domingo, 17 de mayo de 2026

EL MILAGRO


                            “Recuerda la hora más oscura es la que precede a la aurora” Shakti Gawain

                                                                                                       

            Hilarión Domínguez era hijo de un maquinista de ferrocarril. Aquél, que ya no pasa más por las vías remotas del terruño. Su padre, Don Gervasio, pertenecía orgulloso a la “Fraternidad”, sindicato fuerte en los cuarenta. Él, heredó la tarea y era un apasionado de los rieles. Conocía cada locomotora como a su conciencia. Despertaba a las tres de la madrugada para acicalarse y luego de tomar unos mates silenciosos, preparaba una caja metálica con lo que podía llegar a necesitar. Su viaje era a un pueblo del secano “puntano” para dejar agua potable, leña y alguna mercadería que le encargaban algunos paisanos.

            Iba en el día y regresaba siempre a la hora exacta. Así era el ferrocarril en esa bendita época. Cuando pasaba por la antigua “Corocortas”, salían a saludarlo con las “chupallas” los pocos habitantes que andaban por ahí. Llegaba a esa hora incierta entre la noche y la madrugada, sin luna o con luna, siempre parecía un lugar oscuro. Él, no tenía temor, dos días de descanso y otro viaje, siempre igual. Rutinario pero hermoso. A veces veía correr las liebres por las vías calientes y aceitadas por el gasoil o el alquitrán del vagón de YPF. Otras, un zorro con hembra y crías, tal vez un “choique” y cientos de animalitos que pasaba bajo su mirada atenta. Su atención al trabajo era real. No podía darse el lujo de perder un convoy ni un tanque…, luego pegaba la vista al frente para reconocer algún paisano que le hacía señas con el pañuelo para saludarlo o gritarle un encargo.

            Fue un día nublado y que denunciaba lluvia, raro en esa época y lugar, pero a lo lejos, vio un punto negro entre las vías. Negro, muy negro. De cuarenta kilómetros por hora que era su movimiento fue bajando por las dudas a treinta, a veinte… pero allí se agrandaba la manchita. Tocó el silbato de la máquina. Retuvo la mano en el freno, pero el aceite y alquitrán no le dejaban parar el tren. Vio unos jornaleros que agitaban sombreros y mujeres apostadas en las hileras de alambres de los campos que se agarraban la cabeza.

            Hilarión pensó que había un “choco” dormido ahí, entre sus rieles. No, no alcanzaba a distinguir qué era eso. Su ayudante tomó el manijón de la máquina, del freno. Hilarión sudaba y miró al cielo, pidiendo a Dios y la Santita de los Caminos que lo ayudaran. Descendió del estribo y se quedó helado. Un niño ennegrecido por el alquitrán, el aceite y la tierra reptaba entre las vías. Seguro el tren le pasaría por encima.

            ¡Ruego a Dios nuestro Señor que salga y se aleje…! y vio con sorpresa que el niño se prendía del hongo metálico del cambio de riel y salía. Los lugareños estaban estáticos. A él, se le escapó un insulto.

¿Cómo puede ser que naides se atrevió a cruzar y sacarlo, tuvo que ser “Tata Dios” el que me hiciera el milagro?

            Vio una madre deshecha en llanto. Y un padre que alejaba cabizbajo; pero ahí supo que Dios lo había escuchado. Hizo una promesa… colocó en ese lugar una Cruz Blanca con una estatuilla del Sagrado Corazón y cuando pasaba le tocaba el silbato como saludo.

            Todavía cuando pasan los paisanos le saludan al crucifijo con respeto.

 

 

RÍO BERMELLÓN


                                   “Una vez que la esperanza entra en tu sangre, nunca la abandona.”Autor desconocido.

 

 

            El despertar de la selva es una fiesta de rumores y colores de arco iris. Los árboles se estremecen con la algarabía de insectos y pájaros. Pechitos colorados, blancos y naranja, revolotean en el remanso de la aguas del arroyo La Tuca.

            Una vez o dos al año, cuando comienza el invierno se despojan las plantas de alas y parloteo de cotorras parlanchinas. Cuando vienen las lluvias y crece el río se lleva los nidos de los ánades y patos silvestres. Es el tiempo en que los hombres juntan las cachas y huyen hasta el terraplén de la ruta.

            Se ven las lanchas de prefectura buscando algún rezagado o una anciana que no puede andar por los arrebatos del agua que trae todo tipo de arrastre: árboles, animales, trozos de ranchos… hasta se ha visto chapas del algún galpón derribado en su furia.

