lunes, 10 de julio de 2023

INFIEL

 

Apesta el olor a fritura en la galería. Los visillos dibujan filigranas sobre el corredor que lleva en damero a los fondos de la casa. Es vieja. Hace calor y hay humedad. Las chicharras clamorean sus atractivos sexuales buscando aparearse. Una modorra manifiesta se despliega en los dormitorios. Ventiladores perezosos desdoblan sus aspas gastadas, con zumbidos de insectos invisibles, sobre las sábanas de algodón que clarean las sombras. Hay perfume a clavo de olor, canela y vainilla, mezclado con otro hediondo. Puro sexo. Vómito y mierda.

Fantino yace semidesnudo bajo el sopor del vino y la cerveza. Ron y cachaza, noche tras noche, amancebado con las busconas de Puerto Las Palmas. Un vientecillo suave, mueve las cortinas de una puerta ventana, atrayendo aire con hedor a río que se entrevera con aromas interiores de la casa. Aire que espanta moscas y mosquitos que, en la oscuridad sacrifican, con su necesidad de sangre, la grosera piel del ajumado moreno.

            Temprano ha comenzado el ruido de los carros que llevan la pesca y los mariscos al mercado. Los gritos de los hombres que trabajan no lo despiertan de su interminable borrachera. Una gallina atrevida ingresa en la habitación en penumbra y picotea el piso donde hay restos mutilados de comida derrochada en la jarana. Nadie se atrevería, como el bicho, a acercarse. Seguramente, un zapatazo sería la respuesta. Sin embargo Nunila, escoba en mano, limpia el patio de tierra sacándole brillo al polvo cerca del catre. La cadera sazonada sostiene la enorme falda, de algodón blanco, que arriscada atesora su cuerpo mulatazo.

Las manos hábiles fabrican, para curiosos y extranjeros, metros y metros de puntillas en las sombras de la tarde, cuando espera el grito de Fantino que la llama. Odia esa voz. Odia al hombre. Odia el mundo y a las hembras que venden su cuerpo a esos machos y al infame gordo alcoholizado. Su marido. Está siempre tirado, pensando vivir sólo para copular noche tras noche, incluso contra la voluntad del cuerpo que apenas se resiste. Grotesco. Inmundo.

Nunila fue bella. Morena de ojos claros y larguísimo pelo ondulado con brillo de perlas negras. Creyó en él. Creyó que la sacaba del infierno donde vivió hasta los doce años. Del rancho, donde cada hombre era más y más bruto con el ron o la ginebra en su cuerpo infantil. Estaba allí, ahora, en la semi oscuridad de la vieja casa que guardaba un secreto. Antiguo caserón con estirpe de épocas pasadas, donde la riqueza relucía entre los marrulleros comerciantes que traían oro y plata de las minas del interior. También esmeraldas y putas.

Cada barco que atracaba era un escándalo en el puerto. Atiborrado de mujerzuelas y borrachos. Gritos y peleas, que acababan en las zanjas con sangre de algún infeliz nunca buscado por alguien.. Marginales. Para Puerto Las Palmas no había una ley y, si la había, nadie sabía cuál era.

Nunila en silencio sobrevivía al horror de todo ese horror. Callada, cocinaba plátanos fritos, marisco y pescado, arroz con cerdo y especies. Nunca le dio ni una moneda, el Fantino. Nunca. Sólo vivía de las manualidades. Pagaba a algunas rameras con los pocos billetes que conseguía de los extranjeros que en el mercado, se enamoraban de los encajes que elaboraba con habilidad de maga. Le daba dinero propio a las putas que tenían hijos criados por abuelas del campo.

 El áspero vino fiestero y el alcohol de caña, lo traía Amancio —socio de su marido— que en realidad era el dueño del burdel y de hembras robadas con engaño del interior empobrecido. La casa era de la suegra.

La morena era fiel. Era Nunila la “mujer” de Fantino. Salía, con el turbante entramado, que escondía el tesoro de pelo que usaba en una ceñida trenza. Ronroneaba cadencia la pollera suelta que le cubría hasta el tobillo. Descalza. Seria. No era igual a esas infelices que traían cada noche a la bullanga.

            A veces, se atrevía a los altos, por la escalera desvencijada y entraba en la gran alcoba de la señora Santina, la suegra muerta; y abría los cofres cubiertos de mantos de seda filipinos. Se ponía uno de aquellos trajes de seda que fueron la gloria de la madre de Fantino. Soltaba la cabellera. La sujetaba con peinetas de carey o nácar; y usaba los aretes de oro y zafiros que escondidos en un pequeño cajón de la cómoda, dormían en descanso de tiempo. Se transformaba en señora. En dama. Caminaba sobre la alfombra de Persia. Se daba aire con el abanico de plumas de ave del paraíso. El espejo le devolvía un fantasma. Gloriosa su belleza nativa. Majestuoso su porte de reina. El preferido era el verde agua, con encaje de Bruselas. Las enormes enaguas de lino aún conservaban la fortaleza del almidón. 

Nunila parecía una pintura arcaica de la colonia moribunda. El cuadro era de otro siglo. De otra vida. Después se desvestía, guardaba su secreto y volvía al traje de algodón blanco y al turbante. Nada sacaba para sí, su marido, si la atrapaba, le daría tantos palos como pelos tenía en la cabeza. La señora Santina su suegra, esa que ella cuidó hasta la muerte y que nunca la consideró esposa del hijo idealizado, no permitiría su travesura. ¡Si viera a Fantino! Borracho todo el día, encamándose cada noche con una, dos y hasta tres mestizas del puerto, cuando ella se encerraba en el dormitorio. Caería en otra apoplejía como la que sufrió cuando supo que, su finado Evaristo, tenía una manceba con nueve hijos por ahí, en las afueras del Puerto. Hijos que, por supuesto, hizo desaparecer sin recelo de la zona pagando a unos matones sin escrúpulos, antes de caer en esa inmovilidad que la desquició.

