viernes, 5 de diciembre de 2025

LA MARÍA COCINERA IMPERDIBLE

 

             La María sacaba a todos de la cocina a palmadas. Ella era la reina y su patrón, el doctor, la mimaba más que a su hermosa mujer.

 Era gorda la cocinera, morena de cabellos atados en un enorme moño de áspero pelo negro y sus caderas, se balanceaban con ritmo afroamericano. De sus marmitas salían unos sabores exquisitos y los niños gozaban de salud eterna. Crecieron como sólo ella, podía hacer crecer a quienes se prendían a sus milanesas, a su puchero o a su pasta con queso.

            Todas las tardes salían a comprar al mercado “La Pirámide” los alimentos frescos que María preparaba para esa familia que crecía a su sombra. Tenía más poder que todos los adultos de la casa. Un día se plantó frente al patrón y le comunicó que iba a tener un hijo. La joven señora de la casa, escandalizada por lo inapropiado del ejemplo para sus hijas, le propuso al marido despedir a la “cocinera”. La triste confusión de la señora Nenuca, fue mayúscula, cuando el marido prefirió a la empleada. ¡Nadie cocina como María, ella se queda!

            Así fue aumentando la panza y el descontento de la patrona. Un día le preguntó ¿quién era el padre de ese niño? A lo que María le dijo no saber bien, ya que el amor no tenía nombre ni apellido, para ella. La joven patrona se desmayó y el esposo, ofuscado le discutió por lo inoportuno de su pregunta. Enojada la señora de la casa se encerró y no habló por varios días con nadie alegando terribles dolores de cabeza, hasta que por las inquietas necesidades de los hijos, siete en total, tuvo que salir y enfrentar la realidad. La cocinera ya estaba a término y ella que no sabía cocinar, se sintió acorralada.  En medio de las disputas familiares, nació el pequeño Lorenzo, Lolo para todos los de la casa que lo “adoptaron” como hermano. En la casa jugaba con los hermosos juguetes que compraba el “doctor” en Gat & Chaves para todos los niños de la casa; tanto lo mimaban, que llegaron a sospechar del señudo dueño de casa. ¡Pero no! Puras habladurías de barrio, él, amaba a su hermosa mujer que no sabía ni freir un huevo… y adoraba a los chicos. ¡Pero más le gustaba comer bien! A pesar de los celos de  Nenuca, la casa se llenó de risas y chanzas por el chiquilín. Nunca se supo quien era el padre del Lolo, pero María siguió siendo la “reina de la cocina”. Dos reinas no pueden

 

“TIENDA LA “BELLA DAMASCO”

  

