lunes, 22 de julio de 2024

UN TERREMOTO EN CHILE

 


Mi cumpleaños es en el mes de febrero. Para festejarme, me invitaron a ir al norte de Chile una semana. Adoro la comida chilena y sus playas del norte, donde se puede ingresar un poco al mar, ya que no hay agua tan fría. El hotel muy bonito, con amables personas que nos atendían de maravilla.

Siempre solemos ir a Santiago y a Viña del Mar, que queda en la Quinta Región, pero allí las playas son pequeñas y el agua muy fría. De todos modos, me gusta subir  a Valparaíso y andar por las calles del puerto y llegarme a la casa del poeta Pablo Neruda, La Chascona. Allí hay objetos que usaba en vida y como buen escritor, coleccionista de objetos varios.

El olor de las Caletas con los pescadores que venden los frutos de mar recién recogidos, el perfume de los mariscos que fríen en simpáticas pailas de cobre, los rumores del mar y gritos de la gente, me fascina.

Siempre usando las famosas “liebres” pequeños autobuses que atraviesan toda la costa, te permite recorrer ese paisaje típico de los puertos. ¡Pero nosotros estábamos en el norte, en una ciudad llamada “La Serena”. Allí caminábamos con mi hermana, por la orilla del mar, observando los diversos pájaros: pelícanos, albatros y ciertas palomas. En las playas no hay tumbonas, ni parasoles como en otras playas que conozco, la arena, es gris o marrón oscura a raíz de los frecuentes sismos que ha sufrido el territorio chileno.

Sin embargo, el mar es muy amable, poco salino y el aire fresco mengua el calor del sol del medio día. El desayuno era excelente con las variadas frutas que hay de primerísima calidad en Chile; que exportan por todo el mundo, cosa que he comprobado en otros viajes. Cenábamos en el hotel, generalmente las ricas paltas rellenas con camarones frescos y perfumados a mar… ¡Una delicia para el paladar!  Luego chupe de “jaiva” o albacora a la plancha, con abundantes verduras asadas. Y frutas varias de postre. Así, entre ricas comidas, paseos y playa pasaron siete días. ¡Mañana nos volvemos a Argentina, déme  la cuenta, por favor, le dije al conserje! Don Rosmando sonrió y se lamentó. ¡Lástima que ya las damas nos dejan! Muy amable su comentario, como siempre.

Esa noche nos hicieron una cena especial: entrada ”Jardín de mariscos”, segundo plato unas empanadas de salmón, seguimos con “machas a la parmesana” y finamente un flan de “chirimoya” que nos dejó fascinadas, rociado todo con un buen vino chileno blanco bien helado. Nos regalaron una pequeña paila de cobre con la banderita azul, roja y blanca del país y nos retiramos a terminar de armar nuestro breve equipaje.

Luego de revisar cajones y estantes, miramos un rato televisión y nos dispusimos a dormir. Nuestro avión salía hacia Mendoza, a las trece, por lo que debíamos estar en el aeropuerto a las diez.

Ya dormíamos profundamente cuando un sismo muy fuerte me despertó. Todo crujía y se movía con mucha fuerza. Acostumbrada a los sismos en mi tierra, ese me hizo asustar, ya que era muy, muy fuerte. Me asomé a la ventana y el agua en la piscina se elevaba hasta casi medio metro de la orilla y regresaba a su lugar con chasquidos insólitos. Mi hermana dormía bajo la medicina que toma por su salud, pero despertó y a mi pedido comenzamos rezar. Invocamos a cuanto santo y Vírgen conocemos. Fue mermando. Nosotros sabemos que suele haber “réplicas”; es decir se suceden temblores más suaves en cortos tiempos, como un acomodamiento de las capas tectónicas. ¡Era muy fuerte!

Al rato escuché voces en los pasillos del hotel. Me asomé. No había luz eléctrica, como es lógico. En casos así es aconsejable cortar electricidad y gas, para evitar incendios. Pero medio dormida, les pedí un poco de “silencio” porque nos teníamos que levantar temprano para ir al aeropuerto. Me pidieron disculpas. Yo me acosté y me dormí como si no hubiera pasado nada. ¡Deben haber pensado que estaba loca o drogada!

A la mañana siguiente nos levantamos y llegamos al desayunador, donde una trémula asistente nos miró con extrañeza. ¿Anoche no sintieron el Terremoto? ¡Sí, claro tembló, dijimos a coro! ¡No, señora, ha sido un terremoto grado 9,8 destruyó la Quinta Región!

Nos sirvió un desayuno magro, disculpándose porque no tenía ni gas, ni electricidad.

Cuando salimos con nuestras valijas, y quisimos llamar un taxi, don Rosmando nos dijo que creía que estaba cerrado el aeropuerto. Igual, con la esmerada atención llamó por su celular un taxi. Éste llegó al hotel y nos miraba como a dos extraterrestres. ¿Las damas no tienen miedo?

Ingenuas… yo le contesté, estamos acostumbradas a los sismos. ¡Pero esto ha sido grado 10 en ciertas zonas! Era el 27 de febrero. Por favor, llévenos al aeródromo. Y el buen hombre nos subió a su vehículo y nos llevó. Las calles rotas, casas con trozos caídos y grandes grietas, postes de luz en tierra… allí advertimos que había sido devastador. El aeropuerto Cerrado. La pista rota. No se podía salir por ahí.

El caballero, no puedo decir otra cosa, nos llevó a la terminal de ómnibus y consiguió dos pasajes en un bus de tipo doméstico, no como para atravesar la cordillera. Era el último par de tiketes que había. Subimos rezando para poder regresar a Mendoza, Argentina. Mi celular…muerto. No conseguíamos comunicarnos con la familia. En todos los lugares los teléfonos y medios de comunicación desactivados por razones de seguridad. Antes de subir preguntamos si podíamos hablar con un carabinero (policía de Chile, muy profesional) No, dama están todos desplegados por el terremoto en las zonas de mayor desastre. Me hice la Señal de la Cruz, ¿Cómo pude ser tan idiota? No tenía forma de avisar que estábamos bien, vivas y en viaje.

