miércoles, 5 de enero de 2022

EL VIAJE... DESPERTÓ AL HOMBRE

  

    Recién he podido cumplir mi anhelo de besarla. Sus labios tan fríos como mi dolor mortal, se entregaron sin poner resistencia. Murió hace unos minutos y llegó a cumplirse mi deseo. Aún vibra en mi cuerpo el ardor de la pasión escondida. Todos me miran petrificados...el médico y sus ayudantes ven como acaricio su cuerpo y lo beso. Beso hasta el más íntimo rincón de su cuerpo amado. Su alma no lo dudo ya es mía.

           

            El vehículo se desliza por el camino polvoriento, infierno de hoyos inescrupulosos que infectan la huella. Saltan los amortiguadores y protestan con desenfreno con cada pozo y yo miro con desesperación a mi  “padrino” que maniobra como si no quisiera evitar ninguno para aliviar los golpes de mis piernas y traste. Hace unos días me pidió prestado a mamá para que lo acompañe en este viaje de aventuras por la Patagonia. Yo siento que hará que viva una maravilla de vacaciones. Ella no estaba en mi mente. ¡Su secretaria! Tiene un culo y unas piernas que no me dejan mucho espacio en el asiento. Me ha empujado tantas veces que ya me siento del tamaño de un pez, largo y finito...la odio. Es difícil entender ¿cómo mi padrino tiene que acarrear con semejante estúpida? Permanentemente se limpia con un pañuelo la cara para sacarse el polvo que ya ha penetrado por todas las rendijas de la parte de atrás y por todos lados. Casi no la miro y ella me espía de reojo para hacerle morisquetas a Lucio, que así le llaman a mi padrino. Él me invita a pasar un rato a la parte trasera y ella se pone jocosa y me hace unas burlas que me dan más aversión. En realidad tengo un hambre terrible, mamá nos preparó empanadas y tortillas y el perfume de las papas calientes y aceitosas, me hacer hipar el diente. Al detenernos bajo un árbol de perfil extraño, torcido y retorcido por los vientos del sur, siento que mis pobres huesos de trece años, que pronto voy a cumplir, necesitan urgente moverse. Salto con euforia y corro tras unos “michay” secos que se desparraman por la arenosa planicie por donde discurre el camino. ¿Me pregunto si el suelo en la luna será como acá? Salgo a estirarme y la muy torpe se agacha y me pregunta si voy a ir a mear... ¡Qué meterete! Soy grande y no le tengo que decir a ella. Además es una desvergonzada. Decir eso delante de su jefe. Ella me dice que mire para el oeste que va a expansionarse y se pierde entre los matorrales. Yo la espío y le alcanzo a ver como se baja los calzones y su culo rosado se agazapa en el falso retrete que ha encontrado. ¡Mamá...si que tiene desvergüenza...! Lucio se hace el distraído pero yo lo descubro mirándola por el espejuelo del automóvil y él se pone desconcertado y ríe con una risa muy estúpida. Los hombres, dice el tío Albino, deben mirar a las hembras, es cosa de machos y es normal. Y yo no me arrepiento de mirar, para lo que hay que ver últimamente en mi barrio y en la escuela. Siento que me mira perturbado pero a mí no me hace un respingo. Ahora se sienta atrás junto a mí y después de lavarse con agua de un bidón, las manos, me pasa pedazos de emparedados de jamón serrano y tortillas que me como en un santiamén, llena la barriga me entrego a mi juego favorito, jugar con “dado mágico”, y comienzo a pensar en los monstruos que vamos a cazar con Lucio y ella. ¡Tiene un nombre tan feo...Alana! ¿A quién se le ocurre llamarse Alana? Pero así le dice mi padrino con voz de...galán de cine. Ella trata de no demostrar