            Don Saleb Chalaide, había llegado desde medio oriente buscando a unos primos que nunca encontró. En la calle Infanta de San Martín, pudo comprar una vieja casa de adobes y en el frente, con las monedas de oro que le dio su madre, armó una tienda, donde comenzó a vender lo que conseguía en los mayoristas de Buenos Aires. Mercería, ropa de niños y telas. ¡Todos los precios incomparables! Su fino bigote y sus oscuros ojos musulmanes se perdían en las miradas de las pocas niñas que entraban a comprar. Nadie permitía a sus hijas ir al negocio, sin estar acompañadas por una chaperona. Él, era un hombre joven sin esposa y resultaba peligroso, pues atendía con especial cuidado a las mujeres jóvenes y lindas. Era un soltero sin familia. La soledad, a Saleb, le pesaba y trataba de conquistar el afecto de las señoras del barrio, dando cuenta corriente y crédito. Soñaba con tener una familia. Soñaba con la compañía de una muchacha, apasionada, que le llenara la tienda de niños. Pero su poco conocimiento del idioma y costumbres, lo hacían sospechoso para las madres de hijas casaderas. Muchas jóvenes del barrio, eran hijas de italianos o españoles, y él, era un “moro seductor”. Un día, a la siesta, sonó la campanilla que anunciaba la presencia de un cliente. Cuando salió de su intimidad de la trastienda,  se enfrentó a la mujer más bella que jamás viera. Regordeta, bien alimentada, como a él le gustaba, con un sobrio vestido de seda negra, señalaba el luto riguroso por el que atravesaba la muchacha, de alrededor de treinta años. El corazón del tendero se aceleró, miró los senos opulentos que empujaban la tela fina de la blusa, despertando el apetito adormecido de Saleb. Ella lo observó con discreción sopesando al hombre. Vio oro en sus dientes y en sus dedos, y mucho dinero en la caja de zapatos, donde guardaba los billetes de las ventas. Codiciosa miró el físico del joven moro y se imaginó en sus brazos. Leía folletines donde se contaban historias de oriente y supo que ese era un “hombre” para ella. Sensual, seductor y educado, Saleb, le sugirió que comprara sin cuidado, que tenía crédito. Sin mediar demasiadas palabras, la joven, pidió lienzo y tintura negra para teñirlo. Las manos hábiles de Saleb, extrajeron las mejores telas, ofreciéndole géneros adamascados y suaves, que ella aceptó mientras le relataba que su marido había muerto de tuberculosis hacía un año atrás. Saleb, acomodó los rollos y cortó sin medir ni la tela ni las consecuencias.

            Todas las tardes por una causa u otra la  Gregoria Fredes, entraba a la tienda y se quedaba charlando horas. Crecía el deseo primitivo de ambos. Primero fue un té de menta, luego algo de quepi, más tarde cordero adobado... así un buen día él, le propuso casamiento. Sin dudar un minuto ella aceptó.

            Dicen que el bueno de Saleb, cada día reprocha a Alá por esa mujer que lo vuelve loco hablando todo el tiempo a los gritos, que nunca le dio un hijo y le quita todo el dinero que gana en “La Bella Damasco”.

 

LA FLORISTA

 

                        La Fidela Quispe tiene un puesto de flores junto al monumento de Fray Luis Beltrán. El Tajamar está siempre lleno de agua color café con leche y ella se agacha para rociar las flores con el agua musical. Con su pollera multicolor desparrama alegría. Junto a su puesto de flores hay uno, de un tal “Mismicho Coque”. El hombre es silencioso y de muy mal carácter. Siempre pelea por todo y en especial desprecia a las mujeres. La Fidela ni le habla y eso lo saca de quicio. Su kiosco está siempre lleno de clientas que compran en el mercado “La Pirámide” y lleva buen dinero a su casa. Una tarde de zonda, la Fidela por sacarle las espinas a unas rosas se provoca un tremendo corte en la mano derecha. Cuando va a meter la herida en la acequia para lavarse la sangre, el hombre se arrodilla y con fiereza lo impide. La mujer asombrada no sabe qué decirle. Él, corre a su chata y la empuja para que suba. La lleva al hospital donde le ponen varios puntos. Ahora el puesto de flores es el doble y la Fidela luce en su espalda, un niño igualito al Mismicho Coque. 

 

LA SOMBRERÍA DE LA ALAMEDA.


                        En la tienda de Israel Blisman se colocó un cartelito que decía: “Se necesita sombrerera”. Pronto fue necesario sacarlo. Llegó hasta allí, una muchacha frágil, de nombre María de la Consolación Fernández, quien fue contratada de inmediato. Se sentó frente a una mesa de roble lustroso, para armar sombreros todos los días, con el mismo entusiasmo de quien crea una obra de arte. El cabello oscuro y sedoso, los ojitos marrones como ratoncito asustado le daban un aire de muñeca de trapo; pero, día a día se fue haciendo imprescindible para el viejo Israel. Cada mañana cuando arribaba, se sacaba unos horrorosos guantes verde brillante, colocaba su sombrerito de topé negro y su abrigo de pésima confección, en un enorme perchero. Poniéndose un delantal de griseta. comenzaba la tarea. Al ángelus se persignaba y rezaba, pues, educada en la “Misericordia”, sus oraciones eran impostergables.

