lunes, 9 de septiembre de 2019

HOMENAJE A ANA FRANK, ISLA NEGRA CHILE


ANA FRANK

            rasguñó las paredes del altillo
            surgieron sólo estrellas amarillas.    

rasguñó la piel de Margo y de su madre
surgieron blancas violetas perfumadas.

rasguñó la piel de “Peter” en un abrazo tierno
surgieron mariposas de colores que escaparon

rasguñó la piel de Niep en Pesaj… Shalom & Hag tsameaj
surgieron jirones de silencio, penas y lágrimas

rasguñó las tablas del vehículo
surgieron gotas de sangre y de lamentos…

rasguñó las paredes del horno crematorio
surgieron láminas de plata en el aire de Bergen-Belsen

regresó su padre, al tiempo,  de los campos
surgió un cuaderno con tu nombre… Ana.

A MI AMIGA: PIBINA REFOSCO


Esa Mujer... que pinta nuestra tierra.

Mujer nacida con alas en las manos
con estocadas de pinceles que derraman flores
sobre el lienzo de la vida
militante del color         de los matices
calla su voz humana en cada tela
para gritar otoños frutados y feraces

Vendimias de frutos y mujeres
hombres que desplazan los muros infranqueables
de un destino de tierra prometida
viejos galpones tórridos de vino tinto que se mezclan
con naipes y guitarras
gallos de riña que eternizan la pelea del hombre de campo
y sus desdichas.

Hoy nos
permite penetrar en su mundo de sueño
donde duerme             la niña de la infancia
la mujer enamorada de la vida
y la belleza
su trajinar la tela en blanco
 asegura el suspiro
el cansancio que llega con el ocre de la tarde
el amor de lo posible
por eso          sólo por eso
esperamos el milagro
cayendo de un lienzo pálido de envidia por
tanta loca belleza y
un portal mendocino vendimiero
el otoño de nuestros callejones de oropeles y
vino recién hecho -  mosto - sangre
de los vendimiadores
que acarrean sueños perfumado a moscatel y lirios.
La tinta de su pluma es una voz castaña
ojiva de una enorme montaña trasnochada
en cielo de sonrisa
música elemental de los andinos.



EL VIOLINISTA




            Ingresó por el portal de cristal y no podía ver su rostro. El sol desde atrás le esbozaba un contorno enorme. Oscuro y manifiesto su cuerpo de anciano corpulento. Así conocí a Aaron Goldman. Se desparramó en la silla del café con un chirrido de madera y niebla. Su pipa humeaba y no se sacó el sombrero como es la costumbre en el “”Florencia”, antiguo y promiscuo bar del barrio.
            Por atrás se escuchaba el ataque feroz a las bolas de billar y el murmullo de los parroquianos que taladraban las mesillas con sus dedos añosos. Todos tomaban una bebida caliente. Vino áspero, dulce y con canela, costumbre de otros tiempos que no pierden. La ropa desteñida, pantalones gastados y sucios, sacos con brillo que gritaban épocas de gloria. Aaron con su enorme barba blanca y los bigotes amarillos por el tabaco rubio de la pipa siempre encendida, parecía el patriarca de la Biblia. Me impresionaron las manos. Luego supe que había sido un gran músico en su país y que al subir al “Tren de la Muerte” sólo llevaba su violín. Se lo quitaron, pero eso, igual le salvó la vida. Sí, tenía que ser un músico de primera para tocar en el “campo”.
            Me miró y sus ojos celestes taladraron mi cuerpo, yo una mujer ingenua de veinticuatro años, no tenía idea de su historia. Quedó sólo él, de una enorme familia. Cuando subió al tren, me dijo cuando habló conmigo, besó a su madre y a su hermana, sabiendo que iba para no regresar. Pero lo salvó la música. Era flaco, hambriento y estúpido, me dijo; lloraba de noche porque tenía miedo. Un día el “capo” me señaló de entre los de la orquestita y me llevó a la oficina. Temblaba. Me comunicó que mi mamá había muerto de tuberculosis y mi hermana de tifus. ¿Sabes qué me preguntó? Si mi hermana era música como yo. ¡Claro dije, era pianista y ya tocaba en la orquesta de mi ciudad…! Qué pena, yo no la pude salvar, ella no llevaba el piano entre sus pertenencias y se rió a carcajadas. ¡Y no pude llorar! Luego vomité. Ahora ya estoy viejo. No recuerdo la cara de ese hombre… y tampoco la de mi mamá ni la de mi hermana.
            ¿Don Aaron cuándo tocará para nosotros? Qué inocente. Cuando regresó del “campo” en un tren ruso y llegó a un refugio, le hicieron trabajar con piedras y escombros hasta que sus dedos se deformaron. Nunca más pudo ni quiso tocar el violín. Su bella música que lo salvó de la muerte era un recuerdo doloroso en la memoria de su alma. Sin embargo cambia su rostro y se dulcifica cuando escucha que el “Gringuito Remo” tocar una pieza en su violín ordinario y rústico. Y el bar se llena del fantasma de aquel tiempo de los Campos de Riga.

