domingo, 7 de abril de 2024

EL INTELECTUAL Y EL ARTISTA


 

¿Fue así? Lo veo con mis propios ojos. Es indescriptible. ¿Pero no era el que llegó con no sé cuántas maestrías, tanto que enseguida lo nombraron jefe de una ONG?

¡Sí, bueno, era él, pero se le cruzó esa porquería! ¿Qué podía hacer?, te preguntarás. ¡Nada!, te contesto. Hablaba como siete idiomas y era muy inteligente, pero ahora hay que verlo. Está tirado en plena calle, aún usa camisa de puño con botones de nácar, el traje es un trapo sucio, y le han robado los zapatos. ¡Parece mentira que un tipo así llegue a eso! Nadie hace nada. Te diré que al contrario, cuando comienza a retorcerse en el piso en donde está tirado, y a gritar, esgrimiendo una mano como para pelear, los transeúntes escapan. Se hacen a un lado, lo evitan. Y no te cuento las mujeres. Arrastran a los niños, distrayéndolos para que no vean ese cuadro. Incluso la policía se le acerca sólo para ver si no ha sufrido algún ataque. No lo tocan, ni se lo llevan, ni siquiera evitan que siga gritando como un energúmeno.

            Ayer, volví a pasar, vos sabés que trabajo en el museo casi a dos cuadras. Bueno, lo hago gracias a la beca que me dieron en el dos mil cuatro. Vociferaba que era hijo de un ministro y la gente lo miraba extrañada, pero dejó de babearse y me vio. Me dio la sensación de que sabía que era yo, se dio vuelta y se quedó en posición fetal. Tenía la espalda sucia y con sangre.

            ¿Creerás que está herido? No sé, pero me urge llamar a los padres y pedir que vengan a buscarlo. ¿Ellos sabrán que está así? Me duele el hecho de verlo y no poder hacer nada. Pensar que todo  empezó por una apuesta de quién era capaz de trabajar más horas sin dormir.

Alguien le acercó droga mezclada con vodka y él ganó. Ganó el juego. Cinco días sin dormir haciendo lo que hubiera hecho en varias semanas. Perdió. Perdió la vida. Se hizo adicto y alcohólico y ahora está loco. El cerebro debe estar vacío, licuado. No es un mendigo, es el producto de una sociedad enferma, desquiciada, sin horizonte.

Todos estaban enamorados de su alegría, inteligencia, su glamour. Le tengo pena, pero trató de matarme para que le diera unos euros para comprar droga y vino. El miedo me alejó y escapé de su manía y demencia. Tiene veintiocho años y parece de setenta, o más. Si lo vieran los padres así, creo morirían. O no, tal vez saben y no quieren acercarse como hacen los demás. Me incluyo. He visto que vienen de Notre Dame unos voluntarios. Les traen algo de comida y cuando llueve los tapan con plásticos. No me pidas que vaya a buscarlo y lo interne. No es mi tarea, ni siquiera siento pena. Tal vez sí. Pero nadie puede hacer nada.

¿Vos, te animás? Si me das una mano vamos y lo sacamos de allí y lo llevamos a un centro de rehabilitación, después de todo es tu pareja, vivió con vos hasta hace un año y medio. Te dio una buena vida, sin privaciones. Hasta te dejó el departamento y el auto. No querés saber nada. ¡Y bueno, cada uno cargará con su culpa! Me voy. Hasta otra vez que nos crucemos, cuando quieras, trabajo en el museo como ayudante de un restaurador italiano. Si preguntás por mi, me conocen por “El argentino”. La beca termina en dos años, estoy pensando en volver, pero acá estoy bien. Chau.

 

            El joven sigue su rumbo y se sorprende al comprender que ya ni siquiera él tiene solidaridad para con un compañero de colegio. Camina solitario y, a poco de andar, ve una ambulancia que retira el cadáver de otro adicto. ¿Cómo vivirá con su conciencia?   


