lunes, 5 de marzo de 2018

TRISTEZA


Tengo ese ángulo inmortal,
de azul y negro, marcado,
como el estigma inútil, en mi vida....
Arista inmemorial del hombre,
¡El alma!
¡Yo tengo un alma!   ....que ...
adentro de este cuerpo mío,
palpita   y  llora!
¡Pobre alma inmortal, la mía,
ahora...¿de qué ha de vivir?
¿De poesía?
Los fuertes lazos de este amor,
de mujer y origen...
pueden acaso, ¿ borrar la tristeza
de este, tempestuoso, día?
¡Ayer, día de azahares...y de peonías!
Hoy un dolor inmenso y...esta melancolía.
y esta alma, escondida y derrotada,
porque cayeron los pétalos marchitos,
que han dejado en mis playas,
resaca...como espuma.
Hace muchos ayeres , que así , lloro,
pero en cada grieta de mi sutil estiba,
corre un hilo de  agua cristalina,
que se va  entremezclando  con mi sangre.

UNA MUJER, AMOROSA


Apoyó la frente en la ventana. Un frío le recorrió la espalda y todo el cuerpo. Estaba muy cansada y quería recordar, tan sólo recordar esos largos días de casi otoño o mejor de principio de invierno, cuando caminaba por los parques y la lluvia  le corría por la espalda y le mojaba todo...rostro, manos, piernas, en fin llegaba al departamento totalmente empapada. Miró por los ventanales y casi no se veía nada. La lluvia cada vez más fuerte chorreaba por los vidrios. Era  muy lindo ver la ciudad desde esa ventana, pero ahora solamente se veían algunas luces de autos que escapaban por la avenida como cucarachas con la luz.
Se volvió lentamente, se sentó y con el control remoto ,reactivó el sonido de la música que había cesado. Nuevamente se sintió feliz de estar viva y de escuchar a Vivaldi. Con un café en la mano, le pareció que tenía todo lo que se puede pedir de la vida. El sonido del timbre la perturbó pero no se asustó, estaba acostumbrada a recibir gente a cualquier hora. Lentamente se irguió y fue hasta el portero eléctrico, pero el sonido era de su puerta.¿Quién podía ser a esa hora?
La voz tranquilizadora de Rodrigo la hizo abrir rápidamente. Allí estaba él, mojado hasta los huesos y chorreante, parecía un fugitivo que esperaba ayuda. No necesitó invitación. Pasó. Esa era su casa. Ella le trajo unas toallas secas del baño y sin mediar palabras comenzó a secarle el suave cabello largo y rojizo. Él se sacaba lentamente la camisa , el jeen y las medias. Las zapatillas ya las había tirado en el pasillo de la entrada. Estaba helado. Le trajo un enorme suéter de lana  y unas pantuflas de color rosado con pompones. Él  se reía como un niño, en realidad casi era un niño. Sus veinte años hablaban de una enorme juventud, pero no de inmadurez. Él era muy maduro para  enfrentar la vida. Le dio un café caliente y cuando ya lo vio con un color humano comenzó a acariciarlo. Él apoyó la cabeza en su regazo y se dejó querer , mimar y soñó.
Ese día ella cumplía como dos mil años. Así los sentía. Los compañeros de la oficina la sacaron casi a la rastra del trabajo y la llevaron a una cantina donde comenzaron a pedir pollo y mariscos y ensaladas y salsas con pastas .Ella quería quedarse sola en la casa y olvidarse que estaba viva. Comenzó a llover, igual que ahora, todos le hacían chanzas para que se divirtiera. La adoraban. Esa mujer era muy especial. Entre todos le dieron un ramo con tres docenas de rosas, porque ella no quería cosas materiales y las flores son las sonrisas del cielo en tiempos de dolor.
En el piano había alguien que  interpretaba un "Chopin" magnífico. El humo de los cigarrillos no le permitían ver  a quien tan bien ejecutaba esos preludios. El murmullo de la gente cesó cuando comenzó a 
escucharse  él " Estudio Revolucionario" , se notaba que ese hombre amaba como ella a Chopin. Se enderezó y alzó su cuerpo intentando verlo. Vio tan sólo un largo cabello de extraño tono cobrizo, que con la luz parecía cobre bruñido. Se paró y se fue acercando, pensó encontrar a un viejo músico  trasnochado, algo alcoholizado y gastado por la mala vida nocturna. En su lugar se enfrentó a un muchachito que apenas tendría quince años y que por su ropa y sus modales era una chico de la calle. Unos enormes ojos color dorado se desprendieron del teclado para mirarla y dedicarle una intensa sonrisa. Muda observó como de un solo trago se tomaba una cerveza cuya espuma caía de la comisura de los labios y se secaba con la manga de un sucio suéter de un color infernal. La volvió a mirar y de pronto comenzó a tocar  "La Patética". Era una de sus melodías favoritas. Desde ese momento fue su protectora aunque él no lo supiera. Ella no dijo nada pero él chico dejó de tocar el piano y se acercó con su mano extendida y ella lo tomó de la mano y se lo llevó. Él nunca había estudiado música pero vivía de ese don especial .Cuando escuchaba una melodía la podía repetir en cualquier instrumento.

