sábado, 31 de agosto de 2019

DISCORDIA




            Las esperaron sin ganas. Era motivo de esconder cobardía entre varios habitantes de la casa. Esa que había sido permanente refugio de toda la familia. Yemina era la más linda, luego estaba Abril y llegó el “machito”, discutieron el nombre. Era muy importante que se le pusiera un nombre pomposo y llamativo. Le nombraron Geraldo. Y fue un solo mimo.
            Las muchachas crecieron a la sombra del hermano y nadie se preocupó por ellas. Hasta que un día llegó un pariente de Europa. Era un joven hermoso y vivaz. Embrujó a todos con su risa y sus charlas de historias extraordinarias. Yemina y Abril, se enamoraron al instante de verlo reír.
            Una mañana la tía al desarmar el lecho, vio la “marca” del pecado. Espiaba a las mozas. No dijo nada hasta que tras mirar y escudriñar descubrió que la primogénita esperaba un niño. No podía ser de otro que del primo amoroso y solícito.
            Pasaron varias semanas. Una mañana me llamó una vecina y me contó una extraña historia. Yemina había muerto en un quirófano. Le habían hecho no sé que estudio en sus entrañas.
            Una negra carroza con caballos enjaezados con penachos de plumas blancas, moños de tul de ilusión albos entre flores de nácar y perlas artificiales, la llevaron al campo-santo. Nadie lloraba excepto sus pocas amigas. El silencio cortaba el sonido de los cascos de los nobles brutos. Murió como nació, dijeron. Hoy al transcurrir los años, discurro que a Yemina la mató un aborto clandestino. Lo organizaron en familia, para tapar el miedo, la cobardía de decir que ese muchacho al que albergaron en la casa, era un farsante que aprovechó la inocencia de la niña. Abril había desaparecido. Luego contaron que entró en un convento del Carmelo, vaya uno a saber qué le hicieron.
            Tremenda discordia debe haber habido en la casona, porque después de ese día, uno a uno se fueron alejando todos los que vivían en la casa grande. El que dicen que se quedó sin pena fue Geraldo, el mimado de todos los que tramaron esa terrible matanza.
            Han pasado varios años y cuando paso por la zona, recuerdo la belleza y dulzura de esas muchachas y un enorme pena me deja perpleja ante la ignorancia y la desidia.


DE CUENTOS DE FÚTBOL


Entró la supervisora a la escuela con dos o tres docentes que la acompañaban. Parecía una reina con su séquito. Pasó derechito a la dirección. Se sentó en el escritorio principal y desplegó papeles.
Yo la miraba sorprendida y con cierto temor. No siempre vienen a felicitarte por haber solucionado la vida de un niño maltratado o una cloaca colapsada, no, vienen a pelearte porque un padre o una madre se queja por una nota que según ellos, los niños no merecen, o vienen a recriminarte porque creen que se ha “Discriminado a un alumno que llegó drogado o alcoholizado” y vos tuviste que llamar a un médico del centro de salud. Pero esta vez, no, vino con órdenes de la superioridad: “Los niños tienen que tener un Televisor en cada aula o en el salón de uso múltiple para ver el Mundial”. ¡”Chupate esa mandarina, pens锡 ¿De dónde saco un televisor para cada aula y el único que hay lo trajo Colón cuando llegó a la Antillas?
La orden viene de arriba y hay que cumplirla.- dijo con aire autoritario. Y yo no supe si reírme o llorar. –Señora no tengo un buen televisor. – y esperé una respuesta que me dijera que bueno, que el gobierno me daría uno o varios; pero no. Arréglese como usted sabe, para eso está nombrada como directora titular.
Se levantó manoteó los papeles, su cartera y salió con las mujeres que la habían acompañado. Me quedé entre lívida y furiosa. Tenía ganas de ahorcar a alguien y di gracias a los consejos de mi abuela que decía: “Frente a un dilema, calma, piensa, cuenta hasta diez y luego actúa”. ¿Qué podía hacer? Si traía el de casa, mi familia me ejecutaba en medio del living. ¡Comprar uno! ¿Con qué si nadie paga la cooperadora? Hacer una rifa… ¿Otra vez señora una rifa? Si nadie compra y tenemos que terminar comprando nosotras que apenas llegamos a fin de mes. Me quedé allí, quieta y muda.
Cuando entró el celador, con una taza de café, y me vio tan alterada, me preguntó qué pasaba. Me puse a llorar. Él, hombre grande y con mucha experiencia, se acercó y me dejó que me calmara; luego me inquirió: ¿Señora qué le pasa?
-Necesito un televisor nuevo o varios por orden de la superioridad y ¿de dónde saco el dinero? – seguí secando lágrimas incontenibles que caían por mi cara.
- Mire mi experiencia dice que si usted les dice grado por grado a los chicos para qué quiere la plata, le llueven billetes. No se olvide que está en un país futbolero. Acá se da la vida por un partido y si es un mundial… cualquier cosa. ¡Se arrancan un riñón, una mano, venden a la abuela…!
Le hice caso. Primero fui aula por aula, después cayeron los padres y al final llegó un camión de una empresa conocida con siete, sí, siete televisores nuevos y todas las aulas vieron el Mundial. ¿Alguien me puede explicar cómo puede ser tan penoso un país, que sólo tiene billetes para el fútbol?