nada pero yo le noto que pierde el seso por él. Pero él tiene su mujer y sus cuatro hijos en Pueblo de los Álamos, y según entiendo son una familia "modelo" dice mamá cuando se pelea con papá. Él ni la mira...o eso creo. El traqueteo del coche entre los hoyos del camino me ha dado ganas de echarme una siesta de esas que suelo tomar en casa de mis abuelos en Río de las Águilas, debajo de los cerezos y durazneros atrapando abejorros y cigarras, para el insectario de biología. Un sueño blando y profundo me hace despegarme de la realidad. Sueño sin pudor con los tiempos de juegos en la vega de Antonio, en el solar de los abuelos, los padres de mi madre. Allí juntábamos lombrices y moscas y nos íbamos a pescar al arroyo de Los Toritos, bandadas de cotorras y teros nos alertaban de cualquier peligro. También soñé con ellos, mis primos del campo, con quienes componíamos un corrillo de ruidosos y alegres muchachos, con los que viví momentos de ensueño. Me despierta un terrible golpe que hizo que atronara la carrocería del coche. Me enderecé y vi, que habíamos quedado semi volcados sobre la parte derecha del mismo. Un terrible pozo rompió el eje y Lucio se agarraba la cabeza...Miré hacia todos lados y no se veía ni un solo ser vivo. Habíamos aventajado a varios camiones en el medio día, pero yo que dormía, no sabía si en el tiempo de mi sueño habíamos cruzado a alguien más.  Escuché varias palabrotas no reproducibles, en boca del padrino. Luego un silencio pesado me urgió a descender y tratar de hacer algo. Era casi el crepúsculo y un paño de añil serpenteaba por los matorrales. Un choique cruzó corriendo y detrás una bandada de polluelos, los charitos, lo siguieron. Ya estábamos en la desértica Patagonia, donde no vive casi nadie y sólo de vez en cuando aparecen camiones del ejército y algún que otro transporte con fardos de lana. La desolación de Alana me perturbó, lloraba y su cuerpo se sacudía rítmicamente. Mi padrino vino a ayudarla a salir de esa incómoda ubicación, para ello se tuvo que tomar del cuello de él y así saltar hasta el camino. Yo sentí una curiosa sorpresa ver como se demoraba en brazos del `patrón´, pensé en la pobre mujer que se había quedado cuidando los niños. Luego, me ofrecí para ir en busca de ayuda...pero no me permitieron diciendo que aún era chico y el padrino partió caminando por esa abrumadora ruta Nº 40, hacia lo desconocido. Sólo llevaba una cantimplora con agua y yo me imaginé muriendo de sed en ese desierto terroso y dañino. Ella, ya no lloraba y se sentó junto a un quetrihué algo carcomido por ratones y viento, que solitario llenaba de serena seguridad entre las dunas ariscas a quien pedía un refugio. Cuando alzó la mirada me sonrió y me hizo una caricia negociadora. Yo bajé la guardia, tengo que reconocer mi miedo a lo desconocido, me acerqué y juntos comenzamos a comer la comida algo agria que nos esperaba entre los bártulos, como le decía papá, que traía Lucio y de las valijas con la mercadería que como segundo motivo lo movían. El verdadero trabajo que lo aventuraba por esa inmensidad desolada, era instalar en un pueblito del sur la oficina de correos, ya que él era quien daba el visto bueno al lugar y a los hombres o mujeres que se harían cargo de la estafeta postal de nueva creación. El ferrocarril se encargaba de mover la correspondencia una vez que estaba todo listo y él aprovechaba a llevar muestrarios de joyas, telas, ropa y un sin fin de chucherías con lo que agregaba buen dinero a su sueldo.

