martes, 11 de agosto de 2026

EL MILAGRO


                            “Recuerda la hora más oscura es la que precede a la aurora” Shakti Gawain

                                                                                                       

            Hilarión Domínguez era hijo de un maquinista de ferrocarril. Aquél, que ya no pasa más por las vías remotas del terruño. Su padre, Don Gervasio, pertenecía orgulloso a la “Fraternidad”, sindicato fuerte en los cuarenta. Él, heredó la tarea y era un apasionado de los rieles. Conocía cada locomotora como a su conciencia. Despertaba a las tres de la madrugada para acicalarse y luego de tomar unos mates silenciosos, preparaba una caja metálica con lo que podía llegar a necesitar. Su viaje era a un pueblo del secano “puntano” para dejar agua potable, leña y alguna mercadería que le encargaban algunos paisanos.

            Iba en el día y regresaba siempre a la hora exacta. Así era el ferrocarril en esa bendita época. Cuando pasaba por la antigua “Corocortas”, salían a saludarlo con las “chupallas” los pocos habitantes que andaban por ahí. Llegaba a esa hora incierta entre la noche y la madrugada, sin luna o con luna, siempre parecía un lugar oscuro. Él, no tenía temor, dos días de descanso y otro viaje, siempre igual. Rutinario pero hermoso. A veces veía correr las liebres por las vías calientes y aceitadas por el gasoil o el alquitrán del vagón de YPF. Otras, un zorro con hembra y crías, tal vez un “choique” y cientos de animalitos que pasaba bajo su mirada atenta. Su atención al trabajo era real. No podía darse el lujo de perder un convoy ni un tanque…, luego pegaba la vista al frente para reconocer algún paisano que le hacía señas con el pañuelo para saludarlo o gritarle un encargo.

            Fue un día nublado y que denunciaba lluvia, raro en esa época y lugar, pero a lo lejos, vio un punto negro entre las vías. Negro, muy negro. De cuarenta kilómetros por hora que era su movimiento fue bajando por las dudas a treinta, a veinte… pero allí se agrandaba la manchita. Tocó el silbato de la máquina. Retuvo la mano en el freno, pero el aceite y alquitrán no le dejaban parar el tren. Vio unos jornaleros que agitaban sombreros y mujeres apostadas en las hileras de alambres de los campos que se agarraban la cabeza.

            Hilarión pensó que había un “choco” dormido ahí, entre sus rieles. No, no alcanzaba a distinguir qué era eso. Su ayudante tomó el manijón de la máquina, del freno. Hilarión sudaba y miró al cielo, pidiendo a Dios y la Santita de los Caminos que lo ayudaran. Descendió del estribo y se quedó helado. Un niño ennegrecido por el alquitrán, el aceite y la tierra reptaba entre las vías. Seguro el tren le pasaría por encima.

            ¡Ruego a Dios nuestro Señor que salga y se aleje…! y vio con sorpresa que el niño se prendía del hongo metálico del cambio de riel y salía. Los lugareños estaban estáticos. A él, se le escapó un insulto.

¿Cómo puede ser que naides se atrevió a cruzar y sacarlo, tuvo que ser “Tata Dios” el que me hiciera el milagro?

            Vio una madre deshecha en llanto. Y un padre que alejaba cabizbajo; pero ahí supo que Dios lo había escuchado. Hizo una promesa… colocó en ese lugar una Cruz Blanca con una estatuilla del Sagrado Corazón y cuando pasaba le tocaba el silbato como saludo.

            Todavía cuando pasan los paisanos le saludan al crucifijo con respeto.

 

jueves, 6 de agosto de 2026

AZULES MIS MANOS

 

 

Azules.

Azules mis manos

Un camino azul sobre mi lecho.

Nostalgias y sueños.

Mi alma se pierde en un azul de incienso

Mi amor, que perdido, busca el reencuentro.

Mi memoria encuentra mil azules

Sueños y esperanzas

Añiles y dulces.

Dudas y distancia

Aguarda la esperanza que tiñe de rojo

Sin ver lo que toca.

Inquieta la tregua que me deja sola,

En el umbral de los recuerdos

Quedará enredado el añil sufrido,

El color perdido

La fiesta postergada por ausencias

De los que amasamos el pan de la alegría

O acaso olvidamos

Pisar las uvas del buen vino.

El azul envuelve los manteles

Que llenan las mesas de los que marcharon

Buscando un camino lejos de la patria.

