miércoles, 3 de junio de 2026

EL BERRETÍN DEL “GALLO” LEIVA EN EL REÑIDERO

 

            —Diga, Don —dice el Enano, mirándose en el espejo de agua de los charcos en la calle—. Diga la verdad, anímese de una vez.

          Su rostro surcado por una antigua cicatriz de facón malevo, le regala una expresión oscura. Oscura como el alma. No atina a quitarse el chambergo para evitar la mirada aviesa de las minas. Son curiosas las mujeres y él les tiene ojeriza. ¡Claro, si siempre se tenía que subir al tablao del cabaret o a la barra del bar donde se deslizaban las copas de Fernet, de vino tinto o de grapa, para mirar y que lo vieran! Nació normal. Nunca creció más del metro. 

Su padrastro le gritaba palabrotas cuando era apenas un gurrumín de seis o siete años. Lo hubiera matado, al infeliz, si hubiera alcanzado el tamaño suficiente. “¡Ya va a crecer!”, decía la madre. “Crecer. ¿Cuándo, cómo? ¡Destino de hijo “chimbo”!, masculló el padrastro. Nadie creyó en el futuro. Tampoco quiso irse con un circo de mala muerte que pasó por Avellaneda, justo, justo cuando cumplió quince años. “Si se une a la tropa, le damos casa en un carromato, sueldo, comida y la ropa para que ayude al Minguito, el payaso”. No quiso. No podía aceptar ser un idiota jugando a ser el hazmerreír de todos. Después sucedió eso.

 

            “¡Dele, si el Jefe sabe, tal vez haya otra oportunidad! Si vos hablás, digo, Disculpe Don, tal vez si habla la cosa se aclare y el Jefe acepte. Nunca vienen mal los morlacos de una nueva riña. La cana está untada por su mano generosa”. La voz aflautada llena de risa el ancho rostro hostil. Es burlesco. De mentón pronunciado y robusto como todo él. Piernas tan cortas y gruesas, que se bambolea al caminar.

            Con saltitos de gorrión herido sobre los adoquines húmedos es el modo de atraer la mirada del hombre. Leiva duda. Ese Enano sin nombre no es tipo de fiar. No le gusta su modo. Es un truhán. Algo le huele mal.

Duda y desconfía. Los ojos se achican para poder observar cada gesto, cada pequeña señal imperceptible para otros, pero no para él, acostumbrado a tratar con esos rufianes. Todos perros de cuenta con prontuario. Hábiles y abusivos. Eso son, mafiosos de pacotilla. Él conoce a otra gente maleva, pero malevos de verdad. Tipos que arrastran su historia de burdel y garito. De traficante y contrabando entre las dos orillas del Plata. Río lleno de fabulosas historias.

Río que desliza la sangre de tanto fulano vendido al fangal de la ciudad. ¡Tan bello! Ese río que algunas veces atravesó hacia Montevideo, para apaciguar memorias.

Leiva conoce el lugar exacto donde está enterrado el tal Rearte, junto a los gallos de riña. No se imaginan el sitio.

            “¡Cante, Don! Diga que el dueño del reñidero está donde está y tal vez nos perdonen la vida”. La cintura, apretada de sudor oloroso a miedo, le ofrece un retortijón de tripas. “¡Vamos, usted sabe!”.

           Recordó...

La llovizna comenzó a torturar los cortos huesos del alfeñique. El vapor que se levantó de las piedras envolvió a los hombres apretujados. Una luz agazapada desdibujó los cuerpos que se avecinaron bajo el alero del galpón del Jefe. Un olor a pluma mojada y el griterío de los bichos comenzó a trepar por las paredes del sucucho. Los gallos de riña han llegado de Montevideo en jaulas prolijamente custodiadas. Ese galpón fue un frigorífico inglés, ahora es un aguantadero del patrón. Ya se armó el círculo con los ponchos de obreros que vienen a jugarse la quincena en la pelea.

El tufo a tabaco negro, a sudor, hediondo a macho y a mugre; mitiga el olor del plumerío húmedo de los animales. Están con los picos adornados con metal o atados con ligaduras de cuero. La cabeza tapada, para que ciegos, ataquen sin piedad. El batifondo impone un tiempo de espera. Un injurioso tiempo negro.

            El Enano ingresa al reñidero. Lo hace como si fuera un gigante, un rey, un triunfador. Ha logrado el consentimiento del Jefe para manejar la riña. Un tipazo, el Don. Dueño de medio Montevideo. Eso se murmura aunque no está comprobado. El empresario aceptó el entrevero por diez mil pesos fuertes.

