante manso se puso junto a él, invitándolo a domarlo. No fue difícil.
Se venía el día y el sol dejaría ver a cualquiera que se acercara, y todos codiciaban los animales. Se alistó para llevar la caballada del hueco donde pastaba. Su poncho ya era una brasa humeante sobre los hombros. Lo apartó. Mató el fuego con arena y comenzó el camino hacia la casa.
El polvo que levantaban las pezuñas lo delatarían si no les envolvía las patas con arpillera. Las patadas y coz arreciaban, ningún animal aceptaba el traperío bochornoso.
Igual las ató. Arrastró la tropilla desde el páramo al potrero de junto al río. Allí, lo esperaba una negra con mates y tortas calientes de chicharrones recién cocinados.
En ningún momento le dijo gracias. Era normal su mal carácter. Las muchachitas se agitaban a su alrededor y no las miraba siquiera, era medio indio y tenía piel blanca y ojos azules como el abuelo. Lo distinguía el pelo negro azabache y su nariz de ranquel. Su madre empeoraba y no había caso, el único médico había seguido a las tropas de regulares del ejército.
Taciturno, le pidió a una mayora, negra vieja y cumplida, que le preparara un baño en la habitación de arriba. Allí se adormeció. Soñó con ser español entero. Pero dentro de su alma clamaba por la libertad propia de los nativos. El era libre como el viento sur que azotaba los montes, era como los pumas y las liebres. Su parte ranquel pesaba.

Me quedo allí, perdida en la imagen como si se esfumara mi cuento. Recordaba los relatos de Dulce Amor, mi nana vieja y los libros que me leía tía Leticia. Ahora no hay malones, hay asaltos por pandillas, tiroteos por carteles de drogas, matanzas políticas. En una palabra como entonces se trata de silenciar a los periodistas y a los ciudadanos nobles que buscan la verdad.
Llegó Armando, tiene  frío y me pide unos mates bien calientes como a él sólo, le gustan. Trae de la calle malas noticias. Un piquete de un grupo radicalizado que con los rostros cubiertos y largos caños metálicos, han roto vidrieras y autos en el centro. Así nunca se podrá lograr paz en nuestro territorio. Es igual a aquel tiempo de 1835. Pero diferente.
No imagino a la gente caminar por calles de barro, con esos largos vestidos las mujeres y a los hombres con ponchos y botas de potro. El olor a estiércol nos penetra después de las seis o siete de la tarde cuando los cartoneros rompen las bolsas de residuos para robarle al hambre algo que sirva. Hay quien dice que sirve para la ecología. Yo siento que tan sólo es Pobreza y de la peor. La miseria de la ignorancia y abandono de quienes tenemos la obligación de educar. Los mates están languideciendo. En la tele, busco algo mejor que ver y me encuentro con el opio generalizado de fútbol. En cada canal, en cada espacio hay un partido o un comentarista hablando de tal o cual jugador o equipo. Todos ganan millones de euros o dólares, pero el país está cada vez más empobrecido. Quiero olvidarme del hoy y regresar a mi computadora para desdoblarme en el ayer y en otra. Quisiera saber si fue mejor el “antes” o el ahora.
Armando se ríe, me sermonea porque dice que siempre fue igual. El poder pudre mi querida y nunca hubo guerras o luchas, sino por dinero que es según algunos vil metal, pero que todos quieren poseer. Suena el timbre. ¡Cuidado! No se puede abrir sin constatar muy bien quién llega.



             



            

A CHARLES BOUDELAIRE

  
Caen magnolias sobre las sábanas marchitas
Suave y desganada una mano yace como grulla perdida
El poeta bebe un vino desflorado entre espinas
muy rojo y perfumado, entintado y promiscuo.
Un seno marmóreo atisba el lecho descubierto
con susurro de aves emplumadas de pétalos albos
hay peces de colores merodeando en la estancia
en penumbra con murmullos y suspiros.
Huyen unos ángeles al inquieto espacio azul.
Otra noche perdida en el infierno.
Late un armonio en melodía de encanto
Y el agua de la cascada
esparce el nombre de Venus
que prometida a la luna se convirtió
en esa Venus incestuosa de enero.
La sábana se arremolina en el lecho despierto.
Rueda la copa sobre la piel sudorosa, afiebrada
mientras el poeta besa el vientre de la luna.
Seda blanca y encaje atrapa una pierna desnuda
sedienta de lisonjas, cascabeles de vidrio,
caricias sin palabras del poeta silencioso en la noche.
Comunica plañidera la aurora un tiempo de relojes

que armoniza en el lecho cuajado de magnolias. 

lunes, 21 de noviembre de 2016

MES DE LAS ARTES EN GRAND RAPID- MICHIGAN


UNA MARAVILLA PENSADA EN CRISTAL, COMO GOTAS DE LLUVIA CAEN FORMANDO CUERPOS DE ANIMALES.