Azules infinitos

Azules al viento

Azul de esperanza

Por los que han vuelto.

A TI MADRE TERESA

 

 

Una hilacha de algodón blanco y azul

abraza el cuerpo inerte de un doliente

manos rugosas con venas de amor y  de ternura

acicalan la deforme piel que envuelve un niño moribundo.

Nada te amenaza, ni el hedor ni los gusanos. La lepra no te asusta

Santa Madre Teresa allí en Calcuta, lejos de tu hogar y de tu gente.

Son tus hermanos que no tienen Nada, nada de nada y tu le entregas todo.

Tu alma tu cuerpo, tu débil fortaleza, tu Fe y tu amor…

Casi descalza desandas las “chabolas”, casi desnuda caminas junto al Ganges

para ayudar aquellos que dan su último suspiro.

Muchos te aman, todos te respetan y ¡Eres tan grande y tan pequeña!

 

Pronto se acercan otras mujeres a entregarte su destino. Te siguen

en la búsqueda de un mundo de justicia y hermandad cristiana.

Ahora en los rincones más pobres de la tierra… van caminando

con los “saris” blancos y azules aquellas que te acompañan en amor fecundo.

Es un hábito que lleva esperanza a quien precisa unos brazos fraternos

Es tan sólo el reflejo del Amor de Teresa repetido mil veces…

Dios proteja su lucha y su agonía. Cuídalas señor del atropello

de los que no creen en la Palabra de Cristo.

                                                ¡Amen hasta que Duela!

 

 

DIECISEIS SEMANAS, CUATRO DÍAS Y OCHO HORAS

            

            Imelda Sosa soñó a Efraín. Lo acunó en sus brazos, cantó nanas y lo amamantó en  sueños.

Efraín Sosa descubrió el miedo. Se quedó paralizado unos instantes. Un fogonazo de dolor le transformó el alma en un espacio de tiniebla. Un olor metálico le hendió la holgura. Intentó correrse en el hueco húmedo y umbrío pero todo fue inútil. De a poco fueron descartando su forma. Hasta que ya dejó el ser desvirtuado en restos sanguinolentos dentro de una palangana. El cachivache era feo, viejo, descascarado y con olor a desinfectante. Amigo vergonzoso de la muerte.

            Onofre Sosa, padre y abuelo de Efraín, pagó lo acordado al barbero-carnicero y se tragó un gran chorro de aguardiente. Sacó las barajas y un cigarro negro. Apestoso. Mientras jugaba a las cartas, vio que le hacían un tapón a la Imelda con gasas y la cubrían con una colcha deshilachada. Tiritaba como ave herida.  Quedate un rato quieta pendeja. Vení Feliciano, juguemos y miremos el partido de la Copa, invitó Sosa.

            En silencio, sin llorar, Imelda recogió todos los pedazos de Efraín y lo envolvió en una remera. Se fue caminando despacio hacia el patio de atrás. Se arrastraba sobre el barro. Se apoyó en el timbó. Lloró y con sus lágrimas bautizó al pequeño. Efraín Amor.

            Cuando, borracho, Onofre Sosa salió a buscar a la hija, la encontró colgada de una rama gruesa con el bulto sangrante apretado a su vientre que aún palpitaba en gotas de líquidos de color oscuro. ¡Puta, mañana cumplía los trece años! ¿Cómo me hizo esto? ¿Ahora que le digo a la vieja y a la gente?

LA VENGANZA

 

  

 

Vomitaba un líquido verde. Un espasmo final y un estertor, dejó a Micaela, con un color acerado que con el correr de los minutos se fue transformando en cinabrio. En la mano aun quedaba, apretada y espasmódica, la cuchara de plata con la que comiera el último bocado de budín que le trajera Mauro para la cena. Su debilidad se había acrecentado en los últimos días. Medio cuerpo quedó sobre la cama y el resto contorsionado en el vacío. La mirada, como un cascabel de hielo, petrificando un suspiro.

            Entró él, y en movimientos felinos, arrancó el plato, la copa y todo los utensilios y los hizo desaparecer. Estaba todo preparado de antemano. Nada fallaría. No advirtió, hasta después, que en la mano quedó la cuchara asida con extremo esfuerzo para un cadáver. Acurrucó en el cuerpo, como al descuido, una pequeña botellita con el resto del cianuro. Comenzó a gritar con la desesperación que atrajera  a los otros habitantes de la casa.

