viernes, 26 de diciembre de 2025

CONSIGUIENDO UNA HERENCIA INESPERADA


                        Gervacio caminó un trecho entre calles deshabitadas. El tren lo dejó como a veinte cuadras. Miró y releyó el diario que había encontrado en un banco de la estación. El anuncio decía que se necesitaba un acompañante masculino para atender a señor mayor. Una dirección clara y hacia allí se dirigió.

                        Casi una cuadra antes, le sorprendió que la calle se desdibujara entre matorrales crecidos entre la arboleda. La necesidad lo inclinó a continuar. Esa semana debía abandonar la pensión y unos pocos ahorros habían volado como águilas venturosas. Buscó entre el ligustro la numeración y encontró los números finales. Todo estaba destartalado. Viejo. Un olor a muerte, hongos y moho, cubría hasta las rejas que antaño fueron magníficas.

                        Golpeó una aldaba y esperó. No apareció nadie. Cuando ya estaba por abandonar el pórtico sintió un ruido. Alguien se acercaba. Era un golpeteo rítmico. Se entreabrió la puerta y apareció un anciano que se deslizaba en un andador metálico. ¡ Ese es el ruido! Pensó Gervacio y haciendo un saludo tímido, comenzó a solicitar el empleo que había leído. El hombre lo miró asombrado. – “Ese anuncio es del año 1985, señor, no comprendo cómo usted lo encontró hoy. Pero pase, lo necesitamos”- Le dio la espalda y comenzó a caminar por un corredor de mármoles y marquetería. A medida que se adentraba en el salón, se podía escuchar el ronquido áspero de un hombre que de atrás se veía sentado frente a una chimenea pobremente encendida. Afuera no hace frío, pensó Gervacio, pero imaginó que esos seres sentían todo el frío de la edad. Seguro entre ambos sumaban casi doscientos años.

                        Cuando logró pararse frente al anciano, notó que dormía. Esperó hasta que el otro vejete, lo samarreó. Abrió unos ojillos cegatones, y lo escrutó suspicaz.- ¿Cómo te llamas? ¿Cuándo llegaste?- Cascada la voz y sombría la mirada, fue deslizando por el maltrecho cuerpo del aspirante novato. -No sirve. Está más débil que tú y yo. – dijo, buscando volver a su letargo febril. El otro viejo, desesperado, comenzó a gemir. La voz entrecortada sugirió que debían probar, que él ya no podía más, que lo dejara ir a un geriátrico para viejos moribundos. La mirada estrábica iba y venía del andador al viejo del sillón y de él, al aspirante. – “Está bien que se quede, enséñale tus tareas y luego puedes ir  a tu mausoleo público”.- El anciano lentamente pero con la velocidad que le permitía su inteligencia, buscó un pequeño bolso y saludando al amo, se deslizó con un maletón hasta la puerta y desapareció.

                        Gervacio comprendió que estaba solo con el desconocido. Comenzó por inspeccionar detrás de cada puerta y armario que se cruzó frente a él. Encontró un sin fin de libros, viejas cartas y papeles, ropa pasada de moda, pero limpia y cuidada. Imaginó que debería acomodar ese espacio y a ese geronte que seguía solitario, roncaba en el sillón. Subió por las escaleras y de pronto se encontró en una habitación de proporciones opulentas. Bellos muebles y cortinados, cubiertos de polvo, escondían en su olor a viejo, el tiempo que nadie dormía en cada aposento. Abrió con dificultad las celosías. El sol opaco, con nubes grises, fue el toldo que impidió el reflejo del espejo. La habitación era soberbia. Sacudió entre estornudos y atchíses y, luego, escuchó el grito agudo del anciano que lo llamaba.

                        Pronto estuvo a su lado y el viejo pedía comida. Salió en busca de algo para darle y luego de husmear por las alacenas casi moribundas, encontró restos de un pollo rancio y pegajoso, al que lavó con el chorro de agua de los grifos y sirvió debajo de unas débiles hojas de lechuga. En su ceguera el geronte comió y le pidió que lo llevara a dormir. Cuando lo hizo, en brazos, el hombre no podía creer que su lecho, lo esperaba para amparar el sueño. La noche manteaba la cama con ese vegete ruidoso. El cuidador comenzó a investigar cada rincón de la vivienda para conocer el terreno. Así, encontró trastos y mugre. Archivos de un valor relativo. Sólo quería saber con qué contaba para proveer al patrón y mantenerse. Encontró una habitación aceptable y allí aterrizó su sueño. Clareaba cuando el sofoco del hombre lo despertó. Corrió a medio vestir y acercándose, escuchó el tintinear de monedas. – “Tome buen hombre vaya a comprar comida”.-  Sin mediar palabra indicó la salida, antes le pidió que lo asicalara. Luego en brazos descendió al viejo sillón donde lo encontrara el día anterior. Regresó presto con leche, pan, carne, embutidos y frutas de estación. Preparó un buen desayuno y se sentó junto al viejo para saber qué quería. La lista de tareas era casi interminable.

