viernes, 26 de enero de 2018

MI CABAÑA EN MENDOZA A 2300 MTS. SOBRE EL MAR

 INVIERNO... LA NIEVE CUBRE TODO. -10 GRADOS.
 ENERO EN LA CABAÑA, LOS ROSALES A MIL.
UNA VISTA DE LA CABAÑA EN PRIMAVERA.

POESÍA DE "TIEMPO DE LIBERTAD"


Una gota de lluvia sobre una hoja de álamo me asombra.
                                                                       Joaquín Yanuzzi.


A LA VIEJA CASA DE MI INFANCIA.



La casa está dormida en mi recuerdo, en el rincón donde habita mi

 aleteo de libélulas azules,

mis jazmines perfumados y el ópalo invertido de mi lecho.

La calle rodeada de moreras, sin el fresco aliento en la tormenta

cuando precipita la lluvia ruidosa y maltratada sobre la arena de mi puerta.

El techo azul y una pared blanca donde reflejo la mañana,

Y aquel lodo verde que  humedecía mi piel y mi cristales.

Cae una gota asombrada en la última hoja de mi emparrado cargado de...

 uva  moscatel rosado.  Ruborosas de amor por su vendimia ausente

del parral terracero que plantara mi padre.
                                        
La casa se desploma como gota de lluvia.

Ya no queda nada de la alcoba donde durmió su último sueño nuestro padre.

Todo es escombros y maleza. El grifo roto canta una lágrima asustada.

Mi casa ya no existe. Mi infancia ha tomado el camino al horizonte.

Ya no estoy sola, es cierto...pero estoy un poco triste.



