lunes, 10 de julio de 2023

CONFIANZA ERRADA

 

 

Llegaron los especialistas y sintieron un horror enorme. ¿A quién se le ocurre tener semejante "mascota"? Comenzaron por rastrear a los habitantes del complejo habitacional. En la planta baja, habitaban tres personas de edad avanzada. Basilia, con sus ochenta y cinco años, estaba fresca y su mente comenzó a discurrir en ruidos y voces que había oído esa semana. ¡Nada importante para el caso! Modesto y Jessica, de tan sólo noventa y dos años él y noventa ella, estaban tan asustados que no recordaban ni sus nombres. La cuidadora de los ancianos, los protegía de cualquier torpeza externa. No pueden molestar a mis "viejito", perdería el trabajo y los hijos que viven en Toronto, me dejarían en la calle. Rebeca, era la más joven. Setenta y seis años, con una memoria envidiable, sólo atinó a nombrar a los dueños de los pisos de su zona, el color amarillo, donde solían vivir estudiantes extranjeros.  

Sobre el sector donde había ocurrido el hecho, no sabía nada. No conocía a sus vecinos. Del sector azul, solía aparecer un hombre rudo, con dos niños. ¡Y sí, allí había ocurrido el estropicio!

El inspector Tremplay, experto en serpientes, fue directamente al departamento de dicho inquilino o dueño del piso diez. Allí, sacaban las dos bolsas con los cuerpos de los niños. Noah de cuatro años y Connor de siete. En una jaula especial, los peritos y veterinarios, con la consabida discreción retiraron el animal. ¿Y dónde estaban sus padres? Preguntó la comisaria Brunswick. Un titubeante subalterno, dijo que los padres estaban mirando un partido de béisbol en el segundo piso. Nadie había oído nada. Excepto el griterío de los que esa noche con varios "tragos" en su tiempo deportivo, arengaban a sus jugadores favoritos.

¡Revisen por dónde pudo entrar el asesino! Se empujaron dos de los ayudantes para dar un paso atrás... ¡Puede haber otra igual o acaso no andan de a par? La mirada del inspector echaba fuego por sobre los ayudantes. ¡Son unos cobardes y ya se ubican para averiguar por dónde ingresó el bicho! Llegó el padre. Lloraba como un niño abandonado en el infierno. ¿No sabe decir de dónde pudo venir semejante monstruo? No. Un hilo de voz cascada por el dolor y la vergüenza, le impedía hablar con dignidad.

Mi mujer está en un centro de salud y sólo me echa la culpa porque los dejé solos. ¿Quién iba a pensar lo que ha ocurrido? ¡Quién puede ser tan tortuoso que tenga en un departamento normal semejante animal? Nadie. Una persona como nosotros, que siempre trabajamos en nuestras oficinas, dejando a los niños en la guardería, no tiene ni un periquito de color. ¡Ese infame, tenía ese bicho en su casa como cualquier "perrito o gatito". Jamás hubiéramos imaginado ni dudado de la seguridad de nuestro hogar.

¡Inspector... venga, creo que la pitón, ingresó por el techo, usando los conductos de la ventilación! Una locura. ¿Desde qué departamento vino? A inspeccionar cada piso y departamento. De pronto se presenta un extranjero y exclama. La pitón es mía, yo soy el dueño y reclamo que me devuelvan a Karly, yo la cuido desde que era una pequeña serpiente. Es parte de mi vida. ¿Qué ha hecho esa picarona? 

Señor queda usted detenido, su "bebé, de 45 kilos ha caído sobre dos niños matándolos con un abrazo mortal. El hombre se desmayó, cayó rotundo sobre el piso del corredor que separa los departamentos. El enfermero lo asiste y abre los ojos asustado. ¿Qué voy a hacer? Enfrentará un juicio por tener un ser vivo sin los permisos del gobierno y ya verá usted la demanda de los padres. El grupo de la policía juntó todos los posibles elementos que sirvieran para el juicio.

