lunes, 27 de febrero de 2023

AL MUNDIAL...


                        Hoy se armó en casa. Carlota así como así, largó la célebre frase del tenista argentino Guillermo Vilas: “ El césped es para las vacas”. Estábamos desayunando y despiertos desde las cuatro y veinticinco, para ver el partido en Berlín, entre Ghana y Holanda. Papá tenía unas ojeras que parecían las cortinas del teatro Independencia y Lucas enrojecía todo el partido con sus córneas rubicundas por los rayos catódicos. Mi corazón estaba dando su quinta vuelta olímpica a la cancha de Berlín porque si Holanda le ganaba a Ghana, podíamos perder el campeonato. Carlota nos miró con desprecio y pronunció otra de sus macabras palabras. “Son verdaderos idiotas”. Todavía no comprendo cómo papá no le sacudió un tortazo. ¡Se lo merecía!

                        Llegó mamá con su décimo termo de agua para el mate. Sacó unas galletitas y las puso sobre la mesa. Automáticamente comenzamos a engullir sin mirar si tenían arsénico o naftalina. El penal nos puso de pie. A cada movimiento de los jugadores, nos movíamos como títeres o titanes en el ring. Un chiflido esparcido por el living fue el resultado del penal. ¡Animal!- gritó papá fuera de sí. Carlota volvió sobre nuestra loca esperanza diciendo que sólo unos tarados, pueden salirse de sus cabales por un partido entre un montón de negros del quinto mundo contra otro montón de negros del primer mundo. De verdad todos los jugadores son africanos. Bueno; ni la miramos, como te imaginás, aunque papá se la quiso masticar cruda por lo de “quinto y tercer mundo”. Muy discriminatorio…

                        Mamá comenzó a preparar nuestras mochilas. Ese día, era un día más, de nuestras obligaciones, que estaban detenidas en el tiempo. ¡Mi hermana sacó sus libros de la biblioteca! y comenzó a buscar entre las páginas de un atlas.- ¿Dónde queda Ghana?- nos preguntó- ¿Dónde quedaba Ghana? La verdad ni idea, en África seguro, pero el sitio exacto… no. Una imagen de chicos hambrientos quedó suspendida sobre nuestros ojos. -¡Esto es Ghana! - dijo. Papá saltó y le dio un zamarrón. Mamá sin decir una palabra tomó una tijera y luego de desenchufar el televisor, cortó el cable que nos unía al partido con Berlín. Igual perdimos el mundial, pero sigo pensando que Carlota es una amargada. Sólo piensa en cosas serias.

                        En el próximo mundial de fútbol, voy a juntar tanta plata como pueda, para ir a ver los partidos al país, en donde se jueguen.  Ya verá Carlota cuando ella no pueda viajar con nosotros. Seguro que para ese viaje, todos se van a querer anotar. Mamá, dijo muy seria, que nunca más nos va a permitir salir de la cama a horas desopilantes por un partido de fútbol; pero hace unos días atrás, descubrimos, que a las cuatro de la mañana estaban con papá viendo un partido de básquet en Japón, donde jugaban argentinos para las próximas olimpíadas. Con Carlota seguimos peleando, pero ella es una chiquilina con sólo trece años. ¡Es una idiota! Ya va a crecer y se pondrá la camiseta. Ya verán, cuando se ponga de novia, tendrá que ver todos los mundiales de por vida. ¿Qué novio o marido, se aguantará que le prohíban  ver fútbol?

UN MINUTO QUE CAMBIÓ MI VIDA

 

            Un viento helado atravesaba el barrio. El tiempo de vacaciones arrebataba a los pocos transeúntes las ganas de andar. Todos se hubieran querido quedar en su casa y descansar, pero siempre hay gente ocupada. Clarisa se vistió con poca dedicación ya que entre el frío y el viento, no sólo se arropaba, más bien se disfrazaba. Era extremadamente friolenta. Cómoda, le decía su mamá cuando aun vivía con sus padres. Pero ella que ya no era una joven adolescente, hacía caso omiso a su presión. La mujer quería verla vestida como las jóvenes de las telenovelas.

