miércoles, 13 de agosto de 2025

EL ESPÍA

 


Nunca pensó que lo que había comenzado como un chiste, una gansada de estudiantes, iniciados en el mundo de la universidad, se iba a transformar en un verdadero trabajo. Era inexplicable. Cuando llegó al claustro, entre los oscuros pasillos, las salas desiertas con ecos fantasmales, ventanales de vidrieras multicolores por donde apenas se filtraba un rayo de luz; lo habían dejado boquiabierta.

Julián, apretaba un portafolio de cuero que expandía un olor a piel antigua, maltratada. Olor a viejo. Había recibido la cartera de su abuelo Amilcar, quien a su vez, siempre relataba historias repetidas una y otra vez, de cuando en plenos bombardeos, encontró ese magnífico portapliegos lleno de mapas y cartas de un alto personaje del país. Nunca supo si eran verdaderas, las historias, o inventadas.

Entre los papeles que traía, estaban sus investigaciones sobre la vida de Heber Zacarías, el famoso investigador de la policía de Repusa Viñeau. Pensó que en esa inmensa biblioteca, encontraría mucha información. Lamentablemente, no fue así. En principio no le dieron en préstamo, las llaves de la zona oeste donde bajo estricto control, se apiñaban cartas y carpetas con historias verídicas que hablaban de la vida y costumbres de personajes que llevó a la gran revolución y dejó el país en una guerra. Según algunos medios, había cobrado como cinco millones de vidas. Julián, no lo creía, de ser así, repoblar el país hubiera llevado muchos quinquenios, ya que los más castigados fueron los hombres y las más infelices, hambreadas y sojuzgadas, fueron las mujeres.

Una mujer de alrededor cincuenta años, manejaba los estantes y abría o cerraba los anaqueles cubiertos de vidrios, herméticos. Era una muralla humana que miraba por sobre sus gafas de gran miope, y escrutaba el alma de los lectores, indagando sus verdaderas intenciones. "Nadie se va a apoderar de la intimidad de los hombres". Nadie, se podía meter a fisgonear en esa historia tan cruel que marchitó una generación. Julián comprendió que tenía que ganarle a esa "bruja", así, comenzó a buscar mil formas de caracterizarse para lograr copiar los mapas y papeles de esa zona de la biblioteca.

Comenzó por buscar una academia de teatro, en donde le enseñaron trucos para desfigurar su tan sólida presencia. Cambió hasta el modo de caminar, hablar con acento de regiones campesinas, se vistió de mil maneras para despistarla. Pero la mujer astuta siempre lo descubría. Se animó y la comenzó a conquistar con trucos viejos, los que usaba su abuelo. El difunto era un genio. Un día logró que le abriera el codiciado estuche donde como soldaditos de plomo, estaban los libros y carpetas que apetecía.

Sacó varios carpetones que desbordaban papeles amarillentos. Leyó con desesperación para no perderse una sola línea. Buscó y rebuscó. Allí estaba la clave de las traiciones de esos héroes de barro que en la facultad, elevaban a lugares inesperados. Eran verdaderos bochornos.

Encontró fechas, juntó encuentros que servirían para demostrar que habían sacado buenas tajadas en oro y billetes de alta denominación y que nadie se había imaginado. Dos o tres nombres que parecían fantasmas de leyenda. Devolvió las carpetas y dejó entrever que no había encontrado nada sustancioso.

Salió con la cabeza llena de preguntas. Qué sería de esos seres nefastos… dónde los encontraría. El momento llegó. Una antigua guía de teléfono que encontró en la biblioteca del abuelo, sirvió para conocer direcciones, lugares y países. Consiguió un período de "descanso" en la facultad. Y Partió como un detective a rebuscar los personajes. Llegó a El Cairo, allí encontró que el famoso doctor en archivos del museo había desaparecido con una importante cantidad de objetos antiguos. Mister Brunswich, era un buscado ladrón. Eso lo animó a seguir una pista insegura y como era desconfiado, poco preguntó a quienes generosamente querían asesorarlo. El último lugar donde se lo había visto era en unas zonas desérticas al sur de Egipto. Consiguió un jeep y contrató un beduino como chofer. Llegó a las ruinas. No estaba y nadie lo había visto. Un despistado arqueólogo soltó… "Creo que viajó a Berlín".

