Se desparrama sobre el trigal el sueño de una niña
Se caen los pétalos de las peonías en la cascada de fuego del arroyo
Se pierden los suspiros entre las ramas del retamo caliente
El perfume de las flores del cardón destierran su blancura con la luna
Un pájaro se escapa por el cerro nevado y conmovido
Atrapa el zorzal su pluma roja con el vientre abierto al sol
Nada es imposible al calor de la palabra del poeta
y yo... descubro que mi llama es color violeta y verde.
¿Dónde estará el final de la mirada que se pierde en el olvido?
miércoles, 24 de enero de 2018
LAS MARCAS EN LA PIEL
Carolina nació con una estrella en cada brazo, no de verdad,
sino se hubiera quemado. Eran lunares con forma de estrella, rosado oscuro,
limpios, reales. Cuando la bautizaron el agua se escurrió por el cuerpo y lavó
un poco el color de sus lunares, el tiempo fue desdibujando los bordes y cuando
cumplió los veinte años eran dos pequeños puntos, casi imperceptible.
Había días
en que si tomaba sol, se notaban más. Si comía frutillas también o tomate. La
sandía le daba un color transparente. ¡Era cómico como toda la familia estaba
atenta a como cambiaban de color sus estrellas!
El día que
se enamoró, su “chico” se conmovió con la historia. Al darle un beso, su primer
beso, se pusieron bien rojas. El día de la boda…, amanecieron, doradas. Y el
día que nació Benjamín, lo primero que hicieron fue mirar si tenía las marcas.
Sí, las tenía en el pecho junto al corazón, y el médico le dijo: Carolina,
Benjamín trae una marca especial, este año serás bendecida con algo insólito… no
se explicarte, pero será muy bueno.
El niño fue
inquieto pero dulce, inteligente y se abrazaba a su madre con fervor, al padre
lo acariciaba con sus manitas regordetas. Muy pronto aprendió a decir sus
nombres y a darles besos. Y cada día sus marcas brillaban más y más, como si
fuesen de oro.
Tal vez, un ser único e
inmaterial, los colmara de suerte y felicidad. Cuánto más rojas se ponían las
marcas de Carolina, menos brillaban las de Benjamín. Era una suerte de juego
macabro, pero una mañana ambos se vieron sin los lunares y supieron que el papá
y esposo, estaba en el hospital. Había sucedido un accidente fatal. Cuando
fueron a verlo él
FOTO DE MI JARDÍN Y EN DUBAI
UNA VERDADERA CASCADA DE ROSAS Y RETAMAS ME REGALAN EN EL VERANO DE POTRERILLOS.
INTENTANDO ADAPTARME A LA ROPA QUE USAN MIS HERMANAS MUSULMANAS EN EL DESIERTO.
INTENTANDO ADAPTARME A LA ROPA QUE USAN MIS HERMANAS MUSULMANAS EN EL DESIERTO.
MI HORFANDAD
Huérfana de ternura
Huérfana de besos
Huérfana de milagros
Estoy
Por eso digo que
Voy a cancelar los ritos del amor
Voy a cancelar las palabras de ternura
Voy a cancelar la fiesta del amanecer
Voy a cancelar la suerte con la luna azul
Entonces
La magia me perseguirá por las cornisas
El embrujo distorsionará mi urdiembre
Echaré migajas de trigo en los balcones
Bordaré relojes y estrellas en las ventanas.
Y me echaré a dormir un sueño hermoso.
Huérfana de besos
Huérfana de milagros
Estoy
Por eso digo que
Voy a cancelar los ritos del amor
Voy a cancelar las palabras de ternura
Voy a cancelar la fiesta del amanecer
Voy a cancelar la suerte con la luna azul
Entonces
La magia me perseguirá por las cornisas
El embrujo distorsionará mi urdiembre
Echaré migajas de trigo en los balcones
Bordaré relojes y estrellas en las ventanas.
Y me echaré a dormir un sueño hermoso.
