miércoles, 24 de abril de 2019

ANTHEIA, UNA ESCLAVA DE RODAS



Antheia sostiene una lámpara sobre el lecho en donde tiembla el cuerpo afiebrado de la joven Licaria. El aceite agoniza en el candil. La esclava también. La persistente fiebre ha hecho una silenciosa tarea. Dos mujeres que, no pertenecen al mismo amo, pero se conocen por origen.
Preocupada la compañera, destapa las piernas de la enferma y observa una herida a punto de estallar en la extremidad derecha. Amoratada la piel, se nota tirante y busca una salida que, inminente, empujará hacia el exterior sus humores. Un olor penetrante y pútrido invade la estancia. La mujer murmura palabras incomprensibles. Tiene sed. Está sola.
            Antheia le humedece los labios agrietados sin tocarla. Puede ser una desgracia que los dioses Hermes Trismegisto o Hades, envían en venganza a las que fueron robadas en la guerra. Tal vez un mal contagioso o la enfermedad maldita. Cubre con mucho cuidado, casi sin rozarla, la pierna, con fría tela de lino mojada. Buscará alguna manera de bajar la temperatura. Evita que reviente, para que no se desparrame la secreción verdosa, como suele desprenderse de una lesión, tal cual está el tobillo de la enferma. Los dedos de Licaria se aferran a la tosca túnica que cubre el cuerpo de quien la protege. Murmura y bisbisea palabras incomprensibles. La lengua primitiva y lejana de su ciudad perdida es la que desahoga el terror a la muerte.
            La compañera sale presurosa a buscar ayuda. Las piedras de la calle que debe atravesar hasta llegar al caserón, donde habita su dueña, penetran con filoso calor las sandalias de fina suela de cuero y cáñamo. El sol cae plomizo sobre la piel oscura de la sierva. Impregnado de sudor, el cabello y la túnica se pegan al cuerpo. Se desplaza como se suele hacer a esa hora de medio día, entre la pobre sombra de las paredes en losas que amurallan la casa de los señores guerreros o comerciantes de Rodas.
Su figura juguetea como marioneta efímera entre la “stoa” que la conduce a su hogar. Debe solicitar auxilio a su señora para la desdichada Licaria.
            Llega al atrio. Luego de hacerse anunciar, se refresca en la copa junto a la cisterna pluvial. Ese enorme copón de piedra resiste el tórrido verano. El agua es fresca y limpia. Una pequeña esclava egipcia, busca en el interior al ama, quien se hace esperar. La fina mano, ornada de anillos de exquisita orfebrería, acomoda el cabello preciosamente trenzado, mientras se desplaza al propileo. Está disgustada por la interrupción. Queda unos segundos en silencio. Kalithea, la dueña, espera que la muchacha hable. La esclava no se atreve ni siquiera a elevar la vista. La pregunta surge de los cuidados labios de la dama. Antheia le ofrece una detallada descripción de lo que sucede.
            La importante griega, ha tenido un sueño esa noche. Palas Atenea en forma de ave gigante revoloteó sobre el tejado de la columnata, señalado alarmantes signos de enormes calamidades para la casona. Despertó conmovida y llorosa. La presencia de la esclava la sobrecoge y se torna más inquieta y alerta. ¿Cuál será esa catástrofe? Tal vez la peste o una nueva guerra. Ingresa a las habitaciones y regresa con unos “dragmas”, que pone en la mano temblorosa de Antheia. También trae hila de lino limpias y de algodón egipcio que compró en tiendas cerca del ágora. “Busca a Hipóstrato, él y Diocléous, tratarán de curar a esa mujer. Dile quién te envía”. Regresa al dormitorio, despidiendo a la muchacha. Comienza una súplica a los dioses protectores en el altar familiar.
