Mi familia solía tener ayudantes de hogar en épocas que las mujeres tenían niños pequeños y el dueño de casa podía darle ese mimo a su esposa.
Fueron varias las que pasaron por mi casa pero dos me quedaron muy presentes en la memoria por lo implicadas que estuvieron en nuestra historia familiar. De pequeña vino a servir una muchacha muy bonita de nombre Estela. Era muy blanca de tez, piel sonrosada, cabellos claros y largos, que armaba en trenzas y rodeaba su cabeza como una corona. Limpia y callada, serena y útil, siempre bien dispuesta a ayudarnos en todo, incluso en los juegos y tareas escolares de los primeros años.
El viernes salía muy bonita vestida con un solero de color celeste y zapatillas blancas. Iba a la casa de sus padres donde vivían sus hermanos. Creo que quedaba hacia el este de la provincia. Hasta cierto tiempo había trabajado la tierra, pero sus padres la hicieron salir de esa casa por algún motivo importante y que mucho después supimos el porqué. Pasaron muchos meses y hasta le festejamos el cumpleaños con una torta que hizo mi hermana mayor. Entró en los veinte años con una alegría y sorpresa enorme.
Mamá le decía que saliera con sus hermanos los fines de semana e hiciera una vida normal para una muchacha de su edad. Se quedaba callada y huía de la cocina o del estar sin contestar.
Mamá, un día compró un producto de limpieza sin saber que era tóxico. Lo usó papá en su oficina para desinfectar las zonas donde había muchos mosquitos y aparecían algunos insectos indeseables, mamá lo usó en baños y cocina para el mismo menester. Estela lo uso para limpiar otros rincones o lugares donde solían aparecer cucarachas y arañas, ya que mi hermana le tenía terror a dichos arácnidos.
Después de un fin de semana, cuando Estela regresó, la vimos que había llorado mucho. Tenía los ojos hinchados y la nariz amoratada. Un moretón en una mejilla y otro en un brazo. Mi madre le preguntó qué le había ocurrido. No dijo nada. Se metió en su habitación y luego de un para de horas salió sin hacer comentarios, cantando una canción muy bonita que se escuchaba en la radio. Todo quedó flotando en el aire.
Una tarde, vino uno de los hermanos de Estela a buscarla. Cara de pocos amigos tenía el joven, pero Estela salió y pidió permiso para volver más tarde. Mamá se lo dio y se fue sacándose la ropa que usaba en casa y poniéndose una pollera negra y una blusa color roja. Regresó muy tarde. Mamá se sorprendió al verla entrar; traía rota la blusa y el pelo enmarañado como si hubiera participado de una riña callejera. No dijo nada, saludó dando las buenas noches y se encerró en su habitación.
Al día siguiente cuando la llamaba mamá para desayunar, no respondía, preocupada, le pidió a mi hermana que tenía quince años que se acercara a su habitación y le preguntara si se sentía enferma. Cuando Beatriz golpeó la puerta, sintió un ronquido extraño y abrió…Estela estaba caída en el piso con un espasmo de dolor y había vomitado algo blancuzco. Corriendo y a los gritos, llamó a papá. Él, vino con urgencia y notó que junto a la joven había un vaso con un líquido blanco. Atrás de la cama estaba el envase del producto de limpieza que usaban para los insectos y descubrió que era venenoso. Salió corriendo, llamó por teléfono a la ambulancia y a la policía. En pocos minutos mi casa era un loquero. Policías y profesionales de la asistencia pública dándole leche, vomitivos y una vez en la camilla la llevaron al hospital. Mamá se vistió como pudo y la acompañó como si fuera una de nosotros, su hija.
Papá tuvo que quedar con los policías que no paraban de hacer preguntas y revisar toda la casa. ¡Era un desastre! Había que avisarle a la familia. Pero se encargaría el comisario. ¡Estela se había tratado de matar en nuestra casa!
Todas las mañanas mamá acudía al hospital donde Estela agonizaba. Llorábamos todos en casa. ¡Era tan linda y buena! La policía comenzó a indagar y sus padres evitaban hablar. ¡Algo turbio había en esa casa! Uno de los hermanos, después de varios días se quebró y habló. El mayor era un rufián, maltrataba a la madre y a sus hermanos y a Estela la había tratado de hacer ingresar en el circuito de la prostitución. Al ser tan linda él, su hermano, se quedaba con todo el dinero que recogía de varias muchachas que tenía medio como esclavas y pretendía hacer lo mismo con Estela. Como ella no quería le daba enormes palizas y golpes.
