martes, 2 de abril de 2024

VIAJEROS ESPACIALES

 

            El movimiento era errático al acercarnos a esa nueva atmósfera desconcertante.    La nave no respondía. El Wystux, se desintegraba en la corteza de la nave y comenzaba a menguar el combustible que sufría transformaciones. Sijux,         interpretó que en cualquier momento la nave colapsaría, estrellándose. Llamó al             operador, pero no recibió ninguna señal. Urdikah, el piloto, le señaló una grieta    que se abría y haciendo un último esfuerzo, captó el resto del combustible en la           cápsula y la desprendió de la nave madre. Una extraña atracción la absorbió, desapareciendo de los miradores. Sijux, amarrado a su asiento, le señaló a            Urdikah que hiciera lo que mandaban los códigos. Ese pequeño asteroide debía            ser un verdadero basurero cósmico. La nave hervía con el roce agudo y se    adelgazaba hasta hacer aparecer los metales que servían de núcleo. Esperaban             estrellarse o, tal vez con suerte, caer sin destruirse en alguna planicie. La   colisión fue estrepitosa. Aturdidos, quedaron un tiempo a merced de la   curiosidad y el terror. ¿Con qué o quién se enfrentarían si lograban salir? Y, ¿si             había alienígenas guerreros como en el planeta Lecrosch?  Sijux, desprendió las   abrazaderas del sillón y enfrentó a todos los acompañantes. Degresuy, abrirá las     palancas internas para destrabar la escotilla matriz. Descenderé a la superficie a   investigar. La anciana Imato Kiu, pidió ser ella quien descendiera primero,           debían usar sus conocimientos de íconos cósmicos. Era una experta en lenguas                muertas de varios planetas y planetoides.

                        Sijux pidió paciencia, aun la necesitaban si lograban salir y se         encontraban un humanoide, un robot o un ser morfogenético de los conocidos en    otros viajes. Con dificultad salieron y cubiertos con las bolsas criogénicas de             argón y calvericita, observaron el espacio que los rodeaba. Un polvo cósmico       revoloteaba sobre la cápsula y les hacía detener la vaporación de sus órganos de          vida. Hondos orificios en unas altas paredes de minerales desconocidos, les        indicaban antiguos habitáculos de seres vivientes que, o bien habían             desaparecido o se habían dispersado. Urdikah, observó en derredor          detalladamente cada insignificante trozo de edificación que derribada, parecían            los cráteres dejados por una explosión de la era en que aun existían las guerras.

                        Bajaron a Imato Kiu, quien agradeció la deferencia que le permitiera         desentrañar unos dibujos extraños. Pasó sus sensores sobre los íconos y          monitoreó en consulta los viejos conocimientos que le transmitieran de          generación en generación. Apenas podían respirar los gases que atravesaban la     atmósfera pestilente del lugar.

                        -“Están Ustedes en las Minas de Uranio de Siberia”, “Peligro de muerte” No avance.”- explicó Imato Kiu acopiando en sus chips insertos en la       frente. “¿Saben cada uno de esos sujetos que están expuestos allí, en el polvo      cósmico, son seres que se atrevieron a ingresar en esta Mina? Son sus restos        fósiles. La mina era el lugar donde extraían sus metales. Es muy antigua, más o            menos  de la era de los humanos del extinguido planeta tierra. Han     desaparecido todos. Salgamos pronto de aquí, es muy peligroso permanecer.”     Atrayendo con su agradable voz electrónica a Sijux y a Urdikah, subieron a la            cápsula y comenzaron a elevarse. Desaparecieron en el espacio usando el resto            de combustible que aun conservaban. Debían salvarse como fuera.

                        Desde la pequeña cápsula observaron el páramo. Un largo gusano de        metal, que aun brillaba con los rojos rayos de Marte. Tenía muchos ojos como   mirillas tornasoladas. ¿Qué máquina extraña sería esa? Imato Kiu, releyó sus        íconos. ¡Tren, antiguo vehículo para transportar personas a lugares lejanos!           Ahora parecían sólo inútiles “vermes” destartalados por la contaminación.

            |           ¿Saben, hubiera sido interesante conocer a fondo ese mundo         desaparecido por “uranio” o contaminación? Dijo Urdikah y los otros rieron       como siempre de sus ocurrencias.