ESE GRAN ODIO


 

            La conocí a los quince años. Y ya la odiaba. A ésa, la que me trajo al mundo. A él, mi padre, a ese animal alcohólico y maloliente, nací odiándolo. No se asuste, comprenda, fui un niño anónimo hasta los trece años, ahí supe que tenía nombre. No era el Turco o el Demonio… algunos decían que era El padre del demonio. Y tenía siete años. ¿Ahora me entiende?

            Una mueca de dolor se agigantó, mientras refirió ese tramo de su vida. Omar, se apoyó en los codos, como buscando amparo a tanta pena. El rostro contraído y una mueca irónica, parecía la máscara del hombre intentando esconder los sentimientos. Ahora, como un rescatado de la muerte, vive haciendo tareas solidarias. “Tal vez, tal vez su verdadera madre trató de salvarlo de otro infierno peor al que vivió de niño. ¿Quién sabe?”, le dije. Se produjo un silencio, interrumpido por la intervención del teléfono que distrajo ese instante tan duro.

            Cuando me mostraron a mi vieja, sentí que tenía enfrente a un monstruo. ¡Era tan desagradable que no permití que me tocara! Su rostro era la imagen del vicio. ¿Alcohólica? Es probable. Dicen que vivía entre botellas. Vaya a saber, cuentan cada cosa por ahí. Fue prostituta y de las peores. Me abandonó apenas nací y pasé por cuanto instituto de huérfanos existió. Algunas veces recibí cariño. Otras, las más, golpes, desprecio y maltrato.

 Estoy acostumbrado a golpear, a insultar y me sorprende cuando las personas son atentas y respetuosas conmigo. Por eso soy golpeador. Sin embargo mi mujer me entiende; ella vivió lo mismo. Hablamos el mismo idioma. Nuestro idioma es la violencia. Pero… usted, entenderá que luego, con los años aprendí cómo y con quién puedo ser así.

            A los diecinueve años, me hicieron convivir con un matrimonio de ancianos de origen italiano, que me demostraron que se podía vivir de otra manera. Para mí, son mis únicos y verdaderos padres. Él, Marcos, me enseñó lo que un padre le debe y puede enseñar a un hijo. Ella, María es mi madre del corazón. Los respeto y quisiera sostenerlos hasta el fin de sus vidas. ¡Bueno, Marcos, ya murió! En 1995.

           Ahora yo cuido a la vieja. La mamá que me regaló el destino. La única que me dio amor. A la otra no la vi más. Me han dicho que murió. Estará tranquila disfrutando su juego sucio con Lucifer. ¡Sé que el engendro satánico que me procreó vive! Para mí, sólo si  muere podré ver el camino que empedrará hacia el infierno. ¡Tal vez, yo le seguiré por esa ruta! ¡Ja, ja…! Ni allí, creo, nos van a recibir.

            Mi actitud, fue sacarlo del tema. Omar me miró con un matiz tragicómico. Sabía que su testimonio era muy fuerte y que de alguna manera, me hacía sufrir. Lo invité con un café y comprendí que  necesita compartir su memoria.

           ¡Hace mucho que dejé el alcohol, bebo vino sólo en navidad y año nuevo! ¿Qué tal?

           No perdonó a sus progenitores. Escudriña la vida arañando relatos que den lugar en su corazón para un pequeño respiro. Volteó la narración para transitar mi vida privada. ¡Claro, nada que ver con la suya! Tuve una vida, casi diría, tan quieta, aburrida y falta de interés, que no serviría para ninguna novela interesante. Pero, para él, era importante. Hacía su duelo personal y aforaba sus desgracias.

            Déjeme decirle… tengo algunos buenos recuerdos de ciertos maestros. Fui un error en la inteligencia, no aprendía nada. ¡Pero algunos de ellos decían que era inteligente! El odio no me dejaba concentrar. Sólo quería demostrar que podía con mi horror. Hasta que una docente afirmó —ya tenía catorce años— que podía cursar sin estar presente. No entendí qué quería decir. Me enojé mucho. Una noche entré a la escuela y la llené de mierda, rompí todo y quemé papeles.  Me metieron un año en un reformatorio. Igual, hice dos años en uno y por fin egresé. Ahora soy un laburante. ¡Por eso estoy aquí! Tengo que reivindicarme.