            Buscó una bolsa de la alacena y sacando la llave de una pequeña percha que servía para no perderlas, cosa que le ocurría seguido, salió. Un ráfaga helada la traspasó. Haciendo un esfuerzo para no volver, se alejó hacia el supermercado. Allí la temperatura era agradable. La joven que la atendía siempre en la panadería, le sonrió y con voz cómplice le dijo:- Aquí, Clarisa, están sucediendo cosas raras. Fíjate, que esta mañana oí al señor Charles gritar en un idioma que nadie comprendió.- y se ocultó tras el mostrador haciendo un ademán de silencio.

            El hombre, dueño desde hacía sólo un año más o menos, se acercaba con el rostro adusto. Sus ojos orlados por negras ojeras, parecían pintadas por un artista del oriente. Masculló un saludo para Clarisa, que siempre le hablaba amable y se alejó por entre las góndolas. Desapareció tras una pequeña habitación en la cual vivía.

            Clarisa, se proveyó de facturas y pan roseta. Luego fue hasta los lácteos y buscó leche sin colesterol para su abuela que vendría el próximo lunes, queso magro y manteca. Siguió por el café, sacó unas cajas de té y un paquete de yerba mate, ya que esa tarde venía su prima Isabel a copiar unos temas de la computadora. Era una adicta al mate, Isabel, y en su casa no, sólo de vez en cuando su papá bebía en saquitos o si lo cebaban bien tomaba tres o cuatro mates. Por eso ella no bebía esa infusión. Luego, cuando iba a pagar, observó que el señor Charles se acercaba distraído. Cuando de repente, vio por la vidriera que un automóvil oscuro se detenía y de él, descendían cuanto hombres envueltos en gabardinas negras. Se puso muy pálido y trató de esconderse, pero era tarde. Los extraños personajes lo habían visto y apuraban el paso. Entraron y allí mismo esgrimiendo un arma cada uno, le hablaron en un raro idioma que Clarisa, nunca había escuchado. Fue un minuto en que todo cambió.

            Ella trató de interponerse haciendo que no comprendía, como para ayudar al señor Charles. Éste, le dio un fuerte empujón que la hizo caer. Eso evitó que un proyectil, le atravesara el pecho o la cabeza. El tiroteo fue corto, cortísimo. La poca gente que compraba,  gritaba y corría asustada. Los repositores y las cajeras estaban sudando en el suelo. Nadie pronunciaba una palabra, cuando los hombres salieron, ascendieron al coche y huyeron por la calle Los Patos, doblando por Río Azul. Clarisa, se acercó a Charles que murmuraba en un idioma extranjero. Asido a sus manos le suplicó en un tosco castellano entrecortado, que llamara a un número que su mano temblorosa le tendía. Un hilo de sangre le corría por el brazo, y su pecho se iba coloreando lentamente. Una vez que todos se tranquilizaron, tomó el papel que le daba el herido y marcó un número. En el mismo extraño idioma, le hablaron. Ella en un perfecto inglés escolar, le explicó como pudo lo sucedido. La persona que estaba del otro lado dio un rugido de dolor y en inglés le pidió que no llamara a la policía. ¡ Algo extraño estaba pasando!

            Clarisa, trató de deshacerse del compromiso, pero el señor Charles se había aferrado a su pantalón y así no se podía mover. Llegó una ambulancia. Alguien desde un celular la había llamado. Los paramédicos y el médico sacaron al hombre urgentemente del negocio y con el ruidoso movimiento de luces y alarma, hicieron que se aglomerara el gentío. El médico, distrayendo a la gente le habló. Creyó que Clarisa era pariente o empleada del moribundo. Debe acompañarnos al hospital. Y la empujó hacia la ambulancia. Los empleados trataron de salvar el error pero fue inútil, ella ya estaba junto al camillero.

            En el nosocomio, sacaron rápido las órdenes y lo ingresaron al quirófano. Él seguía  murmurando en  idioma extranjero. Un joven residente se acercó a Clarisa y comenzó a hablarle en el idioma, ella le explicó la confusión. El muchacho sonriendo, le habló en español. Es árabe. El hombre debe ser sirio o libanés. Mi abuelo, me enseñó el árabe de niño y ahora lo hablo cuando puedo. ¿ Siempre es útil, verdad? El rostro de Clarisa era un bosquejo. Estaba perturbada y se había involucrado sin querer en quién sabe qué problema. Pensó en Bin Laden, en las Torres y los atentados, en Hezbollah y cayó desmayada. Ella estaba inserta en una emboscada de los terroristas.

