martes, 24 de julio de 2018

FOTOS PARA EL RECUERDO


 PRESENTANDO MI NOVELA "TANGO ROJO" EN EL SALÓN BIOY CASARES EN LA FERIA DEL LIBRO 2017. MARÍA TERESA CAGLIONI, PRESIDENTE DE S.A.D.E. MENDOZA Y YO
EN MEDELLÍN CON UN PUÑADO DE ESCRITORES DE COLOMBIA, EN UN CENTRO CULTURAL 

EN LA RADIO DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE MEDELLÍN CON DOS POETAS AMIGOS Y EL DIRECTOR DE DICHA ESTACIÓN DE RADIO.

CLOTA Y LA MULA PELUSA.



         Después de lo sucedido, cuando los chicos descubrieron que Clota en realidad estaba disfrazada de maestra todo cambió. Ese lunes, la "seño" llegó a la escuela cuando ya había tocado la campana, cosa muy extraña en ella que es fanática de la puntualidad. ¡Pero, venía lentamente montada en su mula color rosada que se llamaba Pelusa. La nueva amiga de cuatro patas, tenía un enorme moño azul atado en la cola y estaba tan coqueta con su preciosa montura tachonada de brillantes monedas y pompones de lana multicolor, que era una preciosura. Usaba unas anteojeras de preciosos bordados multicolores. Clota, se apeó con mucho cuidado, porque "Es una maestra ecologista y ama mucho a los animales. La dejó atada de las riendas, al picaporte de la puerta de la dirección y entró feliz por regresar. Venía, esta vez, con el cabello de color amarillo, una pollera llena de volados, con lunares multi-color y los hermosos botines de fútbol. Los chicos estaban felices de verla. La rodearon con el amor que siempre les había enseñado y comenzaron a cantar.
         Les cuento, que la directora se quedó encantada de verla llegar. Clota, había cocinado una enorme torta de chocolate y masitas con forma de palabras agudas, graves y esdrújulas, para todos en la escuela. ¡Costumbre muy común en Clota!
          Mientras ella enseñaba dentro del aula, la mula picarona se estaba comiendo todo lo que estaba cerca: el jazmín del cabo, el plumero de Rosita le celadora de la tarde, los crisantemos amarillos, medio pino, la escoba de Irene, la celadora de la mañana, algunas figuritas de los chicos y hasta el libro de firmas de la dirección.
         La señorita Clota logró que los niños escribieran versos y cuentos sin errores y cuando ella salió al patio con todos los alumnos, abrieron las mochilas y remontaron cientos de barriletes con palabras hermosas que les había enseñado. Las palomas de la plaza dejaron sola a la tía Nené un ratito, para distribuir los barriletes en todos los rincones de “Salí si te dejan”.
         -¡Ay, chicos, me tengo que ir porque la mula "Pelusa" se está comiendo los registros y unos diccionarios de la biblioteca!
         - ¡Chau seño!
         - ¡Chau chicos!  Hasta pronto.

Tolón-tolón, tilín-tilín, este cuento no llegó a su fin. Esperen, que continuará.

                                      MENDOZA- 2 - 6 - 1996. Graciela Vespa para Tintero.