¡Una mañana mamá volvió llorando. ¡Estela había fallecido! Su estómago no pudo ser curado del tóxico y con su deseo de morir, no había aceptado que la curaran.
Nunca voy a olvidar a Estela, siempre miro el cielo en las noches y digo que ella debe vivir en alguno de esos hermosos planetas del firmamento.
No, no permitiré que se despierte un dolor universal por tu huída.
No, no dejaré que el sol deje de abrumar en plata el cielo de mi alma.
No, no estaré sollozando bajo el cielo neblinoso de la ausencia.
No, no me quedaré en silencio con la garganta seca y silenciosa.
No, no pienses que pasarán las horas en el hueco de la sombra.
No, no tendré miedo por la sábana húmeda y fría en el invierno.
No, no estaré esperando en el umbral de la ternura la soledad es.
No, créeme seguiré caminando descalza por el camino de la vida.
Hasta que vuelva tu sombra derretida en las tardes de otoño.
Su despertar era antes que saliera el sol. En esa región no había electricidad y se iluminaban a las horas en que un transformador que funcionaba con gasoil les proporcionaba algo de tensión para los quirófanos.
Las horas más difíciles eran las del atardecer. A lo lejos se veían los esqueletos de toldos y enramadas que los nativos levantaban según la época del año y las lluvias.
Leticia espantó del mosquitero algunos insectos. ¡Nunca se acostumbraría a esas mariposas que parecían murciélagos o las arañas patonas y peludas que se subían por las patas de los muebles buscando frescura y comida! Los lugareños le habían advertido que así, tendría a raya los mosquitos que producían más enfermedades que las arañas.
Recordaba
su niñez en su tierra. Allí las había pero eran pequeñas y ponzoñosas. Igual le
eran repugnantes. Una vez deshecha de los bichos, se vestía con rapidez y con
una aspiradora a pila que le regalara su padre, sorbía cada rincón de su ámbito
de vida. Una pequeña habitación de materiales livianos. Su gran defensa era el
delantal con las siglas de
Finalmente vestida, higienizada con escasa agua en una palangana de plástico amarillo, despejaba el sudor de una noche húmeda y calurosa. Había aceptado por vocación asistir a esa región de extramundo. Cuando le mandaron el video, supo que nada sería fácil. Todavía había medicina de “brujos” que empíricos, a veces sanaban a sus dolientes enfermos y en su mayoría morían sin mucho llanto ni despedida.
Salió de su carpa y se encaminó a la enorme carpa blanca donde apenas ingresó le depositaron un jovencito de no más de doce años al que le había estallado una mina en las piernas. La sangre, esa preciosa joya manaba de las heridas, apenas cubiertas por trapos sucios. La piel sombría y azulada, le hizo apretar los dientes. Pero estaba allí y debía suturar y desinfectar. Un hombre de mirada oscura y sentenciosa la siguió unos pasos, no hablaba pero su mano bajo una sudadera escondía un arma.
Leticia se volvió y le señaló un cartel que indicaba que no podía pasar. Un gigante moruno, lo sostuvo. No quería dejar al niño en manos de una mujer y blanca, para colmos. El niño estaba muy delicado. Pronto dos enfermeras llegaron con material quirúrgico y bolsas de sangre que traían los helicópteros cada tanto de las ciudades vecinas. El trabajo debía ser rápido, no se podía perder tiempo ni dejar morir al jovencito.
Leticia necesitó que un colega que no hablaba inglés, le prestara ayuda. Por señas se entendieron. Estabilizaron al enfermito. Ganaba la vida. Comenzaron a llegar otras personas. Todos podían esperar. Recordaba las palabras de sus maestros en la universidad; sonrió, si me vieran es tan diferente allá en mi tierra.
Agotada se
tiró en una hamaca y dejó que una mano generosa le secara el sudor y la sangre
que había salpicado su rostro. Otra persona le acercó una botella con soda. El
azúcar hizo un pequeño milagro, sintió fuerza para levantarse y seguir. Curó
fiebres, piquetes de insectos, cortes de herramientas y huesos quebrados al que
le pudo poner un remedio casi arcaico. ¡Una tabla de madera de cajones de los
que transportaban los pocos envíos que conseguía
Atardecía y cansada, se acercó a ver a su joven operado. Mutilado, no caminaría más sobre sus delgadas piernas juveniles. ¡Malditas minas!