ANUNCIO DE BODA

Me duelen las manos. También la espalda. Hace una larga semana que trabajo sin descanso para cumplirle. Quiero pero no puedo. Sí, quiero completar todo el pedido que recibió Joaquín de esa gente. Es una nueva casa de comida, hotel, casino y albergue. Es nueva y única. La construyeron en la ladera Este. Es muy linda. Está construida en una zona hermosa de la región. La más bella. Tiene un sabor salvaje. Esa tierra húmeda, la fina llovizna de unas nubes que como velo de novia se deposita o se apoya en las largas columnas de pinos, arrayanes y piceas. Es un regalo fortuito que regala el amanecer de los días de otoño. El sol está cansado de moverse por el bosque como novio enamorado de los duendes del pinar. ¡El olor a resina y polen! Las cabañas son hermosas, las comenzaron a construir en primavera, el mismo día de nuestro encuentro. Yo iba con mi bicicleta por el sendero buscando setas frescas. ¡Nos encantan “revueltas con cebolla finamente picada en juliana, huevos y queso parmesano, con una pizca de sal y pimienta, una cucharada de salsa inglesa y vino jerez”! Bien, como decía, me movía por esos rincones que conozco desde pequeña, esos que recorría con el abuelo Marco, y él, me iba regalando cuentos, recetas y recuerdos. Bueno, iba por allí y nos encontramos. Parecía un astronauta recién aterrizado de un planeta lejano. Era como de otra galaxia. Fresco, alegre y vivo. Sí, como mi bosque de cuento. Me gustó, así rápidamente, con su sencilla forma de pedirme la receta de los hongos. Aparte, desconfiado, creyó que eran venenosos. Yo le gusté, seguro, porque me comenzó a contar su vida.  Parecía como si me conociera de toda la vida. Me senté en un tronco caído, junto a un árbol lleno de pájaros. La madera podrida en parte, albergaba un sin fin de pequeños seres vivos como su vital risa contagiosa. Su mirada clara se movía, deslizándose por mi rostro, que sudoroso y sucio, aparentaba no haberlo lavado en meses. Los pinos, piceas, abetos y abedules, eran el marco perfecto a ese encuentro informal y romántico.
                        Casi me olvidé para qué había venido al bosque. Si él, no mira el reloj y da un salto, seguimos hablando en el crepúsculo que le había puesto una mortaja violeta a los rayos rojizos del sol. Joaquín se despidió, me ayudó a trepar a mi bicicleta y partí. Cuando llegué a casa me encontré en la penumbra más cerrada, corrí con la mitad de hongos acostumbrado. Llegué a la cabaña y caí sólida en el banco rústico de mi pequeña cocina. Pensé cómo haría una cena sin la cantidad de setas frecuentes y decidí hacerlas en la receta del abuelo:”con miga de pan mojada en leche, salsa blanca o bechamel, perejil y ajíes rojos y verdes. Así armé un budín que mezclado con dos huevos y nuez moscada”, alcanzó para los cuatro. Papá quedó feliz, cuando le conté que había conocido a Joaquín, el muchacho del bosque, pues lo trató en el pueblo y conversó mucho. Le pareció muy simpático y además era alfarero. Papá dice siempre que hay oficios santos: carpintero, alfarero, boticario y labrador. No quiere a los carteros, tal vez porque un cartero siempre le trajo las noticias tristes. Mamá en cambio es más desconfiada. Casi no habló. Mi casa es la típica casa de campo con olor a fogón caliente, levadura, ajo y vino. El abuelo nos enseñó a hacer el pan. Él guardaba un trocito de masa para levar y se levantaba a la madrugada para hornear. Cuando estaba todo listo se acostaba y al comenzar el día con un enorme tazón de leche tibia recién ordeñada de Chichí, la vaca, comíamos una rebanada de pan caliente con manteca que mamá batía a mano en un bol y dulce de grosellas que hago todos los años. ¡Qué rico era desayunar así, con el amor del abuelo! Hoy lo recuerdo y se me hace un nudo acá, justo aquí en la garganta. Bien sucedió que a los dos días sentí el ruido de un motor por el camino de casa. Era Joaquín que me invitaba a trabajar con él. La camioneta destartalada y muy ruidosa se escuchaba de lejos. Atrás traía un horno para cocer cerámica y un sin fin de moldes de yeso y herramientas. Me entusiasmó su seguridad. Sus ganas. El dueño del complejo hotelero le había encargado toda la vajilla especial con sabor, color y forma de nuestro rincón lejano. Me intrigó su exaltación y sus sueños. Era muy creativo. El perfume ácido de la arcilla me entraba a los pulmones como una saeta inesperada. Acepté. Yo nunca había hecho alfarería. Pero como amo cocinar imaginé que era como hacer un pastel de berenjenas. Ese que me enseñó el abuelo. “Se pelan cinco berenjenas medianas y se hierven con sal. En una sartén se re fritan en aceite de oliva con dos dientes de ajo; los dos tomates picados en daditos, dos cebollas en juliana, dos pimientos y un puñado de hongos recién cosechados que se filetean. Se pisan con un tenedor las berenjenas ya blandas y se agrega el  menjunje, con pan rallado, una tasa de queso rayado, dos huevos y mucho perejil. Se hornea veinte minutos y ¡paf!: un pastel para re-chuparse los dedos. Si las berenjenas son algo amargas se le agrega a la pasta una cucharadita de azúcar”. Así era hacer todos esos recipientes de arcilla. Con un gran amor y buen gusto. Yo le agrego además los gnomos del bosque pintados y hasta los muérdagos y ardillas. Cada pequeño plato, escudilla, taza, fuente, tiene un pedacito de mi bosque. Es su espíritu ingenuo y personal, el que creó la chispa de este mundo mágico que hemos hecho juntos. Creo que me he enamorado de Joaquín y él de mí. Estoy cansada pero tengo que hornear todas las piezas en bizcocho de arcilla. Las pintaremos juntos y cuando amanezca y cuando inauguren la casa de la colina, cada persona se asomará un instante a nuestro mundo.
                        Realmente me falta esa chispa para encenderle a cada jarra una señal con el fuego de la creación aderezándole un pequeño trozo de monte perfumado de bellotas y musgo. Debo recuperarme. Joaquín duerme junto al horno un rato esperando el pequeño milagro de amor cotidiano. Mis manos lloran arcilla y falta una buena parte de los platos y adornos para terminar la tarea. Anoche, antes de quedarse dormido, Joaquín me dijo que estaremos juntos para toda la vida y me dio el anillo de boda de su madre. El amor ha llegado a mi vida en forma inesperada. Estoy conciente que es extraña la forma de nuestra relación pero espero. Mañana será un festival de sueños cumplidos. Toda la vajilla terminada, la inauguración de la posada de la montaña y el anuncio de mi boda.

                        

POESÍA...