Su regreso fue azaroso y tomó el primer avión a Berlín. Le llamó la atención que su chofer, el beduino, viajaba en el mismo vuelo. Lo seguían. Apenas bajo del aeroplano, compró un billete para Omán. Un distractor. Buscó un coche y se alejó por un barrio nuevo, después de la unión de ambas alemanias, había cambiado la fisonomía de la gran ciudad. Se entremezcló con turistas y entró en el museo de Berlín. Le llamó la atención un cartel, muy pequeño que llevaba un apellido parecido a otro de los viejos "héroes" de su investigación. Her Van Steve Tremblay

EL CAMPAMENTO

 


 

            Los chicos tardaron dos años en juntar el dinero para ir de campamento. Sus familias no eran tan acomodadas como para pagarles un viaje por tantos días fuera de la provincia. Quermeses, Bingos y Cuadreras, fueron el apoyo de la comunidad.

            Cada uno de los veintitrés muchachos fue armando su mochila: dos pantalones de loneta dura y fuerte, cuatro camisetas y remeras de mangas cortas y largas, dos rompevientos de tela impermeable con capucha, tres pares de zapatillas con suela doble, calcetines y calzoncillos varios, saco de dormir, linterna y accesorios a elección, según podían proveerle su familia.

            Llegó el esperado día. El profesor llegó acompañado por tres ayudantes: Pablo enfermero adiestrado en cursos de rescatistas, Lautaro cocinero y Mateo que era un sabelotodo excepcional. Ellos transportaban desde palas y piquetas, hasta bancos rebatibles para sentarse. Un botiquín de primeros auxilio que dejaba mudo al mejor médico recibido y una enorme carpa que se armaba entre los cuatro adultos que los acompañaba.

            ¡Era una fiesta verlos llegar al Autobús! Las madres emocionadas llorisqueaban. Era la primera vez que se desprendían de sus cachorros. Los padres disimulaban con el entrecejo fruncido sus temores y sentimientos. La algarabía era irrefrenable. Por orden de lista se fueron sentando de atrás hacia delante. Eso porque habían puesto a los más pequeños en primer lugar en ella y así los más robustos y maduros quedaban cerca de dos adultos y los más pequeños con dos adultos detrás. El chofer y su acompañante separados por un vidrio grueso, miraban sonrientes la desilusión de los chicos que no iban a poder hacerles ruidos y canciones burlescas.

            Al principio el murmullo era aceptable. Fue subiendo de tono y el coche se frenó. ¡Si no se callan no seguimos! Dijeron los chóferes, riéndose por dentro.

            Así acomodaron con canciones y chistes parte del camino. Se apagaron las luces cuando ya era hora de dormir. Algunos secretamente sacaron de sus mochilas un sándwich o una fruta y comieron otros se conformaron con alfajores y refresco cola.

            Los profesores y ayudantes pensaron: ¡Bueno se van a dormir! Pero no, esperaron que algunos se quedaran dormidos y dos o tres se pararon y con pasta dental o fibras les pintaron bigotes, barbas candado, patillas y cejas tipo demoníacas a sus compañeros. ¡Era un juego!

            A la mañana siguiente las carcajadas de los que miraban a sus compañeros enmascarados era muy divertidas, pero todos se señalaban y se dieron cuenta que no quedaba casi nadie sin el pincel hilarante.

            Llegaron al Valle de Los Alfiles. Armaron la carpa y se acomodaron y mientras Lautaro disponía las ollas para hacer el desayuno, los chicos se fueron a limpiar el rostro en el arroyo. Regresaron a desayunar y el aroma del té con chocolate y masitas, los alucinó. Luego Mateo los preparó para la primera caminata. Hacia allí tenemos que ir, ven esa piedra blanca allá arriba; allí vamos. ¡Protesta general! Es muy lejos y alto y…nada. A caminar. Allá comenzaron a trepar. 

