jueves, 7 de diciembre de 2023

HA AMANECIDO DE NUEVO SOBRE LA CIUDAD DORMIDA...

 


                        Un verdadero caos había desencadenado la llegada de Tomás, el joven escultor. Casi todo el pueblo  estaba ansioso. La llegada del joven fue en principio un rumor de incredulidad y visible temor a los cambios. Desde 1958, todos los que partieron a estudiar a la capital nunca habían regresado y sólo llegaban cuando moría un familiar directo o para refugiarse ante un problema grave, ya fuera económico ya político. La verdad que una vez resuelto, regresaban a su amada y trajinada capital. Tomás había vuelto  y aseguró que trabajaría allí para siempre.

                        Apenas llegó un grupo de damas del club lo invitó a mostrar sus trabajos. Él aseguró que en pocas semanas  les haría una exposición. Trabajó con ahínco y en una total y misteriosa soledad. Algunas madres convencieron a sus hijas que él era un  excelente candidato para casarse y que debían aprender de arte. De repente todas las muchachas del pueblo partieron a la biblioteca del colegio a estudiar sobre arte y escultura. Así todas supieron el nombre de Rodín, de Lola Mora y de los italianos del cuatrocientos.

                        El día tan esperado, llegó y todo el pueblo se vistió de gala y se acercó al club, donde cubiertas con sábanas blancas se adormecían varias esculturas. El cura párroco dijo algunas palabras sobre la importancia de la cultura y del arte que siempre había protegido la "Santa Iglesia", así entre una copa de sidra y un jugo de fruta, llegó el esperado momento... Cada una de las socias se abalanzó sobre las cintas y comenzó a tirar para destapar. ¡Un grito surgió de las pudorosas gargantas y una estertórea carcajada de los labios de los jóvenes...! Tomás había tallado enormes cuerpos desnudos en mil planos y extraños movimientos. Horrorizadas las madres se retiraron del local  arrastrando a hijas y viejos maridos indignados, el sacerdote rugió esgrimiendo una Biblia y sacudiendo con agua bendita a todos los presentes. Tomás miraba incrédulo tanta fobia y hostilidad. Una lágrima corrió por sus pálidas mejillas y descubrió, por qué los otros jóvenes no regresaban al pueblo. Él con esas obras de arte había ganado varios primeros premios en la capital y en el exterior. Cerró los ojos y se alejó lentamente y solo. Caminó toda la noche sabiendo que eso era su despedida y cuando llegó a su casa había amanecido sobre la ciudad dormida.

                        "SIEMPRE LA INTELIGENCIA FUE CAPAZ DE DERROTAR A LA FUERZA"

            Sí, a la fuerza había llegado Romina a terminar el secundario. Sus padres ya cansados de profesores desde enero a marzo, pagados con esfuerzo y promesas de la jovencita de ser una excelente alumna en el próximo ciclo lectivo. Pero nada. Ella firme con su degradante falta de responsabilidad llegaba a fin de año con muchísimas materias en falta.

            Una mañana llegó al colegio el nuevo profesor de historia y apenas traspuso la secretaría del establecimiento comenzó la charla aguda y sepultante de los otros docentes sobre los malos alumnos de la escuela. Escuchó con atención y trató de memorizar los nombres... y por supuesto uno de los primeros fue el de Romina. Cuando entró en el aula de 5º un suspiro emocionado partió de los labios de las jovencitas y un "sonamos " de los muchachos. Laureano Hurtado era muy buen mozo. Parecía un galán de la tele. y las chiquilinas se prendaron inmediatamente de él. Al pasar lista fue revisando en su memoria los nombres de aquellos tan mal juzgados. Los ojos de Romina se quedaron colgados de las suaves pestañas del historiador. Ella también tenía una belleza esplendorosa, y además los dieciocho años más llenos de vida que pudiera pensarse. Allí comenzó la mutua seducción. Con inteligencia y tratando de hacer que amaran la historia contando con conocimientos y claridad, logró que los chicos no estudiaran a la fuerza, como otras materias. Llegó fin de año y Laureano Hurtado entregó el diploma de bachiller a su novia y futura esposa: Romina. Toda la fuerza de los padres para que estudiara se había transformado en querer saber del "Amor".

miércoles, 6 de diciembre de 2023

UNA VIDA DE ACTOR

 


 

            Nació en un hogar muy pobre. Su madre, enferma de los nervios lo dejó abandonado junto al padre. Lo crió como pudo, buscando encontrar a su amada.

