INVIERNO... LA NIEVE CUBRE TODO. -10 GRADOS.
ENERO EN LA CABAÑA, LOS ROSALES A MIL.
UNA VISTA DE LA CABAÑA EN PRIMAVERA.
viernes, 26 de enero de 2018
POESÍA DE "TIEMPO DE LIBERTAD"
Una gota de lluvia sobre una hoja de álamo me
asombra.
Joaquín
Yanuzzi.
A LA VIEJA CASA DE MI
INFANCIA.
La casa está dormida
en mi recuerdo, en el rincón donde habita mi
aleteo de libélulas azules,
mis jazmines
perfumados y el ópalo invertido de mi lecho.
La calle rodeada de
moreras, sin el fresco aliento en la tormenta
cuando precipita la
lluvia ruidosa y maltratada sobre la arena de mi puerta.
El techo azul y una
pared blanca donde reflejo la mañana,
Y aquel lodo verde que humedecía mi piel y mi cristales.
Cae una gota asombrada
en la última hoja de mi emparrado cargado de...
uva
moscatel rosado. Ruborosas de
amor por su vendimia ausente
del parral terracero que plantara
mi padre.
La casa se desploma como gota de
lluvia.
Ya no queda nada de la
alcoba donde durmió su último sueño nuestro padre.
Todo es escombros y
maleza. El grifo roto canta una lágrima asustada.
Mi casa ya no existe.
Mi infancia ha tomado el camino al horizonte.
Ya no estoy sola, es
cierto...pero estoy un poco triste.
ANUNCIO DE BODA
Me duelen las manos. También la espalda. Hace una larga
semana que trabajo sin descanso para cumplirle. Quiero pero no puedo. Sí,
quiero completar todo el pedido que recibió Joaquín de esa gente. Es una nueva
casa de comida, hotel, casino y albergue. Es nueva y única. La construyeron en
la ladera Este. Es muy linda. Está construida en una zona hermosa de la región.
La más bella. Tiene un sabor salvaje. Esa tierra húmeda, la fina llovizna de
unas nubes que como velo de novia se deposita o se apoya en las largas columnas
de pinos, arrayanes y piceas. Es un regalo fortuito que regala el amanecer de
los días de otoño. El sol está cansado de moverse por el bosque como novio
enamorado de los duendes del pinar. ¡El olor a resina y polen! Las cabañas son
hermosas, las comenzaron a construir en primavera, el mismo día de nuestro
encuentro. Yo iba con mi bicicleta por el sendero buscando setas frescas. ¡Nos
encantan “revueltas con cebolla finamente picada en juliana, huevos y queso
parmesano, con una pizca de sal y pimienta, una cucharada de salsa inglesa y
vino jerez”! Bien, como decía, me movía por esos rincones que conozco desde
pequeña, esos que recorría con el abuelo Marco, y él, me iba regalando cuentos,
recetas y recuerdos. Bueno, iba por allí y nos encontramos. Parecía un
astronauta recién aterrizado de un planeta lejano. Era como de otra galaxia.
Fresco, alegre y vivo. Sí, como mi bosque de cuento. Me gustó, así rápidamente,
con su sencilla forma de pedirme la receta de los hongos. Aparte, desconfiado,
creyó que eran venenosos. Yo le gusté, seguro, porque me comenzó a contar su
vida. Parecía como si me conociera de
toda la vida. Me senté en un tronco caído, junto a un árbol lleno de pájaros.
La madera podrida en parte, albergaba un sin fin de pequeños seres vivos como
su vital risa contagiosa. Su mirada clara se movía, deslizándose por mi rostro,
que sudoroso y sucio, aparentaba no haberlo lavado en meses. Los pinos, piceas,
abetos y abedules, eran el marco perfecto a ese encuentro informal y romántico.
Casi
me olvidé para qué había venido al bosque. Si él, no mira el reloj y da un
salto, seguimos hablando en el crepúsculo que le había puesto una mortaja
violeta a los rayos rojizos del sol. Joaquín se despidió, me ayudó a trepar a mi
bicicleta y partí. Cuando llegué a casa me encontré en la penumbra más cerrada,
corrí con la mitad de hongos acostumbrado. Llegué a la cabaña y caí sólida en
el banco rústico de mi pequeña cocina. Pensé cómo haría una cena sin la
cantidad de setas frecuentes y decidí hacerlas en la receta del abuelo:”con
miga de pan mojada en leche, salsa blanca o bechamel, perejil y ajíes rojos y
verdes. Así armé un budín que mezclado con dos huevos y nuez moscada”, alcanzó
para los cuatro. Papá quedó feliz, cuando le conté que había conocido a
Joaquín, el muchacho del bosque, pues lo trató en el pueblo y conversó mucho.
