miércoles, 11 de julio de 2018

EL LETRADO




            Alejandro había pasado por la universidad sin pena ni gloria. Un alumno del montón que había conseguido el título de Licenciado en Leyes por astuto y persistente.
            Era bastante parco, miedoso y tartamudeaba cuando se ponía nervioso. No quiero contar cuando estaba frente a una mesa de exámenes, con tres o cuatro profesores de esos que te miran como si el que tienen adelante es una cucaracha. ¡Y hay que  pisarla! Pero sin embargo lo logró. Con sus miedos y prejuicios cumplió secretamente el anhelo de Bettiana, su eterna enamorada que creyó que con el famoso diploma se venía el casamiento. Se equivocó. Alejandro envalentonado, se marchó a un pueblo del interior para ser el “doctor en Leyes” y hacer política.
            Había comprado un auto usado y alquiló una casita donde colgó un cartel que anunciaba su condición de Abogado especialista en toda clase de temas. Llovieron pequeños productores que el banco regional quería rematar, algunos vendedores que pasaban por ahí y dejaban hijos producto de adulterio y que les obligaban las mujeres a pagar su cuota de alimentos y problemas de arrendatarios y dueños que se entreveraban en deudas eternas para cobrar. Todo dependía de si había buenas cosechas o si la siembra era escasa o mala. Ni hablar de los campos anegados y los vientres de los animales nulos.
            De vez en cuando recibía una carta de Bettiana que le reclamaba la promesa hecha el día que se recibieron en el secundario: “Lo primero que hago si me recibo es casarme con vos y llevarte a Europa de luna de miel”. Ni loco la traía a ese pueblo de morondanga. Y llevarla a viajar. ¿Con qué? Si la mitad de los trabajos que hacía se lo pagaban con un cordero o con un cheque que no lograba cobrar por meses. ¡Comer comía bien, ya que por ser un “ilustre” en el pueblo, lo invitaban a todos los acontecimientos del lugar: casamientos, bautismos y fiestas familiares! Se hizo amigo del médico, otro zopenco como él, que no daba a basto con la clientela.
            Y un día ocurrió. Vino al estudio una mujer que rompía las paredes… era casada y quería el divorcio. Allí, en el mismo sillón de cuero verde, se puso a llorar mientras mostraba unas piernas dignas de una modelo. Rubia, (teñida) con labios gruesos y con mohines de niña que lo dejaron patas para arriba. Unas “gomas” que marcaban hoyuelos en la blusa y la pollera corta que al sentarse, mostraba el muslo gozoso. Cayó rendido a sus pies, prometiéndole que en un corto tiempo era divorciada. Ella le aclaró que no tenía como pagarle y él, generoso, le dijo: Querida ya veremos, dejemos eso para más adelante. Y así fue ella se divorció y pagó. En el modesto hotel del pueblo le pagó con unos amores inolvidables.
            Ella, se quedó con un campo de trece mil hectáreas y de pronto Alejandro, abogado, dejó el estudio y se dedicó a trabajar el campo. Dicen que Bettiana sigue esperando. Y él es un rico hacendado con miles de pesos en el banco. ¡Ah, el zopenco, hizo algo parecido, se casó con la prima de la mujer y tiene otro campo lindero en el que cría ganado Holando-Argentino que exporta al exterior.
            ¡Hay que tener cuidado con los letrados!
           

UN POEMA A LA MUERTE




Una campana llora con pétalos de lirios
El compás de repique es el sueño de duendes
En el verde vuelo de aves migratorias que palidecen al sol
A lo lejos, una nave con las velas desplegadas al viento
Eclipsan el movimiento de un hombre que se debate en las olas
En las breves campanadas del murmullo del viento
Llegan como gaviotas los adioses sombríos.
Suaves caracolas adelantan el brillo de un adiós en las palmas
El hombre se destrata entre el mar bravío que lo hunde
El silencio se inicia con su viaje al olvido.
Queda flotando como lastre de azogue un puñado de lirios

FOTOS DE LA INDIA

 ATRÁS DE MÍ, EL TAJ MAHAL, UN MARAVILLOSO MONUMENTO AL AMOR.
TRES GENERACIONES Y UN PEQUEÑO DEL FUTURO DE INDIA. PERSONAJES BELLOS.
CON NÁCAR, DE ONIX Y ESPEJOS EL TECHO DE UN TEMPLO DENTRO DEL PALACIO DE UN ANTIGUO EMPERADOR INDÚ.

LA SOLEDAD


El fuego verde de tu mar me incendia

 es un sol en mi región celestial,

en el lado oscuro de mi océano.

tiene sombras de perturbada ausencia
y duele la lluvia que anega los árboles dormidos.
y ya no hay vino caliente ni sobra el fuego
ni es el hielo esa chispas de cristal que duerme.
.
El cielo tiene peones cansados con hachas en
las manos que cortan los suspiros
y cuelgan una pancarta de nostalgias con mi nombre.
La soledad calienta en el verano mas...
aunque griten las piedras en eco de lamentos
el sol regresará a enamorarse de los nidos.
Entonces un incendio azul elevará el misterio de la risa.
y tal vez mañana florezcan los nardos en mi lecho.