            De pequeño hizo tareas de adulto. Cocinó y ayudó en el pequeño negocio de su “Tata” con tristeza de niño viejo. Creció muy bello. Era un chico que atraía la vista de mujeres y hombres.

            Su padre nunca dejó de buscar a la mujer que en vida enterró su cariño junto al cuerpo de un hijo que murió de viruela. La búsqueda fue inútil. Envejeció siendo joven con el sueño prendido en la solapa como enorme escarapela de miedo. Él, acompañó al anciano, hasta que buscó huir para encontrar su futuro y abrazar los sueños. ¡Ser actor!

            Entró como un simple extra en una empresa de esas que buscan caras nuevas. Era hermoso e inteligente, las actrices peleaban por ser su compañero de rol.

            Cada mañana se presentaba a un nuevo estudio de televisión o cine para mostrarse como una pieza de vitrina. Él, sostenía que el día, ese día, iba a llegar. Y una tarde mientras comía un sándwich que le había comprado una amiga de academia, se sentó cerca en una mesa poco frecuentada, un hombre de gris. El sombrero, le cubría gran parte del rostro; lentes de carey, gruesos y oscuros le daban una ridícula mirada de cíclope. Ojos gigantes bajo el vidrio de espesor sorprendente. Encendió un cigarro y levantó la mano al mozo que le trajo una taza humeante de café con leche.

            Cuando ya su comida se estaba terminando y su hambre no se había acabado, el tipo se volvió y le clavó la vista. ¡Era un fantoche! Pero Aroldo, no sabía quién era y algo, le ingresó en el pecho. Lo conocía de algún lado. ¿Pero de dónde?

            El mozo se acercó sonriendo y le dejó junto al platillo, una tarjeta. ¡Era el famoso director de radio, televisión y cine Waldemar Furlong! Dejó la silla, que casi se estrella en el piso, pero que con rápido movimiento evitó que cayera. ¡Señor Furlong, usted…! Le hizo una seña de espanto. Murmuró un insulto y exclamó: “Lo veo mañana en mi despacho”.

            Ese día alquiló un traje formal y zapatos negros. Se acicaló para la entrevista y partió al suburbio donde estaba la famosa oficina. Era en una zona alejada del ruido. Caminó despacio tratando de detener su corazón que como un timbal, arreciaba en su interior con la paz que le era su mejor aliado. Una discreta puerta en un más escondido edificio tenía el número del cartoncillo que le entregara el mítico Furlong. Un murmullo de voces contuvo sus expectativas. Escuchó pasos y una figura femenina abrió una mirilla de mediano tamaño. Aroldo mostró la tarjeta y se abrió la puerta con cuidado. La joven, una muchacha sin ninguna gracia, abrió corriendo una serie de cerrojos que sonaron a hierros herrumbrados, lo invitó a ingresar.

            Subió por una estrecha escalera, cuando la joven se hizo a un lado, un espacio maravilloso lo dejó enmudecido. ¡Pocos muebles, muchos cuadros de pintores famosos y música que invadía el enorme ambiente! Le señaló un asiento y salió por una puerta lateral. A él, le temblaban las rodillas. Esperó un tiempo que le pareció larguísimo, pero mirando su reloj, fueron menos de veinte minutos. Apareció Furlong, parecía otra persona. Descalzo, con una camiseta de algodón azul, pantalón de denín y sin gafas. El cabello le caía sobre los hombros, parecía una mantilla plateada. Sonrió y le tendió la mano. El saludo breve y a la charla amena de un hombre de mundo que quería saber de ese muchacho hermoso.

