jueves, 10 de septiembre de 2026

EN EL NILO, EGIPTO

 


La llegada a Egipto fue tormentosa. El avión tenía una falla en el tren de aterrizaje y dio decenas de vueltas sobre el desierto para gastar el combustible. La gente en general, no entendía qué pasaba y desgraciadamente por razones obvias yo me daba cuenta (mi marido pertenece a la aviación) y era interesante ver el desierto. Supe luego que Sahara en árabe quiere decir desierto, que gracioso, decimos desierto de Sahara y es repetir lo mismo.

Bueno, luego de aterrizar nos dicen que a las tres de la mañana nos pasaban a buscar al hotel para subir al paquebote que nos llevaría río arriba por el Nilo. Yo, me quedé pasmada, ya que odio levantarme temprano. Pregunté por qué a esa hora y el guía me miro con un gesto sarcástico… ¡Por el calor! Y, sí, cuando estábamos en el vaporcito, a eso de las diez, hacían 43 grados… allí comprendí lo que era el calor.

Los hombres usan ropa blanca de algodón y turbante del mismo color, sandalias y las pobres mujeres, todas de negro con guantes y cubiertas hasta los tobillos y las muñecas, sólo se les ve los ojos y las manos.

La cabina era buena, pequeña, pero bien organizada. Con una cama amplia pero separada por las sábanas (famosas por su calidad) para que cada persona no tocara el cuerpo del compañero o compañera de viaje. Un hermoso balcón desde donde me podía sentar a observar a las mujeres lavando en el río Nilo en las orillas, rodeadas de chiquillos ruidosos y alegres que chapaleaban en el agua que corría hacia el mar Mediterráneo. A la hora de almorzar, ya había subido el termómetro a los 50 grados. Sólo el aire que movía el río hacía sentir un cierto alivio.

Una cosa que me maravilló ver al amanecer la salida del sol. Era un disco rojo que por la arena que es sempiterna en esa tierra, se veía velada como cubierta por una suave mantilla opalescente.  A esa hora era un látigo de fuego. El famoso Amón Ra de los antiguos era un castigo para nuestros cuerpos acostumbrados al clima del sur de América.

Mi amiga, quien había aceptado hacer el viaje junto a mí, compañera de colegio y de la vida, salía de un divorcio doloroso, dejando a sus dos hijas esperanzadas en un futuro mejor para su madre. Yo, siempre había soñado ir a Egipto, para lo que había leído cuanto libro y texto hablara de la antigua civilización de los faraones. Debo reconocer que me llevé una gran decepción. ¡Nada era como lo pintaban los libros!

Mi familia, esperaba que pudiera encontrar esa magia de las cosas del pasado. No fue así. El barco atravesó el Nilo desde cerca del Cairo, hasta la frontera con Sudán. En la ruta fuimos conociendo los monumentos que están diseminados a las orillas. Todos mal cuidados, sucios, llenos de gente que se agolpaba en ellos sin permitir ver los extraordinarios trabajos de piedras con jeroglíficos que se desgranan con la arena de los vientos y que nuestro guía, un hombre que hablaba trece idiomas y nos cobraba muchos euros por día, no nos explicaba por ser devoto musulmán. Según nos decía, era pecado para él, entrar a los viejos templos con dioses paganos. Conclusión que salimos del viaje con muy pocas experiencias arqueológicas admiradas. ¡Un raro espécimen que corría para poder orar según escuchaba el sonido en los altavoces de mezquitas que pueblan todo el territorio!

En el vapor, nos habían ubicado en una pequeñísima mesa detrás de dos columnas y éramos las últimas en ser servidas. ¡Nos llamó la atención! ¿Qué pasaba? Éramos dos mujeres solas y dudaban de nuestra sexualidad. Joder, tuvimos que quejarnos. Al llegar al Cairo, en un hotel maravilloso, con piscinas y músicos haciendo arte internacional, nos teníamos que ubicar separadas de los árabes.