Vivió con ella , pero se iba cuando quería .Siempre regresaba, especialmente  en invierno o cuando llovía. Se durmió en su regazo, con el consuelo del amor de ella que siempre lo esperaba con silencios. Nunca preguntaba, pero estaba allí. Cuando despertó había salido el sol. Ella ...ella estaba fría .Ella estaba muerta . Sus casi ochenta y siete años le habían hecho una trampa .Él lloró sobre esas dulces manos. Cerró la puerta del departamento y partió.
Él  la amaba, nunca había amado tanto a una mujer. Sabía que era ridículo y que ella nunca sabría ya, que  él ,la amaba no como protegido ,como niño, sino como aman los hombres que saben el dolor del amor  imposible, entre un joven de veinte años y una anciana.



                                                               


EN MENDOZA SE FESTEJA LA COSECHA DE VID CON UNA BELLA FIESTA POPULAR


VENDIAMIANDO...

La tarde se apoya en el parral vendimiero,una luz de ópalo apaña las voces de sus labriegos.
La tierra toda, que se arrebata, para entregar su quimera.
Toda la gente simple se cautiva con sus sueños.
Mendoza está vendimiando...su vientre sabio y moreno entrega los granos frutos en melasa y miel de fuego.
Nadie pregunta si hay penas, todos penando esperan que la parra milagrosa le devuelva...
a cada cual sus anhelos,de dulce sabor a vino, de futuro y de misterio.
Todos los años estalla el trueno bravío del hielo asesino de esperanzas.
Enemigo de los hombres que arrancan fruto al desierto, a las piedras, al salitre y a la soledad labriega.
Vendiamando está mi tierra.
Sus parrales despojados del fruto del vino nuevo,cantará en calles de tierra una tonada de ensueño.
Irán por rutas perdidas entre viejas alamedas,
irán buscando en camiones el corazón de mi tierra.                                      Un perfume de nostalgia crecerá entre las acequias.
Las mujeres que cosechan esperan en las hileras,una mirada y un gesto de futuros compañeros.
Mujeres sacrificadas, amantes en sus secretosde hombres deseosos de besos con sabor a fruta dulce,
con sabor a vino amigo y recuerdos vendimieros.
Tal vez el tiempo se escapa por las veredas del cielo.
Tal vez no sea tan bello el volver a la melesca.
Pero ¡ ay, compadre y amigo, cuánta paz queda en mi pueblo!,
cada año de trabajo, cuando la cosecha es buena.
Mendoza vendimiadora, Mendoza de mis denuedos...
levanto alegre mi copa, con fragante vino tintoreflejo de tus viñedos.
Brindo por tu futuro...brindo por la vida misma que juega tramposa al miedo.
Bravíos son tus lagares y trapiches solariegos,
donde el fruto se hace mosto y el vino brota en rugidos de cuecas y de tonadas, poesía de tu pueblo.
Vendimia señora vieja, vendimia muchacha nueva,coronada sin nostalgias de otras reinas vendimiales.
Reina linda de este tu pueblo labriego.
Reina que llevas palabras de gente silenciosa y buena,muestra al mundo gallarda lo que logra el amor viejo
a la tierra prometida de parrales y espalderos.
Vendimia ya está llegando el silencio de tus viñas.
Quedaremos esperando tu rumor entre el frío montañero y tus temblores de tierra.
Estaremos esperando con alegría y deseos  en nuestras viejas bodegas.
Levante amigo su copa...volverá todo a su tiempo.