                        Lentamente fue creando una rutina. El anciano no manifestaba reconocer que él, era otro diferente al del andador.- “¡Dinero tiene!”- Luego de limpiar y reordenar los papeles, descubrió que estaba junto a un anciano rico y medio loco. Supo pronto que no sólo debía manejar el vetusto cuerpo, sino las aciendas decrépitas que les daba de comer. Se puso al día con los libros de cuentas de estancias y viviendas en alquiler, que en número de cincuenta, poseía. Gervacio, comprendió que si era hábil, pronto podría disponer de más dinero del que jamás soñó.

                        Pasado varios meses, comenzó a recibir a los inquilinos que solicitaban hablar para pedir eximisiones de pagos e intereses. Él, en su papel de custodio, no sólo les exigía el pago total, sino que requería nuevos contratos con valores reales. Muchos dejaron las propiedades, otros aceptaron y su vida fue cambiando.

                        Una tarde de invierno escuchó un extraño ronquido, que se despeñaba de la garganta del viejo. Corrió y sostuvo su mano laxa. Había dado el último suspiro. ¿Qué podía hacer? El cuerpo estaba casi momificado por la vejez y dejadez en que lo había mantenido el otro criado. Descubrió que lo había saqueado sin pudor, llevándose platería y cuadros de valor. No sabía dónde buscarlo. Se tomó todo el tiempo buscando entre los papeles un hijo o descendiente del anciano, pero no lo encontró. Así, pensó esperar hasta que vinieran por él. Pasó el tiempo. En el sillón, el señor, iba tomando un color ceniciento y oscuro. Recordó unas láminas de los faraones y momias egipcias de algunos libros de la biblioteca. No tenía frente a sí, a un cadaver, era un espectro que lo acompañaba platicando con cada suceso que acontecía. Así pasaron los meses y años. Él, era hasta ahí, el único heredero. La vida se deslizaba sin problemas hasta que un día sintió una punzada en el pecho. Cuando al tiempo abrió la policía la casa, encontraron a los dos hombres momificados y cubiertos de polvo y telas de araña.  

martes, 23 de diciembre de 2025

HISTORIA DE UN OLIVO

 

            Un día de pronto sentí una luz potente que atravesaba mi débil cuerpo. La tierra a mi rededor era fértil y húmeda. Algo extraño fue ver muchos como yo, en distancias cercanas. Supe por el comentarios de unas plantas de alcaparras que ese calor venía de una estrella llamada sol y que en ciertos momentos desaparecía y hacía frío y una nube dejaba su rocío en nuestro cuerpo, por entonces pequeño. Crecí y me fortifiqué. Di frutos que me arrancaban felices unos hombres rudos y musculosos que hablaban un extraño idioma. Con el tiempo aprendí a escucharlos y los entendía. Supe que vivíamos en una isla rodeados un mar azul brillante.

            Pasaron años, esos hombres se fueron yendo y mi cuerpo cada vez era más fuerte y me sacaban más frutos, aceitunas que a veces eran verdes o las dejaban madurar y eran negras. Ellas arrugadas como algunas partes de mi cuerpo. ¡Me cuidaban mucho!

            Pasaron muchos años. Y fueron sacando compañeros míos para hacer caminos y casas de piedra y cal, tan blanca que cegaba. Había otros seres diferentes. Yo seguía con una vida rutinaria, envejeciendo solo.

            Cerca de mi espacio, una mañana, en un extraño espacio con baranda de mármol la vi. Ella.

            Una mujer tan hermosa como las estrellas en las noches de calma. Vestía una hermosa ropa de tela suave y de color vino, ese que bebían los hombres en cántaros cuando me sacaban los frutos. Su larga cabellera parecía el ondular de las aguas del mar, pero eran de color oscuro y brillaban como el cielo nocturno con tormenta.

Me miró un breve instante y la vi como me sonreía. ¿Era un afortunado! Yo olivo viejo atrayendo la sonrisa de una bella mujer humana.