            Felipe que ha cumplido dieciséis años es el que hace punta. Lleva una piqueta que le regaló el padrino, lo siguen Eduardo y Marcelo. Más atrás vienen Isidro y Jorge. Y el profe los ha atado con cuerdas por si acaso uno se resbala y los guía.

CAPIANGO EL HOMBRE TIGRE


 

La noche severa escondía umbrosa los reflejos de una luna insipiente. Los bichos de la zona virgen, llenaban con sus sonidos intangibles lo que debía ser un silencio nocturno. Los caporales, habían salido de los campos para emborracharse en la taberna. Hacía poco, habían traído unas muchachas y muchachos jóvenes de una tierra lejana. Engañados, creyeron tocar el paraíso y entraron en la negra oscuridad de tratos innombrables.

Cayeron en cuenta cuando los metieron de prepo en un lupanar mugriento y negro, cerca de la costa del río. Los más jóvenes no alcanzaban la mayoría de edad, pero arrebatadas sus papeletas, no tenían como escapar de su destino. No hablaban la lengua de ese puñado de infames que los manoseaban y les obligaban absurdos juegos y otras cosas sin nombre.

La más grande Erica tenía veinte años y cuidaba como podía a las menores, Patrik, tenía diez y nueve y cuidaba de los varones. Al principio lloraban y se aferraban a sus camastros para evitar salir al gran salón del galpón que se había acondicionado como pulpería o bar o bailanta. Pero comenzaron a golpearlos y bajaron los brazos. Otras veces los dejaban de alimentar por varios días, a pan negro y agua. Única comida. Dejaron de pelear por una salida.

El dueño, era un viejo portugués que había sido buscado por media Europa por la policía. Hombre de averías. Tenía una mujer que lo apañaba. Era su madrastra. La Ursulina, parecía un pedazo deforme de grasa con brazos enormes manos pequeñitas y una cara redonda donde dos ojos saltones le daban el estricto modelo de un búho nocturno. Siempre con ropa amplia y de tela oscura. Para los profanados muchachos, era la "Bruja". Lo triste que los envolvía el silencio oprobioso de mucha gente de la aldea.

Mi papá, se había ido de casa una tarde para intentar hablar con un político que conoció en un mitin en otra ciudad. Lo atendió bien, nos contó, pero no hizo nada. Entonces habló con don Embribes, un viejo amigo que había trabajado mucho tiempo en unas oficinas de la capital. Este le prometió traer a un conocido que lo llamaban "Capiango, el hombre Tigre". Un verdadero Capo de los guardianes de la ley y de la convivencia.

¡Y llegó! Era un moreno de dos metros, cuyos brazos y piernas, parecían columnas de mármol. Se paraba y su sombra se desparramaba por la tierra como un edificio brutal. Su mirada fuerte y oscura, le daba un poder con solo incrustar los ojos en tu cuerpo o cara. La gente temblaba cuando lo veía parado en la barra del único bar del pueblo. El barrio donde estaba el lupanar se inquietó. ¿Otro mafioso más? No, este venía a poner el orden en la zona.

Esperó unos días para reconocer a los capos, a los empleados y a todos los involucrados. No pidió permiso a nadie pero un día se apersonó en la oficina de la intendencia. Allí, no le daban audiencia con quien él, quería. Se apoyó en un escritorio y de un puñetazo, saltaron papeles y objetos para todos lados y se oyó un crujido de madera quebrada. Salió el hombre buscado... ¡Oh, sorpresa! Era el dueño del lupanar.

Lo levantó por las solapas del traje, los anteojos fueron volando por el pasillo... y Capiango, como un Tigre, le dio una paliza de leyenda. 

