jueves, 15 de febrero de 2018

TRISTE HISTORIA


Una historia sin igual
            Belisario Hortubia estaba sentado en el café de “Chivato Rojo”, succionando su décimo cigarrillo negro, tan negro como el odio de su alma por ese destino de mierda que lo puso cerca del Sargento Melitón Rosmualdo Quintero. Un verdadero traidor a la causa de los humildes y desperdiciados trabajadores de la tierra de Rodeo. Esperaba la hora de ingreso a la reunión de la “confraternidad de los herbolarios”. Un sindicato armado de incógnito por un grupo de rebeldes cófrades de Rodeo.
            Alrededor de la veinticuatro, cuando ya el humo desdibujaba el rostro de los parroquianos y el olor a “macho” caliente y sucio por el trajín de las máquinas y la falta de agua y jabón. Belisario se irguió y haciendo resonar sus nudillos, se acercó a la mesa siete donde se vislumbraba la enorme humanidad de Don Chicho Fernanducchio, el capataz de la “Cosechera Violeta”, el siciliano, con un eterno toscano y mirada acuosa repasaba los nombres de los presentes para denunciarlos al Sargento. Su abultado vientre flatulento discurría en sonora sinfonía cerril, cuando el cuchillo de Belisario, le informó su disgusto por estar entreverado con los cófrades. Se oía apenas el silbido de las tripas en huida precipitada y cayó el “pucho” entinto en la sangre grasosa del entregador.
            Todos salieron en silencio buscando la puerta para asistir a la reunión. A él, le salió la bolilla roja y cumplió con su misión. El siciliano boqueaba en el roñoso piso del “Chivato Rojo”. La policía nunca supo que fue un guapo hijo de la tierra quien completó su tarea.
            Al Sargento Melitón Rosmualdo Quintero lo fusilaron a las cinco de la mañana en la plaza de armas, por traición a la Empresa cuyo dueño, era el diputado Nacional Belarmino Soria Ruettes.