TERRIBLE TORMENTA




            Artemio…Artemio, llamó la abuela Laurencia a los gritos. Mire que viene la tormenta. Hay que llevar los animales al corral, las gallinas al reparo y tapar las plantas que están más expuestas.
            Desde lejos, si mirábamos el horizonte al sur, se veía una línea negra como de muerte. Era el granizo. Comenzó a soplar un aire fresco que se hizo viento helado. ¡Es la piedra, Artemio! Perderemos todo y las manos endurecidas por el trabajo y la tierra, se apretaban en la falda bajo el delantal de la abuela.
            El “Kalu” olfateó el aire y se echó debajo de la mesa de la cocina. Su cola parecía un abanico de pelo ralo en el piso de tierra y ladrillos viejos. El abuelo, me dio la orden de traer del galpón unas maderas que tenía apoyada sobre la pared y como pude con mis catorce años, las traje y se apuró a martillarlas en las ventanas que de viejas se astillaban. Luego salió con mi abuela y una pala, la llenó de ceniza del horno de barro y se fueron luchando contra la tormenta hacia el sur de la finca y allí entre los dos, hicieron una cruz en la tierra dura y de rodillas comenzaron a decir frases religiosas a un santito y a Jesús.
            Yo, los seguí, sin que me vieran, el viento me tiraba al suelo. Ellos apenas podían, con sus pesados años, llegar hasta el lugar donde hicieron el “conjuro religioso”. Cuando la abuela me vio, enojada me hizo seña y me hincó junto a ellos y me hizo rezar lo que me enseñó el “padre cura” en Catecismo. Y como por arte de magia o por la intervención de Dios, la terrible tormenta se fue alejando hacia el lugar en que la pala con cenizas señalaba más a la montaña donde no hay viñedos ni huertos.
            Supe después que aparte de ceniza, la abuela Laurencia había puesto sal gruesa en el lugar y cuando cumplí los veinte, antes de ir a servir a la Patria, me enseñó cómo se debía desviar la tormenta. Ahora cuando veo los nubarrones, hago un pequeño surco en el jardín de mi casa con ceniza y sal por si hay gente que no conoce cómo se alejan
las borrasca.

ENTREVISTA



                                                                                              
            ¡Aunque usted no me crea, yo lo vi con mis propios ojos! Estaba en el café de “La Puerta Del Sol” en Madrid y pasó cerca de mí. Vestía un impermeable azul gastado, un chambergo de fieltro negro con una cinta roja y zapatos de cuero, sucios y feos. ¡No parecía el hombre que yo conocí en Buenos Aires!
            Cuando salió del sur, parecía que se llevaba el mundo debajo del abrigo. Era un “Fifí” de esos que en la calle Alvear se paseaban como galanes de cine de los cincuenta. Alto, si, más o menos un metro ochenta y tantos, el cabello engominado que brillaba con el sol y la humedad a él, no se le notaba. ¡Era un perfecto ganador! Pero no.
            Mientras se mezclaba con algunos fulanos de la Suprema Corte o con diputados y senadores, era un “capo”. Hasta que cambió el gobierno y salió huyendo como rata. ¡Pobre!  
            Yo supe por amigos comunes que primero intentó ir a México, pero no le fue bien. Sus charlas y conferencias no estaban acorde con los intereses de aquel maravilloso pueblo, luego fue a Francia… menos y como no domina el idioma fue peor.
            Recuerdo cuando en el “Cervantes” se anunciaban sus charlas literarias. Eran un gentío que se agolpaba en las puertas para conseguir el mejor lugar para verlo, admirarlo y escuchar su nueva idea de lo que proponía en sus novelas. Vendía miles de libros. No se si era tan buen escritor pero su presencia hacía el resto. Ahora es un tipo común.
            Pensar que ni siquiera me dirigía la palabra cuando iba con el micrófono y ahora, cuando pasó se dio vuelta y se acercó con cara de afligido y me preguntó si yo, era yo. Es decir el mismo periodista que antes no era recibido. Le contesté que sí, que era yo y que lo estaba buscando para hacerle una entrevista. Se le cambió la cara, resplandeció como allá en la gran ciudad. No era cierto, pero cuando uno pone el corazón puede ayudar a dar ánimo.
            Le hice un reportaje que fue muy exitoso y ahora ya lo vieras, es otro. Me alegro porque cuando uno está en la mala, que te tiren un salvavidas es muy valioso. Ahora me despido y te digo, si te lo llegás a encontrar, como al pasar decile:- Ché, Osvaldo, el “Gordo Fernández” de la tele te anda buscando para hacerte una entrevista.- ¡Total, si vuelve no nos va a dar ni cinco de pelota!

