lunes, 8 de abril de 2024

POESÍA PARA LA MUJER:

 


 LA ESPERANZA

 

Hoy mujer eres la semilla que frutece

Hoy mujer salvas la tierra del diluvio

Hoy eres sol, mar, montaña y fuego

Saluda la trayectoria de los pies descalzos

en un mundo de tormentas y huracanes. Guerras.

Vuela mujer; no te detengas en la orilla

donde solo encallan las naves perdidas

Vuela mariposa hacia perdidas luces

Vuela mariposa hacia el sol naciente

 Abraza el árbol de la vida. Sueña

Mujer valiente militante del amor

Cazadora de delicia y pesares, ser dueña de ti

Hoy volverás a repetir la única verdad:

que somos la hacedoras de la tierra fértil

que somos nido, flor, maíz; pan y vino

que somos el vientre donde se funda la vida.

LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN

 

            Alfredo exitoso coleccionista de monedas antiguas, había logrado que lo invitaran a una subasta excepcional en la capital. Viajó en un tren que parecía un carromato diluviano. ¡Este país debería renovar el sistema ferroviario! Pensó hasta quedar dormido por bamboleo de vagón.

            En el asiento frente al suyo, viajaba un joven muy acicalado y al su lado una mujer de mediana edad, que aparentaba ser su madre. Despertó cuando sintió el sofoco producido por los vecinos, que creyendo que no despertaría copulaban con descaro y para sorpresa, haciendo verdaderas acrobacias para no salir de sus puestos. Cerró los ojos y los espió con discreción. ¡Qué creaturas más raras! Indudablemente no eran madre e hijo, sino una simple ramera que atrapó a un joven inexperto; bueno no tanto.

            Cuando hizo amagos de despertar se sentaron como dos desconocidos sin dar indicios de lo que había ocurrido minutos antes. Más, le ofreció, la mujer un bizcocho de anís, que según expresó había horneado esa mañana antes de partir. Alfredo declinó en convite y agradeció cortés, pero mirando fijamente al muchacho que con una sonrisa socarrona la miraba de soslayo.

            El tren se detuvo en Rincón Lejano y la mujer saludó amable y descendió como si fuera una cándida señora de hogar. El vecino sacó un libro de leyes y se dispuso a estudiar. No miraba a Alfredo. Quien observó la ropa manchada del muchacho en cierta zona del pantalón, lo que le hizo reír para su interior. Pasó un tren del lado contrario que lo distrajo. El estudiante, se paró y salió del vagón rumbo al sanitario. Miró el libro y leyó el título: Ética profesional del abogado. Se le escapó una risotada.

            Cuando ya llegaban a la capital, el joven sacó de la parrilla superior a su asiento una valija mediana y una mochila tipo militar llena de libros. Lo saludó y escapó hacia el andén. Saltó y desapareció.

            En la subasta Alfredo comprendió que había una dificultad terrible para evitar caer en manos de timadores. Los “Palos blancos” trataban de aumentar los precios de las piezas en forma astral. Alfredo, sólo pujaría por una moneda de plata del siglo XVII; que faltaba a su colección. Las había más antiguas, de oro y de cobre; de materiales y lugares raros, pero él, sólo coleccionaba de la región de los Pirineos, ya que de allí, habían salido sus antepasados.

            Cuando llegó el entretiempo para comer, salieron muchos personajes que se notaba de lejos, que eran contratados por la empresa de subasta. Los verdaderos coleccionistas, se agruparon en un conocido bodegón cercano para hablar sobre sus “Joyitas”. ¡Qué disfrute! Estaba un anciano francés que coleccionaba antiguas monedas romanas; un árabe que buscaba de la época de un Rey Persa, un español, gozoso de su enorme colección de monedas de la antigua región ibérica del siglo de Oro. Comieron cada cual a su placer y bebieron juntos un buen vino tinto Cabernet Sauvignon, que abonaron en conjunto. Regresaron a la sala de subasta y ¡OH, sorpresa! Había un coche policial que les impedía ingresar.

            Ansiosos por conocer la causa, un agente les explicó que habían encontrado al caballero que marcaba el martillo con un cuchillo clavado en la espalda; que faltaban las piezas del siglo XII de Oro y que alguien al pasar había visto salir a un joven muy acicalado con un libro de Derecho bajo el brazo.