Dicen que en horas cerraron el lugar, llevaron lejos a los pobres chicos y chicas para darles el trato que correspondía y el Intendente quedó preso de por vida. ¡Han hecho un monumento al Valiente Hombre Tigre!!!

ATRAPAR UN SUEÑO


 

El camino parecía un velo de gasa ocre. Alguien venía por la polvorienta vereda que arrimaba a la vieja casa. No había llovido desde hacía varios meses y el sol era un enemigo que perduraba hasta casi perderse en el horizonte. Me senté en un resto de pared de adobe que había construido mi abuelo y que con el viento y el tiempo se iba deshilachando como un trozo de paño viejo. Las gallinas se apiñaban cerca de mis pies hinchados y doloridos. Picoteaban en busca de comida y yo, lamentablemente ya no tengo mucho para darles. Todo está seco. De repente como un fantasma desleal, apareció un muchacho de no más de trece años, en una destartalada bicicleta y se detuvo frente a mí. ¿Fátima .... es usted? Apenas le entendí. Yo hablo "tarifit" y el me hablaba en árabe. Me entregó un mensaje en papel sellado con una pasta roja. ¡Yo no se leer ni escribir! En mi infancia las niñas no íbamos a la escuela. Hoy sí, pero para mí fue tarde.

El muchacho desapareció rodeado de una nube de arena y polvo. Me quedé quieta. Una lágrima corría por mis arrugadas mejillas. ¿Cómo haría para saber qué contenía ese papel? Tuve siete hijos y casi todos se fueron alejando hacia las ciudades o están en España. Me sentí sola por primera vez desde que mi esposo Yussuf partió para trabajar en la ciudad y no regresó hasta hoy. Yo lo espero. Siempre lo espero.

Ingresé a la casa. Entre las sombras de los muros, busqué dónde poner seguro el billete que parecía jugaba con mi soledad. Me acerqué a la cocina. Tenía unos trozos de cordero y el "cus cus" que entre las brasas daban ese perfume maternal de la infancia.

Me senté a la sombra, sentía el murmullo de las aves y animales que aun conservo en la parte trasera de la casa. Recordar... mi niñez. ¡Qué tiempo en que mis abuelos y mi madre trabajaban en la huerta, en los corrales, en la casa! Yo tendría seis años, cuando me perdí buscando una gallina que se había escapado... y crucé varias chacras y llegué al camino. Caminé por una calle que parecía un laberinto. De pronto, en una ventana lo vi. ¡Era un maestro! Escribía en una tablilla con un objeto que dejaba huellas con bellos dibujos. Unos muchachos me vieron y uno, me tiró un higo seco. Me golpeó la frente y empecé a llorar. Salió el escribiente. Era un hombre anciano de barbas blancas como la luna, sus manos entintadas y secas, parecían alas de un ave desconocida para mí. Salí corriendo pero uno de los muchachos me atrapó. Un coro de ellos reían. Había de varias edades. El maestro, me preguntó qué hacía allí y si mis padres sabían dónde estaba. Yo entre sollozos le dije en mi lengua que buscaba una gallina. Más risas. Me dio un higo y me dijo que regresara a casa. ¡Las niñas obedientes no salen de casa sin compañía! Yo corrí hacia los lugares por donde había pasado hasta topetar con mi padre que me buscaba. Su enojo era muy grande. Me hizo entrar a la casa y me dio una penitencia. No podrás salir a jugar con tu gato y tu perro hasta el próximo día de luna llena. ¡Mamá me hizo un guiño! Faltaban tres días para la luna llena. Ellos se manejaban con el sol y la luna para plantar o cosechar. ¡Era una vida simple y bella!

Perdonada, me atreví a preguntar: ¿Padre por qué los muchachos van a la casa del escriba, el maestro de árabe y las niñas no? Me miró muy serio. Tú, tendrás que memorizar con la ayuda de tu madre las palabras sagradas. Las niñas no van a la escuela. Y menos tú, que aun eres muy pequeña. ¡Yo lloré una tarde entera! Quería saber escribir como los varones. ¿Padre me enseñarás a escribir mi nombre?  No. Pero una tarde me trajo en una pequeña tablilla esos maravillosos dibujos y me dijo: ¡Fátima, ahí está escrito tu nombre! Nunca más me pidas otra cosa así.