            Luego de un verdadero interrogatorio, le entregó dos libros con guiones y lo despidió sin antes darle un pequeño golpe en la espalda. ¡Léelos y cuando termines, cuanto antes, regresa! Y apareció la muchacha, descalza y arreglada de tal forma que parecía otra persona. ¡Muy interesante y hasta bonita! -¡Mi hija, Abril, mi secretaria y ayudante! – y salió por la escalera corriendo con los libros apretados a su cuerpo, dejando atrás una esperanza.

            Esa noche no durmió, apenas un emparedado y una soda y leyó, con entusiasmo y fervor. Una novela de vidas intrincadas, con sabor a odios y amores heroicos. Ese fue el que le produjo mayor interés, al otro, lo dejó sobre la mesilla y se durmió. Soñó sin conocer cuál sería el papel que le tocaría interpretar.

            Al día siguiente siguió con el otro trabajo. Un policial, donde tres agentes de un país en guerra debían sacar a una familia entre bombas, atentados con misiles y cohetes. Se sintió agotado de solo pensar cuál sería su papel interpretaría, si el del chofer o el joven valeroso que conseguía el cometido esperado por la potencia enemiga. Llamó al celular de Furlong y éste, lo invitó a cenar la noche siguiente.

            Esta vez, fue vestido con su ropa. Y se sintió más cómodo. Lo esperó con un pastel de carne y batatas en salsa de vino Cabernet. Esa noche hablaron sobre cine. Y supo que desde ese día se llamaría Wilians Wolney y pasaba a ser el actor principal de las dos obras. Supo que lo había visto actuar en obritas de poca importancia en teatros a la “gorra” y comprendió, el maestro, que tenía sangre de “actor”.

            Comenzó a estudiar. Noche y día sin descanso, le permitió hacer dieta y gimnasia para el rol del policía; más tarde haría de amante de una mujer mayor dueña de una empresa que termina matando a su marido. ¡Unos papeles interesantes, ya que no se asemejaban en nada!

            El cine era diferente al teatro. Se hacían tomas irregulares, unas veces eran de noche y otras de mañana, en lugares preparados para una guerra irreal, con escombros y estallidos, y, a la tarde nadado en una piscina en una mansión con la actriz mayor. La joven Abril, era como una sombra. Siempre cerca pero lejana, su presencia era la de un fantasma de carne y huesos, que aparecía cunado su padre hacía una pequeña seña y rápidamente salía sin ser notada. Algunas noches, salía a tomar una cerveza, junto al balcón, con los auriculares y leyendo a la luz de una lámpara de luz muy fuerte.

            Llegó la noche del estreno. Las marquesinas brillaban con los nombres de los actores y actrices. Aroldo- Wilians era una potencia. Su rostro se dibujaba como un cuadro del setecientos. La alfombra roja y el flash de cien periodistas lo dejaron impactado. Furlong y Abril, junto a los otros actores y actrices, con ropas que deslumbraban. Pero todas las miradas eran para su bello rostro. ¡Era el dios pagano del Olimpo del cine!

            Las películas fueron un éxito. Cuando salió, mil manos querían tocarlo, acariciarlo y bocas se acercaban buscando besar al asombrado Wilians. Allí, supo que su vida había cambiado. Definitivamente. Ya no sería el anónimo desconocido. Aun así, saludaba afable y sonriente. La vida le devolvía una catarata de piedad por los años tristes y de enormes sacrificios.

            Pasó el tiempo filmando, asistiendo a los canales de televisión, posando para los fotógrafos como modelo y firmando autógrafos, con un nombre de “arlequín” prestado.

Se permitió todo, menos ser necio. Como ganó buen dinero, compró una propiedad austera pero segura y de calidad. Era “La Cara” del siglo. Pero la casa solitaria se fue quedando vacía. Tuvo dos perros que lo esperaban con amor, más, tuvo mucho miedo a enamorarse y pasar por lo que había sufrido su padre.

