martes, 1 de mayo de 2018

UN BESO VERTICAL




Un beso vertical juega en el jardín de casa

Penetra en mi soledad recordando ayeres vespertinos.
Un diapasón de gemas arrebata un castillo de ensueño
Un grito rojo rompe la roca helada del silencio
Las calles y cavernas liberan el anhelo incierto del mañana
Sonrisas, carcajadas que demoran su eco en los muros de piedra.

Mi vuelo vertical sigue una sombra
En el recuerdo rojizo de la noche apurada que huye siempre lejos.
Daré un choque celestial a las manos de incienso
Que rodearon mi espalda con palabras de plata,
Peces que liberaron batallas de sorpresas con rumores de acero.
Parada en la cornisa flameando un banderín de seda
Desmadrando recuerdos como viejas mariposas
Que se posaron sobre el lecho de mi postrer camino.
Y el amor que se aleja por un estrecho bosque.

UNA NIETA HA NACIDO





Un ramo de jacintos me ha crecido hacia el sitio
donde juega tu mirada de pequeña flor, de mis delirios.
Desde que te imaginé, en mi corazón de flauta dulce
te beso en silencio. Y viajo hacia tu sonrisa de ángel tibio
allí encuentro un puñado de pétalos de rosas.
Desde que miré tu imagen transparente
un pájaro jugó con mi esperanza,
fue hacia el mundo inquieto de tu cuerpo,
pequeña estrella de mirada alegre.
Desde que tú, pequeño milagro de vida llegaste
al perfume inquieto de mis manos. Soy. Seré hasta la muerte.
Desde que nació tu luz en esta aurora mi alma juega
con un sol de caramelo hacia la risa de tu boca pequeña
para llenar el hueco solitario de mi vida.
Milagro que renace en cada hora pequeñita de piel rosada. Turmalina. Nácar. Ámbar. Cielo.


VIAJANDO POR EL MURO




El hombre de barba, se apretaba la chaqueta y el manto, con esfuerzo, para evitar el frío de un amanecer gélido. Sobre el breve espacio de huella por donde transitaba, sólo se oía el sufrido fregar de las hojas de cereales que congeladas, se movían al ritmo del viento.
No era aun, tiempo de cosecha. Las espigas estaban apenas a mitad de camino de madurar. En el recodo se sorprendió al ver una figura agazapada. Un hombre, con el extraño atuendo de los campesinos del otro lado del río. ¿Qué hacía allí?
Un sórdido mal humor lo embargó. ¡Un espía! No, un ladrón. Mil ideas pasaron rápido por su imaginación. Apresuró el paso y el extraño se irguió con las manos entintas en sangre. Se detuvo. ¿Qué quieres? Le dijo sin mostrar el terror que sentía. Acaso me vas a matar o quieres que te mate… pero, vio que junto al maltrecho, una mujer había parido un niño y aun, latía en su cordón la sangre tibia de la madre. ¡Ayúdame! Le pidió el desconocido. Me iba de prisa a buscar una anciana comadrona y el parto se adelantó. Mi esposa y mi niño tienen frío y no tengo nada con qué cubrirlos. Ayúdame.
Caminó y junto a ellos, se quitó el manto y cubrió a ambos, madre e hijo. El forastero lloraba y sus lágrimas iban dejando un surco sobre la piel marchita del rostro. Acomodó a la pobre parturienta con paja que arrancó de debajo de un árbol. Tomó algunas ramas y prendió un insignificante pero amoroso fuego. El resplandor compitió con un sol pálido que asomaba entre los campos.
Ven, le dijo al padre, te diré  dónde puedes buscar ayuda. Ves ese monte, tras él, hay una casa vieja y allí encontrarás una buena gente que te dará un espacio para tu desdicha.
No puedo dejarlos solos. Ella no tiene fuerza, el bebé, es muy débil y yo no puedo cargar a ambos. Ve tú y trae a alguien. Mi nombre es Marcus. Vivía en la otra orilla del río hasta que murió el dueño del campo y el hijo nos echó así, con lo que tenemos puesto. Trabajé desde niño con su padre, pero para él, el tiempo no existe. ¿Cómo te nombran por acá?
Durry Stone. Soy el herrero de la aldea. ¡Y buen susto me has proporcionado! Buscaré ayuda. Aunque voy de prisa. Quédate acá junto a ellos y sigue buscando madera para darles calor o morirán de frío. La sobria camisa de algodón y la chaqueta no le daban mucho abrigo, pero se separó del grupo y caminó por la cornisa del camino para atravesar hasta la casucha de Mary Snow, su vecina. Allí seguro encontraría a Peter para que le prestara una capa y con una angarilla asistieran a los desdichados del camino.
Golpeó y el sonido amable de Peter le devolvió el aliento. Pronto el buen hombre le envolvió los hombros con su manto de pura lana escocesa y buscando a Mary, salieron hacia el campo.
El olor del humo que producía la madera húmeda, dirigió los pasos del grupo. Al acercarse, vieron con alegría cómo la mujer amamantaba al pequeño. La cobijaron en la parihuela y dejando a Durry Stone que continuara su viaje, regresaron al hogar de Peter y Mary.
El sol ya comenzaba a desbordar en tibieza y el olor de una sopa de gallina y cebollas, calentó el alma del grupo. Marcus, preguntó si había alguna tarea que pudiera hacer. Salió y hachó leña para el fogón, limpió la porqueriza y juntó algunas manzanas del suelo. Al atardecer vieron que una figura caminaba por el muro de la cabaña, el perro, el mustio ¡Jak! mojado y trotando traía al caballo con la cuerda en las fauces. Era el flaco jamelgo de Marcus que había roto la cuerda que lo ataba al corral y cruzando el río, había buscado a su viejo amo.
Al anochecer vieron llegar a Durry con una hogaza de pan, queso y carne asada. Sentados tomaron una cerveza junto a la mesa del campesino. Llegaron a un buen arreglo, Marcus ayudaría por un tiempo a Peter con las faenas del campo y mientras tanto buscarían un lugar y trabajo en la aldea para el pequeño grupo.
Pasó un tiempo y la breve familia fue al caserío, donde el barbero contrató a Marcus para los trabajos pesados y así, regresaron los tiempos de paz y de cosecha.