Ya se cortaba el suministro de electricidad y debían ir a comer a una de las carpas comedor. Allí, un ser ovillado la detuvo. Era una madre que envuelto tenía un pequeño escondido. Cuando lo vio, descubrió un hermoso niño albino. Su piel alba y su cabello, casi pelusa algodonosa le sonreía debajo de unos hermosos ojos rojos.
¡Cure mi niño, por favor! Porque acá lo matarán para usar sus huesos para hacer remedios brujos. Leticia había escuchado esa historia. ¡Los médicos brujos de los clanes, robaban niños albinos para dejarlos morir y descarnándolos, con sus huesitos hacer medicinas! Se quedó quieta, tomó al niño e ingresó a la carpa comedor. Allí, se le clavaron docenas de ojos. Los nativos, sorprendidos se hicieron atrás, los llegados de otros mundos, los voluntarios se acercaron para verlo y sosteniéndolo, vieron que era sano y fuerte. ¿Qué podemos hacer, preguntó Leticia?
Un nativo se presentó y dijo, hay que sacarlo de este país, llevarlo lejos. A un país donde pueda vivir y ser un niño útil. Acá corre peligro.
Leticia, regresó a su carpa y tomó el radio para comunicarse con sus mentores. Un mundo se revolucionó para salvar al pequeño. Pasado varios meses, que lo cuidaron entre todos, Leticia viajó con la madre y el niño a otro país, donde fueron refugiados.
Los médicos no son sólo operadores de la salud, también son ángeles protectores de los diferentes.
Hoy encontré la carta que escribí
hace años a los Reyes Magos. La letra es la de una niña de ocho años que recién
comenzaba a crecer, soñar y esperar. La leí emocionada recordando aquellos
días. “Queridos Reyes Magos, les pido que
este año me dejen la muñeca de ojos azules que está en la mercería de doña
Porota. Soy la alumna que tiene las mejores notas en todo cuarto grado y, en
clases de baile, ya logré hacer punta por más de quince minutos. La señorita
Sonia dice que tengo futuro como bailarina, pero mamá dice que ni sueñe, que
nunca me va a dejar. Yo ahora prometo no ser bailarina si me traen la muñeca.
Con cariño: Luciana”.
Me senté en la orilla de la cama de mamá, mientras tomaba una copa de Cabernet fresco y recordé cada minuto de esos días. Encontré varios papeles y cartas, que escondió, para que no lograra llegar a la capital, a la selección de becarias en el Teatro Coliseo. A su pesar, lo conseguí.
Renuncié, esta vez, a varias funciones en New York y Durban, para realizar la horrible tarea de enterrarla y desarmar la vieja casa en el pueblo. Los vecinos, en el cementerio, me miraban con envidia. Creerán que hacer un trabajo como el que tengo es mejor que el de ellos. Viajar tanto en avión de París a Londres, de Moscú a Berlín o Tokio, no es como caminar por las calles tranquilas del pueblo en que crecí. Andar bajo los paraísos en flor o los jacarandaes violetas, con olor a tierra húmeda y escuchar el canturreo de los pájaros. ¿Qué es mejor? ¿Quién sabe? A veces, cuando estoy sola en un hotel, en el que ni siquiera salgo a recorrer la zona, siento nostalgia de esta patria chica. El querido pueblo de la niñez.
Una lágrima está borroneando la tinta de la hoja de cuaderno en que hice el pedido de Reyes. Esa muñeca todavía permanece en mi nostalgia, acompañándome. No es llanto de dolor el que se escurre, sólo añoranza de la infancia.
Hace
exactamente tres años, cuando papá iba desde Paraíso del Indio al pueblo, en el
viejo Chevrolet, un tornado lo elevó sobre el pastizal de los Silveira.
Desapareció. A los seis meses encontraron parte de la carrocería en un bañado
como a noventa kilómetros de casa. A mamá le dieron pequeñas pertenencias de
papi, que hallaron algunos chacareros en los campos. Nada importante: un
pulóver, un zapato marrón, la caja de herramientas vacía, además un libro de
Víctor Hugo, embarrado y con pocas hojas. De él, nada en concreto.
Al año siguiente, en Semana Santa, encontraron
un cadáver. El comisario dijo que era el cuerpo de papá. Lo lloramos como si en
realidad lo fuese. Nadie estuvo seguro que fuera él.
