jueves, 6 de abril de 2017

CUENTO CORTO

LA PLANCHADORA.

 Planchadora buena, sí, la Adelaida, y excelente almidonando. Sus labios gruesos merodean los azulados dedos que chasquean de saliva la plancha negra y pesada. Una palma rosada anida besos que rebotan en las puntillas hechas a mano para su niña. La cadera gruesa y firme ayuda empujando en la empinada calle con su cesta llena, sobre la cabeza. Lleva ropa blanca que lava y plancha, sobre un rosquete de lino. Los ojos mirones atrapan su sombra en la calle que destierra esperanza. Silban otros labios mestizos y fuertes con aliento de ajo. Ella sigue opulenta hasta el mismo núcleo de casas donde el poder esconde ambiciones y odios, ella es una reina sin poder ni trono.
            En una puerta enorme toca. Sale un hombre moreno con sonrisa alegre. Ella casi sin mirarlo empuja y le pasa la cesta. Entre sus blancas polleras se abraza una niña de rostros de ángel. Es su niña linda, es su mimosa que le trae su mascota en brazos. Besa las manitos que se pierden en sus senos rebosantes de leche y medio sentada en el pórtico le entrega su bebida santa.
            Desde la escalera la observa la madre de la niña. Con una sonrisa cómplice le hace una seña y luego que la niña abandona su pecho, se acerca y le deja en la mano monedas de plata.

            Adelaida se agacha, abraza a su muñeca de cabellos rubios y recibe la cesta con ropita nueva. Mañana regresará con sus dos bondades.

DECISIÓN TOMADA.

                        Le costó un sin fin de tiempo ingresar. Era un mundo oscuro y lleno de imperfecciones. Sólo a él, se le ocurría penetrar el círculo maligno de los guardianes. Lavó su bonomía e introdujo un dejo de cinismo en cada frase, en cada acto concreto de su tarea. Tenía que ganarse a sus compañeros de trabajo, ahora, también sería un odiado hombre de las mazmorras oscuras del régimen. Todo había sido una estrategia desde la noticia en el periódico. No recordaba sino la primera vez. Nunca antes asistió a un lugar así. Su amigo, tímido y sencillo, le pidió que lo acompañara al teatro. Su enamorada era bailarina y le pedía que fuera a ver su desempeño. ¡Claro, alquilaron ropa adecuada! Cuando llegaron y vieron a la gente que se agolpaba frente a las enormes puertas, se dieron cuenta que todos eran un poco iguales. Ropa anticuada, remiendos, arreglos para agrandar o achicar lo conseguido en ferias o tiendas del mercadillo del usado. Sonrientes penetraron el salón lleno de bellísimas arañas de cristal que colgaban de cordones de seda, brillando como fuegos artificiales. Cegados con la luz, asombrados por el rico alfombrado y los decorados en oro, se ubicaron en las butacas que una anciana seca, les indicó. Allí se sintieron excitados y eufóricos. De pronto la oscuridad y como alas de mariposas rojas, el gran telón dio paso a la imagen más bella que hubieran visto.
                        Un rayo de luz caía a pleno sobre la frágil figura que envuelta en tules y transparencias, sobre unos largos pies rosados de seda, apenas movía los brazos y manos como prolongaciones de un ángel a punto de echar a volar. Un raro amanecer de pequeñas sílfides se deslizaban apenas por el oscuro fondo. Eran pájaros, cisnes, ángeles, viento iluminado y blanquecino, eran pétalos de flores... y la música envolviéndolos hasta dejar a cada uno de los allí presentes como alucinados. Entró con una fuerza un caprichoso príncipe de umbroso traje apretado, que con vuelos y saltos de tirano, se aproximaba a elevar el cuerpo de la ninfa. Quiso ser él, quiso trasmutar con ese hombre que aventaba a la diosa. Una avalancha de pasiones se cobijó en su espíritu. Estaba ebrio. Sus pupilas dilatadas seguían azarosas los revuelos mágicos de las bailarinas. Las pequeñas florecitas que cuajaban la frente del arcángel de cabellos prietos, las pequeñas alas como élitros de insectos acuáticos que salían de la espalda le transportaron a un mundo de nigromancia inesperado en su vida simple. Allí decidió el destino, su futuro.
                        Los pies sangraban debajo del la suave seda de las zapatillas de punta. La madera después de horas y horas de ejercicios, le habían provocado heridas. Su cuerpo estaba desencajado y mustio. ¡Pero era el gran estreno! Su rostro, siempre pálido, bajo una capa de cosmético aparentaba serenidad y gozo. Le dolían los brazos y las piernas. El estúpido Sergio,  su partener, con un típico ataque de histeria, se había enojado porque las luces no eran suficientes para él. Ella apenas le hablaba. Lo había descubierto hurgando su bolso en varias oportunidades. Un día le faltó una zapatilla para hacer “Gisselle” y la reemplazaron por Tatiana. Sergio y se moría de risa. Otro día la dejó caer en el momento en que debía sostenerla para una de las coreografías. Ahí, lo sacaron a él y le dieron tres meses de inhabilitación. Su maestro había observado que lo hizo adrede. Volvió calmado, pero agresión tras agresión, ella se cansó y pidió que la trasladaran a otro teatro, uno de provincia, más pequeño y menos importante pero en el que estuviera cómoda. El compañero prometió no molestarla más y cumplió. Allí con la orquesta a pleno, con el aliento sostenido de cientos de personas se olvidó de todo y bailó con el amor que despertaba en su interior la música.

