domingo, 1 de julio de 2018

EL ÁNGEL NEGRO




            Estamos cruzando el río con una canoa frágil que compramos con nuestros ahorros. Es pequeña y pintada de colores vivos. El río se desliza suave como un reguero de miel o aceite entre un sin fin de plantas. Hay ruidos desconocidos por la costa. ¿Serán monos o aves? No tenemos idea de dónde provienen. No le tenemos miedo. La aventura nos ha superado. Primero la avioneta se descompuso en medio del tramo que nos llevaba al puerto, luego caminamos por una ruta contraria hacia donde queríamos ir, nuestro viaje de tres días está durando trece.
            Chalo dice que ese número no hay que nombrarlo, es mufa. Yo no creo en esas cosas. Rolando que es medio místico, nos alienta con unas oraciones que parlotea a toda hora. Me cansa, pero no le digo nada porque es bueno y ayuda en todo. Seguidamente al llegar al único puerto que encontramos había sólo una canoa. Ésta que se desliza como sobre miel caliente. Gracias a Dios no estamos solos, hemos visto algunos nativos caminar por la orilla. Nos miran con su boca desdentada y nos hacen señales que no entendemos.
            Giro y un sordo ruido surge entre las frondas. Es una imagen extraña. Lo que vemos es como un enorme ángel negro con un par de alas emplumadas que se abren sobre nuestra bonita canoa. Pareciera envolvernos con sus alas de grafito brillante y garras afiladas. Clava sus grandes ojos en mí. Me toma por el hombro y me sostiene sobre el río como un juguete sin forma. Lloro con desesperación. El número trece, pienso y con un llanto de cobarde, me lanzo a gritar y a golpear con mi mano ensangrentada al Ángel Negro. Los nativos vociferan y saltan de alegría. Ahora entendemos que ellos esperaban eso. Le grito a Rolando que rece por mí. Un dolor cálido me consume mientras mis alaridos se pierden para siempre. Ellos siguen navegando huyendo de ese monstruo alado que ya sació su hambre.


VER A TIENTAS




Ves acaso el paraíso en la mirada
Donde domina la inocencia

Mira un momento el lagar donde la uva se hace vino
Y mi cuerpo se inclina

Ves el espacio simultáneo de la risa
Mientras juego

Vuelve a mirar la piel del dolor del silencio
Donde estoy perdida

La soledad me envuelve tarde a tarde
Con perfume de tierra humedecida

Ves que no queda tiempo en nuestro espacio
Y crecen los almanaques sin sentido

Mírame una vez. Una vez sola
Encontrarás mi pena en la vieja piel del rostro

Mis ojos ya no brillan en constelación de sueños
Te veo y veo al mundo a tientas.

BRUNELA Y ALDEMIRA


Brunela despertó con el canto de un pájaro mañanero. Yo la miré y la vi distinta. ¡Qué pena, me dije! Lenta, más lenta que otros días. Se sacó el camisón con seria dificultad y se puso un vestido suelto de color amarillo con volantes de encaje ocre.         Caminó hasta el espejo. Cuando se asomó a mirarse creí que me podía ver ya, pero no era tiempo aun.
            Bajó despacio los cuatro escalones hacia el amplio patio lleno de helechos y orquídeas florecidas. Quiso cepillarse el pelo, pero logró solamente hacer el frente de su larga cabellera canosa. Sus manos temblorosas, tomaron una taza de té que, helado seguía en la mesilla junto a la hamaca de sogas grises. Lo había dejado la noche anterior Luisina.
            Esa mañana la vi más pálida que nunca. Calzaba unas chinelas de flores rojas y se ató como pudo el pelo con una pañoleta roja. Suspiraba y su pecho, parecía una flauta medio rota y cansada.
            ¡Brunela era hermosa! El rubor de sus mejillas atraían las miradas en el mercado y en misa. Hoy parecía marchita. Recordé, al escuchar las campanas que el oficio de las once ya estaba perdido. Pero ella no amagaba terminar de vestirse para salir a la calle.
            Tomó un sorbo de té. ¡Está asqueroso! Dijo sin titubear y buscó mi presencia. No me vio. Aun no es tiempo, dije para mi alegría. Se tapó la cara con un chal de fino algodón blanco y un largo suspiro acompañó sus manos que regresaron tiesas a su regazo limpio.
            ¡Estoy vieja, mi negra! Murmuró entre rabiosa y triste. Yo la miré con amor. ¡Siempre la quise! Es como mi madre, creo, si la hubiera tenido. ¿Sería tan buena y cariñosa como Brunela? Lo dudo. Esclava y negra. Yo mestiza. Se tomó el té y comió un trozo de bizcocho que duro y verdoso le sentaba como un manjar de reina. No miró la hormiga que engulló sin verla.
            De pronto me buscó entre las orquídeas y me llamó a los gritos. ¡Aldemira! Allldeemmiirraa. Entonces me vio. Y sonrió. Comprendió que yo que soy un fantasma no la abandoné jamás. Ahora participamos ambas de nuestra experiencia de condición sobrenatural. Ahora somos dos fantasmas en la casa dormida.


LA IGLESIA SAN JOSÉ DE LA MONTAÑA-POTRERILLOS MENDOZA

EL ALTAR ES UNA ENORME MONTAÑA QUE AMANECIÓ NEVADA. LAS NUBES DESPLIEGAN SU ALGODÓN PARA DAR UN NIDO HELADO A LA CRUZ DE JESÚS


 DESDE AFUERA SE VE EL ALTAR Y LA NIEVE TRAJINADA POR LOS PIES DE LOS ASISTENTES A MISA.
DESDE LA ORILLA DE LA IGLESIA , ABAJO SE VE EL CASERÍO Y LA NIEVE SIGUE CAYENDO PARA QUE EN VERANO EL RÍO TRAIGA AGUA CON EL DESHIELO.