 

LA VELETA

 

                                                           “No hables mal de alguien cuya carga nunca hayas llevado a cuestas” Marion Bradley

 

                            Ludovica apeándose del caballo, se alejó hacia la mesa de hierro que presidía el jardín. Allí estaba Andrea y el señor Gilberto. Tomaban unos mates con sabor a hierbas del campo. No fue sorpresa para Andrea ver a su compañera del colegio donde pasaban medio año pupilas para aprender las materias propias de señoritas de ciudad. Ellas se reían de la torpeza de la directora, una muy miope docente alemana que ejercía con mano de acero al pequeño rebaño de muchachas. El anciano portero era el único hombre que veían y siempre cuchicheaban sobre su modo penoso de hacer las tareas.

                        Riéndose la recién llegada se tiró sobre la falda de Andrea y Gilberto le hizo una chanza que ruborizó a las dos chicas. Cuando el rato, llegó Rafaela, la ayudante de cocina, vociferando que había fuego en el “guisadero” y que Luisa, la vieja cocinera, estaba abrasada entre humo y chispas con un pavo en los brazos y apretaba con furia la comida. No quiere salir, se va a quema viva y válgame Santa Eufrasia, que yo no quiero ver nada. Salimos corriendo y nos empujó el olor a quemazón de plumas y cabello. Gilberto cerró la puerta y tapó con una manta a la anciana. Juana se quedó muda. Luego salió espantada hacia su habitación con el pavo abrazado y negro. ¡Era la comida del Día de Gracias y la primera vez que fallaba su pitanza.

                        Todos llorábamos por el fuerte olor agrio y el vapor hediondo de grasa y laurel quemado. Luego comenzamos a reír y reír por lo poco afortunado de nuestro accionar frente a la “catástrofe” ocurrida con nuestra cena. Rafaela  comenzó a limpiar y su carita siempre acalorada por los pucheros, estaba tiznada y sucia. Lloraba y murmuraba contra nosotros, que según ella, éramos malas y egoístas. Llegó papá y su vozarrón nos hizo callar a todos.

                        ¿Qué ha sucedido acá? Acaso no saben estos señoritos superar un descalabro con seriedad. Andrea y yo nos tentamos. No podíamos evitar la risa. Nuestra inexperiencia era supina y Gilberto no era el mejor bombero de la zona.

                        Luisa, al oír al patrón, subió a la cocina, siempre abrazada al pavo negro y chamuscado. Su cara era de un fantasma recién acontecido. Todos de pie frente a ella comenzamos a reír y hasta papá se llevó la mano a los bigotes para que no se le notara la hilaridad. Ese día nos llevarían a la casa de Antenor, mi tío a cenar, por lo ocurrido. El problema era la servidumbre. Cuando llegamos todos, con Luisa y Rafaela a la casa del tío, su esposa, puso el grito en el cielo.  Para ella era falta de respeto que ellas estuvieran allí. Las pobres no sabían donde esconderse. Mamá la arengó hablándole de la “caridad” y ella comenzó a maldecir a las pobres mujeres. ¡Que eran sucias, que eran tontas,  Consideraba una que arruinaban sus hermoso pisos, etc., etc.!

                        Papá habló seriamente con ella y le dijo que su gente, era muy buena gente. La tía  Rigoberta cambió como una veleta, sabía que con papá no se jugaba y las defendería como a su prole. ¡Por eso odio a la famosa tía Rigoberta y creo que todos pensamos lo mismo! ¡Es una verdadera veleta!

                                                                       

EL MILAGRO

 


                            “Recuerda la hora más oscura es la que precede a la aurora” Shakti Gawain

                                                                                                       

            Hilarión Domínguez era hijo de un maquinista de ferrocarril. Aquél, que ya no pasa más por las vías remotas del terruño. Su padre, Don Gervasio, pertenecía orgulloso a la “Fraternidad”, sindicato fuerte en los cuarenta. Él, heredó la tarea y era un apasionado de los rieles. Conocía cada locomotora como a su conciencia. Despertaba a las tres de la madrugada para acicalarse y luego de tomar unos mates silenciosos, preparaba una caja metálica con lo que podía llegar a necesitar. Su viaje era a un pueblo del secano “puntano” para dejar agua potable, leña y alguna mercadería que le encargaban algunos paisanos.