LA COPA DEL MIEDO
Cuando Emelda se
comunicó con sus compañeras de secundario, logró concretar y con dificultad, el
encuentro de doce compañeras, prometido
por años.
Llegaron a un acuerdo, se reunirían
en un antiguo hotel de las sierras, que
estaba equidistante para todas. Alejado del ruido que envuelve las grandes
ciudades era ideal.
Ese viernes llegaría Iris en el tren
de las 20; Rosalba en automóvil con Griselda, Renata y Jacinta. Luego arribaría
Elvira en autobús con Rita, Susana y Nora. Juanita y Liliana llegarían en otro
tren desde el norte.
Se ubicaron en tres habitaciones
contiguas, en el pabellón del que fuera un claustro de religiosas que recibían
a jóvenes enfermas de “tisis” y problemas mentales.
Con el tiempo lo vendieron y quedó
en manos que renovaron todo. Primorosas, puestas a punto y hermosas, cada
habitación se transformó en un bello refugio de comodidad y confort.
Las ya mujeres, se fueron acomodando
de a dos en dos por cada pieza. Una gran sorpresa inesperada cuando llegó el
tren, no sólo con Iris, sino la increíble Mirka…, nombre de fantasía que ya
había adoptado una de ellas transformada en una excelente médium, tarotista y
astróloga; cuya profesión que oportunamente elaboró con estudios en el país y
en el extranjero, profundizando con inteligencia los entrañables laberintos de
dicha tarea. Era famosa en la radio, revistas de moda y televisión. Sólo sus
compañeras sabían su nombre, que ella odiaba: Olga Serafina. Con ella se había
juntado el número 13.
Bien… todas hablaban a la vez,
querían saber unas de otras la vida y sus misterios, sin darse tregua. Nadie
oía nada. Llegó la hora de la cena. Ingresaron en un enorme comedor con mesas
coquetas y alegres, llenas de flores y manteles coloridos. La cena exquisita se
regó con buen vino y champagne.
De regreso y agotadas, la jornada
había sido larga, se bañaron y se durmieron. Algunas siguieron charlando hasta
la madrugada. Nadie quería quedarse fuera de las historias y entre risas y lágrimas se iban poniendo al
día con sus vidas y aventuras. Otras recordaron las épocas de juventud temprana
con las picardías propias de la adolescencia.
Al otro día usaron la piscina y
luego de almorzar hicieron una caminata por los alrededores. Cayó la noche y
haciendo un apretado círculo se quedaron en la habitación 27. Con la puerta
abierta por donde ingresaba una brisa fresca y la luna llena iluminaba el cuarto.
También los rostros de las muchachas.
De repente, Mirka, sonriendo astuta,
propuso un juego con una copa de cristal que extrajo de una bolsa de terciopelo
rojo con flores doradas que bordadas parecían auténticas. Entre risas y algunos
temores aceptaron. Elvira con papel blanco hizo las letras del alfabeto y los
números del 0 al 9. Comenzó el juego y las preguntas llovían. Reían y se
enojaban, protestando cuando no les gustaba lo que se armaba en ese baile
irrespetuoso de la magia.
De prontota copa se movió sola.
Marcando un nombre de mujer: María Eloisa Janenshon Deiras y un número 19.
Ingresó solapado el silencio feroz y las religiosas, tomaron su rosario o
medallas de santos protestando. Se quejaron… -¡Vieron estas son brujerías! ¡Son
peligrosas! ¡Yo no me quiero adherir a estas cosas! ¡Yo menos y ya me voy a
dormir! Más en la pared se dibujó la imagen gelatinosa y transparente de una
muchacha con ropa de antaño. La puerta se cerró de un golpe de aire y la dama,
como era lógico desapareció en el acto.
Mal dormidas al despertar, fueron
para hablar con la conserje en el vestíbulo del hotel y preguntaron: -¿Acá
vivió la señora María Eloisa…en la habitación 27? – Y la gerente se puso
nerviosa y pálida. –Eso es algo extraño, pero no imposible… digo, ver a Eloisa.