            Muchas bellas actrices lo buscaban para ser su pareja, él, se alejaba con el pretexto de un gran trabajo. En la noche, solía sentarse en la terraza con una cerveza y un libro, mientras leía un guión que le había mandado algún ansioso director de cine extranjero. Y una noche, se miró, reflejado en el cristal del ventanal y recordó la figura de Abril. Ella a esa hora, tal vez, estaba haciendo lo mismo. Entró y tomó el celular; ella le contestó. La invitó a cenar el día siguiente. Ella vino y nunca más se fue de su lado.

 

TE TIENES QUE IR

 


 

Tal vez encuentres las pisadas que perdiste

Buscando un vergel de palabras de ternura.

En la estrecha tierra sembrada de locura

Que en otro tiempo tú me prometiste

 

Tal vez me busques en las sombras del camino

En la ventana asombrada de silencio

Pero aunque esperes bajo el sol o las estrellas

No me verás como me viste en aquel tiempo

 

Ya te fuiste y yo te extraño un tanto

Como se extraña la lluvia en primavera

Será el tiempo doloroso de la espera

 

Cuando entendamos el dolor del adiós

Y aun el triste llanto, suene en la tarde

Como violines oxidados, dolor atroz.

Y TODO COMENZÓ POR…


 

            La siesta caía como un poncho de metal caliente sobre la tierra. Solo se oía el pasar sostenido del agua por el canal que rodeaba la finca. El rumor de las hojas de los álamos y sauces, que crecían en esa vereda angosta desde donde se podía distraer agua para regar. A las perdidas se escuchaba un ladrido o algún trueno lejano.

            La Filomena, salió corriendo cuando lo divisó. El Tobías, que apenas tenía seis años, se balanceaba con sus patitas chuscas en la orilla de la corriente y salpicado hasta la panza, parecía que ya se deslizaba por el barroso borde y caía al agua. Corrió la mujer, pero tropezó con unas raíces traicioneras y cayó de bruces a la polvorienta senda. El chico se asustó y allá fue aguas abajo y se perdió.

            Filomena pedía a los gritos ayuda, que logró pronto. ¡El Tobías se cayó al zanjón! Salió el Braulio con una zapa buscando el próximo tapón de derivación del agua. Pero allí no lo encontró. ¡Pendejo malcriado! Siguió buscando hasta bien pasada la tarde y nada.

            Ya estaban los vecinos de los alrededores meta buscar y buscar. Salió la luna, que iluminaba poco, pero que daba cierta esperanza. Cuando se escuchó el motor ruidoso de un vehículo. Venía con Tobías hecho un guiñapo de barro, sangre y mocos. ¡Lo encontré en la toma de don Atencio! ¡Estaba medio ahogado!

            A partir de ese día en las siestas, la Filomena, lo metía en el catre con ella. Sudaban como caballos de carga. Pero ella, se dio cuenta que el niño había cambiado.

            No hablaba ni jugaba como antes. Tenía pesadillas y de repente comenzó a no querer andar por entre los árboles o las hileras de viñas. Caminaba con cuidado, apenas pisaba la tierra y se detenía ante la mínima dificultad del sendero. De la caída le había quedado una suave renguera y una cicatriz en el brazo, a causa de una rama o lata que enfrentó en esa carrera desastrosa.

            Llegó el invierno, entonces Braulio lo llevó a la escuela cercana. Entró con él, de la mano, casi arrastrándolo. ¡Tengo miedo, no quiero estar acá! Usted se queda, le guste o no, tenga miedo o no, de aquí sale como todos los “guachos” y yo lo vengo a buscar.

            Otros chicos como él, se apiñaban en un patio de tierra regada y apisonada. Bajo un árbol, unos más avispados, jugaban a algo. Después conoció las canicas o bolitas de vidrio con lo que se entretenían los pibes. Una señora gorda y alegre, los miraba desde la puerta de una cocina. De allí siempre salía un exquisito olor a café con leche o yerbiado, y de vez en cuando aparecían una sopaipillas doradas y crujientes.