Me
llamo Luciana. En noviembre cumplí los ocho. Como todas las niñas del pueblo,
voy a la escuela y a danza. La señorita Sonia es mi profesora. Ella —dicen mamá y la tía— era una gran
bailarina. Un día tuvo no sé qué enfermedad en los tendones y ya no pudo
competir en audiciones de ballet. Nosotras miramos, sobre el piano de la sala,
un sin fin de fotografías en que se la ve, en algunos teatros, con tutú y
zapatillas de punta. Están firmadas por gente muy importante y destacada, me
parece.
Mi pueblo sigue tranquilo. La pereza abunda entre sus habitantes y crece lento. Los que viven aquí están detenidos en el tiempo. Abrumados por los miedos. Los moradores, beben en bares todo el tiempo vino casero, ginebra y caña. ¡Es un problema!
Acá las madres temen
todo. Si te ven hablar con alguien mayor, no les gusta; si te ven jugando en la
plaza a la siesta o en la tarde y comienza a oscurecer, salen a buscarte. Es
como si detrás de cada hombre, hubiera un monstruo capaz de comerte. La mayoría
trabaja en la chacra. Cosecha y siembra. Mi papá vendía plaguicidas y abonos.
Nunca encontraron el maletín donde llevaba las muestras.
La
señorita Sonia dice que no pierda la esperanza de reencontrar a papá. Mami se
enoja cuando le cuento lo que hablamos entre paso y paso de baile.
Pronto
será la cuarta navidad esperándolo. Es feísimo esperar y esperar, aunque la
parentela nos invita a pasar la fiesta con ellos. Siempre agradece mi mami,
pero nos quedamos solas en casa. Es más triste, pero es una manera, de estar
más juntas. Unidas en nuestra desgracia.
Al principio, no me daba cuenta de que nos faltaba plata, luego descubrí que recibían ropa para arreglar y después hacían vestidos, camisas y pantalones, para vecinos del pueblo. Así pudieron mantener la casa.
Ayer,
me mandó a la casa de la señora Clarita. Debía llevarle la falda nueva, ésa de
color blanco que iba a usar en el baile del colegio. Luego, pasé por la mercería
a comprar hilos y un cierre cremallera color anaranjado. Allí la vi. La muñeca
más hermosa que jamás pude haber soñado. Estaba sobre el mostrador de vidrio,
junto a una caja llena de guantes de seda, ésos que usan los chicos que hacen
la primera comunión o son abanderados.
Recuerdo
que me quedé un rato mirándole los ojos azules y el cabello castaño, de pelo
natural que caía como en bucles sobre el vestido de plumetí rosado. ¡Los
zapatitos color negro de charol, con dos pequeños pompones y hasta medias blancas!
Tenía dos dientecitos que le asomaban por los labios apenas abiertos. Lucía
pestañas de verdad y cejas pintadas suavecito, sobre las mejillas de un
sonrosado que apenas le daban color, como a una niña recién nacida. Deditos
regordetes. Aritos y pulsera de perlas. La señora Porota, me dejó observarla un
rato, sin decir nada. Después, dijo que le llevara las cosas a mamá, pues
estaría preocupada. Ya caía el sol y si oscurece sabe que se asusta.
Volé con alas entre nubes de ensueño. Jamás volveré a pasar por ahí sin mirarla, recuerdo que me prometí. Se la voy a pedir a los Reyes Magos. Esa muñeca será mía. No una parecida, ésa.
Le conté a mamá. Dijo que no pidiera algo tan caro, porque los Reyes, tienen que repartir juguetes a muchos niños. La tía me miró mal. Pensé que era una bruja porque vivía retándome por todo y tal vez haría algo para que los reyes no me la dejaran.
Anoche escuché a mamá llorando. Le decía a la tía, que era imposible comprar nada extra. Imaginé que hablaba de los zapatos que necesito, pero el corazón me dio un porrazo cuando le oí decir. “No le puedo comprar la muñeca a Luciana, deberá esperar, tal vez más adelante” ¡Doble pena, saber que los Reyes Magos no existían y que nunca tendría la muñeca de ojos azules!