            Más cómoda, me dispuse a darle la lista que me pedía para hacer reparaciones en la escuela. Y se alistó con una hermosa sonrisa a realizar un apoyo a la institución en la que trabajo.

            Omar, es un gran ejemplo para mí. Es su caso el que me invita a mostrar a otros que el abandono, la falta de compromiso y la violencia familiar, que hoy se adueñan de la sociedad, únicamente traen más violencia y odio.

            Le di la mano y me propuse seguir con mis tareas. Tranquila, pensé esa mañana en el futuro de quienes me rodean, sin dudar en contar esta historia. Segura de que, quizá, sea útil para quien que la lea.


VIÑA NUEVA, VINO AMIGO

 

 

Sueña el lagar profecías

de noble roble en perfume

un rostro de ojazos negros

pueblan la viña y la cubren

con amor y con sus besos.

 

Marzo es nube y es racimo

poblado de mil estrellas

 y en el rostro de una niña

corre el milagro de un cuento.

 

Te vi pañuelo en la mano

bailando una alegre cueca

fantasma de otra vendimia

en la calle y la bodega.

 

He llenado una botija

con uva de color negro

y en la canasta vacía

las tijeras duermen siesta.

 

Un granizo se desploma

agrietando mi entre cejo

Las trenzas de una muchacha

vuelan derramando versos.

 

Dios nos prestó nuestra tierra

para bendecir la mesa.

El vino es Sangre de Cristo

nuestras manos son el cuerpo.

 

 

FERNANDO EN SU VIAJE DE VACACIONES


 

            Mi padrastro me contó que nunca ha podido viajar en vacaciones. Conoció a un compañero en la quema, y él, que es “su amigo”, en un descampado descubrió un auto viejo. Está destartalado, pero todavía sirve. Puede usarse a pesar de lo roto que está. El “Mono Coria”, su compadre, es mecánico. Un desocupado más de la Fiat, dijo que lo ayudará y lo arreglarán. Los repuestos los van encontrando en la quema.

 ¡Hay cada cosa en la cava!  Yo encontré juguetes casi nuevos y mi abuela, una máquina de coser, a la que le faltaba sólo una parte. Después localizaron en la calle Azcuénaga el pedazo que faltaba y se la arreglaron. Mi abuela cose y gana plata para poder comer algo de carne. ¡Bueno sigo con la historia del coche! Así es que su compañero, lo invitó a conocer el Tigre y allá fuimos en la chata de Coria. “¡Debe ser igualito a vivir un viaje de vacaciones!”, dijo mi padrastro.

                        El auto estaba lleno. Llevábamos en una canasta: milanesas, huevos duros y bananas. Don Pancho trajo Coca Cola y una damajuana de vino de San Juan, que le regaló un vecino. ¡Una fiesta! La abuela me había arreglado un pantalón y una malla. Mi mamá se hizo un vestido con una cortina que hallé en plaza Francia.

El viaje fue muy divertido. ¡Tanto que no me voy a olvidar jamás lo que vi! El río estaba algo revuelto, según dijo don Pancho, el amigo del Turco, mi padrastro, porque hay inundaciones en el Paraná alto. Por eso hay que tener mucho cuidado. Está prohibido nadar a orillas del Río de la Plata. Está contaminado, parece.

           Me imagino lo lejos que queda el lugar. Nos cruzamos con toda clase de pájaros. En la quema he visto muchos pajarracos, pero estos eran muy bonitos. No había perros, y los que divisamos por el camino, eran de esos caros que llevan las señoras por La Recoleta. ¡Allí me regalan cosas buenas!