Alana me observó y comenzó a acicalarse, su blusa fue desabrochada y pude ver su corpiño blanco con puntillas...pero lo que me produjo una rara sensación entre mis piernas, fue la redondez y blancura de sus senos. Apenas pude mirar porque ella se cubrió rápidamente. Yo advertí que mi sexo estaba diferente; era la primera vez que la veía de ese modo. Mi rostro era una brasa ardiendo y creo que ella lo advirtió por eso se irguió y caminó por la orilla de los matorrales de colapiche y coirones, como buscando poner distancia y decoro. No supe que decir y me dediqué a limpiar el automóvil, levantando un polvaredal que la hizo estornudar hasta que me suplicó que dejara de hacerlo. Así vimos a la distancia un camión con sus luces exangües que se aproximaba por el camino. La bocina algo sorda y resfriada, nos advirtió que llegaba ayuda y en efecto con el vehículo trajeron un cable y nos arrastraron con seguridad entre los baches hacia un lugar desconocido.

            La casona estaba construida en un campo donde criaban ganado lanar y caballos de tiro. El hombre era un rústico labrador y su mujer una tímida campesina de origen extranjero, por su modo parco de monologar descifré inglesa o algo así, y apenas hablaban español. Muy arrebolada y alerta, la mujer de edad imprecisa, arregló una habitación para que pasáramos la noche. Yo me sentía feliz dormiría en una cama de verdad después de varios días. Lucas me tomó del hombro y me arrastró hacia la zona donde había quedado el auto, con particular fuerza. Allí me explicó que debía ser prudente y que no podía decir que Alana no era su mujer, que yo pasaba como hijo y que debía dormir en otro lado. Mi silencio sería muy bien retribuido y así nos ayudarían...creyendo que éramos una familia en problemas. Una gran furia me penetró por todo el cuerpo, transido de sorpresa y exaltación comenzó una sensación de malvada desesperación. Pero me quedé en un mutismo porfiado, y me acerqué a la mesa tendida para comer sin mirar siquiera a esa granuja que había encendido una extraña pasión en mi cuerpo adolescente. Con el pasar del tiempo comprendí que los celos me habían despertado instintos malsanos, pero propios de mi edad. Comimos y yo en silencio imaginé un millón de formas de venganza, mientras ellos dialogaban apenas. El cansancio y las ganas de estar juntos hacían que apuraran el alimento y la bebida. Cuando todo terminó me encaminaron a un rincón donde habían improvisado un catre y allí debí dormir esa ingrata noche. Me venció el sueño y entre el sopor pude escuchar las suave risa de Alana que no dudé, estaba en brazos de mi joven desenfrenado y sobón padrino. Esa noche crecí y comencé mi adultez. Esa noche supe lo que significaba la infidelidad y el dolor de lo inconfesable. ¡Casi me sentí incestuoso!

            Por la mañana muy temprano me despertaron las voces y el ruido de martillos y herramientas que reparaban el  eje y al mediar la mañana ya reparado el coche partimos. Ella apareció con un vestido de algodón floreado, su juventud realzada por un pañuelo en el cabello suelto hasta la cintura y sus mejillas sonrosadas y frescas con un toque de bienestar y dicha en el brillo de los ojos color miel. Mi impresión fue total, ya que parecía una chiquilina de casi mi edad. Un dolor me arredró y sentí ganas de salir a matar a mi padrino. Lo odié y subí al automóvil asumiendo que haría algo para desquitarme.

            Lucio me miraba por el rabillo del ojo y tarareaba una canción que me parecía fúnebre y para ofenderlo le endosé un enrevesado discurso sobre lo hórrido de su canto. Se reía y yo más enojado quise pegarle y esquivando mi puño me comenzó a decir que entre Alana y él sólo había mucha confianza y respeto... así que cuando llegáramos a Petriel, yo dormiría con él y ella en otra habitación sola y que nada había sucedido en aquella casa y que tenía horror a mi mala impresión. Nada me conformaba ya que yo había descubierto el sinsabor del deseo carnal mirando los senos dorados y mórbidos de la ahora frágil compañera de aventura. Pensé en la tortura que pudo haber significado para ella la engañosa muestra de un amor mentiroso e insensato, impuesto por su patrón por la fuerza. Ella seguro que había sido forzada y embaucada por Lucio, obligada por la necesidad de mantener un trabajo... Al atardecer cuando ya llegábamos a Petriel, ella juntó fuerza y me habló de su amor incondicional por mi padrino y sentí que seguramente no regresaría nunca a mi hogar. Antes moriría de amor.

            Petriel era un pueblito de pocas casas y gente sencilla. Su arquitectura me hacía acordar a Río de las Avispas. Casas chatas de una sola planta y con enormes patios sin árboles ya que el viento impedía su desarrollo. Algunas lengas torcidas, maitenes y teniús, asomaban entre los cercos de adobe de unas pocas viviendas. En la plaza estaba levantado un pequeño templete para una estatua que no llegó nunca de la capital y los muchachos del lugar se subían remedando a figuras imaginarias sobre su estructura de cemento y concreto. Eran muy divertidos y pronto me dediqué a acercarme a ese grupito de holgazanes para enfrascarme en charlas de "citadino" versus "pueblerinos", pero ellos eran chicos despiertos y sin vericuetos en su simplicidad que me dejaron sin argumentos para agrandarme frente al  grupo. Así también aprendí a ser más noble y consolidé amistades que aún guardo.

            Mi padrino buscó un sitio para instalar el correo y encontró una viuda seria y responsable como oficinista, le ayudaría un muchachito de casi veinte años y la inauguración se hizo con la presencia de todo el pueblo, incluyendo al cura párroco, la maestra y el policía...que hacía como doce años que no ponía preso a nadie. Así llegó el momento de regresar. Junto a nuestros "bagayos", amontonamos regalos que nos habían hecho. ¡Eran muy generosos!