El día de la fiesta de fin de curso, grande fue mi sorpresa, cuando entré en la dirección de la escuela y vi la caja con ella en una mesita. ¡La iban a rifar! No tengo más esperanzas, pensé. Me fui a casa y lloré a escondidas. Mamá sufrió bastante con la desaparición de papá, no debía darle más pena. Me acosté con los ojos rojos e hinchados, pero igual me dormí. Esa noche soñé con mi papi. Venía volando. Entró por la ventana y traía en la mano un papel con el número 8. Sonriendo me mostraba el cielo y por allí se iba.
Cuando desperté, le conté a la tía y sonrió. Salió rápido de la cocina hacia su habitación, me dio un peso y dijo que corriera y comprara el número de rifa de la escuela. “Comprá el 8 “. Y no corrí, volé. Lo encontré. Gracias a Dios nadie había querido ese número. Con el papelito verde en la mano, apretado contra mi corazón, se lo llevé y de alguna manera supe que la tía, me quería y no era mala, como pensaba yo, cuando me regañaba. Al número, lo guardó en una Biblia vieja que era de la abuela, y así llegó el día de la rifa. Cuando escuché que cantaban el 8, casi caigo desmayada.
La directora tomó de mi mano el número, miró el que un nene de jardín de infantes tenía en la mano, al que sacó de una bolsita donde estaban todos y tomando la caja, me la puso con cuidado en los brazos.
Pronunció un largo discurso, que no entendí, pero creo que dijo: “Luciana se lo merece. Porque es estudiosa y ha perdido a su papá”. Cuando llegué a casa con la muñeca, saltábamos abrazadas alrededor de la mesa del comedor. Mamá comentó que papá me la mandaba desde el Cielo. Ese día creí nuevamente en los Reyes Magos.
Hace unos meses, caminando por el aeropuerto, antes del debut en Durban, en Sudáfrica, se me acercó un nativo, muy extraño, vestido con una túnica amarilla y un enorme turbante de color brillante. Su piel oscura, relucía con el neón de los pasillos. Los ojos parecían dos estrellas negras en un mar rojizo. Una enorme sonrisa acarició mi desconcierto cuando, en perfecto francés, habló: “Su padre, al que veo, dice que el cuerpo está en el fondo de un lago en su lugar de América. Él, su espíritu, está siempre cerca, ahora mismo permanece parado a su lado. Sonrió y señaló la muñeca que llevo desde niña en brazos cuando viajo. Se la regaló cuando usted tenía ocho años. Le expresa que la ama y que se cuide al bailar”. Luego, con paso lento, se perdió entre la muchedumbre en el aeropuerto.
Nació como según se
dice: en cuna de oro. Su padre estanciero, su madre con apellidos para hacer un
legajo real. Un bebé de portada de revista de moda. Sexto hijo de una pareja
despareja y sombría, pero que aparentaba felicidad. Los tres primeros eran unas
niñas que no tenían el glamour que se esperaba de esa gente. Los dos varones
que vinieron después, mellizos, eran morenos, de ojos negros y tan diferentes
al padre que se murmuró que no eran del patrón, sino del chofer. Tenían una
berlina que los llevaba a la iglesia o a la ciudad. Siempre acompañados por la
nana, una matrona rubicunda y alegre que le cantaba canciones en francés.
Lo bautizaron Luciano
Rigoberto Cosme, por abuelos y parientes muy queridos. Y aprendió a caminar
pronto, más ligero que sus hermanos. Ágil y picaresco siempre haciendo
travesuras que eran ocultadas por el resto de los hermanos. Una tarde de
tormenta un rayo cayó cerca del camino, el caballo se descalabró y cayeron en
un barranco. Dos de sus hermanas: Federica y Leticia quedaron en estado de
coma. No hubo terapia que ayudara a las niñas y con el dolor incrustado en el
corazón de la familia las dejaron en el camposanto de Laguna Larga. A tres
kilómetros de la casa familiar.
Pasó el tiempo y los
muchachos fueron internados en un colegio LaSalle y Amancia la hermana de ocho
años, fue a las Clarisas. Quedó él, el niño más mimado de la familia. Con el
Jardinero, aprendió a cazar, a pescar y a galopar por los campos de trigo y
cebada de la estancia. También don Antenor, le enseñó a capar y marcar el
ganado. Para el muchacho todo era un deporte.
Creció hablando un
francés pasable, porque la nana insistió en enseñarle su lengua nativa. Su
madre le hablaba en inglés y el padre, como buen hijo de castellanos, le
obligaba a usar el español a la perfección.