                        Una tarde sonó la campanilla del cancel y asomó la enorme nariz un joven. Era Moisés Swoulesk, sobrino del dueño de casa. Los enormes ojos azules de Moisés, penetraron los dos puntitos marrones de la muchacha y se desplazaron airosos en su alma. La carraspera furibunda de Israel, interrumpió el descascarado contacto de miradas. Moisés comenzó a saludar mientras se sacaba la kipá y se acomodaba los peiots entre las orejas, que llenas de sabañones, parecían dos floreros. María de la Consolación siguió cosiendo las cintas de seda en los sombreros. Observaba asombrada el cuerpo masculino de recién llegado. Los fuertes hombros indicaban una gran personalidad. Moisés ingresó en la trastienda donde comenzó un diálogo con la tía,  en el idioma de los viejos, incomprensible para la muchacha. La conversación subía de tono y llegaron a gritar. Ellos hacía años habían huido de Polonia y se habían instalado en ese barrio conspicuo de Mendoza. Cuando salió saludó amablemente deteniendo su mano en el hombro de la joven, pero la mirada torva de Israel, ya se sabe, el tío, lo hizo que la retirara rápido. Salió apresurado, haciendo caer un maniquí con un sombrero de plumas azules.

                        A las ocho y media de la tarde, la sombrerera se colocó el suyo, el abrigo y se envolvió las manos en los guantes verdes. Sacando de su bolsillo unas monedas salió, saludó brevemente y cruzó la calle. La parada del tranvía estaba casi en el frente de la vidriera del negocio. Se apostó al lado de la gente, que como ella, esperaba. Subió saludando al boletero, conocido ya, que le dijo un piropo. Junto a ella, casi inadvertido, ascendió Moisés, quien a empujones, buscó sentarse junto a ella. La sorpresa fue mayúscula para María de la Consolación. Quedó muda. Él, comenzó a charlar. “Buena y mansa como fruta madura”, era la mujer que soñé. Pero cuando llegaron a la parada del tranway, que estaba a tres cuadras de la casa donde vivía con sus padres, los nervios la traicionaron. ¿Qué diría el padre tan exigente y celoso? Llegaba con un joven extraño, con rulos que caían sobre los hombros y con un sombrero negro que le oscurecía el rostro.

                        Caminaron hasta la verja y él, abrió la portezuela dando paso a su esperanza. Ella, trémula, puso la llave en la cerradura y sintió que dentro de su casa, se crearía un escándalo. Su padre leía “La Libertad”, el vespertino, sentado en el sillón junto a la única estufa que poseían, y su madre, en la cocina, manipulaba platos caseros. Un perfume de lentejas con panceta y chorizos colorados, les propinó un golpe bajo. Sabía que a los ortodoxos judíos, les está prohibido comer alimentos con cerdo. Don Israel, se lo había contado. Por lo que esgrimiendo una excusa le pidió que se fuera. Él, le besó la mano a la madre, le dio una palmada al padre y se demoró en la piel del los dedos lívidos de la niña. Un guante, sacado con apuro había rodado sobre la pequeña alfombra y él, lo había tomado. La kipá se había deslizado de la cabeza y ella en un intento de evitar comentarios la alzó. Salió Moisés apurado. En la manito de la sombrerera quedó aquel símbolo de su enamoramiento.  Antes de partir, en la verja, Moisés le tomó el rostro y la besó, con ternura y pasión, diciéndole palabras de amor.

                        Cuando llegó al negocio, al día siguiente, el patrón la miró esquivo y no esperó comentarios. Moisés no volvió nunca. Ella esperó. La señora Rebeca le contó el secreto; le dijo, que después de aquel día, a él, lo habían obligado a viajar a Buenos Aires. Se había casado con una muchacha de Villa Crespo, heredera de una gran fábrica a la que lo obligaron a desposar.