LA JOVITA.



            Las chilcas y las jarillas estaban amarilleando en octubre. Regresaban algunos pájaros al campo para escribir su historia de nido y amor salvaje. La arena se mezclaba con la chepica para esconder lagartijas y pequeños roedores. Comenzaron a aparecer los mangangaes dorados para succionar hasta lo más profundo del interior de las flores silvestres. Ahí nació la Solita. Debajo de un algarrobo a deshora, de madrugada y estando la “Jovita” tan aislada como siempre, la llamó “La Solita”.
            La morenita era hija del maltrato de un tal “Juan Muerte” que rondaba por el campo donde se escondía la “Jovita”. El rufián había detectado el casi imperceptible paso de los pies desnudos de la mujer en los arenales y llegó hasta la tapera y luego de darle de rebencazos, la violó sin pena. Y se fue dejándola tirada como se deja un trasto inservible. El olor indecente permaneció entre las ramas de chañar y caña por largos días. Ella no lloró. No sabía. Su rostro de piel curtida llagada por el sol del desierto quedó retenida en una mueca de espanto y se juró nunca más pasar por el boliche del “Totoral Viejo”.
            Se dio cuenta que había un ser en sus entrañas una noche de tormenta. Sintió entre las tripas el movimiento furtivo de un cuerpo y pensó que “Mandinga” le había regalado un pequeño demonio. Sudaba. Se aferró a la madera áspera de un catre que le diera una vieja que era su madrina. Esperó. Por un rato no se movió. Se quedó dormida.
            Al alba despertó con vómitos y diarrea. Se arrastró al cobertizo de lona y cañizo donde dejaba sus descargas. Las moscas pululaban y el olor la hizo vomitar de nuevo. ¿Qué carajo me pasa? El diablo de adentro me está matando. Salió y se sentó bajo una higuera. Se limpió las piernas sucias de excrementos y ese jugo verdoso que salía a chorros de su boca.
            Jovita lloró. Por primera vez lloró. Seguro que la “Difunta” la podía ayudar. ¿Pero cómo llegar hasta allá por el monte y la arena? Se quedó mirando los pájaros que se acercaban a comer lombrices y camoatíes de las tunas que comenzaban a madurar en las pencas.
            Se apagó la tarde con su tristeza de retirada. El sol con pereza escondió su fuego en el desierto y un flaco aire fresco llegó débil para apaciguar su miedo.              Agachada entró en la tapera. Tomó el huso y comenzó a hilar para hacer los ponchillos con los que truequeaba.
            Harina de algarroba y huevos de aves silvestres era su mejor alimento. Miel de camoatí, alguna gallineta y a veces un quirquincho, llegaba como un regalo del cielo a su estómago acartonado. Pero su panza cada día estaba más grande. Le pesaba subir a cortar leña, acarrear agua del manantial del cerro. ¡Carajo con este puto demonio que tengo adentro!
            El frío y la escarcha, la apretujó a su tapial ceniciento. No le alcanzaba el poncho raído que tenía desde que se quedó allí con la difunta, su madre. La vida la despojó hasta de nombre y apellido. No tenía papeleta y una desdibujada fotografía de una mujer hermosa, joven y de mirada clara era su único bien. Pasó el invierno más cruel de su deshumana vida. Con esa panza que crecía y crecía sin que ella supiera porqué.