UN VITRAL PENSADO PARA DISFRUTAR DE LA BELLEZA DE LA NATURALEZA, EN EL HOTEL DE LA CIUDAD DE GRAND RAPID- MICHIGAN. ¡UN DISFRUTE MÁS!

UN CUENTO ECOLÓGICO


HAN LLEGADO.
             Las “ursutas” tejen huellas fatigadas en la holladura. Un silbido desaguado escapa por la mandíbula desdentada del pequeño hombre que corre hacia su aldea. Su mente está nublada por la falta de oxígeno. No alcanza con su “cuyico”, agrega hojas de coca a las que se maceran en su boca. Un hilito verdoso escapa por sus labios agitados. Ásperas, sus manos, tratan de guardar en la “guayaca” el papel que recogió en el mercado. Ya está a la vista del caserío. Los adobes fuertes resisten el frío y el calor de la puna. Sangran sus pies cinabrios. Su piel y su rancho son iguales. Fuertes y toscos como la tierra que los “gringos” quieren quitarles.
            Kispe Mamaní, ha visto a lo lejos ya, la columna de humo. Los rumores de las máquinas que fueron a espiar los iniciados, cada amanecer los ruidos son más furibundos. Se acerca a la casa del Bacilio Condorí. El anciano, tenido por jefe, lo espera con su ceguera prudente junto a la pirca que separa cada casa habitación. Una turbamulta de perros hambrientos y ladradores, lo secundan. En la mano un cigarrillo de tabaco fibroso armado con miel, hace su intento de transmitir una fingida serenidad que escapa de sus humores de jauría arisca. Ni una mujer está por ahí, todas han bajado a los mercados para diligenciar sus tejidos y arropes de tuna, los quesos de cabra y el patay sabroso. No son buenos los tiempos. Un asesor del gobierno vino, hace como seis meses a convencerlos que las nuevas tierras que ofrece el gobierno son mejores que éstas. Pero ellos, hace muchos siglos que habitan esa zona austera del altiplano. Sus antepasados aimará y coya, cazaron y plantaron en la aridez de los valles y los huincas, los fueron corriendo hacia el alto. ¡ Otra vez no! Nadie quiere moverse, pero el humo es cada vez más denso y pasan por la carretera, vieja huella inca, un arrastre de camiones y grúas, con gringos rudos que hablan difícil. Ni Kispe ni Bacilio les entienden. Vinieron a comprar gallinas y ponchos de vicuña. Nada se llevaron. Las mujeres escondieron todo y se fueron cabreados como bribones greñudos.
            Kispe se sienta en la costra noble del terreno que sostiene a Bacilio Condorí. –Han llegado.- y en sus ojos abatidos una luz de odio destella empeños.
-                     ¿Qué manda, Bacilio? Lo que encomiende haremos.- y un distintivo de sugerente actividad clausura cualquier diálogo de paz.
-                     ¿Cuántos son? ¿Quién los acompaña? ¿Hay gendarmes o la polecía? Diga, hombre- satura el humo del cigarro casero la voz carcomida por la vida.
-          Son muchos y armados como el mesmo diablo. – y se seca el sudor que ultraja las carcomidas grietas de la piel oscura. –Los gringos son como cuarenta y tienen rifles.
-          Entonces no se hace nada, como siempre nos sacarán en caravana de cadáveres hasta el camposanto de los crestianos. No dejaremos que ganen con sus mañas. Un coya más o menos al gobernio no le hace. Haiga que contemplar como talan para hacer papeles. Mesmo como para plantar los granos. Nuestros padres incas llorarán su selva y nojotros que ni de letras ni de papeles conocemos, poco a poco nos enquedamos sin selva.
-          Bacilio y si se va con los señores del pueblo y les pide... , tal vez se apiaden, la selva también es dellos. La Pacha Mama, ahorita debe estar muy cabriada. –el silencio montaraz se aproxima a los hombres.
-          Ajá, tal vez. – las hilachas de luz cobijan los cuerpos mientras el humo penetra con su ardiente olor agrio los pulmones.
Los resplandores rojianaranjados derraman fatídicos las alas sobre la tierra. Arden los antiguos bosques de quebracho y van desbastando la otrora fauna y flora del noroeste puneño. ¿Allí sembrarán los gringos? Sólo muerte, sólo muerte.
Kispe Mamaní, pertrecha su mula para bajar al poblado. Una amontonamiento de viejos papeles envueltos en tela hilada en fina trama de vicuña, es el tesoro que guarda entre su saco de industria China. Se lo compró la Doralisa en el mercado. Allí estará el maistro para que lo acompañe. El es el que escribe lo que los hombres piensan en papeles con figuritas de colores que adornan las palabras. Con desenvoltura el maistro le habla a los jefes del gobierno. ¡Tal vez logre que lo escuchen!
Muy  a la hora de los insolentes colores del alba, cuando apenas se mueven las aves pregonando a Inti, sale con su carguero. Fluye por el risco cerca del río que de grana va tiñendo el agua. -“Si su Merced quiere dilatar al gringo que manda a quemar el bosque, si su Merced se apiada de los animales que se están cremando, si su Merced tiene misericordia con el pueblo coya... otros niños, más tiempo en el tiempo, lograrán ser grandes”- divaga en la quietud  del amanecer. El humo ha cambiado el color y es agrio y sombrío. Crepita en el silencio de los matorrales. El Kispe Mamaní recibe un balazo en la espalda. No cae, se arrastra. La mula se detiene y rebuzna. Aprieta los papeles que esconde entre su carne herida y sangrante. Sale de entre la maleza un sucio operario, lo sube al mular y le pega un chasquido con chicote de cuero trenzado. Corre el animal, herido su costado, llevando la fúnebre carga.
                        Casi al mediodía, en la plaza se arremolinan los hombres junto al animal que ha acercado su carga. En el atrio de la gobernación, el maestro extrae del cuerpo frío los papeles. Escrito con tinta muy negra, rubrica su Merced: -“Estos hombres libres son dueños de todo el valle”- Manchados de sangre están los sellos que tienen más de cuatrocientos años.
                        De un camión sale un hombre extraño cargando unas armas muy fieras. La gente retrocede y esconde, el miedo les inmoviliza y la pobreza es invariable.