            Regresamos y volví a sentir un fuego abrasador en mis muslos, sexo y corazón cada vez que Alana iba al baño entre los amancays o los topa-topa, y yo desvergonzadamente espiaba sus muslos rosados y pródigos de juventud. No quería que llegáramos nunca. Aceptaba sus chanzas, me hacía el pícaro y me daba de comer en la boca y le mordía los dedos suavemente... ¡Ella se reía sin comprender! Le tocaba tiernamente las piernas cuando se dormía y gozaba pensando que con el tiempo sería mía. Al fin terminó el viaje y yo regresé a mi casa donde conté algunas de nuestras aventuras, sólo yo sabía cuánto dolor me causaba conocer la verdadera conducta extraviada de mi padrino. Supe que Alana se había marchado a su pueblo en el litoral. Le pedí a Lucio su dirección y me la dio diciendo que no fuera chismoso...él nunca sabría el desesperado apasionamiento que en mí despertaba; la amaba. Escribí ciento de cartas. Nunca me contestó. Cuando ingresé a la facultad, recibí una tarjeta de ella. Estaba en la capital enferma y quería verme. Su mal era incurable.

            La encontré casi inconciente en una clínica de muy poca categoría de los suburbios. Se abrazó llorando y me pidió que trajera a su "amor". Con una furia inexpresada lo busqué y lo arrastré a su lecho. Él, indiferente, la trató sin mayores ternuras. Desmayada en su final me pidió que no la dejara sola y esperé su desenlace, con iracundo desconsuelo. Aún amaba a esa mujer que apenas me superaba en edad y que había desentrañado mis más intensos ardores juveniles. En el sombrío recinto donde espiró, pude cumplir el mayor de los anhelos...besar su boca deseada. Partí sollozando y supe que había vivido un amor extraordinario.

            Hoy que lucho con mis votos sacerdotales. De las manos del mismo Cardenal Primado tomé los Óleos Santos y profesé mi verdadera pasión por la vida. Ella, Alana, quedará en mi profundidad como la llave de amor con mis pequeñitos hermanos en el  pecado, los mismos que arden dentro de este cuerpo mío. Sólo conociendo el amor y viviendo una pasión arrasadora, como la que me consume el alma, puedo ser un hombre de Dios... íntegro.   

MUY MACHO PERO…

  

            Miró el trapo lleno de sangre que tenía en las manos y de un tirón le quería quitar el policía. Dio un salto hacia atrás y se alejó. Vomitó. ¡Nunca había pensado que le pasaría eso a él, el mejor maquinista del ferrocarril del sur de la provincia de Buenos Aires!

            Nació para ver pasar los trenes, su casa temblaba con el pasó de cada vagón, fuera de pasajeros o de carga. Amaba el olor del humo y de los aceites que derramaban las locomotoras. Iba pasando el tiempo y le suplicó a su madre que lo dejara ir  a la escuela Técnica de “Ferroviarios”. Estudió y salió con una medalla. No era muy inteligente, pero si tenía la testarudez de un toro. Orgullosos con su título se presentó en la oficina en Paternal donde le harían unas pruebas. Salió bien pero los acomodados le ganaron de mano.

            Se “conchabó” como aprendiz de un viejo polaco que armaba camiones y grúas, para el ejército. Aprendió de ese viejo agrio que escupía cada vez que hablaba en un idioma trágico de su tierra, un sin fin de estrategias con los metales. Sabía de todo y atento memorizó mucho de lo que el anciano sabía.

             Siempre puteaba por la guerra y se dormía sentado en un sillón desvencijado que según él, era traído de Polonia. Tenía más tierra y mugre que todo el vertedero de basura.

            El hombre escuchaba una música linda, pero extraña para el muchacho que amaba el tango. Igual, un día encontró en la mesa de la cocina una carta que lo llamaba del Ferrocarril Central para comenzar como maquinista.

            Un sueño cumplido. ¡No fue fácil! Tenía a un montón de tipos envidiosos y vagos que le hacían la vida imposible. Nunca los delató, hubiera sido peor. Había una pequeña mafia apadrinada por punteros políticos y del sindicato.

            Cumplió a rajatabla con su tarea, hasta lo premiaron dándole la locomotora más nueva y la más bella. La limpiaba como a una estatua de mármol o de acero. Brillaba cuando rauda pasaba por la ruta. Siempre atento a los cambios de luces, si veía un color naranja, aminoraba caso a diez kilómetros para evitar cualquier accidente. Si era roja, frenaba y los rieles y las ruedas chirriaban como una sinfonía de terror. Era verde volaba como los pájaros libres de la pampa.