            Después, con el tiempo, la mulata tomó por costumbre pararse frente al cuadro de doña Santina para hablarle. Como le charlaba en el lecho, mientras le curaba las escaras evitando que se infectara. El calor era una molestia que irrumpía a destajo con toda clase de bichos, casi invisibles, que picaban y mordían la piel dejando heridas. ¡Insectos infernales!

 Otras veces, cuando le daba de comer, la madre se negaba a abrir la boca y algunas lágrimas corrían por su piel lechosa. Ella, con un pañuelo secaba una a una y le acariciaba la frente. Igual, nunca la quiso. Nunca devolvió un gesto, una palabra, nada. Nunila, bella mestiza, era hija incestuosa, tenía madre-hermana, negra y el padre blanco y borracho empedernido de ojos claros. Por eso alardeaba la mujer de los propios. Eran de cielo cambiante y, según se avecinaba una tormenta, mutaban en destellos tentadores en una mirada profunda. Un día en la feria, tropezó con un hombre que le dijo: ¡Hembra tienes ojos de mar tormentoso! ¡Sí que eres bella, serías mía si te atrapo! Huyó, dejando abandonada la cesta con la compra, sobre un mesón de madera en la calle.

Provocada por la seducción de las palabras escuchadas escapó. El hermoso extranjero trató de atraparla, corrió, pero lo evitó desapareciendo entre los callejones malolientes del puerto. Después, lloró su destino. Entre los paraísos en flor, lloró su suerte.

            Al regresar una mañana a la casona, un grupo ruidoso de gente; entre ellos dos vecinos que siempre la codiciaron, y Amancio la esperaban. Algo extraordinario había ocurrido. Fantino salió gritando por la calle. Cayó como partido por un rayo en las piedras mugrientas de la acera. Balbuceó algo. Una espuma blancuzca le burbujeaba entre los labios. ¡Nunila ayúdame! ¡Santina vino a buscarme! ¡Mamaaaaá! Luego, dando un revolcón en tierra, quedó sin conocimiento. Los ojos en blanco y uñas amoratadas como los labios. Fue lo último que se vio en él, antes de que se hundiera en la perplejidad de la muerte.

            Nunila con el señorío y silencio de siempre, redujo todo a un sepelio corto. Sin ruido y sin llanto equívoco. Pocos conocidos fueron para acompañarla. ¡Mejor!       

            Despachó con fiereza a prostitutas y al Amancio. Los parroquianos salían disparando cuando les tiraba con lo que tenía a mano. ¡Vuelvan a sus mujeres! Les incitaba. ¡Vuelvan a ser hombres de verdad!

            Una semana más tarde, limpió la casa. Pintó con cal cada habitación, lavó y cepilló ventana por ventana, mueble y piso, dejando que la luz de la vida regresara a la vivienda. Se transformó en la dama que soñó ser. Con la tela de los vestidos de doña Santina se hizo ropa a la moda de la época, se adornó el cabello con aquellas peinetas de la difunta y habilitó el salón, para que allí, se aprendiera a fabricar encaje. Pronto, las muchachas de otros barrios llegaron para aprender. El murmullo de las voces juveniles, le cambió el estilo a la zona.

            Un atardecer, estaba sentada Nunila en la galería, cuando vio que bajaba por la escalera misia Santina, resplandeciente con el traje de seda amarillo pálido, le tomó la mano y dejó en su palma una caja llena de joyas, que nunca supo, ni Fantino, que existían. Luego, le dio un beso en la frente y salió por la galería desapareciendo para siempre entre los jazmines.   


ENCUENTRO EN DURBAN


           

            Hoy encontré la carta que escribí hace años a los Reyes Magos. La letra es la de una niña de ocho años que recién comenzaba a crecer, soñar y esperar. La leí emocionada recordando aquellos días. “Queridos Reyes Magos, les pido que este año me dejen la muñeca de ojos azules que está en la mercería de doña Porota. Soy la alumna que tiene las mejores notas en todo cuarto grado y, en clases de baile, ya logré hacer punta por más de quince minutos. La señorita Sonia dice que tengo futuro como bailarina, pero mamá dice que ni sueñe, que nunca me va a dejar. Yo ahora prometo no ser bailarina si me traen la muñeca. Con cariño: Luciana”.

             Me senté en la orilla de la cama de mamá, mientras tomaba una copa de Cabernet fresco y recordé cada minuto de esos días. Encontré varios papeles y cartas, que escondió, para que no lograra llegar a la capital, a la selección de becarias en el Teatro Coliseo. A su pesar, lo conseguí.

 Renuncié, esta vez, a varias funciones en New York y Durban, para realizar la horrible tarea de enterrarla y desarmar la vieja casa en el pueblo. Los vecinos, en el cementerio, me miraban con envidia. Creerán que hacer un trabajo como el que tengo es mejor que el de ellos. Viajar tanto en avión de París a Londres, de Moscú a Berlín o Tokio, no es como caminar por las calles tranquilas del pueblo en que crecí. Andar bajo los paraísos en flor o los jacarandaes violetas, con olor a tierra húmeda y escuchar el canturreo de los pájaros. ¿Qué es mejor? ¿Quién sabe? A veces, cuando estoy sola en un hotel, en el que ni siquiera salgo a recorrer la zona, siento nostalgia de esta patria chica. El querido pueblo de la niñez.