            El dolor y la congoja parecían auténticos. Lo vieron abrazarse al cuerpo inerte con desesperación, ella, se enfriaba rápidamente y cambiaba el rictus de dolor por  inmensa paz. Llegó el médico y dictaminó, confiado, que Micaela, al conocer el diagnóstico probable que inventara el marido junto a su cómplice, había tomado una trágica definición. Pasó el tiempo del velatorio y del entierro. Mauro era la misma imagen del desconsuelo y la tragedia. La casa se fue despoblando de familiares y amigos, un poco urgidos por la actitud de Mauro otro poco porque todos tenían que seguir su vida.

            Echó a los criados disimulando una depresión inaguantable. El jardinero salió con pesar, ya que las rosas y las camelias de la señora eran su pasión. Pero “el señor” quería estar solo. La soledad lo curaría de la ausencia de Micaela.

            Luego de organizar la casa a su gusto, revisando todos los objetos valiosos heredados de la familia de Micaela, se sentó a disfrutar de ese mundo que el deseaba hasta el delirio. Su origen oscuro lo obsesionaba. Era codicioso y había escalado con mucha dificultad hasta allí. Pasó una semana.

            Pidió a Chef Bertain que le enviara a la casa un opíparo menú. Quería disfrutarlo en soledad. Así le trajeron: langosta a la americana que acompañó con un vino francés, terrina de canard a la cordón blue roseada con un malbec griego, codornices a la salsa negra  que acompañó con champagne Barón B de Môet – Chandón,  helados de pistacho y el mayor placer fue sacar de la gran vitrina la vajilla de la bisabuela de Micaela. Era heredera de un descendiente del Conde París, únicos descendientes del los Luises. La porcelana de Sèvres pintada por Gicard, le seducía el juego de cubiertos de plata y oro de un orfebre de Yorkschire afamado, cuyo punzó cotizaba en la bolsa de Londres. El cristal de Bohemia era un sonido que regalaba sus oídos.

            Era un lujo que él, quería para sí. Lo acarició en la mente enfermiza todo ese tiempo de comedia frente a la mujer. Encendió las velas en los enormes candelabros venecianos, y en el mantel finamente bordado en Brujas, comenzó a beber y comer al conjuro de la música de Mahler.

            Se apoyó en la mesa y degustó con placer cada bocado. Se acompañaba con su imagen en el enorme espejo del comedor. El alcohol comenzó a hacer su trabajo. Le pareció que alguien entraba en la estancia. Recordó que había entreverado la cuchara que halló en la mano endurecida de Micaela, entre los cubiertos con que había revuelto la ensalada. ¿Lo había lavado? ¿Acaso era ese el cuchillo que envenenó para completar su obra?

            La desesperación comenzó a obrar. En su mano la cuchara tomaba vida extrañamente se movía de forma inesperada. El cuchillo adquiría un brillo singular. Transpiraba copiosamente y comenzó a sentir un dolor agudo en la garganta. El sabor del helado le resultó extraño pero no dudó, ya que él había comenzado a tener el fermento de los buenos vinos rondando en el cerebro.

            Comenzaron las convulsiones, los calambres. Un sudor frío le mojó con una lluvia finita la frente. Su cuerpo rígido ya no le respondía. Trató de incorporarse y imposible. Los ojos rojos, sanguinolentos y desparramaba una baba verdosa. Un agudo vómito verde cayó sobre el angelical mantel de encaje. Ya no podía hablar, ni gritar. La cuchara había cobrado “Vida” y desde allí la figura de Micaela le sonreía. De todos los pecados cometidos ella sólo le reclamó antes del final por el niño que crecía en su vientre y que él no sabía que había matado.

            Se moría y la figura de “ella” en el anverso del cubierto de plata sonreía, sonreía y él se estaba muriendo. Se moría. Se moría.

           

DOS HERMANAS

                       

            Se ha caído de la silla de ruedas. Otra vez el hueso de la cadera roto me deja sin otra alternativa que internarlo en este geriátrico. No tengo veinte años. Tengo las piernas muy cansadas. El corazón también. Lo miro con el espíritu de cincuenta y tres años de estar a su lado. ¡Cincuenta y tres años!, y, aunque muchas veces lo odié y deseé que estuviera muerto, hoy estoy junto al hombre más interesante que pude conocer. Déjeme que le cuente.

