viernes, 22 de marzo de 2024

LA GULA Y LA AVARICIA

 

 

            -Pare Tito voy a vomitar-, me dijo el doctor, mientras atravesábamos la avenida y yo lo miré sorprendido. -¡Mire que hemos visto juntos cosas terribles en estos dos años!- Pero me pidió que me detuviera y paré. Soy el chofer de la ambulancia desde hace cinco años y hemos sido compañeros todo el tiempo de su guardia y perfeccionamiento.

            Luego fuimos juntos a tomar un café en un boliche del barrio y se tomó un whisky. Tenía una cara de terror o asco que me dejó lelo. Esa tarde, recuerdo, fue variada hasta que llegó un pedido de una zona “bacana”.

             Llamaban de un edificio en Belgrano R y cuando llegamos el portero nos hizo entrar sin pedir ni siquiera una credencial.  ¡Después se quejan que hay robos! El ascensor  nos depositó en un palier de lujo en un treceavo piso. Allí parada en la puerta como ave de rapiña estaba una mujer flaca y con cara de salir de una película de terror. Apenas habló mientras nos acompañaba por un pasillo que desembocaba en una habitación iluminada.

            Fue un impacto terrible ver esa figura: las paredes de un rosa brillante, rotas en zonas donde la humedad había hecho estragos, a la izquierda una ventana se abría con su vidrio sucio a un balcón-jardín reseco y abandonado. Allí en el medio sobre una pila de colchones, un enorme cuerpo deforme por la obesidad, inmensa bola de piel que se desplazaba como una oruga casi gigante. Bucles dorados y ojillos aviesos que se escondían tras unos párpados hinchados. Los labios finos se movían rítmicamente en su mandíbula que tenía un perpetuo ajuste a la ingesta de: bombones, masas dulces, caramelos, flanes, tortas, emparedados, ravioles, ñoquis, tallarines y todo, todo lo que se podía engullir en diez o doce horas de vigilia. No caminaba. Hacía casi dos años, que no lo hacía, y la cama que fuera de bronce estaba quebrada.

            Permanecía en medio de almohadones de fino lino rosa pálido orlados de puntillas y cintas, encajes y sábanas de linón bordadas por manos amorosas en bellos racimos de violetas y rositas se desplazaban sobre la gelatinosa barriga de ese ser, mientras las piernas paquidérmicas, apenas móviles, agitaban suavemente un aire enrarecido y hediondo a grasa. Por suerte la cubría un hermosa camisa de satén y encaje cuyo canesú flotaba entre una miríada de manchas de salsas y huevo, tomate y chocolate dibujando un trabajo surrealista que se movía acorde al despilfarro de grasa.

            Alhajas de oro y esmeralda se perdían en las hendiduras de los brazos. Anillos de rubíes y brillantes, dirimían sus reflejos en la inmensa cama. ¿Cómo había llegado a ser así...? ¿Cuántos años tiene? ¡Veintitrés! ¿Y cuánto pesa? ¿Doscientos pesaba la última vez que la pudieron poner en una balanza? El doctorcito, joven y sano, se revuelve en su delantal blanco, no entiende. El departamento es nuevo, es de muy alto nivel, hermoso se podría decirse.

                        De repente ingresa en el espacio el Dr. Porfirio Andrade, el decano de la facultad y Tito, unos pasos atrás, petrificado, le toca el hombro al médico que asiste a esa enferma. No pueden comprender qué ha sucedido. El padre desesperado suplica ayuda. Su hija se muere, el corazón colapsa y nadie quiere ayudarlo. La mujer sonríe distraída. Es la madrastra. Callada se recuesta en el rellano de la puerta para mirarlos. Ella no hizo nada, claro, era la enfermera del decano, cuando la joven esposa y madre de Rebeca, se electrocutó con la plancha, hace trece años. La niña la estaba mirando y quedó allí junto a la madre con sus contorciones y su visión perturbadora. Nunca olvidó el olor a quemado que desprendía el amado cuerpo.

