martes, 26 de mayo de 2026

LA LOLA


 

            La criaron como se cría a un huérfano. Con mucho trabajo y poco afecto. La persona que la quiso más fue doña Purificación, gallega hasta los tuétanos. El marido apenas hablaba español. Siciliano testarudo y de mal carácter, ni miraba a la criada. Sólo recordaba, la niña, que se llamaba Lola. Ni el apellido, ni el día de su cumpleaños; no tenía identidad. La finca poseía extensos parrales y árboles frutales. Era su refugio. Trabajaba desde el amanecer hasta el crepúsculo, sin pedir absolutamente nada. Difícil, enclenque y dolorido, su cuerpo era quien le daba ese calor épico a la vida. Sólo unos enormes ojos color Chablís, entre amarillo topacio y dorado verdoso, con pequeñas chispitas marrones, la embellecía y hacía que la gente la observara sorprendida. ¡Y la permanente dulzura de su rostro infantil!

            Arrastraba una pierna. Según dijo el médico de Tupungato, había tenido una fisura en el hueso mal curada, en algún momento de la infancia. La espalda, con escoliosis, era una “s” itálica que le daba la imagen de una extraña figura. No hablaba. No conocía la risa, ni participaba de bailes. No repetía cantos que la madre adoptiva solía tararear mientras guisaba. Jamás la mandaron a la escuela. Pero era despierta y rápida con las cuentas, que hacía con garbanzos o fichas en la cosecha.

            Pasó el tiempo y comenzó a tener las transformaciones propias de una mujer. Fue su ruina. Tenía hermosos senos blancos, cadera ancha, cintura fina y cabello de color trigo. Trastornó sin saberlo a los jornaleros, tomeros y al contratista, que comenzaron a decirle toda clase de guasadas. Impávida, siguió su tarea, sin mirar ni responder. Alrededor de marzo, el tiempo de cosecha, próxima a los catorce años, mientras echaba maíz a las gallinas, un obrero golondrina la agarró de las trenzas y le apretó la boca. Luego, apoyándole un cuchillo en el cuello, la arrastró por la amarga tierra hasta un cobertizo y la atravesó con su verga. Desesperada, trató de defenderse, pero el mordisco, patada y golpe de puño, no alcanzó para salvarla del ataque salvaje. El tipo escapó como un zorro rastrero. Sola, allí, con su sangre chorreando por las piernas y desorientada, sólo atinó a ir al galpón para esconderse. Unos barriles de vino blanco, fue lo único que encontró. ¡Y se lavó con vino! Después, sin llorar siquiera, regresó a su tarea habitual.

            Cada vez más silenciosa. Más triste. Lola.

            Tres meses pasaron hasta que el Juan, tomero de la zona, descubrió que vomitaba apretada a un parral. “La Lola no me engaña, la muy raposa, tan callada y esquiva, está preñada” Y se fue derechito hasta donde estaba doña Purificación. ¿Sabe la noticia? La Lola, lo tenía bien escondidito. Está preñada. ¿Ahora qué van a hacer con la “santita” esa?

            Doña Purificación se sentó con terrible sofoco Con el faldón del delantal blanco, se secó el rostro sudoroso y haciendo un gesto de desprecio al chismoso, dijo airada: ¿Qué te importa a vos? Sos muy metiche y lenguaraz. Andate de mi casa, no te quiero ver por acá. Desgraciado. ¡Bien que si la hubieras podido agarrar vos, ahora te estarías escondiendo como perro rabioso! ¿Y quién dice que no fuiste vos, malparido? Manoteó un cucharón para tirarle a la cara alcahueta del Juan que salió como lagartija asustada, mientras negaba puteando airado.