OTOÑO EN MENDOZA


UN ALELUYA DE HOJARASCA DE OTOÑO SE AVECINA

URDIEMBRE GIGANTE DE OROPELES DE BRONCE

QUE IMITAN UN CUADRO DE VAN GOGH, UN SUEÑO DE UNA TARDE

UN INVIERNO INICIAL CON VETAS DE JADE Y OBSIDIANA

UN ALELUYA CON INSOMNIO EN SÁBANAS DE ARENA

SAUCES CALIENTES ACARICIANDO LAS NUBES DE AMIANTO

ESTOPA DE AZÚCAR IMPALPABLE CON MANOS DE HIELO DORADO

DEBAJO EL SOL PLATEADO CONSUMIENDO OTRA ESTRELLA

Y MI CAMPO ALFOMBRADO DE ASOMBRO ESPERA UN LIRIO BLANCO

OTRO ALELUYA DE CARMINES Y TACONES AFILADOS QUE HIEREN LAS PIEDRAS

viernes, 9 de febrero de 2018

DE PECADOS CAPITALES: AVARICIA


UNA FAMILIA PERFECTA

            Escuche sobresaltada la historia en boca de la anciana. Vivía debajo del alero de una antigua edificación semi demolida rodeada de cartones y cobijas hilachentas. Un perro de la calle y la dama escondida entre trebejos, acicalada y altiva.
            Fue en una tarde de lluvia, la invité a mi café favorito en la esquina de Maipú y Sáenz, allí me miraron mal, se acercó el dueño y me pidió que me retirar o que se fuera la señora y me puse firme y le dije que era mi invitada. Como soy habitué se quedó tranquilo y aceptó a Guillermina.
            Mientras devoraba un sándwich de jamón y queso con un suculento café con leche, comenzó a contarme su vida.
            Señora, yo nací en lo que se dice cuna de oro. Éramos una familia muy conocida, vivíamos en esa casa de allí, ve, la de entrada para autos y jardines. Mi padre era contador de una empresa extranjera, mi madre era una refinada señora educada en colegio inglés, y éramos cinco hijos. Cuatro mujeres y un varón. Yo la menor. Renata tenía el privilegio de ser la que dominaba a todas nosotras junto a una institutriz. Juliana la del medio era solitaria y triste, siempre dedicada a los libros. Silvina era alegre y juguetona y mi hermano era vivaz y perezoso. Se llama Leopoldo por mi abuelo paterno. Era el preferido de mi padre.
            Fuimos lo que vulgarmente se llama una familia “perfecta”. Crecimos mimadas y con buena educación. Papá se encerraba en el escritorio con mi hermano y hablaban sobre  negocios, deportes y mil cosas, pero a las cuatro mujeres nos estaba prohibido participar, incluso mi madre, pobre, nunca pudo intervenir en las conversaciones de ellos. Mamá no sabía si en casa había dinero o negocios que la involucraran a ella. Fíjese que su familia le había dotado de dos estancias y un edificio de cuatro pisos con ocho departamentos en pleno centro, que mi padre alquilaba a terceros y mamá nunca vio un centavo de sus haberes. Siempre le retaceaba un billete si necesitaba para algo. Le decía deja esos temas para los hombres, no son cosas para mujeres y menos para ti, que nunca en tu vida tuviste que luchar en la calle.
            Eso la hizo envejecer hasta que la consumió un cáncer. Falleció a los cuarenta y nueve años. Nos quedamos solas, si muy solas, mi hermana Renata nos ayudaba y trataba de remplazar a mamá, pero ellos, mi padre y hermano, cada vez nos trataban peor. Echaron al personal, a la institutriz y sólo quedó el jardinero y el chofer, que ya ancianos fueron falleciendo. Cuando Renata cumplió dieciocho años la casaron con un abogado de Chaco y se fue llorando a mares y nunca supimos de ella. Hace unos años, me contaron que cada carta o llamado telefónico era interceptado por papá y Leopoldo.