El autobús, era de cuarta. Pero nos llevó trepando por encima de los escombros, en algunos lugares se detenía y un tractor lo hacía pasar por enormes puentes de metal, que el ejército había desplegado. Las cuentas de mi rosario, brillaban y sacaban chispas. ¡Por fin supe lo que había pasado y sentí, no miedo, horror!

Cuando llegamos a la madrugada a “Libertadores” la frontera con nuestra patria, los comentarios eran de los muertos y de la catástrofe que dejábamos atrás. Ya en territorio argentino, sonó mi celular. Cuando lo atendí era mi nuera que lloraba. ¿Están vivas? Sí, y ya en tierra de nuestra patria. Tranquilos. Llegaremos a la terminal de buses alrededor del medio día. Hicimos aduana y nos miraban coma extraterrestres. Creo que no abrieron las valijas y bolsos por la sorpresa de ese cachivache que nos traía de Chile. Yo ahora lo veo como el mejor de los autobuses que usé en mi vida.

Cuando estacionó el coche en la terminal, toda la familia parecía ver a unos fantasmas. ¡Qué ignorante puede ser uno! Y tan soberbia que no se da cuenta que la naturaleza puede jugarnos una apuesta con la muerte. Cuando mostraban los noticiosos los lugares de Chile, yo comencé a llorar. Puentes carreteros derrumbados, casas que habían caído al mar desde las costas, autos arrojados en grietas enormes… ¡Dios, Gracias por ese taxista y ese valiente chofer que nos trajo!

Pero, ahora medito siempre, que somos una pequeña gota de agua en un océano que puede ser calmo o borrascoso. Que debemos estar preparados para sobreponernos a cosas similares, pero que yo, especialmente, debo ser más serena en mis actos y respetar con prudencia a mis congéneres. ¡Jamás debí creer que lo superaba todo! Gracias a esa buena gente chilena que nos ayudó sin pedir nada cuando tal vez ellos habían sufrido pérdidas importantes. Chile es muy bello, y seguí yendo cuando pude, sin dejar de estar alerta a los sismos.

 

ESE GRAN ODIO

 

            La conocí a los quince años. Y ya la odiaba. A ésa, la que me trajo al mundo. A él, mi padre, a ese animal alcohólico y maloliente, nací odiándolo. No se asuste, comprenda, fui un niño anónimo hasta los trece años, ahí supe que tenía nombre. No era el Turco o el Demonio… algunos decían que era El padre del demonio. Y tenía siete años. ¿Ahora me entiende?

            Una mueca de dolor se agigantó, mientras refirió ese tramo de su vida. Omar, se apoyó en los codos, como buscando amparo a tanta pena. El rostro contraído y una mueca irónica, parecía la máscara del hombre intentando esconder los sentimientos. Ahora, como un rescatado de la muerte, vive haciendo tareas solidarias. “Tal vez, tal vez su verdadera madre trató de salvarlo de otro infierno peor al que vivió de niño. ¿Quién sabe?”, le dije. Se produjo un silencio, interrumpido por la intervención del teléfono que distrajo ese instante tan duro.

            Cuando me mostraron a mi vieja, sentí que tenía enfrente a un monstruo. ¡Era tan desagradable que no permití que me tocara! Su rostro era la imagen del vicio. ¿Alcohólica? Es probable. Dicen que vivía entre botellas. Vaya a saber, cuentan cada cosa por ahí. Fue prostituta y de las peores. Me abandonó apenas nací y pasé por cuanto instituto de huérfanos existió. Algunas veces recibí cariño. Otras, las más, golpes, desprecio y maltrato.

 Estoy acostumbrado a golpear, a insultar y me sorprende cuando las personas son atentas y respetuosas conmigo. Por eso soy golpeador. Sin embargo mi mujer me entiende; ella vivió lo mismo. Hablamos el mismo idioma. Nuestro idioma es la violencia. Pero… usted, entenderá que luego, con los años aprendí cómo y con quién puedo ser así.

            A los diecinueve años, me hicieron convivir con un matrimonio de ancianos de origen italiano, que me demostraron que se podía vivir de otra manera. Para mí, son mis únicos y verdaderos padres. Él, Marcos, me enseñó lo que un padre le debe y puede enseñar a un hijo. Ella, María es mi madre del corazón. Los respeto y quisiera sostenerlos hasta el fin de sus vidas. ¡Bueno, Marcos, ya murió! En 1995.

           Ahora yo cuido a la vieja. La mamá que me regaló el destino. La única que me dio amor. A la otra no la vi más. Me han dicho que murió. Estará tranquila disfrutando su juego sucio con Lucifer. ¡Sé que el engendro satánico que me procreó vive! Para mí, sólo si  muere podré ver el camino que empedrará hacia el infierno. ¡Tal vez, yo le seguiré por esa ruta! ¡Ja, ja…! Ni allí, creo, nos van a recibir.

            Mi actitud, fue sacarlo del tema. Omar me miró con un matiz tragicómico. Sabía que su testimonio era muy fuerte y que de alguna manera, me hacía sufrir. Lo invité con un café y comprendí que  necesita compartir su memoria.

           ¡Hace mucho que dejé el alcohol, bebo vino sólo en navidad y año nuevo! ¿Qué tal?

           No perdonó a sus progenitores. Escudriña la vida arañando relatos que den lugar en su corazón para un pequeño respiro. Volteó la narración para transitar mi vida privada. ¡Claro, nada que ver con la suya! Tuve una vida, casi diría, tan quieta, aburrida y falta de interés, que no serviría para ninguna novela interesante. Pero, para él, era importante. Hacía su duelo personal y aforaba sus desgracias.

            Déjeme decirle… tengo algunos buenos recuerdos de ciertos maestros. Fui un error en la inteligencia, no aprendía nada. ¡Pero algunos de ellos decían que era inteligente! El odio no me dejaba concentrar. Sólo quería demostrar que podía con mi horror. Hasta que una docente afirmó —ya tenía catorce años— que podía cursar sin estar presente. No entendí qué quería decir. Me enojé mucho. Una noche entré a la escuela y la llené de mierda, rompí todo y quemé papeles.  Me metieron un año en un reformatorio. Igual, hice dos años en uno y por fin egresé. Ahora soy un laburante. ¡Por eso estoy aquí! Tengo que reivindicarme.