         ¡Me encantó ir en auto! El aire te golpea despacito la cara y el cuerpo. Los árboles pasan corriendo a tu lado y no alcanzamos a agarrarlos.

         Creo que debe ser relindo ir de vacaciones más lejos. Me encantaría conocer Mar del Plata. Dicen que el mar es más grande que el río y que no termina y que las olas te llevan y traen arrastrándote, revolcándote, por la arena.  Lo vi en la tele, en la Mirta y en Susana, la tele de don Pancho. Nosotros teníamos una y se la robaron una noche que fuimos a ver fútbol. Boca y Vélez. Ganó Vélez. ¡Qué cagada!    

         Dios quiera que don Pancho nos lleve algún día a mi abuela y a mí al mar. Por ahora vamos de vacaciones al Tigre y nos bañaremos en el río. ¡Me encanta tanto como jugar al fútbol!  

 

Inspirado en el cuadro “Juanito laguna de vacaciones” del pintor argentino Antonio Berni.


EL HOMBRE ASOMADO A LA VENTANA

 


            Lo observó asomado, la primera noche. Nunca lo había visto, pero supo de inmediato quién era. Fino, elegante, silencioso. No pronunció una sola palabra. Ni un gesto. La pequeña barba negra sobre el mentón hendido, aguzada la mirada y la sonrisa. ¿Cómo le hablaría? ¿En qué idioma?

El sudor pringoso se deslizaba por el cuerpo, apenas cubierto con la camisa que le dieron tan pronto llegó. Le quitaron todo. Absolutamente todo lo que traía. Pasó por un agujero que servía de ventanilla para recoger el nuevo ajuar. Manos anónimas de un extraño le entregaron el uniforme. El frío le calaba los huesos. Ingresó al profundo hueco del sub-mundo en el que viviría hasta el día, la hora y el año. Estaba escrito y lleno de sellos en un edicto judicial. Era devastador. Más tarde, sintió que, la mirada de él, recorría su cuerpo aún firme, joven, vital. Se estremeció. Edad indefinida. Moreno y alto. De traje negro. Impecable. Tenía un aspecto varonil y seductor. Dejaba una libre hendija abierta a los pensamientos lujuriosos. Provocaba deseo. Pasión.

Desapareció tras un sutil ruido. Afiebradas las otras, tras las rejas, jadeaban.

Se recostó en el desvencijado camastro y comenzó a jugar con la imaginación. Deliraba gozosa. Subía a la cumbre agónica de su mente afiebrada. ¡Ese ser viril la espiaba, despertaba el instinto que la había arrastrado hasta esa infame mazmorra!

Recordó el otro cuerpo, azote astillado por el vino, droga y sexo. Hombre. Macho. ¡Fue su hombre!

Se quedó dormida y voló al mundo del cual la habían arrancado. Cayó en un hoyo de aguas bravas —arremolinadas, rugientes como ella— que le arrebataba la ropa y la mordía. Soñó con extraños de ojos glaucos, añiles, rojos, negros y manos. Miles de manos que trataban de atraparla. Despertó con el corazón latiendo truenos. Eran cientos de timbales en acción. Al erguirse, cayó su camisa empapada en sangre, su espalda atravesada por un encaje de arácnidos calientes.

Una mujer gritó, urgiéndola a vestirse. Salió apresurada, empujada por las otras, que masticaban odios y rencores. Sin embargo, sentía un gozo indefinido que le arrimaba un suspiro al rostro iluminado, apacible. Se fue acomodando a los relojes impuestos, a la ira.

Cada noche se asomaba él, con su mirada instigándole al delirio. Ronroneaba placeres en la soledad de su cubil. Estaba allí, siempre que el pensamiento lo atraía y aparecía en el resquicio de un rincón o suspendido en el alfeizar, abandonado en la litera crepitante de pasiones. Bello, envolvente con su helada piel sedosa, cautivando, con su voz de salmodia, la carne ardiente de muchacha.