            Juliana entró a las Carmelitas descalzas y no la vimos más ya que papá pidió que la llevaran al extranjero. Silvina se escapó a Uruguay donde se casó con un muchacho bueno que supe la había hecho muy feliz, tiene cinco chicos hermosos.
            Cuando quedé sola en casa, supe lo que iba a ser mi vida. Fui cocinera, mucama y hasta hice de jardinero. Limpiaba los pisos y ventanas, lavaba y planchaba para los hombres de la casa que estaban impecables, ya que si hacía algo que no les gustaba me golpeaban con la fusta de un caballo que usaba mi hermano en los campos de mamá.
            Una mañana muy temprano entré para limpiar el escritorio y encontré a mi padre en el suelo. Corrí a pedir ayuda en la calle y enseguida llegó una ambulancia y la policía. Mi hermano había ido a una de las estancias, era época de venta de ganado y cosecha de trigo.
            Él, había caído muerto por un ataque al corazón. Me vi sola y con mil tareas que tuve que afrontar.
-¿La canso con mi relato?- dijo… puedo parar acá. ¿Me convidaría con otro café?- pedí  dos cafés y ella continuó a un pedido mío.
            Cuando Leopoldo se enteró regresó ofuscado y rugiente. Me maldijo diciendo que yo lo había matado. ¡Gracias a Dios, el dueño de la funeraria le dijo cosas que lo dejaron callado! La verdad era bien clara, yo no tenía la culpa de nada.
            Pocos días después llegó un abogado con dos ayudantes. Allí me enteré la cantidad de propiedades que había comprado mi padre, los caballos de raza que tenía en las estancias, ganado vacuno del mejor y mucho dinero, dijo, que estaba en la caja de dos bancos de la ciudad. Todo eso tenía que repartirse entre las hermanas y el varón. Los hijos todo por igual recibiríamos como herencia esa cantidad de fortuna. Yo no podía creerlo. El abogado, muy amigo de mi padre, me dijo que llevaría a mi hermana a Chaco lo que le correspondía y a Uruguay a mi otra hermana. Las monjas no necesitaban recibir nada porque eran de una congregación de pobres mendicantes, y yo, ya se vería que me daban. Olía a cuento.
            Y bueno fue así. Cuando con el secretario y Leopoldo fuimos a las cajas de los bancos, éstas estaban vacías. Y nunca pude hablar con mis hermanas.
            Hace más o menos tres años, me encontré por casualidad con el empleado del banco que me contó que Leopoldo antes de ir conmigo, había quitado miles de fajos de dinero de las cajas, ya que tenía la clave y la llave, que papá le diera en vida. Luego que le dije a mi hermano eso, me echó de la casa con lo puesto. Por eso vivo aquí, frente a su puerta, para que cuando sale con su chofer y su familia me vean buscar comida en la basura. Él, da vuelta la cara. Bueno, no tiene cara.
            El abogado me confió que mi querido hermano nunca les dio nada a mis otras hermanas. La familia de Leopoldo Lochan sale en los diarios, en las revistas de moda y cuando puedo, me pongo de poncho esos diarios y paseo despacio caminando por el frente de la que fue mi casa. ¿No le parece una historia fascinante?
            Se irguió, saludo cortésmente y colocándose una foto de su hermano de una revista de moda y muy conocida como sombrero, salió a la calle a enfrentar el destino.