Le pareció muy simpático y además era alfarero. Papá dice siempre que hay
oficios santos: carpintero, alfarero, boticario y labrador. No quiere a los carteros,
tal vez porque un cartero siempre le trajo las noticias tristes. Mamá en cambio
es más desconfiada. Casi no habló. Mi casa es la típica casa de campo con olor
a fogón caliente, levadura, ajo y vino. El abuelo nos enseñó a hacer el pan. Él
guardaba un trocito de masa para levar y se levantaba a la madrugada para
hornear. Cuando estaba todo listo se acostaba y al comenzar el día con un
enorme tazón de leche tibia recién ordeñada de Chichí, la vaca, comíamos una
rebanada de pan caliente con manteca que mamá batía a mano en un bol y dulce de
grosellas que hago todos los años. ¡Qué rico era desayunar así, con el amor del
abuelo! Hoy lo recuerdo y se me hace un nudo acá, justo aquí en la garganta.
Bien sucedió que a los dos días sentí el ruido de un motor por el camino de
casa. Era Joaquín que me invitaba a trabajar con él. La camioneta destartalada
y muy ruidosa se escuchaba de lejos. Atrás traía un horno para cocer cerámica y
un sin fin de moldes de yeso y herramientas. Me entusiasmó su seguridad. Sus
ganas. El dueño del complejo hotelero le había encargado toda la vajilla
especial con sabor, color y forma de nuestro rincón lejano. Me intrigó su
exaltación y sus sueños. Era muy creativo. El perfume ácido de la arcilla me
entraba a los pulmones como una saeta inesperada. Acepté. Yo nunca había hecho
alfarería. Pero como amo cocinar imaginé que era como hacer un pastel de
berenjenas. Ese que me enseñó el abuelo. “Se pelan cinco berenjenas medianas y
se hierven con sal. En una sartén se re fritan en aceite de oliva con dos
dientes de ajo; los dos tomates picados en daditos, dos cebollas en juliana,
dos pimientos y un puñado de hongos recién cosechados que se filetean. Se pisan
con un tenedor las berenjenas ya blandas y se agrega el menjunje, con pan rallado, una tasa de queso
rayado, dos huevos y mucho perejil. Se hornea veinte minutos y ¡paf!: un pastel
para re-chuparse los dedos. Si las berenjenas son algo amargas se le agrega a
la pasta una cucharadita de azúcar”. Así era hacer todos esos recipientes de
arcilla. Con un gran amor y buen gusto. Yo le agrego además los gnomos del
bosque pintados y hasta los muérdagos y ardillas. Cada pequeño plato,
escudilla, taza, fuente, tiene un pedacito de mi bosque. Es su espíritu ingenuo
y personal, el que creó la chispa de este mundo mágico que hemos hecho juntos.
Creo que me he enamorado de Joaquín y él de mí. Estoy cansada pero tengo que
hornear todas las piezas en bizcocho de arcilla. Las pintaremos juntos y cuando
amanezca y cuando inauguren la casa de la colina, cada persona se asomará un
instante a nuestro mundo.
Realmente
me falta esa chispa para encenderle a cada jarra una señal con el fuego de la
creación aderezándole un pequeño trozo de monte perfumado de bellotas y musgo.
Debo recuperarme. Joaquín duerme junto al horno un rato esperando el pequeño
milagro de amor cotidiano. Mis manos lloran arcilla y falta una buena parte de
los platos y adornos para terminar la tarea. Anoche, antes de quedarse dormido,
Joaquín me dijo que estaremos juntos para toda la vida y me dio el anillo de
boda de su madre. El amor ha llegado a mi vida en forma inesperada. Estoy
conciente que es extraña la forma de nuestra relación pero espero. Mañana será
un festival de sueños cumplidos. Toda la vajilla terminada, la inauguración de
la posada de la montaña y el anuncio de mi boda.
POESÍA...
DULCE SECRETO
Si me desalojo de los sueños
si me destierro hacia el confín de
las palabras
si penetro en el túnel verde del
abismo
estaré caminando en el borde del
desierto
y la ráfaga indeleble de un beso
transformará mi crepúsculo en una
carga de suspiros.