Él le recordó entre placer y sufrimiento, sus viejos afanes de ramera. El masculino retozo del tipo que amó con locura desbordando pasión, y que la traicionó con otro macho, imberbe.

Le mostró el cuchillo —caliente aún la sangre— con el que lo remató en la cama. Le contó al oído, el final de la historia de su padre, a quien empujó cuando estaba alcoholizado por el puente del río más bravo de su pueblo. Le mostró al viejo, tratando de poseerla por la fuerza, cuando tenía apenas ocho años.

Mientras tanto, ahora, con los labios le acariciaba la nuca frágil, sudorosa. Armonizaba así desdicha con lujuria. Entonces odió otra vez. Sintió mucho odio.

Una noche, encendieron una luz potente. Llegaron a buscarla. Eran cuatro. La arrastraron hacia el baño. Gritó. Nadie acudió a ayudarla. Llamó urgente, mientras continuaron con la faena, dentro del retrete hediondo. Ya agonizaba. Elevó la mirada y allí lo vio, un hermoso hombre complaciente asomado a la ventana.

Era él. “¡Lucifer —murmuró casi sin fuerzas—, ayúdame! Él estiró nuevamente la mano y la tomó gozoso.

 

ZONA EN PENUMBRA

 

 

AYER

Agito el pañuelo haciendo señas. Nadie, aparentemente, me ve. Los enormes abedules cubren con las hojas la visión de la casa. O bien, la indiferencia y el temor, impiden acercarse a los misericordiosos.

Comenzó el fuego hace veinte minutos. Una densa humareda se eleva entre el follaje. Pero ni el griterío de los loros y graznidos de los cuervos, atraen a nadie. El camino tiene una curva allí y quienes transitan no pueden dejar de aminorar la velocidad. Saben que seguro se estrellarán contra una pared de piedra. A pesar de eso, me parece que pasan acelerando.

Miss Leyla Doguerty yace laxa en su silla de ruedas. Junto al pilar pétreo donde dejan la escasísima correspondencia. Alguna vez, el buen Johan la acerca hasta la misma casa, y de paso, toma un balón de oscuro ale, que preparamos. Pero, hoy nadie se detiene. Nadie.

Hace tiempo que se retiró y no actúa. Su huída al campo reafirma la idea de la densa personalidad de la mujer.

Ha sido un año fatal. Malas lluvias. Mala cosecha. No consigo gente para trabajar el valle. Todos han viajado a la gran ciudad, en busca de libras fáciles. Incluso, miss Georgina Hustlei, nuestra enfermera, siempre empeñada en hablar de manera maligna contra la capital, partió ayer al amanecer.

Nosotras imposible. Miss Leyla, no tiene salud en la campiña. Creo que menos aún la tendría trasponiendo el límite de tierra laboreada hacia Londres. Envolverse en la vorágine del tránsito. Hemos quedado solas, los vehículos atraviesan el pueblo por la carretera rumbo a los condados vecinos. Nadie se detiene.

Ayer, el prefecto me comunicó que las tuberías se saturarían por la falta de consumidores. Abrí los grifos desparramando el agua por el terreno, incluso, al poco ganado que nos queda, lo dejé vagando por los campos en medio del lodazal.

 Observo a mi señora y la veo desorbitada. El pánico marca su rostro. Jamás deja de mirar el fuego que lo consume todo. Estamos solas.

Se ha enrarecido el aire. Un rumor de cristales rotos se congrega cerca de la enorme casa. Siento el gemido insidioso de los galgos. Tironean la escasa tela de las polleras de mi ama, que en llamas, se dispone a abrasarse. Sigo haciendo señas y me voy disgregando en cenizas que vuelan junto a los pajonales levemente inmóviles. He traspasado el tiempo. Alguien viene. Se detiene un automóvil. El conductor. con esfuerzo, trata de alejar el fuego. Ya se consumen el joven y su hermoso auto.