Sólo quedó un osito de peluche caído cerca de la camita donde había caído la pitón africana. Afuera del edificio los periodistas y camarógrafos, buscaban saber más sobre el hecho "insólito" ocurrido en ese pacífico centro habitacional.  

COMO UNA LOBA

 

 

            Como loba sedienta

            arrancaré de las venas la sabia

            la vida herética o maldita.

 

            Arrastraré con las manos

            andrajos de piel herida mutada en carcajadas.

            Pandora y los Eunucos duermen.

 

            Caminaré por el laberinto kafkiano

            con antorchas de incienso.

            Caminaré al destierro sin agua ni maná.

 

            Como loba insurrecta

            recrearé un sortilegio de olvido. Andaré, si, caminaré.

            Borracha de hidromiel venenosa y estéril.

 

            Demandaré eclipses

            perturbando augures a mi futuro.

            Se abrirá la Luna, será una estrella confundida.

 

            Danzaré, cantaré y beberé clemente

            atraparé las raíces profundas de un rito

            transgresor y profano. Espanto del averno sólo mío.

 

            Como loba hambrienta escarbaré las piedras del altar

            conectando mi dolor al dolor del mundo

            pérfido y maligno. Emigraré al olvido.

           

 

 

ADELA Y EL ALFARERO

 


 

Adela logró su divorcio con mucha dificultad. Cuando conoció a Bernardino, el corazón le dio un brinco. Ese era el “hombre” de su sueño. Cada noche soñaba con un hombre fuerte y brillante, dispuesto a la risa fácil, al juego ligero y a la buena mesa.

Repetitivo, regresaba cada noche, después de su unión, con la mirada hueca, rojiza y profunda. Un demonio hermoso, sensual y algo violento. Habían comprado una casa antigua de arquitectura colonial, de murallas gruesas de piedra. Los ventanales enrejados dejaban que el sol, la brisa y los murmullos callejeros ingresaran prepotentes entre sus barrotes de hierro forjado.

Bernardo era alfarero. Construyó un espacio junto al aljibe donde sus manos jugaban con artificio en la suave greda, dando mil formas en el antiguo torno de madera y granito.

Al principio el calor y pasión amortiguó su machismo que fue una brisa suave cuando el amor rondaba al alba del romance y luego con el tiempo se convirtió en un huracán de ira. Los besos tornaron en mordiscos rabiosos, en humillación y violaciones repetidas.

La soledad del atardecer, permitió a La mujer reencontrarse consigo y sus ojos violeta, se posaban  con mirada triste en los jarrones, botijas y cuencos que él, le dejó, antes de irse para siempre.

Junto al torno, quedó una daga afilada manchada de sangre oscura y pegajosa.

EL PEQUEÑO ELEFANTE


 

EL RÍO ESTÁ LODOSO Y SIEMPRE LAS AGUAS TURBIAS.

HABÍA CRECIDO CON CADA TEMPORAL QUE TRAÍDA EL MONZÓN. LAS CASUCHAS DE BAMBÚ, ERAN JUGUETES DEL VIENTO QUE ARRASTRABA TROZOS DE SELVA EN SUS ZONAS ALEDAÑAS. LOS ELEFANTES, ALGUNAS VECES, SE ACERCABAN A SU LODO NEGRUSCO PARA CHAPALEAR EN ÉL. LA MATRIARCA LOS ALEJABA BARRITANDO.

ELLA CONOCÍA ESA TRAMPA SINIESTRA. LOS CAMPESINOS BIRMANOS CUIDABAN CON ESMERO QUE LAS BESTIAS NO CAYERAN EN SUS AGUAS CENAGOSAS.

ESE AÑOS  EL VIENTO Y LAS LLUVIAS SE HABÍAN  HECHO ESPERAR DEMASIADO. LAS ORILLAS TENÍAN EL LODO RESQUEBRAJADO Y APENAS HÚMEDO. LOS HOMBRES NO HACÍAN OTRA COSA QUE MIRAR LAS NUBES ESQUIVAS. EL CALOR SOFOCANTE INVITABA A LAS PAQUIDERMOS A INCLINARSE SOBRE EL BARRO. UN PEQUEÑO ELEFANTE, SE ALEJÓ DE LA MANADA. ATREVIDO COMENZÓ A TROTAR HACIA LA PARTE MÁS OSCURA DEL RÍO. LAS OREJAS DE LA MATRIARCA, SE ELEVARON Y UN BRAMIDO ELEMENTAL SURCÓ LA SELVA.