                        Aniella  sintió el doloroso golpe de un afilado tablón sobre su hombro. Cayó descolgada en su frágil cuerpo. No escuchó ningún sonido. Sí, sufrió al ser arrastrada por el áspero pavimento de madera astillada. Su piel delicada, blanca y desnuda, se mutó en un alfiletero de morados diversos. Sangraba. Por los dedos caían gotas de sangre y de su oído un hilo deforme de color rosa pálido que tornaba a rojo se desparramó indecente por el suelo.
                        No veía, cuando despertó, los párpados hinchados le impedían ver. Se acurrucó en su rincón. Allí olía a humedad, sangre, orín y excremento humano. Su suciedad pegada al cuerpo le produjo un vómito. Estaba exhausta. Se desmayó, otra vez se desmayó. 
                        Al trasponer la pesada puerta metálica, Servando quedó ciego. El habitáculo era el mismo infierno. El hedor lo envolvió. Un animal enroscado en sí mismo, yacía vuelto hacia la pared de espaldas a él. No había ni un resquicio de luz. Apenas pudo poner un pie en el frío pavimento, algo le atrapó el tobillo. Su bota de cuero, impidió que un ofidio humano le inoculara su ponzoñosa ira. De un salto salió hacia el pasillo. A gritos llamó pidiendo asistencia a  un compañero. El golpeteo de varios tacos sonó en el pasillo. Un ruido metálico abofeteó los oídos acostumbrados al silencio.
Iluminaron con un potente farol la figura exhausta. Allí aferrada a sus piernas una joven desfigurada se enroscaba en sí misma. Desnuda, pálida y ferozmente agresiva, saltó sobre los cuerpos indefensos de los hombres. Alcanzó a morder a Servando, turbado trastabilló y cayó ensangrentado. Entre los labios un trozo de piel colgaba triunfante. Unos ojos extrávicos incrustaron dementes la felicidad de poder en el horror de los guardias.

El piano amasaba el pálido resplandor del fuego en el hogar, donde Chopín adormecía a la muchacha. Mañana era el gran día. Estrenaban “Sílfides” en el exitoso teatro. Una muchedumbre se había agolpado en las ventanillas para poder tener el privilegio de ver bailar a la Gran Baltilda, la más grande bailarina del siglo. La habían encontrado en el sismo de 1982, siendo casi un bebé, y sus dotes fueron emergiendo a la simple mirada de las mujeres rústicas del orfanato público. Un día la observó un médico que había llegado allí para hacer una investigación y cargó con la niña. Así como nacen los milagros, nació su magia. Ahora tenía el apoyo de toda la parafernalia política del sistema.
                                   El gran salón iluminado con diez mil luces y cristal, repetía la risa y el desparpajo fiestero de un público exultante y eufórico. Cuando en el gran plató, luego de silenciarse las luces, apareció el grupo de bailarinas en su hálito de blanco efímero. Plumas, gasa, tules y etéreos movimientos adormecieron el espíritu del teatro. Aniella danzaba improvisando un pass de trois  y tras de sí, una constelación de bailarinas la rodeaban y la elevaron hasta sacarla del plató. Bailó como lo que era, una diosa descomunal. Unica en su género.
                                   Había llegado a Europa de la mano de Liwchensky, el mejor coreógrafo del balet soviético. La presentó a un sin fin de grandes maestros y entre los más audaces apareció un hombre que la envolvió en regalos y palabras de amor. La reclutó casi sin que ella se diera cuenta para sacar datos desde el país en que vivía, bajo una mano fuerte del más temido dictador. Y ella loca de amor entregó cartas y mensajes cifrados. Así un día la sorprendió la la policía secreta del tirano y...