            Tobías, se arrepintió de su protesta cuando lo dejó el Braulio. Allí estaba bien, más que bien. Pero… siempre hay un pero. Los de sexto, lo comenzaron a molestar…

¡Eh, “mojarrita” que tal estaba el agua del zanjón? ¿Tuviste miedo? Ahogado, muerto vivo, aparecido, fantasma… y se enojó. Se enojó tanto que traía arañas y hormigas rojas y se las ponía en la ropa o en el pupitre.

            ¡Este chico es muy malo! Ya no son travesuras, ha comenzado a hacer maldades. La directora quiere hablar con la madre. Y llegó la Filomena, asustada ya que nunca había sufrido semejante vergüenza. Su hijo, no era así. Antes casi era un ángel, se lo juro. Pero no escucharon sus defensas. O cambia o se va a otra escuela.

            Al año siguiente, no tuvo banco, no le permitieron entrar. Eso fue peor. Una madrugada, se escapó y llenó de barro el frente del colegio. Esperó a los compañeros y les tiraba bosta del chiquero. Hasta que llamaron a un especialista en pedagogía y sicólogo escolar. El muchacho tiene un profundo enojo. ¿Algo ha pasado en su vida que lo ha trastornado? Y se cayó al zanjón y casi se muere ahogado. Desde ahí cambió mucho.

            Tobías no se atrevía a decir las cosas que le decían los compañeros. Y se fue a la finca medicado. Dormía casi todo el día. Así creció. Ya no era un niño era un adolescente enojado. Ayudaba en la finca pero con tanta soledad hablaba cada día menos.

            Una mañana llegó a la finca una señora muy joven, en su pequeño auto. Bajó y golpeó las manos. Salió Filomena y escuchó con la boca abierta que Tobías había sido elegido para ingresar en un colegio muy bueno que auspiciaba a chicos de campo. Detrás de un portón escuchó el muchacho y recordó los buenos años en la escuela, las sopaipillas calientes y el maestro de fútbol, será un desquite, pensó. Salió y saludó. La mujer lo miró con afecto. Vio al joven que la miraba y en sus ojos vio un brillo especial.

            La vida de Tobías cambió. Llegó a un colegio donde cada chico podía leer cuando quería, el silencio les permitía incluso sentarse a escuchar a los ancianos profesores que con sabiduría les iba dando un abanico de propuestas culturales amplias.

            Cuando regresó a su casa en vacaciones, era el Tobías de antes de caer al agua. Y ahora se atrevió a contar todo lo que él, sentía, lo que había sufrido y lo feliz que estaba ahora. Tenía dos amigos. Los maestros lo estimaban y le daban inspiración para ser creativo. Descubrió lo cansada que estaba su madre. Filomena, había cumplido apenas cuarenta y cinco años, pero parecía tener el doble.

            ¡Madre, ya termine de trabajar en la finca! Venda y venga cerca de donde yo estudio. La madre lo miró y le dijo: “No, hijo, es inminente que yo te deje solo”. Me han detectado un tumor en la columna y sabe Dios si puedan curarme. Lloraron abrazados. Yo la voy a curar. Esa noche quiso dormir junto a la cama de su madre. Miró la luna y recordó la noche en que lo encontraron en la Toma de Atencio. ¡Una luna desdibujada por nubes de suave tela de arañas! Apenas iluminaba y como en aquella oportunidad le habló desde el corazón. ¡Luna bella, dame tiempo para estudiar lo que cure a mi madre! Y se durmió tranquilo. Sabía que si una vez lo había escuchado, cuando era niño y las aguas turbias lo querían tragar, ahora lo escucharía.

            Pasaron meses. Sus instructores acopiaron notas y libros, asistieron a simposium y charlas. Ellos traían novedades que acrecentaban la posibilidad de salvar a Filomena.

            Pero la vida es dura y la enfermedad indómita. Ella los abandonó. Su cuerpo sirvió para que otros afortunados aprendieran sobre ese mal. Y Tobías, es hoy un afamado especialista en tumores de columna. Y de noche sueña que va con su madre por las aguas claras de un canal alrededor de la finca.