¡Y HABLANDO DE MUÑECAS!


UNA MUÑECA PARA SUSI

            Pienso en mi infancia y recuerdo cuando veía a las compañeras cuyos padres estaban en muy buena posición económica y nosotros soñábamos con tener alguno de esos juguetes que tenían.
            La escuela, dicen, es niveladora social. Yo no lo creo. Había algunos chicos que llegaban en auto y otros caminaban cuadras y cuadras para llegar al edificio donde se cursaba la primaria.
            Mi papá era obrero en una chacra, mi mamá no sabía leer ni escribir y mi hermano, me llevaba de la mano por la banquina hasta el asfalto casi a la rastra, para entrar antes que sonara la campana. Nos colgaban del cuello las zapatillas. Antes de una cuadra nos lavábamos los pies en la acequia y nos calzábamos y así nos duraban más las zapatillas que de tan baratas, se desflecaban enseguida.
            Nacho, mi hermano era muy estudioso, traía una buena libreta y como papá apenas sabía firmar por las dudas nos daba una palmada en la cola por si acaso venía algo mal. ¡Que la Susi, te ayude cuando termine con el cuaderno! Y allá iba yo a recoger los huevos al gallinero, en pata, como para entrar con mis zapatillas. Estaba lleno el gallinero de caca de los bichos. Me picoteaban los pies y los tenía llenos de sangre, mamá me ponía un té de yuyos para sacarme el dolor, era amargo y de olor hediondo, pero me hacía bien porque enseguida se hacía una cascarita oscura.
            Me costaba mucho hacer las cuentas, Nacho me llevaba debajo de una higuera y con piedritas me hacía hacer las cuentas. Lo quería mucho al Nacho.
            Para cuando cumplí los nueve años, él ya salía de primaria y lo llamaron al papá y la directora le dijo que ella lo iba a inscribir en la secundaria del pueblo porque el alumno era ejemplar. ¡Pobre Nacho! Papá dijo NO. Él trabajará en la chacra y me ayudará y así termino la brillante carrera de mi hermano, plantando ajos con las manos llenas de ampollas y cosechando uva en vendimia para otros patrones.
            Un día la mamá me llevó al cementerio en micro. Cuando bajamos en una calle muy llena de negocios y autos, entró a comprar en una mercería unos hilos de coser y al salir, al ladito vi una muñeca.
            Era una muñeca hermosa, con vestido azul y cabello rubio. La boquita apenas abierta y las manitos sonrosadas. Me quedé dura, parada y sin respirar. Mamá me dio un tirón. ¡Vamos que cierran el cementerio! Y caminé mirando atrás. Me enamoré perdidamente de la muñeca.
            Regresamos tarde y papá y Nacho estaban preocupados, creyeron que nos habíamos perdido. Mi mamá llevaba en la mano bien apretado el monedero y un papel donde mi hermano le puso el número de los micros que teníamos que tomar.
            En la noche me levanté despacito y lo desperté a Nacho, para lo cual tuve que levantar la cortina que separaba nuestra cama de la de mis papás y la de él. Nuestra casa tenía una sola habitación separada con cortinas las camas de mis papás y las nuestras.
            Como un gato me acerqué a mi hermano: ¡Nacho! ¡Nachito, despertate!
            ¡Qué te pasa Susi? Y levantó la cabeza con dificultad, qué pasa. Hoy vi la muñeca más hermosa que nadie puede imaginarse. Estaba en la vidriera al lado de la mercería donde mamá compró. Tenés que ir a verla. ¡Hasta mañana Susi, tengo que ir a podar en lo de don Vásquez!
            Me deslicé y me acosté y soñé. Soñé que vestía y peinaba la muñeca. Soñé todos los días desde esa tarde. Y hablé hasta cansar a todos.
            Le pregunté a mi maestra cuánto podría costar esa muñeca. Ella me miró y sentí que muy adentro de ella sentía pena por mi pregunta. Debe ser cara, me dijo. Unos cuantos jornales de tu papá.
            Me fui callada a mirar como jugaban al elástico unas niñas de otro grado. ¿Cómo puedo hacer para ganar el jornal de mi papá? Cuando volví a casa, le pregunté a Nacho. Él se rió. Sos zonza vos. ¿Cómo vas a chanquear si no tenés edad ni para ir sola al centro?
            Me escondí en el gallinero y lloré y lloré hasta que me quedé dormida. Nacho me llevó en brazos a la cama y me dio un beso en la frente que recibí medio soñando.
            Una tarde Nacho desapareció. Mamá preocupada fue a los vecinos y preguntó si lo habían visto. Nadie dijo nada, si lo vieron subir al micro, pero no le contaron porque lo querían y papá le daría unos buenos azotes.
            Al anochecer lo vi. llegar por la calle de tierra con un bulto debajo del brazo. Parecía un linyera. Papá lo agarró apenas entró y le arrancó el fardito… ¡Era la muñeca!
            ¿Quién te ha dado esto? Yo la compré. ¡Mentira, la robaste! No, es para Susi…y yo junté plata. ¡Recién vino don Vásquez a decirme que era mi hijo el que había robado una muñeca en el negocio del centro! No te da vergüenza, que un hijo mío ande cuatrereando muñecas por ahí! ¿Dónde viste alguna vez que robara algo tu madre o yo? Papá perdone mi acción, pero dejé todo lo que gané haciendo changas y no alcanzaba. Vaya y devuelve la cosa esa. Y se viene conmigo a lo de don Vásquez a pedir disculpas al patrón. No, grité, yo quiero la muñeca. Y me cayó el rebenque de papá en la espalda. Por tu culpa tu hermano es un ladrón, vos también venís conmigo.
            No solo devolvimos la muñeca y pedimos perdón, sino que por muchos meses, mi hermano no pudo sentarse bien de los revenidazos que le dieron.
            Ahora con los años que tengo recuerdo la pesadilla que fue devolver la preciosa muñeca, pero mi hermano, siempre se ríe cuando cuenta que casi se va a la comisaría por robar una muñeca para Susi. 
             