Ni soñar usar bañador y entrar en el agua, a pesar del calor. Por ser mujeres nos estaba prohibido. Entre los recuerdos que queríamos comprarnos, eran réplicas algunos cartuchos o imágenes de joyas de la época antigua, de plata u oro con turquesas o lapislázuli o coral; nos llevaron a una joyería. En ese lugar vi una de las únicas mujeres, que le habían permitido trabajar su familia. Usaba una “chilaba y velo color rosado”; no lo podíamos creer. Hablaba un buen italiano, por lo que pudimos saber que había estudiado y sabía leer y escribir. Ella nos comentó, que el ochenta por ciento de las mujeres son analfabetas y sólo aprenden el Corán de memoria. Y los hombres aprenden si son de cierta clase social. La policía en su mayoría es analfabeta. El tránsito en el Cairo era un caos, no hay semáforos y a veces convergen por el mismo carril de frente en dirección opuesta, tal que se atascan los vehículos.

Cuando regresamos a la capital, siempre veíamos enormes fotos de su presidente, Mubarak, quien al poco tiempo fue depuesto por una revuelta de religiosos. Y llegó el sueño mío de toda la vida entrar al Museo Nacional. El guía corriendo nos acercó a la sala donde está el famoso “Faraón Tu Tan Kamon”. Una experiencia increíble. Su máscara es una maravilla. El sarcófago de oro es algo inexplicable. ¿Cómo pudieron, hace más de cinco mil años, trabajar esa obra de orfebrería tan preciosa? Vimos algunas joyas y trajes, un carruaje y de pronto…nuestro guía llegó corriendo y nos sacó del lugar. Nos llevó a ver la estatua del único faraón que era monoteísta, cuya figura es muy diferente a otras y nos alejó del museo. Mi enojo aun persiste. Siempre me gusta estar horas en los museos que visito y allí no nos dejaron, por ser de otra religión y ser mujeres.

Entonces, le sugerimos, que queríamos ir a la Biblioteca de Alejandría que es un monumento hecho por las Naciones Unidas y es Patrimonio de la Humanidad. Queda a trecientos y tantos kilómetros de El Cairo, y allí tuvimos otra experiencia hermosa. Contratado el automóvil, el chofer nos puso en la zona trasera cubiertas las ventanillas con cortinas negras. No veíamos nada a los costados. Una música que aturdía y no nos hablaban, ni el chofer ni el guía al que le habíamos pagado una pequeña fortuna. Mi amiga con el calor, comenzó a descomponerse y le debimos obligar, luego de una discusión que fue de antología, que sacara las cortinas y pusiera el aire acondicionado. Lo hizo luego de amenazarnos con el infierno, siguió la ruta con la música enloquecida y la velocidad de una carrera de fórmula uno. Creíamos que moriríamos en el intento. Pero a Dios gracias llegamos ilesas a la Biblioteca que es una maravilla. ¡OH, sorpresa, allí vimos algunas muchachas que estaban estudiando!

El día que salimos de Egipto rumbo a Roma, sentí que mi corazón estaba roto. Ni vagar por las pirámides, ni ver los magníficos estantes de la biblioteca, ni el agua limpia del Nilo en su zona cerca de Sudán, me devolvían el sueño de conocer el Egipto soñado.

Después de esa experiencia, ya en mi ciudad, escuchando los noticiosos de Televisión supe que habían derribado el gobierno y se instalaba una corriente islámica de mayor ideología y que el pueblo estaba muy feliz. Hablaban algunos opinólogos que había mucha corrupción. ¡Pero en qué lugar del mundo no la hay! Desgraciadamente, ese magnífico pueblo vive de antiguos esplendores, que no cuidan y la ignorancia los hace sumir en una pobreza enorme. ¡Cómo lo siento! Pensar que fueron tan importantes en la historia del hombre y cuna de grandes matemáticos y de ignotos arquitectos e ingenieros.

Ver en las rutas familias andando en asnos, con parvas de heno y la mujer envuelta en sus ropas negras con cincuenta grados de calor y los niños detrás, desnutridos y descalzos… mejor miro los programas de History Chanel y conozco lo que no pude ver en la tierra de los faraones.

EL VIAJE EN TREN

 

Antes de los noventa, en mi tierra había trenes. El enorme territorio de mi país los necesita. Pero un iluminado los vendió, los desguazaron y hoy sólo se puede atravesar la patria con autobuses o camiones, autos y aviones.

Mi último viaje por tren fue de antología. Tenía que cruzar en forma horizontal los mil cien kilómetros que me separaban de mi madre. Pensé en buscar el vagón más confortable en primera clase. Los había visto en otros países y las butacas eran de terciopelo, con asientos individuales y servicio de camareros y camareras.