ESCAPÓ LA CHISPEANTE RISA CANTARINA DE CELESTE

 


 

            Bueno, dijo Belén a su nana, me voy. Quiero ver el mundo y conocer los mares infinitos, los castillos de Rin y los antiguos monumentos de Roma. La institutriz se reía. -¿Cómo pagarás tus viajes?- Papá me dijo que yo tenía mucho dinero en una cuenta de banco. - Pero con diez años dudo que te den ni una moneda en ese lugar.

            ¡Qué mala eres, si mamá regresara del congreso en Viena, seguro me comprendería! Ella vive viajando y dice que es lo mejor que Dios ha hecho para las mujeres. Dice que nunca se aburre. Yo acá con mis tareas me canso hasta el infinito. Quiero irme de casa, vivir una buena aventura y salir de la profesora de piano a la que odio, no jugar más al tenis con “Julián” y poder tener un perro que me siga por todos lados.

            -No podrá ser por ahora, hija mía, pues eres muy joven aun. Yo te prometo que si salgo de vacaciones este año, te llevaré a un lugar paradisíaco.- cuando salió de la casa con el chofer no imaginó que muy pronto vivirían una verdadera aventura.

            A pocas cuadras de la autopista, se detuvo un coche adelante y otro atrás, casi pegado al suyo. Bajaron tres encapuchados y apuntándole lo obligaron a bajarse. El chofer sonreía. Lo había entregado. Le pusieron una bolsa negra de tela rústica en la cabeza y le obligaron a subir a una camioneta. Apuntaron a los neumáticos del auto nuevo de Lisandro y al chofer le dieron un culatazo, como habían quedado de antemano.

            Cuando pasó una patrulla se encontró un joven desmayado, las puertas abiertas y faltaban la cartera del dueño con papeles comerciales, la computadora portátil y el chofer que no podía explicar qué había pasado.

            Celeste, la pequeña vio llegar un coche negro, por la ventana del escritorio. La nana estaba en su clase de tenis con Julián y ¡Tampoco vio nada! Un par de tipos entraron y apretando con fuerza a la niña, la sacaron con dificultad de la casa. Sí, con dificultad, porque daba patadas y se defendía como una tigresa. Al no tener perros, nadie escuchó nada.

            Fue llevada atada y sofocada con la boca cubierta con tela de embalar, manos atadas con sogas y pies de igual modo. La chiquilla, seguía dando codazos, patadas de doble pies, por las ataduras y cabezazos con furiosa osadía. Los alcahuetes no imaginaron nunca que una pequeña fuera tan furiosamente brusca. Celeste sabía cómo defenderse, después de todo.

            El lugar era frío, húmedo y silencioso. Sólo escuchaba el ruido de cadenas y el murmullo de gente que hablaba a los gritos muy lejos de ahí. ¿Dónde estaba? No se apuró, ni lloró, sólo se quedó expectante esperando que alguien se acercara para volver a patearlo. Y de poder hacerlo morderlo hasta sacarle sangre. ¡A ella la iban a doblegar!

            Cuando la nana regresó de la cancha de tenis, se sobresaltó. Vio cosas caídas por todos los lugares por donde sacaron a su pupila. Llamó a la policía que prácticamente estaba en la puerta de la hermosa casa. Ellos traían la noticia del secuestro del dueño de casa. Lisandro había desaparecido, el chofer internado no volvía en sí. (Cosa que no estaba en los planes) y ahora faltaba la niña.

            Morena Jordán no había regresado todavía. Llegaría el jueves y ¿quién la iba a ir a buscar al aeropuerto si el chofer no estaba sano? Era ahora la única de la familia que estaba libre y a merced de los forajidos.

            El teléfono sonaba y sonaba, pero la policía no permitía que la nana, Matilde, atendiera. ¿Estaría Celeste con el padre? Sabría alguien que había pasado. Un inspector la señaló a Matilde que atendiera. Julián había buscado a la cocinera que no hablaba español, para que preparar algo para comer y malhumorada la mujer no entendía nada. Era un inmigrante asiática que había entrado en la casa por una agencia especializada en contratar gente de servicio que no se inmiscuyera en los problemas de la casa. Venía de un remoto país: Burma. La antigua Birmania.

