martes, 12 de julio de 2022

LOS VIEJOS...

 

 LOS VIEJOS HABLAN CON LA ENORME Y DOLOROSA VERDAD DE HABER PERDIDO UN TESORO... LOS VIEJOS AMIGOS DE ANTAÑO.

 

            Ramón, está muy callado hoy. Al amanecer ya estaba en el sillón azul que han ubicado junto a la ventana que se abre hacia el patio. Ese es el peor de los lugares del hogar. La pared es de cemento liso, sin pintura y sólo hay manchas, algunas, claro, de humedad.

            Los pájaros no van a ese pequeño rectángulo gris. Es frío y sin vegetación. ¡Es el resumidero de la tristeza! Ahí mira desde que sale el sol hasta que Nuria, le lleva una taza de caldo con cinco o seis fideos. A veces, en escondidas de los dueños, le pone un trocito de carne, poca porque no lo hacen con mucha carne. Otras, le agrega una zanahoria trozada que de tanto hervir está sin color. ¡Es tan mala la cocinera! No sabe hacer comida como doña Josefina, la que se fue o la fueron los patrones, porque ella sí, ponía todo y en tiempo los condimentos y verduras. ¿Esto es un negocio, no un centro de caridad! Y se tuvo que ir. Llegó la nueva. ¡Un desastre!

            Ramón no es muy añoso. Suele venir su amigo Leandro y a el se le ilumina el rostro. Le cambia la piel, la mirada y hasta pierde esa postura de entrega. Pero su amigo tiene que tomar tres colectivos para venir a verlo y es mayor. Cuando se murió la compañera, con los hijos en el extranjero, nadie lo atiende como sería de esperar, digo yo, no.

            El patrón cobre en el banco lo que manda el hijo de Ohio y la hija de Barcelona, pero no hay diferencia con el viejo Rolando, que apenas tienen para pagar los de la familia. Todos son iguales. Pobres y bien pagados. En invierno mezquinan las estufas. En verano los ventiladores. ¡Ni hablar de la comida! Es un asco.

            Ramón de joven debe haber sido un hombre hermoso. Hay unas fotos en su mesita de luz, que lo muestran cuando era profesor en la facultad de filosofía. Alto, de porte altivo, cabello abundante y muy bien vestido. Detrás, en una de la fotos, hay cuadros que se ven muy buenos, y libros…uf, miles de libros. Además cuando viene  don Leandro, hablan con palabras hermosas y conversan horas, recordando hechos pasados. Al final es el único día que el patrón le hace una comida como Dios manda, con fruta y jugo. ¡Claro, no quiere que se enteren los hijos que le priva al padre de todo!

            Antes le dejaba hablar por teléfono cuando le llamaban ahora le está prohibido. Y eso que las llamadas son pagadas por los hijos. Pero le aterra que les cuente lo que pasa. ¡Se va al “carajo” el negocio!

            Hace unos días que Ramón no habla. Se sienta en el sillón y mira. Mira la pared que cada vez es más gris. Más húmeda. Más triste. Ya no quiere comer ni beber. Está entregado a la muerte.

            El patrón trajo un médico. No le encontró nada, bueno desnutrición y deshidratación. Le rogué que me diga qué le pasa. Levantó la mirada y con su mano delgada me acarició la cara. ¡No, no me pasa ni quiero nada! ¿Sabés hija, me dijo, todos los seres que amé y amo, o se han muerto o están lejos? Y así, no vale la pena vivir. Mi mujer, a la que yo peleaba porque vivía limpiando la casa, se me fue con un ataque al corazón. Yo creía que viviría para verme a mí en el Parque de Paz, mis hijos están lejos y triunfan en lo que yo, les empujé que hicieran, mis colegas y amigos se han ido todos por los caminos de la vida.