            Al entrar a la cocina, la mujer miró el rostro y el cuerpo de la Lola. ¡Vení, sentate! Contame, ¿qué te ha pasado a vos y quién es el padre? Un mar de lágrimas inevitable, escapó de los ojos de topacio. Cuando terminó de hablar, con sollozos entrecortados, doña Purificación la abrazó y acunó, como nunca lo había hecho. ¡Pucha, che, en medio de la vendimia, uno no puede estar atenta a estos ladinos! ¡Son tan hijos de puta algunos… ya vamos a ver qué hacemos!

            La discusión con el viejo, fue histórica. Grito va grito viene mientras la Lola se tapaba los oídos... Al final, el testarudo, se desparramó de amor y casi llorando dijo que allí había un refugio para un niño. Purificación le dio un abrazo como cuando tenía veinte años; y unieron el corazón pensando en el hijo que no pudieron concebir.

            Pasado unos meses, necesarios, entre tejer y coser; luego de preparar una cuna y el tiempo justo en la espera, nació una niña. Hermosa. Morena con ojos color Chablís, como los de la madre. Una verdadera joya.

            La Lola quiso bautizarla con vino blanco de aquella barrica que le lavó la sangre en vendimia.


INFIEL


 

Apesta el olor a fritura en la galería. Los visillos dibujan filigranas sobre el corredor que lleva en damero a los fondos de la casa. Es vieja. Hace calor y hay humedad. Las chicharras clamorean sus atractivos sexuales buscando aparearse. Una modorra manifiesta se despliega en los dormitorios. Ventiladores perezosos desdoblan sus aspas gastadas, con zumbidos de insectos invisibles, sobre las sábanas de algodón que clarean las sombras. Hay perfume a clavo de olor, canela y vainilla, mezclado con otro hediondo. Puro sexo. Vómito y mierda.

Fantino yace semidesnudo bajo el sopor del vino y la cerveza. Ron y cachaza, noche tras noche, amancebado con las busconas de Puerto Las Palmas. Un vientecillo suave, mueve las cortinas de una puerta ventana, atrayendo aire con hedor a río que se entrevera con aromas interiores de la casa. Aire que espanta moscas y mosquitos que, en la oscuridad sacrifican, con su necesidad de sangre, la grosera piel del ajumado moreno.

            Temprano ha comenzado el ruido de los carros que llevan la pesca y los mariscos al mercado. Los gritos de los hombres que trabajan no lo despiertan de su interminable borrachera. Una gallina atrevida ingresa en la habitación en penumbra y picotea el piso donde hay restos mutilados de comida derrochada en la jarana. Nadie se atrevería, como el bicho, a acercarse. Seguramente, un zapatazo sería la respuesta. Sin embargo Nunila, escoba en mano, limpia el patio de tierra sacándole brillo al polvo cerca del catre. La cadera sazonada sostiene la enorme falda, de algodón blanco, que arriscada atesora su cuerpo mulatazo.

Las manos hábiles fabrican, para curiosos y extranjeros, metros y metros de puntillas en las sombras de la tarde, cuando espera el grito de Fantino que la llama. Odia esa voz. Odia al hombre. Odia el mundo y a las hembras que venden su cuerpo a esos machos y al infame gordo alcoholizado. Su marido. Está siempre tirado, pensando vivir sólo para copular noche tras noche, incluso contra la voluntad del cuerpo que apenas se resiste. Grotesco. Inmundo.

Nunila fue bella. Morena de ojos claros y larguísimo pelo ondulado con brillo de perlas negras. Creyó en él. Creyó que la sacaba del infierno donde vivió hasta los doce años. Del rancho, donde cada hombre era más y más bruto con el ron o la ginebra en su cuerpo infantil. Estaba allí, ahora, en la semi oscuridad de la vieja casa que guardaba un secreto. Antiguo caserón con estirpe de épocas pasadas, donde la riqueza relucía entre los marrulleros comerciantes que traían oro y plata de las minas del interior. También esmeraldas y putas.

Cada barco que atracaba era un escándalo en el puerto. Atiborrado de mujerzuelas y borrachos. Gritos y peleas, que acababan en las zanjas con sangre de algún infeliz nunca buscado por alguien.. Marginales. Para Puerto Las Palmas no había una ley y, si la había, nadie sabía cuál era.