Una lágrima está borroneando la tinta de la hoja de cuaderno en que hice el pedido de Reyes. Esa muñeca todavía permanece en mi nostalgia, acompañándome. No es llanto de dolor el que se escurre, sólo añoranza de la infancia.

 

            Hace exactamente tres años, cuando papá iba desde Paraíso del Indio al pueblo, en el viejo Chevrolet, un tornado lo elevó sobre el pastizal de los Silveira. Desapareció. A los seis meses encontraron parte de la carrocería en un bañado como a noventa kilómetros de casa. A mamá le dieron pequeñas pertenencias de papi, que hallaron algunos chacareros en los campos. Nada importante: un pulóver, un zapato marrón, la caja de herramientas vacía, además un libro de Víctor Hugo, embarrado y con pocas hojas. De él, nada en concreto.

 Al año siguiente, en Semana Santa, encontraron un cadáver. El comisario dijo que era el cuerpo de papá. Lo lloramos como si en realidad lo fuese. Nadie estuvo seguro que fuera él.

            Me llamo Luciana. En noviembre cumplí los ocho. Como todas las niñas del pueblo, voy a la escuela y a danza. La señorita Sonia es mi profesora.  Ella —dicen mamá y la tía— era una gran bailarina. Un día tuvo no sé qué enfermedad en los tendones y ya no pudo competir en audiciones de ballet. Nosotras miramos, sobre el piano de la sala, un sin fin de fotografías en que se la ve, en algunos teatros, con tutú y zapatillas de punta. Están firmadas por gente muy importante y destacada, me parece.

 

            Mi pueblo sigue tranquilo. La pereza abunda entre sus habitantes y crece lento. Los que viven aquí están detenidos en el tiempo. Abrumados por los miedos. Los moradores, beben en bares todo el tiempo vino casero, ginebra y caña. ¡Es un problema!

 

Acá las madres temen todo. Si te ven hablar con alguien mayor, no les gusta; si te ven jugando en la plaza a la siesta o en la tarde y comienza a oscurecer, salen a buscarte. Es como si detrás de cada hombre, hubiera un monstruo capaz de comerte. La mayoría trabaja en la chacra. Cosecha y siembra. Mi papá vendía plaguicidas y abonos. Nunca encontraron el maletín donde llevaba las muestras.

            La señorita Sonia dice que no pierda la esperanza de reencontrar a papá. Mami se enoja cuando le cuento lo que hablamos entre paso y paso de baile.

            Pronto será la cuarta navidad esperándolo. Es feísimo esperar y esperar, aunque la parentela nos invita a pasar la fiesta con ellos. Siempre agradece mi mami, pero nos quedamos solas en casa. Es más triste, pero es una manera, de estar más juntas. Unidas en nuestra desgracia.

 

Al principio, no me daba cuenta de que nos faltaba plata, luego descubrí que recibían ropa para arreglar y después hacían vestidos, camisas y pantalones, para vecinos del pueblo. Así pudieron mantener la casa.

 

            Ayer, me mandó a la casa de la señora Clarita. Debía llevarle la falda nueva, ésa de color blanco que iba a usar en el baile del colegio. Luego, pasé por la mercería a comprar hilos y un cierre cremallera color anaranjado. Allí la vi. La muñeca más hermosa que jamás pude haber soñado. Estaba sobre el mostrador de vidrio, junto a una caja llena de guantes de seda, ésos que usan los chicos que hacen la primera comunión o son abanderados.

            Recuerdo que me quedé un rato mirándole los ojos azules y el cabello castaño, de pelo natural que caía como en bucles sobre el vestido de plumetí rosado. ¡Los zapatitos color negro de charol, con dos pequeños pompones y hasta medias blancas! Tenía dos dientecitos que le asomaban por los labios apenas abiertos. Lucía pestañas de verdad y cejas pintadas suavecito, sobre las mejillas de un sonrosado que apenas le daban color, como a una niña recién nacida. Deditos regordetes. Aritos y pulsera de perlas. La señora Porota, me dejó observarla un rato, sin decir nada. Después, dijo que le llevara las cosas a mamá, pues estaría preocupada. Ya caía el sol y si oscurece sabe que se asusta.

           Volé con alas entre nubes de ensueño. Jamás volveré a pasar por ahí sin mirarla, recuerdo que me prometí. Se la voy a pedir a los Reyes Magos. Esa muñeca será mía. No una parecida, ésa.

            Le conté a mamá. Dijo que no pidiera algo tan caro, porque los Reyes, tienen que repartir juguetes a muchos niños. La tía me miró mal. Pensé que era una bruja porque vivía retándome por todo y tal vez haría algo para que los reyes no me la dejaran.

           Anoche escuché a mamá llorando. Le decía a la tía, que era imposible comprar nada extra. Imaginé que hablaba de los zapatos que necesito, pero el corazón me dio un porrazo cuando le oí decir. “No le puedo comprar la muñeca a Luciana, deberá esperar, tal vez más adelante” ¡Doble pena, saber que los Reyes Magos no existían y que nunca tendría la muñeca de ojos azules!

            El día de la fiesta de fin de curso, grande fue mi sorpresa, cuando entré en la dirección de la escuela y vi la caja con ella en una mesita. ¡La iban a rifar! No tengo más esperanzas, pensé. Me fui a casa y lloré a escondidas. Mamá sufrió bastante con la desaparición de papá, no debía darle más pena. Me acosté con los ojos rojos e hinchados, pero igual me dormí. Esa noche soñé con mi papi. Venía volando. Entró por la ventana y traía en la mano un papel con el número 8. Sonriendo me mostraba el cielo y por allí se iba.