Guardaré el secreto entre las
sábanas
Comeré damascos con tu boca dormida
Soñaré inexplica arco iris de
magnolias
Volveré sobre los pasos de la niña
perdida
Para amar al hombre que me espera
en los sueños.
2ª Parte EL ESCABEL DE PETITE POINT
Mi nombre es Dorotea. Ayer, mi tía Cornelia y mamá,
me regalaron este precioso cuaderno para que escriba y anote todo lo que pasa
por mi corazón. Mis diez años están llamando desde mi mundo interior a cambiar
nuestra realidad que es muy triste.
Nos han desalojado por cuarta vez.
¡Otra vez nos mudamos! ¿ Adónde iremos esta vez? Mamá dice que 1925 será un año
desastroso para los obreros acá en el sur. Por supuesto que Fernando comenzó a
embalar la vajilla heredada de la abuela, con diarios viejos que nos dio el
párroco, es el rito que tenemos con cada mudanza... cada plato, taza o fuente envuelto celosamente con un suave
paño de lana y papel de seda. Un bello papel que vino desde la vieja casa de mi
bisabuela Etelvina, por 1859. Luego se ubican prolijamente en un baúl, que
cuenta mamá, trajo ella cuando vino con la tía Cornelia desde Gales. ¡ Las
copas brillan con la luz, como si quisieran reflejar toda la belleza del
universo. Los cubiertos de plata, van en
un estuche precioso todo tallado y tienen labradas las iniciales de Etelvina y
Leonard... su fiel esposo, mi bisabuelo.
Nuestra pobreza es extrema. Papá
dice que se resolvería si mi mamá acepta llevar esas reliquias a la capital
para venderlas a algún coleccionista... pero se arma una guerra de sólo
decirlo.
Hoy mamá se desmayó, sufrió un
colapso cuando papá tomó la caja de los cubiertos para venderlos. Pasará una
semana enferma, seguramente, como sucedió antes. Discutirán y papá aceptará que
todo quede como está. ¡ Nada se toca! Mamá nos inculca que: “jamás debemos desprendernos de los objetos
heredados de tía Cornelia ”- y lo que sí ha sido motivo de otra lucha es el
“famoso escabel de la bisabuela”... - ¡Nunca sirvió para nada, sólo para
peleas y discusiones! Por lo menos la vieja Biblia es interesante. Papá suele
pasar su dedo, curtido por los fieros trabajos en el corral con las ovejas, sobre
las líneas que escribiera mi tatarabuelo: - “ el día que tengas una dificultad insalvable, desármalo...”- pero
mamá impávida cuida que nada le suceda.
Así, deslucido por el tiempo y con
algunos insignificantes bordes deshilachados, el escabel preside nuestras
largas vigilias de necesidades y de hambre que pasamos algunas veces. En casa
falta todo... pero allí están esos valiosos objetos rescatados del incendio. ¡
Esa es la otra historia!
Se cuenta en toda la Patagonia. La muerte
de mis abuelos en el año 1902. Fue una
historia repetida por muchos, pero sufrida por mi mamá y mis tíos. En ese
tiempo llegaron de la capital unos hombres del ferrocarril, que intentaron
comprar las tierras y las majadas a un precio impensable, comenzando con
problemas de todo tipo. Eran ingleses o
del norte de América. Los obreros comenzaron con huelgas por la fuerte presión
que ejercían los inmigrantes que traían algunas ideas revolucionarias. Comenzaron a no ayudar con
las pariciones y morían los animalitos.
Mi abuelo, necesitó
pedir un préstamo al banco para poder superar la falta de majadas. No pudo
pagar y las deudas lo agobiaron hasta que llegó el momento en que le remataron
el campo, las herramientas y los animales. Peleó como su sangre mestiza de
criollo nativo y madre galesa, pero ganaron los más fuertes. El abuelo
perdió hasta el deseo de comer... en un
ataque de desesperación, mandó a los hijos hasta el templo para que llevaran un
mensaje al pastor. Sacó a un descampado junto al molino, el ajuar que le dieron sus padres antes de atravesar
el océano. Luego encerrándose con su amada esposa en la casa, prendió fuego y
abrazados quedaron juntos para siempre. Ardieron en la soledad de la tarde hasta que oscureció y el sudario azabache
cubrió con cenizas la tierra apelmazada. Se transformaron en una leyenda,
repetida en toda la
Patagonia. Quedaron , ellos, mi mamá y mis tíos, en la más
increíble de las pobrezas, los envolvían las necesidades como los tentáculos de
un animal hambriento y a eso se agregó el rencor y el odio, que cada día
visitaba sus corazones enfermos. Y tardó mucho hasta que mi madre aceptó y
cambió su actitud hacia la vida.