Nunila en silencio sobrevivía al horror de todo ese horror. Callada, cocinaba plátanos fritos, marisco y pescado, arroz con cerdo y especies. Nunca le dio ni una moneda, el Fantino. Nunca. Sólo vivía de las manualidades. Pagaba a algunas rameras con los pocos billetes que conseguía de los extranjeros que en el mercado, se enamoraban de los encajes que elaboraba con habilidad de maga. Le daba dinero propio a las putas que tenían hijos criados por abuelas del campo.

 El áspero vino fiestero y el alcohol de caña, lo traía Amancio —socio de su marido— que en realidad era el dueño del burdel y de hembras robadas con engaño del interior empobrecido. La casa era de la suegra.

La morena era fiel. Era Nunila la “mujer” de Fantino. Salía, con el turbante entramado, que escondía el tesoro de pelo que usaba en una ceñida trenza. Ronroneaba cadencia la pollera suelta que le cubría hasta el tobillo. Descalza. Seria. No era igual a esas infelices que traían cada noche a la bullanga.

            A veces, se atrevía a los altos, por la escalera desvencijada y entraba en la gran alcoba de la señora Santina, la suegra muerta; y abría los cofres cubiertos de mantos de seda filipinos. Se ponía uno de aquellos trajes de seda que fueron la gloria de la madre de Fantino. Soltaba la cabellera. La sujetaba con peinetas de carey o nácar; y usaba los aretes de oro y zafiros que escondidos en un pequeño cajón de la cómoda, dormían en descanso de tiempo. Se transformaba en señora. En dama. Caminaba sobre la alfombra de Persia. Se daba aire con el abanico de plumas de ave del paraíso. El espejo le devolvía un fantasma. Gloriosa su belleza nativa. Majestuoso su porte de reina. El preferido era el verde agua, con encaje de Bruselas. Las enormes enaguas de lino aún conservaban la fortaleza del almidón. 

Nunila parecía una pintura arcaica de la colonia moribunda. El cuadro era de otro siglo. De otra vida. Después se desvestía, guardaba su secreto y volvía al traje de algodón blanco y al turbante. Nada sacaba para sí, su marido, si la atrapaba, le daría tantos palos como pelos tenía en la cabeza. La señora Santina su suegra, esa que ella cuidó hasta la muerte y que nunca la consideró esposa del hijo idealizado, no permitiría su travesura. ¡Si viera a Fantino! Borracho todo el día, encamándose cada noche con una, dos y hasta tres mestizas del puerto, cuando ella se encerraba en el dormitorio. Caería en otra apoplejía como la que sufrió cuando supo que, su finado Evaristo, tenía una manceba con nueve hijos por ahí, en las afueras del Puerto. Hijos que, por supuesto, hizo desaparecer sin recelo de la zona pagando a unos matones sin escrúpulos, antes de caer en esa inmovilidad que la desquició.

            Después, con el tiempo, la mulata tomó por costumbre pararse frente al cuadro de doña Santina para hablarle. Como le charlaba en el lecho, mientras le curaba las escaras evitando que se infectara. El calor era una molestia que irrumpía a destajo con toda clase de bichos, casi invisibles, que picaban y mordían la piel dejando heridas. ¡Insectos infernales!

 Otras veces, cuando le daba de comer, la madre se negaba a abrir la boca y algunas lágrimas corrían por su piel lechosa. Ella, con un pañuelo secaba una a una y le acariciaba la frente. Igual, nunca la quiso. Nunca devolvió un gesto, una palabra, nada. Nunila, bella mestiza, era hija incestuosa, tenía madre-hermana, negra y el padre blanco y borracho empedernido de ojos claros. Por eso alardeaba la mujer de los propios. Eran de cielo cambiante y, según se avecinaba una tormenta, mutaban en destellos tentadores en una mirada profunda. Un día en la feria, tropezó con un hombre que le dijo: ¡Hembra tienes ojos de mar tormentoso! ¡Sí que eres bella, serías mía si te atrapo! Huyó, dejando abandonada la cesta con la compra, sobre un mesón de madera en la calle.