Cuando desperté, le conté a la tía y sonrió. Salió rápido de la cocina hacia su habitación, me dio un peso y dijo que corriera y comprara el número de rifa de la escuela. “Comprá el 8 “. Y no corrí, volé. Lo encontré. Gracias a Dios nadie había querido ese número. Con el papelito verde en la mano, apretado contra mi corazón, se lo llevé y de alguna manera supe que la tía, me quería y no era mala, como pensaba yo, cuando me regañaba. Al número, lo guardó en una Biblia vieja que era de la abuela, y así llegó el día de la rifa. Cuando escuché que cantaban el 8, casi caigo desmayada.

La directora tomó de mi mano el número, miró el que un nene de jardín de infantes tenía en la mano, al que sacó de una bolsita donde estaban todos y tomando la caja, me la puso con cuidado en los brazos.   

            Pronunció un largo discurso, que no entendí, pero creo que dijo: “Luciana se lo merece. Porque es estudiosa y ha perdido a su papá”. Cuando llegué a casa con la muñeca, saltábamos abrazadas alrededor de la mesa del comedor. Mamá comentó que papá me la mandaba desde el Cielo. Ese día creí nuevamente en los Reyes Magos.

 

            Hace unos meses, caminando por el aeropuerto, antes del debut en Durban, en Sudáfrica, se me acercó un nativo, muy extraño, vestido con una túnica amarilla y un enorme turbante de color brillante. Su piel oscura, relucía con el neón de los pasillos. Los ojos parecían dos estrellas negras en un mar rojizo. Una enorme sonrisa acarició mi desconcierto cuando, en perfecto francés, habló: “Su padre, al que veo, dice que el cuerpo está en el fondo de un lago en su lugar de América. Él, su espíritu, está siempre cerca, ahora mismo permanece parado a su lado. Sonrió y señaló la muñeca que llevo desde niña en brazos cuando viajo. Se la regaló cuando usted tenía ocho años. Le expresa que la ama y que se cuide al bailar”. Luego, con paso lento, se perdió entre la muchedumbre en el aeropuerto.

  

miércoles, 5 de julio de 2023

LA MANIFESTACIÓN


 

Demetrio, un hombre silencioso y taciturno caminó por la vereda que separaba el ferrocarril de la amplia avenida de los fresnos. Iba meditando la arenga que le dieran en la fábrica esos “mequetrefes” que se creían los dueños de la vedad. ¡Y la verdad era que cada día las cosas estaban peor! Si cerraban la fábrica, todo se iba al “carajo”. ¿Con qué pagaría el alquiler del departamento a don Salime? Y la patrona, su insoportable mujer, le tiraría hasta las cacerolas por la cabeza si se quedaba sin trabajo.

Su mirada angustiada se perdía en las sombras que amortajaban el atardecer. Pasó el tren de las veintidós y colmado como siempre de obreros cansados que volvían de las fábricas a los ranchos y casuchas de las villas.

Apretó el paso porque últimamente solían aparecer merodeadores y robar a los que como él, se atrevían a caminar por las zonas moribundas de los alrededores del campo de golf del club del municipio. Pasó una ambulancia con su furor de sirena y luces rojas. Se santiguó como le enseñó su abuela, por si acaso iba un desahuciado. Pensó en su hija. Era lo que lo sostenía en la vida. Se casó obligado con la Rafaela. La había conocido en un baile de carnaval en el galpón de empaque de la fábrica de muebles. Esa también cerró. Acorralado por un embarazo inesperado, el padre de la Rafaela lo forzó y no le quedó otra que pasar por buen muchacho y tratar de ser un mejor esposo.

Lo único bueno, que la mujer en ese tiempo era lindota, con buen porte, grandes tetas y ojos de color celeste. La vida dura y el trabajo le dieron ese matiz de oscuridad y fue desplazando bellezas por acritud y desdén. Al nacer la Gladys la vida se hizo un poco mejor, más alegre. La chiquilla era alegre y parlanchina. Inteligente y lo adoraba. ¡Por ella siguió junto a la madre!

Trabajaba diez horas por día y sin descanso, hasta los días feriados para no compartir con la familia de la Rafaela. De vez en cuando aceptaba un asado o unas pastas algún domingo. Infaltable en el cumpleaños de la nena.

Pasó una camioneta con un altoparlante arengando a la huelga. “Mañana todos a la explanada del municipio”, y también se santiguó. Les tenía miedo a esos punteros del “Jefe Reinoso” que para él, era un mafioso.

Llegó a la casucha, el ruido del herrumbrado portón, alertaba a Rafaela que entraba. La mesa estaba con su mantel de hule floreado y tres platos, los cubiertos que fueron regalo de su madrina y vasos con soda. Un perfume a bifes y sopa le ingresó inesperado por los recuerdos de su madre. ¡Ese era el olor de familia que guardaba en su memoria!

Se sacó la boina y la campera, dejó su bolsa de herramientas en el lugar donde estaba señalado su “lugar”, elegido por Gladys. El resto era para la máquina de coser y el escritorio donde se apilaban los libros y carpetas de la nena. Ya tenía dieciocho y era una futura médica.