El tiempo cambia
todo. Mis padres se han transformado en un par de rivales en guerra perpetua.
Yo siento que cada día estamos peor. La tierra ya no produce y los nuevos
dueños, extranjeros que no la aman, sólo pretenden tener ganancias sin
sacrificios. Por eso somos expulsados de la tierra.
Hoy, mi hermano
con obediente cariño, sigue con los ritos. Es tan calmo, con mamá, acomoda cada objeto antiguo con amor, por lo
que nos ha dado estas raíces tan fuertes. Yo lo admiro, pues mi rebeldía, me
hace que sienta la necesidad de romper con las promesas. Así mi lucha es tan
dura como la de mis padres.
Mientras pasa
esto, papá se reúne con algunos obreros
en los galpones, allí hablan y tienen ideas nuevas, revolucionarias. Ellos dicen que son los eternos explotados y se han
cansado, se llaman entre ellos...”anarquistas”.
Cientos de papeles se amontonan en una novedosa imprenta que llegó en un
barco sueco. Las ideas revolucionarias – dice mamá- complicarán todo aun más.
Se esconden de los ingleses y de los patrones. Se esconden también del ejército
que ha llegado desde Buenos Aires armado y provisto de gente dispuesta a usar
los nuevos “Rémington”. Hablan de
represión y mano dura. Mamá sufre y discute. Nosotros tenemos mucho miedo, pero
papá no escucha y sigue en sus reuniones clandestinas. He visto armas debajo
del sofá donde ahora duerme él. Mi hermano lo ha visto armar botellas de
gasolina con pellones que hacen las veces de mechas. Otras son de alcohol. Las
ubica en cajones, las cubre con paja y mientras las almacena murmura con ira
que nadie lo va a doblegar. Mamá llora y llora...
Esta noche hay una
reunión en el galpón del “chileno” y papá nos ha abrazado a cada rato, murmura
cuánto nos ama y nos besa en la frente con mirada turbia y afiebrada. Antes de
ir a dormir quiero dejar escrito que el ruido que provocan los soldados me
tiene muy asustada. Hoy los vi merodeando por la calle cerca de nuestra casa.
Si llegan a entrar yo correré hacia la habitación de mamá donde estaré segura.
miércoles, 24 de enero de 2018
Y FUE UN BREVE PARAÍSO
Y fue
despertar en la
mañana de verano
con los frutos
maduros que trajeron un fresco perfume
al pinar dormido
la nave llegó al
puerto esperado con engaños previstos
bajamos los
cordeles de las velas armoniosas
un revuelo de
gaviotas mercuriosas atravesaron el cielo.
Te esperaba en
la calle con la trampa de un niño
que emborrachó
los sentidos con el juego de canicas de cera
almíbar de
cuentos arremolinaron nuestros brazos
caí en tus
ágiles engaños.
Me dejé mentir
aprovechando el verano con su manantial de
besos cayendo en
cascadas en mi cuerpo.
Así llegó la
luna.
Creí ser la
dueña de un nuevo paraíso.
EL ESCABEL DE PETITE POINT 1ª Parte
Llegó
una carta desde América para la tía Cornelia. Toda la familia sorprendida
cuchichea a raíz del misterio de esa esquela. Yo sé qué es lo que ella espera
desde aquel día.
Cornelia es
la hermana menor de mamá. Con sus veinte años, ya comienza a convertirse en una
soltera imprevisible para todos. Mi padre, que la conoce desde pequeña, se ríe
sobre las complicadas charlas que mi madre tiene con ella, sobre su futuro de
esposa. Cuida su aspecto formal, creyendo que así, no comprometerá el posible
casamiento. Es delgada, afilada como la cuerda de un violín, de rostro
femenino, sin marcas en la piel. Cutis claro, ojos levemente agrisados, nariz
pequeña pero labios gruesos. Mamá discute con ella sobre el origen mestizo de
su cabello color negro azabache, de rulos apretados y gruesos. Tiene un cuerpo
extraño para ser una Ardlenn. Más parece una hija de campesinos que la de una
familia de puro origen celta.