            Un grupo de jóvenes médicos se habían acercado a socorrerla. Les habló, pidiendo que llamaran a su padre. Así lo hicieron y en pocos minutos toda su familia estaba allí.

Aunque el hombre del teléfono le dijo que no llamara a la policía, al mismo tiempo que su familia, llegó un inspector y comenzó a interrogarla. Sólo explicó que ella era una clienta y que había quedado en medio de todo ese tumultuoso suceso. No dijo que había hablado por teléfono con alguien y que le pidieron discreción. Salió del hospital, pero se dio cuenta que no le habían creído. Llegó a su departamento y descubrió que en su bolsillo estaba el papel con el número de teléfono que le diera Charles, que se llamaba Ibrahim y era refugiado árabe. Su terror, la hizo pensar que ahora vendrían por ella. Llamó a su amiga Georgina. Ella era abogada y la podía ayudar. Le pidió con tanta desesperación que fuera a su casa, que la joven, tomó un taxi y llegó en minutos. Cuando le relató lo sucedido, se quedó pensando un rato. – Debes ser astuta, nunca consientas que tienes ese número. Escóndelo. Cambia tus rutinas todos los días. Verás así, si te siguen los malos.

            En la T.V. relataban el hecho, como un asalto más de la inseguridad que vivía la gente en el país, otros clientes del supermercado relataron el hecho con variedad de acciones. Cada uno le agregaba un matiz diferente. Al día siguiente ya se relataba otro suceso parecido en un supermercado chino, cerca de Belgrano y así, día a día se fue diluyendo lo acontecido. Clarisa le pidió al padre que fuera a averiguar en el negocio, qué había pasado. Todo estaba en orden, sólo que aun Charles o Ibrahim, no había regresado, pero había llegado un primo y su esposa desde la capital, para hacerse cargo. Tranquila, comenzó a olvidar lo sucedido. Una tarde que fue al supermercado, sintió que la mujer, envuelta en un traje típico, la miraba insistentemente. El hombre también, no le sacaba los ojos de encima. Cuando llegó a la caja para pagar, la mujer, le tomó la mano y la invitó a que la siguiera hasta el pequeño despacho detrás del negocio. Tuvo un ahogo de miedo. Le sirvió un té y mientras lo bebía le preguntaba si recordaba el número de teléfono al que ella había hablado aquel fatídico día. Comenzó a sudar. Trató de no mirarla a los ojos. Eran negros, grandes, expresivos y rodeados de kohol. Indagó en su memoria y dijo. – creo que era algo así como ...419...creo que tenía un cinco. No recuerdo. Yo estaba muy nerviosa y me lo iba dictando entre sus ruidos agónicos, porque se moría, le juro que don Charles se moría. La mujer la estudiaba. Entró el hombre. Se presentó como Mohama Alí y no le dio la mano. Eran muy religiosos, eso se notaba en sus ropas y ademanes. Les volvió a relatar la historia, haciendo hincapié en que con el miedo y el manotón que le diera don Charles, ella no había visto la cara de los hombres. El primo le indagó si recordaba qué auto era y si vio la identificación en la chapa. Negó rotundamente. En verdad ni se había fijado. Sólo recordó que era oscuro, grande y hacía ruido y chirridos al escapar. La despidieron con mucha ceremonia. Salió casi corriendo y al llegar a su casa se encontró que alguien había entrado y había revuelto sus papeles. Clarisa llamó a su padre y le pidió que la ayudaran a mudarse. Realmente allí estaban pasando cosas raras y ella no quería terminar en la morgue. Un sobresalto le produjo el sonido del teléfono. Una voz con acento extranjero le pedía una cita. Ella se negó. Cortó la comunicación y comenzó a prepararse un bolso con ropa y libros. Así dejó su amada casa de estudiante. Fue a vivir a una residencia universitaria cerca del complejo de la facultad de arte donde daba clases de escultura y pintura.