MUÑECAS DEL SIGLO PASADO

PARA UNA NIÑA DE MI INFANCIA TENER UNA MUÑECA ERA UN SUEÑO. 
 COMO ERAN DE PORCELANA SUS CARITAS Y SUS MANOS HABÍA QUE JUGAR CON MUCHO CUIDADO. PERO ERAN UN SUEÑO
EN EL MUSEO DE LAS MUÑECAS EN BUENOS AIRES SE GUARDAN CIENTOS DE JUGUETES Y MUÑECAS ANTIGUAS. ¡UN PLACER PARA LA VISTA!

LEYENDA MENDOCINA

 EL HIJO DE LA VEJEZ.

                               

Los viejos habían subido hasta el corazón mismo del cerro. El frío dejaba azuladas y secas sus manos apenas cubiertas por piel de mará. Los golpeaba el viento. Pero el sacerdote - brujo, les había exigido eso. Ya Mismiya cumpliría ese verano treinta años. Ya era casi imposible tener un hijo. Los dioses se lo negaban y las ofrendas año tras año eran más difíciles. Caminaron en círculo alrededor de un nido abandonado de cóndor. El gran Padre de las Montañas. Luego derramaron aloja y chicha. Armaron altares de piedra que adornaron con hojas de coca y churqui. Acomodaron entre las piedras una ofrenda con la imagen de un niño con vestidos hechos con lana de alpaca. ¡Su pariente había viajado catorce jornadas hacia el norte buscando la lana tan codiciada por los dioses ¡  
            Cantaron a voz en cuello los cánticos antiguos. Lloraron sobre el nido y dejaron sus trenzas en él. Pasaron cada día y cada noche con la esperanza de regresar y concebir al hijo.
                        El retorno fue duro. La rocas afiladas rompían el cuero de sus ojotas. Sus pies sangraban e iban marcando un pequeño camino entre los pajonales. Eran Huarpes. Su grupo estaba muy separado de los grandes centros habitados por la gente Mapuche y Arauca. Tenían su pequeña tierra trabajada en terrazas con maíz y papas. Un corral con diez guanacos servían para trasquilar lana y tener leche. La carne era muy valiosa y la charqueaban para los largos inviernos del Cuyun. Llegaron a su casa de piedra y paja. El techo había volado y debieron `acoyararse´,  entre unos algarrobos hasta la mañana siguiente.  Kiskpe trajo de los cerros unas marás que se apretaban en una talega de fibras vegetales. Las ubicó en una hoya de piedra para que no escaparan. Tendrían comida por un tiempo. La primavera llegó y Mismiya supo que los dioses se habían apiadado de ellos. Estaba embarazada. La vida fue un canto de cajas y yaravíes. De música interior y amor.
                        El pequeño Mijotenok llegó en otoño. Era un niño moreno con cabello fuerte y ojos oscuros como la noche. Lloró como sus padres a pulmón. Pero sus progenitores lloraban de felicidad. Él lloraba para comer, para llamar la atención y para todo. En la pequeña casa nadie podía dormir. Cada día uno de sus papás debía dedicarse sólo a cuidarlo. El temor que los demonios entraran y se los arrebatara era increíble. Los vecinos reían al ver su desesperación ante el menor signo de dolor. Así fue creciendo...caprichoso, egoísta y remolón. Nadie sospechaba que tendría un extraño destino.

                        Las estrellas de su nacimiento estaban marcadas en un cuero de chinchillón, que Kiskpe, su adorador incondicional, había trabajado con sus muelas hasta dejar finito como un ala de mariposa. Pero ninguno advirtió tampoco que el día que había sido concebido la diosa Luna había tapado al dios Sol. Inti, la madre Tierra seguro pudo evitar ese maleficio, pero los dioses necesitan cumplir sus mandatos superiores.
 ¡ Así, con ese futuro siguió creciendo !
                        Pasaron varios años. Mijotenok, era travieso y hasta malicioso. Gustaba de mortificar animales y personas. Los niños evitaban jugar con él. Sus padres sentían que era por la belleza de su hijo. No entendían que el muchacho hacía cosas perversas. El amor les impedía aceptar el consejo de los ancianos. Ellos advertían la mala intención de los juegos y tareas del jovencito. Un día que su madre no le hizo una comida de su gusto tomó un palo y le golpeó la espalda. La mujer lloró pero se inculpó frente al padre. Éste callado miró con pena pero no se animó a castigar al hijo. Nunca quiso ayudar en la tarea de plantar y cosechar. Tampoco quería servir a su padre en labores de pesca o caza; ni en la recolección de semilla de algarroba, ni de miel.
                        Salía a vagabundear solitario rompiendo nidos y madrigueras. Matando pájaros o pequeñas bestias. Disfrutaba ver desangrada a las ranas y lagartijas.
                        Los padres, ya ancianos, veían que su Mijotenok era un ser despreciable a los ojos de la tribu. Nadie lo quería y todos lo evitaban. Arreciaban los palos con la fragilidad del padre y la madre, que ya no servían como antes al hombre. Astuto y maligno, los dejaba pasar frío, sed y hambre. Así, primero partió Mismiya, una tarde de frío invierno. Como pudo Kiskpe la llevó envuelta en la mejor manta de pelo de llama que aún tenía. La cubrió de piedras como era su costumbre y al regresar encontró su casa abandonada y revuelta. Mijotenok había sacado lo poco de valor que tenían y se había marchado. Muy pronto los dioses se acordaron de Kiskpe. Un grupito de vecinos lo envolvió y lo dejó junto a su buena compañera. Un paño de dolor y silencio envolvió al grupo. Nadie preguntó por el hijo.
                        En verano regresó Mijotenok, y encontró la casa vacía y desprovista. Comenzó a golpear a los hombres y mujeres que se cruzaban silenciosos por su camino. Borracho, la chicha lo había convertido en un demonio. Gritaba y maldecía. Nadie respondía a su grosería. Así entre borrachera y borrachera, su cuerpo débil, comenzó a sufrir alucinaciones. Veía a sus padres por todos lados. Corría por las veredas de los cerros vociferando. Trataba de alejar las visiones. Solo, estaba muy solo. Una mañana de primavera cayó en un precipicio a la vista de algunos hombres del caserío. De su cuerpo yerto salió como despegándose de entre sus brazos una enorme ave negra.
Así nació en estas tierras el "jote", ave de rapiña que sólo come carroña.