Hemos entrado en una enorme zona de penumbra. Pero de entre los escasos residuos, emerge una Miss Leyla Dogherty, juvenil y robusta. Camina contra el aire desentonando con la furia del fuego, que se va desvaneciendo en el poniente.

 

 

 

 HOY

 

Las bocinas dejan insomnes a los pocos transeúntes de Central Park. La puesta de sol preña de intermitentes trozos de penumbra las calles. En derredor comienzan a perfilarse los vagabundos, alcohólicos y desamparados, que buscan un retazo de espacio para dormir. Husmean en los bolsones de basura para ver si encuentran algo.

 Los dealer venden sus drogas a los cada vez más resueltos consumidores, mientras algunas patrullas tratan de aliviar avenidas y pasajes de lacras callejeras.

 Un automóvil se detiene en 5ª y Landfort, y se acercan dos muchachotes encapuchados, calzados con zapatillas brillantes y generosas. Una mano, enguantada y aturdida, extiende un billete de diez dólares a uno de ellos y atrapa un indecente botín. El vehículo escapa. Es una ráfaga de fuego negro que brilla con la extraña luz de neón.

 Leyla Dogherty, enfundada en un escotado vestido negro, aspira una línea. Su manager la observa con mirada vacua. Sabe que cantará como nunca. Su voz, con ese raro tono burilado, es capaz de trastornar a la inconfundible concurrencia grifada del club Ninna. Son las horas voraces de la noche. Allí se arreglan los suculentos negocios sucios, y no tan sucios, de New York.

Leyla se desplaza con los altos tacones envuelta en una malla de piedras engarzadas sobre la piel desnuda. Alta, delgadísima por su adicción y rubia hiriente, esconde una mirada insinuante y lejana. Oculta un secreto. Habla poco o nada. Tiene eternas horas insomnes, por las que camina descalza sobre el frío mármol del departamento. Nadie sabe de dónde vino, ni qué hará.

Su público delira cuando comienza a cantar. Música casi desconocida con letras que huyen a extraños espacios de tiempo. Pero, ha comenzado a sentir el mismo dolor de antaño. El síndrome comienza a invadir sus músculos como entonces.

El perfume de los cuerpos reunidos en el salón del club, penetra en las fosas nasales de Leyla. Sangran sus pequeños capilares rotos por el uso del polvo blanco. Kevin, el pianista, le alcanza un rectángulo de papel absorbente y se sostiene con sus largas manos transparentes, donde venas azuladas escurren la sangre enferma. Sigue, lánguida, cantando esos lejanos recuerdos musicales.

El silencio se interrumpe por el zumbido de una necia que se ha emborrachado y está llena de narcóticos. Hace silencio. Nunca permite que le impidan su actuación con el respeto que merece. Un aplauso insinúa que deben apoyar su voz. Abandona el escenario. Arrastra su breve cola negra centelleante de azabaches y piedras, pero se nota que tiene alguna dificultad. No está erguida y segura.

Robin Keathon, su manager, la toma de un brazo y masculla en su oído una palabrota. No puede ser que destruya su carrera con un capricho o por la droga. Ella se suelta y acomete hacia el camarín. Es Leyla Dogherty. La única. Los aplausos caracolean tras la mujer, que se pierde entre las sombras. Allí, puede dar rienda suelta a su verdad. No conspira, sabe que tiene un tiempo, sólo un breve tiempo, y cantará en una silla de ruedas. Aún huele el fuego de una época perdida en su misterioso pasado.

En el sosiego que la envuelve, descorcha una botella de vino burbujeante; un exquisito champagne francés. Bebe. La copa cae de su mano cuando en el espejo ve reflejada la imagen de la amable mujer que la cuidaba y que se disolvió en la tormenta hecha cenizas. Tú, Mery, ¿qué tramas? Acaso vienes a buscar venganza. Desaparece la imagen en el azogue y Leyla llora. Después de años puede llorar a esa mujer perdida. Robin Keathon le acerca una línea y ella, de una palmada, la destierra de la mesilla. No quiere ese sostén mercadeando su vida. No habla. Él la empuja hacia la puerta de salida y, subiéndola al auto con un envión, la desfigura en el cuero del Mercedes.