            Más cómoda, me dispuse a darle la lista que me pedía para hacer reparaciones en la escuela. Y se alistó con una hermosa sonrisa a realizar un apoyo a la institución en la que trabajo.

            Omar, es un gran ejemplo para mí. Es su caso el que me invita a mostrar a otros que el abandono, la falta de compromiso y la violencia familiar, que hoy se adueñan de la sociedad, únicamente traen más violencia y odio.

            Le di la mano y me propuse seguir con mis tareas. Tranquila, pensé esa mañana en el futuro de quienes me rodean, sin dudar en contar esta historia. Segura de que, quizá, sea útil para quien que la lea.


EL INTELECTUAL Y EL ARTISTA

 

¿Fue así? Lo veo con mis propios ojos. Es indescriptible. ¿Pero no era el que llegó con no sé cuántas maestrías, tanto que enseguida lo nombraron jefe de una ONG?

¡Sí, bueno, era él, pero se le cruzó esa porquería! ¿Qué podía hacer?, te preguntarás. ¡Nada!, te contesto. Hablaba como siete idiomas y era muy inteligente, pero ahora hay que verlo. Está tirado en plena calle, aún usa camisa de puño con botones de nácar, el traje es un trapo sucio, y le han robado los zapatos. ¡Parece mentira que un tipo así llegue a eso! Nadie hace nada. Te diré que al contrario, cuando comienza a retorcerse en el piso en donde está tirado, y a gritar, esgrimiendo una mano como para pelear, los transeúntes escapan. Se hacen a un lado, lo evitan. Y no te cuento las mujeres. Arrastran a los niños, distrayéndolos para que no vean ese cuadro. Incluso la policía se le acerca sólo para ver si no ha sufrido algún ataque. No lo tocan, ni se lo llevan, ni siquiera evitan que siga gritando como un energúmeno.

            Ayer, volví a pasar, vos sabés que trabajo en el museo casi a dos cuadras. Bueno, lo hago gracias a la beca que me dieron en el dos mil cuatro. Vociferaba que era hijo de un ministro y la gente lo miraba extrañada, pero dejó de babearse y me vio. Me dio la sensación de que sabía que era yo, se dio vuelta y se quedó en posición fetal. Tenía la espalda sucia y con sangre.

            ¿Creerás que está herido? No sé, pero me urge llamar a los padres y pedir que vengan a buscarlo. ¿Ellos sabrán que está así? Me duele el hecho de verlo y no poder hacer nada. Pensar que todo  empezó por una apuesta de quién era capaz de trabajar más horas sin dormir.

Alguien le acercó droga mezclada con vodka y él ganó. Ganó el juego. Cinco días sin dormir haciendo lo que hubiera hecho en varias semanas. Perdió. Perdió la vida. Se hizo adicto y alcohólico y ahora está loco. El cerebro debe estar vacío, licuado. No es un mendigo, es el producto de una sociedad enferma, desquiciada, sin horizonte.

Todos estaban enamorados de su alegría, inteligencia, su glamour. Le tengo pena, pero trató de matarme para que le diera unos euros para comprar droga y vino. El miedo me alejó y escapé de su manía y demencia. Tiene veintiocho años y parece de setenta, o más. Si lo vieran los padres así, creo morirían. O no, tal vez saben y no quieren acercarse como hacen los demás. Me incluyo. He visto que vienen de Notre Dame unos voluntarios. Les traen algo de comida y cuando llueve los tapan con plásticos. No me pidas que vaya a buscarlo y lo interne. No es mi tarea, ni siquiera siento pena. Tal vez sí. Pero nadie puede hacer nada.

¿Vos, te animás? Si me das una mano vamos y lo sacamos de allí y lo llevamos a un centro de rehabilitación, después de todo es tu pareja, vivió con vos hasta hace un año y medio. Te dio una buena vida, sin privaciones. Hasta te dejó el departamento y el auto. No querés saber nada. ¡Y bueno, cada uno cargará con su culpa! Me voy. Hasta otra vez que nos crucemos, cuando quieras, trabajo en el museo como ayudante de un restaurador italiano. Si preguntás por mi, me conocen por “El argentino”. La beca termina en dos años, estoy pensando en volver, pero acá estoy bien. Chau.

 

            El joven sigue su rumbo y se sorprende al comprender que ya ni siquiera él tiene solidaridad para con un compañero de colegio. Camina solitario y, a poco de andar, ve una ambulancia que retira el cadáver de otro adicto. ¿Cómo vivirá con su conciencia?   


POETA ARGENTINA: ALEJANDRA PIZARNIK

 

ALEJAND                                                ALEJANDRA PIZARNIK

 

                                                         Lo que decimos no siempre se parece a nosotros.

 

            En esa noche

            Calmó la sed el arenal de su fuego

            que ardía al gélido latido de la espera.

            Con sus silentes bramidos y susurros

            Ella dijo en pocas palabras…muero

            recogió como estandarte mudo un papel,

            una calle solitaria entre piedras. Y gritó

            atropellando los murales con roja tinta.

            Sangre de aquella heroína dolorida y quieta.

            Una noche, apagó el cigarrillo.

            Cerró el cuaderno de lágrimas y poemas.

            Encendió una estrella y apagó una lámpara

            Se derrumbó en la silla y quedó muy quieta.

            Se había ido por el camino de la nada

            Donde su duende aun juega con tristes poesías.

            Alejandra durmió sobre su pena. Su luz

            quedó titilando entre los libros. Viva está ella.

            Dolorosa y mística, su desaliento duele apenas

            por una fracción de cielo sin estrellas.

AQUELLA JOVEN DEL ABRIGO COLOR VIOLETA

  

            ¡Conocer por el periódico o el noticiero la muerte de una joven de no más de veintisiete años, en medio de un parque, con signos de haber sido duramente golpeada; no es ninguna novedad! Casi se puede decir que es algo corriente.  Atados al alcohol, pelean sin ton ni son.