ANA FRANK




No hables Ana.
Allá afuera hay mil demonios.
El silencio llora, clama ahora.
Las calles se han poblado de insomnio.
Hay ojos que oyen voces y oídos que miran.
Se respiran humores pestilentes de ira.

No hables Ana, no hables.
Si la ventana encuadra un pequeño cielo
Verás pájaros libres y árboles viejos
Que esconden nidos nuevos.
Los canales se detendrán coloreados de sangre,
De traviesos fantasmas con estrellas de oro.

¡Por favor, Ana, no hables!
Piensa en la gente buena que anda entre las calles
Cubiertas de metales y fuego que arde.
Silencio, por tu hermana, por Peter…
Por los que te traen comida y agua, arriesgando la suerte.
Allá entre las piedras está atenta la muerte.

No hables Ana, no hables. 


miércoles, 28 de agosto de 2019

ESPERANZADA




Camino al jardín donde el frío de una mentira,
enmarañada de verdes frondas, pinta el atardecer.
¿Quién que domina con una venganza el futuro puede desterrarme?
Tus miradas me liberan de la miseria,
nunca estaremos manchados por el miedo.
Un espíritu benigno despeja el ojo de la ventana húmeda
donde  se refleja la historia de nuestra aventura
Quien nos amarró a las primicias de la cosecha de besos.
Soy caminante de las calles milenarias que esperan.
Donde fulge el sonido de los árboles y el tañer de las campanas.
Ese sonido sinfónico de insectos y de aves nocturnas.
Han pasado los años, es cierto.
Somos ancianos.
Vivimos con la lentitud de los caracoles.
Con las sonrisas de recuerdos que nos miran.
Esa es la mentira. Estamos vivos.