                        

UN REGRESO INESPERADO.



El automóvil se desplazó con urgencia sobre el pavimento caliente. Desde la butaca se veía hacia el frente un lago brillante que devenía en gris concreto, a pesar del sueño irreal que se proyectaba adelante. Era la temperatura sofocante del verano. Todo se transformó en un fantasma que jugueteaba en el páramo, con el sol que caía a plomo. ¿Así sería el desierto? Imaginó ser abandonado en el yermo más seco del mundo. En Atacama. Recordó un programa de National Geographic Channel, que había visto hacía un año en televisión. Algo extraordinario ocurrió en aquella época. Llovió. Llovió sobre el desierto, abundante agua, y el Atacama en pocas horas, como un milagro esperado, se cubrió de flores y plantas que emergieron rotundas de la tierra arisca. También habían salido a la superficie sapos, ranas y lagartijas, que rápidamente se aparearon para perpetuar las especies; insectos que llenaron las inusitadas corolas para polemizar los vegetales despiertos por el breve tiempo húmedo. Mucho polen y rocío se esparció por el aire. Toda clase de animalitos se dedicarían a multiplicarse; a transformar, en pocas horas, ese desierto inhóspito en un paisaje inusitado. Su mente dejó de vagar por aquel recuerdo inútil, ya que él, regresaba a un lugar habitado Cerró los ojos y pensó que así encontraría su pueblo. Dormitó. El calor se mitigó cuando Daniel, mientras manejaba, elevó el cristal de la ventanilla y comenzó a funcionar el aire acondicionado. El chofer murmuró un ininteligible insulto. Su afición al tabaco lo torturaba desde siempre y ese viaje era una más de las torturas que debía soportar.
Rogó que lloviera como en aquel programa de su recuerdo. Una densa lluvia calmaría el disgusto de su compañero y su ansiedad.
            Si cambiara ese paisaje espantoso, el viaje no sería lo que era. Algo penoso. Se secó el sudor con un pañuelo de papel. Quería arribar. En realidad no. Prefería no volver a su pueblo. Recordó cuando salió de Casas Viejas. Casi huyó. Era sofocante el recuerdo de esa pequeña aldea donde quien respiraba, debía hacerlo al ritmo de las otras 789 personas que lo habitaban. Se había apasionado con un amor prohibido. Una mujer que no podía responder a su pasión. Era casada. Nadie debía sospechar que era el único horizonte de su locura. No podía exponerla y exponerse al oprobio. Muerte social. Huyó en un tren de un ferrocarril que ya no existía. Así huyó.
            De regreso ahora, el corazón escapaba por las venas que palpitaban como potros salvajes. El llamado urgente de tía Lourdes, no le permitió excusas. Allí iba muerto de angustia. Lleno de ira.
            Había triunfado en la selva de la gran ciudad. Su música logró penetrar en un público inestable y cambiante. Vendiendo cientos de discos y teniendo muchos contratos firmados. No podía desprenderse de ellos.
            Observó a la vera del camino un caserón que no recordaba. No existía cuando vivió allí. Era un desperdicio una casa estilo francés, con unos jardines, que se destacaban entre el enrejado, parecido a los de Versalles. Era un objeto exótico, que distraía el entorno. Innecesario. No, no estaba cuando huyó de Casas Viejas. La curiosidad lo hizo despertar. Se ubicó en el asiento atento al paisaje. Nada nuevo hubo desde allí en adelante, pero el aguijón de la duda lo espoleó. Al fin arribaron. La casa estaba igual. Descascarada la fachada, la puerta crujiente como siempre, roto el llamador de bronce y el jardín recordaba épocas de humedad y cuidado.