            Un mes después, su vecina le avisó que su casa había sido saqueada, que habían cerrado el supermercado y que se murmuraba, que en el hospital, habían asesinado a Charles. Ahora, el pobre, estaba en la morgue, esperando que alguien reclamara su cuerpo. Clarisa se persignó y comenzó a buscar en Internet una beca en el extranjero. Su vida dependía del reloj.  

OVERO ROSADO, ERA MI AMIGO

 

            La vida me puso en ese lugar y en esa hora. Nací en medio de una refriega familiar. Mi madre, me parió sin decirle a nadie quién era el meritorio padre que me engendró. ¡El muy cochino hizo lo que tenía que hacer y desapareció! Y eran épocas en que la mujer debía llegar impoluta al altar. La mía llegó conmigo a cuestas y con un prontuario barrial de “puta”. El gil que quiso casarse con ella duró poco. Imaginen que yo tenía apenas un año y era un llorón, enfermizo y molesto como avispón de campo.

            Mamá me odiaba. La única que me tenía cariño era doña Lubina, mi madrina. Era tan gritona como yo, fumaba como un murciélago y sus 132 kilos, la hacían balancearse sobre la grasa como una elefanta preñada. Yo la amaba. Ella me enseñó a usar la cuchara, el baño y lo poco que aprendí, mientras mi vieja hacía la calle.

            Un día apareció verde amarillo y en el piso, parecía dormida. Luego se la llevaron en una ambulancia y no la vi. más. Allí comenzaron mis anécdotas.

            Comencé por asistir a cada baile y fiesta en la que mi “mamita” se entretenía. Conocí marineros, capadores de chanchos, capataces de fábricas, taxistas y raritos, que bebían, aspiraban coca y qué se yo cuanta porquería pude ver. Así crecí y aprendí a arreglarme solo.

            ¿Escuela? Ni idea. Te explico, yo recibía monedas por callarme, por salir de la habitación, por tirar porquerías si llegaba la cana y otras cosas varias. Era un trabajo, ¿no?. A veces, escuchaba una palabra de aliento en algún idioma que comenzaba a entender de los marineros. Descubrí que tenía que irme al norte. U.S.A., Tío Sam o “Sueño americano”. Sin decir nada me fui, luego que me escondí en un carguero. El lugar en que me escondí era infame, sucio y oloroso. ¡Nunca me voy a olvidar ese olor!

            Me encontraron en medio del océano. Me reputearon en todos los idiomas. No me pudieron tirar al mar. Había tiburones de todos los colores y estaban hambrientos.

            Aprendí a limpiar pisos, lavar platos y copas, sabía, lo hice desde chico para los “amiguitos de Mami” y así divisé la famosa estatua de la “Libertad”.

            Han pasado veinte años. Hoy soy gerente de una cadena de restaurantes y gano miles de dólares al año. Y es acá donde comienza mi verdadera historia.

LA ESTANCIA “EL PANTANOSO

 

            Salí de la facultad, donde soy adjunto, con tiempo justo para tomar un taxi y llegar al aeropuerto. Tenía que llegar a una reunión en Montevideo para concretar el contrato de la firma “Taxmir S.A.” de construcciones civiles. El pliego nos favorecía y se jugaba una suma muy interesante. Llegué a la butaca del Boeing con lo justo. Una joven sonriente me ofreció algo fresco y allí me di cuenta de que no había comido nada desde la mañana muy temprano. Las tripas me chirriaban como los neumáticos en la pista.

            Me dormí un rato. Poco tiempo para mi eterna falta de sueño. Envidio a esa gente que puede dormir. Hasta los días feriados me despierto a las 5 A.M.y doy vueltas y vueltas en la cama. Termino saliendo a correr por la calle hasta el parque. Otros regresan de bailar y de farrear.

Llegué a Montevideo. Me esperaba una camioneta de la empresa. Rápidamente me llevaron a un hotel, donde me refresqué y salí como un atleta hacia la reunión.

            Después de discutir algunos puntos del contrato, firmamos. Cuando estaba por salir, sonó mi celular. Era un abogado de La Pampa. No entendí nada de lo que me dijo. Supe, sí, que tenía que viajar en no más de diez días a esa parte del país.