Me acerqué con tiempo antes de viajar, a la estación y en la oficina donde vendían los tickets. Un robusto empleado, moreno y peinado con gomina, bigotes enormes y mirada miope, me atendió muy serio.

Necesito un boleto de ida y vuelta a Mendoza, en primera clase. Me miró en forma suspicaz. No tengo. Dijo con una sonrisa irónica. ¿Viene con alguna recomendación del gremio? No. ¿Qué gremio? ¡Del sindicato de Ferroviarios! No, soy docente, maestra de grado y necesito ir a ver a mi madre. Estamos en vacaciones de invierno y por eso…

¡No señorita, no, si no trae un papel del sindicato ya no tengo lugar! Le vendo uno común, para dos pasajeros sentados. Es lo mismo.

Acepté. No podía dejar de viajar. Tenía necesidad de ver a mi familia en Mendoza y mi esposo, cuidaría una semana la casa y los chicos. Pagué lo estipulado. Un cuarto de mi sueldo de maestra.

Hice una pequeña maleta y mi cartera, como todas las de mujer, llevaba de todo. El dinero por las dudas en una pequeña bolsa que se apretaba en mi corpiño. Llegó la hora y mi esposo me llevó al terraplén desde donde partía en tren. Al pasar por el vagón de lujo, observamos que estaba vacío. Nadie lo había utilizado. Seguimos hasta el que me correspondía. Un joven guardia, con un uniforme arrugado, algo sucio y una sonrisa divertida, me tomó el ticket y lo perforó diciéndome que subiera rápido, que los asientos mejores ya estaban ocupados. Un beso ligero de los niños y de mi esposo, con un sinfín de consejos, me subí rápidamente al coche.

Los asientos estaban puestos de frente, de cuatro personas que se mirarían todo el viaje. Eran de “cuerina” marrón, casi todos rotos, rajados y desprolijos. El suelo sucio con barro y algún que otro trozo de papel.

Me acomodé en el único que quedaba libre al lado de la ventanilla a medio bajar. Ya que no abren, es por seguridad. Una familia de inmigrantes bolivianos, eran como doce o trece se paró cuando entró el guarda y se tuvieron que ir a otro vagón de más atrás. Me quedé sola. Un señor anciano estaba sentado en el primer asiento y dormía. Pasó el inspector y me pidió el boleto que mostré con una sonrisa. Me pidió algo de dinero y me dijo que me fuera al medio del coche, señalándome el único asiento sano. Le pasé un billete y me cambié. Estaba más cómoda, el vidrio limpio y la ventanuca cerrada.

Ya habíamos alcanzado un ritmo de velocidad regular, y el tren bailaba sobre los rieles  con una armonía aceptable. Al atravesar algunos barrios el tren bajaba el movimiento. Hasta que en una estación llena de soldados, se detuvo. (Poco tiempo después se derogó el Servicio Militar Obligatorio por ley) subieron ruidosos muchachos veinteañero. Con risotadas y palabrotas. Iban a cargo de un suboficial joven que vino rápido y se sentó junto a mí.

Se presentó amablemente y se disculpó por la tropa. Volvían a vacacionar con sus familias. El humor mío y el de ellos por momentos fue un horror. Me miraban como a una rareza humana. ¡Yo, leyendo un libro de poesía! Uno amagó encender un cigarrillo y el joven jefe le ordenó que mirara y acatara los carteles de: “Prohibido Fumar”.

Media hora más tarde, el convoy se detuvo en un descampado. Allí, para mi horrorosa sorpresa, ascendieron un grupo de prostitutas cargadas de garrafas de vino y botellas de variado tipo de alcohol. Ruidosas, desprejuiciadas y mal habladas, cuando me vieron se quedaron mudas. ¡Me dijeron bruja, maldita! y, ¡Ándate de aquí! Yo les quitaba el trabajo. Los soldados se reían a mandíbulas batientes y el joven que acompañaba a los jóvenes no podía ser escuchado por los gritos y risotadas de todos.

Me acurruqué en mi rincón, siempre con mi libro de poesía de poetas contemporáneos; pero reconozco que no me podía concentrar. El olor de los cuerpos enervados por el vino y la euforia, la mugre y el traqueteo del tren me hizo descomponer. El joven jefe, me pidió que lo acompañara al buffet, antes de cruzar al otro vagón, se volvió y algo dijo, que todos aceptaron con un grito de júbilo. Yo, temblaba. ¿Qué experiencia!