POEMAS QUE INSPIRARON A MI ALUMNO

DE MI LIBRO "COMIENZO DEL FINAL" SERGIO GUTIERREZ" REALIZÓ UN CONCIERTO DE MÚSICA .

POR MIS LLAGAS




Son miríadas de aguijones que entretejen mi carne
Armando una urdiembre afiebrada de dolor y heridas.
Llagas, llagas que desparraman sangre y lágrimas
Entre las sábanas solitarias en unas noches perdidas.

Taladran mis oídos las palabras prometidas
Que nunca serán nombradas en las sombras del estío.
Una aurora se desgaja sobre la calma perdida
Color de bermejas lenguas lamen mi piel dolida.
Una alforja prieta entre las manos hundidas
Y el agua corre sedienta con olor a madreselva
Buscando mis senos muertos, mis piernas adormecidas
Y un antiguo sarraceno me espía entre los espinos
Desgarrados los tendones con la mirada encendida
Castigándome la lengua con fuego y audaces ojos fríos,
mastican los jirones de mis pies tan mal heridos
Aquí estoy despertando de un sueño demás sombrío.
Sueño que sueña la espera de madrugada infinita
Bendecida y prohibida. Pecadora en mi conciencia
cometido por soberbia, de un linaje de olvido. Sola

YO NUNCA CIERRO LAS PUERTAS




Yo, Marisa Montiel quiero contar lo que me sucedió aquella tarde luego de empujar la puerta azul. Había llegado del teatro. Era casi la media tarde y el clima tan benigno como hacía tiempo no se vivía. Dejé mi abrigo, liviano para la época, sobre el sillón. Allí pude ver la luz por primera vez. Era una pequeña luz, que se filtraba desde la habitación de Juanca. El, hacía  ya varios meses que había partido hacia Calcuta. su búsqueda espiritual, luego del “suceso”, lo había  inquietado al punto de dejar su trabajo , novia y amigos. La puerta estaba entre abierta, pero sólo se alcanzaba a ver desde mi punto de visión, por el pasillo recién iluminado por la luna que ya se vislumbraba, una hendija con una tenue luminosidad rosa pálido. Una música muy suave que provenía de alguna casa de la vecindario, hacía más cálido el círculo de mi emoción. Yo se, que él, está muy lejos con su alto y desgarbado cuerpo. Su cabello largo y apenas ondulado que cae en una coleta trenzada en su espalda; acostumbrada a ser mi respaldo desde la infancia. ¡Lo extraño! Y hoy, después de haber participado de esa obra de teatro tan profunda necesitaría sentarme con él. Hablaría horas. Sus manos cálidas jugarían con mi cabello y me explicaría cada palabra de esa puesta esotérica... la luz se aclara. La puerta se abre lentamente y me ofusco... él, Juanca está aquí. No, físicamente. Es su espíritu, que yo he llamado con mi mente. Viene para acompañarme en este momento de extraña visión, su luz se aquieta. Se detiene. Mueve mis cortinas y mi ropa. Ya ha oscurecido. Siento que se acerca y me toca con sus manos insustanciales; hincada en la alfombra, la luz... su luz, penetra en mí. Entiendo el mensaje... la paz inunda mi corazón. Soy feliz y espero. “Hermano estás acá”. Entonces siempre que te necesite se que vendrás... Saben... aprendí desde entonces a no cerrar las puertas jamás.

NACIDO PARA SUFRIR




            Juan José se escapó de la casa con doce años.  Escapó de golpes y hambre. Se colgó del vagón de un tren de carga que iba a cualquier parte. Él, nunca había salido de su barrio. Se despatarró en medio de un montón de fardos de lana recién esquilada. Quedó en un pueblo cerca de la frontera. Odiaba a su madre que lo golpeaba cuando bebía, también maltrataba a la abuela y a su hermana. Él, no quería seguir viviendo así.
            El padre había huido de la casa hacía años, cuando el tenía cinco. La hermana dos. Nunca había ido a una escuela, no sabía leer ni escribir. La madre lo obligaba a trabajar de cualquier cosa y le tenía que dar las monedas que le daban por su tarea. Aprendió a robar… comida y dinero.
            Supo que había llegado a un río y que se llamaba Paraná Guazú. Se escondió en una casa que estaban construyendo y luego en una que encontró cerrada sin personas adentro. Entraba por una hendija y disfrutó de un sueño increíble. La casa era hermosa, estaba limpia y solitaria, tenía toda clase de objetos que él, nunca había visto. No los tocó porque no sabía para que servían.