Unos mueren en accidentes, otros con ingesta de vino o Fernet hasta caer en coma y casi todos entran perdidos por las drogas en las guardias médicas. Los pobres periodistas ya no saben qué agregar para darle un tono diferente y llamativo a la noticia. El locutor más asombroso, fue el que se secó una lágrima en público, diciendo que podía ser su hija. Le respondieron airados, cientos de personas, llenando el Facebook del canal, que eran padres o madres de hijas o hijos muertos, en forma semejante. Por lo que nunca más recurrió a tal artimaña para atraer a la audiencia.

            El tema de la mañana, me pegó un golpe bajo, cuando hicieron un paneo y vi el abrigo color violeta de la infeliz chica. Reconocí el que vendí la semana pasada en la pequeña boutique donde trabajo. Era de buena calidad y tenía un detalle, que inevitablemente, me hizo sentir como parte de la historia.

 Ni loca me presentaría a la policía a contar que, una simple empleada de “Madame Rouge”, sabía el nombre y domicilio de la víctima. ¿Y si la habían matado rufianes a sueldo de la mafia o algún oscuro asesino, de esos que matan en serie? Me iba a ver innecesariamente involucrada y capaz que, por hacerme callar, sería  la próxima víctima.

Cuando vi la foto me sorprendí. No era la mujer a la que le vendí el modelo. La otra era rubia con mechitas color cobre, ojos verdes y nariz súper operada, colágeno en los labios y pechos de cirugía. Altísima, los pies  y manos muy cuidadas. Y un tono de voz indescriptible. La mujer que vi en el periódico era morena, de rostro anguloso, ojos marrones y cabello oscuro.

Pensé que era imposible. Mi jefa jamás hubiera comprado dos abrigos iguales para vender y menos, a ese tipo de muchacha vulgar, que mostraban las fotografías. Guardé la hoja del diario en el bolso, cuando llegué esa mañana al negocio la dueña del local estaba allí. Me sorprendí. ¡Nunca llegaba tan temprano! Se veía ojerosa y muy nerviosa.

Me cambié. Calcé tacones como ella exige, me maquillé más y perfumé con loción Madame Rouge, que tiene mucha canela y vainilla, difícil para mi nariz. No es de mi gusto. Me quedan bien las frescas y cítricas. ¡Pero este trabajo es muy bueno y no lo quiero perder!

            Cuando me acerqué a su escritorio, la vi rodeada por dos hombres más o menos jóvenes. Uno era rudo y con un vozarrón que atravesaba el cerebro. El otro, un poco más joven. Gentil, delicado sin exageración y muy educado. Hablaban a media voz. Al acercarme más, me clavaron la vista. Sentí frío en la espalda y, como si fuera un mono enjaulado, quedé prisionera del momento.

             Me sentaron junto a ellos. El mayor comenzó a interrogarme. Miraba con ojos de metal hiriente derechito a mis pupilas. Que si  conocía a la víctima. Qué si tenía su filiación. Qué si la acompañaba alguien. Y mil interrogantes más. Expresé: “¡Sólo había vendido la prenda al contado, no recogió la factura, que tiré luego de unos días! ¡Que la mujer estaba muy apurada y ni se había probado el abrigo! ¡Ah, y estaba sola¡”. Eso dije. No era verdad.

            El miedo me impide imaginar por qué callé detalles. Le temo a los hombres y más aún si son de investigaciones. A esos les huyo. Sobreviví a uno —mi papá— que me hizo escapar del pueblo donde nací, de la familia y de todo lo que amaba.

            Sara, mi jefa, me observaba sorprendida e inquisitiva, ya que soy amable y graciosa, vivo haciendo chanzas. Estaba seria y en silencio. Sólo me levanté de la silla para atender a una clienta que viene muy seguido, lo que hice rápidamente. Ella, la jefa, escrutaba mi rostro y yo, indiferente, evitaba confrontar con aquellos hombres.

            Salieron del negocio dejándonos un papel con los teléfonos anotados por si recordábamos algo. Ni loca les llamaría. Imaginé ser perseguida por una horda de delincuentes capaces de asesinarme. Los que matan en serie como en el cine.

            Traté de evitar a la señora Sara, inútilmente. Se sentó con su consabida taza de café con un chorrito de gin, encendió su pipa — fuma en pipa— y comenzó a indagarme.

            Intenté no abrir la boca. Sabía muy poco de mi vida y odio andar por ahí contando mi dura existencia. Pero fue imposible. Hablé de un solo tirón. Me explayé. Exigí, eso sí, que me guardara el secreto.

Le mostré la factura con el nombre de quien compró el “abrigo violeta”, su dirección y teléfono. Le aseguré que no era la misma persona. Esa que mostraba la tele. Quedó sorprendida y molesta. Conmigo no, sino que para ella había algo raro, como decía mi mamá: “Gato encerrado”.

Tomó el teléfono y marcó el número que había en la factura. Atendió una voz femenina, con el mismo timbre que yo le oyera en el probador, cuando vino a la boutique. Sara le pidió, si podía venir a la tienda porque había encontrado una falla en la prenda de ese modisto. “Le encargo que traiga la que le vendí”, aclaró. La mujer, muy ofuscada, dijo que se le había perdido. Que alguien se lo arrebató en el playón del supermercado y que no tenía tiempo, viajaba esa misma tarde a Miami. Cortó la comunicación. Eso molestó mucho, intrigó a la señora y se tentó de avisar a los investigadores.

Sucedió, igual, algo inesperado. A minutos de esa llamada, llegaron dos encapuchados. Armados hasta los dientes. Rompieron todo el negocio buscando lo que tenía escondido en el lugar menos accesible de la boutique. Ni pienso decir donde oculté el talonario con las facturas y datos de los clientes. Golpearon a Sara, a mí no porque sé escabullirme, no por cualquier cosa salí del pueblo.

Luego de romper todo, a uno de ellos se le deslizó algo, inadvertidamente levitó detrás del maniquí. Me moví como un gusano cubriéndolo con el cuerpo. La energía negativa de esos tipos me alteró mucho. Quedamos deshechas, pero vivas. ¡Era una advertencia, si hablábamos nos matarían! ¿Así son esos malvados?