Yo la amo.
Daría mi vida por verla feliz. Está siempre pendiente de nosotros, que somos
trece hermanos. Mamá permanece en estado gracia
permanente, pero a decir de nuestra
vieja cocinera vive preñada y cada
año nace un hijo, que llena de más ruido la enorme casa donde vivimos.
Cuando
Cornelia cumplió catorce años vino desde York para vivir con nosotros. Era
pequeñita, arisca, hablaba poco y era muy observadora. Nos conocía como nadie
pudo conocernos jamás. Sus largas tardes remendando calcetines y ropa usada de
mis hermanos, la hacían silenciosa y taciturna. Siempre permanecía algo triste.
Nos leía cuentos, que luego descubrí que los inventaba. No sabía leer. Nunca la
mandaron a la escuela. Sólo estaba destinada a cuidarnos para luego seguir los
pasos de mamá: casarse y permanecer eternamente embarazada. Pero el candidato no aparecía y los años
pasaban. Ya nadie la miraba sino con un barniz de compasión. ¡ La pobre
Cornelia!
La carta es
una bola de fuego cayendo sobre la marmita hirviente de nuestra comunidad.
Pequeño conjunto de hacendados y granjeros que poco tienen de mundano.
Llegaron, incluso, visitas que nunca hubiéramos esperado, en busca de una
curiosa respuesta en labios de papá, mamá o de la tía. - ¿ Quién escribió desde tan lejos? -
¿Algún salvaje de las tierras donde aun hay esclavos, se atreve a escribirle a Cornelia Ardlenn? – y la
pequeña Cornelia esconde la famosa carta defendiéndose. Nadie invadirá su
intimidad.
El otoño de
1856 comienza anunciado un invierno de clima extremo. Cornelia nos acompaña al
templo, a la escuela dominical, con su acostumbrado recato y dulzura. De
pronto, al salir, ya regresando en el crepúsculo, tropieza con una piedra de la
vieja vereda empedrada. Cae cuan larga es sobre el pavimento cargado de hojas
de roble húmedas por el rocío que comienza a desplomarse sobre el tapiz ocre.
Su cuerpo desparramado bajo la capa azul parece un gusano tratando de salir de
su crisálida. Los chicos ríen como si les hicieran cosquillas en la planta de
los pies. El sombrerito de plumas vuela cayendo sobre el regazo de un muchacho
que en un coche está detenido frente a la ferretería. Está sentado
distraídamente, silbando, envuelto en una enorme capa negra de fieltro,
esperando. En el aire recoge el sombrero. Salta y ayuda a la tía que se yergue
lamiéndose la herida de su mano derecha. Tiene el guante roto y sangra. La
mirada del joven hombre se ha quedado detenida en el rostro de Cornelia, en sus
ojos que avergonzados tratan de huir de su mirada. Un tímido agradecimiento en
los labios temblorosos y sorprendidos... el muchacho le acomoda el sombrero,
escondiendo los rizos rebeldes debajo de las cintas. Se produce un silencio.
Cada cual continúa con su tarea. Ella nos reúne y nos arrastra hasta nuestra
casa. Él, sube al coche de un salto y se queda observándonos hasta que
desaparecemos de su vista. Sigue esperando, como antes, a alguien. La calle se
oscurece, pero una lucecita ilumina la mirada, ahora inquieta, de mi tía.
Cuando ingresamos a la amplia cocina, mis hermanos, a los gritos,
atropellándose, relatan lo sucedido. ¡Claro, mamá nos regaña a todos, incluso a
ella, que avergonzada le muestra la mano herida! Papá sonriendo se queda
callado. Mi padre es genial.
Unos meses
después, yo, acompaño a tía a distintos paseos donde casualmente encuentra a
ese joven. Intercambian saludos, libros, flores... y muchas miradas sutiles.
Apenada Cornelia me pide que le lea unos billetes que el amigo le deja dentro
de los libros. Ella no los puede interpretar, yo, cómplice, sé que él la ama
sobre todas las bellas muchachas del pueblo. Uno de esos días le sugiere que
nos encontremos en el correo, lugar público, solitario y discreto. Allá vamos
y... conocemos la noticia, que se va de Inglaterra a América. Su padre ha
vendido todo: granja, casa, animales y herramientas. Con sus veinticuatro años
no puede oponerse a los designios paternos.