            En el recinto había penetrado el frío. Alguien se acercó a Celeste con una frazada y ella le asestó semejante patada, que escuchó un  aullido de dolor y un insulto en un idioma que no conocía. ¡Por fin tenía una aventura digna de diferenciar su tonta vida con la real! Esa que ella soñaba. Imaginó toda la historia. Lo que no sabía era que su papá estaba en otro lugar en peores condiciones que ella y que su madre por razones comerciales se demoraría más de una semana.

            Algún valiente le dejó un jarro con sopa cerca. Ella lo volcó con los pies… moriría de hambre y saldría en los diarios: -“Joven niña raptada muere de hambre en manos de sus captores”- no pasó. Entre cuatro energúmenos la sostuvieron por los brazos y las piernas y la obligaron a tragar una sopa. Le supo deliciosa. Pero escupió un poco para que no se alegraran. Hablaban muy mal castellano.

            Lisandro Loria pensaba en su familia. ¿Dónde estaría y cómo su pequeña Celeste? ¿Y Su esposa Morena? La fábrica en manos de sus eficientes ayudantes seguiría bien, eso no lo dudaba. No les entendía a estos mal nacidos lo que querían. Seguro más dinero del que podía tener a mano. El comía lo que le traían y ellos sonreían. – ¡Este hombre no sabe que tiene una fiera en la familia! Su hija. Esa sí era una mujer con agallas a pesar de sus cortos años. Una tigresa. Aun no conocían a Morena.

            Morena llegó un viernes y le llamó la atención que en lugar de venir el chofer, la esperaba un auto de la policía. – ¡Seguro, entraron a robar en casa, menos mal que las alhajas las guardé en el banco antes del viaje, por lo menos las más valiosas!- pero no. El tema era otro más ofensivo. Su hija estaba desaparecida. Imaginó lo peor. Rapto, violación y muerte.

            No, le mostraron una misiva de los energúmenos que decían que no la habían tocado. ¡Claro quién se acercaba recibía semejantes puñetazos y golpes que con la vida que conocían no querían ni verla! De su marido una esquela rogándole hablara y conciliara con esos hombres. ¡Se puso furiosa! Los gritos se oyeron hasta las cuatros manzanas que rodeaban la casa. Sacó un arma que tenía en un escondite y comenzó a llenarle el cargador con balas especiales. Atendió el teléfono y les dijo: “Lleven a mi hija y a mi marido al Jardín Zoológico, yo les llevo lo que piden”

            Cuando llegaron la policía había despejado de niños el predio, unos agentes disfrazados se hacían pasar por cuidadores, jardineros y vendedores de galletitas para los simios. Ella los vio a Celeste y Lisandro bajar despacio con dos tipos de cada lado. Sin que pudieran hacer ningún movimiento desde su bolsillo en la amplia chaqueta comenzó a disparar y mató a los cuatro que estaban junto a sus amores y después rápida como un rayo a los que estaban en los autos.

            ¡Nunca supieron los malvivientes que era campeona olímpica e internacional de tiro! Al chofer todavía lo tienen en terapia intensiva del hospital de alienados.

GUERRERA

 


 

            La tarde como esquirla de fuego, acercaba el sopor a la gente del pueblo. En esa hora impenetrable de la siesta, un enardecido movimiento deslizaba en las sendas abiertas con las plantas callosas de las hembras sedientas. Llegaban desde el río. Con sus ropas mojadas que habían enroscado en la cintura desolladas por el agua fría.

            Lavanderas heroicas. Los canastos acompasaban el andar por la vereda como hormigas activas. Arriba, sus cabezas lustrosas de cabelleras motas. Entrar y desplomarse en las hamacas, era el sueño de todas. Palmerinda, Dilercy, Uma y Flora, se tiraron urgidas con palmetas de junco y quedaron dormidas.