            Alfredo, recordó a su compañero del tren. Y abrió grande los ojos cuando vio subir a un taxi a la mujer que le ofreció el bizcocho de anís en el vagón. Se tocó el bolsillo de la chaqueta y descubrió que cuando se había quedado dormido le habían sacado una tarjeta donde estaba la invitación a la subasta.

            ¿Qué podía hacer? Si le decía a la policía podían dudar de su inocencia. Y si callaba se sentía cómplice. Finalmente, los hicieron ingresar y les tomaron a todos las huellas dactilares y una fotografía, luego les avisarían. Él, se acercó a la vitrina y vio que faltaba la moneda por la que él, iba a subastar. Una arruga en el entrecejo y un guante sobre una silla, lo impulsó a mirar tras la vitrina y la vio caída en el piso, junto a la pata de la mesilla del cobrador. ¡Estaba manchada de sangre! Si la tocaba, seguro dirían que él fue. Llamó al inspector y le mostró su encuentro. Los muy malvados le habían querido tender una trampa.

            Su instinto y el no ser avaro lo salvó de un verdadero desastre. Saludó a todos los coleccionistas y partió rumbo a su pueblo. Ya habría tiempo para conseguir otra moneda igual.   

UNA MONEDA DE ORO DE LUÍS XV

  

Nunca supe cómo llegué a las manos de mi dueña. Ella es una doncella de catorce años y vive en una casona en Rue Saint Michel. Ayuda a Madame Regine de Garigny en la recepción de sus amistades, cuando a las tardes se reúnen para leer a los poetas.

De unas manos, que ni recuerdo, pasé a ser el bien más preciado de Cristinne. Y me escondió en un pañuelo que encontró olvidado en el sillón de terciopelo gris del salón una noche al despejar la sala. Como un amuleto, me dejó en el cajón de sus enaguas. La pobre muchacha ha llegado del interior, de la Provenza, un otoño en que París parece languidecer con las calles y los Campos Eliseos, están bastante despoblados. En algunas zonas se ven personas que hacen fuego con pedazos de maderas que juntan de los barrios altos y se calientan, los pies descalzos o mal cubiertos, con botas viejas y rotas.

Cristinne, sale con madame al mercado a comprar quesos y verduras, algunas chuletas y vino. El coche las espera rodeado de chiquillos que mendigan unas monedas y pan. Madame Regine suele repartir generosamente pan y algunas monedas de baja valía.

Al ingresar en la casa, se saca el sombrero y le pide a la jovencita que caliente agua para sumergirse en la enorme bañera de latón. Pone perfume de violetas y con jabón de malva tiene que ayudarle a sacar el olor fuerte que trae del mercado. Son momentos en que mi dueña sueña. Piensa en todo lo que puede hacer con un Luís de oro.

Han pasado los años, Cristinne, se casó y dejó París, me llevó consigo en su pequeño bolso, pero en la carretera a España, los asaltó un grupo de hambrientos y yo caí en manos de unos truhanes. ¡Qué horror! Cuando me vieron un hombre sucio y con un solo ojo, me mordió y dio un grito de júbilo. Yo creí morir, siquiera me derritiera como las velas de sebo que usan para iluminar sus magras cuevas. Nunca más veré a mi niña. Siempre perfumada y bondadosa. ¡Era su más preciosa joya! Y estos malhechores, me manosean con sus dedos llenos de ajo y tierra. Creo que hay uno, que tiene un diente de oro, que va a matar al que me mordió la primera vez, porque le leo la mirada de avaricia cuando el mugroso me expone a los ojos de unas pobres mujeres infelices cargadas de chiquillos enfermos y hambreados. Sucedió. Lo acuchilló por la espalda y me arrebató de un braguero inmundo que tenía el difunto. Me besó. ¡Qué asco! Su boca parece una cripta donde yacen cien muertos pudriéndose. Me escondió en su bota, que a decir verdad le robó al esposo de mi querida Cristinne. Pero el olor nauseabundo es de sus calcetines viejos y rotos por donde emergen dedos llenos de ampollas y sangre seca.

Este monstruo viaja con dos landreros que se solapan en los recodos y asaltan los coches de gente decente como uno. Si encuentran otras parientas mías, dan gritos que retumban en los bosques donde se esconden. Yo, me caí en un cruce de caminos de las botas del ladrón y lo perdí de vista. Quedé allí, enterrada en un colchón de hojas y barro por bastantes años.