            En medio del rugir de los hombres se produce una señal conocida. Causa un silencio feroz, y la pequeña figura empinada en el elevado taburete de madera reluciente, les habla:

       —¡Hoy pueden apostar, la suerte está echada. Don Leiva, pone diez mil pesos fuertes a sus gallos de Uruguay!   

      Desciende y atrapa billetes en sus robustas manos regordetas. La cicatriz brilla con la tenue luz que proporciona un farolito sobre el círculo vital.

        Entra un tal Rearte, custodiado por un puñado de holgazanes violentos. Viene derechito hacia el Enano, pero una mano lo detiene. Don Leiva, le muestra su cintura, donde brilla el facón. Señalando al mequetrefe le indica que allí hay mucha guita. Igual pone mucha mosca contra las aves del otro. La puja es a muerte.

      Comienzan a soltar los animales, que ebrios de odio, se tiran picotazos a los ojos. Empieza, la arena del reñidero, a cubrirse con sangre negruzca. Entre los espolonazos, que en cada salto se dan los pequeños demonios plumados y el sordo sonido de las gargantas ebrias de codicia escondida, no advierten que una atroz tormenta comienza a azotar los techos metálicos con un silbido confuso.

   La noche avanza en un tráfico de risotadas y dinero que pasa de mano en mano. Van cayendo los más débiles. Los gallitos menos famosos. Plumas. La negra nevisca azulada queda danzando una melancolía agónica. Desde las pequeñas gargantas de las aves que boquean en la tierra ya no sale sonido alguno. Heridas, muy heridas, agonizan. Va ganando Rearte. Sin escrúpulo llegan otras. Son rivales de colores tornasol. De pronto, se abre la puerta y se dibuja a contra luz, la figura del Jefe. A su espalda, la lluvia cubre las pisadas.

            Corto y ancho. Con los ojos pequeños rodeados de bolsas rojizas y magulladas por el alcohol. Los labios son finas cuerdas apretadas, la nariz afilada cae sobre los breves bigotes con un gancho agudo y húmedo, que gotea sin vergüenza. Grasoso, su pelo desmechado, es un penacho abundante y dislocado, semejante a plumas, elevado hacia atrás por el unto de Glostora. Es una cresta negra y aguda que desconcierta a quien osa mirarlo de frente.

 Tiene las manos de dedos agarrotados y articulaciones artríticas. Están enfundadas en cabritilla negra. Son armas letales. Se saca parsimoniosamente los guantes. Las uñas largas, cubiertas por cápsulas de oro, refulgen con la tenue luz.

Detrás una feligresía mafiosa, a la que impone fuerza con la simple presencia, retrocede. De un salto, el Enano, baja del alto taburete. Servil, se acerca al Jefe y le muestra el chambergo donde ha estirado cada billete de la apuesta. Ni mira. El Jefe no pierde el tiempo en pequeñeces. Camina con la displicencia propia de los poderosos.

            Hace un ademán y sacan de sus jaulas los mejores. Los campeones.

Sus pequeñas cabecitas cubiertas con un ínfimo capuchón de terciopelo rojo. Parados en tierra, con sus garras aguzadas, espolones cubiertos con regatones de plata que brillan en tiniebla y humo, que lo envuelve todo, se agitan. Apenas le arrancan sus mascarillas de terciopelo, ya despabilados, se enfrentan. Un extraño cloqueo furioso y una pirueta sincrónica de dos gallitos quiebran la infortunada tranquilidad, cuando las uñas de metal abren el cuello desplumado de los animales. Una masa sanguinolenta cae revuelta en la arena.

¡Ha perdido los mejores ejemplares! Y la plata. El Jefe saca su cuchillo y, sin más, lo clava en la frente de Rearte. La punta y el filo continúan su camino destrozando el cerebro. Cae de rodillas, apenas sostenido por uno de sus secuaces. En una suave oleada de sangre se desliza el cuerpo flácido. De inmediato, cada hombre sale en completa mudez.

El Jefe toma tranquilamente los billetes, lamiendo su mirada burlona, a los atónitos jugadores oponentes. Se acomoda el chambergo. Sale pausado y se sube en el automóvil que lo espera. Desaparece por donde vino.

Huyendo de lo que allí se avecina, los obreros, cautelosos, escapan por entre las aberturas de las paredes. La noche tormentosa envuelve a cada uno con una bruma en capa de bondad. Se obliga silencio a los testigos. Nadie vio nada.

           

Apenas despunta el día el galpón está limpio. Nada muestra lo sucedido. El sol calienta las chapas y adentro de la zahúrda, se vende parte de la cosecha de patatas que, en varios carros, ha entrado desde las cuatro de la mañana. Se han desembarazado de gallos y despojos. Un auto policial da una vuelta por los alrededores sin mayor convulsión. Es seguro, los mandaderos de Rearte han hablado.