                        Los años para ambos fueron atravesando sus historias personales. Interesantes para él. Apenas relatables para ella. Un sin fin negocios y vivencias diferenciaron sus vidas. Él, creó un pequeño imperio económico. Una familia obediente y llena de viajes por el mundo, que llenaban de alegría el rostro del hombre padre. Su bella casa en donde se festejaban los recuerdos, Bart Mitz Bat y Años Nuevos; brillaba con el color de una familia con esperanzas en la inteligencia de los hijos que llegaron a completar las expectativas de los ancianos abuelos.

                        María de la Consolación, siguió en su ensoñación dando todo de sí. Cuidando a sus padres y los siete sobrinos que alegraban el pequeño hogar obrero en la tierra de los sismos. Callada y simple como un pajarito de campo cantaba en su mesa de trabajo, sin cambiar su peinado ni su figura delgada y pálida.

Cuando Moisés camina por la calle Canning o cierra algún negocio difícil, saca y acaricia un pequeño y horroroso guante de lana verde brillante. Recuerda a la bella cristiana que iluminó su juventud y el sueño de un amor verdadero.

Ella en el corpiño tiene una pequeña kipá con una dorada estrella descolorida. Y cubre sus canas con el viejo sombrerito negro de topé, que él le sacó una noche, antes de darle el único beso de amor, que recibió de un hombre.

                       

 

UNA MADRAZA

 


         Esta vez lo haré sin mezclar las pasas con el alcohol” – dijo la cocinera mordiéndose el labio y miró por la ventana hacia el jazminero. El día jueves anterior, había encontrado a Amiela debajo de los jazmineros del jardín bajo el efecto de una terrible borrachera. ¡Esa mujer, su ama, estaba pasando una terrible depresión! Cuando Javier se fue a  Punta del este, ella se derrumbó. Cada mañana despertaba con terribles jaquecas por la bebida, que desparramada en la alfombra, denunciaba su impotencia.

             La vieja cocinera tomó la determinación de investigar con quién había viajado el hombre. Supo por Fermín, el chofer, que lo había llamado el gerente de la empresa desde allí, el Uruguay, por un encuentro con inversionistas chinos, que no querían ingresar al país. Así, ella, Amiela, pensó que él, había huido con alguna fémina. Hizo unas llamadas secretas al hotel donde se alojaba su muchacho ( ella lo había criado desde pequeño) y luego de una charla bien clara, se comprometió a hacer lo que debía.

            Cada día, Amiela, buscaba en cada rincón de la casona una botella sin encontrar nada. Su samaritana, estaba despierta a las necesidades de la joven mujer. No fue fácil impedir que bebiera. Era una adicta. El socio, Fermín, no malograba el esfuerzo. Unos días más y llegaría el amante esposo. Era cuestión de resistir.

 

¡POBRE JÚPITER!


 

En el silencio de la noche solo se oía el lejano ladrido de los perros. La luna estaba apenas dibujada tras una enorme trama de gasa grisácea de nubes. Se movían las hojas de los enormes eucaliptos entre la mala hierba que taponaba el sendero por donde cientos de pasos, había abierto antaño una senda irregular, irrespetuosa. Trepidaban los pajonales con un viento frío y desordenado que circulaba como una calesita de tamaño gigante.

Hacía frío. La noche se dispersaba con perfumes y olores de las alcantarillas abiertas para drenar el agua de las lluvias sempiternas. No se veía un ser humano desde donde esperaba Artemio el sulky de Fresneda que tenía que acercarlo a la funeraria. Tiritaba y se apretaba las manos contra el pecho derrotado por la tristeza y la furia.