            Todos los días esperaba que saliera y me mirara. Yo hubiera querido tener voz y movimiento en mis ramas para abrazarla y decirle cuánto la amaba. ¡Qué inútil sueño el mío! Un día bajó hasta donde yo me mecía con el aire marino que en ráfagas sublimes me quise mostrar. Ella se acercó a mi tronco y me rodeó con sus brazos. Tomó un fruto y lo llevó a sus labios y saboreó mi jugo, mi entraña de oliva. Me volví loco de amor.

            Pasó un corto tiempo y una mañana que estaba cerca de mí, comenzó el mundo de mis raíces a moverse con furia. ¡Terremoto! Y caían las viviendas y se desplazaban los enormes trozos de la isla hacia el mar, donde comenzó a bullir un fuego enorme. Un volcán emergía del fondo marino. Era un caos. El agua hervía y la tierra se desplomaba por doquier y yo la vi, vino corriendo y se aferró a mi cuerpo. Su cabellera se enroscó en mis ramas y yo apreté mis raíces a lo que quedaba de suelo, gracias a mis años, tenía muy lejos mis raíces y pude sostenerme. ¡Y ella conmigo! Mi amada Briseida se confundió con el verde de mis hojas y pude salvarla. Cuando la tierra dejó de arrastrase hacia el loco mar y el fuego se calmó y el agua lentamente quedó fría, ella, mi adorada se sentó en mis ramas más fuertes y se quedó dormida.

            La isla había quedado desolada y pequeña. Ella, Briseida y yo, el olivo viejo que atrapaba entre sus ramas retorcidas a la más hermosa de las mujeres. Una barca de pescadores la sacaron de mi lado y a mi, me dejaron solo. ¡Solo, pero con el recuerdo triste de mi amor perdido! ¿Dónde estará ahora Briseida? ¿Se acordará de mi? Seguiré mi sueño de olivo centenario hasta un nuevo terremoto me arrastre al mar como una boya y me pierda en el olvido.

MARÍA INMACULADA

 


¿ME DEJAS UN LUGAR EN TU REGAZO?

 

MADRE DEL SALVADOR, VÍRGEN DULCÍSIMA

 

A NOSOTRAS LAS MADRES DE ESTE SIGLO

 

QUE ROMPEMOS LOS PECADOS CON LAGRIMAS DE SANGRE

 

QUE LAVAMOS LOS ROSTROS DE LOS HIJOS

 

CON LA PIEL ENSANGRENTADA DE DOLOR

 

POR LOS NIÑOS QUE MUEREN SIN TU GRACIA

 

POR LA TRISTE VERGÜENZA DEL CALVARIO

 

SUAVE Y BELLA ESPERANZA TU MIRADA

 

TU PRESENCIA QUE VUELVE COMO UN ÁNGEL

 

EN CADA MOMENTO QUE LA TIERRA TE CLAMA.

 

POR LAS MUJERES QUEMADAS, ULTRAJADAS Y VENDIDAS

 

POR LAS QUE NO TIENEN DERECHO A SUS HIJOS

 

POR LAS LAPIDADAS Y OLVIDADAS…

 

TE SUPLICAMOS

 

MADRE DEL SALVADOR   DIVINA MADRE

 

QUE LLORASTE EN EL CAMINO AL GÓLGOTA

 

AL PIE DEL MADERO ENSANGRENTADO

 

Y TU CORAZÓN ATRAVESADO POR ESPADAS

 

DE UN ODIO QUE NO CESA, DE LOS PECADOS INNOMBRABLES

 

DE UN RENCOR INFINITO QUE DESTROZA LA FÉ

 

MADRE- ESPERANZA DE TODOS LOS CRISTIANOS

 

MIRA NUESTRO DOLOR Y VUELCA TODO EL AMOR

 

DE TU HIJO AMADO. JESÚS, NUESTRO SALVADOR.

AMOR MÍSTICO

  

Desde la sombra, un pájaro de terciopelo salta un minuto en la cascada de luces. Es un ave que se detiene en el tiempo para besar una gota de rocío.

Lame con sus pies de seda la  alfombra de sonrisas. Toca el cuerpo tembloroso de una luciérnaga que tiembla detrás de la luz, se pierde es su mágica mariposa de espuma.

Una pompa de color de arco iris se estrella en su pecho de ámbar  y amapola.

Se detiene y en sus brazos  de tibia escarcha se apoya el pétalo misterioso de plumón de cisne.

Un silencio de rumorosos violines atrapa sus piernas puntiagudas. Solloza el timbal y una comparsa de nubes se abalanza hasta el centro mismo de la vida.