                         En la República Argentina, Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador se queman diariamente ciento de bosques para plantar soja y otros cereales. Los viejos habitantes de la zona cercados por la codicia van entregando en silencio sus tierras milenarias. Queman los leños sin piedad, siendo necesarios para los poblanos. Ni siquiera se usa para fabricar papel. Desde los aviones se pueden observar los grandes círculos de fuego que avanzan y el humo contaminante. La capa de Ozono, es cada día más débil.
             VOCABULARIO:
Ursutas: ojotas de cuero trenzado, calzado típico de los aimará y coyas de Noroeste de América del Sur.
Cuyico: hojas de planta de “Coca” que mastican permanentemente para soportar el Hambre y las alturas en la misma zona.
Guayaca: bolsa o monedero hecho con fibras vegetales, que usan los nativos, para guardar objetos.
Patay: torta que se hace con las semillas del algarrobo, árbol de América. Dulce y muy nutritiva.
Huincas: palabra “mapuche” que se usa para nombrar al hombre blanco.
Mesmo, gobernio, haiga, nojotros, enquedamos, dellos, cabriadas, maistro,: son  el sociolecto de los nativos que no hablan bien castellano-español.
Pacha Mama: madre Tierra. Venerada por los indíginas desde los principios de la historia.
Inti: Dios Sol de los Incas y Aimará.
Puneño: habitante de la Puna de Atacama.
Pirca. Paredes de piedras armadas con exactitud, para separar los corrales, las casas y para evitar que los guanacos, vicuñas y alpacas, como luego vacunos y equinos, se dispersaran por las laderas de la montaña.


GRAND RAPID- MICHIGAN


 ARTISTAS PLÁSTICOS CREARON UNOS BELLOS CUADROS CON CORCHOS EN UNA BODEGA
NO HAY LÍMITE PARA LA CREACIÓN. CUADRO HECHO CON CORCHOS.