Se lavó y acicaló. Más tarde, antes de  dormir se daba un baño. Todos los benditos días eran iguales. Se sentó a la mesa. Gladys se acercó y lo besó en la frente, le acarició la espalda que le dolía con los años. Casi en silencio comieron. Demetrio les narró lo que dijo el matoncito que los arengó en la fábrica. Y Rafaela asustada le pidió que no fuera.

¡Pueden haber disturbios, lo escuché en la radio! Papá tiene que ir, tienen que protestar, mamá, sino son como corderos que van al matadero. ¡Asistí papá! Y llegó la hora de dormir.

El despertador sonó a las cuatro, dejar el lecho, cada día era más difícil para Demetrio, pero esa mañana tenía que apurarse y llegar a tiempo al playón frente a la fábrica, allí, esperarían los del sindicato. Salió besando la frente de Gladys y de su mujer, gesto inútil para él, pero que hacía como un robot desde el día que ella lo maltrató por primera vez.

Salió apurado y sin la bolsa de herramientas, se puso otro gorro diferente al que usaba siempre y una campera vieja de su suegro…caminó apurado y se subió al Bondi. Luego de apretujarse con un montón de obreros, se acurrucó en el pasillo junto a la puerta de salida. Al llegar a un cuadra de la fábrica, comenzó a ver el alboroto. Caminó derecho a la vereda de enfrente, alguien le puso una pancarta en la mano. Era lago pesada, pero él la podía…no sabía qué tenía impreso. Comenzó la caminata hacia la municipalidad. La policía los esperaba con armas largas y gases lacrimógenos. Demetrio comenzó a marearse. La querer alejarse, una mano de hierro lo atajó y con una puteada lo regresaron a la manifestación. Comenzaron de atrás a tirar piedras y algunos objetos duros. La policía contestó con gases y avanzó. Demetrio se cayó y lo empujaron, lo pisotearon entre los de atrás y los de adelante.

Rafaela y Gladys, lo buscan. Demetrio nunca regresó.   

JUAN MANUEL


 

            Por su porte, lo miraban todas las muchachas y algunos muchachos. Pero aun era un púber. Trajinaba calles vendiendo frutas de la chacra de sus abuelos paternos a quienes le debía su educación. Su padre le era una especie de fantasma imaginado perpetuamente porque nunca regresó de un viaje por las islas del sur. La amarillenta fotografía que tenía de él, se estaba desdibujando con el tiempo y la humedad de la casa.

            De su madre, solo escuchaba chismes malintencionados de las vecinas y del cuchichear de sus abuelos. Le parecía que era una vampiresa de esas de las novelas que escuchaba su abuela por la radio. Pero nadie le decía la verdad. No sabía ni siquiera cómo se llamaba y si vivía en ese pueblo.

            Soñaba despierto. Pensaba que sería un torero como el “Piquín” o el “Muletilla”; pero ya a su edad no lo aceptarían en ningún ruedo. A veces iba con el abuelo a los toros. Miraba azorado el valor de esos muchachos que enfrentaban los toros en la arena.

            Un día, una mujer de mediana edad, se acercó y quiso hablar con el viejo, pero este se hizo a un lado y lo tironeó de la camisa bruscamente. ¡Vamos, salgamos de aquí que hay un demonio cerca! Y se lo quedó mirando mientras la mujer le decía dos o tres mezquindades.

            Esa noche escuchó clarito una discusión entre ellos, sus abuelos. ¡Que no dejaste hablarle al niño! No, mujer, si casi me insulta. ¿Pero él la vio bien de cerca? Bueno había mucha gente alrededor, puede que no la viera muy bien. Y el murmullo se fue sofocando como él, pues comprendió que algo importante tenía esa mujer con los abuelos y su persona.

            De camino al mercadillo, un sábado, se cruzó con ella. Se la quedó mirando y se imaginó que podía ser su madre. ¿Cómo le hablo? Pensó, pero siguió rápido su camino, no fuera que sus abuelos se enteraran y se armara un lío.

            Juan Manuel cumplía los dieciséis años y vino de la aldea de Portezuelo un tío, que era su padrino. Le traía un traje de tela gris oscura. Un regalo inesperado para ese chico que tenía poco y nada propio. El padrino era hermano de su padre. Y le habló muchas historias de cuando eran niños. Se fue tarde, casi al anochecer.

            ¡Mira Juan Manuel, parece que se viene una buena… la mili está muy alborotada y el general Franco, está dispuesto a enfrentarse con los rojos! Y de golpe sintió orgullo de sus ideas. ¡Quiero ir a la mili, abuelo! Tú, niño, ni pensarlo. Dicen que se viene la guerra y ni te imaginas lo que se sufre con ella. ¡Es un monstruo que no dispara con justicia, sino con odio y venganza!

            Ese domingo se puso el traje que le regaló el padrino y decidió ir a la iglesia del pueblo. Que lo vieran las muchachas. Que creyeran que era un hombre y que su pecho, ya no enfrentaría a un toro, sino a un soldado o cien o miles.

            Juan Manuel, estás muy guapo. Este muchacho es un milord en persona. Un majo. Un mozo de orfebrería. Y una y otra comparación que no entendía. Se sintió enorme, sabio e inteligente. Se sintió un elegido.

            Pocos días después, comenzaron las riñas en el pueblo. Ya no había esa amabilidad que era su fuente de alegría. Los vecinos peleaban, se decían vulgaridades y hasta se comenzaron a pegar con herramientas de labranza. Aparecieron camiones con hombres de otros pueblos y después del ejército. Los primeros tiros, eran oídos sin preocupación, hasta que al salir a la calle vieron al cura muerto con un balazo en las sienes. Otro día en la noche, se sintieron disparos más fuertes y cayeron don Paco y Lisandro. ¡Eran rojos, dijeron!