            Ese día fue un horror. Bajadas las barreras y terminado de subir todo el público, comenzó a poner la máquina a andar, llevaba a los obreros y mucamas de media provincia, en la próxima barrera baja, una joven mujer corrió y se tiro bajo “su” tren. El grito y escándalo fue feroz. La gente gritaba y se tiraban para tratar de ayudar. Unos varitas y policías echaron a todos. A él, lo tomaron de atrás para quitarle el trapo que arrancó del cuerpo de la joven mujer. ¡No! Se deshizo de las duras manos que lo sostenían y le pusieron unas esposas de acero. No dejó el trapo sangrante. Lo arrastraron hasta un celular que irradiaba luces azules y rojas como la cabeza que rodó a sus pies, de la pobre mujer. Sacaron el cuerpo y lo llevaron fuera de su vista. Lloró. Lloró mucho, nunca pensó que le podía pasar algo así. Para eso no estaba preparado. Cuando abrió entre sus manos ese trapo sangrante, comprendió que era un delantal de cocina. Metió la mano en el bolsillo y encontró un sobre, arrugado y sucio. Lo abrió y había una hoja que con letra temblorosa decía: “Marcos, no soporto más tus golpes, tus insultos y tus llegadas borracho todos los días. Estoy embarazada y seguro que no quiero que mi hijo sea como vos” adiós y que Dios te perdone.

            Ese día Roberto González, dejó de ser maquinista de ferrocarril. El “polaco” y su madre fueron los únicos que lo fueron a ver en la cárcel de Caseros, hasta que demostraron que era un suicidio.

lunes, 3 de enero de 2022

ESTA MAÑANA

 


 

Esta mañana escabrosa y altiva

Me va desvirgando la garganta dormida en el silencio.

Ya no soy yo, soy una extraña que se anima a ser simiente

De oprobiosas mezquindades de mi estigma.

Mujer del siglo que murió con el muro de Berlín y de Jhon Lennon

Despilfarrando ideas y poemas.

Caminante del sí, de los deseos ancestrales de los mitos,

Del dolor al parir y de la eterna materia en la cocina.

La esclava enamorada del bolero mentiroso de amor inexistente.

 

Esta mañana, desperté con el sonido pertinaz de un pájaro en mi ventana.

Descolgué el retrato de mi suerte.

Apagué el candil de mi locura que flotaba en la nube azul y

Comencé a cabalgar por la pradera del ensueño.

Encontré una alforja con calendarios de otro siglo.

También encontré una guía de huellas en las runas.

Mándalas, epígrafes y estelas de mayas y aztecas.

La muerte me miró.

Yo estaba sola y descalza y dolorida.

 

Esta mañana me desperté desnuda de palabras,

Mis manos heladas y sin huellas.

Me miré en un espejo y me vi, sombría.

Con un pie ensangrentado y una estrella que huía.

¿Dónde quedará mi sotavento?

Mi barco partió y odio el agua de oscura predicción.

Odio navegar en el agua sin oriente.

Mejor, despiértame mañana.

 

 

 

AUDELINA

 

 

              Hablarte así no es fácil. Hace un tiempo que te veo desde mi ventana con el rostro contraído y mustio. Te vi., frente al piano, ejecutar por horas y horas ese concierto de Beethoven. Tu piel clara parece transparente. Tu cabello oscuro y travieso cae como enredado por tu espalda con la alegría que presiento no vives. He visto el rostro perfilado de tu padre discutiendo con el tutor de la familia.

            ¿Qué misterio es el que esconden sus gestos y palabras que desde la distancia imagino y no comprendo? Llegan las notas del piano, pero las voces se pierden con la brisa que esconde los preciosos diálogos. Y yo espero. Dejo mi pluma y me detengo en la ventana, para espiarte. Me enamora tu rostro y tu tristeza. Pienso en la diosa Erato que apaña el sortilegio de tus sueños. Me extasío mirando cada paso que atraviesa esa hendija por la cual te espío. ¿Es acaso el amor lo que tremola en mi pecho? Estoy cansado de observarte desde lejos. Se que tengo prohibido acercarme a tu casa, desde aquel día que caíste del caballo y corrí a socorrerte. Cuando llegué cargándote en mis brazos a tu puerta, el tutor me golpeó con su bastón de ébano y plata. Dejó una marca en mi cuerpo que atesoro. ¡Es como tenerte clavada en mi espalda! Aún me parece sentir el perfume de tu cabello y de tu piel. ¿Será verdad que eres libre o tienes un dueño inaccesible que te esconde? Tu madre, callada y triste suele salir por las tardes de verano, a caminar por las veredas de la calle, sola, con su rosario de nácar en la mano. La mirada perdida en quién sabe qué horizonte de ensueño.