             El joven galeno, aconsejó sacarla de allí para lo cual había que romper las puertas, bajarla por una ventana interior y luego llevarla a una clínica muy conocida.

                        Un ruido sofocado y un paro cardíaco, le impidió toda maniobra. Habían llegado demasiado tarde. La otra mujer la miró sonriendo y sólo atinó a sacarle las alhajas.

                        Después de vomitar Federico le pidió a Tito que lo llevara a tomar un wyski y se fueron a ver “Matrix” a un cine de barrio.

 

                                  

           

 

RÍO BERMELLÓN

 

                                   “Una vez que la esperanza entra en tu sangre, nunca la abandona.”Autor desconocido.

 

 

            El despertar de la selva es una fiesta de rumores y colores de arco iris. Los árboles se estremecen con la algarabía de insectos y pájaros. Pechitos colorados, blancos y naranja, revolotean en el remanso de la aguas del arroyo La Tuca.

            Una vez o dos al año, cuando comienza el invierno se despojan las plantas de alas y parloteo de cotorras parlanchinas. Cuando vienen las lluvias y crece el río se lleva los nidos de los ánades y patos silvestres. Es el tiempo en que los hombres juntan las cachas y huyen hasta el terraplén de la ruta.

            Se ven las lanchas de prefectura buscando algún rezagado o una anciana que no puede andar por los arrebatos del agua que trae todo tipo de arrastre: árboles, animales, trozos de ranchos… hasta se ha visto chapas del algún galpón derribado en su furia.

            En tiempo de bonanza, es una gloria. El pasto alto atrae al bichaje que engorda para la seca. El maíz, el arroz, la soja y el girasol, crece con la libertad de la abundancia.

            A veces en el camalotal, baja una yarará o una coral. Por eso hay trampas para no despistarse. Allá en medio de la tierra se eleva un rancho.

            Parece un tacurú en medio de la tierra apelmazada, del erial que rodea las paredes de caña y barro. Un ombú le da sombra como al descuido y levanta esa sombra que tanto anhela la calurosa faena de todos los días.

            Al amanecer un gallo se despierta y con el rocío se eleva una niebla dulce que moja despacito la piel de las vacas y ovejas. Con ellos se despiertan Simón y la Petrona. Los chicos aun duermen hasta que el sol calienta a un poco la mañana.

            Viene el tiempo de ubres y espumosa leche tibia. De agua en el tizne de una sufrida pava renegrida. Los niños se despiertan y la cháchara inocente envuelve la tabla de la mesa. El Simón de trote al cuartel del sur y la Petrona a la prisa. Ya viene el carretón para llevarlos al pueblo. La maestra espera y no hay que desperdiciar sus palabras y cuentos. A lo lejos, se escucha el griterío, vienen en remolino de distintos tamaños y voces a destajo. Van a la escuela.

            Más tarde recoge los huevos de los nidos, hay conejitos nuevos y una cabra ha parido. Limpia la tierra con la escoba húmeda y los pisos se quejan. Lava la ropa en el arroyo y son alas de palomas colgadas en los hilos. Es la vida de nuestros campesinos en la inmensa tierra que Dios nos ha dado. Son la esperanza de una vida mejor en nuestra patria. Son una alegría para el futuro.

            Cuando llega la noche y se enciende el cielo de un color violeta, una lámpara deja una luz diseminar paz y memoria para el descanso.

            Si el cielo en cierne descontrola esa serenidad… y desgarra en rayos y truenos su orden milenario, viene la ira y el Río Bermellón rompe el pacto de amor con sus hijos, mañana se iniciará una embestida bestial rompiendo todo.

            Simón y la Patrona, sacan la pala grande, hacen con las cenizas la Cruz Bendita y ahuyentan la tormenta como le enseñó el abuelo. Echan sal al aire y hojas de laurel. Se arrodillan y rezan como niños pequeños, oraciones antiguas de sus ancestros.