Cuando pude erguirme, atrapé lo que se le cayó al tipo, vi que era una foto. Era la mujer rubia, la del abrigo violeta, pero estaba tal cual debe ser en realidad… ¡Un travestido en sus ropas de entre casa! Ahí pude comprender lo que había pasado por alto. Yo había atendido a un hombre y probablemente era quien mató a la mujer morena. ¿Sería mujer u otro travestido?

Mejor fue que, tanto Sara como yo, nos metiéramos la idea de ser justicieras, en un cajón de la boutique. Y a los policías no decirles un ápice. ¡Tal vez, ellos estuvieran involucrados! Rompí los papeles que había guardado,  uno por uno, y los tiré por el desagüe del baño.

            Me mudé a otra ciudad y la señora Sara se fue a vivir a Miami. A veces recibo una llamada suya para consolarme. Nos enterábamos por Internet de los pasos que seguían a los grupos activistas que trataban de imponer un límite a la muerte de travestis y gay en la gran ciudad. ¡Nada lograban!

Un día, en el metro, me enfrenté al personaje del abrigo violeta de la vieja historia. Me miró asombrado. Pretendió detenerme tomándome del brazo, aplicando una fuerza brutal en mi muñeca. Aún no recuerdo cómo logré zafar y desaparecí entre la multitud en la estación. Pero huí al oeste en busca de otra oportunidad. 

            Estoy cansada de evadirme de este grotesco infierno de violencia gratuita que me rodea. Mi infancia fue un mundo de mentiras y maldad que oculté. ¡Apariencias!. Mi juventud que recién comienza y a la que tengo derecho es el futuro. ¡Por eso me dispongo a otro cambio más! Quiero ser libre.

ÑATO CORVALÁN, EN LOS ESTEROS DEL IBERÁ

 

De gurí, a pelo montado en un tordillo, Ñato Corvalán atravesaba los guadáñales llevando ganado al seco. A veces, en el terraplén del ferrocarril, dejaba unos animalitos recién destetados para que no se le pudrieran las pezuñas. ¡El agua es necesaria, pero demasiada… mata!, solía decir el Moncho Regules.

            El Ñato no conoció lápiz, ni pizarrón. Sabía sumar y restar con el cordel de cuentas trenzadas, que usaba en la cintura junto al cuchillo que recibió de su tata. Moncho Regules, su padrino, había muerto en una riña entre isleños hacía tres años, más o menos. Ñato, no le hacía muy claro a eso del tiempo. Para él, había tres. La seca, la lluviosa y la cosecha.

Había conocido el pueblo, pero el ruido de los motores lo renegaban. Prefería el chillido de los matorrales donde se escondían los animalitos. Su tiempo era montado a pelo de caballo; y entre parición y traslado del ganado de una isla a otra del Iberá. Cada tanto veía a su madre. La Filomena Corvalán, famosa por la cantidad de hijos que trajo a los esteros. Buena para amasar chipá y carnear cuanto bicho comestible se le cruzaba. Sus hijos, de los que se iba desprendiendo cuando se valían por sus propios medios, eran fuertes y sanos. A pura teta los alimentaba, hasta que se preñaba nuevamente. Tuvo como veintitrés y sólo dos murieron de chiquitos.

El mocoso, volvía de vez en cuando a la isla a verla, porque pensaba que ya envejecía.

Desdentada, le costaba comer y estaba descarnada. Flaca y arrugada. Con sentimientos raros se volvió a su laboreo, por eso, la última ocasión, le llevó una manta nueva y un par de alpargatas. Al Molina le llevó una damajuana de tinto. Le dolió sentir la tos seca y crispada del pecho de la Filomena. Sintió que pronto no la vería más. Descubrió un fuego destripador en las entrañas cuando la vio escupir sangre en la tierra del rancho.

—¡La vieja está mala, tísica! —dijo Molina, el nuevo compañero de la madre—. La llevé a la rastra a la sala del pueblo. No quería que la tocara un médico. Pero la mujer que la revisaba, la convenció y se dejó ver los costillares y el triperío. Le dio unas pastillas, pero ella se hace un té de yuyos y así no más anda”.

            Salió desolado. Miró al cielo y se tocó el corazón que golpeaba fuerte y desacompasado. Si se va la vieja, nos desparramamos todos. 

            Cuando se desvió del camino y subió a la canoa, se cruzó con los Quiroga de Itaibaté. Iban en una lancha con cuatro gringos a puro motor. Casi se da vuelta su canoita. Montarás el Ñato, se tocó el ala del sombrero y quedó mirando como se alejaban por el canal entre el laberinto de islotes con totorales y camalotes. Más adentro, hojas enormes de irupé, son los nidos cómodos de las ñacaninas y los curiyúes. “Entre esos senderos laguneros nos movemos los isleños. Esta es mi tierra. Esta es mi casa”, se dijo y siguió remando. Su corazón batía.

El cielo se desangró con una lluvia feroz y la barca se fue hundiendo, no le alcanzaban las manos para sacar el agua con el balde plástico que le servía para guardar la pesca. Logró llegar a la orilla. Ató la embarcación y, empapado, caminó al rancho. El techo de paja, estaba desgajado y caían chorros hasta sobre el catre. Puteó. ¡Maldito tiempo! Embarrado hasta las rodillas, consiguió tapar con nailon parte de los juncos del techo.

 Acomodó los cueros de carpincho y nutria que tenía para vender al Turco Mohamma en el almacén. Los cambiaba por yerba, tabaco, vino, caña y galletas, y alguna que otra chuchería que necesitaba para vivir. Los truenos y relámpagos iluminaban intermitentes el lodazal en que se transformó el rancho. Los monos chillaban y el griterío era signo de que esa noche dormiría poco y mal.

El cansancio lo arrinconó y así, en la humedad, se quedó adormecido. Se tapó con el viejo ponchillo que le regaló el paraguayo en la bailanta en Goya, cuando tropearon el ganado de Justiniano Cardoso, comisario de Caá Caatý. Soñó con su madre la noche entera.