            Regresé a mi departamento y revisé mis mensajes y encontré uno de La Pampa. Era un tan Ulises Vergara Ernáez, que me revelaba que habían muerto una tal Felicitas  y Carlota “Cotota” Gómez Fontana, primas de mi padre. Biznietas del Coronel Arcadio Servando Gómez Fontana, y yo era el heredero de ambas. Me ausenté de mi trabajo por unos días y viajé.

            Llegué a Santa Rosa, la capital de La Pampa sin muchas ganas. Siempre encuentro más problemas a resolver que cosas resueltas. El estudio era sobrio y algo antiguo. Sombrío y húmedo. Allí me esperaba un hombre anciano. Luego me confesó tener 89 años. Abogado de las famosas Felicitas y Cotota. Me mostró todos los papeles y sí, heredé una estancia de 27.840 hectáreas con una producción de trigo y maíz, digna de un cuento de ficción. Casi me da un desmayo. Además me entregó las llaves de una casona señorial en un pueblito cercano y una cuenta bancaria abultada. De pronto me interesé por la historia de ambas “tías” de ahora en más, “del corazón”.

            Firmé con un cierto temblor en la mano: Servando Fontana Mosquera. Y así como firmé tuve que hacerme de coraje y viajar hasta la estancia “El Pantanoso”. El coche que conseguí no era muy cómodo. El chofer me miraba con una sonrisa cínica y me preguntó cien veces si me acordaba de las tías. La verdad, a los siete años, una vez había venido con mamá y una tía, hermana de papá, ya muertas ambas, en vacaciones a visitar las tías de La Pampa. Nunca imaginé que me dejarían todo.

            Me dejó en la puerta de una casa antigua, de arquitectura Art Decó, con puertas enormes de roble y herrería afiligranada. Iba a poner la llave en la cerradura y se abrió de pronto, frente a mí había una pareja de viejos criados de las “Niñas” que me esperaban con cara de susto y poco amigo. Me presenté y charlé para tranquilizarlos. No me quedaría por mucho tiempo y sólo conocería un poco el manejo de ese monumento al trabajo… pues había que ubicar todo, casa, hacienda, etc., antes de vender y regresar a mi vida.

            Aparte de “El Pantanoso” supe que había otro campo, según ellos, chico, de 5300 hectáreas, llamado “La Anunciada”. Allí se criaba ganado lanar y cerdos. Tenía una pequeña Hara con 165 caballos de polo y de carrera, y eso me hizo descomponer de los intestinos. Rogué por un baño o hacía un papelón. Entendí las miradas socarronas del taxista. Yo de pronto era “millonario”.

            Me llevaron por la mitad de la casa hasta el baño, que parecía sacado de una revista de decoración de 1920. Pero resultó tener todas las comodidades de este momento. Luego de lavarme cara, manos y mirarme en un espejo gigante, escuché que me ofrecían ir a cenar. Fui a un comedor enorme. La mesa estaba como para un programa de Mirta Legrand. Platería, copas de cristal y porcelana. Me sirvieron pollo asado con patatas y setas. Huevos rellenos y ensalada. Postre… “Ambrosía” hecha por la casera. ¡Un banquete! Todo regado con vino fino. Los invité a sentarse y casi se caen. ¡Eso no les estaba permitido! Yo ni idea.

            Dormí como hacía veinte años que no dormía.  Desperté con el canto de los pájaros y un suave murmullo de los caseros. Se llamaban Casildo y Severina. Trabajaban allí desde los catorce y dieciséis años. No eran casados, pero me olí que vivían como pareja.

            Desayuno y a salir al campo. Nunca monté a caballo. Un peón me miró con desprecio cuando le expresé mi ignorancia sobre los nobles brutos. Acicaló una volanta y así pude dar una vuelta por una parte del campo. ¡Quedé sin aliento! Los prados de girasol eran mantas de color amarillo igual que cuadros de Van Gogh, más allá un verde selva brillante mostraba el maíz a punto de ser cosechado. El trigo ámbar era un mar de olas vegetales en un vals de sol. Árboles enormes coronaban los potreros. Regresé y llamé a mi oficina para comunicarles que renunciaba, noticia que cayó como un rayo mortífero.

            Me quedé en El Pantanoso y La Anunciada. Tenía que suplir a las “Queridas Tías”.