 Acá no pasa nada. La calle transitada como siempre. El tranvía, indiferente, hace sonar su timbre avisando a los chiquilines que se tiran delante de la parrilla para susto de los transeúntes. Las mujeres compran magros pucheros. Los muchachos siguen con juegos de la vagancia. Nadie vigila los movimientos por un pacto gregario. Todo es terror al Jefe. A sus secuaces.

            El Enano, ahora vestido de paisano, se ha acodado en la puerta y observa astuto a cada tipo que camina por allí. El paisaje es de una bella estampa familiar.

           

            Llega un furgón de la comisaría del oeste. No es la gente sobornada por su patrón. Son de otro cuartel. Apremian. Obligan a mostrar las papeletas. Dar nombres y domicilios. Preguntan por Leiva y por el Jefe. Hablan de Rearte y de sus importantes contactos con los diputados. Revisan palmo a palmo cada rincón del cuchitril, sin encontrar nada. Nada. Ni sombra de sangre. Ni olor a gallo, ni a humanos avinagrados por la ira.

            De pronto aparecen dos coches negros con cuatro fulanos bien trajeados, zapatos de charol lustroso, sombrero de fino tope. Descienden y caminan ansiosos por el lugar. Uno se para junto al Enano, que indiferente, secunda a los carreros. Disimula su miedo. Anota ágil, cada pila de bolsa que descargan.

Los diputados esgrimen sus fueros opulentos. Son los que dominan el otro lado de la ciudad. Parecen sabuesos. Con pasos felinos atraviesan tratando de tropezar con algún indicio de Rearte. El suceso es una trampa mortal. Nada. Nadie. Todo está en su lugar. Inocente, un gato se lava la pelambre negra sobre el taburete del Enano. Se acercan con suavidad deslizando al chaparro un sobre. Queda en la mano reducida. Hacen un gesto y salen. No se vuelven a mirar.

            Cuando logra sobreponerse a la sorpresa, abre la nota. Encuentra mucho dinero. ¡Nunca volverá a ver tanto en su vida! En silencio guarda bajo el poncho el unto. Pero conoce bien al Jefe. Ni soñar la traición. Hombre muerto seré. Pero siempre hay un pero y se pone a imaginar. Deja pasar los días. Le manda un mensaje a Don Leiva. Quiere hablar con él.

            Al principio el Gallo Leiva se resiste. Tiene miedo. Es buen consejero el terror. Pero se afloja lentamente. Sueña con rehacer su puñado de gallitos bravíos. Hay mucha guita de por medio. Hay poder.

            El berretín de don Leiva son los gallos de riña y le hicieron una mala jugada. Perdió a sus mejores emplumados de pelea con los uruguayitos. Aprieta el facón a la espalda, se cubre con una gabardina enorme. Se sube al tranvía que va para el oeste.

            Cuando pasa por Valentín Alsina, desde la ventanilla, ve pasar un cortejo fúnebre y se toca los güevos como le enseñó su abuela.  ¡”Trae suerte muchacho. ¡Aleja la mufa!”. Pero un frío letal le atraviesa la espalda.

 Nunca traicionó a nadie y es muy macho para eso, pero tiene entre ceja y ceja, la mala racha de esa noche. Agranda el odio. Los gallos. Sus adorados gallitos. Y ese hijo de mil putas que le hizo esa cabronada. Tiene que hacer algo y él lo va a hacer.

            Suena la campanilla y se detiene el bondi, dejándole el espacio mínimo para descender en la avenida donde viven los bacanes. Camina apurado las dos calles que lo separan de la casona del Diputado. La magnífica mansión es enorme. Tiene rejas españolas. Un parque parecido al de un rey. Dos hombres custodian una enorme puerta con herraje dorado. Igual, detrás de esos ventanales no ve a nadie. Se esconde y observa. Algo le comienza a subir por las piernas como una hiedra venenosa, el miedo helado, se enrosca en sus pantorrillas. Sube y sube. El corazón está por estallar. Ve el auto negro. Él conoce bien el nuevo Mercury negro. Está apoyado en el brillo espejado un chofer.

 De pronto, lo inexplicable. Él conoce bien al Rengo Millán. Es cómplice del Jefe. Pero es a quien ve salir, restregándose las manos, junto al Enano” que corre tras de él asustado y arisco. Suben rápido al espléndido automóvil que se aleja.