            Despertó con el chillido de los monos, como todas las mañanas le robaron pan o galleta que comía con el mate cocido. El sol levantaba un vapor que ahogaba. Era bueno. El estero se alimentaba la lluvia y el sol que penetraban entre la maleza, hacía crecer pastura y bicherío. Se enjuagó la cara y puso la pava llena en el fogón.

Compuso el techo con alambre, paja y barro. Sacó algunos bártulos para que se secaran. Se sentó, armó un cigarro con una hoja de tabaco y miel; y cuando le acercó la brasa cerró los ojos para disfrutar el perfume dulce del veguero. Se habían alejado los carayaes por el malezal a buscar comida a otro troje. Sintió un motor. Rugía cada vez más cerca.

            Fue a espiar. Camino al cruce de los canales, se encontró con los gringos. Traían en un planchón paraguayo, unas máquinas enormes. Se acordó de los cuentos de “La Forestal” en el Chaco. Cuando dejaron el paisaje sin árboles de quebracho unos rubios extraños. Plantaron unos yuyos y la tierra no sirvió más. Miró con desconfianza.

Lo saludaron con demasiado respeto. No era lógico que respetaran a un tape como él. Se tocó el ala del sombrero y los miró desafiante. Se tanteó el machete que llevaba cruzado en la cintura.

A los gringos se les borró la sonrisa y observaron para otro lado. Detrás venían los Quiroga con su canoa.

—¿Qué hay, compadre? ¿Quiénes son éstos y a qué vienen a los esteros del Iberá?

Silencio. Carraspera y trago de saliva agria, le contestaron:

—Mirá vos, chamigo. Que han comprado parte del campo. Que están alambrando. Que harán terraplenes para plantar arroz. Van a poner otro ferrocarril para transportar vacunos y rollizos al puerto de Buenos Aires. Vuelve el progreso —y un sinfín de chácharas que ya no escuchó.

Se alejó, internándose en el matorral. “Ya es viernes y dejó de llover, gracias a la Virgen de Itatí. Mejora el tiempo y por las dudas buscaré cazar un carpincho para traerle”, se dijo.¡Dejate de matar bichos vos, que así está quedando el estero, no seas maula…!”, escuchó distante.

 De la estación del ferrocarril de carga en el pueblo sale una chata medio destartalada con unos tambores pesados. Don Justiniano Cardoso se los ha entregado para que ponga los latones de este lado del terraplén. De lo demás se encarga él y la gente de Caá Caatý.

            La explosión se oye desde varias leguas. El agua sigue su curso arrastrando mucha tierra del resguardo de los extranjeros. Ñato Corvalán ahora puede seguir navegando con su canoa sin que nada se lo impida y menos los gringos que se roban todo.

domingo, 14 de julio de 2024

EL ENCUENTRO

 


            Agazapado entre los escombros Lisandro observaba el ir y venir de las ambulancias y los coches policiales. Temblaba y un hilillo de sangre corría entre sus deshilachadas ropas. Esquirlas de vidrios y pequeños trozos de manpostería le laceraban la piel. Siguió acucliyado entre los cascotes y láminas de metal de las cortinas de los escaparates que habían volado por todos los resquicios de la angustiada calle gris y maloliente. La inquieta y frágil muchedumbre uniformada corría entre los cadáveres y los restos de techos y paredes del moderno edificio de la que fuera la "compañía" más admirada arquitectónicamente y poderosa en la ciudad. Un estruendoso silencio, verdoso y lascivo se deslizaba por el empedrado. Se observó las manos, aún tenía un pequeño "papel" con el número que entregaban en el ingreso para la atención de los clientes. Sonrió apenas y le dolió la mejilla donde una astilla de vidrio incrustada le había dejado un profundo hueco. Alguien se acercó y le ofreció gentilmente agua. Elevó la mirada y un calor ácido le cubrió la verguenza...¡Una exhausta mujer, gorda,arrebolada, con unos horrorosos ruleros hechos con cables y papel coronando su cabeza y una viejísima gabardina sucia de un color desteñido e impreciso, se había aproximado con una jarra de agua y un jarro de latón para ofrecerle a él, la frescura impensable del agua amiga ! Le agredeció en silencio y bebió ávido y se fue incorporando despacio. Una mano aferró la suya y comenzó a comunicarle una fuerza imprevista. Apenas atinó a elevar la mirada, era un joven de la guardia civil que lo ayudaba . Sacudió con delicadeza sus ropas polvorientas  y llamando a un viejo enfermero le pidió asistencia para él. Con fuerza desechó el ofrecimiento y comenzó imperturbable a caminar por entre ese frenético pandemonium que era la avenida. Nadie lo detuvo ni le preguntó quién era y qué hacía en el lugar.

            Pensó en el día que había aceptado participar del "hecho"..., recordó su llegada, él, confundido en la estación y su falta de preparación para el nuevo mundo de la ciudad. La miríada de pícaros chiquilines que lo rodearon oliendo al infeliz candidato para robar. Su sorpresa al ver a los jóvenes adolescentes vagos y desenfrenados con pitillos entre los vejados labios y a pequeñas niñas ofreciéndose para raros experimentos a vejetes infames. Siguió reptando como una cobra  por la ardiente calle a la fría luz del atardece , de vez en cuando elevaba la cabeza amenazadora en busca de un inexistente enemigo. Cayó como un incauto al principio, las pequeñas manifestaciones, las protestas estudiantiles y la enorme rabia contra esa sociedad que le clavaba hierros de acero fundido en el costado cada vez que atravesaba la plaza o el parque donde el alcohol hacían sus fiestas juveniles y de las otras. Tomó el tren al oeste en la penúltima estación se bajó y tomó un coche público hacia el sur y descendió cinco   calles antes del cruce. Tomó el tren al este y tambaleante , sucio, hambriento y aterrado entró después de caminar más de doce cuadras a la vieja y cálida pensión de estudiante. Se desnudó. Buscó el baño y allí descubrió que se había orinado y cagado como un bebé ; el agua caliente caía como un manto pacífico en su piel dolorida y extenuada. Se sintió limpio por fuera y por dentro. ¡Ya nadie podía reclamarle nada!  ¡Él, Lisandro,  había satisfecho al jefe del grupo anarquista  más peligroso del país ! Nadie podría desconfiar de un muchacho gris , de tan poca personalidad, de campo y sin antecedentes de ningún tipo. Ahora sería aceptado por todos.