DULCE SECRETO


Si  me desalojo de los sueños

si me destierro hacia el confín de las palabras
si penetro en el túnel verde del abismo
estaré caminando en el borde del desierto
y la ráfaga indeleble de un beso
transformará mi crepúsculo en una carga de suspiros.
Guardaré el secreto entre las sábanas
Comeré damascos con tu boca dormida
Soñaré inexplica arco iris de magnolias
Volveré sobre los pasos de la niña perdida
Para amar al hombre que me espera en los sueños.


            

2ª Parte EL ESCABEL DE PETITE POINT

Mi nombre es Dorotea. Ayer, mi tía Cornelia y mamá, me regalaron este precioso cuaderno para que escriba y anote todo lo que pasa por mi corazón. Mis diez años están llamando desde mi mundo interior a cambiar nuestra realidad que es muy triste.
Nos han desalojado por cuarta vez. ¡Otra vez nos mudamos! ¿ Adónde iremos esta vez? Mamá dice que 1925 será un año desastroso para los obreros acá en el sur. Por supuesto que Fernando comenzó a embalar la vajilla heredada de la abuela, con diarios viejos que nos dio el párroco, es el rito que tenemos con cada mudanza... cada plato, taza  o fuente envuelto celosamente con un suave paño de lana y papel de seda. Un bello papel que vino desde la vieja casa de mi bisabuela Etelvina, por 1859. Luego se ubican prolijamente en un baúl, que cuenta mamá, trajo ella cuando vino con la tía Cornelia desde Gales. ¡ Las copas brillan con la luz, como si quisieran reflejar toda la belleza del universo. Los cubiertos de plata, van  en un estuche precioso todo tallado y tienen labradas las iniciales de Etelvina y Leonard... su fiel esposo, mi bisabuelo.
Nuestra pobreza es extrema. Papá dice que se resolvería si mi mamá acepta llevar esas reliquias a la capital para venderlas a algún coleccionista... pero se arma una guerra de sólo decirlo.
Hoy mamá se desmayó, sufrió un colapso cuando papá tomó la caja de los cubiertos para venderlos. Pasará una semana enferma, seguramente, como sucedió antes. Discutirán y papá aceptará que todo quede como está. ¡ Nada se toca! Mamá nos inculca que: “jamás debemos desprendernos de los objetos heredados de tía Cornelia ”- y lo que sí ha sido motivo de otra lucha es el “famoso escabel de la bisabuela”... - ¡Nunca sirvió para nada, sólo para peleas y discusiones! Por lo menos la vieja Biblia es interesante. Papá suele pasar su dedo, curtido por los fieros trabajos en el corral con las ovejas, sobre las líneas que escribiera mi tatarabuelo: - “ el día que tengas una dificultad insalvable, desármalo...”- pero mamá impávida cuida que nada le  suceda. Así, deslucido  por el tiempo y con algunos insignificantes bordes deshilachados, el escabel preside nuestras largas vigilias de necesidades y de hambre que pasamos algunas veces. En casa falta todo... pero allí están esos valiosos objetos rescatados del incendio. ¡ Esa es la otra historia!
Se cuenta en toda la Patagonia. La muerte de mis abuelos en el  año 1902. Fue una historia repetida por muchos, pero sufrida por mi mamá y mis tíos. En ese tiempo llegaron de la capital unos hombres del ferrocarril, que intentaron comprar las tierras y las majadas a un precio impensable, comenzando con problemas  de todo tipo. Eran ingleses o del norte de América. Los obreros comenzaron con huelgas por la fuerte presión que ejercían los inmigrantes que traían algunas ideas  revolucionarias. Comenzaron a no ayudar con las pariciones y morían los animalitos.
Mi abuelo, necesitó pedir un préstamo al banco para poder superar la falta de majadas. No pudo pagar y las deudas lo agobiaron hasta que llegó el momento en que le remataron el campo, las herramientas y los animales. Peleó como su sangre mestiza de criollo nativo y madre galesa, pero ganaron los más fuertes. El abuelo perdió  hasta el deseo de comer... en un ataque de desesperación, mandó a los hijos hasta el templo para que llevaran un mensaje al pastor. Sacó a un descampado junto al molino, el ajuar  que le dieron sus padres antes de atravesar el océano. Luego encerrándose con su amada esposa en la casa, prendió fuego y abrazados quedaron juntos para siempre. Ardieron en la soledad de  la tarde hasta que oscureció y el sudario azabache cubrió con cenizas la tierra apelmazada. Se transformaron en una leyenda, repetida en toda la Patagonia. Quedaron, ellos, mi mamá y mis tíos, en la más increíble de las pobrezas, los envolvían las necesidades como los tentáculos de un animal hambriento y a eso se agregó el rencor y el odio, que cada día visitaba sus corazones enfermos. Y tardó mucho hasta que mi madre aceptó y cambió su actitud hacia la vida.
El tiempo cambia todo. Mis padres se han transformado en un par de rivales en guerra perpetua. Yo siento que cada día estamos peor. La tierra ya no produce y los nuevos dueños, extranjeros que no la aman, sólo pretenden tener ganancias sin sacrificios. Por eso somos expulsados de la tierra.
Hoy, mi hermano con obediente cariño, sigue con los ritos. Es tan calmo, con mamá,  acomoda cada objeto antiguo con amor, por lo que nos ha dado estas raíces tan fuertes. Yo lo admiro, pues mi rebeldía, me hace que sienta la necesidad de romper con las promesas. Así mi lucha es tan dura como la de mis padres.
Mientras pasa esto, papá se reúne con  algunos obreros en los galpones, allí hablan y tienen ideas nuevas, revolucionarias. Ellos  dicen que son los eternos explotados y se han cansado, se llaman entre ellos...”anarquistas”.  Cientos de papeles se amontonan en una novedosa imprenta que llegó en un barco sueco. Las ideas revolucionarias – dice mamá- complicarán todo aun más. Se esconden de los ingleses y de los patrones. Se esconden también del ejército que ha llegado desde Buenos Aires armado y provisto de gente dispuesta a usar los nuevos “Rémington”.  Hablan de represión y mano dura. Mamá sufre y discute. Nosotros tenemos mucho miedo, pero papá no escucha y sigue en sus reuniones clandestinas. He visto armas debajo del sofá donde ahora duerme él. Mi hermano lo ha visto armar botellas de gasolina con pellones que hacen las veces de mechas. Otras son de alcohol. Las ubica en cajones, las cubre con paja y mientras las almacena murmura con ira que nadie lo va a doblegar. Mamá llora y llora...