            Una vez la ví, en cierta madrugada caminar por siete parapetos del caserón que dormía. Llevaba un ramillete de amuletos, eran cintas de colores desvaídos que manejaba con cierto respeto mágico. Cantaba unas canciones de delfines y sirenas. A un mar inexistente. Es tan bella como tu, tan frágil y distante. Corrió el tutor y tomándola de la cintura la condujo al interior de la casa hablándole quedo en el oído. Yo había mirado largamente tu ventana. Permanecía a oscuras como mi nostalgia de verte deambular por la alfombra azul de los silencios. Me agota esperarte. Cada madrugada insomne, dejó de escribir y me detengo llamándote en mi pensamiento…Audelina, niña amada.

            ¿Por qué tu padre sale y no regresa? Acaso es tan difícil cobijar dos pájaros pequeños y acunarlos en los brazos fuertes de su estirpe. Tendré que enfrentarlo un día de estos. Decirle que te amo. Pedirle que me deje cuidarte y cuidar a la dama que te engendró con corazón de seda. En mis sueños te beso, te abrazo y apareo, con las sutiles

Voces de mi pasión juvenil. ¡Tan sólo en sueños! La realidad está ahí, presente en ese tutor que te acorrala en la sala. Lo veo y mis sienes se agrandan por la sangre que fluye como el torrente de un río embravecido. El corazón se dispara y grito como un león del desierto. No me oyen, porque nos separan los muros de la muerte. Él, me buscó en una noche aciaga de otoño, me llamó y al volverme, me disparó con un viejo fúsil de tu padre.

            Luego, desde donde pude verlos, me llevaron a un socavón y me tiraron. Quedé ausente de cuerpo, no de alma. Y después pude observar cómo sacaban a tu padre engrillado con cadenas infames. El tutor, lo denunció por mi muerte. Y… ahora se quedó contigo.

            Audelina ya no puedo protegerte. Hay un oscuro invierno donde me acurruco para no atravesar al mundo de los muertos. Quiero verte, seguir los pasos de tu madre que ahora camina sobre las cornisas, llora por ambas. Y por mí, te lo aseguro. Está muy bella, con sus pálidas manos tejiendo guirnaldas para tu frente y tu cintura donde crece una niña que será tan dulce como tú.

            Mañana, quizás puedas evitar que el tutor te esconda de los ojos de la gente. Camina tranquila, yo te sigo. Y por favor no cantes esas canciones tristes. El sol sale para ti en las mañanas. Y hay un pájaro de plumas blancas y copete rojo que te mira. Ese soy yo trasmutado en ave. Ábrele la ventana y comeré de tu boca y beberé de tu mano. Porque yo, sí te amo.

 

 

UN EXTRAÑO EN LA TIERRA

 


Llegó con el silencio y sigilo de los desconocidos. Pantalón de lona y alpargatas viejas. Un sombrero sudado y deforme como las manos en sarmientos resecos, artríticos y secos. La mirada gacha, agazapada en desuso de amistades y vecindad de hombres.

Tez morena y piel desgajada con el sol salitroso de las viñas. Sediento, se agachó sobre un grifo y bebió con ansias el líquido que fluía a borbotones. Un raro ruido partió de la garganta del hombre. Me pareció un desgarro de animal doliente.

Me tendió la mano y pronunció un saludo. Albano Sosa, para servirle. Me sequé las manos en el delantal, estaba amasando el pan, y le estiré mi mano, que como paloma blanca se perdió entre los cayos de la suya. Sombrero en el pecho con la otra, artrítica hasta el dolor de ser hachero y podador.

Busco trabajo, si lo tiene. Dijo en un masticado decir de castellano de poco uso. ¿Casa y comida como pago? ¡Ah, algo de tabaco para el vicio! Su cabello ralo, hirsuto y graso, se despeñó sobre los hombros y la espalda. Era un hijo de la tierra, nativo auténtico que arrastraba su indefectible pobreza y pena.