            La esperanza los guía. Los guía un sueño.

lunes, 18 de marzo de 2024

EL REMATE


La cosecha es magra. Primero la helada y luego tormentas que impiden la maduración y el grado alcohólico del grano, todo se conjura. La esperanza madura igual en los contratistas que cuidan lo que resta.

El patrón sólo protesta y pide préstamos al banco. “Malo, Ramona, otro préstamo pidió el patrón para fumigar la viña. Los bancos son ladrones de plata y dignidad. En cualquier momento nos echan a la calle. Al patrón le van a terminar rematando todo… y nosotros a la calle”.

Por marzo, pocos camiones se llenan y la calidad de la uva es mala. El precio es bajo. No tiene buen alcohol y azúcares el grano. Las bodegas saben que va a ser difícil conseguir caldos buenos. Un año que tendrán que agregar mostos de otras cosechas.

 En el juzgado, hierve el olor de angustia y desánimo en un puñado de pequeños viñateros y abogados. Los que se ven atrapados por los bancos, corren por pasillos repletos de tinterillos y busca pleitos. No hay tiempo. Papeles firmados con sangre y vino. Pagarés traicioneros que desbordan de sudor, tiempo y polvo de los callejones que separan los viñedos.

—Señor juez. Señora secretaria. Hoy se remata la historia de mi vida. De toda mi familia. Me quedo igual que un desheredado. Prefiero la muerte a la vergüenza de perder lo que mis abuelos construyeron y mis padres cuidaron para mi y mis hijos. ¿Y qué harán Justino y la Ramona con sus siete hijos? ¿Adónde irán, si esa es su casa desde siempre?

Eso esconde la frente húmeda y los ojos fríos del hombre que se enfrenta a los juristas que observan impávidos los expedientes. Hablan en voz baja. Los pequeños viñateros son condenados al despojo.

Un grito despierta la somnolencia insensible de la gente. ¡Un médico! ¿No hay un médico que ayude a este hombre que ha caído? Parece infartado, sobre las baldosas gastadas del pasillo. Corren.

Sofocados los mirones se apretujan junto a un cuerpo exánime que nadie quiere abandonar. Un hombre bajito se arrodilla, lo ausculta y comienza a hacer movimientos de resucitación. Llega una ambulancia y se llevan al chacarero. Siguen los gritos y discusiones de los dueños de pequeñas parcelas que arrojan los pagarés por el aire. Vuelan con sus alas de papel al ritmo vertiginoso de la ruina.

“Vayan, vayan a la Fiesta de la Vendimia. ¡Viva Mendoza y su Vendimia!”, gritan desesperados los chacareros y viñateros.

El silencio se hace eco en el recinto. Sale un juez y, tratando de tranquilizar a la gente, pronuncia las palabras que todos esperan: “Vamos a aguardar, por ahora no “innovaremos”. Pondré una medida cautelar”. Se miran y saben que no innovar es un tiempo para poder rescatar sus tierras. Sus manos ásperas acarician los pagarés que reparte el secretario.

Volverán a la finca, a trabajar como todos los días del año, como un día cualquiera, como siempre.


VARIAS HISTORIAS EXTREMAS

 

            Cuando Fernández se presentó, se hizo silencio. El silencio no era lo que dominaba el lugar. Haryhé Sayshe había llegado sin previo aviso. Era un joven extraño. Callado. Frío y poco expresivo. Moreno, barbudo y vestido con ropa muy rústica, había logrado una beca en nuestra facultad, por intermedio de una organización de antropología y protección del medio ambiente en la investigación de ruinas.

Sus profesores eran eruditos en Arqueología. El hallazgo de piezas antiguas que pudieran demostrar algunas ideas sobre el pasado lejano lo transformaban en humano. Teorías tan remotas que nadie tendría la posibilidad de tener una postura a favor, o en contra.