MENDOZA EN VENDIMIA




DESPUÉS DEL REGRESO.


El tren se desplazaba por la larga hilera de vías mustias.  No quedaba nadie en el pueblo. Los viejos, algunas mujeres y los niños. También los locos y los torpes.
            Un pequeño cortejo atravesaba el terraplén desierto, bajo el calor siniestro del sol del mediodía. Esperaba el séquito de mujeres y niños el regreso de los infortunados que retornaban de los campos de batalla. ¡Retornaban de Europa! Creyeron ver a un puñado de elegidos por la suerte. ¿Quién en ese pequeño rincón olvidado conoció antes ese Mágico continente? Ellos serían los arquetipos heráldicos del pueblo. Don Julio Strach con su mejor levitón de casimir inglés, su "panamá" y bastón de ébano y marfil; caminaba a la cabeza del grupo de "esperadoras" consecuentes. El antiguo reloj de oro, colgaba empecinado en el orden milenario del que espera. El tren no se veía. La bonachona maestra de música era la única que podía ponerle esperanza y belleza al puñado de mujeres. Tomó el violín y se ubicó en el andén con sus gafas luminosas por el sol entrometido, para transmitir una melodía dulce. Todos hablaban. Nadie escuchaba el ritmo tierno de la contradanza. Ella miraba esperanzada. ¡Cuando él, el hombre más hermoso del pueblo partió para el frente, ella sólo pudo despedirlo desde una ventana! Su padre ya estaba perdido en un mundo infinito de silencio. Su madre grave, soñaba con morir para cortar su trágica vida. Rosita O´Connor... no era bella, ni siquiera bonita, era una joven vulgar de cabello sedoso pero demasiado enrulado. Ojos trigueños y miopes. Dientes pequeños. Su belleza residía en su bonomía y ternura. Y en su música. El médico, viejo y cansado, la miró con paciencia..." pobre solterona..." pensó, seguro que en ese tren llega una esperanza para su cuerpo ávido de caricias.
            Lucrecia Smith de Johnson miró con el rabillo del ojo la cara ceremoniosa de los vecinos. Todos esperaban a alguien: hijos, sobrinos, maridos y amantes. Ella conocía a todos pero nadie conocía su secreto. Sonrió con una mueca característica. Se acomodó el sombrero, ya pasado de moda...la guerra impedía que llegara nada nuevo al pueblo. No había gasolina, ni tejidos, ni neumáticos...nada todo era para ellos. En el frente, decían, necesitaban todo. Ella tenía muchas cosas escondidas.
            A lo lejos se escuchó el ruido acerado y crujiente de las ruedas del convoy. Un calor subía hasta los cuerpos húmedos y sedientos de la gente. El polvo amedrentaba el espejismo de agua inexistente en la lejanía donde se metía el tren entre una laguna plateada y versátil. Era un espejismo eternamente admirado. Rosita frenética movía sus dedos ágiles sobre las cuerdas ostentosas del pequeño instrumento. Cada uno soñaba con un encuentro lleno de hermosura. El metálico paquidermo sofocaba el sonido de la música y las palabras. Se acercaba y cada uno buscaba una mejor ubicación. El vapor tapó a la comitiva. Cuando dejó de chirriar el hierro y de escapar fuego, comenzó a sentirse el olor nauseabundo de los cuerpos heridos. ¡No llegaban los hombres igual como salieron, no...era una masa rojiza que se movía entre uniformes kaki, cuero y armas. El olor a carne podrida y a sudor los hizo dar un paso atrás. Cada hombre un espantajo, un esperpento, un monstruo. Faltaban allí brazos y piernas. Faltaban hombres. Un olor a muerte avecinaba el porvenir del pequeño poblado. Rosita siguió tocando con más amor que antes y miró desesperada buscando el rostro amado. No lo veía. De pronto bajó en una camilla improvisada con unas lonas y unos tirantes de madera. Era él sin duda. Williams Reinns, el que otrora arrancara suspiros de las bocas más bonitas de Bell Nice. Era él su amor imposible. Se oyó un gemido sofocado por el vocerío. Era Lucrecia quien gritaba. No era una madre desesperada frente al hijo despojado de su prestancia viril. No tenía hijos. Enajenada sollozaba. ¿A quién lloraba así? Pero...no había tiempo para preguntas. ¿Quién había dejado a ese muchacho así...? Y a aquel y al otro. No había nadie que pudiera ahora socorrerlos. ¡Don Julio Estrach, se acercó y comenzó una maniobra ajustada para retirar a cada hombre del lugar! Había que llevarlos al pequeño hospital del pueblo.
            - Basta de música y tonteras...necesito mujeres que me ayuden. Acá hay mucha tarea.- De inmediato una ola de fuerza temeraria se elevó entre las hembras y los viejos. - Cada uno ocupará un lugar importante en esta parte de la historia...-
            Han pasado los años. Todos en el pueblo recuerdan esos días de lucha y de voluntad. Todos hicieron algo. La paz traía consigo tristezas y alegrías. Rosita sigue tocando el violín, es la maestra del colegio donde él, Willians enseña matemáticas en su silla de rueda. Tienen cuatro muchachos valientes que ayudan a sus padres en especial, al viejo herido de guerra. Nadie sabe por quién se desmayó Lucrecia...dicen que su amante llegó desfigurado. Su carácter cambió. Ahora tiene un rostro amargado y es ácida y corrosiva cuando habla de las parejas del pueblo.
            El doctor Estrach, murió hace dos años sin saber muy bien cómo logró sacar adelante a todos esos valientes que llegaron en ese tren. El tren que se perdió en la noche...con su carga de humillación y muerte.