            Como soy soltero, sin apuro de formar familia e ignorante en muchísimas cosas, le escribí un e mail, a mis tres amigos más queridos. Viajen con carácter de “Urgente”. Los necesitaba. Tres días después llegaron: Julio, Isidoro y Carloncho. ¡No podían creer lo que me había sucedido!. Se ambientaron enseguida y la casa se llenó de risas y cada uno aportó su capacidad e inteligencia. Julio es contador, Carloncho ingeniero agrónomo e Isidoro veterinario. Yo soy ingeniero civil y de campo y animales… no sé nada.

            Revisando cartas y fotos descubrí que papá y mamá venían muy seguido, a visitar a las tías. Las fotos no mienten, dijo Carloncho. Vos eras un niño y jugabas en esta casa. Encontré tarjetas de cumpleaños y de salutación de navidad y fin de año, remotas para mí, los viajes hacia esta parte de mi país estaban escondidos en mi frágil memoria.

            Pasada dos semanas, apareció una joven, más o menos de 36 años, que vivía en la estancia “El Doradillo”, a 9 kilómetros al sur de “La Anunciada”. Era prima en varios grados lejanos a mí. ¡No la tuvieron en cuenta las tiítas, por algo!!!! Llegó galopando en un tobiano, como Jane Fonda en película de Hollywood. Era una amazona de cine. Se llamaba Celeste Huidobro Fontana

            Era morena y muy avejentada por las tareas rurales, Ya que ella, sí manejaba su estancia. Delgada y rústica, enseguida comenzó a historiar los hechos no escritos de la familia. Esos cuentos que se esconden en las tribus de todos los países, para aparentar que son seres valiosos sin nada que esconder. Así supe que el bisabuelo, por quien yo me llamo Servando…, había sido un loco de las armas, el juego, las mujeres por las que perdía la cabeza y el alcohol lo hacía delirar. Gracias a su esposa no había perdido las tierras. Papá era hijo de su único nieto varón y tenía hermanas que nunca conoció.

            Tuve que empezar a trabajar en los campos. Eso me obligaba a usar los potros y yeguas que pastoreaban felices en los pastizales.

            La vergüenza me hizo intentar trepar al lomo de un caballo. Me trajeron un lobuno enorme. Con ayuda de Carloncho me senté en la silla de cuero lustrada y taraceada en plata, del difunto marido de la bisabuela. Apenas sintió mi cuerpo sobre él, salió como un bólido hacia el camino. Cuando él subía yo bajaba, así agarrado a las crines y gritando como un perseguido por la justicia en un país sin justicia, estuve largos minutos, que me parecieron eternos, como bolo de Bowling de acá para allá en la maldita montura; de pronto me depositó de una frenada insólita sobre la maleza junto al chiquero. Por dos días sentí que mi culo estaba igual que si una horda de marineros rusos en la época de la guerra fría, me hubiera violado. Odié al matungo, a Carloncho y a la yegua que parió al rocillo.

            Ni al inodoro podía ir, sin que un dolor quejumbroso se deslizara por los pasillos de la casa. Las risotadas de las bestias de mis amigos, me despiertan en la noche con las pesadillas que tengo. ¡Mueran los pingos, carajo!

            Pero tuve que volver a intentarlo. Lilito, el peón que me ayudaba en las faenas asesinas… me trajo un bayo naranjo, muy tranquilo y pesado. Me enseñó a montar y con su caballo, noble como animal de circo, junto a mi cabalgadura, comencé la gran aventura.

            Pasado seis meses, ya no me movía tan mal y no me dolían los flancos y el traste. Pero imaginé como tendría la entrepierna la “prima Celeste” después de pasar la mayor parte de su vida montando el tobiano. ¡Chatas como bosta de vaca! Aunque yo no me quedaba atrás y sentía que ni aparejando los huevos, se verían como antes.

            La muy chancha, que venía por mí, y a quien no di bolilla, se hizo amiga de mis compañeros, que salían a retozar por la estancia como si fuera ella la dueña. Descubrí que mi odio era sólo celos, porque sabía cómo y cuándo era la época de cada plantación, cosecha y venta de cereales y vacunos. Tenía al día los precios en bolsa y se manejaba con los intermediarios de la capital, para vender al mejor precio. ¡Lilito la adoraba! Estaba enamorado y parecía morirse si ella le dirigía una sonrisa. Se babeaba si le pedía una opinión y su parecer en la yerra o en la esquila.