A partir de ese día me sentí una elegida. Lo dibujé en la tierra, en los muros de los alrededor con carbón que sacaba del fogón, lo bordé en un almohadón con hilos que me dio mi abuela. ¡Pero nunca más pude escribir otra palabra y menos leer!

Ahora miro el papel con inquietud. El maestro, supe por Yussuf, que murió con noventa años. Vino un extranjero a enseñar. Era un joven que reemplazó al viejo maestro. Y su imagen aun está viva en mi memoria, ya que un día se acercó a mis padres y les preguntó si podía enseñarme a leer y escribir para que le ayudara en la escuela. Mis padres fueron amables y hospitalarios, como es nuestra costumbre, pero le dieron un No rotundo. Ella es mujer y no debe aprender esas cosas. El se fue muy apenado.  

¡Ah, al poco tiempo, me casaron con ese muchacho que me tiró el higo frente a la ventana del escriba! Yo tenía trece años y él, veinte. Era bueno. Trabajaba a la par de mis padres. ¡Mis abuelos ya estaban en el paraíso! Una mañana mi padre se descompuso y Yussuf, tomó el carro y lo llevó a un médico a Larache. Ahí, quedó internado y lo trajo muy enfermo. Papá murió y a los pocos meses mamá cayó en la cocina rotunda como una mula vieja. No pudo superar sola el trabajo y la falta de su compañero. Yo ayudaba en todo. Con la huerta, las higueras, los nogales y los animales. De los olivos se ocupaba mi esposo. Hasta que llegó una sequía como la que hay ahora. Decidió ir a buscar trabajo a la ciudad. ¡Gracias al maestro, tomó un trabajo en una empresa española!

Todos los meses venía con dirham para costear el alimento y la educación, de los niños. Yo trabajaba por los dos. ¡Pero cada día me pesaba más! Casé a Sara con un buen vecino que la llevó a Tánger. Supe que tuvo siete hijos. Casé a Mahmet con una muchacha de Larache y lo obligó a mudarse a ese hermoso pueblo. Pero no vino más y se poco de ellos. Me fui quedando sola. Mustafá está en España. Logró entrar en la milicia y no sé, pero no regresó más; a veces llegan noticias a Larache y algún vecino me las trae. ¡Si supiera leer y escribir! Ahora ya las niñas pueden ir a estudiar por orden del Rey Mohamed VI. Qué suerte tienen.

Por eso me pregunto a quién llevaré el mensaje que me trajo el muchacho para saber qué dice. Allí está junto al almohadón con mi nombre bordado. Parece que me sonríe. ¿Y si es una mala noticia? Será mejor que espere un poco.

Salió a la parte trasera de la casona. Miró el cielo y vio nubes agoreras de tormenta. Juntó las aves, los corderitos y las cabras. Acomodó las celosías. ¡Si hay viento fuerte se volarán ya están muy viejas! Trajo carbón seco y palos para el fogón, encendió la lámpara y comenzó a limpiar algunas verduras para agregar a los garbanzos.

Todo el ardor del Mediterráneo y del Océano, se enfrentaron en una gigantesca tormenta. Rayos, relámpago y una tromba de agua caía en torrentes del cielo oscuro y aterrador. Fátima, se sentó en la hamaca del abuelo junto al fogón que apenas refulgía en rojos azulados en el hogar. Sacó el mensaje y se lo puso en el pecho junto con el viejo almohadón. De repente, el techo abrió una boca de barro y caña, y el agua entró como turbión sobre la mujer. Ahí quedó.