            Era alto, de figura escultural, siempre dorado por el sol, era el Apolo del club, del colegio y de los lugares donde en la década de los cincuenta podía reunirse la juventud de clase alta. Tenía un color de cabello más cobrizo que rubio. Ojos color miel y un hoyuelo en el mentón que enloquecía a las chicas tontas como yo. Aun conserva el hoyuelo y sus ojos han perdido la mirada acariciadora de antaño. ¡Pero es hermoso! Estudioso, deportista e inteligente, parecía que la vida nunca lo iba a distraer con penas o problemas.

            Yo era muy joven, inexperta y tenía a toda una familia a mi diestra para mimarme. Cuando terminé el colegio secundario, viajé por Europa, Asia y África como uno de los premios. También me regalaron una motoneta, alhajas y ropa como para no tener nunca más que entrar a una tienda. Mamá decía que yo era la joya de la familia. Me lo creía. Mi única hermana, Raquel, era un verdadero estorbo. Era diez años menor, y muy simpática. Era la regalona de papá. Yo cantaba como María Callas y ella bailaba como Isadora Duncan. Yo nadaba como Esther Williams y ella recitaba como Ana Gelman; siempre compitiendo conmigo. Yo la adoraba igual.

            Para mi ingreso a la universidad se deliberó un mes o más. Yo deseaba fervientemente estudiar arte, pero mis padres no aceptaron. No era bueno que una muchacha de nuestro ambiente se metiera con esa “gente rara”. Logré autorización para ingresar a ciencias sociales. Duré muy poco. El grupo de jóvenes y los profesores no me hicieron sentir bien. Abandoné. Luego ingresé en  filosofía y allí logré graduarme unos meses antes de casarme con él. José Luis, estaba más hermoso que nunca. Cuando se fijó en mí, yo creí tocar el cielo con las manos. Muy tarde supe por qué lo había hecho.     El título en filosofía sirvió en muchas oportunidades para darnos de comer, ya que jamás trabajó y despilfarró la buena herencia que me dejaron mis abuelos y mis padres. Yo lo amaba igual. Me pregunta: - ¿Cómo lo puedo seguir amando ahora?- Es una respuesta que sólo se puede entender si supieran cómo era conmigo.

             Jamás olvidó una fecha importante. Siempre me trajo flores aunque las pagara con mi dinero. Era cariñoso y tierno hasta el exceso. Me daba todos los gustos. Me llevaba al mar, al lago de Como o me hacía subir a los sitios más hermosos del mundo y contemplar desde allí la tierra. Era un loco por la belleza. El amor era su meta y quería compartirlo conmigo. Así pagué tener al hombre más seductor: con mucho sufrimiento, humillaciones,¡ una locura!

            Le ruego que lo cuide con toda devoción. A él, le gusta que le lean en la tarde a los clásicos o a los premios más resonantes de literatura moderna, luego de tomar la siesta. Le encanta comer tostadas con miel de flores silvestres y quesillo de campo.

            Nunca lo bañen con agua demasiado tibia, no, por favor, su baño debe ser algo caliente. Las sales de baño serán de lilas o de jacintos, nunca de rosas o lavanda. Es muy alérgico al chocolate y manteca, por lo cual ni oler nada que lo tenga incluido. En lo posible duerme con música de Bach o Vivaldi. Yo le dejo en su maletín los C.D. y si necesita algo...no tenga ningún reparo en llamarme. Estoy abonada a un servicio de mensajería. Los jóvenes me sacan de cualquier apuro a cualquier hora. Son mis amigos.

            La medicación para sus dolencia de...edad avanzada están en este neceser de cuero azul. ¿Me pregunta si sufre? ¡Ah sí, sufrió mucho cuando perdí mi última estancia en Bragado! No tenía cómo sostener el ritmo de vida y tampoco como llevarme a esos viajes locos que vivía planeando.

            Luego vinieron unos abogados del gobierno y nos remataron la casa de Acasuso, la de Pilar, el chalet de Mar del Plata, el de Punta del Este y el de Miami. Nos quedaba el de Taormina. También lo remataron. Quedamos sin casa, sin dinero y llenos de deudas. No fue nada. Yo estaba preparada. Salí a trabajar, para eso tenía un título.