UN CAMPESINO CORRIÓ TRATANDO DE ENLAZAR CON UNA FUERTE CUERDA AL PEQUEÑO QUE SE IBA HUNDIENDO. UNA ESTAMPIDA DE LA MANADA INTENTÓ INGRESAR EN EL LODO. ATASCADO, EL ANIMALITO, FUE TIRONEADO POR SUS PARES Y EL HOMBRE.

LA CUERDA CORTÓ EL RABO DEL INFANTE. SU BARRITE DOLOROSA ACOMPAÑANDO DE LOS BRAMIDOS DE LOS OTROS ANIMALES DESPERTÓ AL MONZÓN QUE TIÑO DE SANGRE EL AGUA.

LA LLUVIA VIOLENTA CON SU FURIA, LAVÓ AL ANIMAL QUE TIRITABA ENTRE LAS PATAS GIGANTES DE LAS HEMBRAS.

A NINGUNO DEBÍAS MOLESTARNOS AQUELLA MUTILACIÓN. EL PEQUEÑO FUE SALVADO DE UNA MUERTE SEGURA.         

LETICIA 1

 


 

La recepción está llena. Apenas se puede caminar delante de la zona donde se toman turnos y admisiones. Una tarde espesa. Húmeda y caliente. Por el altavoz, llaman a personas y las acercan a los salones donde deben esperar su lugar.

Para Leticia es una buena señal, saber que no habrá mucha gente para atender. Ella suele tener hasta siete personas esperando en el recinto, pero este día apenas hay dos. Las atiende como siempre, apenas unos pocos interrogatorios y prescribe calmantes y estudios que transferirá a otros especialistas.

Me toca a mí entrar, cuando se escucha un llamado urgente desde la sala de urgencia. Sale refunfuñando. ¡Justo ahora me necesitan! Espéreme. Yo asentí. Bueno, la espero.

Cuando llega al gabinete donde yace un ser esperando, se le encoge el estómago. El olor a suciedad, orín y alcohol, la deja asqueada. Se acerca y ve una mancha de sangre entre los harapos del enfermo. Piensa en su ropa limpia y hermosa. ¡Carajo, un vagabundo! Se acerca una enfermera y comienza a cortar los trapos. ¡Cuidado, doc., tiene piojos y creo que sarna! Una cabellera hirsuta y blanca rodea la cabeza del yacente. Ya lo voy a lavar. Mientras tanto usted si puede tómele la presión o algo.

Había entrado en una ambulancia policial. Encontrado sobre la calle, herido, un uniformado lo recogió y corrió al primer nosocomio más cercano del lugar. No podían negarle la atención.  Hábil, la enfermera bañó el cuerpo del individuo, le pasó una rasuradora eléctrica por la cabeza y la larga barba. Caían al piso mechones con sangre e insectos. Un rostro de varón de no más de cuarenta años, se presentó a los ojos de Leticia. Algo le hizo dar un leve sobresalto. ¿Qué rostro conocido? Pero no puede ser. No lo conozco. Una vez limpio y seco, comenzó a hacer su trabajo.

No despertaba. El aliento agrio la envolvió cuando el hombre abrió la boca. Su dentadura ennegrecida por el tabaco y algún otro sólido le había carcomido el esmalte dental. Entre los andrajos, encontraron una pequeña bolsa con documentos, que de inmediato tomó el policía que permanecía de pie cerca del hombre.

Señora, se llama Exequiel Marcos Guzmán y tiene cuarenta y dos años. Sin dirección. Le han dado una golpiza terrible.

No. Agente, tiene una herida de cuchillo en el estómago. Creo que le han herido el hígado… bueno, lo que le debe quedar de hígado con el alcohol; y quién sabe qué otras “cosas” ha consumido. Lo hace reaccionar y el color de sus ojos azules, se incrustan en el recuerdo de Leticia. ¡Yo creo que lo he visto! ¿Pero dónde?