LA BELLEZA DEL AGUA


Atajo en el estanque las libélulas de arcoiris en la niebla
Subo por la escalera de agua de los suspiros; plata y oro.
Contagia el susurro de la brisa inestable los labios rojos,
De la luz en la tiniebla de la playa solitaria.

La cascada de fuego gotea su dulce crepitar de hielo,
De sombra, de hadas, Con su magia de rosas negras,
Que caminan por las aguas umbrías de una ciénaga
Esa que se forma con sangre, greda y vino.
Y la copa de cristal con aristas de estrellas y humo
Perfilan la inocencia del agua que descarga su fluir en la roca.

EL CASO DEL AMOR DE UNA MADRE.



            Yo le pido por favor que tome un poco de agua. Si no bebe se va a deshidratar. Ahora le abro las cortinas gruesas y va a entrar el sol. Igual que cuando yo era chiquita. Se acuerda que usted me decía: -¡ Mirá que hermoso día! Yo me estiraba para mirar mejor. Recuerda esa vez que se fue por dos días a bailar con Ismael y se olvidó de dejarme agua y comida. ¡Yo tenía cinco o seis años! Cuando me cansé de esperarla y el hambre me agotó el llanto, me dormí un día y medio. Yo no le voy a hacer eso. Antes de irme le doy agua y comida.
 ¡ Ah, ahora me doy cuenta! No está cómoda. Ya la voy a sentar un poquito y le voy a aflojar las vendas. Recuerde. Una vez se fue, yo tendría como siete u ocho años, se fue a una fiesta y se olvidó de aflojarme y cuando vino yo tenía las manos medio moradas. Fue esa vez que el señor Patrik, su nuevo amigo me trajo de regalo una radio. Usted nunca dejó que él me viera, pero como supo que yo existía, me la dejó a mí. Así  aprendí a hablar mejor y sabía todo lo que sé de la vida. Es linda la radio, lástima que se rompió. ¡Bueno, en realidad la golpeó un día que se enojó porque me enfermé y no se pudo ir a bailar! Ese día se asustó. Creo. Me sacó la chata, me bañó y trajo a un hombre que me viera. Él le dijo que la fiebre era muy mala y que me tenía que llevar al hospital con urgencia. ¿Se acuerda cómo se enojó con usted? Cuando se fue, no me llevó, pero me daba de comer en la boca y me dejó libre. ¿También quién se puede escapar con parálisis infantil? Yo supe lo que tenía por la radio. Constantemente hablaron de que había polio en todo el país. Desde entonces la radio se quedó muda. Igual que usted ahora, igual que yo antes.