            En tiempo de bonanza, es una gloria. El pasto alto atrae al bichaje que engorda para la seca. El maíz, el arroz, la soja y el girasol, crece con la libertad de la abundancia.

            A veces en el camalotal, baja una yarará o una coral. Por eso hay trampas para no despistarse. Allá en medio de la tierra se eleva un rancho.

            Parece un tacurú en medio de la tierra apelmazada, del erial que rodea las paredes de caña y barro. Un ombú le da sombra como al descuido y levanta esa sombra que tanto anhela la calurosa faena de todos los días.

            Al amanecer un gallo se despierta y con el rocío se eleva una niebla dulce que moja despacito la piel de las vacas y ovejas. Con ellos se despiertan Simón y la Petrona. Los chicos aun duermen hasta que el sol calienta a un poco la mañana.

            Viene el tiempo de ubres y espumosa leche tibia. De agua en el tizne de una sufrida pava renegrida. Los niños se despiertan y la cháchara inocente envuelve la tabla de la mesa. El Simón de trote al cuartel del sur y la Petrona a la prisa. Ya viene el carretón para llevarlos al pueblo. La maestra espera y no hay que desperdiciar sus palabras y cuentos. A lo lejos, se escucha el griterío, vienen en remolino de distintos tamaños y voces a destajo. Van a la escuela.

            Más tarde recoge los huevos de los nidos, hay conejitos nuevos y una cabra ha parido. Limpia la tierra con la escoba húmeda y los pisos se quejan. Lava la ropa en el arroyo y son alas de palomas colgadas en los hilos. Es la vida de nuestros campesinos en la inmensa tierra que Dios nos ha dado. Son la esperanza de una vida mejor en nuestra patria. Son una alegría para el futuro.

            Cuando llega la noche y se enciende el cielo de un color violeta, una lámpara deja una luz diseminar paz y memoria para el descanso.

            Si el cielo en cierne descontrola esa serenidad… y desgarra en rayos y truenos su orden milenario, viene la ira y el Río Bermellón rompe el pacto de amor con sus hijos, mañana se iniciará una embestida bestial rompiendo todo.

            Simón y la Patrona, sacan la pala grande, hacen con las cenizas la Cruz Bendita y ahuyentan la tormenta como le enseñó el abuelo. Echan sal al aire y hojas de laurel. Se arrodillan y rezan como niños pequeños, oraciones antiguas de sus ancestros.

            La esperanza los guía. Los guía un sueño.

COMO UN CUENTO DE AMOR

 

 

Le nació la sonrisa como un granado nuevo. Era un ave solitaria, un espejismo hecho joven. Moreno, poco agraciado y ágil, servía para acompañar a su padre en las tareas más simples.

No era despierto como su hermano mayor y la mirada limpia mostraba su paz interior. Buscaba el rincón más pequeño para encerrase en las siestas y descansar en las noches. Siempre vestido con la ropa de otros, zapatos usados, tiradores para evitar que se cayeran sus pantalones y una gorra de fieltro apelmazada lo distinguía en la plaza o el mercado. Debajo de los bultos, llevaba una pequeña flauta que hacía sonar en el atardecer cuando lograba terminar su interminable trabajo en la chacra familiar.

Solía acompañarlo un perro. Callejero y sin raza conocida. Fiel como el más fiel. Como era él. En los veranos calientes, se metía en el arroyo a refrescar la piel que se quemaba con el sol perdulario del medio día. Su nombre, buscado en el almanaque le resultaba raro y apenas lo pronunciaba, no sabía escribir ni leer. Jotamario era y nadie lo llamaba así. Le decían Mario o Jota. Sólo el abuelo, campesino laborioso y paciente lo quería y de él, aprendió todo lo bueno de la vida, del campo, de los animales. Le cortaba el cabello y las uñas, le lavaba los pies en una palangana y cuando fue creciendo le enseñó a criar cerdos y gallinas, a plantar verduras y legumbres. A estirar los cueros y juntar los huevos en los nidos de aves para poder hacerse una buena sartenada al fuego.

Es apenas un niño grande. Un gigante enano. Un campesino pobre sin luces ni relumbre.

Un día, Jotamario lo encontró dormido. Lo abrazó y se quedó dos días con el cuerpo frío entre los brazos calientes por la triste fiebre del olvido. Supo que la vida se iba caminando despacio por la vereda estrecha de los días. Su padre se lo arrebató con presteza, le dio una palmada y le entregó un reloj que roto y sin valor alguno, el chico amaba de su abuelo.