Las botas nuevamente arremetían con el frágil cuerpo. El silencio roto por la respiración del hombre, conspirando para salvar ese ser ahora amorfo, se contrajo en un enorme esfuerzo. Alzó a la mujer y la sacó del cubículo inmundo. Un aire limpio y sano acunó el cuerpo de la bailarina. Desnuda, silenciosa y aterida, Aniella se abrazó a su carcelero y superó las infranqueables puertas de la cárcel.

 Vuelto a la libertad, él sabría como devolverla a un mundo nuevo. Su amor no sería postergado por nadie. Aniella, su Aniella seguiría siendo su Sílfides para siempre.

CUENTO NATIVO CON VOCABULARIO

HAN LLEGADO.
             Las “ursutas” tejen huellas fatigadas en la holladura. Un silbido desaguado escapa por la mandíbula desdentada del pequeño hombre que corre hacia su aldea. Su mente está nublada por la falta de oxígeno. No alcanza con su “cuyico”, agrega hojas de coca a las que se maceran en su boca. Un hilito verdoso escapa por sus labios agitados. Ásperas, sus manos, tratan de guardar en la “guayaca” el papel que recogió en el mercado. Ya está a la vista del caserío. Los adobes fuertes resisten el frío y el calor de la puna. Sangran sus pies cinabrios. Su piel y su rancho son iguales. Fuertes y toscos como la tierra que los “gringos” quieren quitarles.
            Kispe Mamaní, ha visto a lo lejos ya, la columna de humo. Los rumores de las máquinas que fueron a espiar los iniciados, cada amanecer los ruidos son más furibundos. Se acerca a la casa del Bacilio Condorí. El anciano, tenido por jefe, lo espera con su ceguera prudente junto a la pirca que separa cada casa habitación. Una turbamulta de perros hambrientos y ladradores, lo secundan. En la mano un cigarrillo de tabaco fibroso armado con miel, hace su intento de transmitir una fingida serenidad que escapa de sus humores de jauría arisca. Ni una mujer está por ahí, todas han bajado a los mercados para diligenciar sus tejidos y arropes de tuna, los quesos de cabra y el patay sabroso. No son buenos los tiempos. Un asesor del gobierno vino, hace como seis meses a convencerlos que las nuevas tierras que ofrece el gobierno son mejores que éstas. Pero ellos, hace muchos siglos que habitan esa zona austera del altiplano. Sus antepasados aimará y coya, cazaron y plantaron en la aridez de los valles y los huincas, los fueron corriendo hacia el alto. ¡ Otra vez no! Nadie quiere moverse, pero el humo es cada vez más denso y pasan por la carretera, vieja huella inca, un arrastre de camiones y grúas, con gringos rudos que hablan difícil. Ni Kispe ni Bacilio les entienden. Vinieron a comprar gallinas y ponchos de vicuña. Nada se llevaron. Las mujeres escondieron todo y se fueron cabreados como bribones greñudos.
            Kispe se sienta en la costra noble del terreno que sostiene a Bacilio Condorí. –Han llegado.- y en sus ojos abatidos una luz de odio destella empeños.
-                     ¿Qué manda, Bacilio? Lo que encomiende haremos.- y un distintivo de sugerente actividad clausura cualquier diálogo de paz.
-                     ¿Cuántos son? ¿Quién los acompaña? ¿Hay gendarmes o la polecía? Diga, hombre- satura el humo del cigarro casero la voz carcomida por la vida.
-          Son muchos y armados como el mesmo diablo. – y se seca el sudor que ultraja las carcomidas grietas de la piel oscura. –Los gringos son como cuarenta y tienen rifles.
-          Entonces no se hace nada, como siempre nos sacarán en caravana de cadáveres hasta el camposanto de los crestianos. No dejaremos que ganen con sus mañas. Un coya más o menos al gobernio no le hace. Haiga que contemplar como talan para hacer papeles. Mesmo como para plantar los granos. Nuestros padres incas llorarán su selva y nojotros que ni de letras ni de papeles conocemos, poco a poco nos enquedamos sin selva.
-          Bacilio y si se va con los señores del pueblo y les pide... , tal vez se apiaden, la selva también es dellos. La Pacha Mama, ahorita debe estar muy cabriada. –el silencio montaraz se aproxima a los hombres.
-          Ajá, tal vez. – las hilachas de luz cobijan los cuerpos mientras el humo penetra con su ardiente olor agrio los pulmones.
Los resplandores rojianaranjados derraman fatídicos las alas sobre la tierra. Arden los antiguos bosques de quebracho y van desbastando la otrora fauna y flora del noroeste puneño. ¿Allí sembrarán los gringos? Sólo muerte, sólo muerte.
Kispe Mamaní, pertrecha su mula para bajar al poblado. Una amontonamiento de viejos papeles envueltos en tela hilada en fina trama de vicuña, es el tesoro que guarda entre su saco de industria China. Se lo compró la Doralisa en el mercado. Allí estará el maistro para que lo acompañe. El es el que escribe lo que los hombres piensan en papeles con figuritas de colores que adornan las palabras. Con desenvoltura el maistro le habla a los jefes del gobierno. ¡Tal vez logre que lo escuchen!
Muy  a la hora de los insolentes colores del alba, cuando apenas se mueven las aves pregonando a Inti, sale con su carguero. Fluye por el risco cerca del río que de grana va tiñendo el agua. -“Si su Merced quiere dilatar al gringo que manda a quemar el bosque, si su Merced se apiada de los animales que se están cremando, si su Merced tiene misericordia con el pueblo coya... otros niños, más tiempo en el tiempo, lograrán ser grandes”- divaga en la quietud  del amanecer. El humo ha cambiado el color y es agrio y sombrío. Crepita en el silencio de los matorrales. El Kispe Mamaní recibe un balazo en la espalda. No cae, se arrastra. La mula se detiene y rebuzna. Aprieta los papeles que esconde entre su carne herida y sangrante. Sale de entre la maleza un sucio operario, lo sube al mular y le pega un chasquido con chicote de cuero trenzado. Corre el animal, herido su costado, llevando la fúnebre carga.
                        Casi al mediodía, en la plaza se arremolinan los hombres junto al animal que ha acercado su carga. En el atrio de la gobernación, el maestro extrae del cuerpo frío los papeles. Escrito con tinta muy negra, rubrica su Merced: -“Estos hombres libres son dueños de todo el valle”- Manchados de sangre están los sellos que tienen más de cuatrocientos años.
                        De un camión sale un hombre extraño cargando unas armas muy fieras. La gente retrocede y esconde, el miedo les inmoviliza y la pobreza es invariable.