            Lloró cuando no lo aceptaron en el Club de Golf ni en el Círculo. Alquilé en Belgrano un ambiente y luché por ambos. Le dio depresión. Luego pasaron algunas cosas... ¡Ah, me olvidaba...a las once debe darle una yemita con Oporto importado y a las cinco en punto de la tarde, un té de Ceilán. No toma otro. Acá tiene, le dejo la última caja que me queda. En la valija están las sábanas de seda natural, eso es para que no tenga escaras. La ropa interior también es de seda, nunca usó otra. Le ruego, también que le den un paseo diario por el parque del geriátrico envuelto en su bata de lana de angora. ¡Es muy delicado para el frío¡ 

            La anciana con su impecable traje inglés desgastado por el uso, se acercó al hombre que la miraba en su camilla. ¡Mi querido, debo ir a casa, los alumnos me esperan! Tú, debe comportarte con esta gente amable y aceptar sus cuidados. ¡Yo vendré en cuanto logre sobreponerme a este nuevo problema!

Salió con porte distinguido buscando apoyarse en algo o alguien. Delgadísima con una belleza luminosa, sus largas manos azuladas, sosteniendo un bastón de ébano. Se fue.

            El joven médico del geriátrico estatal sonrió. Tomó a su enfermito que parecía un pajarillo asustado. Miró a los ojos y comenzaron a rodar unas lágrimas pequeñitas por las pálidas mejillas del viejo. El médico tornó a sentarse junto al geronte y tomó sus signos vitales. Era una forma de tocarlo, confortarlo y darle seguridad. Así comenzó otra etapa dolorosa de la vida de José Luis.

 

                        Tienes a tu merced, la chica más rica de Bs. As. y prefieres a esa chirucita de barrio...¡estás loco! El bramido de mi padre atravesó toda la casa. Mamá casi escondida se parapetó detrás del piano. Te vas a casar con Valentina Saguier Olmos. Yo buscaré la forma que su padre me reciba en la casa. Ella será tu mujer desde la iglesia al civil. Lo que hagas después me importa un saco de porotos. Ya verás, estúpido, lo que es ser un pobre diablo. Nada queda de la fortuna de tu madre. Los negocios andan cada vez peor y me vienen con la famosa palabrita: Enamorados...un carajo, enamorados ni ocho cuartos. La semana que viene tendremos una cena en el club. Allí invitaré a los Saguier y vos te sentarás junto a esa chica. Ella será tu mujer y la madre de tus hijos. Ya verás como tu vida va a ser digna de ser vivida. Y te aclaro que si está encinta la haremos abortar, para eso soy amigo de muy buenos médicos en el Club.

 Mi padre era de ese tipo de hombre que lograba lo que se proponían siempre que no fueran negocios rentables. Mi madre aportó una herencia magnífica y quedaba poco. Yo debía resolver el problema. Tengo que reconocer que Valentina era una muchacha agradable y lúcida. Tenía sentido del humor y  de la estética;  pero yo me moría de amor por una chica que conocí en la cantina del club. Era la hija del concesionario de la cantina. Era una morocha despampanante,  con ojos negros y unas curvas que me dejaban sin habla. Sin mucha cultura pero con dos tetas que - ¡Dios mío! -, me hacían soñar. La tal Olguita, estaba siempre alegre. Reía con ganas cuando los otros muchachos le decían piropos. Nada de melindres ni problemas. Yo la tenía clavada entre las dos piernas, entre la bragueta y las hormonas. En esa época, doctor, no era de hombres no asumir la responsabilidad de casarse. Si uno quería a una mujer tenía que llevarla al altar. Yo estaba dispuesto, se lo juro. Me terminé casando con Valentina. Además la mayoría de las muchachas de mi círculo me seguía. Era lo que se dice pintón, pero se necesitaba tener una mujer con dinero y Valentina Saguier Olmos tenía mucho. Le confieso que fue agradable. Ella era el tipo de mujer que lo hace sentir en casa. Tengo que confesarle, mi amigo, que disfrutamos de viajes, fiestas y cosas importantes con mi mujer. Gasté mucho, pero no creo que ella no sintiera que me preocupaba por hacerla feliz. ¿Si le fui infiel? Y... sí, muchas veces. Con mujeres jóvenes, con la famosa Olguita que fue mi amante varios años, con amigas de mi mujer hasta que un día me pasó algo inesperado...Déjeme que le relate...El hombre se queda hablando con el médico hasta que el crepúsculo entra en la habitación.