            ¡Somos muy idiotas los hombres! Pronto Isidoro y Julio, se disputaban un lugar junto a ella en la mesa. Nunca sabré si era por su “belleza exuberante” o su “cartera y cuenta bancaria”.

            Así aprendí a capar y comer esas asquerosas creadillas asadas. Debo haber aumentado el colesterol hasta el infinito con tanto asado a la llama. Aprendí también, a  mirar cuando venía una tormenta y era tipo huracanada. Fui tomando un color dorado oscuro y no era por estar en Cannes o Bahía. Aprendí a pialar y supe ¿qué era un brete? Y deduje que las tías me habían odiado para dejarme semejante cantidad de trabajo. ¡Y me amaron para dejarme tanta plata!

            Un día se dio el batacazo. Isidoro le pidió matrimonio a Celeste. Lilito al amanecer, salió de la estancia sin rumbo cierto. Creo que se fue llorando. La vida parecía una novela de Migré. Julio volvió a la capital y continuó con su tarea. Desde allá hacía los pagos, balances y tramoyas propias de los contadores para no pagar tantos impuestos.

            Y yo, acá estoy en “El Pantanoso” y “La Anunciada” viajando al “Doradillo” en donde por rara cuestión han comenzado a ser visitados, Isidoro y Celeste, por un sin número de amigas y parientes lejanas de mi “prima”. Algunas están para el rapto y el manotazo, pero me niego todavía a dejar mi condición de “candidato soltero”.

            De noche me suelo preguntar: ¿Qué carajo habrá hecho uno para tener tanta suerte?

 

 

¿Dónde quedó mi árbol de hojas perfumadas?


Un arpa de nácar arrancando el eco de bosque mañanero

se perdió en mi montaña.

esa que hoy es jaula de barrotes de acero. Barrotes de besos.

En su vientre de piedra se cobijan mis sueños,

se desgranan latidos.

Mi lago de guijarros son el áspero soporte

de la piel de mis entrañas tan heridas.

Sonríen pasajeros los labios de madera

Aprietan mis senos. Alguien, sólo alguien.

Mis manos sangrantes se mueven lentamente buscando

una caricia. Pero

llega un frío de abandono con su largo capote helado y

el fuego huye con sus ojos milenarios

hasta la cumbre errante de la vieja montaña.

Está amaneciendo, hoy...

No tengo huída.

 


ME CUESTA MUCHO MADRE

 

            Si te digo la verdad, me disparas con un golpe. Estoy perdida. Sí, perdida por el amor imposible a un hombre mayor que tiene su familia en una casa enorme. Es tan gentil y habla tan lindo… parece un ángel. Ya sé, estoy metida en una ciénaga de aguas insalubres. Un amor de este tipo, es un peligro.

            Tiene mujer e hijos. Tiene un trabajo importante y es muy conocido en la ciudad. Nunca me mira. Yo le sirvo un café y sin levantar la vista me da las “gracias” y mis piernas tiemblan.

            Me cuesta dormir sin pensar en él. En su frente despejada y suave. Su piel perfumada a lavanda y su barba. ¿Qué voy a hacer, me digo? Quiero escapar y me quedo paralizada, no me responden las piernas.

            En la oficina, nadie se ha dado cuenta que transpiro cuando me llama. Que tartamudeo si me hace alguna pregunta o me pide que le alcance una carpeta o una pluma. Parezco torpe, gracias a Dios, tengo los lentes gruesos que esconden mi mirada.

            Me visto como usted me enseñó, moderada y bien limpia. Un día se detuvo y me dijo que el aroma de mi cabello le recordaba a su madre. Casi caigo desmallada. Salí apresurada de la oficina con una breve palabra: “gracias”.