Te odio. No soy tu prisionera. No te debo nada.

No le responde y ríe, ríe a carcajadas. Le aplasta una mano en el rostro. Vuelve a sangrar la nariz. La magnífica cantante es un guiñapo humano. Él enciende un habano. Ella se arroja sobre el hombre y comienza el fuego. La combustión es rápida.

 El chofer trata de evitar que se propaguen las llamas. Trata de escapar, pero Leyla ha cerrado herméticamente las puertas y crepitan entre los aullidos agigantados de dos perros que esperan a la orilla de la calle. Son dos galgos. Esperan a su ama.

Ella sale por la puertecita y camina mientras el coche estalla. Entrará en esa margen inexplicable de sombra y penumbras. El chofer se deshace detrás, en cenizas y, una brisa lo dispersa por los jardines.

 Adiós, querido Terry, pronto nos volveremos a encontrar —murmura. Y sigue por la calle solitaria.

Mañana los diarios hablarán de la extraña muerte de la artista del año, Leyla Dogherty. Los encargados de investigar se estremecerán al no encontrar huellas de su cuerpo.

 

 

 

VARIAS HISTORIAS EXTREMAS

 

            Cuando Fernández se presentó, se hizo silencio. El silencio no era lo que dominaba el lugar. Haryhé Sayshe había llegado sin previo aviso. Era un joven extraño. Callado. Frío y poco expresivo. Moreno, barbudo y vestido con ropa muy rústica, había logrado una beca en nuestra facultad, por intermedio de una organización de antropología y protección del medio ambiente en la investigación de ruinas.

Sus profesores eran eruditos en Arqueología. El hallazgo de piezas antiguas que pudieran demostrar algunas ideas sobre el pasado lejano lo transformaban en humano. Teorías tan remotas que nadie tendría la posibilidad de tener una postura a favor, o en contra.

 Fernández lo presentó sin muchas vueltas. Era como mostrar un objeto prehistórico, un raro objeto de observación. Fernández, tartamudeando, habló sobre la habilidad de Haryhé Sayshe que había conquistado cada pequeño espacio de las excavaciones. La mina donde trabajaba en la vieja región del valle de un río seco en las afueras del Kapadocia. Lugar sagrado de la antigüedad. Husmeando en las dendritas entre escombros y materias multiformes y de biología dudosa, había elevado a sus maestros ciertas hipótesis dignas de develar.

            Su pasión nació en la adolescencia, jugando en un descampado encontró un yacimiento del siglo IV AC con un sinfín de objetos de cerámica, monedas y algunas armas herrumbradas por el orín de los años. Eso lo hizo descubrir un mundo increíble. El pasado. Su magia. La belleza del ayer.

Haryhé Sayshe, un hurgador a partir de cualquier sitio donde se pudiera hallar algo con historia propia. Especial. Arqueólogo cuyo mundo cambió en un instante.

Cuando llegó a la facultad, los compañeros lo miraron con curiosidad. En la televisión mostraban a hombres como él, que participaban de atentados terroristas.

Algunas alumnas, lo miraron con temor. Otras lo imaginaron  desnudo en su lecho. Así son las muchachas ahora, dijo un compañero con desparpajo, siempre piensan en abordar a los machos, porque este tiene toda la pinta del macho. ¡Si las conozco yo! ¡Tiene pinta de malo! Nadie se distraiga de lo importante, él, viene a hablar de su descubrimiento, expresó otra.

El arqueólogo se ubicó entre la inquietante algarabía de estudiantes. Miraba asombrado como se trataban varones y mujeres, ya que en su tierra eso es tabú. No podía comprender las chanzas y picardías que se hacían. Apostó a los hombres, pero notó con sorpresa el desdén a la investigación de campo, Cosa diferente eran las mujeres que dedicaban tiempo y estudio a cada materia.