Aparecí en un siglo que por los sucesos es por lo menos cien años después. Una máquina muy ruidosa, me despertó removiendo árboles en el bosque. Cuando vio, quien la usaba,  algo tan brillante entre las raíces de un viejo árbol soltó un grito: ¡Alto!

Buscaron y rebuscaron por más, pero, yo soy una sola. Mi nuevo dueño es un tipo rudo, mal hablado y hosco. He visto unos carros muy ruidosos que no llevan caballos. Parecen animales metálicos con un motor. Escuché que le dicen automóviles, pero son muy primitivos, ya verán más tarde por qué. Me llevó en una bolsa pegada a la tela de su chaqueta en dónde había una sarta de cosas: una navaja, unos papeles, un peine, monedas que ni se asemejan a mí.

Cuando se hizo noche, se alejó en un aparato parecido a dos ruedas con unos caños que supe es una bicicleta. Llegó a una humilde vivienda de las afueras y entró como un tropero, vociferando que había encontrado algo “precioso”. ¡A mí! Una mujer lánguida casi desnuda, sin peluca ni faldas amplias, lo cazó de un brazo y le exigió que me mostrara. Ella tendió su mano y ahí, quedé yo, sola, triste y preocupada. ¡Esa mujer no tiene la ropa adecuada como mi ama anterior!

Algo extraño pasó. Me dejaron escondida debajo de una losa del suelo en una habitación junto a una chimenea a carbón. Y desde allí solo escuchaba las peleas de esos dos seres que parecían rugirse. Pasó un tiempo corto y llegaron unos pequeños, por las voces diría con mi poca experiencia que eran como siete. Hablaban con unas palabras que yo no había escuchado nunca. Era un argot novedoso y tardé un tiempo en descifrar lo que significaba. Los muchachos y jovencitas venían de un mercado cercano en el que mi descubridor vendía madera y plantas o hierbas medicinales. ¡Eran puras mentiras! Las plantas no curaban a nadie, pero traían jugosas monedas que un día juntaron conmigo. Gran error. Una de las chiquillas, una noche hurtó varias, entre ellas a mí, y me llevó a un bar donde un muchachote la embriagó, la amancebó y por supuesto le quitó su dinero, luego, supe por oídas, que apareció en un callejón con la cabeza aplastada. El indigno varón, fue puesto en un barco como prisionero y lo llevaron hasta una isla, en medio del Mediterráneo. Lo despojaron de su bolsa y yo fui a parar a un cofre muy paquete del capitán del bote. Así luego de unas cuantas detenciones en puertos del oeste de Europa, se hizo a la mar, con un pequeño grupo de marineros y siguió hasta la Isla de Asunción. ¡Qué clima hermoso! Allí pasé de mano en mano por compras y ventas varias y fui regalado a una verdadera dama.

Con Sully Kinleroyt permanecí un tiempo largo. Me hizo incrustar en una pendiente que bailoteaba entre sus senos jóvenes y tibios. ¡Era, yo, una atracción a los ojos avaros de muchos: hombres y mujeres!

 Mi adorada Sully envejeció. Un día me regaló a la más bonita de sus sobrinas. Anny, quien me guardó entre varias joyas que recibió de sus mayores.

Pasó mucho tiempo para que yo entrara en el continente americano. Viví en Brasil, luego pasé a Paraguay y terminé en Buenos Aires. ¡Una enorme ciudad del sur!  Por todo lo que me ha sucedido me defino como un sobreviviente.

En esa gigante ciudad ya había entrado el siglo veinte. Tenía calles enormes, pampas enormes y era un país enorme. No puedo recordar cuándo me entregaron en un Lugar donde prestaban dinero cuando dejaban objetos: Algo como: Monte Pío. Junté paciencia en una vidriera oscura y oscura. Hasta que vino un inmigrante libanés y se prendó de mí. Era un comerciante inteligente y creativo.

Viajaba haciendo negocios por todo ese enorme territorio que parecía tenerlo Todo: trigo, arroz, ganado vacuno y equino, petróleo, un mar gigantesco y gente que hablaba español y mezclaba con palabras de los distintos idiomas de sus exiliados del mundo.

De él, he oído de dos guerras de las que me salvé en Europa y de otras en oriente. Pero ya soy un poco más finita, más pequeña, por el eterno desgaste al que me he visto torturada. ¡Es mi dignidad por ser de oro!