 Luego, aparece un furgón con el escudo de la gobernación. Descienden dos hombres vestidos con traje oscuro. Parecen empleados de funeraria. Se toca otra vez. Abren la portezuela de atrás y sacan siete jaulas con gallos de riña. El Gallo Leiva comprende.  No va a caer en la trampa. Su berretín se va desdibujando en un frío que lo ahoga.

            Sale el diputado sin siquiera amagar pararse; sus hombres de confianza miran hacia todos lados. Lo cuidan. No le teme a nadie. ¡Así son los negocios!

Leiva se achica tras el gran plátano que se descascara como él.  Se cubre bien con el piloto y camina rápido desandando la calle que atraviesa urgido por el terror. Se aleja. En otra avenida paralela, que le parece eterna, sube casi sin aliento a un taxi. No se detiene. ¡Cuánto más lejos mejor! “¡Al puerto, a la Boca!”. Allí están sus amigos.

Llega y se baja sin aliento. Corre por la dársena empedrada. El Cholo Quisque lo ve tan desalentado que sin preguntar siquiera, pone en marcha el motor de su lanchón herrumbrado y apunta la proa a Montevideo. El agua negra del Río de la Plata, lo esconde con un vapor sediento de misterio. Allá en la otra orilla estará un tiempo tranquilo. ¿Tranquilo? Tal vez en la otra orilla logre estar por un tiempo sin el pesar que lo ahoga.

Una ráfaga helada le vuela el chambergo. El rostro ceniciento está deformado y en silencio. Flota un minuto el sombrero en los remolinos del río y se pierde en la bravura del agua.

—Puta con el enano de mierda. ¡Cholo, traeme un vino tinto para no pensar!

Bebe en silencio.

 

           

 

 

lunes, 1 de junio de 2026

CENIZAS EN LA NIEVE

 

El frío calaba los huesos, así decía mi padre cuando nos hablaba del abuelo. Él, había recopilado todos papeles y fotografías de esa época nefasta. Le decía "seide", que es igual a decirle abuelo. Pero siempre en su memoria había un dejo de amargura y hasta te diría odio. Pero la tía Rebeca, lo tranquilizaba. ¿Te acordás de la tía Rebeca? Era un "papagayo" la pobre. Su voz aflautada y su permanente inmiscuirse en la vida de la familia. Pero las había pasado todas, la vieja. ¡Dos guerras infames!

Papá, se dedicó a reconstruir ese tiempo, a buscar a los que pudieran quedar vivos en el mundo con el apellido del abuelo. Encontró unos en Hungría, pero eran lejanísimos. Vivían en un pueblito lejos de Budapest y se dedicaban a las pieles. Eran de esos peleteros que todavía trabajaban con pieles de verdad: zorro, marmota, visón y hasta de oso. Ahora estarían presos por esto de la ecología y los derechos de los animales.

Lo que pasa, Wanda, es que los tiempos cambian. Sin embargo en Europa, sigue haciendo frío, muchísimo frío. Se congelan los caminos, las calles, las veredas. Todo, hasta los ríos y lagos. Acá los inviernos son tan suaves que parecen veranitos frescos. Por eso papá, se acordaba de la cantinela del "seide". ¡Allá, hijo, se nos enfriaban hasta los sesos! El campo se transformaba en una enorme planicie de hielo. Allí, contaba que patinaban. Hasta el fatídico día que llegaron los nazis. ¡Se los llevaron a todos! Él, tenía apenas seis años. Y lo separaron de sus hermanos y de su madre. Al padre lo habían llevado a trabajar. A él, lo marcaron con un número en el brazo. Lo mostraba para que nadie se olvidara que había estado en un campo.

Recordaba que una semana después de unos bombardeos, el cielo se cubrió de cenizas y la nieve parecía moteada por diferentes colores. ¡El frío le calaba los huesos! El hambre los dejaba exhaustos y ya no se quejaban para que les dieran una ración de sopa de patatas y un pequeño pan. ¡Se peleaban! A veces hasta recibían palizas de los cuidadores que eran judíos como ellos, como nosotros.

Ves Wanda, porqué te digo que no podés renegar de tu vida. Acá, cuando la Cruz Roja los trajo, encontraron mucha ayuda. Pudieron crecer con natural simpleza. Vos, muchacha no conoces de hambre, ni del dolor de las armas, ni de ver que se llevan a tu familia. Y hasta eres amiga de una chica cristiana, sin problemas. Nadie te discrimina. Pudimos estudiar, casarnos, tener un negocio próspero. ¡Sí, es pequeño, pero de allí comieron todos!

El más afortunado fue el tío Marcos, el esposo de Rebeca, ese hasta pudo ir a Israel a conocer la patria de nuestros ancestros. Allá, se encontró con las raíces, con la historia y volvió cambiado. Le contaba a todos los vecinos maravillas. Por eso Wanda, dejá de llorar y hacé las paces con la vida. Y ese número que tenía tatuado el "seide" y que vos te acabás de tatuar sea para alegría, no para tristeza.