            Florecieron las jarillas y los espinillos. Aparecieron las tortolitas y los zorzales y una madrugada comenzó a bajarle un dolor de muerte entre las piernas.
            Salió a buscar aire. Se tiró bajo del algarrobo y sintió que se destripaba por su verija. Perdió un agua traslúcida como sus lágrimas. Gritó como la leona en la madrugada y Jovita, comenzó a sentir que de su tripa salía algo con sangre y grasa blanquecina. Una turbia manguera se enredaba entre ese ser y su vientre. Jadeó. Puteó y recordó que las cabras chuscas del monte mordían el cordón para separar la cría y ella por instinto más que por conocimiento hizo lo mismo. Retuvo la “cosa” y comenzó de nuevo a expulsar un saco de cuero bravo de sangre y mocos.
            Por milagro la “cosa” lloró. ¡Tal vez por el frío o por el futuro que le esperaba! Y la limpió como pudo con agua fresca, envolvió con un ponchillo suave de lana de mara y supo que era una niña. Le miró la cara, las manos y pies. Vio el sexo, comprendió con  pena que el diablo era mujer.
            La beba lloraba y de sus tetas hinchadas comenzó a manar leche y la niña buscó el pezón oscuro y bebió ansiosa a su madre.
            ¿Qué hago? Se lavó bien y se puso la pollera de las fiestas patronales. Una camisa de hombre que tenía en la petaca de su madre y se trenzó las “chapecas” con lanitas de colores. Ató la niña a la espalda y se fue al rancho de la Fidela. La madrina la recibió con mala cara. La indagó ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Juan Muerte! Ese hijo de puta se murió en una carrera cuadrera en otoño pasado. Le dieron veinte puñaladas peleando de frente con el Hilarión González. Se había robado a la chinita más chica del Hilarión y la dejó preñada. ¡Era como un diablo! Malo el hombre. Un bruto.
            ¿Y ahora qué hago? Ponele un nombre y acristianá esa niña. ¿Y? ¿Qué se yo? Ponele como tu madre. Se llamaba Soledad Mejía. Se acercó a un arcón y sacó una bolsita de tela desteñida. Tomá Jovita, acá tenés tus papeles.
            Casi arrancó de las rústicas manos el bultito. Allí aparecieron papeles que ella no sabía leer y fotos. Su madre era muy linda. Dame, te los voy a leer.
                        Los Cardales, jueves cinco de febrero de mil novecientos cincuenta y seis. Querida hija. Hoy el médico me confirmó que tengo Chagas y me queda poco tiempo de vida. Mi pobre corazón está tan grande que no puede mover la sangre que necesita mi cabeza para poder vivir. Me muero. Te dejo solita y le pido al Dios de los Cielos te proteja hija mía. Tu padre me dejó apenas naciste tú. Yo vine a dar educación a Los Cardales para alejarme de las habladurías y los chismes. Mis padres fallecieron y no tengo otra familia. Sólo tú. Cuídate mucho. Te ama tu madre Soledad Mejía.