Creció, con el pasar de los años, comenzó a ser imprescindible en la chacra. Y el padre viejo, lo tomó de apoyo. Murió su perro y trajo otro, parecido y feo, leal y compañero.

Esa mañana la vio en el mercadillo, era una muchacha morena de ojos grandes y limpios. Ella le sonrió como un amanecer de verano y se olvidó de decirle el nombre. La siguió con la mirada dulce de un duende que cosquilleaba en su pecho. Su padre descubrió en la sonrisa que una estrella había destellado en sus ojos. Sin mediar palabras se acercó a la tiendita donde vendían jamones, su padre y su abuela. Preguntó su nombre y si era soltera. Inquieto bajó la vista y tropezó con los pies de la muchacha. Eran pequeños y rústicos. El padre aceptó que se vieran y Jotamario le regaló una flor. Lobelia aceptó el presente y entonces como en los cuentos que una vez le contara su madre, sonrió como un granado recién florecido esa primavera.

LAURENCIO

 

Laurencio quedó aterido en el áspero piso de la celda. Los ojos cubiertos por un trapo roñoso. El olor penetrante a gasoil, no impedía que lo marearan otros perfumes: orines antiguos y mierda. Su ropa era un guiñapo de fibras mezcladas con sangre y vómito. ¡Su vómito, producto de los golpes y el miedo!

Escuchó el deslizar de un cerrojo que carraspeaba de espanto. Entró un personaje anónimo. Hasta el momento no había hablado con nadie. Éste, habló.

-¿Laurencio Sottille? No podía pronunciar un sí. Su mandíbula temblaba y realizó un esfuerzo para asentir con la cabeza.

Apenas audible su voz, suplicó saber dónde y porqué estaba allí.

-tu padre tiene lo que nosotros queremos. Mucha guita.-

Sintió un frío letal apoyado en un trozo de piel helada. Tiritaba. La humedad oscura de la mazmorra, indicaba que sería su tumba.

-hemos pedido una cantidad justa por tu puta vida, pendejo.

Llorando en silencio y forcejeando con unas ligaduras de plástico que le oprimían las muñecas y los pies. Le había robado el “Rolex” y las zapatillas italianas. ¿Su padre… tan ocupado en los negocios lo ayudaría? Pensó en su madre. Estaría desesperada. Su nana también, su noviecita ayer les había mencionado a unos amigos que conoció en un “Boliche” de moda. ¿No habrá hablado demasiado?

El tipo salió. Se oyó una discusión y unos gritos. De pronto se abrió la puerta y una cachetada de “Chanel Nº 5, le revolvió el estómago. Logró, con dificultad y mucha pericia arrancarse lo que le impedía ver. Allí, parada estaba la secretaria de su padre. Comprendió que era la amante del viejo. Supo que ya no tenía chance de seguir vivo.

 

 

 

Y DESPUÉS…LA VIDA


 

Hoy voy caminando sobre aquella huella

Que dejó mi Padre junto a las Estrellas

Hoy voy de la mano de miles de amigos

Que sueñan la Paz y la Esperanza, conmigo

Hoy voy compartiendo mi pan y mi vino,

Como las palabras que alegran la vida.

Hoy soy como una Luz en medio de la noche

Buscando el amor sin ningún reproche.

 

Soy como un mendigo, camino descalza

Con las manos y el corazón, lleno de esperanza.

Soy como el terreno, donde crece el árbol

Buscando en el cielo la Luz del encanto.

Soy una promesa de la historia viva

Que luego del dolor se encuentra con vida.

Soy una paloma que quiere volar alto

Hasta el firmamento donde está Su canto.

 

Me siento feliz, de ser sobreviviente

De una gran tristeza que sufro con la gente.

Me siento una gota del agua de lluvia

Que moja la tierra, donde la semilla se oculta.

Me siento una estrella en el firmamento

Para relatarle a mi gente algún bello cuento.

Me siento la voz de una ganadora

Con mi poesía les entrego, un poco de gloria.

 

Creo en un mañana de claras sonrisas

En el que los niños jueguen y disfruten la brisa.

Creo en la palabra, la que es sanadora

Con las ilusiones que crezcan hermosas.

Creo en mis vecinos con sus esplendores

Cuando salgan todos a mostrar sus flores.

Creo en la justicia de mis buenos amigos

Que buscan el bien y dan mucho abrigo.