            Cuando regresó al pequeño dormitorio observó en la pequeña mesilla donde estudiaba, un plato con comida que la patrona le dejara. Levantó el plato con el cual la mujer había tapado como recurso para proteger los alimentos y tomó parte del pastel de verduras que ya frío sirvió para provocarle unas terribles naúseas. Corrió al ventanal que daba a la calle y vomitó. ¡No era la comida, eran sus verguenzas o sus terrores dormidos!. Se tiró en la camá que apenas lo contenía y quedó profundamente dormido.

            Lo despertó un estruendo en la cabeza...en realidad eran golpes rudos que alguien producía en la puerta. Golpes secos y una voz chillona que trataba de decirle algo...¿qué me trae esta mujer? y dónde estoy  para que ni el terrible dolor de todo el cuerpo me quepa en la cabeza, en el pecho...en el alma. ¡Ah, un periódico...sí, ya le abro , perdone estaba tan dormido...!, ¡ qué tres días he dormido y no me pudo despertar , que se asustó mucho y casi llama a la guardia civil y que tuvo miedo por las cosas que se cuentan por allí...! Ya me voy a levantar y le cuento, me fue mal en un examen y me tomé unos tragos de jerez...eso es todo. Vaya tranquila.

 

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                        El día era espléndido, un frágil sol primeveral penetraba picarezco por los postigos. Lisandro se acomodó frente al desopilante texto para repasar unos difíciles conceptos filosóficos cuando escuchó la conocida voz de la dueña del pensionado. Un par de arrogantes y bien plantados hombres entraron junto a ella y con afable confianza lo abrazaron. Él nunca los había visto y no atinó a desprenderse del efusivo saludo, cosa que  ellos impedirían de forma áspera. La curiosa Adela cuidadora de sus pupilos, observaba condescendiente ante tanto cariño fraterno. ¡Qué lindos son sus primos Lisandro  !,dijo la mujer mientras satisfecha salía tras una apropiada galantería que la hacía perder la desconfianza y ganaba sus ansias desvergonzadas de vanidad en los labios hipócritas y serviles. El campechano crédulo comenzó a tomar conciencia de la irrazonable visita, observó al hombre alto, rubio de mirada gélida, que lo tenía atenazado del hombro y luego miró a quien le entregaba en forma prepotente un grueso sobre de papel madera, era de talla superior,con rudos modales,un bigote grueso y de un extraño color rojizo, el cabello no concordaba con el bigote...,comprendió quienes podían ser.

                        - ¡ Debes salir urgentemente del país. El "comandante" te tiene entre sus favoritos por eso te vas ! .Acá está tu pasaporte y dinero suficiente para que llegues al lugar que está indicado en el billete de 50 pesetas, y allí te contactará un "amigo".- dijo el rubio mientras se arreglaba el cabello mirándose al pequeño espejo.

                        -¡Nadie debe saber tu destino, sólo nosotros y el jefe ! - expresó luego- ¡cuídate, tu tarea fue impecable no la tienes que arruinar ahora !. Como llegaron partieron sin antes darle un amable saludo a la dueña de la pensión que merodeaba. Lisandro no los volvió a ver. Al día siguiente partió prácticamente con lo puesto, su tren lo llevaba a la frontera con Francia y dejar España le hacía asumir un adiós definitivo. Tomó el rápido  y a mitad de camino se apeó y resolvió viajar al sur, de cualquier manera si lo seguían creerían que su estrategia era  para despistar a posibles enemigos. Luego se embarcó en el "Regine" hacia un puerto latino americano, se cambió el apellido y el nombre, falsificó uno de los tantos documentos que le había dado la organización, y en ese barco de mala muerte nadie indagaba mucho por la cantidad de contrabando que transportaban. Así llegó a Río De Janeiro donde permaneció una semana. El calor y el caos de esa ciudad temeraria y hermosa le hizo pensar en viajar aún más lejos. Por tierra en un tren de mala muerte viajó a la Argentina, de ese modo conoció Buenos Aires, una ciudad cosmopolita que lo nombró: Alejandro Aguado y con ese nombre comenzó otra vida de sus tantas vidas...que ya iremos conociendo.

 

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                        El tren se movía con un triquitraque infernal. Como pudo llegó al coche comedor, se ubicó en una de las mesas y pidió un café, el mozo, un hombre grueso, tosco y moreno, lo trató con un desparpajo de "che amigo" y le alcanzó un pocillo que bailoteaba sobre la madera perfumada de la mesa.

            - ¡Calor jodido este, y tierra que me dentra por todos los augeros!- murmuró el hombrote de casaca sucia, mientras acercaba una azucarera de vidrio pringosa.-¿Y usted de dónde viene ?, en la Argentina todos pueden hacer su vida sin que los jodan...- se fue refunfuñando y sin esperar respuesta.

            La pequeña tasa con un café casi frío hacía cabriolas sobre un plato que contenía aún más líquido, con la cucharilla entre los dientes para que no se cayera trató de sostenerla, el plato se deslizó libre y alegre de un extremo al otro, con la otra mano intentó embocar con el azúcar blanquísima tan diferente a la de su patria, que era rubia como la miel. La mitad del café ya estaba perdido, la otra frío y con gusto a recalentado. Interiormente insultó al mozo, al país y a su destino. Comprendió que los trenes de su nueva nación, a pesar de ser manejados por ingleses, eran de muy mala calidad. Añoró su país y su pueblo. El traqueteo y el mvimiento era infernal   

            - ¡Eh, gallego pasame las media lunas, le exigió un muchacho de la mesa detrás de la suya!.-se las entregó medio imaginando lo que le pedían. Miraba distraido por la ventanilla ese interminable campo virgen apenas sembrado aquí o allá y pensó que Buenos Aires no había sido un lugar seguro  por eso volvió a huir. ¿Huía de esos compatriotas francos que lo recibieron con los brazos abiertos, que le dieron trabajo rápidamente y cobijo o de su miedo y verguenza?. Su mente se fue alejando hacia los días "porteños", el conventillo donde entró a vivir ayudado por uno de los marineros. La calle empedrada y la lluvia, los inmigrantes italianos, españoles, libaneses, polacos todos abarrotando las mugrientas habitaciones de la antigüa casona del bajo cerca del río. ¡Qué río, eso al lado del lánguido arroyo de su pueblo, era una caricatura aquello, el agua parecía comerse la tierra y esa negra masa de suelo parecía regenerarse por todos lados! . La gente, lo atormentaba el hormigueo incesante y el parloteo infernal en una babel de lenguas extrañas. Gente que se apiñaba buscando la "América", en trabajos infames.