            Antheia sale rápido por la angosta calzada ardiente. En el barrio oeste, bajo el templo de Atenea Kamira, sabe que encontrará al médico. Primero se detiene en el templo para hacer una rogativa a la “diosa Higeia y al dios Apolo”, dejando un “dragma”, en la seguridad de que ellos aceptarán la ofrenda. Despliega una rama de olivo junto a una pequeña imagen de la diosa Hestia que ennoblece un retablo en la calle por donde atraviesa y continúa el camino. Compra una talega de mirra para mantener el fuego sagrado. Lo entrega luego al pasar, a las celosas protectoras del templo de Atenea Kamira. Un extraño silencio acongoja el ánima. Los cuervos se han echado en los tejados abriendo las negras alas, que abrazan las tejuelas con el azabache brillante de sus plumas. Ensombrece la oscuridad el resplandor rojizo de la techumbre. Oprime esa inquietud siniestra que merodea Rodas. 
Electrizada en franco dolor la esclava suspira. Sólo se escucha, al pasar, el murmullo de las voces solemnes cantando loas a la venerada Hestia, en boca de las sacerdotisas.
Con celeridad, llega a Filouspapos, el barrio de los eruditos, y busca la casa de Diocléous, que yace en su “oikos” bajo la higuera refrescándose. En la puerta de madera, tallada con mano hábil, una intrincada serpiente que enrosca el bastón de Mercurio indica el sitio exacto. Es allí. Golpea y espera. Aparece una anciana ciega. Antheia, le explica qué la trae a molestar al galeno. La agobiada mujer queda aguardando a quienes ayudarán a Licaria. Hipóstrato y Diocléous deben prepararse. Salen ambos ancianos con un morral repleto de instrumentos y medicinas. Los sigue un puñado de esclavos capadocios. Ligeros e inteligentes, se adelantan con sahumerios y rezos a los dioses de la salud. La prisa domina al grupo. Antheia señala el camino. Son doce hombres. Ella, atrás, por ser mujer y esclava, los sigue sin levantar los ojos.
Al ingresar en el habitáculo, el hedor de la carne humana, pone a los expertos en guardia. Encienden numerosas lámparas. Los esclavos capadocios traen cubos de agua limpia. Un afilado estilete penetra la carne palpitante y fétida. Un grito desgarrador atraviesa el espacio. En una vasija de barro caen los humores infectos. Licaria pierde el conocimiento. El dolor, la fiebre y un deseo intenso de dejar la vida, la envuelven. Esclava por la fuerza, atropellada por soldados que, siendo niña, la arrebataron del cuerpo inerte de su madre. Sólo ansía volver en un viaje alado, el de la muerte, a su país natal. Ya no recuerda mucho de su tierra, ni tiene en la memoria el rostro de la madre. Ha huido de su mente por el sufrimiento el mundo íntimo de Licaria.  Está atravesando el delgado filo entre la vida y la no vida. Presiente la cercanía de la barca de Cancerbero. La ve. Delira.
Diocléous, raspa hasta el hueso la carne pútrida y arranca sin piedad trozos de piel y músculo. Los esclavos sacan, entre hilas y paños, los despojos. Los entierran en un profundo hoyo tras la casa. Agregan hierbas y sal marina. Adentro, agua, emplasto y el fermento líquido de las vides, hacen gemir a la enferma. Le dan a beber vino de “Phaistos”. Confunden con la bebida su conciencia y mengua el dolor.
Comienza a disiparse el mal olor y se desparrama el aroma del vino. Dionisos, el dios del delirio místico se encarna en el brebaje. Le dan a beber, más y más; y lo derraman en cada llaga. Además, queman bayas de plantas de adormidera en un brasero, que va envolviendo con humo denso el lugar. Adormece a Licaria y a los que se quedan en vigilia junto a ella. Sueña.
En un breve murmullo, escucha Hipóstrato a la joven mujer que llama su patria. “Alexandria, me gusta el mar por la mañana. Déjame regresar a ti, ciudad querida”.  Un remezón conmueve el piso. Comienza un ronronear de la tierra volcánica. El ruido y el movimiento turbulento sacuden todo. Terremoto y horror. Olas gigantes arrollan la isla de Rodas y las vecinas Creta, Epidauro y Delfos.
Licaria vuelve a Alexandria. Esa que está tan distante, tan lejos como la vida. Tan lejos como la libertad para la esclava.