LEONARDO RECORRÍA EL LARGO PASILLO



            Estaba en una galería de personajes indispensables para un relato increíble. Leonardo nació una noche de luna. Extraña luna de color rojo sangre que presagiaba una vida rara. Su madre trabajaba en un hermoso hotel donde famosas estrellas de cine aceleraban el pulso de los viajeros poco experimentados. Ella pasaba inadvertida. Era delgada, pálida, de ralo cabello castaño que rara vez se podía ver detrás de un pañuelo de color violeta que le obligaban a usar.
            Viuda con su hijo vivió limpiando arañas de caireles de cristal haciendo piruetas en una escalera destartalada, sacando brillo a platería antigua y rehaciendo camas con sábanas de hilo egipcio, que a dios gracias no lavaba ella.
            Nunca se quejó por el solo hecho que le permitieron vivir con el chico. Allí creció. Conoció al dueño, un hombre calvo y barbudo de rojas mejillas alcohólicas. A “Madame Adelle” una pitonisa que leía las cartas del Tarot y a Roullete, su amigo; incapaz de mover una mano para trabajar en la cantina. Paulinna era un poco más joven pero era prostituta y se iba quemando con el paso de los meses y años. Eso sí, muy simpática y alegre, cantaba cuando se lo pedían. Y cantaba bien. ¡Una pena!
            Leonardo fue un fracaso en la escuela. Los libros regresaban rotos y manchados de gratitud de comida que robaba en la cocina del hotel. Apenas si podía escribir y manejar su pluma. Los dedos llenos de tinta se marcaban en el largo guardapolvo beige que usaban en el establecimiento escolar. A veces se paraba junto a la pared y le hablaba a un ser invisible.
            Cierta vez, que asistió un afamado neurólogo al hotel, como iba de paso hacia Las Violetas, apreció al muchacho por su educación. Nunca había hablado una sola palabra, pero saludaba dando la mano respetuosamente. Virtud que le había enseñado Roullete. El médico le explicó a la madre, que el chico tenía un síndrome delirante obsesivo. Por eso hablaba con las paredes. Con el tiempo, Lautaro con el lápiz en mano recorría el papel de la pared de la habitación donde quedaba encerrado, escribiendo extrañas consignas que nadie entendía. ¿Era un idioma de su propia invención?
            Madame Adelle, trabajó con sus cartas y sentenció: “Leonardo escribe en Arameo”. ¿Y qué es eso? Se preguntaron a coro, todos. El Idioma de Jesús y María, su Madre y de todos aquellos que lo siguieron.
            Desde ese día, lo miraron como a un seguidor de Cristo, le preguntaban cosas, que él no respondía y Adelle interpretaba según el dinero del solicitante. Les llovieron los billetes. Pero… Leonardo, solía ponerse como loco cuando alguien lo tocaba, por lo que hubo de encerrarlo en un Centro de Salud Mental. Allí sigue escribiendo en la pared sus raros mandatos Celestiales.

SEGUÍ TUS PASOS




Y yo seguí tus pasos de arena, como el ave que busca el alimento para llenar el cosmos de imágenes azules; mis tiempos se alargaban en tu boca, para  adornar con besos mi silencio y así volver a darte mi persona. Se que en la pared de azúcar está tu sombra atrapando mis sueños y mi alma. Pared de terciopelo y oropelas que la llave de tus ojos, me abrirían. El desván, donde duerme el arrullo de la espera. Un capullo de sonrisas empolvado de recuerdos celestes.
Y sé que volveré a ser rosa en la mañana. Con mis manos de pétalo de nácar y mis ojos húmedos de cielo. Húmedos de recuerdo y de besos.


POR LOS PAÍSES QUE TIENEN TIRANOS


LIBERTAD… AL PUEBLO TORTURADO

El oráculo en sombras no favorece la espera.
Dice una estrofa de penitentes que yacen perdidos.

Me duele la distancia. El miedo que comprime la paz,
Me duele. Habla el oráculo con siniestro futuro.
No deseo ir a la selva que espanta. A la muerte.
Quiero huir, escapar a la noche fría de esta historia.
Penitente e insomne. Estallido de voces. Gritos.
Esperaré la aurora sin hablar. El amanecer.
Atrás la tiniebla del torturado estío.
Con la garganta seca, las palmas agrietadas
Acariciando la cruz y la nostalgia de libertad perdida.
Dejen hablar sin lágrimas al hombre oprimido.
Ahora estarán las campanas sin badajos ni ritos.
Soñamos estar con las manos juntas, extendidas.
Abrazando los cuerpos con los ojos mordidos.
Con las bocas selladas y cosidas con alambre de hielo.
Arriba pueblo hermano, arriba en la lucha por la vida.