            Madre: ¿Es tan duro el amor? ¡Es tan doloroso como yo lo vivo! No me castigues, madre. No he buscado este sueño. Lo sé imposible. Cuando cumpla los cincuenta, en el verano, seguro pediré el retiro. Así, no habrá un problema con esta pasión ingrata que atraviesa mi vida. ¡Me cuesta mucho madre, dejar de ser quien soy, la “soltera” fea y triste del estudio jurídico! La anticuada y torpe. La que soñó hace mucho con la gloria de un beso, de un abrazo legítimo que nunca recibió de los brazos de un hombre.

            Sus manos. De dedos largos y finos, uñas cuidadas. Venas azulosas y rápidas con la pluma y la máquina. Su sonrisa soñadora cuando mira la foto de sus hijos. La voz adorable cuando habla con su esposa. ¡Es muy duro el amor!

            Ya se que no me cree. No finja. Usted sabe algo y no me lo dice. ¿Qué él, tiene una amante? Imposible. Es un disparate. ¡Que la conoce mucho! No es cierto.

            Quiere que yo me muera de tristeza. Quiere que yo lo vea como a un monstruo. ¿Pero de dónde saca que tiene una pareja fuera de su matrimonio? Que Lidia, la otra secretaria es ella… nunca. Nunca lo he visto mirarla. Ni le habla de otra cosa que no sea un expediente o un protocolo jurídico. Usted me miente. ¿Los ha visto en un rincón comiendo muy acaramelados? Me cuesta mucho madre creerle.

            Ayer en la Avenida Laszlo Krauzt, una mujer se abalanzó bajó un autobús que repleto de pasajeros, no pudo evitar arrollarla. En la mano, llevaba un sobre con una carta para su madre. La occisa de unos cincuenta años, sólo se dejó caer frente al vehículo. Sus jefes, de un famoso estudio jurídico de la ciudad, lamentan su pérdida, ya que era excelente secretaria y persona. Todos sus compañeros le harán una ceremonia de despedida en la catedral de la capital.   

EL PODER

 

            ¡Tener dinero te dará poder! Ese era el lema de su familia. Habían trabajado como mulas en los tiempos lejanos, hasta que la suerte los tocó. La abuela Herminia, se ganó la lotería y con eso comenzaron las artimañas para conseguir mucho, mucho dinero.

Se mudaron a un barrio muy “paquete” y se agregaron apellidos que parecían plaquetas de brillantes en la frente.

            Compraron un caserón y llamaron a un decorador que era famoso entre los famosos. ¡Para eso estaban las revistas de chimentos! Vino con un ejército de ayudantes y dejó la casa como la de unos verdaderos magnates.

            Les llovían las invitaciones a cenas, bailes e incluso los instaron a hacerse socios de un club exclusivo. Ropa nueva, calzado a la moda, peluquerías caras y cambio de colegios. ¡Los públicos, son para los pobres! No importaba si aprendían o no, los hijos, pero se hacían de amistades de ilustres.

            Así pasaron un par de años, con ciertos negocios que les dieron más dinero, consiguieron aparecer en los espacios más prometedores del poder. Un grupo de vecinos le propuso a don Silverio para que se presentara como concejal. Y aceptó, así fue votado en una lista y comenzó su carrera como político.

            De puerta en puerta, de barrio en barrio, abrazando ancianos y niños, besuqueando mujeres que lo miraban asombradas porque les besaba la mano, fue siendo popular.

            Mientras tanto conseguía más renta y más dinero que solicitaba para la “Campaña” para poder llegar al poder.

            Ya no manejaba el auto, que había cambiado por uno de última generación, el compadre que recogía los sobres era su chofer.

            Le habían preparado una oficina con banderas y carteles de un partido nuevo que prometía mil falsedades. ¡Total cuando se llega, nadie se acuerda lo prometido!

            Y un fatídico día, salió ganando en elecciones y llegó a gobernador. El despilfarro de los que lo rodeaban era incalculable. Pero él, tenía poder. Se enemistó con gente preocupada por la felicidad del pueblo. Puso cargas económicas infernales y cerró negocios que se adherían a sus propuestas.

            Un día, desde una moto, pasaron unos tipos envueltos en cuero negro y metieron dos tiros por la ventanilla. ¡Adiós poder! La muerte fue acallada. Nadie investigó seriamente y hasta hoy se habla de don  Silverio el que quiso tener el mundo entre las manos y lo perdió todo en un momento.