Allí vienen tus amigos, andá y disfrutá de este país que recogió a tu bisabuelo y a tantos que como él, pudieron sobrevivir a la muerte. Mirá qué linda estás con ese vestido de fiesta, parecés una actriz de cine... sí, ya sé que soy un anticuado, pero sabés, me siento orgulloso de la familia que tengo.

TANGUERO

 

 

Como hombre ató las burbujas de nieve

para amarrarla con lianas de rosas a su amor.

Dijo el poeta, en la sonata nocturna de aquel tango.

Pero llegó la noche y los envolvió el ensueño

Dio media vuelta, él, y las piernas, atraparon la luz

Bailaron la milonga con trazas de malevos.

Ella apenas movía sus lujosas caderas

El tocaba la espalda con magia de poseso.

Los violines lloraban su sueño de bohemia

El acordeón gemía su tristeza de piedra.

La soledad cantaba junto a la mujer morena

Y entre las manos mustias un cigarrillo murió.

 

 

 

LA COCINERA

 

Los cascos de los caballos sonaban en las piedras del camino levantando chispas. Restallaba el látigo del cochero en el aire haciendo eco a los truenos. Luces inoportunas iluminaban al birlocho que brillaba fantasmal entre los árboles.

Ambrosio, apuraba al cochero. Quería llegar antes que se descargara la tromba. Las bestias sudadas resbalaban en el pedregal. Un eco repetía la angustia del corazón de ese rústico que no quería comprender lo sucedido.

A lo lejos, el viento montaba una sinfonía mística con las campanas de la vieja iglesia de los franciscanos. Allí esperaba encontrar a Milagros, la negra que había huido de la casa vieja.

Su patrón, echaba chispas de furia. Su cocinera había escapado el día antes de la boda de su hijo. Todo quedó patas arriba. El menú, tan detalladamente pensado dormía en cestos y mesones de madera. Las cocinas sin fuego y el aire que penetraba por el portal abierto hacia la carbonera.

Cada trecho más cerca, parecía que alejaba más el convento donde se creía se había refugiado Milagros. Allí, la habían criado hasta los seis años, los monjes, cuando la encontraron en el torno abandonada. Luego la entregaron en la casa del señor Faustino. Y la habían criado con su esposa como una más de la gran hacienda. Milagros aprendió a cocinar de la mejor, una vieja que tenía manos de ángel con las cazuelas y sartenes.

Ambrosio, después de un breve respiro, pidió al cochero que siguiera el camino de tierra, lleno ahora de cieno. Se veía mucho mejor la fachada del convento.

Al llegar al atrio y detener los animales, bajó de un salto y golpeó con bravura la rústica puerta que impedía el ingreso. Se abrió un pequeñísimo ventanal, y una voz serosa inquirió por semejante disparate.

Las campanas sonaban apretadas al ritmo de la tormenta. ¿Milagros, la pequeña, la cocinera está refugiada aquí? Mi amo la necesita y le dará lo que quiera con tal que regrese. Esta semana es importantísima en la casa. La boda de su hijo es el próximo domingo y…

¡Acá no está, por Cristo el Nazareno y san Francisco! Búscala en otra parte, este es un lugar sagrado y estas no son horas de interrumpir la paz de los monjes.

Ambrosio intentó seguir hablando, pero la ventanuca se cerró en silencio y los truenos volvieron a enseñorearse en el lugar.

De un salto subió al birlocho y nuevamente salieron a paso ingente por el camino. A lo lejos, vieron unas luces. Fogatas que algún campesino había encendido para calentarse. Se acercaron. Desde el pescante interrogaron a los pobres labriegos que no tenían nada.

Acá no hemos visto a nadie, solo el hambre y la tormenta. Pero si llega a la cantina, tal vez, la muy fastidiosa, ande burlando por ahí a algún parroquiano. Les tiró una moneda y siguió hacia ese puerto.

Por el camino, entre los robles y olmos, siguieron buscando. Llegaron a la cantina. Una nube de alcohol y tabaco los envolvió al entrar. Ambrosio dejó su capote y se dirigió al mesero. ¿Ha visto a una joven morena, se llama Milagros y es la cocinera de la casa grande? Acá no ingresa una buena muchacha desde hace… mil años. Le sirvió una ginebra que bebió de un trago. Puso una moneda sobre la madera oscura y lo miró a los ojos. Sepa, compañero que se le pagará bien cualquier dato. El mesero se volvió hacia una puerta que estaba entre abierta. ¡Julián, viste a una tal Milagro? No jefe. Ni idea. ¿Lo juras?