            Juan Manuel, ya no se sentía un chiquillo, era un hombre dispuesto a luchar. Pero una mañana que salió para llevar las naranjas, vio muchos muertos en las calles y él, no quería participar de esa locura. Caminó por la orilla del río y vio más caídos. Más sangre y de pronto, una mano de mujer lo sujetó con fuerza. ¡Vete niño! Era la mujer del encuentro. ¿Y a usted quién le dio vela en este entierro? ¡Soy tu madre, y te ruego que vuelvas con tus abuelos y se escondan y guarden toda la comida!

            La mujer llevaba una escopeta y un brazalete de paño rojo. ¡Esa era su madre! Y le quería evitar un desastre. Juan Manuel no alcanzó a preguntarle el nombre cuando un balazo le entró en las tripas. La mujer se agachó sollozando. Amor mío, te quiero con toda mi alma. Y cerró los ojos del niño que se creía un héroe de verdad.

FRANCO… ¿UN DUENDE O UN FANTASMA?

 

1—

            Martina mañana tenemos que ir a la casa de la abuela Lina. Fíjate que el vestido de plumetí celeste esté impecable. Los zapatos de charol de tu hermana Guillermina están a mano y trae el peine, yo mientras tanto armo la valija.

            El tren parte de Lomita a las nueve. Estaremos en la estación a las ocho. Y deja de comer ese merengue, que te pondrás redonda. Aprende de Guillermina, tan cuidadosa con su cuerpo, su cabello y sus modales. Tienes que imitarla y ser como ella.

            ¿Ya está lista tu habitación? ¡Martina podría estar mejor!  Pero estamos apuradas, niñas recuerden: ¡No pregunten y está prohibido ir a la habitación del fondo, la que está con un candado, bien cerrada. ¡Ni se les ocurra acercarse o hablar a los abuelos porqué o qué hay en esa pieza del candado!

 

2---

            El tren me produce sueño, a Guillermina la descompone y vomita; yo la cubro de mamá y papá. Ella, mamá, se pondría como loca de nervios si se ensucia el vestido. Yo la arrastro al baño y la limpio. Guillermina se manchó un poco, la lavo y la vuelvo a peinar, con el moño de la trenza, lucho un rato y me queda perfecto. Mamá se preocupa y viene a buscarnos, yo me hago la tonta como siempre. Mamá cree que las cosas que hace mi hermana son perfectas  y todo lo que hago son torpezas. Llevo el cabello suelto y el flequillo desflecado, hecho hilachas. Pero no vomito y amo ir en tren por el camino que se entrecruza con la carretera y el ferrocarril, miro el paisaje y adoro reconocer los animales y árboles. No digo nada, total soy “la tonta” ¡Soy más machota, como dicen los de mi familia.

            Descubrimos que en una estación entraron al tren muchos soldados. Su risa me estremece. Son los que van al desfile de mañana a la capital. Nosotros seguimos hasta un pueblo cercano.

            Nuestra familia en las fiestas patrias como la de mañana, se juntan en la casa de los abuelos, como si fuera un cabildo abierto. Mañana es 25 de Mayo. Ja, ja, ja… la tía Gloria dice que hay que ser ¡Bien patriotas! Pienso que son tonteras, pero tengo apenas once años y conozco poco de historia. Lo de la escuela, no más. Y no me tienen en cuenta para nada. Recién paró el tren y se bajaron los soldados. Ahora hay silencio y mal olor. ¿Se bañarán? Guillermina, vamos a sentarnos allí y juguemos a “Piedra, papel y tijera” ¡Dale!

 

3___

 

            Cuando llegamos a la casona de los abuelos, nos recibió la tía Josefina. Nos dio un abrazo que casi nos ahoga. Cuando vino el resto de la familia  que yo conté en treinta, todos hablaban al mismo tiempo. En una mesa bajo los jazmines, había platos con empanadas, pollo en trozos que habían asado el tío Jorge y Lucio. Parecían payasos, colorados por el calor de la parrilla.

            Los chicos comimos primero. Los grandes ya comenzaban a discutir de fútbol, política y otros murmullos que no alcancé a oír. Tomaban un vino que se veía sabroso. Hoy se que era Vermouth y comían salame, mortadela y queso cortado, pero parecían una enorme boca insaciable. Después no mandaron a jugar. Unos primos jugaban a la “payana”, otros a las “Canicas” y las chicas “a la mancha venenosa”.

            Mi hermana me tomó de la mano y me llevó a la ¡habitación prohibida!

            ¡Lo prohibido es lo que más atrae! El candado… estaba abierto y miramos para todos lados, no había nadie detrás de nosotros. Nadie nos veía. En punta de pié llegamos cerca y nos escondimos tras las macetas con helechos de la abuela. No venía nadie y entonces… ¡qué emoción! Abrimos la puerta apenas, un aire helado y húmedo nos hizo echar atrás. Yo más atrevida, comencé a mirar con descaro lo que había. Estábamos medio cegadas por la luz de afuera y la penumbra. De pronto una mano helada se prendió de mi brazo y comenzó a gruñir. ¡Pegué un grito!

            Un ser deforme gesticulaba y babeaba tratando de retenerme. Entró como una tromba mi abuela. Me tomó del pelo y por primera vez, me pegó una cachetada. Yo lloraba y gritaba, más por el susto que por el dolor. Guillermina ya estaba en brazos de mamá. Muda, y temblorosa salí corriendo y ligué de nuevo con papá.