            Los insectos trituraban la piel. Una nube escabrosa cubrió el patio y descargó un diluvio, lavando el cuerpo de las buenas mujeres. Que despertaron asombrando la noche. Un perfume de “feishoada” sacó un deseo culposo de sus cuerpos cansados. Hambre, avidez y sed. Acomodando las ganas caminaros al fuego de la ancha cocina.

            Basilina preciosa, cocinó para todas y llenó las gargantas y estómagos secos. La noche abrumaba húmedo en ruido de grillos y macacos. Un sonido rompió la paz de la casona. Era Afranio Mederiros. El hombre, brutal y peleador que venía a buscar a Dilercy. Sus ojos como ascuas miraban las curvas de la joven. Apetito de macho. Ella, salió callada. En las manos llevaba un rosario de penas. Y el corazón cargaba un cesto de coronas de espinas. Las mujeres apenas levantaron los ojos. Comieron en silencio.

            Había refrescado y del río se oía el crujir de la correntada que creció con la lluvia. ¡Mañana no podremos lavar! Y se persignaron con los dedos marchitos. ¡La Virgen De Aparecida, nos proteja! Mis hijos no tendrán para comer esta semana, dijo Uma. Flora la miró con tristeza. Yo te daré arroz y porotos…que me quedaron de la semana pasada. Todas la miraron con amor y dulzura.

            ¿Flora, qué sabes de tu hija? Regresó de su viaje, acaso, está en camino. Pero saben que no es cierto. Se fue con un mozo y la ciudad es tramposa.

 

           

EL INTRUSO

 

EL INTR                     Había dejado de llover. Leandro entró al comedor y comprendió que había llegado demasiado tarde. Se oía  la cascada de los desagües desagotando agónicos el canal de la azotea sobre el pequeño patio interior. Estaba solo. Unas sombras se alargaban en los mosaicos mojados. Dejó el paraguas húmedo como pena, apoyado en la silla. Se quitó la bufanda y los guantes que hacían juego con el hilo de sangre que se diluía en el torrente hacia la pequeña rejilla de la terraza. Lo vio allí caído. Solo, quieto. La cabeza destrozada  contra las frías baldosas. ¿Por qué a él? ¿Por qué en su traga luz? ¿Por qué ese hombre que llenaba de sueños sus largas tardes grises de domingo?

                     Ahora que era  primavera, él le dejaba ese regalo entre sus plantas. Cortó una flor de una maseta. Se la puso en la mano y fue al teléfono. Marcó el número que él, un día le dejara. Se sentó y lloró. Quedó solo. La noche  cubría la ventana como cortina de pena.

                     Lo miró a los ojos, quería escrudiñar su alma... quería saber si aun su amante lo odiaba. Te extrañaba, pensó. Pero no esperaba que me hicieras algo así, tan desatinado. Todos se enterarán que éramos amantes. Se reirán de ambos, sin piedad.

¿Quién llenará mi alcoba con perfume de almizcle y romero en las siestas de verano?

Llegó la ambulancia y llamaron a la policía. No podía explicar lo sucedido. El cuerpo de Luciano masacrado. Los vecinos vinieron a mirar y se admiraban de lo limpio que estaba todo. Las plantas del traga luz perfumando el pasillo y los departamentos cercanos.

Leandro demostró que no había estado en casa. No había un arma ni huellas por ningún lugar. Nadie había escuchado gritos ni peleas. ¡Son tan discretos estos chicos! Raro, muy raro. La puerta no estaba rota ni las ventanas. Se llevaron a Luciano envuelto en una sábana blanca con el monograma que bordó la tía Felicitas. Parecía un duende.

La policía  rebuscaba algo… para inculparlo. Él, estaba anonadado. Les mostró cada rincón, cada resquicio, cada escondite de la casa. Nada. No encontraron nada.

Se fueron sospechando que había algo escondido.

Desde el altillo de la casa de al lado, una ráfaga mostró un rasguño de sangre en la pared. Se movió alguien en la ventana. Era un muchacho hermoso que lo miraba con odio. Leandro cerró la puerta y corrió la cortina. Supo que había sido él. El intruso. Mañana lo denunciaría.

Al amanecer salió rumbo a la calle y no vio el arma.