En el vagón comedor, me dieron la mejor mesa. Se debe haber corrido por todo el personal mi situación. Yo tendría unos cuarenta y ocho años y parecía una señora de un cuadro de Fader o de Victorica. Me faltaba el camafeo y el “yabot” para ser de otro siglo.

Traté de beber un café. El vehículo se bamboleaba de derecha a izquierda en el trecho rápido que arremetía el ferrocarril. El mozo, cuya chaqueta parecía un mapa antiguo de la Hispania, me trajo en un platillo de porcelana un pocillo de tamaño mediano de cerámica con un jugo parecido a algo llamado “café”, en otro platillo, azúcar morena y dos pequeños sobres de diferentes marcas de edulcorantes dietéticos. La cucharita era de plástico la rechacé y apareció una de metal, algo torcida y cascada. La taza con plato y todo, se movilizaba de una punta de la mesa a la otra, perdiendo el líquido oscuro en su vaivén. ¡Era una danza espectacular! Saqué el pocillo del plato, con una mano lo sujeté mientras con la otra traté de agregar el azúcar. Ésta cayó en derredor de lo que quedaba del pseudo café. Traté de revolverlo, todo con una mano, la otra aferrada al recipiente para que no cayera al suelo. ¡El empleado me miraba con risueños aleteos de párpados! Parecía un pajarito emboscado. Logré beber el resto. Y vino corriendo a sacarme la vajilla. Me tendió la mano. Quería una propina. ¡Muy de argentinos! Le dejé unas monedas. (Aún tenían valor.) Luego me quedé, por consejo del suboficial, un buen rato mirando por el ventanuco, los campos llenos de plantas de girasol, trigo y un sin fin de trabajo de nuestros queridos campesinos.

El sol se iba recostando en el horizonte y ya habían prendido algunas lámparas en el comedor. ¿Quiere comer algo? ¿Qué se puede comer? Solo una omelet, me dijo haciendo una seña que era lo mejor. ¡Bueno tráela! Le di otra propina junto con exorbitante cuenta de mi gasto. ¡Si hubiera comido caviar con champagne en el Ritz, no me cobraban tanto! No era su culpa.

Tenía que regresar. Sigilosamente el mozo salió y trajo al muchacho que iba repartiendo soldados por los paraderos del tren en pueblos ignotos. Me dijo: “Señora la voy a escoltar al servicio”, lo miré asombrada. Yo, le sostendré su bolso. No se haga problema, acá tiene mi nombre y mi situación de servicio. ¡Era un amigo entrañable para mí, en ese momento y lugar! ¡El baño, era un asco! Sucio, maloliente y sin agua limpia en el lavabo. Me higienicé como pude, oriné casi de pié y salí con mis manos mojadas en ese agua amarronada que salía de los grifos rotos. ¡Pobre país el mío!

Me ovillé en mi rincón. Muchas rameras se habían ido y soldados también. Quedaban algunos dormidos que roncaban por causa del alcohol y el movimiento acompasado de vaivén del ferrocarril. El muchacho, que se llamaba Alejandro Gómez, se sentó bien despierto a mi lado. Me hizo colocar el bolso bajo mi cuerpo y me pidió que durmiera tranquila. ¡Quedan trecientos setenta kilómetros! Duerma, señora por favor. Yo la cuidaré.

Soñé mucho. Cada vez que el tren se detenía en medio de la nada el vagón se iba achicando. Volvía a ese sueño distorsionado entre la realidad y mis esperanzas. Me desperté cuando sonó un largo silbato. Estábamos en Mendoza. Miré a mi lado y ya no estaba mi escolta preciosa. El joven suboficial. El inspector, se acercó para auxiliarme con mis bártulos, que eran bien pocos. Y supe, que en el coche de primera sólo viajaban los que pagaban suculentas “coimas” o eran del sindicato de trenes.

Ahora el ferrocarril corre sólo en ciertos lugares del territorio. Pero se perdió por el mal uso y manejo de políticos y empleados.

Yo siempre quedé agradecida del muchacho que me escoltó y cuidó. Era un ejército que ha perdido sus mejores tiempos; el de los valores y educación patriótica, donde se valoraba a los seres humanos, donde se respetaba a las señoras, hombres mayores y a los niños.