Rápidamente lo entran a quirófano y asume un colega una transfusión de sangre y calmantes, para ver si pueden operarlo. Mientras trabajan en el cuerpo doliente, hablan de cosas personales.

¿Cómo estuvieron tus vacaciones? ¿Adónde fuiste este año, viajera? Nosotros con los chicos solo hemos ido unos días a Córdoba. ¡Che, este tipo… tiene cara de ser conocido! Me inquieta ver lo mal que está. Si le hacemos unos rayos o análisis de prevención. No sabemos si es diabético o tiene alergias o si tiene alguna otra enfermedad. Leticia asiente. Sí, mejor esperemos, hagamos estudios. Entra un médico que se impone. ¡Por favor, ni toquen a ese paciente! No tiene seguro, ni sabemos si puede pagar los gastos de este hospital, no somos la Cruz Roja ni algo estatal. Esto es un hospital privado, alguien tiene que dar la cara por él. Sale golpeando la puerta de vidrio que vibra y se reflejan las luces dando un aspecto desagradable.

Fuimos con mi hermano y mi cuñada a la costa del sur de Francia. ¡Parece que se enojó su señoría… tal vez estudió en Harbar! Llamemos al agente que lo trajo. Entra el muchacho y dice: Este hombre es un famoso músico. Sus padres vienen en camino.

Leticia, se arrellana en la pared y aventó: Esperemos un tiempo, pero no lo dejemos… por las dudas. ¡Ay, tengo una paciente esperándome, salgo para hablar con ella y regreso pronto! Mientras camina por los pasillos del hospital, recuerda un concierto que presenció en el teatro Colón y recordó que ese esperpento enfermo sobre la camilla era el solista; ejecutaba el violín. Despachó a la enferma con un pretexto, le dio una receta con calmantes y le cambió el turno para dos semanas después.

Ella, no se perdería la posibilidad de cobrar unos jugosos honorarios de los padres del músico. ¡No he estudiado tanto para curar enfermos gratis!

 

TANGUERO POR ELECCIÓN


 

            El campo se pintarrajeaba de luz a esa hora en qué los pájaros dispersan los insectos. El griterío de ranas y sapos despertaba a los que se habían atrevido a romper con los relojes naturales del sueño. El mate pasaba su peor momento, flaco de yerba y azúcar quemada unido a yuyos de aquí y de allá, saborizaba la tranquilidad de la garganta.

            Don Elías se acomodó el cinto, allí escondido tenía un viejo revólver que no tocaba sino para pavonearse en caso de emergencia. Un bolso donde apretaba el dinero para pagar a los cosechadores, soportaba el permanente pasaje de la vista aguda del patrón.

            Llegó a la finca la noche anterior. La cosecha magra por el granizo tempranero, dejó la mitad de la uva en el suelo. Algo de melesca y algunos racimos se habían salvado. El sesenta y cinco por ciento apenas, dijo el de la cooperativa. Sí, era cierto, pero a los hombres había que pagarle igual.

            El tractor atropelló suavemente los perros que intentaban robar algo del fogón nocturno. Salieron ladrando sin problema. En la parrilla dormitaba, sobre las brasas, un asado que merecían los obreros. La Florita se acercó con una “sopaipilla” y le tendió una servilleta. El hombre tenía tiznada la frente. “Límpiese don Elías”. La pava, que se desmembraba sobre la hornalla, tenía hollín de varias cosechas. Algunos gallos juntaban ganas de cantar aún, y las gallinas picoteaban alrededor del dueño y la mujer.

         —¿Doctor, alguien sabe que usted vino anoche? ¿Y si se aparecen todos juntos, no habrá camorra? Anoche chuparon mucho. Era vino viejo, lo que queda, pero tontos no son. Ellos saben—. Sin esperar respuesta la Florita se levanta y se mete de lleno en la cocina.