             ¡ Pero mire si será caprichosa! ¿ Cuántos días hace que le puse ese plato de comida ! Los gusanitos son pura proteína...me decía cuando yo no le comía el guiso que me dejaba...¿ Y ahora usted no quiere probarlo ? No me diga que no le he cocinado bien. Recuerde que me pegó con su zapato azul de taco fino y me dejó este ojo así chiquitito, porque pasé como cinco días sin probarle una sopa de cangrejos. ¡Claro... los gusanitos caminaban entre los trozos de papa. ¡ Esos ojos que abre! ¿ A ver, qué me quiere decir? Seguro que tiene miedo que me vaya y la deje solita. ¡ Ah, ya sé que quiere! No le puedo sacar la chata, porque si me ensucia las sábanas voy a tener que trabajar mucho. Eso sí aprendí de usted, no hay que trabajar tanto, mejor es divertirse. Yo no voy a bailar porque no puedo con estas piernas desiguales. Vio, me quedaron como ocho centímetros más corta una de otra. Me cuesta andar. Me arrastro. Por eso tardo tantos días en volver cuando salgo. Si me hubiera llevado al hospital, tal vez ahora caminaría un poco mejor. ¡Pero yo la comprendo tenía que ir a sus clases de baile en las confiterías del barrio! Le abro un poquito la ventana. Hace bastante frío, pero cuando regrese no habrá olor a podrido como ahora. Espéreme tranquila que voy al mercado y vuelvo. ¡Tal vez, tal vez llegue esta nochecita! No la voy a besar. Siempre me explicó que la gente fuerte e inteligente no necesita besos ni mimos. ¡ Lástima que me cueste tanto bajar las escaleras, pero si salgo rápido, cuando llegue esta noche, seguro que la voy a desatar!
            Carmiña, sale arrastrando su cuerpo deforme. La calle es su refugio. Camina. Camina. Todo el día camina.
 Luego, en cualquier lugar de la ciudad se queda quieta. Descansa en un rincón sombreado, fatigada de caminar sin claro rumbo. Habla con quien la quiere escuchar. Sonríe a la nada. Carga infinidad de bolsas con objetos que encuentra y le agradan. Limpia y bien vestida nadie puede sospechar su verdadero drama. Nadie tampoco podría calcularle la edad.
             Le cuento señor. ¡ Soy tan sensible que creo que esta noche la voy a desatar! ¡Pobre mamá, ella ahora vive igualito que yo cuando era chiquita. Pensar que permanecí veintitrés años atada en la cama. Sin conocer a nadie, sin ir a la plaza, ni a la escuela, enferma, con llagas y la chata debajo de mis nalgas. Hasta ese día que entró...ese señor vestido de policía, llorando me desató. Me llevó escalera abajo en el viejo edificio y después yo no me acuerdo que pasó...disculpe. ¡Ahora tengo que apurarme, mamá me espera en casa!
El hombre que está en el banco de la plaza la mira sorprendido. Nunca escuchó una historia parecida. Piensa en su familia que adora y que cuidó toda la vida. Ahora que está jubilado, trae a sus nietos a jugar. Mira como la pobre Carmiña sale arrastrando mil años de penas. Ella, sonríe amable y se pierde en la calle hablando consigo misma. Los pasos retumban como tambores de cuartel sobre los adoquines. La luna se refleja en su cabellera blanca. La mujer habla y habla con sus fantasmas.