                         En la República Argentina, Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador se queman diariamente ciento de bosques para plantar soja y otros cereales. Los viejos habitantes de la zona cercados por la codicia van entregando en silencio sus tierras milenarias. Queman los leños sin piedad, siendo necesarios para los poblanos. Ni siquiera se usa para fabricar papel. Desde los aviones se pueden observar los grandes círculos de fuego que avanzan y el humo contaminante. La capa de Ozono, es cada día más débil.
             VOCABULARIO:
Ursutas: ojotas de cuero trenzado, calzado típico de los aimará y coyas de Noroeste de América del Sur.
Cuyico: hojas de planta de “Coca” que mastican permanentemente para soportar el Hambre y las alturas en la misma zona.
Guayaca: bolsa o monedero hecho con fibras vegetales, que usan los nativos, para guardar objetos.
Patay: torta que se hace con las semillas del algarrobo, árbol de América. Dulce y muy nutritiva.
Huincas: palabra “mapuche” que se usa para nombrar al hombre blanco.
Mesmo, gobernio, haiga, nojotros, enquedamos, dellos, cabriadas, maistro,: son  el sociolecto de los nativos que no hablan bien castellano-español.
Pacha Mama: madre Tierra. Venerada por los indíginas desde los principios de la historia.
Inti: Dios Sol de los Incas y Aimará.
Puneño: habitante de la Puna de Atacama.
Pirca. Paredes de piedras armadas con exactitud, para separar los corrales, las casas y para evitar que los guanacos, vicuñas y alpacas, como luego vacunos y equinos, se dispersaran por las laderas de la montaña.