Provocada por la seducción de las palabras escuchadas escapó. El hermoso extranjero trató de atraparla, corrió, pero lo evitó desapareciendo entre los callejones malolientes del puerto. Después, lloró su destino. Entre los paraísos en flor, lloró su suerte.

            Al regresar una mañana a la casona, un grupo ruidoso de gente; entre ellos dos vecinos que siempre la codiciaron, y Amancio la esperaban. Algo extraordinario había ocurrido. Fantino salió gritando por la calle. Cayó como partido por un rayo en las piedras mugrientas de la acera. Balbuceó algo. Una espuma blancuzca le burbujeaba entre los labios. ¡Nunila ayúdame! ¡Santina vino a buscarme! ¡Mamaaaaá! Luego, dando un revolcón en tierra, quedó sin conocimiento. Los ojos en blanco y uñas amoratadas como los labios. Fue lo último que se vio en él, antes de que se hundiera en la perplejidad de la muerte.

            Nunila con el señorío y silencio de siempre, redujo todo a un sepelio corto. Sin ruido y sin llanto equívoco. Pocos conocidos fueron para acompañarla. ¡Mejor!       

            Despachó con fiereza a prostitutas y al Amancio. Los parroquianos salían disparando cuando les tiraba con lo que tenía a mano. ¡Vuelvan a sus mujeres! Les incitaba. ¡Vuelvan a ser hombres de verdad!

            Una semana más tarde, limpió la casa. Pintó con cal cada habitación, lavó y cepilló ventana por ventana, mueble y piso, dejando que la luz de la vida regresara a la vivienda. Se transformó en la dama que soñó ser. Con la tela de los vestidos de doña Santina se hizo ropa a la moda de la época, se adornó el cabello con aquellas peinetas de la difunta y habilitó el salón, para que allí, se aprendiera a fabricar encaje. Pronto, las muchachas de otros barrios llegaron para aprender. El murmullo de las voces juveniles, le cambió el estilo a la zona.

            Un atardecer, estaba sentada Nunila en la galería, cuando vio que bajaba por la escalera misia Santina, resplandeciente con el traje de seda amarillo pálido, le tomó la mano y dejó en su palma una caja llena de joyas, que nunca supo, ni Fantino, que existían. Luego, le dio un beso en la frente y salió por la galería desapareciendo para siempre entre los jazmines.   


ENCUENTRO EN DURBAN

           

            Hoy encontré la carta que escribí hace años a los Reyes Magos. La letra es la de una niña de ocho años que recién comenzaba a crecer, soñar y esperar. La leí emocionada recordando aquellos días. “Queridos Reyes Magos, les pido que este año me dejen la muñeca de ojos azules que está en la mercería de doña Porota. Soy la alumna que tiene las mejores notas en todo cuarto grado y, en clases de baile, ya logré hacer punta por más de quince minutos. La señorita Sonia dice que tengo futuro como bailarina, pero mamá dice que ni sueñe, que nunca me va a dejar. Yo ahora prometo no ser bailarina si me traen la muñeca. Con cariño: Luciana”.

             Me senté en la orilla de la cama de mamá, mientras tomaba una copa de Cabernet fresco y recordé cada minuto de esos días. Encontré varios papeles y cartas, que escondió, para que no lograra llegar a la capital, a la selección de becarias en el Teatro Coliseo. A su pesar, lo conseguí.

