lunes, 15 de mayo de 2017

DEL LIBRO: DE AQUÍ Y ALLÁ CUENTOS SIN SOBRESALTOS

EL VIAJE DETENIDO EN EL TIEMPO


            Estamos solos. Nada responde a nuestro llamado de auxilio. Quietos en la serena ensenada de la isla que nos prometiera tantos éxtasis. El transparente cielo  permanentemente de color turquesa. Es irreal como todo lo que nos sucede. Un reloj marca perfecto las veinte horas. El sol se escabulló tras la costa. Un perfil apenas perceptible e inalcanzable. Somos unos ciegos habitantes fantasmales en la niebla del mar quieto. Se recorta nuestra barca como una gaviota nívea en el celeste inmenso. Silencio. Soledad. Una azotaina rítmica golpetea a estribor ya o tan pronto a babor. La madera cruje y se resiste al latido rumoroso de cada movimiento agónico del agua. Nos acechan las gaviotas para tomar su parte. El calor agobiante nos permite alucinar. Sombras desflecadas a lo lejos. Siento con horror que ya nadie me habla. Ni siquiera el hombre que abrazaba mi cuerpo amalgamando su piel ardiente a mi piel apasionada. Ya no se mueve ni alza su dorado cuerpo húmedo amurallando mi cintura apetecible de besos. Sigue el reloj marcando las veinte horas, disimulando el movimiento del territorio irrefutable de la tierra. ¿Existe  un lugar en el planeta donde sea realidad la vida?
            Mi cuerpo distante del insondable rectángulo del lecho. Me levanto casi de un salto y me aproximo al timón que brilla despojado de manos conductoras. Veo un pie descansando entre las tablas del compartimiento de máquinas. Me agazapo y casi me deslizo por la breve escalera que me acerca al cuerpo. Casi caigo como una carga inesperada sobre el desordenado despojo inanimado. Siento náuseas nuevamente y me mareo. Veo tres, cuatro, ¡no!;  un cuerpo caído... trato de estar cerca y tocarlo. Está febril. Inerte. Mojo con mi camisa en un cubo que contiene agua de mar, le aplico en la cabeza que babea. Los ojos dan vueltas, como las gaviotas en el cielo, mostrando líneas rojas. Trato de pensar. Una imagen se acerca y se aleja en mi mente ardiente.
            Es una mesa meticulosa, limpia y ceremonial. Mantel a cuadros azul y blanco , cubiertos de plata, copas brillantes de cristal, flores en ramillete. Un hombre se acerca con una fuente de belleza indescriptible. Colores: salmón, verde, amarillo, naranja, perfumes exquisitos, sabor a mar en la langosta aliñada. El champaña que burbujea entre las sonrisas excitadas de mi enamorado. Yo estoy sobre el mantel y me deslizo por el suelo con el vientre aguijoneado por un dolor agudo.
De repente comprendo. ¡Estoy envenenada! ¡La muerte acecha! El reloj marca las veinte. Silencio. Soledad. Debo llegar a la cabina y pedir auxilio. Una mano me impide el movimiento. El cuerpo hercúleo de mi amado me obstaculiza salir de ese lugar sofocante. Sonríe. Me mira alucinado. Me acaricia la garganta con vaivenes suaves de un cuchillo con movimientos sensuales. En mi obnubilación veo que goza y se excita. Ríe. Las ruidosas carcajadas alejan los pájaros gritones que acechan en los palos de la vela mayor. El calor me asfixia. Quiero gritar, no puedo. El terror me paraliza. Miro el reloj, está muerto. Yo también.
                                                                                                                     

                                                                                  