¡Eustaquio…! ¡Eustaquio, venga acá, lleve al hombre al cobertizo a ubicar sus petates en un catre! Ingresé en la casa, los fuegos crepitaban en el fogón donde pronto se cocinaría el pan y los pucheros. Cuando sonó el golpe del arado, que cuelga del peral del patio; aparecieron los obreros y se fueron entando en el tablón debajo del parral. Cada uno con su tristeza o alegría incrustada en el rostro o la mirada. Llegó el forastero.

Eustaquio baquiano, les dijo el nombre en un sustituto de presentación pueblera. Se sentó en una punta y alguien le acercó un plato y un tenedor, no había cuchillos a la vista. Un jarro de latón con agua. ¡El vino sólo en sábados de fiesta! ¡Hay que evitar peleas y refriegas!

Se bendijo la comida, costumbre de los campos de mi tierra. Y los platos rebosantes de carne y verduras con sabor a romero y laurel, despertó el hambre agazapada en los trabajadores de las viñas.  El pan caliente y sabroso, hecho recién por mis manos inquietas mejoró los rostros y alguno hizo un chiste y otro le contestó en su lengua. Después una canasta con frutas de la chacra. Y cada hombre se fue a descansar bajo un árbol del huerto o de la parte cercana a las acequias.

Albano, se levantó del banco y comenzó a recoger los restos de pan y pequeños trozos de carne adherida a los huesos. Los guardó en una pequeña bolsa y se fue a su catre. Se quedó dormido, sus ronquidos se escucharon desde mi dormitorio. Igual mi quedé dormida.

Un murmullo de hombres sorprendidos me despertó. Eustaquio hablaba con Albano. Había estado preso. Había encontrado a su mujer en su lecho con su compadre y el cuchillo voló. Una nube de sangre cubrió los cuerpos. Se presentó al comisario con la faca y fue para adentro. ¡Un gaucho no tiene quien lo defienda!

Me quedé perpleja. ¿Qué hago, lo sigo conchabando o lo echo? Lo hablé con mi vecino, Don Mauricio Ojeda. ¡Dele una oportunidad María! Así lo hice.

Han pasado diez años. Eustaquio nos dejó y lo llevamos al camposanto de Villa De La Cruz. Y es Albano el que lleva la chacra y los viñedos. Resultó hombre de pocas palabras pero fiel y sensato. Hoy  mi mano derecha.

    

LA CAJA

 


 

Soy una caja de cartón corrugado. Tengo un color indefinido entre gris y celeste. Tengo dos hendiduras a los lados para introducir cosas. Me agrada estar con mi tapa prolijamente puesta para evitar que se escapen los sueños.

Me gusta estar cerca del calor de la ventana para espiar por las pequeñas hendiduras el sol y las flores del jardín. Para mí hay música siempre, porque a mi lado está la compactera. El olor del café recién hecho en la mañana o del vino tinto en la noche, me penetra hasta por los pequeños resquicios que se abren en mi materia.

Por allí… algunas primaveras se escapan mis sonidos como pequeñas mariposas. Deambulan por la casa, desmembrando sonrisas de otros seres parecidos a mí. Otras, soy como una larga cinta de seda de color sahumerio. Soy y no soy. Me gustaría estar sin que nadie advirtiera que puedo ser abierta, transportada, rellenada, rota. Mi espíritu se enrosca como un resorte dispuesto a saltar, si alguien abre mi tapa. Adentro tengo cosas. Cartas de amor, fotos y rosas mustias.

Tengo muchas historias para relatar, secretos muy interesantes que esconden mis paredes. ¡Por ejemplo…un romance entre el marido de Victoria e Ivana! Ella es hermana de la esposa de Rogelio. Y yo los vi. esconderse en mi rincón detrás de la mampara de seda con flores de peonías chinas que guarda la vista directa a la puerta; allí se besaban con verdadera lujuria. Y la pobre Victoria, no imagina que su propia hermana, la traicione. Él, es un verdadero seductor. Hace un tiempo, para mis días de cartón imprecisos, lo vi atrapar a una chiquilina que servía en la casa. Fue antes que Victoria perdiera el bebé, cayendo por la escalera. Desde acá no pude saber qué pasó en realidad. Escuché gritos y una pelea, pero no entendía que sucesos reales se desarrollaban abajo. Pasaron muchas cosas. Una noche del verano del setenta y dos, entraron ladrones a la casa. Eran unos seres sucios con olor a mugre y aliento a alcohol. Yo traté de parecer indiferente, pero me vieron y se acercaron con artes malignas y me sacudieron, abrieron mi delicada tapa y revolvieron mi interior. Me violaron, eso sentí. No pude hacer nada. Dejaron todo mi mundo desparramado por el suelo. ¿Acaso podrían robarme los secretos? Igual, tiempo humano después, Victoria vino hacia mí y amorosa guardó las fotos, cartas y recuerdos, con amor. Como si tuviera un sentimiento enorme con mi pequeño interior.