Esa joven falleció en 1889 en lo que fuera su noche de bodas. Un joven, su
prometido no llegó nunca ya que el tren en que viajaba descarriló a varios
kilómetros de acá. Ella se iba a casar en esa capilla que ya casi no se ve por
lo crecidos que están los árboles. Dicen, los que la conocieron, que falleció
de un ataque al corazón. Pero hay una historia de lugareños que en realidad se
suicidó. Seguro que les pidió que rezaran misas por ella ¿Verdad?
-Sí, ahora comprendo, dijo Mirka,
que eso trataba de decir y hablábamos tanto que no la oímos.
-Vayan, hoy a las 11, hay misa en la
capilla, un anciano sacerdote aparece siempre que ella pide misas. Él puede
cumplir con su ruego, lo hace desde años.
Todas regresaron en silencio,
llegaron al templo en horario y allí, estaba el anciano monje. Se aprestó y
comenzó con las rogativas y la ceremonia. Nombró a María Eloisa, aunque ellas
no se lo pidieron. ¿Cómo sabía?
Dos días después, lo que duró la
reunión, el clima fue diferente. Regresaron a sus hogares con la promesa de
regresar pronto. Esa fue la última vez que Emelda las reunió. Nadie quiso
volver.
martes, 23 de enero de 2018
A LOS 13 HIJOS ENCONTRADOS EN CAUTIVERIO
- Un nuevo sismo se inclina frente al mar de sufrimiento y lloran las claraboyas con silbidos domésticos y el sótano abierto como la boca desparramada de un cráter supura delante de los ojos atónito de niños desnutridos. Cállense los odiosos que mienten. No mendigan las ortigas sus picantes molestias de agujas verdes. Ya no hay triunfo en la pena y no confunden el coraje los que mantienen atados a sus hijos en los hierros candentes de un espacio umbroso y sucio. Locos como espartanos sedientos de sangre, como filisteos en guerra contra huestes lejanas y confusas. Los niños que ya crecieron en el olvido y el destierro son sus hijos. La locura impuesta a un rito satánico y demencial, descubiertos apenas por la magia del dolor de una cuasi mujer. Tan desnutrida y patética como fantasma, como leyenda de pueblo desértico e impreciso.
Allí fueron
encontrados, como rebaño de bestias, ofendiendo la palabra de humanos
de esos progenitores que deben salpicar con sangre las heridas abiertas de los niños-hombres y mujeres
olvidados y perdidos. Tiembla la tierra sobre
los excrementos de los derrotados. ¿Dónde y cómo se puede perdonar tanto castigo?
CAMINANDO
Tú, entrenando
el silencio para encontrar al niño adormecido,
acostumbrado a
los pájaros que roban las ciruelas maduras,
al zorro
escondido entre los arbustos de espinos.
Queremos robar
el sueño evitando el castigo de ser acorralados.
Caza mayor o
menor, tal vez nos anime a perseguir con pie desnudos
el poder sobre
ellos. Somos insensibles al temor
que
apesadumbrado nos ataja en el miedo de no ser.
El tiempo, nos
está alcanzando y pisa mis talones.
La urgencia
castiga con fatiga, los huesos y los ojos asombrados.
Quisiera
aparentar que soy aquella, esa que corría por el césped descalza.
Sorprendida con
el rubor del beso robado en los rincones.
Pero soy esta,
avejentada, con penas en estandartes al viento,
enarbolando
tristezas en banderola de lágrimas.
He perdido
amores y recuerdos. Me pierdo en la memoria.
Se desplaza una
lágrima dorada en mi pecho,
un añejo
resplandor de lluvia que se empeña en perderse
como si el
tiempo fuera arena movediza. Se escurre.
He comenzado el
camino.
Si me acompañas
seguiré caminando descalza hasta el final.
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