A lo lejos vislumbró una breve luz agónica que se movía por lo que alguna vez fue un camino. Los caballos resoplaban por el aire húmedo y el viento. Seguro que se morirían de frío si no le había puesto la capota. El chambergo y el poncho de lana de vicuña, que le había regalado su padre hacía muchos años, ya no tenía ese apretado tejido de antaño. Mucho uso y poco cuidado. Se agachó para avistar mejor debajo de la niebla que ascendía de la tierra hacia los plátanos y eucaliptos.

Ya cerca, pudo ver bien a los caballos y al hombre que se envolvía en un enorme poncho negro. Una boina le cubría la cabeza despejada de pelo hacía tiempo. Sonreía. Su boca era una enorme tronera oscura sin dientes y su nariz filtraba un lánguido jugo acuoso y desagradable. ¡Qué frío de mierda, suba Artemio! De un salto se sentó junto al hombrazo.

Día infernal para este trabajo, dijo mirándolo de reojo. Parece que todo está hecho para hacerme sentir un pedazo de nada. Y usted, Fresneda, tener la cordial ayuda de llevarme. Algo se movió debajo del poncho del vecino. ¡Eh, viene con compañía! Y mitigó el sonido el chasquido de unas ramas que se derrumbaron frente a los caballos.

¡Parece que la muerte nos está buscando! La cabeza peluda de un perro sin estirpe, asomó debajo de la prenda negra. ¡Ah, Júpiter, volvé a tu lugar! Y empujó con fuerza la pequeña cabeza del cachorro. No me lo puedo sacar de en sima. Es de la patrona, pero me sigue a todos lados. Artemio, suspiró y se acomodó mejor junto a Fresneda. ¡Lindo amigo!

De pronto... detrás de una planta de granado, saltó un aguará guazú y le hincó el diente al perro El grito rompió la noche. Y un ronquido lastimero se desparramó por el sulky. Júpiter, adonde te lo llevas, maldito animal... devolveme al cachorro. ¡Qué puta suerte! Justo a nosotros y en esta noche de infierno. Los caballos siguieron galopando con una rapidez de locura. El miedo se trepaba por la ruedas del pequeño vehículo. Los hombres, se apretujaron bajo las prendas oscuras y el látigo sonaba y restallaba para azuzar más a los pobre animales. A lo lejos bajo un charco de sangre tibia quedó Júpiter con sus miembros rotos por la mandíbula fuerte del felino.

¡Mire que raro, estos andan de día y no en la anoche! Pero ya estamos por llegar. A lo lejos se veía el lugar donde velaban a la mujer de Artemio.  Era una noche larga por delante. El campo santo no recibe a nadie a estas horas del día y menos con este clima. Y se dejó ver en Artemio una lágrima fría que corría por las arrugadas mejillas del hombre, Fresnedo se caló aun mejor la boina, no fuera que lo viera llorar su compañero. Pero él lloraba por su querido Júpiter. 

UN MÚSICO LLAMADO VALERIO


 

                               SEÑOR MINISTRO TENDRÉ EL HONOR DE INTERPRETAR PARA USTED LA SINFONIOTA: EL AIRE ENTRE LOS ÁLAMOS.

 

 

            El artículo del periódico solicitaba un músico con experiencia en piano. No explicaba para qué tipo de tarea era el llamado. Daban una dirección en plena ciudad y en una calle poco concurrida. Zona de bancos y empresas navieras.

            Hacía dos semanas que el había terminado sus giras de conciertos por pueblos del interior. No que ría volver a esa vorágine de ir de hotel en hotel de teatros buenos a lugares húmedos y destartalados. ¡Odiaba ser profesor! Los padres mandaban a los hijos creyendo que iban a ser famosos y lo único que conseguía eran peleas, discusiones y malos ratos.

            Preparó un currículo y vistiendo su mejor atuendo se presentó en la dirección que daba el diario. Una fila variopinta de personas, esperaban ser recibidas. Hombres y mujeres. Pero no eran más de diez. Algunas las había cruzado en algún concierto y a otras ni sabía quienes eran. Se tapó la cara con el sombrero lo mismo que un gángster intenta pasar desapercibido. ¡Un poco de pudor le quedaba, después de todo había trabajado en algunos teatros importantes!