 

¡Por eso yo Creo en un Dios Viviente

Que protege a aquellos que le son aun fieles!

¡Por eso yo creo que Él, nos perdona

A todos los que sin querer lo abandonan!

¡Por eso yo Amo al Hombre sufriente

Que busca sin denuedo amar a su gente!

¡Por eso yo escribo con mucha dulzura

Porque solo en Él, se hallará una permanente cura!

VACACIONES EN LA MONTAÑA

 


 

                        Ni siquiera se sentó a la mesa. Tenía la cara arrebatada de ira. Otra vez ha vuelto a dejarnos solas. ¡Es tan poco sociable! Al final mejor si no hubiera venido, nosotros nos arreglaríamos igual...como siempre. María Eugenia se fue quedando dormida. El ruido lejano de la gente que bailaba en el plató del hotel, le servía de somnífero. ¿Qué estaría haciendo su madre? Llorando... ¡¿otra vez?! 

                        Me siento abrasada por un sol tórrido, rojo, envolvente. Junto a mí está el hombre más hermoso que pudiera soñar. ¿Es Luis Miguel? Debo estar soñando. Mejor que despierte porque será peor si no logro besarlo. ¡Es tan divino! Es un potro. ¡Hay déjame dormir, te digo, no voy a levantarme para estar con vos! Me cuesta abrir los ojos. ¿Qué que Juanjo? ¿Qué..., OH, no me digas? ¿Papá? ¿Y qué hizo mamá? Bueno ya me levanto y bajo. Esperame con un desayuno de esos. No puede ser...papá se encontró con "alguien", regresó anoche con más de una copa y durmió totalmente vestido. Mamá cuando se despertó ¿qué habrá pensado...? Ya, me pongo los lentes de contacto, me pinto un poco los ojos y bajo urgente. Tengo que saber todo.

                        El ascensor repleto. Bajaré por la escalera. ¿Qué lío, qué pasa en el hotel? No...Nada menos ni nada más que todo el staff de " El Rayo". ¡Qué minas, qué minos! Allá está Juanjo.

                        - Hola...dejame espacio. Sí, ya vi que llegaron esos, pero me interesa más lo de papá. Contame. -  se desvía su mirada entre todas las golosinas de la mesa. - ¡Qué cosas ricas, voy a engordar como un cerdo...no me voy a poder poner el Jean nuevo!

                        - Sos retonta. Mirá parece que papá ayer se encontró con una `doctorcita´de la facultad...él dice que le sirve café, siempre, cuando están de exámenes. Mamá, la conoce bien, pero sólo se traga la mufa. La cuestión que cuando papá la invitó a tomar una copa en el bar...no tonta; a mamá, ella estaba cansada, vos sabés acá con el frío le duele la pierna, se acostó, pensando que papá lo haría. ¡No, se quedó hasta las cuatro tomando tragos y hablando!-

                        - ¡Huanca no te distraigas y contame...esa que está allí es una de las modelos top del Rayo...¡Qué lolas tiene! Y la cola. Deben ser puro plástico. ¡Dale! Mirá quiero saber qué hizo de malo el viejo, de todos modos, mamá no le da ni bolas.

                        - Ahí viene mi entrenador me voy. Después te cuento. Nada importante debe haber pasado. Allí viene la vieja.

                        María Eugenia mira distraídamente a su alrededor. El caos reina en el comedor del hotel y piensa...

                        - Si me hubiera ido con Dolores y Caro a Disney, no me embolaría tanto. Acá todo es un plomo. Seguro que ahora mamá me va a retar por algo.

                        ¡Hola, buen días, si se puede decir buen día con todo este lío! Te pusiste ese pantalón todo desplanchado y sin hacerle el ruedo? Te he dicho mil veces...

                        - Má, no me hinchés. Ayer por el pelo, hoy por el pantalón ¿mañana por qué me vas a retar ? Acordate que este es mi viaje de los quince. Podría haber ido al viaje con las chicas, pero no, yo quise estar con ustedes. ¿Para qué? Si me vas a molestar todo el tiempo. ¿Qué pasó anoche con papá?

                        - Mirá esa chica ¿no es la del Rayo? Prácticamente está desnuda y debe tener tu edad. Yo no me explico cómo las madres le dejan hacer lo que quieren. ¡Hija mía tendría que ser!

                        - Sí, sería idiota como yo. No ves que ellas son más libres. Nadie las jode.

                        - Allí viene tu padre. Te he dicho que no hables así, parecés una chiruza. Hacele lugar para que desayune. Me gusta ese modelo de peinado. El de esa señora que está sentada allí. ¿Cómo me quedaría ese corte?