Las noticias de los terribles acontecimientos llegaron a todo el país. Yussuf, salió tras la tormenta hacia su hogar. Llegó y su corazón quedó sombrío. La casa semi destruida aparentaba un derrumbe total. Con ayuda de algunos vecinos, logró ingresar y allí... en la hamaca encontró a la dulce Fátima. Tenía entre sus heladas manos azulosas el cojín que bordara de niña, pegado a los senos húmedos estaba el mensaje cuya tinta desdibujada no se podía leer. Allí, él, le había pedido que empacara y fuera a Tetuán donde ya tenía un nuevo hogar para ambos, donde pasarían los últimos años de su vida.

ASUNCIÓN, LA TRISTE VERDAD

 

Había nacido debajo de una higuera en medio de un descampado del campo. La madre era alcohólica y no tenía otro lugar donde tenerla. El padre... bueno sería cualquiera de los obreros golondrina que pasaban por la época de cosecha. ¡Nunca lo supo!

Era muy morena y peluda. A veces la dejaba envuelta en unos trapos de limpiar pisos que sacaba de las casas donde lavaba. Nunca le dijeron nada y había una patrona que le regalaba comida buena y ropa para ella y para la beba. Como se llamaba Asunción le puso ese nombre. Cuando la señora lo supo, le dijo que la trajera al trabajo, que ella la iba a ayudar y hasta la hizo bautizar el día que un primo de la señora, que era cura, vino a comer a la casa cuando ella estaba lavando en el fondo.

Nunca le faltó comida ni leche. Hasta que se fue haciendo grande y la patrona se mudó a un barrio donde no la dejaron entrar. Así perdió a su benefactora, su madrina. Pero la Vicenta, su madre, siguió trabajando y la mandó a la escuela. Un día la encontró enferma y buscó ayuda. En el hospital le dieron una mala noticia. Su mamá estaba muy grave. Los pulmones ya no respondían. Así, se fue la Vicenta y ella se quedó viviendo debajo de la higuera.

Aprendió a defenderse de todos y de todo. Cosechaba aceitunas, nueces, uvas, peras... lo que le permitiera vivir y comer., todos creían que era varón. Pelo súper corto, ropa masculina que le daban en el merendero y zapatos de los que encontraba en el basural. Como sabía leer, recogía los diarios y libros que encontraba. Y muchos la respetaban porque sabía hablar bien y se defendía con argumentos que ni ella a veces sabía cómo le salían frente a la prepotencia de algunos manda más, que intentaban "conchabarla" mal.

Recordó una charla que había tenido con su madre siendo una niña de unos doce años...- Mirá Asunción, yo soy muy bruta. Nunca he sabido nada. No sabía lo que era una sanguijuela, has había visto en una charca cerca de la higuera y se las llevaba a una curandera. Pero descubrí que estamos rodeados de esos bichos. Son en apariencia unos caracoles sin casa... pero son bichos astutos, con forma humana, dignos de los peores animales. Son como las serpientes. No las ves, pero están ahí, enroscadas, quietas, entreveradas entre los que parecen normales, esperando cuando te acercas para clavarte sus venenos o simplemente sus dientes. ¡Cuidado, parecen inofensivas pero pueden ser muy dañinas! Me refiero a hombres y a veces a mujeres.

Y ella, siempre se cuidó de las sanguijuelas, de las venenosas. Tuvieran o no tuvieran casas lindas o ranchos que se venían abajo. Trabajó mucho y juntó como para irse de la higuera. Cuando se fue no se llevó casi nada. Quería dejar atrás su historia, esa vida de dolor y desamor.

Llegó a una pensión de la zona norte. En la calle, había uno que otro negocio donde podía pedir trabajo. Esperó unos días, se arregló de acuerdo a como veía a las otras mujeres que estaban en la pensión. Y se presentó en la panadería, con un vestido azul y zapatos negros. El patrón era un señor de unos sesenta años, algo calvo y un poco obeso. Rubicundo y de ojos pequeños que se perdían en unos párpados gruesos. -Comenzás mañana. - y a la siete en punto se presentó. El horno chisporroteaba en la sombra del amanecer. Le dieron un delantal blanco y una corra. ¡Imposible ir con el cabello sin cubrir! Luego la metieron en un rincón junto a una máquina sobadora de masa. Y fue aprendiendo a hacer pan. Una mañana apareció la esposa del patrón. Una verdadera "bruja", flaca y fría como el hielo de la conservadora. Ojos negros que parecían incrustarse en la cara de los empleados. Le tenían miedo.