 Renuncié, esta vez, a varias funciones en New York y Durban, para realizar la horrible tarea de enterrarla y desarmar la vieja casa en el pueblo. Los vecinos, en el cementerio, me miraban con envidia. Creerán que hacer un trabajo como el que tengo es mejor que el de ellos. Viajar tanto en avión de París a Londres, de Moscú a Berlín o Tokio, no es como caminar por las calles tranquilas del pueblo en que crecí. Andar bajo los paraísos en flor o los jacarandaes violetas, con olor a tierra húmeda y escuchar el canturreo de los pájaros. ¿Qué es mejor? ¿Quién sabe? A veces, cuando estoy sola en un hotel, en el que ni siquiera salgo a recorrer la zona, siento nostalgia de esta patria chica. El querido pueblo de la niñez.

Una lágrima está borroneando la tinta de la hoja de cuaderno en que hice el pedido de Reyes. Esa muñeca todavía permanece en mi nostalgia, acompañándome. No es llanto de dolor el que se escurre, sólo añoranza de la infancia.

 

            Hace exactamente tres años, cuando papá iba desde Paraíso del Indio al pueblo, en el viejo Chevrolet, un tornado lo elevó sobre el pastizal de los Silveira. Desapareció. A los seis meses encontraron parte de la carrocería en un bañado como a noventa kilómetros de casa. A mamá le dieron pequeñas pertenencias de papi, que hallaron algunos chacareros en los campos. Nada importante: un pulóver, un zapato marrón, la caja de herramientas vacía, además un libro de Víctor Hugo, embarrado y con pocas hojas. De él, nada en concreto.

 Al año siguiente, en Semana Santa, encontraron un cadáver. El comisario dijo que era el cuerpo de papá. Lo lloramos como si en realidad lo fuese. Nadie estuvo seguro que fuera él.

            Me llamo Luciana. En noviembre cumplí los ocho. Como todas las niñas del pueblo, voy a la escuela y a danza. La señorita Sonia es mi profesora.  Ella —dicen mamá y la tía— era una gran bailarina. Un día tuvo no sé qué enfermedad en los tendones y ya no pudo competir en audiciones de ballet. Nosotras miramos, sobre el piano de la sala, un sin fin de fotografías en que se la ve, en algunos teatros, con tutú y zapatillas de punta. Están firmadas por gente muy importante y destacada, me parece.

 

            Mi pueblo sigue tranquilo. La pereza abunda entre sus habitantes y crece lento. Los que viven aquí están detenidos en el tiempo. Abrumados por los miedos. Los moradores, beben en bares todo el tiempo vino casero, ginebra y caña. ¡Es un problema!

 

Acá las madres temen todo. Si te ven hablar con alguien mayor, no les gusta; si te ven jugando en la plaza a la siesta o en la tarde y comienza a oscurecer, salen a buscarte. Es como si detrás de cada hombre, hubiera un monstruo capaz de comerte. La mayoría trabaja en la chacra. Cosecha y siembra. Mi papá vendía plaguicidas y abonos. Nunca encontraron el maletín donde llevaba las muestras.

            La señorita Sonia dice que no pierda la esperanza de reencontrar a papá. Mami se enoja cuando le cuento lo que hablamos entre paso y paso de baile.

            Pronto será la cuarta navidad esperándolo. Es feísimo esperar y esperar, aunque la parentela nos invita a pasar la fiesta con ellos. Siempre agradece mi mami, pero nos quedamos solas en casa. Es más triste, pero es una manera, de estar más juntas. Unidas en nuestra desgracia.

 

Al principio, no me daba cuenta de que nos faltaba plata, luego descubrí que recibían ropa para arreglar y después hacían vestidos, camisas y pantalones, para vecinos del pueblo. Así pudieron mantener la casa.

 

            Ayer, me mandó a la casa de la señora Clarita. Debía llevarle la falda nueva, ésa de color blanco que iba a usar en el baile del colegio. Luego, pasé por la mercería a comprar hilos y un cierre cremallera color anaranjado. Allí la vi. La muñeca más hermosa que jamás pude haber soñado. Estaba sobre el mostrador de vidrio, junto a una caja llena de guantes de seda, ésos que usan los chicos que hacen la primera comunión o son abanderados.