VOCABULARIO
Stoa: fila de columnas dóricas con cámaras para tiendas y alojamiento en la parte trasera, que se alzaba sobre una cisterna con capacidad de 600 m3 de agua para abastecer a 400 familias en Rodas. Siglo VII a C.
Dragmas: moneda común usada en la antigua Grecia.
Oikos: en las casas de los “señores” el Oikos era la parte de huertas, cuidadas por esclavos, donde se criaba el pequeño rebaño familiar. Sólo lo tenían familias patricias. Siglos V, VI en adelante. De la palabra Oikos deviene la palabra economía.
Ágora: espacio o plaza donde se desarrollaba la vida pública, muy importante en Gracia antigua. Allí se creaba la Cultura y la Filosofía.
Higeia y Apolo, Atenea Kamira, Hestia, Dionisos, Cancerbero: Mitología Griega. Dioses que acompañaban a los hombres en su vida diaria.
Alexandria: Ciudad actual de Alejandría, norte de Egipto, sobre el Mediterráneo y en la desembocadura del Río Nilo. Famosa por su histórica biblioteca.
Phaitos: región fértil de Grecia, donde se cultivaba vid y se hacía vino.

UN HOMBRE QUIETO




Un hombre edifica dos sueños.
Crea un reloj y trabaja hasta la última hora sin pausa.
Sueña con el esplendor de las paredes sin rejas,
Con las montañas llenas de nieve,
Con una guitarra que vibre en serenata nocturna.
Cree encontrar la tierra preñada de vestigios minerales.
Espigas infinitas y parrales con uvas.
Corre por la vereda de la calle empedrada, llamando
Con voces milenarias a los ancestros.
Un hombre de ciudad que avizora el futuro.
Sobre los árboles están los ojos que observan su tarea.
Y de pronto la humedad levanta la ciudad.
La niebla envuelve al tímido buscador de tesoros.
Él, sigue caminando. Las piedras no lo hieren.
Las doce campanadas del torreón lo despiertan.
Amanece entre enormes murallas con barrotes.
Sobre las paredes se ven unos ojos que observan.
Un sollozo lastimero eleva su tristura dormida.








UN ALELUYA DE HOJARASCA DE OTOÑO


No es lo mismo el otoño en Mendoza...


UN ALELUYA DE HOJARASCA DE OTOÑO SE AVECINA
URDIEMBRE GIGANTE DE OROPELES DE BRONCE
QUE IMITAN UN CUADRO DE VAN GOGH, UN SUEÑO DE UNA TARDE
UN INVIERNO INICIAL CON VETAS DE JADE Y OBSIDIANA
UN ALELUYA CON INSOMNIO EN SÁBANAS DE ARENA
SAUCES CALIENTES ACARICIANDO LAS NUBES DE AMIANTO
ESTOPA DE AZUCAR IMPALPABLE CON MANOS DE HIELO DORADO
DEBAJO EL SOL PLATEADO CONSUMIENDO OTRA ESTRELLA
Y MI CAMPO ALFOMBRADO DE ASOMBRO ESPERA UN LIRIO BLANCO
OTRO ALELUYA DE CARMINES Y TACONES AFILADOS QUE HIEREN LAS PIEDRAS

UNA POESÍA MÁS


Y fue en la noche
que cayó una lágrima sedienta de simpleza
cuando un murmullo de acequia adormecía
el suelo y
la canción trataba de soltarse.
Nadie escuchó la caída desde el sueño.
¿Quién podía extrañar el beso de la luna?
Si en cada estribo de sus besos
queda una astilla que se arquea hacia lo
infinito del silencio.
Una lágrima
cayó sobre el corazón alterado de tristeza
y allí
creció con un dolor plateado
con pétalos de ámbar
fue
un dolor nuevo, noble, saturado
de perfume a violetas
cargado de prestigio
solidario con estrellas dormidas.
Un dolor
que se agitó sorprendido
con los sueños aciagos y
mañana
tal vez mañana, frutecerán las manos
dejará que crezca un mundo de arlequines
arropados saltarines de colores vistosos
carcajadas de niño, esperanza.
Ahora cierra la noche una guiñada fresca entre las nubes.
Ahí te escondes
con cada párpado cerrado de la luna.