ENCUENTRO EN EL BAR DE LA FACULTAD

La mañana es fresca y una suave brisa lame las hojas de las palmeras de la avenida. En la esquina de Toledo y Los Tilos, frente al Banco Central, paran casi al unísono tres coches de alquiler y bajan apresuradas tres mujeres de mediana edad. Bien  parecidas. Muy atildadas y con un refulgir de joyas engastadas en oro y piedras. Se miran, se abrazan con emoción pues hace más de quince años que no se ven. Han dispuesto juntarse el último día de graduación y ninguna pudo impedir la curiosidad de reconocerse.
            Franchesca es la mayor, tiene cuarenta y tres años. Su olvidado cabello color castaño se ha transformado en rubio ceniza, que con un corte perfecto, remarca la nueva nariz, pagada el tercer marido. El vestido apretado a la figura escultural, de seda natural italiana, muestra horas de gimnasio y natación. Está espléndida.
            Lucrecia apenas ha cumplido los cuarenta, algunas canas le dan un aire de mujer inteligente...y en realidad lo es, su master en U.S.A., en Harvard, ha sido noticia en todas las revistas y periódicos del país. Ella es una mujer de ciencia y sus investigaciones en el campo de la genética de la ceguera, le han conquistado muchos premios internacionales. Ha enviudado a poco de casarse y no quiere reincidir.
            Clarisa es la más joven pero a pesar de la estudiada preocupación por su aspecto, muestra un desgaste inusitado. Muy religiosa ha consagrado su vida a niños minusválidos. Dueña de un refugio para ancianos y gente maltratada, sólo ve por los ojos de su joven marido y compañero de luchas solidarias. Lleva el cabello largo como en su juventud, solamente tomado con una traba, ojos grandes y expresivos llenos de vida y amor. Las tres buscan una confitería. Se acercan al Buffet del hotel Hilton y allí casi al unísono cada una comienza a hablar.
           - Moría por verlas ya que sólo he estado unos pocos años en el país, de ti, Clarisa no sabía nada. - dijo mientras mira hacia la barra del bar a un apuesto y musculoso joven- y ya leí todo sobre ti mi científica adorada...-
            Las he extrañado mucho, mi vida ha sido muy difícil, ya que después de enviudar no logré una pareja que pudiera compartir mis permanentes viajes y estudios- exclamó Lucrecia mirando los ojos tristes de Francesca, que trata de ocultar tras su juvenil figura una vida llena de pena.- Tú Clarisa estás realmente realizada.-
            -Me encanta verlas tan jóvenes, llenas de vida, modernas, yo no tengo tiempo para mí, mis pobres viejos y mis huérfanos me roban todo el tiempo y energías. Me encantaría viajar como tú y tus descubrimientos, o ser una dama fina llena de glamour, como tú, Francesca- dice ocultando sus manos callosas y con uñas cortas y arruinadas. Se ha puesto los anillos de la abuela que es lo único de valor que le queda. - Ahora quiero pedirles que me atiendan...- pero Francesca la interrumpe.
            -En mi último viaje encontré a Nicoletta, ¿se acuerdan de ella?, volvió a casarse con un americano riquísimo, es dueño de una empresa petrolera, y ahora vive en Niza. Yo me sorprendí porque tiene tantas cirugías que casi no la conozco. Fue ella la que me llamó desde su Ferrari dorada - un joven musculoso se acercó y tapándole los ojos le hace un comentario en el oído que a tapó con una carcajada y se volvió para amonestar con un sonoro beso. Clarisa y Lucrecia se miran extrañadas, pero no se impresionan en lo más mínimo.
            -Mira querida Clarisa esta charla es una conversación de sordos. Te contaré, tal vez en tu tarea te pueda servir mi nuevo descubrimiento. Hay unas enzimas proteicas que bien metabolizadas recubren la mielina de las neuronas y ayudan en la reconstitución de la sinapsis neurológica de la capa cortical- perdón me puedes pasar el agua, interrumpió Francesca mirando de reojo a Lucrecia, pidiendo socorro a su compañera- Bien, te decía que el doctor Ferrands Lupier, ha descripto una asociación de fosfatasa alcalinas de Bodansky con bromosulftalrína que actúan sobre la capa hepática...,-¡ Ay, no me mires así!  
            -Yo quiero pedirles que me manden unos donativos para poder comprar un refrigerador nuevo y ropa de cama para los niños y los ancianos- expresó Clarisa entre miradas de horror de Francesca y Lucrecia que extrae su chequera de la cartera  que es de marca famosa. La exuberante italiana, se saca uno de sus anillos de esmeralda y brillantes y poniéndolo en la concavidad de la pequeña mano espeta, “Mujeres me voy, he encontrado un efebo que tranquilizará mi espíritu aventurero.  Hasta el año que viene”.y parte con el rubio musculoso.
            Yo también me voy tengo una reunión en la facultad con unos médicos genetistas suecos y japoneses. Besó ligeramente a Clarisa y partió sin volver el rostro. La joven mujer suspira y termina el carísimo almuerzo con la tranquilidad propia de la gente que tiene paz interior.

                                                          


POEMA

Si  me desalojo de los sueños

si me destierro hacia el confín de las palabras
si penetro en el túnel verde del abismo
estaré caminando en el borde del desierto
y la ráfaga indeleble de un beso
transformará mi crepúsculo en una carga de suspiros.
Guardaré el secreto entre las sábanas
Comeré damascos con tu boca dormida
Soñaré inexplica arco iris de magnolias
Volveré sobre los pasos de la niña perdida
Para amar al hombre que me espera en los sueños.


SADE EN FERIA DEL LIBRO DE BUENOS AIRES.


PRESENTANDO TANGO ROJO EN LA FERIA DEL LIBRO DE BUENOS AIRES EN SALA BIOY CASARES. GRACIAS SADE MENDOZA Y A SADE NACIONAL POR EL ESPACIO.
ADEMÁS DE PRESENTAR LA PLAQUETA DEL SAFARI FOTOGRÁFICO DE VENDIMIA Y ANIVERSARIO DE DIAMANTE DE NUESTRA INSTITUCIÓN CUYANA. JUNTO A MÍ, LA PRESIDENTE DE SADE MENDOZA PROFESORA MARÍA TERESA CAGLIONI.