Queda ondeando un retazo de ternura con perfume a sueño. Son los Ángeles que se desplazan en la lluvia de pétalos plateados. La aurora boreal. Un llamado al amor y a la ternura. Queda quieta, detenida la mañana y un sol celeste asoma en su sonrisa cómplice, en la superficie dorada de un lago rumoroso de caricias.

Desde la sombra, un pájaro, tan solo uno, y un fauno  genial que desplaza  con picardía la boca de miel y lirios blancos para que el  colibrí libe besos de pequeñas llamaradas. Sueña el llamado de las hadas entre el follaje tembloroso donde anida el ave. Paraíso perdido y encontrado. Edén donde se esfuma el pecado. Cae una gota de lluvia sobre el nácar de una rosa. Y allí la luz brota como fuente mística de fuego y vino venturoso. Allí el beso de amor. Abrazo interminable de la vida... ella, está en éxtasis en su lecho de muerte. Espera.

Despertó en la sala de un hospital, apenas podía moverse. Los cables la atravesaban y un rítmico sonido de un monitor, le indicó que su corazón latía. Vio el rostro de su madre que con lágrimas le hablaba… “Despertaste hija es un milagro. Hace un mes que tuviste un accidente en la moto”.

Los médicos no podían creer que viviera y se dedicaron a resolver los daños colaterales. ¡Ahí, como rara vez, se había producido un Milagro de Amor!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MI FE

  

Ni una lágrima menos caerá en mi cintura.

Descubriré con rabia mi estupor en los párpados

Buscaré la Verdad, aun escondida en mi interior

La Vida que se oculta en mis venas abiertas

La Muerte que merodea en las esquinas de mi lecho

Esperando que un suspiro corte el hilo sagrado

La esperanza. La Luz infinita de mi ruego.

Sabré que persiste un mañana milagroso en la espera.

 

Vomitaré el desprecio de mi flaco temor a la noche sombría.

Seré hábil revoloteando en los valles de antaño

Donde espera el ángel deslumbrando a la muerte

A la triste mendiga que me busca en el ocaso gris

Arañando el perfil de mi rostro avejentado y ávido

Arañando los brazos que sostienen papeles escritos

Con mis versos estériles y las manos prietas de peonías.

Hay grietas en mi alma, penetrará la luz por sus holguras.

 

La Fe que espera en cada noche de velar en las sábanas

Con el corazón tibio y los labios húmedos de lágrimas.

Una coraza de flores y madrugadas escarlatas me cuidan

Una antorcha azul grana ilumina el camino allí frente a mí.

Una música de cítaras y arpas me acompañan sin fatiga

Un desfile de niñas plañideras me toman de la mano

Me llevan al espacio celeste de la suerte. Juegan.

 

No me aprieta la duda del real paraíso en espera.

Allí estará la Luz. La Verdad y la Vida verdadera.

lunes, 22 de diciembre de 2025

UN TANGO?

 

“El tango, ese reptil de lupanar” Leopoldo Lugones.

 

                                   Violento el puño del “Tuerto” cayó en el muslo moreno. Un grito de animal convulso se apagó en el cubículo que retenía el olor a tintura de yodo y el perfume de polvo “Coty”, que usaban las pupilas. Mayela, miró con acostumbrado odio. Flechas envenenadas los ojos negros traspasaron el rostro odiado. Era un mastín celoso. Agresivo, y ella, lo odió desde el principio, sin tregua. El tuerto, cuyo nombre verdadero, nadie conocía la volvió a golpear. Un rugido silencioso se atragantó en la garganta de la muchacha. Agazapada, animal atrapado desde niña, sólo sabe que debe estar en un clavarse en esa espiral pastosa. La ponzoña le sube de las tripas. Se estrangula en el pecho, donde sus tetas se detienen gozosas entre su pelo negro y rizado que se desliza como anguila en su cuerpo. El hombre antes de golpearla, le arrancó el vestido. Quedó en cuero... brillante piel morena, mientras iban soltándose lentos moretones como arácnidos. El sudor aclaraba la sangre que el enorme anillo de oro le incrustó en la espalda como sello de esclava moderna. Entró Yamira, se quedó quieta con las manos apretadas sobre su pobreza de desprotegida recién empujada al prostíbulo. Miró aterrada al Tuerto y trató de salir, pero el puño mineral atrapó el género floreado y se quedó allí aun más desnuda que su cuerpo. Era un dóndolo que temblaba mudo. Aterrada. Su cabellera perfumada iluminó en dorado sus pequeños senos núbiles. Adolescente aun, la había traído del norte su abuela. Era mestiza. La odiaba. Su padre, decían, era un señorito inglés, que llegó a los aserraderos. Rubia, de ojos increíblemente celestes, conmovían los suaves rasgos de su cara infantil. Su abuela la odiaba tanto que la entregó por pocos pesos al rufián sin prejuicio ni pena. Se largó del puerto apenas se gastó la plata que le dieran en chucherías. Quedó ella, mercancía fresca a merced de los codiciosos que frecuentaban el lupanar.