El juramento sobre una Biblia mustia, lo hizo salir rápido. Vamos de regreso a casa, nadie la ha visto. Por el camino vieron una figura iluminada apenas por los refucilos. ¡Es ella! No Ambrosio, esa es muy pequeña. De cerca, advirtieron que era una mujer a la que le habían cortado la cabeza y le colgaba de un lazo sobre el pecho. ¡Diantres! Paremos. Yo no me detengo. ¡Un alma en pena, Ambrosio, un alma en pena!

Siguieron al trote rápido y al volverse, había desaparecido la imagen. Llegaron a la casa y encontraron el cuerpo de Milagros que se había desplomado desde un campanil en la zona alta del tejado. ¿Qué hiciste muchacha? Cuando la sacaron del fango, entre sus ropas de cocinar a diario, encontraron el retrato del hijo del patrón.

Cuando el padre comenzó a indagar supo la verdad. Su amado hijo iba a ser padre del niño que la cocinera, esa que todos amaban, y el, despreciaba por ser una simple muchacha de servicio, tendría de sus amoríos mentirosos.

Ambrosio y el cochero, no quieren andar los días de tormenta por los caminos por temor a  encontrarse con la mujer sin cabeza o Milagros, transformada en fantasma.   

EL ESPÍA

 

Nunca pensó que lo que había comenzado como un chiste, una gansada de estudiantes, iniciados en el mundo de la universidad, se iba a transformar en un verdadero trabajo. Era inexplicable. Cuando llegó al claustro, entre los oscuros pasillos, las salas desiertas con ecos fantasmales, ventanales de vidrieras multicolores por donde apenas se filtraba un rayo de luz; lo habían dejado boquiabierta.

Julián, apretaba un portafolio de cuero que expandía un olor a piel antigua, maltratada. Olor a viejo. Había recibido la cartera de su abuelo Amilcar, quien a su vez, siempre relataba historias repetidas una y otra vez, de cuando en plenos bombardeos, encontró ese magnífico portapliegos lleno de mapas y cartas de un alto personaje del país. Nunca supo si eran verdaderas, las historias o inventadas.

Entre los papeles que traía, estaban sus investigaciones sobre la vida de Heber Zacarías, el famoso investigador de la policía de Repusa Viñeau. Pensó que en esa inmensa biblioteca, encontraría mucha información. Lamentablemente, no fue así. En principio no le dieron en préstamo, las llaves de la zona oeste donde bajo estricto control, se apiñaban cartas y carpetas con historias verídicas que hablaban de la vida y costumbres de personajes que llevó a la gran revolución y dejó el país en una guerra. Según algunos medios, había cobrado como cinco millones de vida. Julián, no lo creía, de ser así, repoblar el país hubiera llevado muchos quinquenios, ya que los más castigados fueron los hombres y las más infelices, hambreadas y sojuzgadas, fueron las mujeres.

Una mujer de alrededor cincuenta años, manejaba los estantes y abría o cerraba los anaqueles cubiertos de vidrios, herméticos. Era una muralla humana que miraba por sobre sus gafas de gran miope, y escrutaba el alma de los lectores, indagando sus verdaderas intenciones. "Nadie se va a apoderar de la intimidad de los hombres". Nadie, se podía meter a fisgonear en esa historia tan cruel que marchitó una generación. Julián comprendió que tenía que ganarle a esa "bruja", así, comenzó a buscar mil formas de caracterizarse para lograr copiar los mapas y papeles de esa zona de la biblioteca.

Comenzó por buscar una academia de teatro, en donde le enseñaron trucos para desfigurar su tan sólida presencia. Cambió hasta el modo de caminar, hablar con acento de regiones campesinas, se vistió de mil maneras para despistarla. Pero la mujer astuta siempre lo descubría. Se animó y la comenzó a conquistar con trucos viejos, los que usaba su abuelo. El difunto era un genio. Un día logró que le abriera el codiciado estuche donde como soldaditos de plomo, estaban los libros y carpetas que apetecía.

Sacó varios carpetones que desbordaban papeles amarillentos. Leyó con desesperación para no perderse una sola línea. Buscó y rebuscó. Allí estaba la clave de las traiciones de esos héroes de barro que en la facultad, elevaban a lugares inesperados. Eran verdaderos bochornos.

Encontró fechas, juntó encuentros que servirían para demostrar que habían sacado buenas tajadas en oro y billetes de alta denominación y que nadie se había imaginado. Dos o tres nombres que parecían fantasmas de leyenda. Devolvió las carpetas y dejó entrever que no había encontrado nada sustancioso.