            Recuerdo que me quedé un rato mirándole los ojos azules y el cabello castaño, de pelo natural que caía como en bucles sobre el vestido de plumetí rosado. ¡Los zapatitos color negro de charol, con dos pequeños pompones y hasta medias blancas! Tenía dos dientecitos que le asomaban por los labios apenas abiertos. Lucía pestañas de verdad y cejas pintadas suavecito, sobre las mejillas de un sonrosado que apenas le daban color, como a una niña recién nacida. Deditos regordetes. Aritos y pulsera de perlas. La señora Porota, me dejó observarla un rato, sin decir nada. Después, dijo que le llevara las cosas a mamá, pues estaría preocupada. Ya caía el sol y si oscurece sabe que se asusta.

           Volé con alas entre nubes de ensueño. Jamás volveré a pasar por ahí sin mirarla, recuerdo que me prometí. Se la voy a pedir a los Reyes Magos. Esa muñeca será mía. No una parecida, ésa.

            Le conté a mamá. Dijo que no pidiera algo tan caro, porque los Reyes, tienen que repartir juguetes a muchos niños. La tía me miró mal. Pensé que era una bruja porque vivía retándome por todo y tal vez haría algo para que los reyes no me la dejaran.

           Anoche escuché a mamá llorando. Le decía a la tía, que era imposible comprar nada extra. Imaginé que hablaba de los zapatos que necesito, pero el corazón me dio un porrazo cuando le oí decir. “No le puedo comprar la muñeca a Luciana, deberá esperar, tal vez más adelante” ¡Doble pena, saber que los Reyes Magos no existían y que nunca tendría la muñeca de ojos azules!

            El día de la fiesta de fin de curso, grande fue mi sorpresa, cuando entré en la dirección de la escuela y vi la caja con ella en una mesita. ¡La iban a rifar! No tengo más esperanzas, pensé. Me fui a casa y lloré a escondidas. Mamá sufrió bastante con la desaparición de papá, no debía darle más pena. Me acosté con los ojos rojos e hinchados, pero igual me dormí. Esa noche soñé con mi papi. Venía volando. Entró por la ventana y traía en la mano un papel con el número 8. Sonriendo me mostraba el cielo y por allí se iba.

Cuando desperté, le conté a la tía y sonrió. Salió rápido de la cocina hacia su habitación, me dio un peso y dijo que corriera y comprara el número de rifa de la escuela. “Comprá el 8 “. Y no corrí, volé. Lo encontré. Gracias a Dios nadie había querido ese número. Con el papelito verde en la mano, apretado contra mi corazón, se lo llevé y de alguna manera supe que la tía, me quería y no era mala, como pensaba yo, cuando me regañaba. Al número, lo guardó en una Biblia vieja que era de la abuela, y así llegó el día de la rifa. Cuando escuché que cantaban el 8, casi caigo desmayada.

La directora tomó de mi mano el número, miró el que un nene de jardín de infantes tenía en la mano, al que sacó de una bolsita donde estaban todos y tomando la caja, me la puso con cuidado en los brazos.   

            Pronunció un largo discurso, que no entendí, pero creo que dijo: “Luciana se lo merece. Porque es estudiosa y ha perdido a su papá”. Cuando llegué a casa con la muñeca, saltábamos abrazadas alrededor de la mesa del comedor. Mamá comentó que papá me la mandaba desde el Cielo. Ese día creí nuevamente en los Reyes Magos.