         Don Elías sigue cebando mates suaves y lavados, pero con sabor a menta y cedrón. Comenzaba a amanecer. El rojo círculo entrelazaba su luz con los viñedos, que ralos ya, ponderaban el paisaje.

            El hombre había nacido en la tierra y por esfuerzo de su padre, tuvo que emigrar a la ciudad para ser abogado. Aún se regocija y estremece de placer al ver la finca. Harto de expedientes y códigos, añora su vida juvenil, cuando ayudaba entre hilera e hilera, atando o podando la vid. Simplemente colaboraba cuidando el agua, para que el gringo de la otra finca no se robara, de madrugada, ese oro imprescindible.

            Recordó las noches de luna, allí junto al zanjón, con la escopeta aperdigonada con sal. Evocó a su madre, esa extraña libanesa de ojos negros y profundas ojeras que, silenciosa, seguía viviendo como en otro mundo. Única mujer entre ocho hermanos, su madre era sumisa y sabia. El padre la casó con el paisano de Rivadavia. Y allá fue sin haberlo visto nunca. Obediente aceptó ese matrimonio, pasiva como toda mujer de aquella época. Siete hijos, había criado. Todos varones. Don Elías era el más pequeño. El hijo predilecto. Pero un día se fue a la eternidad, silenciosa como siempre.

            Rememorando estaba, cuando una sombra se proyectó tras él. Alcanzó a manotear la navaja que trataba de cortarle la yugular. Logró hacerle, por detrás del pecho, un profundo tajo que le abrió la carne. Su mano diestra cogió la hoja aunque se abrió una herida sangrante en la palma.

            El grito de Florita asustó al ladrón que trató de manotear el bolso con la paga de los cosechadores. Salió corriendo el bandido y en una moto se perdió entre los parrales hacia el norte con un vil acompañante que lo esperaba.

            Con el amasijo, la Florita tapó la herida y medio a la rastra llevó al apuñalado hasta el automóvil. Como pudo, el pobre don Elías manejó hasta el hospital Sícoli.  Al oír el bullicio de los que esperaban en la vereda ser atendidos, salieron corriendo los hombres y mujeres de la guardia. Rápido ingresó a cirugía. Un manchón de sangre regaba el corto espacio hacia la muerte.

            Recuperado, don Elías, descubrió que la existencia, demasiado corta, tenía un nuevo ventanal para sus sueños. ¡Siempre había querido cantar tangos! Ahora era su tiempo.

Así, con los sábados despierto a la música, en espacios sorprendentes, cantó tangos para amigos y desconocidos, que se sorprendían de su entonación y fuerza. Otra vida diferente se prendió en un farol de la esperanza en la esquina venturosa de una calle cualquiera de la ciudad.

 

Vocabulario

Melesca: cosecha de uva que queda en no más de dos o tres granos después de la cosecha grande.

Sopaipilla: torta frita, típica de Cuyo y otras regiones de América del Sur.


ANTHEIA, UNA ESCLAVA DE RODAS

 

Antheia sostiene una lámpara sobre el lecho en donde tiembla el cuerpo afiebrado de la joven Licaria. El aceite agoniza en el candil. La esclava también. La persistente fiebre ha hecho una silenciosa tarea. Dos mujeres que, no pertenecen al mismo amo, pero se conocen por origen.

Preocupada la compañera, destapa las piernas de la enferma y observa una herida a punto de estallar en la extremidad derecha. Amoratada la piel, se nota tirante y busca una salida que, inminente, empujará hacia el exterior sus humores. Un olor penetrante y pútrido invade la estancia. La mujer murmura palabras incomprensibles. Tiene sed. Está sola.

            Antheia le humedece los labios agrietados sin tocarla. Puede ser una desgracia que los dioses Hermes Trismegisto o Hades, envían en venganza a las que fueron robadas en la guerra. Tal vez un mal contagioso o la enfermedad maldita. Cubre con mucho cuidado, casi sin rozarla, la pierna, con fría tela de lino mojada. Buscará alguna manera de bajar la temperatura. Evita que reviente, para que no se desparrame la secreción verdosa, como suele desprenderse de una lesión, tal cual está el tobillo de la enferma. Los dedos de Licaria se aferran a la tosca túnica que cubre el cuerpo de quien la protege. Murmura y bisbisea palabras incomprensibles. La lengua primitiva y lejana de su ciudad perdida es la que desahoga el terror a la muerte.