UN ASPECTO DEL PABELLÓN DE MENDOZA EN BS.AS. CON LOS LIBROS DE NUESTROS CREADORES.

MIS MONTAÑAS SE CUBRIERON DE VERDE

 Con un manto de suave felpa colorido
lo que fue risco y piedra se transformó
en olas de verdes  y movidos por el sol
parece un jardín con césped adherido.

Los arenales de coirones mortecinos
Son desterrados por matorrales de color
Marcando el espacio con mil plantas con olor
Que penetra en el silencio bellísimos sonidos.

El viento arrastra el murmullo del otoño
Con crujir de hojas doradas que cayeron
Desde los álamos flexibles y umbrosos al calor

En verano las acequias rumorosas en sus retoños
Acercan el canto fresco del verde embriagador

mas, el otoño con sus ocres y oro marca el esplendor.

TIEMPO

Llegando a una cima de la vida arrastro
una enorme red  con ternura  elaborada
- sacrificio de horas, de  almanaques-
van prendida en ella como anzuelos
herrumbradas  penas, añoranzas mohosas
algunos agujeros, provocando la risa
tal vez color de sol o extraña maravilla
aquella flor marchita , un cuchillo de azúcar
un peso infinito que atropella los besos


LA VELETA


                                                           “No hables mal de alguien cuya carga nunca hayas llevado a cuestas” Marion Bradley

                            Ludovica apeándose del caballo, se alejó hacia la mesa de hierro que presidía el jardín. Allí estaba Andrea y el señor Gilberto. Tomaban unos mates con sabor a hierbas del campo. No fue sorpresa para Andrea ver a su compañera del colegio donde pasaban medio año pupilas para aprender las materias propias de señoritas de ciudad. Ellas se reían de la torpeza de la directora, una muy miope docente alemana que ejercía con mano de acero al pequeño rebaño de muchachas. El anciano portero era el único hombre que veían y siempre cuchicheaban sobre su modo penoso de hacer las tareas.
                        Riéndose la recién llegada se tiró sobre la falda de Andrea y Gilberto le hizo una chanza que ruborizó a las dos chicas. Cuando el rato, llegó Rafaela, la ayudante de cocina, vociferando que había fuego en el “guisadero” y que Luisa, la vieja cocinera, estaba abrasada entre humo y chispas con un pavo en los brazos y apretaba con furia la comida. No quiere salir, se va a quema viva y válgame Santa Eufrasia, que yo no quiero ver nada. Salimos corriendo y nos empujó el olor a quemazón de plumas y cabello. Gilberto cerró la puerta y tapó con una manta a la anciana. Juana se quedó muda. Luego salió espantada hacia su habitación con el pavo abrazado y negro. ¡Era la comida del Día de Gracias y la primera vez que fallaba su pitanza.
                        Todos llorábamos por el fuerte olor agrio y el vapor hediondo de grasa y laurel quemado. Luego comenzamos a reír y reír por lo poco afortunado de nuestro accionar frente a la “catástrofe” ocurrida con nuestra cena. Rafaela  comenzó a limpiar y su carita siempre acalorada por los pucheros, estaba tiznada y sucia. Lloraba y murmuraba contra nosotros, que según ella, éramos malas y egoístas. Llegó papá y su vozarrón nos hizo callar a todos.
                        ¿Qué ha sucedido acá? Acaso no saben estos señoritos superar un descalabro con seriedad. Andrea y yo nos tentamos. No podíamos evitar la risa. Nuestra inexperiencia era supina y Gilberto no era el mejor bombero de la zona.
                        Luisa, al oír al patrón, subió a la cocina, siempre abrazada al pavo negro y chamuscado. Su cara era de un fantasma recién acontecido. Todos de pie frente a ella comenzamos a reír y hasta papá se llevó la mano a los bigotes para que no se le notara la hilaridad. Ese día nos llevarían a la casa de Antenor, mi tío a cenar, por lo ocurrido. El problema era la servidumbre. Cuando llegamos todos, con Luisa y Rafaela a la casa del tío, su esposa, puso el grito en el cielo.  Para ella era falta de respeto que ellas estuvieran allí. Las pobres no sabían donde esconderse. Mamá la arengó hablándole de la “caridad” y ella comenzó a maldecir a las pobres mujeres. ¡Que eran sucias, que eran tontas,  Consideraba una que arruinaban sus hermoso pisos, etc., etc.!
                        Papá habló seriamente con ella y le dijo que su gente, era muy buena gente. La tía  Rigoberta cambió como una veleta, sabía que con papá no se jugaba y las defendería como a su prole. ¡Por eso odio a la famosa tía Rigoberta y creo que todos pensamos lo mismo! ¡Es una verdadera veleta!