            Yo no sabía que tenía un tesoro. Creía que la juventud iba a durar por siempre. Me alejé de Dios, del club, de mucha familia que podría estar cerca y mi soberbia no me dejaba aceptarla porque no eran gente culta. ¿De qué me sirve los cientos de libros que leí, cátedras y doctorados que hice o dí? Ahora estoy solo de toda soledad? ¿Cuántos años tenés? Con tu edad, yo me creía Sansón.

            Le dije que tenía veintiocho años y que me casaba en marzo con el Juan, que es camionero. Se sonrió. Hacía mucho que no lo veía con una sonrisa. Traje su comida y apenas la probó. ¡Ramón, yo lo quiero mucho! Usted es como un padre para mí, no se me ponga tan mal.

            No quiero vivir. Me miró y me pidió que lo llevara a su cama. Allí se acomodó como un niño desamparado. Lo cubrí con una manta que había mandado la hija de España. Se durmió, pero antes me puso algo en el bolsillo del delantal. Salí apresurada porque un paciente de otra habitación gritaba. Cuando regresé estaba frío. Helado y algo endurecido. Llamé al patrón. Llegó puteando, se le iba el que mejor pagaba.

            Cuando metí la mano en el bolsillo encontré un anillo de brillantes y zafiros, de antigua hechura que había sido de su esposa. Fue su amorosa forma de decirme su amor. Yo lo voy a llorar. ¡Pobre Ramón! ¿Vendrán sus hijos?

viernes, 8 de julio de 2022

LA ALFORJA


 

Amanecía en la pradera lejana. Un sol asustado asomaba conteniendo lágrimas de niebla. Todo tornaba de color rojizo. Las nubes, el verde, los árboles y el caserío que silencioso se poblaba de gente.

Los que ordeñaban caminaban apurados con sus frágiles cazos vacíos. El mugido airoso les anunciaba el apuro. Las mujeres apenas cobijadas, llevaban los cestos con ropa sucia al río. Las piedras brillaban en sonrojo de agua helada. El herrero, fragua ardiente, asomaba en la puerta de su casa de piedra, una afilada esquirla de hierro lo esperaba para la transformación que se exigía.

Las manos azulosas por el frío emprendían las tareas de cegar el trigo. Arena movediza el dorado de los campos maduros.

Valentino, de apenas trece años, apuró el tranco hacia la botica. La fiebre arremetía con el cuerpo de su hermana menor. Una moneda tintineaba en su bolsa. ¡Era la única que tenían! Lo detuvo el gigante, enemigo de su familia. ¿Adónde vas tan apurado? Y manoteó la pequeña bolsa para robar el cobre. ¡Mi hermana tiene su cuerpo hirviendo y si no le llevo una pócima, morirá…déjeme ir, se lo suplico!

La enorme mano lo alzó del cuello, sus pies no pisaban la tierra. Baila para mí, si quieres la moneda. Canta como lo hace tu madre. Y el niño, canta y baila y algún curioso se detiene. Ante los gruñidos del horrendo hombre, sigue su camino. Cobarde. Huye. Todos temen a ese necio. Siempre ebrio y mal nacido. Valentino logra zafarse y corre. El boticario ha observado todo lo sucedido y lo hace ingresar rápido. Lo interroga y le entrega un pote de ungüento y sale junto a él, para evitar al agresor.

A lo lejos, viene un caminante en cuya alforja emerge una enorme banderola. Es un representante del alcalde. Se detiene en la plaza y despliega el paño con los símbolos del Rey. Todos los habitantes de esta aldea, deberán asistir al pueblo vecino para ser notificados de su condición de servidores en las fiestas de la boda del hijo de su Majestad. Desde un oscuro escondite lanzan una enorme piedra que golpea de lleno en la frente del mensajero. Corren el boticario y Valentino, el hombre tiene una herida sangrante. Como pueden lo arrastran hasta la botica. Allí, lo ayudan. El maltrecho vocero, saca de su alforja una bolsa con monedas y le entrega al galeno y al niño. Agradecido, este, sale corriendo por el portón de atrás y llega a su casa donde su madre espera angustiada. El ungüento se desparrama como aceite sobre el cuerpo afiebrado de la niña. Se duerme y comienza a respirar pausada y sin dolor visible en su rostro.