 

            Hace unos meses, caminando por el aeropuerto, antes del debut en Durban, en Sudáfrica, se me acercó un nativo, muy extraño, vestido con una túnica amarilla y un enorme turbante de color brillante. Su piel oscura, relucía con el neón de los pasillos. Los ojos parecían dos estrellas negras en un mar rojizo. Una enorme sonrisa acarició mi desconcierto cuando, en perfecto francés, habló: “Su padre, al que veo, dice que el cuerpo está en el fondo de un lago en su lugar de América. Él, su espíritu, está siempre cerca, ahora mismo permanece parado a su lado. Sonrió y señaló la muñeca que llevo desde niña en brazos cuando viajo. Se la regaló cuando usted tenía ocho años. Le expresa que la ama y que se cuide al bailar”. Luego, con paso lento, se perdió entre la muchedumbre en el aeropuerto.

 

 

 

 

sábado, 23 de mayo de 2026

LA MULATA

 


 

¡Aleida…! Aleida, contesta. ¿Eres sorda o lela? Te he llamado desde esta mañana y no acudes. Llegó una carta para ti. ¡Pobre el que te la envió, no sabe que eres como una nube seca!

La muchacha es la hija de una trabajadora de los campos de café. Nació de un amor prohibido. Sin padre nombrable y sin datos precisos sobre otras particularidades.

Esta mulata mía, va a ser pintora… ¡Ja, ja, ja! No me hagan reír si no habla.

El billete que está en el sobre, tiene su nombre y una beca para ir a la academia en la ciudad de Tamarativa.

La madre, se paró con las piernas abiertas, bien apoyadas en la tierra, los brazos caen en jarra, las manos en las caderas. ¡Miren la piel clarita, sus grandes pies, manos que parecen lianas, y tan delgada como las varas de san José! Ese pelo ni mota ni lacio, ojos infernales de color verde oscuro que miran según su instinto, para bien o para mal. La van a regresar apenas la vean. ¿Quién mandó ese billete?

Aleida. Si la mulata, la despreciada por la familia. Todos negros puros, fuertes y ruidosos. De noche los tambores y tamboriles les hacen menear las caderas a las mujeres, preñadas o no. Ella, siempre apartada, solitaria y en silencio.

Sentada en una pequeña banqueta, lee y relee su papel, ese que le abre un enorme ventanal a la vida. Su sueño, es pintar el mundo, mostrar la belleza de un amanecer o una tormenta sobre los cafetales.

Comienza a prepara su pequeño equipaje. ¡Es la primera vez que sale del cafetal! Pero sabe que su pobre ropa y sus abalorios son mínimos para cuando se enfrente a sus pares.

Toma una madrugada el autobús que la traslada a Tamarativa. En él, viajan familias enteras. Pobres obreros del campo. Llevan sus bártulos, sus animales de granja en jaulas de palma y comen sobre papel de periódicos los plátanos fritos y panes de sémola.

Aleida, acuñada en un asiento, con su pequeño bulto y su silencio, los observa y ya los está pintando con su imaginación.

El autobús se bambolea en el camino desastroso que las lluvias y acarreos van dejando como una herida oscura en medio del colorido de la fronda. Se duerme unos instantes y sueña con grandes pinturas de colores vivos. Cuando despierta, el ruido y bullicio de la gente le grita que ha llegado. Lleva en su corpiño la dirección de la Academia de Arte.

Su cuerpo es una escultura de belleza mestiza, con una larga trenza que cae sobre su espalda insinuando sus largas piernas torneadas.  

Al ingresar docenas de ojos se vuelven a mirar a esa joven que parece salida de un cuadro hecho por manos nativas. Aleida, se estremece pero encara a una joven de gafas que detrás de un enorme escritorio le sonríe. ¿Tú eres la nueva? ¿La que viene de Miranda? Aquí tienes los papeles que tienes que llenar, no olvides de completar todos los datos. Si hay algo que no comprendes, me preguntas. La muchacha se aleja con un mazo de papeles y comienza a escribir. Los ojos de los que van pasando se transforman en un carrusel hasta que suena un extraño gong y cada cual entra en un recinto cargando carpetas, telas, pinceles y un sin fin de objetos. Ella termina y entrega. La secretaria ojea las respuestas y sonríe. ¡Por fin una joven que ha contestado bien todo!