            La compañera sale presurosa a buscar ayuda. Las piedras de la calle que debe atravesar hasta llegar al caserón, donde habita su dueña, penetran con filoso calor las sandalias de fina suela de cuero y cáñamo. El sol cae plomizo sobre la piel oscura de la sierva. Impregnado de sudor, el cabello y la túnica se pegan al cuerpo. Se desplaza como se suele hacer a esa hora de medio día, entre la pobre sombra de las paredes en losas que amurallan la casa de los señores guerreros o comerciantes de Rodas.

Su figura juguetea como marioneta efímera entre la “stoa” que la conduce a su hogar. Debe solicitar auxilio a su señora para la desdichada Licaria.

            Llega al atrio. Luego de hacerse anunciar, se refresca en la copa junto a la cisterna pluvial. Ese enorme copón de piedra resiste el tórrido verano. El agua es fresca y limpia. Una pequeña esclava egipcia, busca en el interior al ama, quien se hace esperar. La fina mano, ornada de anillos de exquisita orfebrería, acomoda el cabello preciosamente trenzado, mientras se desplaza al propileo. Está disgustada por la interrupción. Queda unos segundos en silencio. Kalithea, la dueña, espera que la muchacha hable. La esclava no se atreve ni siquiera a elevar la vista. La pregunta surge de los cuidados labios de la dama. Antheia le ofrece una detallada descripción de lo que sucede.

            La importante griega, ha tenido un sueño esa noche. Palas Atenea en forma de ave gigante revoloteó sobre el tejado de la columnata, señalado alarmantes signos de enormes calamidades para la casona. Despertó conmovida y llorosa. La presencia de la esclava la sobrecoge y se torna más inquieta y alerta. ¿Cuál será esa catástrofe? Tal vez la peste o una nueva guerra. Ingresa a las habitaciones y regresa con unos “dragmas”, que pone en la mano temblorosa de Antheia. También trae hila de lino limpias y de algodón egipcio que compró en tiendas cerca del ágora. “Busca a Hipóstrato, él y Diocléous, tratarán de curar a esa mujer. Dile quién te envía”. Regresa al dormitorio, despidiendo a la muchacha. Comienza una súplica a los dioses protectores en el altar familiar.

            Antheia sale rápido por la angosta calzada ardiente. En el barrio oeste, bajo el templo de Atenea Kamira, sabe que encontrará al médico. Primero se detiene en el templo para hacer una rogativa a la “diosa Higeia y al dios Apolo”, dejando un “dragma”, en la seguridad de que ellos aceptarán la ofrenda. Despliega una rama de olivo junto a una pequeña imagen de la diosa Hestia que ennoblece un retablo en la calle por donde atraviesa y continúa el camino. Compra una talega de mirra para mantener el fuego sagrado. Lo entrega luego al pasar, a las celosas protectoras del templo de Atenea Kamira. Un extraño silencio acongoja el ánima. Los cuervos se han echado en los tejados abriendo las negras alas, que abrazan las tejuelas con el azabache brillante de sus plumas. Ensombrece la oscuridad el resplandor rojizo de la techumbre. Oprime esa inquietud siniestra que merodea Rodas. 

Electrizada en franco dolor la esclava suspira. Sólo se escucha, al pasar, el murmullo de las voces solemnes cantando loas a la venerada Hestia, en boca de las sacerdotisas.