La madre, escucha atenta a Valentino la historia que ha vivido, y lo abraza, dándole un beso agradecido.

Será una historia para relatar por siempre. Y así nace la leyenda de esa lejana aldea en un tiempo impreciso de la vida. 

TRECE ROSAS

 

No hay agujas que penetren los recuerdos

Ni magnolias que cubran las ventanas sin cristales

No estarán los campanarios en silencio por sus muertes

Ni abrirán los portales sin aldabas los morrales.

Trece flores despeñadas por las calles pedregosas

Trece rosas que de púrpura se cubren

Trece besos que nunca verán labios amados

Trece vientres que serán enajenados de la vida

Las mujeres eligieron las palabras, y la muerte,

enfada, se acurrucó en sus enaguas. Rosas rojas.

Las hembras juntan rosas empapadas de su sangre.

Sólo trece y las otras con sus ojos asombrados.

Los secretos asomaron las narices asustados.

Los mirones refregaron sus ojos en los vidrios de la muerte.

Ya no quedan modistas ni muchachas juguetonas.

Trece rosas blancas se han manchado con la sangre

de un sueño inevitable de militancia soñada.

 

 

LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN

  

            Alfredo exitoso coleccionista de monedas antiguas, había logrado que lo invitaran a una subasta excepcional en la capital. Viajó en un tren que parecía un carromato diluviano. ¡Este país debería renovar el sistema ferroviario! Pensó hasta quedar dormido por bamboleo de vagón.

            En el asiento frente al suyo, viajaba un joven muy acicalado y al su lado una mujer de mediana edad, que aparentaba ser su madre. Despertó cuando sintió el sofoco producido por los vecinos, que creyendo que no despertaría copulaban con descaro y para sorpresa, haciendo verdaderas acrobacias para no salir de sus puestos. Cerró los ojos y los espió con discreción. ¡Qué creaturas más raras! Indudablemente no eran madre e hijo, sino una simple ramera que atrapó a un joven inexperto; bueno no tanto.

            Cuando hizo amagos de despertar se sentaron como dos desconocidos sin dar indicios de lo que había ocurrido minutos antes. Más, le ofreció, la mujer un bizcocho de anís, que según expresó había horneado esa mañana antes de partir. Alfredo declinó en convite y agradeció cortés, pero mirando fijamente al muchacho que con una sonrisa socarrona la miraba de soslayo.

            El tren se detuvo en Rincón Lejano y la mujer saludó amable y descendió como si fuera una cándida señora de hogar. El vecino sacó un libro de leyes y se dispuso a estudiar. No miraba a Alfredo. Quien observó la ropa manchada del muchacho en cierta zona del pantalón, lo que le hizo reír para su interior. Pasó un tren del lado contrario que lo distrajo. El estudiante, se paró y salió del vagón rumbo al sanitario. Miró el libro y leyó el título: Ética profesional del abogado. Se le escapó una risotada.

            Cuando ya llegaban a la capital, el joven sacó de la parrilla superior a su asiento una valija mediana y una mochila tipo militar llena de libros. Lo saludó y escapó hacia el andén. Saltó y desapareció.

            En la subasta Alfredo comprendió que había una dificultad terrible para evitar caer en manos de timadores. Los “Palos blancos” trataban de aumentar los precios de las piezas en forma astral. Alfredo, sólo pujaría por una moneda de plata del siglo XVII; que faltaba a su colección. Las había más antiguas, de oro y de cobre; de materiales y lugares raros, pero él, sólo coleccionaba de la región de los Pirineos, ya que de allí, habían salido sus antepasados.