            Iba en el día y regresaba siempre a la hora exacta. Así era el ferrocarril en esa bendita época. Cuando pasaba por la antigua “Corocortas”, salían a saludarlo con las “chupallas” los pocos habitantes que andaban por ahí. Llegaba a esa hora incierta entre la noche y la madrugada, sin luna o con luna, siempre parecía un lugar oscuro. Él, no tenía temor, dos días de descanso y otro viaje, siempre igual. Rutinario pero hermoso. A veces veía correr las liebres por las vías calientes y aceitadas por el gasoil o el alquitrán del vagón de YPF. Otras, un zorro con hembra y crías, tal vez un “choique” y cientos de animalitos que pasaba bajo su mirada atenta. Su atención al trabajo era real. No podía darse el lujo de perder un convoy ni un tanque…, luego pegaba la vista al frente para reconocer algún paisano que le hacía señas con el pañuelo para saludarlo o gritarle un encargo.

            Fue un día nublado y que denunciaba lluvia, raro en esa época y lugar, pero a lo lejos, vio un punto negro entre las vías. Negro, muy negro. De cuarenta kilómetros por hora que era su movimiento fue bajando por las dudas a treinta, a veinte… pero allí se agrandaba la manchita. Tocó el silbato de la máquina. Retuvo la mano en el freno, pero el aceite y alquitrán no le dejaban parar el tren. Vio unos jornaleros que agitaban sombreros y mujeres apostadas en las hileras de alambres de los campos que se agarraban la cabeza.

            Hilarión pensó que había un “choco” dormido ahí, entre sus rieles. No, no alcanzaba a distinguir qué era eso. Su ayudante tomó el manijón de la máquina, del freno. Hilarión sudaba y miró al cielo, pidiendo a Dios y la Santita de los Caminos que lo ayudaran. Descendió del estribo y se quedó helado. Un niño ennegrecido por el alquitrán, el aceite y la tierra reptaba entre las vías. Seguro el tren le pasaría por encima.

            ¡Ruego a Dios nuestro Señor que salga y se aleje…! y vio con sorpresa que el niño se prendía del hongo metálico del cambio de riel y salía. Los lugareños estaban estáticos. A él, se le escapó un insulto.

¿Cómo puede ser que naides se atrevió a cruzar y sacarlo, tuvo que ser “Tata Dios” el que me hiciera el milagro?

            Vio una madre deshecha en llanto. Y un padre que alejaba cabizbajo; pero ahí supo que Dios lo había escuchado. Hizo una promesa… colocó en ese lugar una Cruz Blanca con una estatuilla del Sagrado Corazón y cuando pasaba le tocaba el silbato como saludo.

            Todavía cuando pasan los paisanos le saludan al crucifijo con respeto.

 

LA CAÍDA

 


 

Un deslizar de voces

y de gritos.

He caído antes

y después

y ahora.

Se  oculta mi palabra,

en la ciénaga de aguas encrespadas

Se oculta en una bruma gris

la quimera del amanecer soleado.

Un cristal se transforma en espejo.

No se te oculta la voz ni el deseo.

Caen gotas de rubíes en mis manos.

Se mueven maniquíes de lana en mi alcoba.

La caída es suave, perfilada.

No hay paleta de colores en la tierra.

No volveré a caer, ni hoy ni mañana.

Los pies se mueven con un ritmo de danza.

Y el sudario se cae enrollado.

La corona de espinas se incrusta nuevamente.

Él comparte su Cruz y yo he caído.

Una vez y otra vez. Nuevamente caí.

Sigo cayendo.

 

UNA IMAGEN

 

                                                                 ACERCÁNDOSE A LA IMAGEN DE LA VIRGEN EN UNA ANTIGUA  CAPILLA, PARA CONTEMPLAR UNA EXTRAÑA LAGRIMA QUE VEO EN LA PÁLIDA MEJILLA DE PORCELANA.

 

                Vivir en una ciudad llena de altos edificios, puro vidrio y luces, te vuelven insensible. A veces suelo levantar la cabeza y mirar el rectángulo de cielo que se destroza entre la inmensa maraña de cables y ventanas. A veces aparece como un milagro un pájaro que se despistó y se termina estrellando en los cristales. A veces veo un perro merodeando perdido por las solitarias calles de Manhattan

            He perdido el gusto por caminar. Suelo ir a pasear los fines de semana al parque, pero, se llena de gente que va y viene con niños tristes, madres apuradas que quieren que el sol abarque en minutos los meses de encierro de sus hijos. Y están los que con sus patinetas, van como viento helado por los senderos tapizados de cemento. En invierno es peor, la nieve se mete por todos lados. Se hace barro con los restos de hojas secas y polvo y llego a mi refugio de cuarenta y ocho metros, donde vivo y ensucio el pasillo bajo la furiosa mirada del afroamericano que contrataron para que limpie los lugares comunes.