La tarde de
junio de 1858 es la más triste... tía Cornelia llora desconsolada apretando su
breve cuerpo a los cristales del ventanal que da a la calle, la frente apoyada
en el frío recuadro transparente siguiendo con sus ojos anegados, al coche en
que la familia Huxley viaja hacia el puerto. Un telón de luto opaco, cubre el
frágil cuerpo de tía y el alma queda encerrada en su cripta de soledad.
Ahora, la
casa es un hormiguero en furioso movimiento. Siento los gritos de mamá
rogándole a mi padre, que no sea yo, su pequeña Etelvina, quien acompañe en su viaje de aventura entre salvajes a
la hermana. Papá sabe que soy la elegida por mi ánimo, mi salud y discreción.
Él, confía en mi. Así es que en este verano de 1859, antes de partir hacia las
extrañas y exóticas tierras de salvajes... papá me ha llamado a la sala. Yo tengo
doce años. Me abraza y mostrándome los baúles que prepararon para mí, me dice:
-Etelvina
mi hija preferida... recuerda siempre cuánto te amo. Cada día que pase, estaré
rogando para que tu vida sea la mejor. Mereces ser una mujer. Recuerda que
siempre contarás conmigo. A la distancia, aunque no esté cerca de ti, seguiré
tu ruta.- Me abraza y a continuación
me cuelga su reloj de oro, en cuya cadena, está sujeto el guardapelo con las miniaturas pintadas de
mi madre y la suya. Mi cuello está gravemente pesado pero mi corazón galopa de
amor. Tras ello, me señala el pequeño escabel bordado por mamita en el invierno anterior y
tomando mi hombro dice: - Hija mía nunca
lo pierdas de vista, en él, hallarás un refugio. Ante una dificultad enorme pon
tus ojos en él.- Me besa en la frente tiernamente. Sale dándome la espalda
y yo sé que no lo volveré a ver nunca más. Lloro amargamente.
El barco es
gigante, de pestilente madera oscura, me ha llenado el alma de feos presagios.
En un pequeño espacio nos acomodan. Tía Cornelia y yo, junto a los bultos que
están amarrados con gruesas cuerdas de esparto en argollas de hierro, viajamos
cómodas. Nuestros billetes son de segunda, cosa que no nos impide subir al piso
superior donde hombres y mujeres, con lujosos sombreros, ropas y joyas,
disfrutan en lentas tertulias a la espera de tocar puerto.
Estoy muy
mareada. En realidad los primeros días fueron muy placenteros pero al quinto
día comenzó una ligera brisa que inició un movimiento tan pronunciado de la
nave que rolamos de babor a estribor, eso me provocó un malestar horrible y
mareos. Todo me da vueltas y corro al lavabo a devolver cada gota de agua o de
sólido que intento comer o beber. Cornelia pálida como un fantasma, me abraza
tratando de calmar mi asco y dolor. Nada me ayuda. Un anciano camarero amable
nos trae una bandeja con, no dudo, exquisitos platillos, al camarote, pero
regresa con la bandeja sin tocar. Así me he sentido toda esta semana horrorosa.
Hoy vino el
capitán con el médico de a bordo. Cuando nos vieron se quedaron perplejos- ¡ Parece que nunca han visto a un pasajero tan
mal! - Llaman a una dama para que nos cuide, ya que la tormenta no amaina y
tanto tía como yo, padecemos fiebres y convulsiones agotadoras.
Cuando todo
haya concluido mi aspecto será desastroso. He perdido casi cuatro kilos de peso
y la ropa me queda muy suelta.
Después de
una travesía complicada y desagradable llegamos a puerto. El sur nos espera.
Una tierra hostil, árida, despoblada
está frente a nuestra mirada sorprendida. Junto a los altos fardos de
lana, parado en una rambla de madera, nos ve quién se transformará en el esposo de Cornelia.
Nos
instalamos en el enorme criadero de ovejas, en un rústico caserón de piedra y
troncos. Pude acomodar mis pertenencias, me sorprende constatar como mamá ha
previsto ropa y calzado de varios tamaño, para que use tan pronto comience a
crecer. Acá, ella sabe o presiente, no tendré la posibilidad de comprarme nada nuevamente.
Entre las
cosas más valiosas está el escabel de
petit point que papá me obsequió. Cuando siento soledad, en lugar de
acomodar mis pies en él, me abrazo y lloro sobre su tapiz bordado con amor por
mamá. La lejanía se me incrusta en el alma y la soledad es una cruz que me
inserta una espina en el corazón.
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