Esta noche hay una reunión en el galpón del “chileno” y papá nos ha abrazado a cada rato, murmura cuánto nos ama y nos besa en la frente con mirada turbia y afiebrada. Antes de ir a dormir quiero dejar escrito que el ruido que provocan los soldados me tiene muy asustada. Hoy los vi merodeando por la calle cerca de nuestra casa. Si llegan a entrar yo correré hacia la habitación de mamá donde estaré segura.

miércoles, 24 de enero de 2018

Y FUE UN BREVE PARAÍSO

Y fue
despertar en la mañana de verano
con los frutos maduros que trajeron un fresco perfume
al pinar dormido
la nave llegó al puerto esperado con engaños previstos
bajamos los cordeles de las velas armoniosas
un revuelo de gaviotas mercuriosas atravesaron el cielo.

Te esperaba en la calle con la trampa de un niño
que emborrachó los sentidos con el juego de canicas de cera
almíbar de cuentos arremolinaron nuestros brazos
caí en tus ágiles engaños.
Me dejé mentir aprovechando el verano con su manantial de
besos cayendo en cascadas en mi cuerpo.
Así llegó la luna.

Creí ser la dueña de un nuevo paraíso.

EL ESCABEL DE PETITE POINT 1ª Parte

Llegó una carta desde América para la tía Cornelia. Toda la familia sorprendida cuchichea a raíz del misterio de esa esquela. Yo sé qué es lo que ella espera desde aquel día.
Cornelia es la hermana menor de mamá. Con sus veinte años, ya comienza a convertirse en una soltera imprevisible para todos. Mi padre, que la conoce desde pequeña, se ríe sobre las complicadas charlas que mi madre tiene con ella, sobre su futuro de esposa. Cuida su aspecto formal, creyendo que así, no comprometerá el posible casamiento. Es delgada, afilada como la cuerda de un violín, de rostro femenino, sin marcas en la piel. Cutis claro, ojos levemente agrisados, nariz pequeña pero labios gruesos. Mamá discute con ella sobre el origen mestizo de su cabello color negro azabache, de rulos apretados y gruesos. Tiene un cuerpo extraño para ser una Ardlenn. Más parece una hija de campesinos que la de una familia de puro origen celta.
Yo la amo. Daría mi vida por verla feliz. Está siempre pendiente de nosotros, que somos trece hermanos. Mamá permanece en estado gracia permanente, pero a decir de  nuestra vieja cocinera vive preñada y cada año nace un hijo, que llena de más ruido la enorme casa donde vivimos.
Cuando Cornelia cumplió catorce años vino desde York para vivir con nosotros. Era pequeñita, arisca, hablaba poco y era muy observadora. Nos conocía como nadie pudo conocernos jamás. Sus largas tardes remendando calcetines y ropa usada de mis hermanos, la hacían silenciosa y taciturna. Siempre permanecía algo triste. Nos leía cuentos, que luego descubrí que los inventaba. No sabía leer. Nunca la mandaron a la escuela. Sólo estaba destinada a cuidarnos para luego seguir los pasos de mamá: casarse y permanecer eternamente embarazada. Pero el candidato no aparecía y los años pasaban. Ya nadie la miraba sino con un barniz de compasión. ¡ La pobre Cornelia!