            Vine con una beca, para doctorarme en especies vegetales desérticas que están en extinción. Creo que yo estoy en extinción, ya no tengo amigos, acá sólo hay colegas que vienen, estudian logran su diploma y regresan a sus países de origen o son de países tan raros que ni me hablan. Con gusto regresaría a mi país, pero me faltan dos o tres años. Me siento una usurpadora. Me llamo Salomé… horrible nombre que heredé de mi abuela paterna. Me ha traído raros acontecimientos. Un empleado de la embajada de Israel que vino a la academia y escuchó mi nombre, pidió conocerme. Me preguntó si yo era espía. ¡Yo espía! Largué tal carcajada que golpeó la puerta y huyó despavorido. Me han preguntado si soy tarotista y leo el futuro, si soy bailarina de caño y quién sabe cuánta estupidez. Cuando contesto que soy investigadora de especies en extinción, me miran como por un microscopio.

            Hace una semana llegó al laboratorio una muchacha de una región de África, y me agradó. Es tímida y sonríe, siempre sonríe. ¡No se por qué! Pero me sentí cómoda con ella. Creo que he encontrado una compinche para hacer algunas excursiones al desierto de Arizona. Ella profesa una extraña religión. Yo no creo, soy una atea total. La ciencia no me ha permitido meterme en esos pasadizos intrincados de la teología. Bueno desde hace unas horas estamos planeando el viaje a investigar nuestras raras vegetaciones del desierto en este país.

            Y llegó el día. Nos vamos en una ranchera alquilada con un compañero de último curso y el profesor de la cátedra de Fitomorfología. Lo graciosos que el compañero es oriental y viaja con su gato. Es un animal extraño, duerme pero parece que siempre está alerta. Cuando alguien toca a Yan él, gruñe. El gato, por cierto. El profesor, descubrimos que tiene varios TOC. Y nos hace reír. Pero sabe muchísimo de nuestro trabajo.

            Llegamos a un pueblo de Arizona y allí, se acopló un estudiante de Italia. Habla un inglés rarísimo y es súper religioso. Hemos investigado y parece que es sacerdote católico, pero no lo dice. Comenzamos nuestro camino entre el polvo del desierto, ya que la carretera no es nuestro destino. Queremos adentrarnos en un espacio natural, pero natural en serio. Me dio una clase sobre mi nombre que si bien me cansó, fue bien interesante. Es muy antiguo y tiene que ver con la Biblia y la historia anterior.

            Una mañana me vino a buscar, me dijo que quería que viera una antigua imagen de porcelana en una capilla medio perdida en el desierto y que allí, hay una planta rara, de las que yo estudio. Y allá fui no muy contenta. Cuando atravesamos un camino polvoriento y deshabitado, nos cruzamos con un hombre extraño que habló en un raro lenguaje indígena. El por fin dijo que era religioso. Y que venía de Italia a evangelizar a un grupo humano como el hombre que nos cruzamos. Llegamos al fin a una iglesia pequeña, muy antigua y maltrecha. Él abrió la puerta de madera corroída con una llave de hierro que parecía sacada de un museo. En la semi penumbra, observamos unas estatuas bellísimas de seres angélicos.

            Al frente, había una mujer hermosa, pálida y de mirada dulce. Él, dijo que se llamaba María y era la madre de Jesús. Me acerqué y sorpresivamente, comenzó a fluir agua de sus ojos, que resbalaban hasta un macetón de barro donde una planta del desierto nunca vista ni en catálogos de las extinguidas. Saqué fotos de todo lo que veía; cuando quise tocar las hojas espinudas, la planta cambió de color y fue como si se replegara en sí misma. El reflejo de los ojos de la madona, era de otro color, y me asusté tanto que salí corriendo. Mi compañero, el italiano se quedó un largo tiempo en una postura de adoración… Creo que voy a tener que investigar esto que me ha ocurrido. A partir de mañana comenzaré a leer sobre estos hechos extraños y místicos.

 

 

 

 

LOS VIEJOS HABLAN

 

                                                                                                                                                              LOS VIEJOS HABLAN CON LA ENORME Y DOLOROSA VERDAD DE HABER PERDIDO UN TESORO... LOS VIEJOS AMIGOS DE ANTAÑO.

 

            Ramón, está muy callado hoy. Al amanecer ya estaba en el sillón azul que han ubicado junto a la ventana que se abre hacia el patio. Ese es el peor de los lugares del hogar. La pared es de cemento liso, sin pintura y sólo hay manchas, algunas, claro, de humedad.