viernes, 12 de abril de 2019

LA BIBLIOTECARIA




            Buscaba unas cartas que según el profesor Ostugni, eran de un amigo de Urquiza. No le quedaban anaqueles ni bibliotecas sin revisar. Si no terminaba la tesina, no le daban la licenciatura y hoy sin ese papel no sos nada. Nadie. Ser Licenciado es más importante que ser doctor.
            La profesora Paloma Bianco, le había desplegado un índice de libros donde podía encontrar material, pero los inútiles empleados que como buenos burócratas estaban a cargo de los libros, nunca encontraban nada. Y cada vez lo trataban peor.
            Le quedaba la biblioteca del Senado. Ahí, le dijeron que debía haber cartas de esa época. ¡Por suerte había una joven inteligente que lo atendió y lo ayudó! Buscó en la computadora y se subió por una escalera móvil que iba y venía de anaquel en anaquel con libros súper antiguos.
            Acá está dijo ella, el libro que busca está acá. Sacó con sus guantes de algodón blanco un ejemplar forrado en cuero negro con letras doradas. Lo bajó con cuidado y lo depositó sobre un atril de madera. ¡Perdón, pero sin guantes no! Sabe que evitamos la contaminación para que se puedan mantener en condiciones. Y así ella sacó de un cajón un para de guantes y comenzaron a analizar el índice. Era glorioso lo que había en ese tomo. Él, comenzó a copiar con su letra minúscula y no terminaba nunca. Ella nerviosa miraba el reloj. Se le hacía tarde para ir a la facultad.
            Tuvo que salir e irse a casa. A la mañana siguiente, regresó. ¡Sorpresa la hermosa joven no estaba y el tomo tampoco!
            Walter pidió el libro de quejas. El tipo lo miró con odio. Recibió el libro ajado y viejo, como un féretro lo tiró sobre el mostrador, dejando una estela de polvo en el aire tal que parecían copos de nieve color amarillo, ocre y marrón, que volaban libres por el recinto. El ruido de su queja atrajo a varios empleados que juraron que en la biblioteca del senado Nunca había habido una joven empleada como bibliotecaria.

FOTOS PARA EL RECUERDO Y LA INSPIRACIÓN

 EXPOSICIÓN DE AUTOS ANTIGUOS EN PANAMÁ, UN PAÍS QUE NOS ACOGIÓ CON MUCHO AMOR. ¡GRANDES POETAS Y ESCRITORES NOS ACOMPAÑARON!
 EN MARBELLA SENTADA A LA ORILLA DE LA PLAYA. UNA EXQUISITA MUESTRA DE SU ARTE PUESTO HASTA EN LAS BANCAS EN LA ORILLA DEL MAR.
DISFRUTANDO DE UN DESFILE DE BAILARINAS Y PERSONAJE MITOLÓGICOS DE BOLIVIA, EL COLOR Y LA ALGARABÍA , LA TRADICIÓN Y EL AMOR A LOS ANCESTROS.

UNA POESÍA


LA PINTURA ES POESÍA MUDA; LA POESÍA PINTURA CIEGA: LEONARDO DA VINCI

Los trigales perfilan la curva del silencio.
Holgazanean las espigas solariegas en calma.
Buscan las aves el horizonte de las almas añil,
revierten la soledad del camino al cielo plata.
Vertiginosas las vocingleras cataratas cantan,
van valle abajo en su perfecto viaje en busca del oropel
que maltrata las piedras sobre el suelo fértil,
a los arroyuelos que pintan las aguas mansas.
Los sauces se contornean coqueteando ensueños
atrapando el arrebol de la ribera inquieta, en brava caída,
en perfecta sorpresa de melancolía blanca.
Nace en el horizonte un carmín de sueño solar,
un tamiz de osadía perdido en la montaña. Nieva.
El corazón palpita en verdes y celosos naranjas
del pinar yacente en la balaustrada umbrosa,
moviendo el mundo con ritmo de hojarasca sutil,
con ritmo de amapolas que mecen mariposas de oro,
con ritmo desmesurado de panderos viejos, ruidosos.
Un colibrí amenaza llevarse cada flor en el pico,
robar la dulzura de la miel del panal oculto,
buscando en las ramas del rosal y peonías rojas.
Y el trigal sigue inquieto meneando su belleza dorada
coqueteando con las cigarras y tumultuosas langostas.
A lo lejos nace la poesía con pinceles de crines.
Cabalgan los alazanes con probidad de duendes,
Traen entre sus lomos la magia de violines.
Traen al poeta ebrio de amor y gozo.
Traen joyas preciosas.
Traen palabras que brillan con los trigales.