En una zona montañosa donde Amín, mi dueño, se enfermó con un enorme bulto en una muela; me tuvo que entregar a un “dentista”; en mis épocas pasadas se les decía “saca muelas” y lo hacían los barberos. Pero ahora he visto, cuando le pasó conmigo varias libras esterlinas de oro, un papel recortado en un marco de madera, un certificado de este señor de bata blanca; que indica que es Cirujano Dentista. Me miró con curiosidad y se puso a hablar de historia, mi historia. ¡Bueno, de la época en que me acuñaron allá en Francia! El entusiasmo del hombre, el otro con la boca abierta, lo escuchaba embelezado. ¡Siempre los dentistas los tienen con la boca abierta!

Gracias a ese caballero, un erudito en historia, me enteré de cientos de cosas inventadas y creadas entre que me acuñaron y hoy. ¿Saben que han encontrado un remedio para la viruela, la peste negra y hasta hay un descubrimiento que cura la “tisis”, la lepra, la sífilis y tantos males que llevaban a la pobre gente a las fosas? Yo no lo conocía. Es un milagro. El libanés quedó encantado con el orador. Le pidió si quería que le enviara clientes y por supuesto, dijo que sí.

Cuando el comerciante dejó el lugar sin su muela y su flemón y con unas monedas valiosas menos, el doctor ingresó en su hogar y llamó a su esposa y le mostró mi cuerpo. Ella, le pidió, que la quería guardar. Él, la quería vender para comprar herramientas para su consultorio; ganó la mujer. Así, viví un tiempo en una pulsera de oro que tenía como dije mi dueña. Me amaba. No era avara, era una persona llena de amor por las cosas bellas.

Un día que salió a festejar un aniversario de bodas, entraron dos cacos y me arrebataron del cajón donde estaba guardada. Y junto a otras chucherías bonitas me llevaron a un sótano donde me hicieron lo peor que le puede pasar a un ser especial como yo: me derritieron y me juntaron con otras joyas para no ser detectados por la policía. Los muy ignorantes, no sabían que tenían una “Inmensa Historia” frente a sus narices.

Todavía mi ex familia me llora. Yo, no puedo decirles donde estoy, no lo sé.

 

UN AMOR IMPOSIBLE


PARECE QUE LA LUNA HA DESPERTADO DE SU SIESTA. SAYUNG CHIN. COREA

 

      Macarena despertó sorprendida cuando sintió ruidos extraños en la calle. Era como un silbido de barco o sirena de una fábrica cercana. Se asomó al ventanal y sólo vio un auto que araba con los neumáticos el cemento de la calle. Volvió al lecho y se acurrucó en su edredón. Era pleno invierno y si bien no había nevado aún, pronto se cubrirían los tejados, autos y jardines de nieve. Aletargada, sintió la tibieza de “Chispa” su gata. Ronroneaba y lamía su frente para demostrarle su amor incondicional. ¡Era su único amor! Su ex novio la dejó el verano anterior y se fue a trabajar a otro continente. Ella quedó con la utopía del regreso, pidiéndole perdón… pero nunca llegó; ni él, ni el perdón.

      Miró el reloj y era muy temprano para comenzar el día. El amanecer había moreteado las nubes como algodón apaleado. Sonrió cuando la gata bajó lánguida de la cama. Deslizó su pereza hacia la cocina y desapareció tras la puerta entre cerrada. Macarena haciendo un enorme esfuerzo se estiró para ir a la ducha. El agua caliente la animó. Su “cueva” estaba tibia como nido y se sintió agradecida a sus jefes, que le permitían mandar las investigaciones de negocio por Internet. También agradeció a la vida y a su Dios que le había permitido estudiar una carrera interesante y liberal.

      No ganaba mucho, pero lo que tenía en el banco le permitía vivir bastante bien, sin grandes alardes ni presunciones. Estaba tranquila. Su madre en una ciudad cercana solía venir los fines de semana y salían al cine o al teatro, luego a cenar en algún rincón donde no hubiera tantos comensales que interrumpieran su camaradería. ¡Desde que vino a la ciudad, comenzó a tener mejor trato y comprensión con ella! Antes discutían y solían decir cosas hirientes, por el pasado. Ahora eso había quedado atrás. Sola y sosegada, hacía su vida.