            Los pájaros no van a ese pequeño rectángulo gris. Es frío y sin vegetación. ¡Es el resumidero de la tristeza! Ahí mira desde que sale el sol hasta que Nuria, le lleva una taza de caldo con cinco o seis fideos. A veces, en escondidas de los dueños, le pone un trocito de carne, poca porque no lo hacen con mucha carne. Otras, le agrega una zanahoria trozada que de tanto hervir está sin color. ¡Es tan mala la cocinera! No sabe hacer comida como doña Josefina, la que se fue o la fueron los patrones, porque ella sí, ponía todo y en tiempo los condimentos y verduras. ¿Esto es un negocio, no un centro de caridad! Y se tuvo que ir. Llegó la nueva. ¡Un desastre!

            Ramón no es muy añoso. Suele venir su amigo Leandro y a el se le ilumina el rostro. Le cambia la piel, la mirada y hasta pierde esa postura de entrega. Pero su amigo tiene que tomar tres colectivos para venir a verlo y es mayor. Cuando se murió la compañera, con los hijos en el extranjero, nadie lo atiende como sería de esperar, digo yo, no.

            El patrón cobre en el banco lo que manda el hijo de Ohio y la hija de Barcelona, pero no hay diferencia con el viejo Rolando, que apenas tienen para pagar los de la familia. Todos son iguales. Pobres y bien pagados. En invierno mezquinan las estufas. En verano los ventiladores. ¡Ni hablar de la comida! Es un asco.

            Ramón de joven debe haber sido un hombre hermoso. Hay unas fotos en su mesita de luz, que lo muestran cuando era profesor en la facultad de filosofía. Alto, de porte altivo, cabello abundante y muy bien vestido. Detrás, en una de la fotos, hay cuadros que se ven muy buenos, y libros…uf, miles de libros. Además cuando viene  don Leandro, hablan con palabras hermosas y conversan horas, recordando hechos pasados. Al final es el único día que el patrón le hace una comida como Dios manda, con fruta y jugo. ¡Claro, no quiere que se enteren los hijos que le priva al padre de todo!

            Antes le dejaba hablar por teléfono cuando le llamaban ahora le está prohibido. Y eso que las llamadas son pagadas por los hijos. Pero le aterra que les cuente lo que pasa. ¡Se va al “carajo” el negocio!

            Hace unos días que Ramón no habla. Se sienta en el sillón y mira. Mira la pared que cada vez es más gris. Más húmeda. Más triste. Ya no quiere comer ni beber. Está entregado a la muerte.

            El patrón trajo un médico. No le encontró nada, bueno desnutrición y deshidratación. Le rogué que me diga qué le pasa. Levantó la mirada y con su mano delgada me acarició la cara. ¡No, no me pasa ni quiero nada! ¿Sabés hija, me dijo, todos los seres que amé y amo, o se han muerto o están lejos? Y así, no vale la pena vivir. Mi mujer, a la que yo peleaba porque vivía limpiando la casa, se me fue con un ataque al corazón. Yo creía que viviría para verme a mí en el Parque de Paz, mis hijos están lejos y triunfan en lo que yo, les empujé que hicieran, mis colegas y amigos se han ido todos por los caminos de la vida.

            Yo no sabía que tenía un tesoro. Creía que la juventud iba a durar por siempre. Me alejé de Dios, del club, de mucha familia que podría estar cerca y mi soberbia no me dejaba aceptarla porque no eran gente culta. ¿De qué me sirve los cientos de libros que leí, cátedras y doctorados que hice o dí? Ahora estoy solo de toda soledad? ¿Cuántos años tenés? Con tu edad, yo me creía Sansón.

            Le dije que tenía veintiocho años y que me casaba en marzo con el Juan, que es camionero. Se sonrió. Hacía mucho que no lo veía con una sonrisa. Traje su comida y apenas la probó. ¡Ramón, yo lo quiero mucho! Usted es como un padre para mí, no se me ponga tan mal.

            No quiero vivir. Me miró y me pidió que lo llevara a su cama. Allí se acomodó como un niño desamparado. Lo cubrí con una manta que había mandado la hija de España. Se durmió, pero antes me puso algo en el bolsillo del delantal. Salí apresurada porque un paciente de otra habitación gritaba. Cuando regresé estaba frío. Helado y algo endurecido. Llamé al patrón. Llegó puteando, se le iba el que mejor pagaba.