Cuando he viajado en trenes de Europa o Asia, reconozco que extraño esa cinta infinita que conectaba mi país de norte a su y de Este a Oeste.

martes, 8 de septiembre de 2026

TEPSICORE

 

 

PIDEN UN BESO DE ALONDRA EN LAS PALMAS HÚMEDAS

PIDEN UN ROSARIO DE ESQUIRLAS DONDE ROMPEN LAS OLAS

AHORA CIEGA DE TODA CEGUERA EN EL ACANTILADO,

CON PERFUME DESHILACHADO DE FLORES

BUSCO EN LA PENUMBRA EL SOL AZUL QUE GUIÑA EN MI VENTANA

ME DETIENE TU SONRISA EN MEDIO DEL TRAFAGO INTANGIBLE

DE LA CALLE ENREDADA EN LAMINAS DE ACERO.

LAS LUCES  COTIDIANAS DESCALZAN MI SONRISA;

ME SIENTO ADORMECIDA CON EL RUIDO DEL VIENTO QUE DESFLORA EL PRADO.

A MI DERECHA EL SOL SE ESCONDE Y REGRESAN LOS PÁJAROS AL NIDO.

ATRÁS ESTA EL OLVIDO, TEN DESPREVENIDO COMO UN PERRO PERDIDO

NI HAY ADELANTE UN FUEGO, NI UMBRAL DE CIENO.

CAMINARE DESPACIO, CON MIS MANOS SEDIENTAS,

ENTRE LOS FRÍOS DE PASTO Y DE CEMENTO.

ME SENTIRÉ DEFRAUDADA, PERO NO TENGO MIEDO

NO HAY TIEMPO PARA EL MIEDO, AY TIEMPO PARA SUEÑOS.

APENAS SE DESATE ESTA TONTA “REFRIEGA”

CAMINARE DESCALZA SOBRE LA FRESCA ARENA O VERDE L0S ESTÍO

 

ALBA MÍA

 

 

Ella me invitaba a crear un mundo lleno de magia.

 

Su cabello dorado brilló con las luces del gran espejo. En él, se reflejaba la esperanza de un mañana hermoso.

Se había contentado con un poco de amor de un hombre algo gris y triste. Ella era pura alegría y sorpresas. Esa noche estaba de fiesta iba a encontrarse con su amado. Y se había hermoseado para que la recibiera como a una princesa o una modelo. Se miraba en un espejo que le devolvía una figura hermosa. Estaba muy delgada, pero bella.

Tal vez él, la estaba esperando con el deseo normal, allá lejos. Siempre soñando con una vida juntos. Creando un hogar hermoso. Tener ese futuro que cada joven añora.

Cuando miro hacia atrás, me reconozco en la edad de la esperanza. Ella era y es esperanza pura. Pero cada día para mí, creaba un día mágico. Llenaba mi cabeza de poemas de amor, de cuentos y novelas que inventaba como racimos de uvas brillantes, doradas y dulces. Con ella aprendía a memorizar la poesía de tantos poetas: españoles, nicaragüenses, chilenos y de mi país. Se paraba en un banquillo y recitaba. Y así aprendí a ser poeta. Comencé a leer con ansiedad de la mano blanca y fina de Alba y de un puñado de amigas que se apretaban para jugar con sus sueños y locuras juveniles.

 Él, era una sombra de color ocre. Apenas hablaba y sonreía con mirada asustada por tanta vida y distancia que había entre sus dos ideas de amor. Ella apasionada, el triste y silencioso. No sabía enfrentar la vida y tanta fuerza.

Tal vez, era una locura inapropiada para esa época en que la mujer debía esconder insinuaciones y promesas. Y yo, aprendí a ensoñar como vivir en la luna que se encerraba en el agua de una charca en la tarde de lluvia. O correr descalza con el pelo al viento bajo sol que abrumaba en piel de niña.

Pero una noche, fue. Se quedó dormida. Estaba tan quieta y fría como un bosque en invierno, con nieve que revoloteaba sobre las ramas inmóviles de un jardín perdido en el tiempo.

¿Quién le enseñó ese camino y esa forma tan injusta de yacer allí, como una blanca estrella derribada en la estepa? ¿Quién la empujó por las frías calles de la ciudad perdida? ¿Quién... permitió que partiera sin regreso?

Alba mía, pasa el tiempo y te espero.

UNA CIUDAD EN FUGA

 


 

                                               En la sombra del aire regresó desdibujando el dolor de tu ausencia.