      Salió de la ducha, se secó el cabello con un aparato ruidoso y cuando caminaba hacia el dormitorio, escuchó el timbreo del aparato de la planta baja. Miró por la ventana, envuelta en la bata, y vio un coche de techo azul con letras blancas en la calle. Eran policías. Atendió por el fono de la cocina. Pedían hablar con las personas del edificio. Ella les dijo que debían esperar y que se identificaran dejando por le visor su identidad. Se vistió sin apuro y se maquilló levemente. Luego, hizo una oración pidiendo ayuda a sus ángeles guardianes y aceptó que subieran al departamento.

      “Chispa” se adelantó a olisquear a los que habían ingresado. Uno era un hombre obeso, calvo y de buen talante, sonreía y el otro, joven alto, inquieto y nervioso. Usaba anteojos oscuros a causa de la luz que entraba por el ventanal. La gata, se subió a los brazos del sillón donde se había sentado el varón mayor. Éste comenzó a hacerle mimos a Chispa, que ronroneaba feliz. Sonó el timbre y al abrir, apareció una mujer de mediana edad, muy seria y se precipitó dentro como si alguien la hubiera invitado. Se presentó a Macarena como la oficial inspectora Olivera. Advirtió que los otros dos nunca habían dicho su nombre.

      ¡Disculpen, pero sus nombres? Nunca han dicho sus nombres. La mujer hizo un gesto amable y ellos dieron su cargo: Inspector Correa y subinspector Forneri. ¡Bien qué necesitan! Olivera se adelantó insinuando que seguro la joven había escuchado o visto algo esa madrugada. Rotundamente No. Yo dormía hasta que los ruidos que hacía el portero me despertaron, más, había entrado a ducharme cuando logré oír un insistente sonido en la cocina del pequeño conserje eléctrico que tiene el edificio. Mintió. No quería complicarse en quién sabe que cosa ocurriera en su vecindario.

      Se miraron extrañados los tres policías. ¿No escuchó los disparos? ¿Han matado a dos personas casi en la puerta del edificio y usted dormía? ¡Qué extraño! Su vecino del departamento abajo sintió incluso, la huída de un automóvil. Y Macarena comenzó a mirarlos cual si fueran extraterrestres. ¡No, yo cuando duermo, duermo! Chispa, saltó y trató de subir al regazo de Olivera que con un gesto áspero la sacó. ¡Perdón, odio a los gatos! El atento Forneri, se acercó y tomó a Chispa con afecto y le hizo unas caricias. Macarena sonrió; le cayó bien ese muchacho. Él, se sacó los anteojos y ella se quedó muda, es un decir, al ver los ojos verdes del hombre. Bueno, bueno, creo que entre sueños escuché un silbido o una sirena, un ruido que no me llamó mucho la atención. Luego seguí durmiendo, no se qué hora era.

      ¡AH, bueno, algo es algo! Su vecino dice que eran más o menos las cuatro de la mañana. Que no había salido el sol todavía y Macarena recordó el poema: “Parece que la luna ha despertado de su siesta”, que había leído esa noche en un libro de poesía antigua coreana. Recordó el color violeta-malva en las nubes. Ahora había comenzado una suave nevisca. ¡Sí, puede ser! Pero nunca me asomé ni salí de mi lecho. Nada puedo decir. Olivera la miró con desdén. ¿Usted señorita…no trabaja?

      Mi nombre es Macarena Robles. Y trabajó en una empresa de Noruega. Mis jefes reciben por Internet mis investigaciones y me depositan en el banco Noruego, sucursal capital mi sueldo. Puedo darle mi clave si es tan importante. Forneri, carraspeó y se la pidió. La otra mujer se quedó sorprendida. ¿Para qué quiere este chico la clave? Pero no dijo nada.

 

 

      Salieron y al asomarse vio una camioneta que llevaba unos cuerpos. Chispa se había encaramado a su espalda. Desde abajo, Forneri la saludo con la mano. Ella se quedó espiando. Nada le dio la impresión que había conocido al que sería el amor de su vida.

       A la semana apareció en la pantalla de su computadora, un mensaje de Forneri. Se llamaba Pablo y le contaba algunos entretelones del hecho. Eran una pareja que tenían un romance prohibido y el marido despechado había tomado cartas en el asunto, matando a ambos. Macarena, buscó en los periódicos por Google y conoció toda la controvertida intriga del “affaire”. Dos días después  se presentó el joven y la invitó a salir. La llevó a un resto donde la calidad del lugar le encantó. Comió poco, como siempre y hablaron hasta que el chef los echó. Salieron bajo una nevada copiosa. Llegaron al departamento y ella lo invitó, pero él, declinó el convite. ¡Ya habrá tiempo!