            Cuando metí la mano en el bolsillo encontré un anillo de brillantes y zafiros, de antigua hechura que había sido de su esposa. Fue su amorosa forma de decirme su amor. Yo lo voy a llorar. ¡Pobre Ramón! ¿Vendrán sus hijos?

 

EL PERRO

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                   La compra de la casa que hizo mi papá, fue una verdadera suerte, por ser muy tranquilo el barrio. Cómoda y fresca, casi nueva. Cuando llegamos nos encantó el arreglo del jardín y el frente, como así también la sencilla gente que habitaba en los alrededores. Pasó el tiempo y nuestros vecinos más cercanos, partieron a otra ciudad, por un cambio de trabajo. Nos lamentamos y los despedimos con cariño, especialmente al Carlitos, con el que yo jugaba a la pelota a diario. Le sugirió, mi mamá, que la casa quedaría muy sola sin sus cuidados. No imaginamos nunca, que al ponerla en venta, los nuevos dueños, serían tan raros.

Un buen día de verano llegó un camión con los muebles y cajones de los nuevos dueños. Éstos, eran tres personas jóvenes. Al principio creíamos que era una familia común. Con el pasar de los días comenzamos a escuchar discusiones y gritos. También insultos. El hombre que parecía ser el dueño, no debía tener más de treinta y cinco años, era rubio de gafas muy gruesas y se dedicaba a escribir en una moderna computadora todo el día. La joven mujer no dedicaba ni un minuto a las tareas domésticas. Salía, ella, muy temprano con un portafolio en un viejo auto todo chocado. La casita tenía ahora un aspecto de abandono al que no estábamos acostumbrados. Con ellos, llegó un muchacho de rostro desdibujado y raro en el trato. No hablaba nunca con nadie. Aparentemente débil mental o tal vez esquizofrénico, que completaba al grupo familiar. Él aparecía y desaparecía de las ventanas siempre fumando unos terribles cigarrillos de tabaco negro maloliente. Ninguno hablaba con nosotros ni con los otros vecinos. Un día aparecieron unas pequeñas niñas de alrededor de seis o siete años. Despeinadas, sucias, vociferando y haciendo mucho ruido. Después de varias discusiones que poblaron las noches de nuestro ex tranquilo jardín, no escuchamos más los gritos de las pequeñas. Comenzamos a escuchar, sí, el feroz ladrido de un perro, que nos despertaba a toda hora con gruñidos. El griterío de los vecinos se conjugaba con el ruido espantoso. Aparecieron otras pequeñas por un par de días más. Oíamos gritas e insultar con palabras que no puedo reproducir, pero también después de intensos gruñidos y ladridos del perro, no se volvieron a ver. Luego de discutir en casa, papá y mamá, nos prohibieron hablar del tema; sobre lo que creíamos podía estar pasando, yo, que soy muy curioso, tomé la determinación de subirme con una escalera para ver cómo era ese animal que no dejaba dormir ni descansar en las noches.

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                   Me acabo de trepar sobre la medianera. Desde las ventanas de mis vecinos se observa la cara inexpresiva de la mujer, que me mira con una extraña sonrisa, parece un diablo. En la otra ventana alcanzo a ver el fulgor de los lentes del hombre, que mira silencioso, detrás de los cortinados. En la mala posición en que me encuentro, un poco porque nunca he hecho algo así, como espiar a un vecino y otro poco porque siento temor por lo que puedo ver y por lo que papá nos dijo; me alargo y miro hacia todos lados y... ¡Qué horror¨! Me paraliza ver al terrible mastín jugando con la cabeza semidestrozada de una criatura, a la que dentellea sin piedad! El cuerpo del perro es tan deforme que parece un monstruo. Es mitad animal y mitad humano. Allí, encadenado y con sus garras retorcidas, largas zarpas y un extraño color rosado fuerte, en lugar del suave pelaje de los perros que conozco, unos ojillos saltones de tono rojizo, me observan con destellos diabólicos. Una lengua viperina, alargada como de serpiente, que se mueve relamiendo los hilillos de sangre... ¡Ningún sonido sale de mi garganta paralizada! Veo como salta golpeándose contra la pared para alcanzarme.  Siento que alguien desde abajo golpea mi escalera y me voy cayendo lentamente, empujado por una mano, que no puedo ver. El perro me está esperando con las mandíbulas llenas de sangre fresca...

 

                                      Tolón,tolón, tilín,tilín,  este cuento llegó ¿a su fin?