- ¡Don Rómulo está engripado y no vendrá por varios días!- dijo la doña. Y ahí supo que su madre en su ignorancia decía muchas verdades.

-"Mira hija...a veces hay personas que te envuelven como arañas en una suave seda parecida al encaje." "¡No te dejes atrapar, intentarán atraparte y extraerte toda la "vida", los sueños y hasta intentarán atrapar tu alma, es su naturaleza, la de las arañas ponzoñosas"! - Así era esa mujer, parecía una dulce y graciosa cuando le hablaba, pero si te dabas vuelta te hincaba unos dientes afilados. Era avara y despreciaba a sus empleados, los sobrecargaba de tareas y les quitaba con cualquier pretexto parte del sueldo. Gritona, mezquina y sobre todo mentirosa. Aparentaba frente a los clientes que trataba bien a los ayudantes de cocina, pero por detrás los insultaba con palabras no reproducibles. Hasta que un día la vio que le sacaba el dinero de la caja a su esposo. ¡Eso la indignó! Si el hombre era bueno. Y otro día la vio con otro tipo en una posición muy comprometida. ¡No dijo nada, pero esperó la oportunidad y se lo dijo! La mujer se encrespó pero le rogó que no le hablara a su marido.

Ella no quería perder el trabajo y aceptó callarse, pero no volvió a meterse en la oficina de la panadería por el tiempo hasta que regresara el dueño. Ella desapareció, y lo dejó sin un peso en la cuenta. Asunción, se preocupó para ayudar en todo y así don Rómulo se pudo resarcir y volvió a tener bien llena la panadería.

   Hasta que llegó el patrón se cuidó mucho. Su madre era sabia. Y con gran esfuerzo logró cambiar su vida y su historia... pero eso es otro cuento.

ANTIGUO ESPEJO

 

            Se miró por última vez. Estaba despeinado y asomaban sus canas como traviesos gnomos de cuentos por su largo cabello. ¡Ese soy yo! Pero no creo que haya vivido este tiempo de terrible pesadumbre sin dejar nada más que ciertas rayas en mi piel morena. Caminó arrastrando los pies por el pasillo que lo separaba del baño. Él, Benjamín, había recobrado la pequeña luz esa mañana.

¿Cuánto tiempo estuvo echado en su hamaca, sorbiendo lamentos y palabrotas de ira? Ese tiempo le dejó un sabor muy amargo y pesadumbre. Miró a su derredor y advirtió que el jardín estaba seco, las paredes descascaradas, y en las jaulas, ya no quedaban pájaros, solo unas pocas plumas mustias y huesitos flacos.

Le costó mover los pies y las piernas, las tenía delgadas y flácidas. Sin fuerza. Caminó por toda la casa. El polvo había cubierto los muebles y los vidrios con unas telillas grises que opacaban la luz. El sol apenas entraba por las ventanas. El olor... ese olor a moho y verdín lo espantó. ¿Cuánto tiempo pasé en este lugar? Miró el calendario y advirtió que ya había pasado mucho tiempo. Un verano o dos. O tal vez más. Había despertado de una larga agonía. Y sólo recordaba unos rostros desdibujados y sombras que se desplazaban cerca de su cómodo lecho. ¿Cómodo? Si ahora lo miraba y parecía un jergón sucio y mohoso.