Nadie habló de llevarlo
a la ciudad a un colegio para su formación y sólo aprendió con esmero de la
enorme biblioteca de sus padres. Era muy inteligente y curioso. El día que su
padre compró un Ford, estalló en gritos de alegría y ya nadie pudo impedir que
trepara al vehículo y aprendiera a manejarlo. Volaba por los caminos
polvorientos. Desarmaba parte por parte el automóvil y lo armaba como a un
simple rompecabezas. ¡Es un genio! Se decían en la casa. Pero salía con el
asiento lleno de armas y volvía con animales sangrando, colgados de los hierros
del coche.
La cocinera se
molestaba porque debía limpiar y despostar los bichos. Luego cocinarlos con
recetas que le daba la nana. La madre lo llamaba Rigoberto, por una discusión
que había tenido con su abuelo de quien el muchacho había recibido el nombre de
Luciano.
Cuando pasó el tiempo,
ya mozo, su figura era la de una estampa de buen artista plástico. Alto, bien
formado, de ojos claros como su padre y siempre tostada la piel por el sol que
recibía entre los campos de girasol y maíz. A veces iba a buscar a sus hermanos
y los veía pálidos y descontentos, llenos de remilgos por la exigida escuela y
sus maestros. Pero él, sólo pensaba en grandes aventuras.
Su padre le regaló un
campo y él, supo hacerlo trabajar y acrecentar sus bienes. No sería abogado
como uno de los hermanos, Rufino, ni cura como Alcides pero su vida sería
recordada por siempre. Él, sería un héroe.
Aprendió a volar unos
armatostes de metal, lona encerada y madera. El motor echaba humos como horno
de pobre y el ruido era del mismo infierno del Dante. Voló solo y acompañado
por su amigo Waldemar. Pasaron del globo al aeroplano como pájaros sedientos.
Eran jóvenes y arriesgados. Llegó a Francia y París lo recibió con su bohemia y
pasión. Amó a varias mujeres, probó todo. Hasta un día que le llegó un
telegrama diciendo que su padre y su madre habían muerto y se lo necesitaba en
América. Laguna Larga era su lugar y su mundo pequeño pero asombroso. ¡Y
regresó! Ya tenía cuarenta años. De sus hermanos poco sabía. Su hermana se
había casado con truhán que le robó hasta la memoria. Tenía siete hijos y
deudas hasta en la cocina. Cuando la vio, casi cae desmayado. Delgada y pálida,
su cutis otrora arrebolado era color ceniza verdosa, sus manos que parecían
ángeles en el teclado del piano estaban llenas de cayos y ampollas. ¡Un horror!
Resolvió la vida de
Amancia, que cambió. La de sus hijos también. Pero, ella le hizo comprender que
tenía que formar una familia. Buscó entre las muchachas casaderas a la más
inteligente y de buen humor, no quería un limón agrio a su lado. La encontró en
Virginia Del carril y Orregio. Una dama, que hablaba francés, inglés y pintaba
como había visto a grandes artistas en París.
Siguió cazando pero
junto a su amigo Waldemar, atravesaban la sabana africana o asiática buscando
piezas de alto valor entre los hombres acostumbrados a ese deporte. Mientras
ellos viajaban, Virginia y Amancia, manejaban los campos y disfrutaban en
reuniones con personas pensantes. Hasta que vino una revolución y quedaron
dentro de un pequeño círculo que se ocultaba para tratar de reponer
Les confiscaron las
haciendas y los vehículos. Se salvó el avión porque Luciano Rigoberto lo había
llevado a África. No pudo regresar por dos largos años. Su país ya restablecido
el parlamento, le había devuelto sus bienes. Cuando regresaban una tormenta los
atrapó en pleno mar, debieron aterrizar en una pequeña isla y allí, esperar un
tiempo de bonanza. Al aterrizar en Laguna Larga comprendió la verdad, se
acercaba un hombre bello, tan hermoso como fuera él, a sus años y supo que
había envejecido.
Un abrazo enorme los
unió y una promesa selló sus corazones. No venía un héroe, venía un hombre
maduro que ya perfilaba los setenta años. Virginia, con la cabellera gris, le
entregó dos cartas. Una de su hermano abogado que exigía la herencia que le
correspondía y una de su hermano que ya era obispo, que pedía entregara su
parte a los pobres de África. Y así, el muchacho arrogante y veleidoso se
arrebujó en un sillón junto a su perro y su esposa, para pasar el resto de su
vida como un hombre común típico de un tiempo lejano.