            Cuando llegó el entretiempo para comer, salieron muchos personajes que se notaba de lejos, que eran contratados por la empresa de subasta. Los verdaderos coleccionistas, se agruparon en un conocido bodegón cercano para hablar sobre sus “Joyitas”. ¡Qué disfrute! Estaba un anciano francés que coleccionaba antiguas monedas romanas; un árabe que buscaba de la época de un Rey Persa, un español, gozoso de su enorme colección de monedas de la antigua región ibérica del siglo de Oro. Comieron cada cual a su placer y bebieron juntos un buen vino tinto Cabernet Sauvignon, que abonaron en conjunto. Regresaron a la sala de subasta y ¡OH, sorpresa! Había un coche policial que les impedía ingresar.

            Ansiosos por conocer la causa, un agente les explicó que habían encontrado al caballero que marcaba el martillo con un cuchillo clavado en la espalda; que faltaban las piezas del siglo XII de Oro y que alguien al pasar había visto salir a un joven muy acicalado con un libro de Derecho bajo el brazo.

            Alfredo, recordó a su compañero del tren. Y abrió grande los ojos cuando vio subir a un taxi a la mujer que le ofreció el bizcocho de anís en el vagón. Se tocó el bolsillo de la chaqueta y descubrió que cuando se había quedado dormido le habían sacado una tarjeta donde estaba la invitación a la subasta.

            ¿Qué podía hacer? Si le decía a la policía podían dudar de su inocencia. Y si callaba se sentía cómplice. Finalmente, los hicieron ingresar y les tomaron a todos las huellas dactilares y una fotografía, luego les avisarían. Él, se acercó a la vitrina y vio que faltaba la moneda por la que él, iba a subastar. Una arruga en el entrecejo y un guante sobre una silla, lo impulsó a mirar tras la vitrina y la vio caída en el piso, junto a la pata de la mesilla del cobrador. ¡Estaba manchada de sangre! Si la tocaba, seguro dirían que él fue. Llamó al inspector y le mostró su encuentro. Los muy malvados le habían querido tender una trampa.

            Su instinto y el no ser avaro lo salvó de un verdadero desastre. Saludó a todos los coleccionistas y partió rumbo a su pueblo. Ya habría tiempo para conseguir otra moneda igual.   

UNA TARDE EN TOLEDO, narrativa


 

De paso por España, aprovechamos una excursión por Toledo. Era un día de fiesta: “Corpus Cristi”, y el pueblo estaba d fiesta. Todas las calles lucían banderas y blasones, escudos y colchas en ventanas y balcones.

De lejos, parece que se dibuja una ciudad de ensueño, de película. El Alcazar se alza como un castillo bellísimo y majestoso. Los campanarios de iglesias y catedrales sobrepasan los límites de las nubes bajas y el río… una enorme marejada de aguas espumosas que salta entre piedras milenarias. De pronto, comenzó a llover con fuerza y nos protegimos bajo las arcadas del ayuntamiento.

La plaza quedó de repente desierta y descubrimos allí un enorme artefacto que representa el mal, una gran semiesfera de metal con cabeza pequeña y cola, alas y patas cortas… muy simpático, nos dijeron que lo sacan en ese día como símbolo de la lucha entre el Bien y el Mal.

Cesó la lluvia y por altas escaleras mecánicas trepamos a las murallas antiguas desde donde se puede admirar un paisaje de ensueño. El perfume de las lavandas florecidas nos embargaba.

Me senté con algunas compañeras en una confitería porque nos invadió un calor húmedo y estábamos sedientas. Bebimos cuanto líquido pudimos, mientras otros se compraban recuerdos de Toledo. Pronto dejamos ese lugar mágico rumbo a Madrid, donde estábamos alojados y muy temprano al día siguiente partimos para Bosnia y Herzegovina. Allí en Toledo descubrí el menú más simple y sabroso: “Huevos rotos y cerveza sin alcohol”.