Salió con la cabeza llena de preguntas. Qué sería de esos seres nefastos… dónde los encontraría. El momento llegó. Una antigua guía de teléfono que encontró en la biblioteca del abuelo, sirvió para conocer direcciones, lugares y países. Consiguió un período de "descanso" en la facultad. Y Partió como un detective a rebuscar los personajes. Llegó a El Cairo, allí encontró que el famoso doctor en archivos del museo había desaparecido con una importante cantidad de objetos antiguos. Mister Brunswich, era un buscado ladrón. Eso lo animó a seguir una pista insegura y como era desconfiado, poco preguntó a quienes generosamente querían asesorarlo. El último lugar donde se lo había visto era en unas zonas desérticas al sur de Egipto. Consiguió un jeep y contrató un beduino como chofer. Llegó a las ruinas. No estaba y nadie lo había visto. Un despistado arqueólogo soltó… "Creo que viajó a Berlín".

Su regreso fue azaroso y tomó el primer avión a Berlín. Le llamó la atención que su chofer, el beduino, viajaba en el mismo vuelo. Lo seguían. Apenas bajo del aeroplano, compró un billete para Omán. Un distractor. Buscó un coche y se alejó por un barrio nuevo, después de la unión de ambas alemanias, había cambiado la fisonomía de la gran ciudad. Se entremezcló con turistas y entró en el museo de Berlín. Le llamó la atención un cartel, muy pequeño que llevaba un apellido parecido a otro de los viejos "héroes" de su investigación. Sir. Steve Tremblay, con mucho sigilo entró en esa pequeña oficina. Un hombrecillo calvo, con enormes lentes de carey, lo miró asombrado. Salga usted de aquí, nadie me puede interrumpir. Estoy muy ocupado. Julián le insinuó el nombre de los otros "fantasmas" cuya traición habían complicado los acuerdos del final de la guerra. Estalló en un rapto de ira. Sacó una vieja Luger y lo amenazó. Julián supo que allí estaba la clave de su investigación. Un guardia lo sacó casi a golpes. Cuando llegó a un hotel donde quería hospedarse, se dio cuenta que lo habían seguido y que no tenía su equipaje. Solo y sin dinero, bajó y tomó el primer taxi que encontró. Lo llevó al aeropuerto. Allí usó sus documentos verdaderos. Al subir a la aeronave, se dio cuenta que su chofer, viajaba en el mismo avión. Apenas descendió en el aeropuerto, compró un billete con destino a Turín. Era un distractor, porque siguió rumbo a su país. Allí, al entrar a su hogar, pequeño departamento en un centro estudiantil, se acomodó para dormir.

El sonido del celular lo despertó. Una voz le daba una cita en el departamento de investigación de historia del gobierno de Gran Bretaña. El jueves a las diez mil… colgaron. Si nunca había dado el número de su teléfono a nadie. Tomó el pequeño artefacto, lo destruyó y se deshizo de el, igualmente con los apuntes escritos, los quemó en el hornillo de la mini cocina. Comió algo y se tiró vestido cuan largo y cansado había llegado. Despertó con una jaqueca horrible. El minúsculo departamento estudiantil, era un desastre. Todo revuelto y algunos muebles y objetos rotos. Lo habían dormido con alguna droga o gas. Él, se agradeció haber esquivado ese caudal de temas investigados.

Ahora estaría alerta, él, era un espía espiado. Algo muy importante debía suceder para que se tomaran tanto trabajo en buscar sus notas. Debía cambiar de habitáculo, de presencia y esconder sus investigaciones de terceros. Ahora era un verdadero "espía".

ROGELIA

 

            Nació. Vivió en un barrio de las afueras, del pequeño pueblo. Lo criaron sus abuelos. Su madre se fue con un camionero. Su abuelo era zapatero y su abuela lavaba ropa en las casas donde la necesitaban. A la hija la habían llamado Grisel, por el tango que siempre escuchaba el padre en la radio. Hasta que se rompió una válvula y se quedó muda, la radio, claro. Entonces a voz en cuello cantaba el abuelo en el tallercito. Rogelia, su madre no había cumplido los quince cuando el Gregorio, se la llevó en el camión. Amaba el tango y le puso al hijo Carlos por Gardel y Hugo por Del Carril. Ella apenas había cumplido dieciséis. Pero una noche apareció con el niño y lo dejó al cuidado de los padres. Se fue. 

            Cuando cumplió los seis años el pequeño, de la mano lo llevaron a la escuela. Ropa limpia y cabello azulado por la gomina. Se usaba sólo, en las noches de milonga, pero ese día se la pusieron. En un hermoso portafolio cosido por el anciano, un cuaderno de hojas rayadas y un lápiz que le habían puesto un piolín con la goma de borrar. ¡Para que no la pierdas!