Comenzó a desmenuzar el tema de cómo descubrió el lugar en su caminar por las ruinas de la ciudad del siglo III AC. El despejar con dificultad de entre los metros y metros de escombros y tierra, una casa de varias habitaciones de rocas, apiladas solidamente en forma redonda construyendo una especie de laberinto con pasadizos y aberturas para el ingreso de aire y luz.

Empezó a hablar y notó que dos alumnas estaban seriamente interesadas. Anotaban minuciosamente sus palabras, que afloraban con dificultad idiomática. A veces, le ayudaban con un término o agregaban ideas para complementar su tarea. Le gustó. Había despertado atracción sobre su estudio.

 Allí creía que había vivido el rey Lintorio de Sidón. La alfarería de las capas superiores databa de tres siglos posteriores. Pero, había encontrado artefactos y armas arcaicas, en la que el Carbono 14 indicaba rastros de épocas más remotas. El tiempo había pasado en el claustro y ya se debían retirar. El grupo comenzó a inquietarse y fue un alumno el que recordó al expositor la hora y el fin de la jornada. Salieron como siempre con bullicio y alegría.

Haryhé Sayshe, se despidió y agradeció a cada uno dándole la mano, menos a las jóvenes que no comprendían esa actitud del profesor. La charla de las mujeres se prolongó en la cafetería.

En el buffet bebían cerveza y Fernet con Cola, sin miramiento alguno. Brindaban varones y mujeres sin descaro. Cuando las muchachas vieron al estudioso, parado en la calle sin saber qué hacer, detuvieron el auto y lo invitaron a subir. Desconcertado, les agradeció pero no aceptó. Comenzó a caminar, hasta que un alumno del curso superior se detuvo y lo llevó hasta el hotel.

Pasado el período semestral, ya sabían tanto de ese yacimiento que parecían expertos. Haryhé estaba feliz. Su tesis sería presentada como un trabajo de equipo en USA, en Princeton y su popularidad entre los estudiantes había llenado todas las expectativas de la facultad. Pero algo salió mal.

A las cinco de la mañana del trece de abril desde las radios y televisión, anunciaban un atentado terrorista en las cercanías de Princeton. Haryhé Sayshe no podía ingresar en USA, su condición de musulmán devoto se lo impedía. Le habían quitado la visa y lo deportaban a su país. ¡Podía ser un terrorista camuflado!

Indignados, los estudiantes presentaron una carta documento en la embajada, juntaron firmas e iniciaron una huelga de hambre. Sólo las chicas lograron pasar nueve días en ayuno por la protesta, los varones apenas cinco. Nada se logró.

El arqueólogo regresó a su país, dejando expresa promesa de volver.  Una verdadera utopía.

Fue grande la sorpresa de los estudiantes al ver a su querido profesor en las pantallas de TV hablando mal de su estadía en esa facultad. No comprendían nada.

Los e-mails, que enviaban desde su país contradecían las expresiones publicadas. Una foto que apareció en el diario “Hemisferio Sur” mostraba a un Heryhé Sayshe barbudo por demás, con ojos hinchados y golpeado, con otro nombre. Era un terrorista confeso.

Pasó un semestre. Nadie hablaba del arqueólogo.

El asombro fue mayúsculo cuando apareció afeitado, sonriente y feliz en la facultad.

—¡Ah, el de la foto es mi hermano mellizo! Está por cumplirse con la pena de muerte dentro de unos días. ¿Saben, encontré entre las ruinas, una joya de valor incalculable? Una daga de cobre de por lo menos el siglo II AC —y continuó hablando de sus hallazgos. Inmutable, siguió con su tarea. Parecía no tener sentimientos.

Todos vieron por CNN el ahorcamiento del mellizo de su profesor. Nadie se atrevió a decir una sola palabra al respecto.

            ¿Todos los científicos serán iguales?, se preguntan en los corredores de la universidad.