 Fernández lo presentó sin muchas vueltas. Era como mostrar un objeto prehistórico, un raro objeto de observación. Fernández, tartamudeando, habló sobre la habilidad de Haryhé Sayshe que había conquistado cada pequeño espacio de las excavaciones. La mina donde trabajaba en la vieja región del valle de un río seco en las afueras del Kapadocia. Lugar sagrado de la antigüedad. Husmeando en las dendritas entre escombros y materias multiformes y de biología dudosa, había elevado a sus maestros ciertas hipótesis dignas de develar.

            Su pasión nació en la adolescencia, jugando en un descampado encontró un yacimiento del siglo IV AC con un sinfín de objetos de cerámica, monedas y algunas armas herrumbradas por el orín de los años. Eso lo hizo descubrir un mundo increíble. El pasado. Su magia. La belleza del ayer.

Haryhé Sayshe, un hurgador a partir de cualquier sitio donde se pudiera hallar algo con historia propia. Especial. Arqueólogo cuyo mundo cambió en un instante.

Cuando llegó a la facultad, los compañeros lo miraron con curiosidad. En la televisión mostraban a hombres como él, que participaban de atentados terroristas.

Algunas alumnas, lo miraron con temor. Otras lo imaginaron  desnudo en su lecho. Así son las muchachas ahora, dijo un compañero con desparpajo, siempre piensan en abordar a los machos, porque este tiene toda la pinta del macho. ¡Si las conozco yo! ¡Tiene pinta de malo! Nadie se distraiga de lo importante, él, viene a hablar de su descubrimiento, expresó otra.

El arqueólogo se ubicó entre la inquietante algarabía de estudiantes. Miraba asombrado como se trataban varones y mujeres, ya que en su tierra eso es tabú. No podía comprender las chanzas y picardías que se hacían. Apostó a los hombres, pero notó con sorpresa el desdén a la investigación de campo, Cosa diferente eran las mujeres que dedicaban tiempo y estudio a cada materia.

Comenzó a desmenuzar el tema de cómo descubrió el lugar en su caminar por las ruinas de la ciudad del siglo III AC. El despejar con dificultad de entre los metros y metros de escombros y tierra, una casa de varias habitaciones de rocas, apiladas solidamente en forma redonda construyendo una especie de laberinto con pasadizos y aberturas para el ingreso de aire y luz.

Empezó a hablar y notó que dos alumnas estaban seriamente interesadas. Anotaban minuciosamente sus palabras, que afloraban con dificultad idiomática. A veces, le ayudaban con un término o agregaban ideas para complementar su tarea. Le gustó. Había despertado atracción sobre su estudio.

 Allí creía que había vivido el rey Lintorio de Sidón. La alfarería de las capas superiores databa de tres siglos posteriores. Pero, había encontrado artefactos y armas arcaicas, en la que el Carbono 14 indicaba rastros de épocas más remotas. El tiempo había pasado en el claustro y ya se debían retirar. El grupo comenzó a inquietarse y fue un alumno el que recordó al expositor la hora y el fin de la jornada. Salieron como siempre con bullicio y alegría.

Haryhé Sayshe, se despidió y agradeció a cada uno dándole la mano, menos a las jóvenes que no comprendían esa actitud del profesor. La charla de las mujeres se prolongó en la cafetería.

En el buffet bebían cerveza y Fernet con Cola, sin miramiento alguno. Brindaban varones y mujeres sin descaro. Cuando las muchachas vieron al estudioso, parado en la calle sin saber qué hacer, detuvieron el auto y lo invitaron a subir. Desconcertado, les agradeció pero no aceptó. Comenzó a caminar, hasta que un alumno del curso superior se detuvo y lo llevó hasta el hotel.

Pasado el período semestral, ya sabían tanto de ese yacimiento que parecían expertos. Haryhé estaba feliz. Su tesis sería presentada como un trabajo de equipo en USA, en Princeton y su popularidad entre los estudiantes había llenado todas las expectativas de la facultad. Pero algo salió mal.

A las cinco de la mañana del trece de abril desde las radios y televisión, anunciaban un atentado terrorista en las cercanías de Princeton. Haryhé Sayshe no podía ingresar en USA, su condición de musulmán devoto se lo impedía. Le habían quitado la visa y lo deportaban a su país. ¡Podía ser un terrorista camuflado!