EL ARQUITECTO




Allí, frente a mi mesa en el bar encontré sus ojos. Era un hombre triste, con recuerdos ocultos en el pelo de la barba candado, en los párpados enrojecidos por no dormir de noche. Miró lo que leía. Dos o tres revistas y libros de arquitectura. Era corpulento, pero tenía el cuerpo como acurrucándose sobre sus pena.
No es mi costumbre mirar a los parroquianos de los lugares que frecuento, pero me dejó preocupada y sentí deseo de hablarle. Mauricio, el mozo que siempre me sirve el cortado con una medialuna caliente, se acercó y disimulando su voz me dijo. Se le acaba de morir la mujer en España y dejó al hijo de trece años solo allá. Está desocupado y no sabe qué hacer.
El hombre estaba derrotado. Y yo sentí todo un mundo de pena por él. Como trabajo en una empresa de viajes, le escribí en una servilleta que si podía hablar con él. Apenas leyó el billete. No levantó la cabeza. Me hizo una leve seña de difícil comprensión. Me acerqué acompañada por Mauricio quien le explicó quien era yo y que podía ayudarlo.
Entablamos un breve y extraño diálogo. Ofrecí un pasaje de atención, esos que acumulamos con nuestro trabajo y así él, podía viajar a buscar a su hijo, pero no aceptó.
Agradecido me dio la mano se irguió y salió dejando dormidos sus libros y revistas sobre la mesa. Nuestro nexo, Mauricio los recogió y guardó en un estante. Me contó que antes iba todos los domingos a tomar café cortado con leche sin azúcar en la confitería de la peatonal entre las 12 y las trece. Entonces se quedaba escribiendo o leyendo largas cartas que le mandaba a su hijo o recibía del chico. Desde que se quedó sin trabajo en un famoso estudio dejó de ir y desde ayer había vuelto. Era el espectro del que fue.
Quedé anonadada, cuando al salir para la oficina lo vi. ahí, anclado en la vereda mirando la nada. Su cabello corto estaba desgreñado y alborotado. Había mermado el color de su piel y se acercó como si los pies fueran de plomo.
Señora. Disculpe. Quiero que me venda dos pasajes a España yo le voy a pagar con un reloj de oro de mi padre. Sólo eso tengo para poder ir. Él, me necesita. Allá tengo algunos colegas y amigos que seguramente me ayudarán.
Le sonreí y le extendí la mano. Temblaba. Su ropa sport, estaba algo ajada pero se notaba que había tenido una hermosa vida. Mi ropa era la ritual de una oficinista que vende sueños para otros. Lo invité a seguirme hasta el negocio. En la puerta grande fotos con paisajes de playas remotas y palmeras, un coliseo romano vetusto y un enorme crucero, intimidaban a los que nunca pudieron subirse a un avión a un barco.
Le completé los trámites y guardé el reloj. Yo esperaría su regreso para devolverle ese precioso objeto que seguro era muy preciado. Él, se sintió agradecido. Creyó que lo tomaba como pago.
Lo dejé de ver. Mauricio recibió una carta desde Madrid, diciendo que regresaba en primavera. Una mañana que fui a la cafetería lo vi. Estaba acompañado por un muchacho hermoso, muy parecido a él. La silla de ruedas en la que se movía era muy moderna. Sabía que había sido a causa del accidente con la madre, donde ella murió y el quedó vivo. Le dejé el reloj en la mesa, en un momento en que se paró para ir al baño. El chico no entendía nada. Yo desaparecí rumbo a casa donde mi esposo me esperaba para tomar el avión hacia una de esas playas de ensueño que adornan la vidriera del negocio.

SEDIENTA


Sedienta entre los prados de otoño
Caminante sublime de las nubes
Arrogante estrella fugaz de la distancia
Mineral oculto, sustituto de astillas ígneas
Voy atrevida en el camino, sedienta.

Las mejillas con virtudes marcadas como agujas
Los pies incendiados de misterio
Sigo un derrotero de espinas azulosas
Marcando el desierto agorero de tiniebla
Sedienta estoy, detestando el dolor que me acompaña

Una candela aflora en el surco de mi frente
Es luz y armonía silenciosa.
Miríada de escarcha y vino derramado
En los manteles de lienzo blanco de la aurora.
Estamos sedientas de anuncios victoriosos.

La guerra ha terminado, es un cadáver que regresa
Año a año, regresa el color primigenio de la vida
Largas noche de espera y de silencio.
Florece en la campiña el esplendor de las espigas

Frutecen los almendros y nogales sabrosos.

VICTORIOSA



Mi piel se ha marchitado con los años.
Mis manos marcadas con espuma se arriesgan a las caricias
Sutiles matrices de cáñamo en los brazos tejen
Largas márgenes de ríos despeñados entre rocas.

Quien dejó su trabajo entre las vigas, se desmorona
En misterioso vuelo de plumas y vellones.
Quedó el incendio aplastando al ave que gritó al aire
Una súplica de relojes olvidados. Tiempo ido.

No me distraigas ahora, no me distraigas.
El murmullo sonoro de las hojas pregona mi Ser
Como una altiva vibración de estrellas
Que vislumbran el sueño de los cisnes migrantes.

Victoriosa mi frente con estrellas fugases
Aturde al amanecer los pensamientos
Presagios de un acontecer distante, donde duerme el sol
Se acurruca el cristal de la conciencia alba