 

domingo, 7 de abril de 2024

LA COFRADÍA DE LOS ANIMALES


 

La comadreja corrió por la orilla del arroyo Piráe y buscó al aguará guazú que se escondía del hombre para sobrevivir. No la veía por ningún lado hasta que se subió a una elevación del terreno. Avistó al oso hormiguero y le gritó la consigna. – ¡Reunión en el claro del monte ¡ - El sonido de su chillido se oyó en toda la zona. Emergieron cabezas de varios animales: el tatú carreta, el lobito de río, vizcachas de varios colores, algunos guasunchos o cervatillos, carpinchos curiosos y hasta una yacaniná ñata. Las aves volaron en todas direcciones para llevar el mensaje. El gato del monte necesitaba urgente una reunión en forma rápida. Los guacamayos ruidosos se elevaron en vuelos veloces entre los altos árboles de la selva. Todos tenían que venir nadie estaba excluido.

Así se reunieron para declarar que nadie tenía que salir de la selva para evitar al hombre. - Ellos, son malos y vienen a destruir nuestro mundo.- dijo el gato manchado, que veía como se estaba achicando la selva. –  Yo les aconsejo que merodeen sólo si no ven gente extraña, el hombre de la zona, sólo caza para comer. El otro, ese que viene de lejos, quema y tala los árboles y mata, por puro placer mata.- Y cada uno de ellos, salió a su madriguera para comentar con otros animales del bosque.

La noche cayó sobre la espesura y los ruidos de monos e insectos, atropellaban los matorrales con su sonido amigo. Todos cuidaban a todos, así se podría seguir viviendo en el bosque.

SOLO EN EL DURO CAMINO


 

Una arista deshilachada de sueño

su poncho viejo

el viento    en el naciente.

El hombre solo

la tierra   comarca abandonada por

la gastada suerte antigua

tanta perversa miseria

hombre de campo     arracimando

camino al infierno indiferente

gaucho olvidado     que es

una piedra   un eucalipto  un pájaro que yace

los arpegios de guitarras silenciada

la oscuridad tras el monte y

el sol enamorando girasoles    trigo maduro

hombre -  gaucho que atrapa el sonido lejano

del galope

potro salvaje y coraje mezcla de indio y  blanco

odio y amor ancestral

con dulzura de zorzal  y  rugido de puma hambriento.

 

Magistral levedad

deseo de caminos sin alambrado de púas

un silbido de tacuaras    isla verde    sequía

paso aguzado de la noche

filtro de amor

atropello de herradura

fragua inquieta de suspiros

golpe de suerte – taba- trozo de hueso y bronce

hombre solo sin tapera

sin la hidalga esperanza de futuro

galopando el inmenso espacio marginal de la pampa.

LOS REMOLINOS


            Los remolinos de tierra caliente envolvieron el cuerpo frágil. Nora se sentó junto al pozo. Lloró un corto tiempo y pequeños hilitos de barro rayaron la piel rosada. Gritón ladró. La mirada de la niña recorrió a su alrededor. Parecía que la rodeaba un desenfreno de abalorios. Rió de pronto como hacía años que no se reía. Sola en la inmensa soledad de la tierra. Carlos ya no estaba. Desinflado como un muñeco de hule, colgaba el estrafalario ropaje que usara para bajar al pozo. ¿Ya no volvería más?

            Entonces se sacó las sandalias y caminó entre las viñas recogiendo uvas maduras de un raro tinte morado. Las apretó entre los dedos y le sorbió el jugo caliente y dulce que se desparramaba por entre los dedos. Se enjugó las lágrimas y hablando al parral le contó que nunca más le pegarían con el rebenque, que ahora podía jugar con el perro y que su madre regresaría al caserón para volver a amasar el pan de cada día. El viejo astuto, yacería entre los ladrillos del pozo y difícilmente podría llegar hasta el brocal para hacerles daño. Miró por entre los viñedos y vio el carro que dejaba a su hermana y a su madre cuando volvían de cosechar.

            Corrió y les dijo que Carlos, el malvado, había caído al pozo de agua y ella no pudo ayudarlo a salir. La madre y la hermana la abrazaron y caminaron lentamente hasta la puerta abierta de la cocina para comer. El sol se ocultó tras las montañas y el silencio se derramó por la finca. Los grillos, sólo los grillos hicieron su eterna melodía de nostalgia amorosa. Durmieron por fin en paz.