            Entró asustado. Otros chicos lo miraron altaneros. Él, era... un sin padres. Pero la maestra lo llamó por su nombre: Carlos Hugo Gardez... y los chicos se rieron. ¡Igualito a Gardel, dijo una niña de trenzas rubias!

            ¡Nada de chistes con sus compañeros! La maestra amorosa, no quería que sus alumnos sufrieran. La mañana pasó como todas las mañanas de colegio, entre risas, peleas y juegos. Al salir estaba la abuela, bellamente vestida y perfumada. Lo tomó de la mano y escuchó que silbaba el padre de un compañero, entonaba el tango: "Grisel". La anciana se volvió y lo miró asombrada. Era el camionero que se había llevado a su muchacha. ¿Dónde estaba Rogelia? ¿Qué había sido de su niña? El hombre salió de escapada por la acera contraria. No se atrevió a saludar ni a mirar al hijo.

            No lo volvieron a ver. Al compañero de Carlitos tampoco. ¿Había escapado como un cobarde? Pasó el año, el verano cayó como una manta bochornosa y húmeda, que atrajo insectos insoportables. El anciano, lo llevó al remanso del río a refrescarse. Vio un grupo de pescadores que se disputaban un pez aparentemente grande. Enganchado a un anzuelo, sacaron un cuerpo carcomido por las palometas. ¡Salieron corriendo! Dejando el bulto sobre la orilla. Llegaron el comisario y ayudantes. El viejo, se llevó al niño y regresó curioso. Algo le había llamado la atención. Una parte de la ropa que envolvía a esos restos, le parecieron conocidos.

            Al día siguiente, llegó el alguacil a la casa de los Gardez. Venía a hacerle preguntas que los ancianos apenas podían responder. ¿Ese bulto inhumano, era Rogelia?

            La noticia se desparramó como serpientes entre los matorrales. La hija y madre, estaba muerta. ¿Quién la mató? ¿Cómo fue? ¡Ahora comenzaba la increíble investigación!

TRAS LA VENTANA AZUL

 

Comenzó a pintar un cielo azul. Pero no había visto desde hacía mucho tiempo el cielo. El encierro. La locura. El silencio. Etelvina. ¿Está caso bajo el mismo techo? Siguió pintando. Un cuadro, otro y otros en colores de cielo, de libertad de augurios. Recordaba a lo lejos, cuando cerraba los ojos la casa de su abuelo. Era tan cálida y perfecta como la canción que escuchaba desde su lecho.

Escuchó los pasos de una persona que se acercaba por el largo pasillo de la clínica. ¿Qué le traía ahora? Un sueño. Una larga lista de pequeños recuerdos enmarcados por láminas doradas. Un libro. Esos que solía traerle Etelvina con ilustraciones de parques o de bosques en invierno.

Se bajó de la cama hasta quedar en el piso acolchado de espuma. O era sólo un sueño. ¡No importa! Viene como un pájaro de esperanza. Se detiene e ingresa. No es Etelvina. Entra un hombre de blanco. Y mira mi ventana azul, sin vidrios ni cerrajas. ¿Cuántas pintaste hoy, me dice? Lo miro sorprendida. No lo conozco y él, sabe que mis ventanas azules vuelan en los lienzos.

Me acerca un vaso con agua clara, transparente como su mirada curiosa que se posa en mis telas. ¿Qué bien pintas! Y ríe. Está por darme otra de esas pastillas que me da Etelvina y que yo guardo en mi almohada. Escondidas, por cierto. Cómo haría para pintar ventanas si tomara esas pequeñas cápsulas que me quitan el sueño y no puedo volar a través, de los vidrios azules, de mis ventanas al cielo.

Son de color rosado. Me las pone en la mano. Son distintas a las que guardo. Prueba, me dice, estás te harán soñar con pájaros y flores!  Y las tomo. Y de pronto despierto en el silencio y salgo volando por las ventanas de vidrios azules de mi cuarto. Vuelo, vuelo por el aire que me envuelve el cabello que tiene color tiza y ha crecido en los años que me quedé en mi habitación de la clínica donde me dejó mi amado, cuando conoció a su "princesa" de pelo colorado y ojos de esmeralda. ¡Está loca! Cuiden de ella. Y partió al olvido. Y yo me quedé sin él, y sin mi vida. Ahora vuelo hacia el infinito, el sol me acaricia el rostro. Soy libre.

Tal vez, volveré por las ventana de vidrios azules para esperara que regrese por mí. Y vuelva a casa.