¡Pagaron mucho por su primera vez y fue Mayela la encargada de asistirla luego! Desgarrada, sangrando, deliró tres días en un catre a la sombra. La fiebre no le baja, murmuran las rameras, y, la señora llama al boticario, cliente antiguo, para encontrar ayuda.  Cuando llega en su buaturé se hace el silencio. La presencia del hombre, acompañado por otro, que viste traje de lino blanco, es algo desusado, por lo serio. La Señora, lo acompañó asustada hasta una habitación de atrás. Olía a alcanfor y a lavandina. Allí, yacía  Yamira, desmayada de dolor. Murmuran los facultativos. -¡ La chica tiene...años? – diga- No voy a denunciarla, diga la verdad.- y saca la mujer un paquetito donde envuelto en un pañuelo hay unos papeles. Se los pasa. Todas hacen un silencio mortal. –¡ Doce años, se lo decía, amigo, es una locura!- y un sofocado grito escapa de la garganta de algunas pupilas. Nadie se anima a hablar. El “Tuerto” se esconde entre los trebejos de su guarida infecta. Hay que llevarla al hospital, urgente. No puedo hacer nada aquí. Yo no puedo dársela por la “cana” si me agarran con una menor...- murmullos desde todos los rincones. Mayela  atrapa a la matrona con su fuerza y coraje de mestiza. La increpa y alza a la pequeña. Atraviesa el largo corredor hasta la calle y camina hacia donde el automóvil espera. Los galenos le dan instrucciones y parten con la niña. El “Tuerto” se acerca y las invita por primera vez con una ginebra de la buena. Tiene un miedo atroz. Comienzan a llegar los primeros clientes y las chicas dan vuelta a la manija de la vitrola para darse ánimo. Ahora habrá que esperar unos días. Suspiran y suben la escalera, cada una a su cubículo de suerte. Mañana ... tal vez mañana.

EL HOMBRE SOÑABA QUE SOÑABA


 

                        Y entonces caminaba el hombre sobre las plateadas crestas de las olas, semejante a un delfín sombreado sobre una selva virgen azulada. Caminaba arrastrando una enorme red de hilos giratorios donde atrapaba mariposas. Saltó un guijarro de granate desde la mano que sostenía un grito metálico, agitando la espuma fracturada de estrellas. Apareció una nave con el ancla elevada, esgrimiendo enganchado el cuerpo pálido de la mujer sirena. Voz de océano inventando en un desierto de extraña ingeniería, las voces, los corifeos estáticos que enhebran cánticos de amor pagano que se oían en las marejadas. Él, seguía caminando, sordo su oído a los clamores de la profundidad del mar donde habita la pasión cautiva. Soñó con tentar al demonio, para que le entregara el cuerpo casto de la mujer sirena que ondulaba la cola en el agua profunda entre las rocas. Vio una luz penetrando en su pupila. Dejó que llegara hasta la boca el rayo y salió de sus labios un pez de color ámbar como un haz de escamas nacaradas. Surcaron el silencio los sonidos sibilantes de delfín dormido. Abrazaron los senos fríos de la mujer sirena. Quería despertar. La luna se desplazaba sobre el vientre asexuado por la culpa ancestral de los orígenes latentes. Quería despertar porque estaba soñando que soñaba un tortuoso, agotador y desvariado sueño de espera, de quimeras vacías. Sus cuencas también vacías miraban el espacio desprovisto de planetas. Quería despertar de ese sueño que atrapaba su cuerpo contra el rústico suelo. Volcán árido. Gris estepa sin cielo. Desierto promiscuo de ternura. Comprendió que no despertaría aun...no bebería los besos de pasión...no había nacido y en el nido tibio de su placenta revivió otras vidas anteriores. Esperaría el duro alumbramiento, saldría al abrazo de esa vagina fenomenal de su madre parturienta. Pero sabía que apenas diera el primer vagido, olvidaría ese mundo maravilloso de otro tiempo.