            Tía Lourdes, con paso cansado, los recibió con gesto adusto.
            -Mira tu padre murió ayer y lo cremamos esta mañana. Relató detalles como si fuese el final de un partido de fútbol, sin emoción.
            -También murió Juvenal, ¿te acuerdas a quién me refiero? Fue un accidente inverosímil, que se vivió en este pueblo tan pequeño como una osadía del destino. Dejó dos familias rotas.
Se quedó en silencio, mitigado por alguna lágrima que se deslizó por la memoria de la anciana. También pensó en las vidas rotas, la del sobrino y la de la mujer.
            -La tuya y la de ella se descalabraron. Ahora vive en una maravillosa casa en las afueras. Dicen, que Juvenal, el difunto esposo, compró parte por parte, de la casa, en Francia. ¿No la vieron al pasar?
 Había soslayado el tema escabroso. Nombró a la única, como si todos conocían el pasado escondido.
- Ahora, dijo carraspeando, puedes ir a darle las condolencias Es la viuda más joven, hermosa, rica y codiciada de Casas Viejas. Corre antes que alguien se te adelante.
      Agitada, parloteó con Daniel un rato. Lourdes señalaba la calle por donde tuvo deseos de correr. Necesitaba que se quedara callada. Quiso gritar. Ese día o el anterior, su padre se había despedido de la vida. Como siempre sin dejar huella. Huyó como él, pero al otro mundo.
            Se instalaron con Daniel, amigo y chofer de confianza. Trataron de amoldarse a las rutinas de la tía solterona, que ya contaba setenta y ocho almanaques. Los siete gatos merodeaban por todos lados y tres perros, les ladraban ante el más mínimo movimiento, eran los únicos habitantes visibles de la casa.
            Se durmieron agotados. La noche fue una dolorosa danza de silencio que les dio un relámpago de paz. Al amanecer, con el bullicio de los pájaros, despertaron. Debía terminar con los trámites burocráticos. Era el único heredero y no podía dejar sola a su tía.        
             Salieron con la esperanza de acabar rápido y poder regresar a la capital. Atravesar las calles fue un suplicio. Le llegaban abrazos de dudosa condolencia, pedidos de autógrafos y amigos que no conocía, que le hacían mil invitaciones. Debía mostrarse triste y compungido. Hasta llegar a la oficina del municipio, la tortura se fue incrementando. Indudablemente era un personaje exitoso y todos querían tener contacto con él.
            Cuando ingresaron al pequeño recinto, el corazón le dio un salto. Allí con un jean y una remera negra escotada, estaba ella. El cabello suelto sobre la espalda cubría parte de su cintura. Estaba más delgada. La mujer se volvió para mirarlo y recorrió su piel, con la minuciosa libertad de una muchacha a la que le sobraba tiempo. Se acercó resuelta, y dándole un sonoro beso en la mejilla, se abrazó llorando sobre su pecho varonil. Nunca sabría si por Juvenal recién muerto, por la muerte de su padre o por el amor que habían vivido en secreto. Daniel, se evaporó. Los oficinistas salieron del lugar dejándolos solos.         Sin pudor Analía, le suplicó que la sacara del pueblo. Quería irse con él. Con asombro, Gastón, sintió que ya no la amaba y separándola de su pecho la contempló un instante y la alejó de sí, sin decir palabras.  Ella, llorando, salió y corrió por la calle perdiéndose a la mirada de los transeúntes. El, continuó llenando los papeles que se movían jugueteando sobre el escritorio con el aire de un viejo ventilador de techo que rezongaba desde temprano en la sala