 

                Entré en el único bar del barrio. Me senté escondido en la silla más apartada. El dueño que esperaba que llegara el ayudante, se acercó para hacer posible tomar el pedido. La seña era simbólica: Un café chico.

            Entraron dos hombres trajeados como los que ofrecen libros educativos en los colegios. Luego aparecieron un par de alborotados jóvenes que llamaban por celular a ignotas amigas. ¡Todo ruido y carcajadas!

                Miraba el reloj con angustia. Tenía el boleto para viajar en pocas horas y no era fácil conseguir un taxi a esa hora. Ella no llegaba. ¡Malditas mujeres, con eso de vestirse, maquillarse y dar vueltas y vueltas, nunca cumplen con los horarios!

            Pero ella no es así, nunca lo fue. Es raro, pensé. Llegó el pibe que trabajaba de mozo. Estaba pálido y despeinado. ¿Sabe, Braulio, ha escuchado las noticias? Ponga el televisor, hay unas noticias terribles.

            ¡Vos por no llegar a tiempo, siempre tenés novedades para distraerme! Ponete la chaqueta y el delantal y pasá por las mesas a levantar los pedidos que faltan.

            No, jefe, prenda la Tele. Ya va a ver. Hay un verdadero lío en todos lados.

            Lo miré asombrado y lo llamé. ¿Pibe qué noticias? Estoy esperando a mi novia y ni viene, algún accidente o… ni me digas.

            No amigo, han llenado las calles de policías y gendarmes. Unos extranjeros que vinieron en un crucero han ingresado con una enfermedad que mata. Hay un escándalo, patrullas, ambulancias y hasta los bomberos. No permiten pasar para nada hacia este lugar. Parece que tienen un “virus venenoso” y súper contagioso. Dicen que han muerto como setenta personas en el barco. ¡Vamos Braulio, prenda la tele y verá!

            Me quedé temblando junto a la mesa. Los tipos sorprendidos, se acercaron para escuchar y los jóvenes se quedaron mudos.

            Ahora cuando llegue, qué voy a hacer. ¿La dejo con estos problemas? Ahí, viene un policía. Trae un barbijo y guantes de látex…

            ¡Señores, no pueden estar acá! ¡Regresen a sus hogares y no salgan si no quieren morir! Es una orden del presidente. Nadie entra o sale de la ciudad sin autorización del jefe de sanidad del gobierno.

            Salí corriendo, tomé el primer taxi que pasó. No me quería llevar a casa. Todo era un caos. Cuando llegué a casa, vi en la puerta una ambulancia. Se la llevaban a ella. Ahora estoy perdido, ni viajo y no puedo estar con ella. Mi amor. Te voy a extrañar tanto. ¿Cómo viviré tu ausencia?          

EL JOVEN DESCONOCIDO

 


               Al fin, todos la habían visto menos ella. Era la casa más antigua de Lago Hermoso. Tenía un parque de más de mil metros, que según decían fue hecho por un famoso paisajista inglés a principios del siglo veinte. Los mármoles eran italianos y la herrería española. Un estanque formado el arroyo que atravesaba un sector del jardín, estaba lleno de aves acuáticas y plantas con flores. Leticia caminó sorprendida por el alto pasadizo de árboles gigantes. Cada rincón de la casa le atraía por su color a tiempo desgastado. El musgo había marcado cada piedra, cada estatua, cada columna con una pátina inusual. Luego, entre el alto matorral, se sorprendió y gritó. Nadie le había hablado de ese extraño personaje que encontró frente a sí. El hombre, era un ser verdaderamente feo, desagradable. Por su rostro una enorme cicatriz atravesaba su mejilla izquierda y su párpado casi oculto tras una larga melena rojiza mostraba la falta de un ojo. Su paso casi imperceptible la había dejado paralizada. De los labios desdentados apenas salió un agudo chistido y con sus manos agudas mostró un mastín que ferozmente le hacía frente. Leticia, cerró los ojos y dio media vuelta para regresar a la casa. Un dedo afilado y mugriento se lo impidió. Su camisa entre esas manos horrorosas, parecía un mantillón de fiesta. Se detuvo y observó la figura. Apenas gesticulaba. ¿Era eso una sonrisa? Soltó el hombre a Leticia y le dio un ramillete de violetas y juncos en señal de amistad. Ella sonrió levemente. Ya sin tanto temor y le preguntó quién era. El infeliz, comprobó, no podía hablar.