Indignados, los estudiantes presentaron una carta documento en la embajada, juntaron firmas e iniciaron una huelga de hambre. Sólo las chicas lograron pasar nueve días en ayuno por la protesta, los varones apenas cinco. Nada se logró.

El arqueólogo regresó a su país, dejando expresa promesa de volver.  Una verdadera utopía.

Fue grande la sorpresa de los estudiantes al ver a su querido profesor en las pantallas de TV hablando mal de su estadía en esa facultad. No comprendían nada.

Los e-mails, que enviaban desde su país contradecían las expresiones publicadas. Una foto que apareció en el diario “Hemisferio Sur” mostraba a un Heryhé Sayshe barbudo por demás, con ojos hinchados y golpeado, con otro nombre. Era un terrorista confeso.

Pasó un semestre. Nadie hablaba del arqueólogo.

El asombro fue mayúsculo cuando apareció afeitado, sonriente y feliz en la facultad.

—¡Ah, el de la foto es mi hermano mellizo! Está por cumplirse con la pena de muerte dentro de unos días. ¿Saben, encontré entre las ruinas, una joya de valor incalculable? Una daga de cobre de por lo menos el siglo II AC —y continuó hablando de sus hallazgos. Inmutable, siguió con su tarea. Parecía no tener sentimientos.

Todos vieron por CNN el ahorcamiento del mellizo de su profesor. Nadie se atrevió a decir una sola palabra al respecto.

            ¿Todos los científicos serán iguales?, se preguntan en los corredores de la universidad.


AZULES MIS MANOS

 


 

Azules.

Azules mis manos

Un camino azul sobre mi lecho.

Nostalgias y sueños.

Mi alma se pierde en un azul de incienso

Mi amor, que perdido, busca el reencuentro.

Mi memoria encuentra mil azules

Sueños y esperanzas

Añiles y dulces.

Dudas y distancia

Aguarda la esperanza que tiñe de rojo

Sin ver lo que toca.

Inquieta la tregua que me deja sola,

En el umbral de los recuerdos

Quedará enredado el añil sufrido,

El color perdido

La fiesta postergada por ausencias

De los que amasamos el pan de la alegría

O acaso olvidamos

Pisar las uvas del buen vino.

El azul envuelve los manteles

Que llenan las mesas de los que marcharon

Buscando un camino lejos de la patria.

Azules infinitos

Azules al viento

Azul de esperanza

Por los que han vuelto.

 

VIEJO SEVERINO, CAPADOR

 

            El mister es alto, rubicundo, bebedor de whisky y viajero constante. Cuando recaló en Rodeo de los Alerces, se enamoró del lugar. La tierra fértil, los árboles coposos y el rumor de ramaje y hojas, transformaron su naturaleza tranquila y flemática. Se enardeció la sangre antigua de celtas e ingleses.

Los hielos eternos descendiendo con fuerza en el verano, creando un paraíso deseable para quien dejó una isla tan gélida y nubosa. Los ojos agua de cielo, calcados de las nubes, se enrojecen mirando la cordillera. No desea olvidarse del espumoso río blanco que descarga burbujas en los sedientos terrenos donde pastorean los animales lanudos y berreantes. Los viejos ovejeros, pastores natos, arreando los vientres de cabras y ovejas cargadas de futuro ganado, ladrando con su rito de cuidadores cánidos.

            Mister Brian Foster, volcó su haber en comprar el rincón edénico. Pero no podía hacer solo lo que nunca hizo. Allá, cerca de Londres, era un oficinista que conocía de seguros y de valores. Corría con su equipo de PC de oficina en oficina. A los bancos y las cámaras de negocios.

Ya no disfrutaba de un paseo por Piccadilly o por la zona de Chelsea; de Oxford Street o Kensington. Sólo trabajar y subir a los ferrocarriles para regresar a su departamento de soltero en West End. ¡No era vida esa! No podía sentarse en un pub a beber un Ale hasta que sonara la campana.