            Detrás s e acomodó una joven pelirroja que masticaba un chicle de globo que estallaba en sus oídos como bombitas pequeñas de plástico. No se volvió a mirarla. ¡Debe ser un desastre de poca educación! Se apoyó contra la pared y se puso a repasar una composición que tenía impresa desde hacía varios días y que no había abierto para estudiar. Ella, la joven, comenzó a cantar una balada picaresca y algunos se voltearon y rieron a coro.

            ¿Perdón usted no es el pianista Valerio Antucchi? Él, intentó esconderse. Pero ella insistió. ¡Sí, es usted! Seguro será contratado. El barco zarpará pasado mañana y estará dando la vuelta en un mes y medio. Yo vengo para servir las mesas de primera. Lo vi. en mi pueblo. Me gustó mucho su concierto, mi mamá allí, como nos ve, sabía tocar bien el piano, pero se casó con mi papá; entre nosotros, un desastre de hombre y... adiós piano y adiós vida, para ella y nosotros los siete hijos hicimos lo que pudimos.

            Se abrió una puerta de madera pesada y apareció un hombre de cuerpo atlético, muy tostado por el sol y de voz fuerte. Los que vienen por trabajo de cocina pasen al piso tres, los que vienen como camareros de habitación al piso dos y los músicos al quinto. Todo el grupo ingresó y al quinto solo le tocó a él. ¡Buena señal, tendría una buena posibilidad!

            En la oficina donde ingresó, en medio de una hermosa "pecera" de acrílico ostentosa se veía un crucero en maqueta muy detallada. ¡Esta será su casa! Y como él, era el único pianista que se había presentado quedó contratado. Viajaría por mar y océanos con su música.

            Le entregaron un contrato abierto al que podía renunciar si no quería seguir en la faena. Pero no era un mal presagio. Conocería lugares y gente maravillosa. Con un cheque por una jugosa cantidad de moneda extranjera, tuvo que ir a comprar un atuendo variado y exquisito. Y a las últimas horas del día siguiente subió en la rada por una planchada al enorme crucero. Lo acompañó un joven que le hablaba en inglés. Pronto supo que hasta el comandante del mismo, era extranjero. Pero una vez dentro, en un camarote digno de un jeque se instaló.

            Sintió el ingreso de la gente y el bullicio de las sirenas y altavoces de mando. Y comenzó el suave movimiento del enorme buque. Tenía tres pisos sobre el agua y varios bajo el agua. Además, una zona más elevada donde viajaban los que tenían el mando.

            Cuando le avisaron que debía bajar al tercer piso a cenar, lo hizo bien vestido. ¡Era el pianista del barco! Cenó austero. No podía interpretar su música atiborrado de comida. Y le indicaron el lugar donde estaba el piano de cola.

            Así, noche tras noche paseó por un sin fin de temas de música del mundo. Mientras la gente comía, bebía y charlaba. Indiferentes a su música. Hasta que una noche se acercó un personaje pintoresco. Un hombre de unos setenta años, calvo y con gafas muy gruesas. El bigote afrancesado en sus mejillas redondas. Le dio la mano... regordeta y suave con uñas muy cuidadas. ¡Señor, Valerio Antucchi,! ¿Qué desea que interprete para usted? ¡Soy el ministro de cultura de la isla Feroe, y le entregó una cartulina con su nombre y varios títulos! Me gustaría que interprete " LA SINFONIOTA: EL AIRE ENTRE LOS ÁLAMOS." Y allí descubrió que no conocía esa pieza musical.

            Él, sin desanimarse, le dijo: Mejor hagamos disfrutar a las damas con la "Abanera" de la ópera Carmen. ¿No le parece?