               Él partió sin antes hacerle una inusitada reverencia. El dogo salió tras el hombre sin siquiera gruñir. Se perdió tras una alta pared de piedra cubierta de enredaderas y zarzamoras. Un griterío de pájaros y aves silvestres cubrieron el paso sobre los adoquines que tapizaban parte del camino. Al divisar la fachada de la casa suspiró. En la balaustrada vio la figura varonil de Ezequiel que esperaba que los ayudantes terminaran de acomodar los muebles. El camión que los había traído ya estaba casi vacío. La tarde se imponía con sus cálidos colores morados y sus ruidos. Verlo le tradujo el miedo en alegría. Se acercó casi corriendo en el último tramo. Las risas claras de Romina y Tatiana le ampararon las nostalgias de ese cambio de hogar. La pobreza había terminado y por fin la vida recobraba el orden natural. Recuperar la casa era el principio.

               Todos, esa noche se sentaron a comer sabiendo que nunca volverían a ser los mismos después de tanto sufrimiento. Que ya no regresarían ni el primo Jeremías ni Mario. Ellos serían una presencia en el recuerdo. La charla igual se hizo amena. Había mucho por hacer y decir sobre esa casa y Leticia contó el inesperado encuentro en el bosquecito de castaños.

               Ezequiel quedó perplejo. No conocía ni tenía noticias que por los alrededores vivieran hombre alguno; lo que lo llevó a tomar medidas de precaución con respecto a puertas y ventanales exteriores. No obstante nunca supieron que en forma permanente fueron observados por aquel desconocido.

               Transcurrido algunas semanas nadie volvió a hablar de ese episodio. Romina continuó su rutina con el piano. Su Chopin y Schubert mejoraban día a día. Tatiana iba y venía de la ciudad con sus telas adamascadas y terciopelos con los que fabricaba capas y ropa para damas que comenzaban a hacer vida social. Leticia consiguió que un posadero de la ciudad le comprara todos sus pasteles y dulces. Así la casa era una permanente fábrica de productos caseros. Había que recuperar lo perdido en la “quiebra” del abuelo. Ezequiel tenía el deber de trabajar los campos y hacer rendir los establos.

               De vez en cuando aparecían hombres pidiendo trabajo o acilo y ellos le proveían de algún apoyo pensando en sus parientes en “paro”. Una tarde de invierno cuando ya estaban junto a la chimenea, Ezequiel sintió ruidos en la leñera. Tomó su rifle y salió. Allí se enfrentó con un personaje atroz. Éste, al verlo, se quedó sorprendido. Lo encontró con unos leños entre sus brazos. El hombre parecía un mendigo. Tal vez era un forastero hambriento, pensó, y recordó que Leticia le había hablado de un encuentro semejante. Interrogó, pues, al hombre y éste tratando de zafarse, dejó caer la madera e intentó salir. No se lo permitió. Cuando quiso prenderlo del brazo para introducirlo en los cobertizos, el viejo mastín atacó. Salvó la mano gracias a la gruesa capa de fieltro. El menesteroso, tomó al animal con fuerza y evitó un accidente. Agradecido, Ezequiel lo invitó a pasar y el hombre entró por su voluntad a la cocina. La sorpresa de Tatiana y Romina no se hizo esperar. Cada una soltó una palabra de desagrado. El pobre infeliz se acurrucó junto al hogar, se despojó de un viejo abrigo sucio y calentó sus manos contrahechas en el calor. Al entrar allí la cocinera se persignó. Miró al muchacho y les comenzó a relatar su historia. Ese mozo, no tenía aun treinta años, había sido hijo del patrón con una muchacha de servicio. Lo había abandonado de pequeño. El muchacho, siempre se dedicó a cuidar animales y un funesto día cayó un rayo en su cabaña. Se produjo un incendio,  lo atrapó una viga, lo encontraron medio muerto. Se había quemado la cara y roto la mandíbula, perdió parte de la lengua..., en fin un desgraciado accidente. La mujer le proporcionó un cubo con agua caliente, se bañó  y Ezequiel le dio ropa de Jeremías que había quedado en el desván. Así descubrieron un muchacho joven, fuerte y con un enorme potencial para las innumerables tareas de la casa. A la mañana siguiente el muchacho había desaparecido.

               ¿Cómo harían para recuperar su confianza? Tal vez con el tiempo aceptara a todos en la casa y regresara.