Ahora he sentido un ruido extraño en la planta baja. Rogelio, sacó hace unos días la compactera y ya no escucho música, pero siento mejor lo que hablan. Parece que Ivana se va, viaja a Italia. El revuelo se produjo, cuando Victoria le encontró en la cartera un mensaje de Rogelio. ¡Si yo pudiera hablar! Le avisaría a la muchacha que su amado hace planes para irse con Ivana. Para distraerla le ha traído un perro pequeño, peludo y gritón. Pero yo los conozco, son subterfugios y mentiras que van a terminar mal.

Recién escuché una charla vergonzosa, Rogelio ha comprado un arma. Victoria le echó en cara el hecho de gastar en algo para ella “innecesario”. Desde mi interior temblé al oír la carcajada de Ivana y Rogelio. Sentí los sollozos de Victoria. Un ruido ensordecedor y un grito.

Ahora hay silencio. Desde una ranura vi, que arrastraban el cuerpo de mi querida Victoria, lo ocultaron tras la mampara de peonías de seda. Allí, ellos, se besaron e hicieron el amor. ¡Ivana y el traidor! Ella, mi amiga, estaba cubierta de sangre. Quieta como yo y en silencio. Salieron, ellos, riéndose.

Hace un tiempo, no puedo decir cuánto, llegó un hombre con cara de intriga. Encontró a Victoria. Llamó a voces y entraron varios más y comenzaron a revisar todo. Hablaban entre ellos. Se preguntaban qué había sucedido ahí. Y yo, no puedo hablar. Soy una antigua caja de cartón que tiene muchas historias pero no tengo voz.

Quisiera decirles que Rogelio e Ivana, que lloran y gimotean son los autores. ¿Quién le creería a una caja de cartón?

 

 

 

 

 

 

EL CÍRCULO INFINITO

 


            Euterpe se asomaba en el pinar con su flauta de plata. El sonido saturaba la belleza de la brisa. El agua caía derrochona en el pedregal desde la altura de cornisa al abismo. Así la soñó el chico rústico que pastoreaba en la colina del poblado de hispania. Los animales caminaban entre las piedras buscando hierbas frescas sin rodar por el risco.

            Jordi se despertó y miró el sol que se iba recostando en la frontera este y calculó que pronto escucharía las campanas de la ermita que llamaban a oración. Su alforja llena de setas y piñones, llenarían de alegría a su abuela y a madre.

Tenía frío. Sentía sus piernas duras por el aire helado que azotaba en esa zona que le permitía llevar su majada a pacer. De la bolsa que llevaba atravesada al pecho sacó un trozo de pan de centeno y queso de oveja que hacía su madre. Estiró los brazos y el cuello, que entumecido le permitió soñar con otra vida.

Recordó la figura que le mostró don Jaime, el padre cura, con las imágenes de una señora con un niño pequeño en brazos, retozón el crío. Le había hablado de tantas cosas que se mezclaban en su corta frente, y su corazón razonaba que no podía ser que en ese lugar tan lejos de la gente, se viera una dama tan gentil y bonita como esa.

Bajó por la pedrera hasta la casa, metió la majada en el capril y se animó a entrar. Por la puerta del frente vio un caballo ensillado con alforja de cuero y plata que brillaba, con los últimos rayos de sol del poniente.

Entró, callado y simple. Vio a su madre en el suelo. A su abuela en el lecho. Un charco de sangre envolvía el silencio. Un cuchillo en la mesa. El fuego que apenas iluminaba la figura de un hombre. Era don Jaime que sostenía el cuerpo de su padre con un tiro de pistola en las sienes.

Jordi no entendía nada. Don Jaime se acercó y abrazó al niño. Tu padre ha bebido tanto… que perdió la conciencia y ya ves, ahora estás solo con tus ovejas. Cayó de espaldas y vio a Euterpe que venía caminando con la flauta de plata y besaba su frente y la música envolvía la estancia donde todo parecía que estaba en medio del pinar, y la bella Señora con el Niño se acercaba a besarlo en donde había caído como un trozo de piedra.