martes, 20 de noviembre de 2018

ALGUNAS FOTOS DE MI VISITA AL ENCUENTRO DE ESCRITORES EN MARRUECOS.

EN MI JARDÍN FLORECIERON LAS PEONÍAS ROJAS. UNA MARAVILLA  DE LA PRIMAVERA
MARRUECOS, TÁNGER UNA PUERTA EN LA MURALLA DE LA MEDINA CON LA MAGIA DEL TIEMPO
 ASÍ EN EL HOTEL TODOS LOS DÍAS NOS RECIBÍAN CON UN ARREGLO FLORAL
PRESENTANDO MI NUEVA NOVELA "SINDROME DE TRAICIÓN" EN EL CENTRO MOHAMMED VI EN TETUÁN.

BUSCANDO LA LUZ



Invítame a recorrer la senda de la noche
Allí donde se pierde el sacrificio y el olvido
Donde mengua el sonido de las hojas del álamo
Y caen las sempiternas lágrimas desde la piel marchita.

Invítame a socorrer las aguas del río que se despeña
En la tierra pedregosa del lecho. Consuela al sol.
Mérito del atropello de una tarde de viento cálido
Que mengua con el deshielo la nieve de los riscos.

Un avatar me intriga por su misterio antiguo,
Y llega mi pecho en sombra con latido de espuma
Buscando al demiurgo en el intrincado libro
Con un idioma de ignota comprensión de vida.

Busco entrar en la noble presencia de la luz
Quiero estrechar los lazos de un arcángel ciego
Amamantando el ave abandonado en el nido
Que grazna entre los sauces que aguardan la mañana.

¡Cuánto misterio encuentro en las páginas blancas!
Las letras bailotean entre mis ojos fríos. Quietos.
Invítame a escarbar en el mensaje oculto.
Descubrir con destreza las llagas 

UN DÍA


Y un día, un día como hoy
atravesaré la calle como el duende curioso
como la lluvia fina que desgrana lamentos y
un perro solitario detendrá la pisada glamorosa del viento
Arrancaré una espina
caerá una rosa con pétalos mojados
sobre las pulcras piedras de la esquina
nuestra esquirla donde los augures
transformarán una vez sola en marejada de escombros
el espectral camino de mi talle perdido
solar vegetal de tu mirada
remanso cauteloso de los ojos  que dormitan.

-LA SOBERBIA





            Matías Roca caminaba por la calle del sector bancario y en la esquina de 12 Sur y 34 Este, tropezó con un hombre. Iba muy distraído, nuevamente le negaron la edición de la novela. ¡Estaba enojado y lo insultó! El otro, lo tomó del brazo y le dijo:- ¡Vamos Matías, no te enojes así, reconocé que venías leyendo el celular y no me viste!- ¡Oh, sorpresa era Rogelio Freites, su compañero de secundario!
            -Te invito a tomar un café y lo condujo suavemente hacia un bar en la esquina. Mozo traiga…¿Qué tomás un trago o un cortado? – Un cortado con tostadas. Gracias.
            ¿Qué ha sido de tu vida Matías? Hace por lo menos veintitrés años que no hablamos. Te vi tan molesto que espero me des una explicación.
            -Aunque no me lo creas, soy el mejor escritor de este momento, Rogelio, pero la envidia de los mequetrefes de pacotilla me tienen cansado. ¡Soy el mejor y no me valoran! Han premiado a cada desconocido, a cada mentecato… ya me harté.
            Te lo digo, todos se creen los mejores. No saben escribir ni la o con un platillo y dicen ser grandes escritores.
            Les encanta que los llamen de las radios y las universidades y hablan sandeces. A veces creo que si los das vuelta no les sale ni una palabra hermosa ni una narración digna. ¡Pero ellos se creen superiores! Y se burlan de los que no se muestran ante el público con palabras difíciles y sin mucho argumento. Si te invitan a un lugar donde se juntan escritores de calidad, fingen no poder ir, porque saben que no podrán con la soberbia y la rabia de no ser atrapado por los micrófonos. Se compran ropa importada y comentan al pasar que vienen de traer un premio de un país extraño, lejos, donde le hacen los amigos un precioso certificado o una plaqueta dorada con sellos que imprimen en Internet.
            Los he visto pelearse por una silla. Sentarse en los primeros lugares y sufrir cuando se le acerca alguien y le susurran que ese es el puesto para otro. ¡Seguro más famoso de verdad que él!
            Nunca aceptan que hay verdaderos creadores dotados por la palabra y que hacen gala de una humildad exquisita. Como yo.
            ¡Por eso yo te digo amigo, no te dejes apenar por los soberbios! Ellos pasan y no dejan huellas indelebles como los que de verdad valen ser leídos.
            -Bueno, tranquilízate. ¿Has escuchado el nombre de Saverio Luna? ¿Al que le dieron el premio del diario El País de España, el que recibió el Cervantes el año pasado y este año el Oso de Oro de El Mensajero de México?
            - Quién no lo va a saber, es un desconocido acá en el país, pero dicen las malas lenguas que escribe con seudónimo porque en realidad es un ladrón de ideas y textos. ¡Debe ser un grupo de esos que organizan chicos de la universidad le tiran una idea y los hacen escribir y así ganan premios!- y soltó una carcajada irónica.
            -¿Nunca se te ocurrió pensar que el tipo, el tal Luna, sólo quiere ser poco molestado para escribir y no tener gente alrededor que lo moleste con entrevistas y lo lleven como a un pajarraco de radio en radio y de set de televisión a otro?- lo queda mirando a los ojos a la espera de una respuesta.
            -No, es un bastardo. No escribe bien y debe pagar por los premios. ¡Eso debe pasar!
            -Yo no lo creo. Permitime que te diga dos cosas: primero que Saverio Luna es mi seudónimo y me dieron los premios sin yo saber quién me premiaba, más, nunca me presenté a recibirlos personalmente. ¿Sabés por qué? Para evitar los malos comentarios y la envidia, además no necesito que la gente me conozca, mis libros hablan por mí. ¡Vos hablabas de la humildad y yo me aferré a ella! No me sirve la soberbia, me choca y me molesta. ¡Eh, Matías no te vayas, por lo menos saludame…Matías.