Menos aún, con sus cuarenta y tres años de vida recorridos en escuelas académicas y el privilegio de asistir a la universidad más exigente de Inglaterra. Últimamente, le preocupaba el crecimiento de la inmigración oriental musulmana y africana, que había transformado el rostro de las calles tranquilas en verdaderos aglomerados de gente extraña y desconfiable.

Londres ya no era el de su juventud, por eso, cuando conoció esa maravilla, dejó un fax en su oficina pidiendo un año de jubileo, que arrendaran su departamento, usaran su cartera de clientes. Él intentaría vivir una aventura sin igual en un lugar perdido entre ríos y montañas en el sur del Sur.

Foster tenía aversión por la idea de los atentados, ya fueran de los Separatistas Irlandeses, el IRA. o por los seguidores de Bin Laden. Si existía un vergel de paz en la tierra, él estaría allí al llegar el fin del mundo. Había leído en la revista del avión que lo trajo a este lejano lugar que un gurú hindú declaraba seriamente el fin de la era de Piscis y el ingreso en la era de Aries y eso significaba cambios mortales para el planeta.

 Además, solía soñar con los viejos relatos de su madre sobre los bombardeos de la Segunda Guerra y quería estar bien lejos de  ese horror.

            El terreno que adquirió estaba cerca de un glaciar cuyo color cambiaba según el arco iris. Horas sentado bajo un sauce o un pinar, mirando el cielo. Comenzó a conocer cada estrella de las constelaciones de la Vía Láctea. Tanto había leído esa leyenda griega de la leche materna de la diosa que formara la Vía Láctea y ahora la tenía allí. Casi la podía tocar con las puntas de los dedos.

 Disfrutando ese fantástico cielo conoció a Severino. Hombre parco de tez morena, achinado con crines negras e hirsutas. El conocedor del campo, de animales y naturaleza. Era perfecto para ser su ayudante. Lo contrató de inmediato. Cada uno en un idioma de silencio se comunicó con el otro a su manera. Se fue creando una dependencia que haría historia en la región.

            Severino no tenía edad. Ni viejo ni joven, con experiencia de capar y esquilar. Curaba bicheras y quebraduras de los animales heridos. Cazador sagaz, sabía cuándo salir a buscar un animal para comer, sin molestar a la diosa tierra. Odiaba las trampas. Decía que un buen cazador tenía que mirar de frente su presa para que le perdonara la desgracia mortal de la cacería. Pero creía que había un espacio en el más allá donde habitarían aquéllas que mantenían vivo al hombre.

            El trabajador es magro, robusto, con rostro adusto, pero fiel y seguro de conocer el manejo del campo con verdaderos corrales con majadas de ovejas y cabras. Los brazos fuertes, robustos los músculos y huesos concretos. La mirada penetrante atraviesa la espesura con insistencia para atrapar objetos en el aire, captar en el olor del viento la presencia de algún depredador de las manadas.

Vestido con un verdadero chiripá y poncho, usa polainas para evitar la mordedura de reptiles venenosos, espinas gruesas o piedras afiladas, que se desprenden como pedernales de la ladera arisca de la sierra.

Un güincha pampa sostiene el sombrero aludo con barbijo de cordón, para que el permanente viento no le robe su cobertura contra el sol o la lluvia, que suele azotar la zona. Vive junto al canal que brota en la naciente, manantial de agua dulce como la miel de avispa silvestre.

Su rancho, de adobe pisoteado con junco y totora, con paja brava y barro, contiene una breve historia de silencio. Su vida de hijo de nadie lo atraviesa. El techo rústico y primitivo como Severino, protege las noches arrachadas de nieve o sol. Allí en su soledad de macho, suele en ciertos días del año, prenderse a la caña o al vino tinto con sedimentos de tinajas caseras. Una buena borrachera que anestesia el dolor de ausencias innombradas.

Tizne y carbón hecho con los semilleros de pinos y ramas de árboles caídos, cuyos troncos podridos por el tiempo sostienen su follaje ácido que cae en lluvia perezosa para acolchar la tierra sin hierba.