SALTÓ AL BALCÓN




            Mi viejo era un héroe. Viajaba siempre al interior con la chata llena de mercadería que vendía en el campo. Con lluvia y con sol, con viento y con calma el iba por caminos internos, no por las rutas. Las rutas las usan los comerciantes grandes, los que llevan muestras. Él, no, el vendía ollas, juguetes, ropa de campo, zapatos, alpargatas, cuchillos y mil cosas que conseguía en los galpones de la aduana o en garajes escondidos de los grandes comercios.
            Dormía en la camioneta o tal vez en algún cuchitril, de esos que hay por los caminos con luces de colores y flechas que dicen “Hotel” y son de cuarta. Mi madre lo adoraba. Y nosotros, los cinco hermanos también.
            La Lidia, aprendía piano, con doña Tiburcia y cuando sentía que llegaba rezongando la chata, se sentaba en el piano y tocaba y tocaba y mi padre la miraba y lloraba. De alegría lloraba. Yo coleccionaba “El Gráfico” y él, se sentaba en un sillón destartalado en el porche y los leía y acariciaba mi cabeza. ¿Sabés como me acuerdo de mi viejo? Si me parece hoy que lo estoy viendo con la foto de Labruna y a Di Steffano a quienes admiraba tanto. Mi hermana Célica se escondía debajo de la mesa que mamá tapaba con una carpeta que tejía con hilo fino y una aguja finita, y espiaba los libros de mi hermana que iba a la escuela Normal para ser maestra. Tal vez hubiera sido mejor que nunca creciéramos.
            Un día mi papá llegó fuera de hora. Mi hermana Carlota no había ido a misa con nosotros y mamá. Él, como no tenía llave saltó por el balcón a la pieza de arriba y el mundo se vino en catarata hacia el “carajo”. El Aurelio Marín, nuestro vecino, casado con la Antonia, estaba desnudo en la cama con mi hermana.
            Papá no dijo nada, sacó una pistola que llevaba siempre por las dudas y le pegó un tiro. Tan pero tan mal que en vez de darle al “tipo” mató a la Carlota. Ya no va a ser maestra.
            Vino la policía y se lo llevó a papá y al Aurelio. ¡Pobre mi papá, nunca supo que la puerta estaba sin llave; porque de la vergüenza se colgó en la reja de la celda en la comisaría! 

DESDE ALLÍ VENGO




Vengo desde las calles del silencio
Acosando pasos

Voy siempre hacia los sueños
Donde no encuentro las respuestas

Vengo de los ojos que miran desde el muro
Dejándome un sonido entre los miembros

Voy sin palpitar
Sin dominar el fuego

Hay un ritmo de troncos derrotados
Desde allí vengo.




EL INFIERNO TAN TEMIDO




            Te juro Victorio que tuve el sueño tan pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche. El verano se está acabando y nunca imaginé que viviría para contarte lo que he vivido en mis casi cincuenta años.
            Cuando era chico me decían que iba a ser monaguillo. Sí, yo, monaguillo. Mirá que cuando la conocí a la Perla mi madre se quedó boquiabierta. Con esas “pechugas” de actriz de cine porno, y esa largas piernas torneadas por el baile. Bueno, adiós monaguillo. Me metí hasta el tuétano.
            Íbamos a las milongas y probé de todo. De “Todo” con eso creo que me entendés. Un día, maldita sea mi suerte se me cruzó la “Ñata” otra flor de mina que rompía la tierra y le aflojé al calzoncillo. La perla me dejó con un ojo negro y un puntazo en el pecho.
            Me curé en el “Fiorito”. Salí medio golpeado pero seguí de farra. El “Chantecler”, “El Folies” eran como mi casa. Salía con el sol y me iba al correo donde ponía un sello tras otro en cartas que iban quién sabe a donde. Salía con el ocaso y derechito al casino, si ganaba, esa noche champagne si perdía caña. Las minas me dominaron siempre.
            ¡A veces me pregunto si por ahí no hay pibes que lleven mi nombre! ¿Pobres pibes! Yo iba a ser monaguillo… del demonio, tal vez.
            Comencé a perder el pelo, la calva era una cancha de básquet. Brillaba con la luna. El sol, me desconocía. Y llegaron los cuarenta y los pasé sin verlos. Las minas me dejaron y miré a las más chicas. Me llevaron en “cana” era un degenerado, dijo un juez y adentro. Pasaré cinco años. ¡Es un infierno! ¿Victorio, alguna vez viviste en el infierno?
            Yo sí, es muy jodido. Aquí, sos menos que mierda. Los pungas con los narcos, los canas con la “merca” que le sacan a los tipos. El que no te usa te casca. ¿Y cómo? Sos, total basura. Victorio no te acerques al gordo de la camiseta negra con la calavera, ese es una mina. Bueno, eso se cree él. ¡Un asco! Y este otro, el “Jeringa”, bueno, ese anda armado siempre con chuza y no respires cerca porque te atraviesa la nuca.
            ¡Victorio! ¿Qué te pasa, hermano, soy el monaguillo? Victorio… Victorio. No te mueras. Anoche tuve un sueño pacífico, sereno que se prolongó a lo largo de la noche. Y ahora vos te vas a morir en mis brazos. Amigo no te mueras en este infierno tan temido. Ya vienen. Adiós Victorio. ¡Todo por robarte a tu piba!