                        - Buen día...menos mal que salió el sol. Desayunemos que me quiero ir a jugar al pool en el subsuelo. ¿Qué hicieron anoche? Yo me encontré con gente de allá, de mi trabajo. ¡Qué rico dulce, me hace acordar al que hacía tu mamá! Mirá llegó un grupo de japoneses...sacarán millones de fotos. Bueno me despido hasta el medio día.

                        - Mami me voy a tomar sol en el solarium de Piscis. Me puse la bikini que me regaló Rolo. La tengo debajo del enterito. Chau.

                        - Cuidate, no tomés demasiado sol. Ponete un protector. Acordate que acá el sol es más fuerte que en el mar. Nos encontramos para comer. Yo estaré esperando en el salón de lectura traje algunos expedientes para resolver. ¡Siempre me dejan sola! Seguro que les da vergüenza mi aspecto de `discapacitada´. Siempre sola.

                        - Pobre mamá no le damos bola...pero es tan pesada. Tendría que haberme ido con las girls sería más divertido que estar acá. ¡Qué tipo super...debe ser gay! Ese que me mira está bueno pero no me animo, es difícil que me mire con ese lomo. Hola, sí estoy sola ¿Y vos? Me llamo María Eugenia. Soy de Pilar. Sí de Buenos Aires. ¿De dónde? Sos de acá...qué aburrido.

                                   Se puso los lentes y no habló más.

PALMIRA

 

“NO HAN DE SER TUS CAÍDAS TAN VIOLENTAS”

                                                               PEDRO B. PALACIOS (ALMAFUERTE)

 

Sintió la afrenta. El patrón estaba obsesionado con la hija de Palmira. Había cumplido doce años y tenía un cuerpo de mujer que lo volvía un tigre. Despertaba en las noches calurosas, con un sudor hediondo entre las sábanas. Soñaba con la niña. Su cabello negro que caía sobre la espalda oscura por el sol que amedrentaba las sombras. Sus pequeños senos, apenas pretendiendo empujar la tela rústica de su vestido pobre y viejo.

            Despertaba y se metía baldazos de agua fría para romper ese ardor incurable que sentía.

            Podía ser su padre o su abuelo. Y la pobre niña, atenta siempre por orden de la madre le acercaba un mate para que desayunara.

            Palmira lo observaba desconfiada. ¡Ese matungo fiero y enclenque no la va a arruinar a la Macaria! Y no le quitaba la vista de encima. Siempre atenta a cada movimiento del hombre que supo levantarle más de una noche la pollera siendo joven.

¡Y esa chiquilina, tan inocente no se daba cuenta de las miradas turbias del patrón! Aun jugaba con el gato, el felino se desparramaba sobre la pollerita de la niña ronroneando. Luego afilaba la uñas en sus alpargatas y saltaba cuando Macaria le daba un trozo de carne. Simple juego de pequeña campesina.

En invierno cumplía los trece. Hacía frío y la leña escasa bailoteaba en el rostro sonriente de la muchachita. La Palmira se sintió morir cuando la vio venir ensangrentada de la parte de atrás de la vivienda. ¿Qué te hizo ese viejo cochino?

Nada madre, el patrón se resbaló en la nieve y se hizo daño en la cara, yo lo auxilié; como usted me enseñó. ¡El pobre hasta lloraba!

¡Está bien, ya lo voy a ver! Salió Palmira azuzada por la curiosidad. Llevaba un poco de venda y agua oxigenada. Golpeó. La rústica voz del hombre le ordenó que se fuera. Pero ella empujó la puerta e ingresó en la oscura habitación del patrón.

Sobre la cama, envuelto en un papel de seda, había un vestido color carmesí y unas cintas. ¿Y eso? No serán para mi Macaria…

Se acercó y en la cara del patrón los arañazos del gato, habían dejado huellas húmedas y vergonzantes. El animal, había saltado sobre él cuando intentó tocarla y Macarena, se asustó tanto, que no supo qué hacer. Creyó que el animal, lo había hecho de pura maldad. Y trató de ayudarlo.

¡Me caí, Palmira, eso fue todo! Y el gato me arañó un poco. No fue nada, pero te pido, que mandes a la niña con tu madre a otro lado. No la quiero aquí con ese gato.

La mujer cerró los ojos y salió despacio. Sabía que si no se la llevaba de allí pronto una caída certera, sería sobre la muchacha.