Severino se crispa cuando alguien llega y alude a su condición de hombre solo. El Gringo, como le dicen al mister, comiendo a veces un asado de capón cuchillo en mano, lo acompaña sin palabras. Juntos, ensimismados, miran correr las nubes y la vida con sus pájaros sedientos de espacio y libertad.

No queda un solo animal sin esquilar o capar, para que la carne sea más suave, y su sabor prepotente de bicho salvaje, se inmiscuya en los hoteles de lujo, de la mano de un chef, maridado con un vino fuerte, un Borgoña o un Malbec.

            La lana de los corriedale, todos los días, viaja en carromatos hasta el puerto de Chile. La llevan a las hilanderías más cotizadas de Europa. Y el mister con Severino sigue la huella desconocida del futuro, esperando el fin del mundo en el Fin del Mundo. Al sur del sur, en esta lejana tierra que fuera hábitat de la gente nativa hoy llamada “mapuche” y que recobra su lugar en el concierto de países del planeta llamado Tierra.


AYER

 


Agito el pañuelo haciendo señas. Nadie, aparentemente, me ve. Los enormes abedules cubren con las hojas la visión de la casa. O bien, la indiferencia y el temor, impiden acercarse a los misericordiosos.

Comenzó el fuego hace veinte minutos. Una densa humareda se eleva entre el follaje. Pero ni el griterío de los loros y graznidos de los cuervos, atraen a nadie. El camino tiene una curva allí y quienes transitan no pueden dejar de aminorar la velocidad. Saben que seguro se estrellarán contra una pared de piedra. A pesar de eso, me parece que pasan acelerando.

Miss Leyla Doguerty yace laxa en su silla de ruedas. Junto al pilar pétreo donde dejan la escasísima correspondencia. Alguna vez, el buen Johan la acerca hasta la misma casa, y de paso, toma un balón de oscuro ale, que preparamos. Pero, hoy nadie se detiene. Nadie.

Hace tiempo que se retiró y no actúa. Su huída al campo reafirma la idea de la densa personalidad de la mujer.

Ha sido un año fatal. Malas lluvias. Mala cosecha. No consigo gente para trabajar el valle. Todos han viajado a la gran ciudad, en busca de libras fáciles. Incluso, miss Georgina Hustlei, nuestra enfermera, siempre empeñada en hablar de manera maligna contra la capital, partió ayer al amanecer.

Nosotras imposible. Miss Leyla, no tiene salud en la campiña. Creo que menos aún la tendría trasponiendo el límite de tierra laboreada hacia Londres. Envolverse en la vorágine del tránsito. Hemos quedado solas, los vehículos atraviesan el pueblo por la carretera rumbo a los condados vecinos. Nadie se detiene.

Ayer, el prefecto me comunicó que las tuberías se saturarían por la falta de consumidores. Abrí los grifos desparramando el agua por el terreno, incluso, al poco ganado que nos queda, lo dejé vagando por los campos en medio del lodazal.

 Observo a mi señora y la veo desorbitada. El pánico marca su rostro. Jamás deja de mirar el fuego que lo consume todo. Estamos solas.

Se ha enrarecido el aire. Un rumor de cristales rotos se congrega cerca de la enorme casa. Siento el gemido insidioso de los galgos. Tironean la escasa tela de las polleras de mi ama, que en llamas, se dispone a abrasarse. Sigo haciendo señas y me voy disgregando en cenizas que vuelan junto a los pajonales levemente inmóviles. He traspasado el tiempo. Alguien viene. Se detiene un automóvil. El conductor. con esfuerzo, trata de alejar el fuego. Ya se consumen el joven y su hermoso auto.

Hemos entrado en una enorme zona de penumbra. Pero de entre los escasos residuos, emerge una Miss Leyla Dogherty, juvenil y robusta. Camina contra el aire desentonando con la furia del fuego, que se va desvaneciendo en el poniente.