FOTOS PARA CURIOSEAR


EN VENECIA DESDE LA LANCHA, EL PUENTE QUE QUERÍAN DESTRUIR LOS ISIS LA SEMANA PASADA. PUENTE DE RIALTO.


UN PARROQUIANO TOMANDO UNA CERVEZA CON EL TRAJE TÍPICO EN ESCOCIA.

UN PUENTE QUE CRUZA UN RÍO EN GRAN BRETAÑA. DETRÁS EDIFICIOS MODERNOS.

HOMENAJE A JOSÉ MARÍA CAPURRO

 En el éxtasis ritual
crece la sangre
primigenia
cenital 
Es la voz modulada de la tierra
áspera y gris
roja y serena 
de aquella palabra nada queda
un sol lejano de poderosa lejanía, 
extrema.
y tú, amigo de la noche sin luna
que duermes en los brazos de la muerte
te entremezclas con la maleza
con el barro.
Sólo huesos y recuerdos 
y un tañer de campanas de madera
sin badajo ni estrellas.
¿Dónde quedó la risa clara 
dónde el fuego en las mañana de invierno
cuando los pájaros volaron
buscando anidar? 
Y tu sangre 
a borbotones corre en el silencio.
Amigo fiel que en la distancia
vives el silencio en la sombra.

al poeta José María Capurro.

PARA MIL POEMAS PARA ÁFRICA -ISLA NEGRA.

ÁFRICA

En el principio fue silencio, oscuridad y soledad

Vino una Luci-Eva primigenia y apareó la vida

Construyó el zahara, la sabana y la selva prieta

Se pobló de fieras, áspid y corzuelas. Hubo elefantes,

Cebras, pájaros y simios que transportaron fuerza.

Tribus abiertas en abanicos múltiples. Guerras. Sangre.

Hombres de piel oscura sobre oro, diamantes y más sangre.

Un amanecer de hoy provoca el ardor procaz de ser esclavos.

Negritud impotente desde fuera, desde adentro, muerte.

Mucha sangre corre por sus ríos y la selva se deshace

en destierro de belleza y crece el desierto.

África tribal y circunspecta donde aun se teme a los espíritus

Donde se vende el osario de los niños albinos,

donde se canta y baila con ancestros peregrinos.

Ciudades cosmopolitas y chozas olvidadas con rostros

y máscaras antiguas, ruido y bullicio en calles atiborradas

donde se vende el alma por un mendrugo y agua limpia.

Pastores de ovejas, caravanas de camellos, políticos turbios,

Misioneros de barba blanca y voz extraña invitando a un templo.

Hay mucha sangre entre las tribus a pesar de los blancos

que se llevaron todo y dejaron el odio, sus flaquezas.

Hay niños de la guerra, territorios de HIV donde la muerte acecha.

Hay maravillas de antaño junto al Nilo, templos de Etíopes en piedra,

Construcciones enormes en ciudades que ocultan su belleza.

África desparramada en balsas por el Mediterráneo

huyen de la pobreza, el hambre y la falta de agua,

caen con su tristeza en territorios hostiles. Ajenos al dolor.


¿Qué le ha dejado sino la esclavitud o la esperanza, el hombre blanco?

POEMA -OLVIDO.

No hay espejos en donde mi frente se apoya
Un reflejo de escoria salpica el espacio de la noche
muelo con arte implacable las sombras
y espero que una mano transgreda el silencio con caricias.
Olvido. El lienzo del horizonte donde inscribo los nombres,
está quebrado en mil aristas de hielo.
El recuerdo donde sopla en silbidos discordes
hay besos perdidos
dominantes. Besos.
Augures pertrechados con notas escritas en papeles sueltos
vuelan. Son águilas que picotean la piel.
No puede leerse con un ojo.
Una mano extendida en tinieblas me toca.
Sobrecoge el silencio.
Ahora…
se oyen los grillos y cigarras preñadas en la noche.
Tengo la piel caliente y dolorida.
La espera será larga. Tediosa.
La nube tapa la sombra que proyecta la luna.

Miro el cantero sombrío. Se deshoja una rosa.