QUIERO ESCRIBIR, NO PUEDO





La mirada mágica me devora el fuego de escribir.
La tiniebla opaca mi palabra de poesía simple.
Repta tu  mirada líquida en mi piel dormida.
Ávidas lianas retuercen la calle que atravieso.
Bailan las estrofas y juegan los grafemas.
Un texto hueco en la página en blanco, sueña.
¿Dónde está la cresta de la ola, la llave que me abre?





La paz es más difícil que la guerra. Se necesitan dos para hacer una paz, y solamente una para hacer una guerra.
                                                                               Bonifacio Pazos.


            Los vi pasar entre los soldados como fantasmas olvidados. Eran migrantes que serían regresados a sus tristes vidas. Nadie los quiere. Son como escoria ardiente en las fronteras. Lloran, nadie los contiene. Han perdido todo.
            Luego los volví a ver como mendigos suplicantes. Tienen hambre y frío. Son los parias del mundo que castiga sus vidas, tristes almas dolientes. ¿Adónde han quedado sus familias? Dónde estará su hogar y el fuego de las marmitas secas. Los lechos desnudos, sin mantas, sin calor, sin cielo.
            ¿Quién se hace cargo de sus dolor sombrío? Su negritud los transforma en seres perdidos en la nada. Son marginales del amor y la justicia. Son los que huyen de los campos donde no hay agua ni árbol que los cobije. Son cuervos, pájaros perdidos entre nubarrones de insectos que los muerden. Sudan y lloran. Nadie los quiere. Palmas blancas y dientes rotos por la falta de calcio y alimentos. Pies desnudos. Frío.
            Se los llevaban atados como siervos en la noche. Su selva está perdida, ya no hay frondas, ni agua, ni gallinas. Sólo hay oro, minerales exóticos para los países que los echan fuera de sus fronteras y murallas. ¡Dios Bendito, apiádate de ellos!

LA IRA


                   

Dejó la escuela con una pila de amonestaciones. ¡Nadie le iba a decir a ella qué tenía que hacer! Estaba cansada que se burlaran de su aspecto. ¡Sí, era mestiza y como descendiente de africanos era obesa! Su cabeza daba para más, pero no podía con la rabia que le producía ver a esas estúpidas muchachas riéndose de sus nalgas. En su país de origen las mujeres eran así, de enormes nalgas donde se acumulaba desde la antigüedad la grasa para poder superar las hambrunas. ¿Qué sabían de eso estas cabezas huecas? Su abuela le contaba que debía caminar kilómetros para poder buscar agua o llevar sus cabras a pastar. Y ni hablar de las épocas de sequía en que viajaban por el barro seco y quebradizo de los ríos sin una gota de agua. Muchos morían en el intento de llagar a un pozo.  
Cuando se rieron la primera vez, lloró. Luego comenzó a ser hiriente con el idioma de sus abuelos y finalmente golpeaba a quienes osaran reírse de ella.
Lo último fue cuando el profesor de gimnasia se burló porque ella no podía hacer ciertos movimientos y sus grandes piernas rodaban por el suelo brillante de la pista de básquet. Y lo peor fue que vio una seña obscena y le propinó una trompada con tanta furia, que le rompió la mandíbula a la preciosa “Reina de la Primavera”, de la escuela.
Sabía que en su casa se armaría una guerra. La madre la correría con una escoba y la abuela la ayudaría a esconderse.
Siempre la abuela, en las noches frías le contaba las historias que vivió en su África lejana. De cómo las tribus se mataban entre sí, de cómo raptaban a las niñas y las vendían a los hombres blancos que las llevaban a los burdeles. De ella aprendió las canciones de dolor e ira, de amor y ensueño. De ella aprendió a cocinar y a preparar el lecho para abrigar a los pequeños.
Cuando vinieron a este continente, sólo traían la tristeza y la pena por sus árboles viejos que habían abrazado antes de partir. Pero sabían que de quedarse allí los matarían los vendedores de diamantes o de oro. La abuela también le enseñó a odiar.
Llegó a la casa y encontró a sus hermanos sentados en la escalerilla de la entrada. Algo pasaba adentro. Ingresó de puntillas y escuchó la canción de pena de su madre a los muertos. La vio. Estaba cubierta con una de las únicas telas hechas en la aldea a mano por las mujeres de entonces. Corrió y abrazó a la mujer que quieta y fría parecía de cera. Carbón apagado y silencioso.
Un grito, un alarido salió de su garganta áspera y doliente. La ira la llevó a tomar una botella y reventarla en el suelo junto al lecho donde dormía la abuela. Se echó a los pies y lloró dos días hasta que la llevaron a un campo santo. Ella no creía en un Dios bondadoso. Ella era un fuego encendido dispuesto a todo. ¡Y salió su rabia! Caminó hasta la escuela y le prendió fuego. Bailó una danza antigua mientras veía las altas llamas que quemaban el edificio donde había sufrido tanto.
Esa noche la buscó un auto policial. La encerraron en una celda donde cantó hasta la madrugada en el idioma de sus ancestros. Después de un corto juicio, la dejaron salir porque aun no había cumplido los trece años y la Juez comprendió el sufrimiento de la niña.