¿Cuánto espacio había entre su ayer y ese día? No podía concentrarse. Se tocó la frente. Tenía un bulto con unos raros ganchos de metal. Ignoraba porqué estaba encorvado y sucio. Era un color rancio ocre su poca ropa. Sintió un ruido en la puerta que daba a la calle. Se escondió tras un pequeño mueble y miró a esa persona que había ingresado. Era una mujer de cabellos blancos y rostro triste. Traía en la mano un manojo de acelgas y una fruta. ¿Benjamín, cómo amaneció hoy? Le traje algo de comer. Ya se lo preparo. Y conseguí su fruta predilecta. Manzana de color verde. ¿Dónde está? Ayer se volvió a escapar y el médico lo dejó sedado. ¿Benjamín, dónde está?

La vio reflejada en el espejo y le pareció una máscara deformada de Jacinta, su vecina. ¡Perdón... ya veo que hoy está de buen humor! Acá le dejo la comida y me retiro. Avisaré a su médico que está despierto. Y la mujer salió corriendo por el pasillo hacia la calle, cerró con llave y solo sintió una leve discusión con alguien que le reprochaba dejarlo así... ¿Así cómo? Entonces, abrió la celosía que daba a la calle y vio que estaba encerrado con unas fuertes varas de hierro.  Llamó. Gritó. Nadie acudió a su llamado y sólo atinó a regresar al lecho y dejarse estar hasta que despertara nuevamente.

sábado, 9 de agosto de 2025

EL AMA ME ENTREGA A LOS SACERDOTES


   

    Me demoro limpiando la peluca de mi señora. Ella descansa en el lecho de juncos. Un sacerdote – médico viene a traer en un alfanje un ungüento de almizcle y leche de búfala para el dolor de su cara. Yo me inclino, tengo miedo que la diosa Anubis me deje sin habla. Soy una esclava que encontró mi ama en el soco de Menfis. Allí, pequeñita como era me habían abandonado en una cesta de papiros. Ella me trajo río arriba por el Nilo sagrado y me enseñó todo lo que sé.

    El Señor magnánimo, el Gran Ra, me está adornando el cabello con sus colores de oro. Mi señora dice que algún dios o un sacerdote, tendrá que hacer algo conmigo. Soy diferente. Al nacer tenía alas en mi espalda y fueron creciendo tal que ahora debo volar en lugar de caminar. Por las tardes cuando el gran señor Amón Ra, se extingue en el desierto vago por las altas columnas de los templos bajo la atenta mirada de los sacerdotes que me odian. No quieren una mujer con alas. Yo palpo y masajeo  poco a mi señora. Ella dice que cuando paso mis manos suaves por sus carnes azuladas, propias de los nubios, siente que el aire se enrarece. Soy una esclava servicial. Con sólo mirar al desierto levanto una nube de arena y enseguida aparecen ibis y largas colas de cocodrilos que vuelan. Llegan a la orilla del río y se quedan ofrendando lotos y rosas a mi ama. La diosa Hathor,  siempre se las arregla para que yo no pueda acercarme a los hombres. Ella es muy celosa y los brujos del templo la incitan contra mí. En el templete del dios Osiris, he hecho miles de ofrendas. Incluso he viajado hasta la orilla del mar para llevar ofrendas. Cuando pasaba en la tarde volando, los camellos salían trotando y se perdían tras los altos médanos. Las caravanas se quedaban desorganizadas y los mercaderes aterrados miraban mis alas y caían postrados ante mi presencia, pero yo los tranquilizaba sacando con mis manos agua de unas piedras y dejando un nuevo pozo con líquido para ellos. Entonces no comprendo por qué  el sacerdote- médico me quiere encerrar en una pequeña pirámide para que se cure mi señora. Si ella me deja, le saco esa muela que tiene enferma y seguro que se cura y su cara vuelve a ser la más bella de todo Tebas y por qué no, de todo Egipto.

    El aire de la tumba se está enrareciendo. Mis alas se están desplumando. Caen una a una las hermosas plumas color celeste plateado que las cubren. Cuando abran dentro de varios siglos este lugar, no comprenderán qué clase de gente enterró viva a una mujer alada. Luego dirán que fui una especie de diosa como Maat a la que pintan en todos los dinteles de los templos.