ESCLAVITUD




                        No se trata de ser esclava en una hacienda, no. Tú, muchacha eres esclava en plena ciudad. Cada día te sales del lecho de tu enamorado con más golpes y más dolor que una almohada de plumas. ¿Dónde queda tu espíritu amable de muchacha que salió de la universidad con honores?
                        Si te vieran tus abuelas. Ellas no leyeron como tú, tantos libros, pero eran reinas en sus hogares. Amadas por sus hombres, por sus hijos y hasta por las mozas que ayudaban en las cocinas y en los patios donde regaban las plantas y barrían el polvo con escobas de palma.
                        ¿Qué has logrado con tener un trabajo tan estricto de horarios y de sombras? Siempre cubriendo tus moretones que amarillean con los días. Tus brazos cubiertos por hermosas sedas para ocultar el látigo de un hombre que te aporrea.
                        ¿Dónde está el amor? Tu estima de mujer ha quedado en el cartel del escritorio donde una máquina robot, te ayuda a no perder la calma y lo que sabes.
                        Lo esperas primorosa, limpia como un ángel y con una mesa de príncipe consorte. Su comida favorita, candelas que iluminan su sonrisa crispada y fúnebre. ¿Eso es amor? Si él te quisiera, besaría tus manos y tu cabello que como lluvia de estrellas negras cae sobre la espalda llena de magullones.
                        Cuando no regresa, suspiras con alegría y te quedas como un gato enrollada en la butaca mirando desde la gran ventana la ciudad iluminada. Allí, caminan mujeres como tú, que sí tienen amor. Él, sabes que te miente. Tiene otra mujer. Tal vez un zagal que le adorna las sienes. Y tú, lo esperas preocupada porque en la calle hay peligros.
                        Ahora llueve y estás sola. Una voz en el celular te dicta un nombre, te muestra una escena donde arde el infierno de su alma de impostor. ¿Te enojas? ¿No lo crees? Caminas por el piso tibio con pasos rápidos y nerviosos. Das vueltas y vueltas. Lloras. Miras el celular y ves la palabra “Esclava”.
                        Te veo que caminas hacia la cómoda, no a la cocina. ¿Qué tienes en la mano? ¿Está bien afilado?
                        Ahí sientes el ascensor y la llave en la puerta. Corres. Haz abierto una flor en la camisa blanca. Es de color bermellón como tu ira. Él, cae y tú, ríes. Silencio.

ALGARROBO DE ARRIBA




La noche se ponía el poncho de violeta con perfume a frío. Ciriaco Luna, cabalgaba sosteniendo un trote suave en su lobuno. Detrás, el “Flechita” con la cola entre las patas, seguía a su amigo. Oscurecía y en escampe, sólo se veía el fuego del cigarro que se quemaba entre los labios secos del hombre. Las nubes se habían diluido entre los cardales. Y él, confiado seguía la huella que lo llevaba a su rancho.
No estaba la Carmen, se había ido al pueblo donde vivía su hija, la Teresa. Algarrobo de Arriba era un montón de soledad y silencio. Se oía el ruido del viento y el aullido de algún chacal que merodeaba los potreros. Los perros cimarrones peleaban por alguna osamenta con los de la casa. Frenó el pingo y desandó entre los maizales.
Una ráfaga helada le voló el sombrero y salió disparado hacia el corral de chivos. Se le escapó una maldición. Se arrepintió al instante. No hay que llamar los fantasmas en noche sin luna. Flechita se alarmó; su pelo se había erizado y las orejas en punta le señalaron su enojo. Había algo raro en el aire.
En el algarrobo un cuchillo clavado sostenía un papel con palabras escritas en malos garabatos. Sacó la nota y el cuchillo. Lo limpió en la camisa y abrió la puerta del rancho. Prendió el farol de kerosene que iluminó en naranja la pobreza de las paredes de barro. El perro se echó junto al fogón y allí se quedó dormido. Antes había tomado agua con fervor de animal y ni miró el trozo de pata de vaca que le había puesto Ciriaco en una lata junto al agua. Él, Ciriaco, estaba muy cansado, quería echarse en el catre pero primero con suma dificultad, leyó la nota.
Mañana tendré que ir a la vieja Capilla del Cavadito. Me esperan. Caracho con el difunto. Nadie se imaginaba que estaba malo. Se comió una torta frita, seca y dura que tenía días en la fiambrera, con una tajada gruesa de jamón de chancho. Y se quedó dormido.
Ululaba el viento a la madrugada. Y despertó con la garganta arenada y sedienta. El agua en la palangana estaba helada, rompió con una piedra el hielo y se lavó como pudo. ¡Vamos Flechita, tenemos que ensillar y se nos viene el calor y es lejos! El animal, levantó la cabeza y movió la cola. No quería salir con esa helada.
Esta vez ensilló a “Carasucia”, la yegua y se puso camisa blanca y bombacha negra. Cinturón de función de tristeza y caló sombrero algo nuevo. Poncho blanco hecho por la Carmen al telar ese otoño. Un pañuelo al cuello de color violeta. Salió rumbo a la capilla. No lo acompañaba el perro. ¿Qué te pasa Flechita?
Se fue sin esperarlo, tal vez lo siguiera. Lo alcanzaría en un trecho. Al trotecito variado arrastró su tristeza. ¡No es tiempo para que mi amigo se fuera!
Casi al medio día, se le negó la yegua. Las patas encabritadas sostenían su cuerpo que se apretaba a las crines. ¿Y a vos qué te pasa? Un murmullo de pájaros, jotes dañinos se arremolinaron en la cruz del camino. A lo lejos, se veía la Cruz de la Capilla del Cavadito. Un tañer de campanas, malograron su curiosidad de hombre bueno.
Entonces, entre los yuyales encontró un cadáver. ¡Era el cuerpo de Carmen! Un cuchillo igualito al que encontró en el árbol, tenía su mujer clavado en el pecho.
Se apeó y vio su rostro entumecido y yerto. Carasucia coceaba entre los yuyales y un sonido de triunfo escuchó tras los árboles. La carcajada histérica de la Teresa, apretaba en su mano el cabello canoso de la madre.
¿Teresa qué pasó? Y al darse vuelta ya no estaba la loca. No había nadie.