             De repente entró al coche comedor un par de soldados malolientes y borrachos  que a los gritos pedían vino.Comenzó a mirar a su alrededor y a observar a la gente. El zagal que servía echó con seguridad a los ebrios. Y allí vio por primera vez a una muchacha que se arrinconó en el extremo del salón. Era muy rubia de sombrerito barato,un vestido muy pudoroso de mangas cortas.Escondida tras un libro evitaba mirar a los comensales. Trató de ver qué leía pero estaba escrito en una lengua desconocida, parecía griego o algo parecido. Trató de abrir la ventanilla de su lado pero un calor ardiente le entró con el aire húmedo, y un bochorno de polvo color terracota envolvió a todos . Alguien le gritó que cerrara y se apresuró a hacerlo. La joven levantó los ojos y un extraordinario minuto incendió su adormecimiento interior. ¡Qué ojos diferentes, eran de un amarillo ámbar con unas chispas de color negro que los envolvían!. Rápidamente bajó la vista y él se quedó esperando volver a mirarle esas joyas preciosas.

 

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                        Yurka Smilklar entró al coche comedor y se plantó frente a Irina. La estatura del varón era la de un gigante. Rubio casi de cabello blanco,de piel enrojecida por el sol y áspera por el trabajo duro del campo. Sus piernas parecían dos robles enormes, sus brazos eran gruesos y casi deformes por el permanente esfuerzo de levantar pesos. Habló en su idioma con rudeza pero suavemente.La hermosa muchacha se llevantó partió junto a él sin hablar. Cuando enfrentó la mirada de "Lisandro", éste percibió un tenue interés y agonizó quemado con su sonrisa que apenas dibujaba en unos labios finitos y pálidos. La siguió con todo su torzo hasta que desapareció tras la puerta. ¡Qué bella mujer! ¿Cómo haría para hablarle si el hombre seguro era su marido y podía triturarlo con sólo una de sus manos?. El que atendía detrás del bar silbó con un extraño ruido y dijo algo en una lengua que no entendió. Se levantó dejó unas monedas y se fue a su asiento. Se durmió al rato y soño con su madre.Un silbato estridente lo despertó .-Estación Las Perdices, media hora de descanso...- gritó un viejo ferrocarrrilero, mientras todo el pasaje bajaba desesperado para caminar por el andén. El calor sofocante y la tierra casi colorada envolvía a todos. Vio que la hermosa muchacha y el compañero bajaban unas valijas de cartón atadas con cinturones de cuero y un sin fin de objetos. Bultos de trapo y hasta ollas y un cajón muy grande que cuidaron para que no se golpeara. Allí tomó la inexplicable decisión de quedarse en ese lugar. ¡Total cualquier lugar era igual para un fugitivo. Subió al vagón y tomando su miserable equipaje, descendió como si supiera donde estaba. Se acercó a él uno de los empleados y le pidió ayuda para acercar el gran cajón de la pareja  a la que había seguido y sintió un salto en el corazón, así le llegaba la forma de acercarse a ellos. Con enorme dificultad corrieron hasta un carromato el bagaje y todo el patrimonio de esa pareja. Ellos hablaban un idioma inentendible y sólo atinó a preguntar adónde quedaba el centro del lugar. Había leído y escuchado que se llamba "Las Perdices" pero ignoraba todo sobre ese sitio. Los nuevos compañeros de viaje agradecieron con breves palábras casi guturales y tras un ronco: - ¡Che, Ruso,¿ Viajás hasta el pueblo o seguís a la estancia?- y después de una respuesta casi imperceptible 

se vio invitado a sumarse al carretón tirado por unos "pingos" que parecían sacados de un cuadro de tiovivo. Lo de pingos, lo escuchó sin saber bien de qué se trataba, hasta que aprendió.

                        Lo dejaron en una pequeña plaza de una aldea parecida  a las de su patria. Solamente que con más tierra y polvo suelto que el que había visto en su vida. El calor lo desmoralizó. Fue hasta un bar donde pesados ventiladores de techo removían tierra, aire y moscas a granel. Se sentó y pidió una cerveza fresca que cayó a su garganta como un regalo de Dios. Se quedó mirando por la vidriera y vio como la mujer rubia reía y hacía mil tareas ayudando al compañero. Partieron por una calle de tierra arenosa y desaparecieron entre el polvo. Pensó que eran rusos y los rusos eran gente trabajadora pero algo hostil. Allá en Madrid había algunos rusos que estudiaban , pero tenían ideas muy duras. El dueño del bar le ofreció una habitación siempre y cuando pagara por adelantado y aceptó. Así comenzó su vida en la provincia de Santa Fé.

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                        Como era rápido e inteligente consiguió pronto un trabajo en el silo del pueblo. Él que sabía leer y era muy bueno con las matemáticas era un candidato eminente para tareas tan complejas. No había muchos inmigrantes hábiles y alfabetos. El gerente del Banco de  Las Perdices  también de origen español, sólo que de un pueblito muy lejano al suyo, pronto lo hizo su amigo. Junto a otros "gallegos", como los solían llamar, formaban un alegre y ruidoso grupo de parroquianos en el bar jugando al codillo y al  "tute". Un día tuvo que aprender el mentiroso juego argentino, el truco. Así se fue asimilando a ese solar.

                        Una mañana pasado más de tres meses mientras bajaba unas bolsas de cereales en un negocio de acopio, se enfrentó con la mujer rubia y quedó casi petrificado. La enorme sonrisa de la joven y su pequeña mano tendida le coloreó la esperanza.