La carta es una bola de fuego cayendo sobre la marmita hirviente de nuestra comunidad. Pequeño conjunto de hacendados y granjeros que poco tienen de mundano. Llegaron, incluso, visitas que nunca hubiéramos esperado, en busca de una curiosa respuesta en labios de papá, mamá o de la tía. - ¿ Quién escribió desde tan lejos?            - ¿Algún salvaje de las tierras donde aun hay esclavos, se atreve  a escribirle a Cornelia Ardlenn? – y la pequeña Cornelia esconde la famosa carta defendiéndose. Nadie invadirá su intimidad.
El otoño de 1856 comienza anunciado un invierno de clima extremo. Cornelia nos acompaña al templo, a la escuela dominical, con su acostumbrado recato y dulzura. De pronto, al salir, ya regresando en el crepúsculo, tropieza con una piedra de la vieja vereda empedrada. Cae cuan larga es sobre el pavimento cargado de hojas de roble húmedas por el rocío que comienza a desplomarse sobre el tapiz ocre. Su cuerpo desparramado bajo la capa azul parece un gusano tratando de salir de su crisálida. Los chicos ríen como si les hicieran cosquillas en la planta de los pies. El sombrerito de plumas vuela cayendo sobre el regazo de un muchacho que en un coche está detenido frente a la ferretería. Está sentado distraídamente, silbando, envuelto en una enorme capa negra de fieltro, esperando. En el aire recoge el sombrero. Salta y ayuda a la tía que se yergue lamiéndose la herida de su mano derecha. Tiene el guante roto y sangra. La mirada del joven hombre se ha quedado detenida en el rostro de Cornelia, en sus ojos que avergonzados tratan de huir de su mirada. Un tímido agradecimiento en los labios temblorosos y sorprendidos... el muchacho le acomoda el sombrero, escondiendo los rizos rebeldes debajo de las cintas. Se produce un silencio. Cada cual continúa con su tarea. Ella nos reúne y nos arrastra hasta nuestra casa. Él, sube al coche de un salto y se queda observándonos hasta que desaparecemos de su vista. Sigue esperando, como antes, a alguien. La calle se oscurece, pero una lucecita ilumina la mirada, ahora inquieta, de mi tía. Cuando ingresamos a la amplia cocina, mis hermanos, a los gritos, atropellándose, relatan lo sucedido. ¡Claro, mamá nos regaña a todos, incluso a ella, que avergonzada le muestra la mano herida! Papá sonriendo se queda callado. Mi padre es genial.
Unos meses después, yo, acompaño a tía a distintos paseos donde casualmente encuentra a ese joven. Intercambian saludos, libros, flores... y muchas miradas sutiles. Apenada Cornelia me pide que le lea unos billetes que el amigo le deja dentro de los libros. Ella no los puede interpretar, yo, cómplice, sé que él la ama sobre todas las bellas muchachas del pueblo. Uno de esos días le sugiere que nos encontremos en el correo, lugar público, solitario y discreto. Allá vamos y... conocemos la noticia, que se va de Inglaterra a América. Su padre ha vendido todo: granja, casa, animales y herramientas. Con sus veinticuatro años no puede oponerse a los designios paternos.
La tarde de junio de 1858 es la más triste... tía Cornelia llora desconsolada apretando su breve cuerpo a los cristales del ventanal que da a la calle, la frente apoyada en el frío recuadro transparente siguiendo con sus ojos anegados, al coche en que la familia Huxley viaja hacia el puerto. Un telón de luto opaco, cubre el frágil cuerpo de tía y el alma queda encerrada en su cripta de soledad.