 

 

LAS CALLES DE LA CIUDAD MEDIEVAL, narrativa

 

¡Son como piedras preciosas pulidas! El ir y venir en cientos y cientos de años traen las consecuencias de un maravilloso bruñido. Las murallas de piedra con hendiduras para el lanzamiento de flechas o descarga de arcabuces o armas, son unas heridas profundas en los fuertes paredones que envuelven el fuerte, el castillo y las antiguas viviendas.

Caminaba sosteniendo un bastón para seguridad y me detenía e cada ventanal que se abría a las caracoladas calles interiores. Altas ventanas, con balcones llenos de flores eran un signo. Dubrokny es el sueño de los aficionados a los temas medievales. Las dos calles principales, tienen los tenderetes de hoy, restaurantes y tiendas que venden comidas exquisitas o alhajas de coral y oro… A diestra y siniestra, unas escaleras van haciendo espacio a callejuelas pobladas de balcones donde hoy, por lo difícil que es para los adultos subir o bajar, viven los más jóvenes que trabajan en la ciudad antigua.

Multitud de viajeros  se desplazan hacia la plaza central.

En el camino, me detuve a comer la pizza más rica que en semanas pude degustar. Parada en una mesilla y en buena compañía, comíamos una pizza de setas y jamón que rebosaba queso. Lamentablemente no pude visitar la famosa farmacia que data del siglos… donde me explicaron habían trabajado alquimistas y religiosos, fabricando perfumes, medicinas y un verdadero sistema de sustancia para las épocas de peste, que asolaban la ciudad amurallada.

Embarcamos en un vaporcito, que nos llevó por las orillas del fuerte hasta una suerte de paredones enormes de roca. En determinado punto, descubrimos que habíamos invadido el refugio de bañistas nudistas. Fue divertido el estupor  de algunos de los viajeros y la risa con los consejos del sacerdote que nos acompañaba.

Ya de regreso, no reunimos junto a una enorme fuente de agua que a través de los siglos, sigue proveyendo de agua de un manantial que nunca se ha contaminado.

¡Fue  un paseo estupendo y uy divertido! Croacia es un país magnífico. Imagino los tesoros que no pude ver y los que, almacenará el resto de su territorio.

LA MARÍA COCINERA IMPERDIBLE

  

             La María sacaba a todos de la cocina a palmadas. Ella era la reina y su patrón, el doctor, la mimaba más que a su hermosa mujer.

 Era gorda la cocinera, morena de cabellos atados en un enorme moño de áspero pelo negro y sus caderas, se balanceaban con ritmo afroamericano. De sus marmitas salían unos sabores exquisitos y los niños gozaban de salud eterna. Crecieron como sólo ella, podía hacer crecer a quienes se prendían a sus milanesas, a su puchero o a su pasta con queso.

       Todas las tardes salían a comprar al mercado “La Pirámide” los alimentos frescos que María preparaba para esa familia que crecía a su sombra. Tenía más poder que todos los adultos de la casa. Un día se plantó frente al patrón y le comunicó que iba a tener un hijo. La joven señora de la casa, escandalizada por lo inapropiado del ejemplo para sus hijas, le propuso al marido despedir a la “cocinera”. La triste confusión de la señora Elvira, fue mayúscula, cuando el marido prefirió a la empleada. ¡Nadie cocina como María, ella se queda!

       Así fue aumentando la panza y el descontento de la patrona. Un día le preguntó ¿quién era el padre de ese niño? A lo que María le dijo no saber bien, ya que el amor no tenía nombre ni apellido, para ella. La joven patrona se desmayó y el esposo, ofuscado le discutió por lo inoportuno de su pregunta. Enojada la señora de la casa se encerró y no habló por varios días con nadie alegando terribles dolores de cabeza, hasta que por las inquietas necesidades de los chicos, siete en total, tuvo que salir y enfrentar la realidad. La cocinera ya estaba a término y ella que no sabía cocinar, se sintió acorralada. Así nació el pequeño Lorenzo, Lolo para todos los de la casa que lo “adoptaron” como hermano. Nunca se supo quien era el padre del Lolo, pero María siguió siendo la “reina de la cocina”.