IRRESISTIBLE


  
     ÉL
                         La vi  cuando pasé por la esquina; estaba quieta y triste. No supe porqué causa me acerqué a mirarla. Era, como un inmigrante ilegal de la belleza. Una diosa pagana. Su piel de una pálida luz ambarina me produjo una extraña sensación en el cuerpo. Temblé y me animé a hablarle. Sus ojos negros...quietos. Profunda la  mirada, me habló con una chispa de topacio caliente. El cabello me envolvió entre sus rizos y la tomé de las manos. Me condujo a su lecho. He vivido un éxtasis de muchacho inexperto, sus pechos suaves, blancos... creo que la he soñado. No quiero despertarme. Pero debo dejarla afuera me espera mi verdad y mi vida.
                       Mi inexperiencia luego de abandonar a mis padres, me trajo a esos brazos. Nunca imaginé que viviría un amor tan efímero. Su abrazo me dejó miel en la piel y en la garganta. Un suspiro insospechado. Yo pensé que como mi madre me decía: “Hijo, debes ser un ángel para Dios”. Nunca una mujer en tu vida, ni un amor que no sea mi regalo, mi aceptación.
                         Pero la vi allí, tan frágil. Tan virginal, tan simpática que no me acordé de los consejos de mis padres. Ellos me habían destinado a un convento en la sima de una montaña sobre la Isla del Mediterráneo. Solitario y tranquilo. Y de camino, en esa calle, con el sol abrasador y el suave viento del mar, me atrajo como si un disparador, me atrajera hacia su cuerpo. Su alma debía ser salvada de las tinieblas del mundo. De su ruido. De la realidad infame que nos rodea. Esa Vestal de porcelana y seda. Huiré del ensueño y del pecado.                            


ELLA...
                         ¡Cuánto lo hubiera amado...! Sí, cuánto, si lo hubiera conocido antes de esta larga infinidad de tristezas. Es como tener en mi lecho un premio a la belleza. Era hermoso su rostro de muchacho bisoño. Su piel morena y tibia me trajo otros recuerdos. Su pelo perfumado... su voz, su sexo tibio. ¡Qué  corto es el instante que tuve para él, necesité su ayuda.... mañana vence el alquiler y la dueña, no repara en mi pena! El sol se está escondiendo y debo volver a la calle a buscar  otro hombre... ¡Qué vida que me ha dado la muerte de mi enamorado!