Ahora, la casa es un hormiguero en furioso movimiento. Siento los gritos de mamá rogándole a mi padre, que no sea yo, su pequeña Etelvina, quien acompañe en su viaje de aventura entre salvajes a la hermana. Papá sabe que soy la elegida por mi ánimo, mi salud y discreción. Él, confía en mi. Así es que en este verano de 1859, antes de partir hacia las extrañas y exóticas tierras de salvajes... papá me ha llamado a la sala. Yo tengo doce años. Me abraza y mostrándome los baúles que prepararon para mí, me dice:
 -Etelvina mi hija preferida... recuerda siempre cuánto te amo. Cada día que pase, estaré rogando para que tu vida sea la mejor. Mereces ser una mujer. Recuerda que siempre contarás conmigo. A la distancia, aunque no esté cerca de ti, seguiré tu ruta.-  Me abraza y a continuación me cuelga su reloj de oro, en cuya cadena, está sujeto  el guardapelo con las miniaturas pintadas de mi madre y la suya. Mi cuello está gravemente pesado pero mi corazón galopa de amor. Tras ello, me señala el pequeño escabel  bordado por mamita en el invierno anterior y tomando mi hombro dice: - Hija mía nunca lo pierdas de vista, en él, hallarás un refugio. Ante una dificultad enorme pon tus ojos en él.- Me besa en la frente tiernamente. Sale dándome la espalda y yo sé que no lo volveré a ver nunca más. Lloro amargamente.
El barco es gigante, de pestilente madera oscura, me ha llenado el alma de feos presagios. En un pequeño espacio nos acomodan. Tía Cornelia y yo, junto a los bultos que están amarrados con gruesas cuerdas de esparto en argollas de hierro, viajamos cómodas. Nuestros billetes son de segunda, cosa que no nos impide subir al piso superior donde hombres y mujeres, con lujosos sombreros, ropas y joyas, disfrutan en lentas tertulias a la espera de tocar puerto.
Estoy muy mareada. En realidad los primeros días fueron muy placenteros pero al quinto día comenzó una ligera brisa que inició un movimiento tan pronunciado de la nave que rolamos de babor a estribor, eso me provocó un malestar horrible y mareos. Todo me da vueltas y corro al lavabo a devolver cada gota de agua o de sólido que intento comer o beber. Cornelia pálida como un fantasma, me abraza tratando de calmar mi asco y dolor. Nada me ayuda. Un anciano camarero amable nos trae una bandeja con, no dudo, exquisitos platillos, al camarote, pero regresa con la bandeja sin tocar. Así me he sentido toda esta semana horrorosa.
Hoy vino el capitán con el médico de a bordo. Cuando nos vieron se quedaron perplejos- ¡ Parece que nunca han visto a un pasajero tan mal! - Llaman a una dama para que nos cuide, ya que la tormenta no amaina y tanto tía como yo, padecemos fiebres y convulsiones agotadoras.
Cuando todo haya concluido mi aspecto será desastroso. He perdido casi cuatro kilos de peso y la ropa me queda muy suelta.
Después de una travesía complicada y desagradable llegamos a puerto. El sur nos espera. Una tierra hostil, árida, despoblada  está frente a nuestra mirada sorprendida. Junto a los altos fardos de lana, parado en una rambla de madera, nos ve quién se  transformará en el esposo de Cornelia.
Nos instalamos en el enorme criadero de ovejas, en un rústico caserón de piedra y troncos. Pude acomodar mis pertenencias, me sorprende constatar como mamá ha previsto ropa y calzado de varios tamaño, para que use tan pronto comience a crecer. Acá, ella sabe o presiente, no tendré la posibilidad de comprarme nada nuevamente.

Entre las cosas más valiosas está el escabel de petit point que papá me obsequió. Cuando siento soledad, en lugar de acomodar mis pies en él, me abrazo y lloro sobre su tapiz bordado con amor por mamá. La lejanía se me incrusta en el alma y la soledad es una cruz que me inserta una espina en el corazón.