            Y así conoció su historia. Nadie la había amparado. Era una hija ilegítima y en ese tiempo, era muy malo. Le preguntó muchas cosas a Fidela. Acarreó algunos trapos y enceres que le dejó la finada y partió para el cerro.
            Dicen que allí creció la muchacha y envejeció la madre. La hija es hoy una maestra directora de la escuela del desierto lavallino. Hay dos cruces juntas en la ladera de los pajonales junto al manantial. A su lado crece un rosal que plantó la mano de la Solita. Florece cada año para octubre.



LA CALLE DE BARRO




En la calle de barro juegan niños sin padres

¿Adónde están?

Una abuela los cuida como puede.

Falta el pan… rataplán

Falta el queso… ¿qué es un beso?

Falta amor… ¡qué dolor!

Son los niños del futuro sin ternura.
Con sus armas en la mano y las drogas.

¡Aserrín,  aserrán, por un porro matarán!
¡Aserrín,  aserrán a tu madre violarán!
¡Aserrín, aserrán por robar, a tu padre matarán!


En el barro de las calles también muertos quedarán.
En algún basural o en las zanjas sus cuerpos yacerán.

¿Tú ahora dónde estás?

DE TRENES, HOMBRES Y OTRAS HISTORIAS


1-      EL MILAGRO
                                                           “Recuerda la hora más oscura es la que precede a la aurora” Shakti Gawain
                                                                                                       
            Hilarión Domínguez era hijo de un maquinista de ferrocarril. Aquél, que ya no pasa más por las vías remotas del terruño. Su padre, Don Gervasio, pertenecía orgulloso a la “Fraternidad”, sindicato fuerte en los cuarenta. Él, heredó la tarea y era un apasionado de los rieles. Conocía cada locomotora como a su conciencia. Despertaba a las tres de la madrugada para acicalarse y luego de tomar unos mates silenciosos, preparaba una caja metálica con lo que podía llegar a necesitar. Su viaje era a un pueblo del secano “puntano” para dejar agua potable, leña y alguna mercadería que le encargaban algunos paisanos.
            Iba en el día y regresaba siempre a la hora exacta. Así era el ferrocarril en esa bendita época. Cuando pasaba por la antigua “Corocortas”, salían a saludarlo con las “chupallas” los pocos habitantes que andaban por ahí. Llegaba a esa hora incierta entre la noche y la madrugada, sin luna o con luna, siempre parecía un lugar oscuro. Él, no tenía temor, dos días de descanso y otro viaje, siempre igual. Rutinario pero hermoso. A veces veía correr las liebres por las vías calientes y aceitadas por el gasoil o el alquitrán del vagón de YPF. Otras, un zorro con hembra y crías, tal vez un “choique” y cientos de animalitos que pasaba bajo su mirada atenta. Su atención al trabajo era real. No podía darse el lujo de perder un convoy ni un tanque…, luego pegaba la vista la frente para reconocer algún paisano que le hacía señas con el pañuelo para saludarlo o gritarle un encargo.
            Fue un día nublado y que denunciaba lluvia, raro en esa época y lugar, pero a lo lejos, vio un punto negro entre las vías. Negro, muy negro. De cuarenta kilómetros por hora que era su movimiento fue bajando por las dudas a treinta, a veinte… pero allí se agrandaba la manchita. Tocó el silbato de loa máquina. Retuvo la mano en el freno, pero el aceite y alquitrán no le dejaban parar el tren. Vio u7nos jornaleros que agitaban sombreros y mujeres apostadas en las hileras de alambres de los campos que se agarraban la cabeza.
            Hilarión pensó que había un “choco” dormido ahí, entre sus rieles. No, no alcanzaba a distinguir qué era eso. Su ayudante tomó el manijón de la máquina, del freno. Hilarión sudaba y miró al cielo, pidiendo a Dios y la Santita de los Caminos que lo ayudaran. Descendió del estribo y se quedó helado. Un niño ennegrecido por el alquitrán, el aceite y la tierra reptaba entre las vías. Seguro el tren le pasaría por encima.
            ¡Ruego a Dios nuestro Señor que salga y se aleje…! y vio con sorpresa que el niño se prendía del hongo metálico del cambio de riel y salía. Los lugareños estaban estáticos. A él, se le escapó un insulto.
¿Cómo puede ser que naides se atrevió a cruzar y sacarlo, tuvo que ser “Tata Dios” el que me hiciera el milagro?
            Vio una madre deshecha en llanto. Y un padre que alejaba cabizbajo; pero ahí supo que Dios lo había escuchado. Hizo una promesa… colocó en ese lugar una Cruz Blanca con una estatuilla del Sagrado Corazón y cuando pasaba le tocaba el silbato como saludo.
            Todavía cuando pasan los paisanos le saludan al crucifijo con respeto.


POESÍA DE UN LIBRO INÉDITO


En vos duerme mi herida
y tus ojos me señalan.


En la nube descansa mi locura
y vuela una gaviota hacia el sol
en tu palabra muere la tristeza
y encarna el sortilegio del amor

en las cometas florecen tulipanes
y lloran pétalos de cristal

En un país de tréboles camino
y caigo al túnel celestial sin voz

en tu recuerdo me asilo
y un canto de campanas mueven  mi dolor

en ella estibo un sueño
y suelto el barco a la mar sin rumbo

en los confines de la tarde vuelo
y me descalzo sobre el nombre  de coral

en la hazaña de gritar tu nombre
y el dolor del silencio que regresa

en la hidalguía de ganarte
y  los reproches me superarán

en el momento de pedir perdón
y en lo saludable de aceptarlos tú