 

4---

            La casa era un horror, todos vinieron y así descubrieron que allí habitaba un hermano de mi papá, que todos creían muerto al nacer. Era enfermo. Escuché las palabras: “parálisis cerebral” y lo tenían oculto con vergüenza del famoso ¡Qué dirán!

            Las mujeres lloraban, los hombres comenzaron a discutir; habían descubierto “El Secreto”. Se llamaba Franco y el niño era un muchacho parecido a un fantasma, ya que nunca tomó sol y caminó o jugó en el patio o fue a una escuela… ¡Yo estaba desesperada! Ahora con cuarenta y ocho años, veo como se cuida y ayuda a los niños que nacen discapacitados y doy gracias a Dios y a la Vida que Franco fuera descubierto. Murió un tiempo después, pero gracias a nosotras, conoció la luz del sol, el aire puro y el amor de algunos primos que nos apiadamos de él.

            Regresamos a casa en el tren anterior al que habían dicho y la penitencia nos duró hasta mucho tiempo después, pero me enseñó a no tener “prejuicios” y a tener compasión con los débiles. Guillermina, tal vez por ese suceso estudió para ser especialista en recuperación de chiquitos y no tanto, con alguna diferencia al nacer. 

ELODIA


 

¿Te acordás Elvira el cuerpo de Elodia cuando cumplió los diez y seis? Parecía esas figuritas que fotografiaban en las revistas de época, Para Tí, Damas y Damitas y tantas otras que esperábamos con suspiros en los días de verano cuando no podíamos ir al río en las siestas. ¿Dónde quedó el jolgorio de sus piernas movedizas? Le gustaba ir al baile los viernes a la tardecita cuando bajaba el calor y aparecían los "moscardones", como decía papá. Él siempre serio y sin ganas de perdernos. Los chicos del pueblo que dejaban el tractor o los caballos, para ir al baile, peinados con gomina, pañuelo al cuello, se acercaban a nosotras... ¡También cómo no iba a estar atento con siete hijas mujeres y un solo varón que apenas podía montar un petizo!

Elodia parecía que con sus ojos grises, cuando no le gustaba el mozo, lo cortaba con un cordón de plata y un aire gélido, hacía arreciar una llovizna de de palabras sueltas, torpes, del muchacho que se retiraba con la cabeza gacha.

Si era uno de esos más despiertos, esos con olor a lavanda y a Glostora, ella decía: ¡Huele a incienso! Casi era un monje blanco y bello o un ángel que bailaba con sus manos frías de miedo y sudadas por la emoción. ¡No hay futuro! Es un pajarraco. Es un bicho agorero y yo, que miraba sus piernas juguetonas, me metía en aguas sonrientes de un río de una vida inexistente. Feliz, llena de historias de amor.

Ahora, pienso que Elodia era una aventurera en una época donde nosotras, sus seis hermanas atisbábamos su rostro como pintado en colores de arco iris. Hoy, la miré. Encontré su rostro en color cenizas en el espejo de su vida. Parece que un lago lleno de guijarros ha dejado su piel en un nido áspero y descolorido.

Me acuerdo cuando nos complotamos para que se fuera con el Ismael Segovia en el micro que partía a las diez de la carretera sur. ¡Estaba tan enamorada! Yo le puse en una pequeña maleta de la abuela, dos vestidos un camisón y abrigos. Los zapatos que llevaba eran de Mabel y la cartera de María Luisa. Era poco, pero le dimos los pocos billetes que habíamos ahorrado para la próxima kermés de la parroquia de San Eudoro. No llegaban a cien pesos y monedas. El Alcibíades, se acercó a nosotros y nos reprochó lo que hacíamos. ¡Ese tipo es malo, ya verán!

Teníamos los labios como de madera. La garganta seca y el miedo enroscado como yarará agazapada. Mis manos parecían de goma. Caminamos en la humedad del pasto, cuando partió el autobús y llorábamos de terror. ¿Y si era cierto? ¿Y si el Ismael era un cretino? Era verano, pero nos llegaba un frío de fuego con su capote helado y crepitando en las entrañas.  Papá casi nos pega. Mamá se desmayó y traviesa la vieja Delfa, dijo sin mirarnos, "¡Pendejas calentonas, no saben lo que han hecho"!

Las entrañas se habían encogido, estábamos trasmutadas de miedo. Y ella se había ido atravesando las cuchillas, lejos, trotando un mundo desconocido y espeso.

Pasó el tiempo. Llegó una carta escrita por Ismael en que avisaba que Elodia volvía a casa. Llegó sin decir palabras y se abrazó a mamá. Papá no le habló por varios meses. Ninguna de nosotros volvió al baile de los viernes. Las muchachas murmuraban y los mozos nos evitaban como si tuviéramos una enfermedad contagiosa. Elodia hablaba poco. Nada. En ese silencio dijo todo. El Alcíades no se había equivocado. Un día, él, vino a buscar a Mabel. Habló con papá y él, aceptó y se armó la boda. Se la llevó al campo donde cultivaba trigo y arroz. Después, vino un tal Bernardino, empleado del correo en Villa Los Dolores. Papá vio que era un buen hombre y se vivió una hermosa boda. En ese baile conocí a Enrique. Con él, me casé y tengo cinco hijos varones. Como dice mamá... ¡Dichosa hija, no pasarás por lo que tu padre y yo pasamos ese tiempo! Pobres viejos. Yo imagino cómo habrán sufrido. María Luisa se fue del pueblo a Santa Fe. Allí estudió y entró como profesora en una escuela religiosa. Luego de varios años profesó y se hizo monja. De vez en cuando escribe de lugares lejanos donde la mandan a cuidar niños abandonados o ancianos enfermos.