Con celeridad, llega a Filouspapos, el barrio de los eruditos, y busca la casa de Diocléous, que yace en su “oikos” bajo la higuera refrescándose. En la puerta de madera, tallada con mano hábil, una intrincada serpiente que enrosca el bastón de Mercurio indica el sitio exacto. Es allí. Golpea y espera. Aparece una anciana ciega. Antheia, le explica qué la trae a molestar al galeno. La agobiada mujer queda aguardando a quienes ayudarán a Licaria. Hipóstrato y Diocléous deben prepararse. Salen ambos ancianos con un morral repleto de instrumentos y medicinas. Los sigue un puñado de esclavos capadocios. Ligeros e inteligentes, se adelantan con sahumerios y rezos a los dioses de la salud. La prisa domina al grupo. Antheia señala el camino. Son doce hombres. Ella, atrás, por ser mujer y esclava, los sigue sin levantar los ojos.

Al ingresar en el habitáculo, el hedor de la carne humana, pone a los expertos en guardia. Encienden numerosas lámparas. Los esclavos capadocios traen cubos de agua limpia. Un afilado estilete penetra la carne palpitante y fétida. Un grito desgarrador atraviesa el espacio. En una vasija de barro caen los humores infectos. Licaria pierde el conocimiento. El dolor, la fiebre y un deseo intenso de dejar la vida, la envuelven. Esclava por la fuerza, atropellada por soldados que, siendo niña, la arrebataron del cuerpo inerte de su madre. Sólo ansía volver en un viaje alado, el de la muerte, a su país natal. Ya no recuerda mucho de su tierra, ni tiene en la memoria el rostro de la madre. Ha huido de su mente por el sufrimiento el mundo íntimo de Licaria.  Está atravesando el delgado filo entre la vida y la no vida. Presiente la cercanía de la barca de Cancerbero. La ve. Delira.

Diocléous, raspa hasta el hueso la carne pútrida y arranca sin piedad trozos de piel y músculo. Los esclavos sacan, entre hilas y paños, los despojos. Los entierran en un profundo hoyo tras la casa. Agregan hierbas y sal marina. Adentro, agua, emplasto y el fermento líquido de las vides, hacen gemir a la enferma. Le dan a beber vino de “Phaistos”. Confunden con la bebida su conciencia y mengua el dolor.

Comienza a disiparse el mal olor y se desparrama el aroma del vino. Dionisos, el dios del delirio místico se encarna en el brebaje. Le dan a beber, más y más; y lo derraman en cada llaga. Además, queman bayas de plantas de adormidera en un brasero, que va envolviendo con humo denso el lugar. Adormece a Licaria y a los que se quedan en vigilia junto a ella. Sueña.

En un breve murmullo, escucha Hipóstrato a la joven mujer que llama su patria. “Alexandria, me gusta el mar por la mañana. Déjame regresar a ti, ciudad querida”.  Un remezón conmueve el piso. Comienza un ronronear de la tierra volcánica. El ruido y el movimiento turbulento sacuden todo. Terremoto y horror. Olas gigantes arrollan la isla de Rodas y las vecinas Creta, Epidauro y Delfos.

Licaria vuelve a Alexandria. Esa que está tan distante, tan lejos como la vida. Tan lejos como la libertad para la esclava.

 

 

 

VOCABULARIO

Stoa: fila de columnas dóricas con cámaras para tiendas y alojamiento en la parte trasera, que se alzaba sobre una cisterna con capacidad de 600 m3 de agua para abastecer a 400 familias en Rodas. Siglo VII a C.

Dragmas: moneda común usada en la antigua Grecia.

Oikos: en las casas de los “señores” el Oikos era la parte de huertas, cuidadas por esclavos, donde se criaba el pequeño rebaño familiar. Sólo lo tenían familias patricias. Siglos V, VI en adelante. De la palabra Oikos deviene la palabra economía.

Ágora: espacio o plaza donde se desarrollaba la vida pública, muy importante en Gracia antigua. Allí se creaba la Cultura y la Filosofía.

Higeia y Apolo, Atenea Kamira, Hestia, Dionisos, Cancerbero: Mitología Griega. Dioses que acompañaban a los hombres en su vida diaria.

Alexandria: Ciudad actual de Alejandría, norte de Egipto, sobre el Mediterráneo y en la desembocadura del Río Nilo. Famosa por su histórica biblioteca.

Phaitos: región fértil de Grecia, donde se cultivaba vid y se hacía vino.