 

 

 

                         

LOS SECRETOS

 

 

 Con los duendes de la noche, con la luna y las estrellas en una palabra hablan con sus ángeles.

            Nadie le había contado el secreto, lo descubrió una noche de tormenta mientras buscaba y rebuscaba una foto de sus antepasados. Había subido al ático, por esa escalera tambaleante que apenas sostenía su pie firme. Había cumplido cincuenta años y en noches como esas se quedaba dormido y soñaba, repetitivamente con una imagen.

            Veía un hombre parado bajo la lluvia tratando de ingresar en una puerta que se negaba a abrirse. El agua chorreaba por el ala de un sombrero que se parecía al que usaba un párroco del pueblo de San Calixto, donde vivió con su abuela por uno o dos años, antes de trasladarse su familia a otro país.

            En un tiempo no muy lejano, ebrio, discutió con su madre y la llenó de reproches y terminó con un golpe en la cara que le dolió en el alma. El vino, el licor y el alcohol, lo habían superado. Ya había olvidado lo que significaba estar sobrio. Perdió el trabajo, la novia y hasta su madre esa noche lo echó. ¡Y llovía!

            En un hospital en el que fue en un estado lamentable, acompañado por una ser caritativo, consiguió dejar de beber. Tocó el infierno con su mente. “Delirium tremens” escuchó esa noche. Vio que volaban montañas como pájaros negros, vio manos sueltas que golpeaban a puertas inexistentes, escuchó campanas y relojes y chirridos de frenadas de automóviles y gritos… era su mente enferma por el efecto nefasto de la bebida.

            Cuando salió de allí, buscó a su madre, estaba internada con la mente ausente. El dolor la había golpeado más que la cachetada que le diera su mano de madre angustiada y sola. La vecina no pudo creer cuando lo vio tan sano. Era otro ser, humano, tranquilo y triste. Pero le entregó la llave de la casa y le suplicó que fuera a ver a quien tanto lo amaba. Y lo hizo, cada jueves, cada sábado y domingo, compraba unas flores y la visitaba. No lo reconoció, pero estaba serena. Quieta, miraba por un ventanal hacia la vereda como esperando a alguien.

            Consiguió un trabajo. Él, era un buen relojero. Inició una vida, como siempre había soñado su familia. ¡Pero las indomables noches volvían con esos sueños recurrentes. El hombre parado bajo el chubasco con una gabardina extraña y el sombrero de alas grandes.

            Esa noche, encontró entre mil trebejos y cosas viejas una caja de madera con cerradura metálica. No había llave. Descendió hasta la mesa de la cocina, donde la lámpara inyectaba una luz potente. Tenía que abrirla como fuera. Eso no lo amilanó, buscó un cuchillo y rompió el cierre. Saltó por el aire un trozo de bronce y madera. Entre los amarillentos papeles, fotografías poco claras y sobres con sellos de otros países, encontró un sobre lacrado. Se tomó todo el tiempo que sobraba esa noche. Una a una fue mirando con una lupa las fotos y de pronto vio una que le hizo dar un brinco en el corazón anhelante. ¡La imagen mostraba a un clérigo igual al de sus sueños! Trató de leer detrás de la copia. Imposible la vieja tinta borrosa y anémica se negaba a despejar su curiosidad creciente.

            Buscó el mate y calentó agua para cebarse unos “amargos”. Luego caminó cansino y se sentó a leer cada carta, cada papel y allí… encontró lo que habían escondido por años y años. Su origen. Lloró. Y comprendió todos los misterios. Era nieto de un sacerdote que había roto el celibato. Enamorado hasta los tuétanos de su abuela, se había escapado del convento. La raptó y se la llevó a un país lejano. Allí nació su madre. Y luego, arrepentido se perdió en un desierto de África. Lo encontraron muerto. Y su abuela escapó de Europa para esconder su terrible pecado. Esa noche los duendes se transformaron en ángeles y se perdonó. Porque la mochila de sus ancestros era muy pesada y sabiendo la verdad, sólo con amor, podía entender sus propias culpas.

            Se sentó en el pórtico mirando el cielo, que despejado de nubes bravías, comenzaba a mostrar la luna y las estrellas. Y se atrevió a hablar con los fantasmas y perdonó a sus abuelos y finalmente ingresó en la casa, apagó la luz y se acomodó en su lecho como un hombre nuevo. El pasado quedaba atrás con su carga de fuego.