La casa sigue igual. Seca, descolorida y mustia. Elodia cuida de mamá y papá, que ya le perdonó su desatino. Dicen que Ismael, volvió a buscarla y que ella lo recibió con la escopeta cargada de municiones para cazar patos en los arrozales. Salió como una rata maloliente.

Un día apareció un auto negro, con tres hombres grises. Muy serios preguntaron por ella. Mi papá, la llamó. Ella al verlos se puso muy pálida y comenzó a temblar. Pidieron hablar en privado. Y mamá abrió el antiguo escritorio de papá que lleno de libros y carpetas, estaba detenido en el tiempo.

Elodia, de pie y ellos tomaron asiento como si fueran dueños del espacio. "Esto es un pedido del Juez Sabino León Castro. Debe declarar sobre los hechos del tiempo en que estuvo cumpliendo en la penitenciaría de "Corrales", su culpa." La oreja de mamá pegada a la puerta dejó un rastro al caer al suelo. Salió uno de los hombres y la ayudó a salir, la sentó en una silla y la amonestó por su osadía. Mamá lloraba. ¿Mi hermana presa? Ninguno de la familia sabía. ¡Tantos años sin decir una palabra y ahora enterarnos así!

Varias horas estuvieron hablando, un verdadero enjambre de dudas. ¿Qué habría pasado en la vida de esa mujer? La declaración fue lenta y ella sufría. Nosotros, que llegamos una a una... esperábamos saber algo. El silencio era de una tumba. a las horas salieron pisando fuerte y con el rostro ceniciento nos dejaron con una consigna durísima: "Si hablan sobre lo sucedido aquí, ella regresará a la cárcel".

Salió mi hermana y su cara había envejecido mil años, parecía una brasa de hielo o una roca volcánica. Rojos los ojos que parecían inyectados en sangre y su boca una línea cerrada y oscura, donde no había palabras.

¡No me pregunten nada. Sigan con su vida y hagan silencio! Y se fue caminando con la cabeza gacha a la cocina. Dicen los que nos conocen que parecíamos un hormiguero destruido. Cada uno volvió a su hogar sin abrir la boca. Nuestra cabeza era un ovillo de hilo enredado de preguntas sin respuestas.

 Alcibíades nos reunió y delante de Elodia contó: "Familia querida, yo sabía que su hermana había matado a dos hombres. Fue en defensa propia, pero igual tuvo veinte años que pagar la pena que le impusieron". Ella comenzó a llorar quedito. "Sabía que el tal Ismael, era un pájaro de cuentas. Y estaba relacionado con gente muy peligrosa. Sin querer, supe que ella estaba en un burdel de otra ciudad y que en una riña, se interpuso entre unos mafiosos y el "guapo Ismael" Y sacó un arma y bajó a dos de los delincuentes. El marido la culpó. Pero su vida fue un infierno. En el penal, en una riña con otras mujeres hubo otra pelea y le dieron un puntazo, ella se defendió y eso significó cuatro años más de horror. Ya saben cuánto sufrió por irse con el famoso Ismael..." Todos en silencio la miramos y uno a uno la fuimos abrazando. ¡Pobre mujer!

Las piernas de mi hermana Elodia, son hoy, un áspero soporte de piel lacio, cae en cascadas finitas entre sus várices azules. ¡Pensar que yo adoraba sus piernas movedizas! Su figura de estrella de cine y su andar cadencioso y orgulloso. Nunca pudo casarse o hacer otra vida, estaba marcada por una sociedad pueblerina y sonsa que no perdona los errores. Mañana, Elodia, cumple cincuenta años y entre todos le vamos a hacer una fiesta. Lo merece. Mi hermano que entró al ejército y vive en el sur, le compró un hermoso vestido de gasa y con flores celestes y amarillas, como a ella le gusta. Yo le saqué una foto de la revista que guarda en su mesa de luz. Mi amiga Inés se fue a la ciudad y le compró unas sandalias muy "monas" de color chocolate. Ella ni se imagina... hemos invitado a muchos amigos y entre los grandes y los chicos somos más de sesenta. Papá hizo prepara la comida en un restaurante de un amigo. ¡Por fin vivirá un momento de alegría! Eso esperamos todos.

Anoche, después que se fue el último invitado, me senté junto a mi querida hermana y le pedí perdón... por no haber sido astuta y evitar que se fuera con ese monstruo que la hacía vender su cuerpo al mejor postor. Lloró como nunca la vi llorar. Pero me perdonó. ¡Vos no sabías nada! Que papá y mamá nunca se enteren.

Ahora puedo dormir en paz.  Se ha perdonado y a nosotros también.

 

lunes, 3 de julio de 2023

En el éxtasis ritual


crece la sangre

primigenia

cenital 

Es la voz modulada de la tierra

áspera y gris

roja y serena 

de aquella palabra nada queda

un sol lejano de poderosa lejanía, 

extrema.

y tú, amigo de la noche sin luna

que duermes en los brazos de la muerte

te entremezclas con la maleza

con el barro.

Sólo huesos y recuerdos 

y un tañer de campanas de madera

sin badajo ni estrellas.

¿Dónde quedó la risa clara 

dónde el fuego en las mañana de invierno

cuando los pájaros volaron

buscando anidar? 

Y tu sangre 

a borbotones corre en el silencio.

Amigo fiel que en la distancia

vives el silencio en la sombra.

 

al poeta José María Capurro.