 

            La enfermera ingresó en el cuarto por la mañana y encontró al anciano muy débil. Llamó al médico de turno y a la esposa. Allí frente a ellos estaba un hombre moribundo que tenía una pacífica sonrisa de felicidad. Aceptaba el destino. En su nocturna charla había descargado su conciencia. La enfermera les contó después lo que escuchara. “Él, había sufrido mucho al casarse con una mujer por el dinero que aportaba. Pero ella había sabido comprenderlo. Muchas veces le había leído, le hacía masajes para distenderle los músculos cuando cabalgaba, hasta le lavaba los lentes cuando no podía ver bien. Una noche cuando fue a guardarlos en el primoroso estuche antiguo, chocaron sus dedos con un papel. Ella, le dijo luego con dolor, que hizo mal, pero a pesar de todo leyó una carta que creía había escondido muy bien. La letra le era familiar aunque no tenía firma. Se la repitió durante veintiocho años cada mañana, cada almuerzo y cada noche.

            Decía  - Amor cuando me dejaste en casa, después del viaje desde el aeropuerto, de puro ansiedad compré el test de embarazo. Dio positivo. Yo estoy feliz. Quédate tranquilo, mi hermana comprenderá que ella no puede dártelo y hasta sería bueno darle el lugar de madrina. Esto merece un abrazo de esos que nos regalamos. Será en el mismo lugar y a la misma hora de siempre. Te amo.-

            Mi esposa supo que era de Raquel. Siempre la celó y envidió. Había estudiado arte y su vida era muy libertina. La reacción de Valentina fue empujarlo por la escalera. Al caer se le quebró la cadera, alguna vértebra dañada y estuvo grave. Un tiempo largo después mejoró, pero como no tenía quien lo cuidara y despilfarró fortunas, no le quedó otra alternativa que vivir con ella. ¿De la hermana? No sé, creo que ese muchacho tan hermoso, que viene a verlo todos los días es el hijo. La anciana lo quiere muchísimo y él joven le dice “madrina”. Tal vez, tal vez sea el sobrino, el hijo del viejo con la hermana. ¿Quién sabe?

            Salieron a buscar los papeles para hacerle el certificado de defunción.

            La anciana, tomó la mano, acariciando el rostro del hombre que amó tanto y que la había hecho sufrir tantísimo. Lo besó en los ojos y dio gracias a Dios que había muerto. Ahora volverían los problemas con Raquel.

 

UNA MONJA EN GRAVES APUROS

 

            Sor María de la Concepción nació como Didier en una familia agnóstica de Suecia. Su hogar la hizo mamar un odio visceral contra todo lo que fuera religión. El padre médico siquiatra negó toda existencia de Dios, la madre artista de teatro, superada y tragicómica, padeció de una personalidad individualista  y bastante histérica. Tenía varias obsesiones y consumía toneladas de barbitúricos.

            Como Didier  molestaba, fue cuidada por una excelente mujer de campo, muy religiosa y esmerada. Y…dio una esmerada educación a Didier, que nunca fue supervisada por sus padres. Así al cumplir los dieciocho años, ingresó en el convento de las monjas de la Caridad Del sagrado Corazón de Jesús y se la nombró Sor María de la Concepción. Los padres casi mueren en el intento de impedir el despropósito, según ellos, de una hija “religiosa”.

            Luego de profesar marchó a un ignoto poblado de Asia donde como monja de la Caridad trabajó incansable como enfermera, albañil, cocinera y mediadora con la comunidad tribal, agresiva, esquiva y guerrera.

Pasó cinco años entre cuatro monjitas ancianas y un sacerdote que apenas podía caminar, oficiar misa y hablar sobre los Evangelios. Ella era el sostén de la pequeña comunidad religiosa. Un día bajó de las montañas un grupo de forajidos que incendiaron el dispensario, mataron a los ancianos y a ella la arrastraron por el lodo hasta exponerla a la más inmunda de las penas. La violaron entre ocho a diez hombres.

            Ya estaba desmayada y moribunda cuando una valiente mujer la cubrió con su cuerpo diciendo que estaba muerta. La escondieron entre varias indígenas y lucharon para curarla. Las heridas eran de todo tipo. Al poco tiempo cuando se estaba reponiendo, la nativa salvadora, le anunció con inocente alegría que estaba embarazada.

            Sor María de la Concepción estaba en un grave apuro. ¿Qué podía hacer? ¿Tener al niño o abortarlo? ¡Es imposible! Su vida era un verdadero averno. Nació un varón bellísimo con ojos de color agua y tez oscura como la de los habitantes del lugar. Nunca se dijo que Pantera Celestial o Jesús o Klenyo Umi, era hijo de una monja católica.

            Ahora en su nuevo destino, un pequeño pueblo de Europa, ella cuida niños huérfanos de guerra, mientras sus antiguas salvadoras crían a su precioso “Secreto”, del que tiene permanente noticias.