Bueno, comienzas mañana. Tienes que traer sólo una ropa sencilla y nosotros te proporcionamos el material. Sale eufórica. Canta y sonríe a los paseantes que la miran asombrados.

Las clases son maravillosas. Para Aleida todo llena sus expectativas, mientras acepta los consejos de sus maestros canta. El antes ruidoso grupo de alumnos hace silencio y escuchan esa voz que parece salida de un paraíso. ¡Eh, mulata, le dice una rubia pulposa que se muere de envidia, de dónde aprendiste a cantar así! ¿De la barraca de esclavos?

El profesor, indignado la saca del aula y le reprocha, a la otra muchacha lo que ha dicho. Tienes dos días de suspensión y pierdes media beca. Acá no se discrimina a nadie. Sale llorando y con más furia que pena. En el portal choca con Aleida que le dice: ¡No te preocupes, no te molestaré más con mi música! En mi tierra siempre se canta cuando se trabaja. Te pido disculpas… si te molesté. Atrás, un coro de jóvenes hace un ruido extraño y comienzan a parlotear. Ella debe pedir perdón, no tú. Canta amiga, canta que nos gusta mucho.

Pasan los días y todo vuelve a la normalidad, pero un día, el cuadro casi finalizado de Aleida aparece con manchones negros. El profesor se imagina que es una venganza de algún compañero menos competente, pero elogia lo “original de la manchas” y a propósito la ensalza.

A poco de terminar el primer trimestre, aparece un caballero con una señora que se presentan de la televisión. ¿Quién es la pintora que canta? A coro dicen: Aleida, es ella.

Bueno mañana te presentarás al canal y te haremos una entrevista. Y el corazón de la joven cabalga atropellando silencios. ¿No tengo ropa? Ni zapatos, mira mis manos, le comparte a dos compañeras que están felices con su novedad. ¡Nosotras te ayudamos pero vamos contigo. ¡Sí, gracias!

Temprano parece una modelo de la revista Magazzine y allá van las tres. Cuando entra, nuevamente todas las miradas se distraen en esa figura esbelta y bella. La separan de sus acompañantes y la entran en un pequeño espacio donde la vuelven a maquillar. ¡Sales al aire en siete minutos! ¿Qué? Sí, te prueban en siete. Tranquila eres bella y según dicen una ganadora.

La llevan de la mano a un escenario y la luz no le permite ver a sus amigas que deliran entre los butacones. “Señorita Aleida Almexil, cante su canción favorita”. Y la joven improvisa y canta, pone todo el amor por su terruño y recuerda la voz de la abuela Fufú, que le cantaba mientras trabajaba en el cafetal. De la zona oscura salen gritos y aplausos. ¡Excelente! Cante otra canción pero esta vez  será acompañada por Xuxiao, el guitarrista y J.K. En batería. Suena una melodía afro mezclada con la voz maravillosa de la muchacha.

Se prenden las luces del salón y los que están allí de pie aplauden. Aleida ha llegado a ser seleccionada en primer lugar. Una mano firme la saca de escena y la lleva frente a un quinteto de artistas consagrados que la felicitan.

A partir de ese día, su vida cambió. Hoy es una de las voces más escuchadas y grabadas del mundo y ella es muy feliz.

EL HOMBRE DEL BASTÓN

 


 

Amanecía en “Las Compuertas”, campo si los había, pletórico de sembradíos. El trigo en paños se movía como la cabellera rubia de una doncella, los girasoles, abrazaban el sol con un esfuerzo supremo de convertirse en ese inmenso disco de fuego, alabando al demiurgo, el maíz estiraba sus verdes brazos hacia el infinito con sus penachos dorados que inseminaban los granos de los maíces.

El ladrido de los dogos, alteraban el suave sonido de las aves. Unas nubes rosadas se almacenaban sobre los eucaliptos al oeste. Entre la vegetación, sobresalía la casa. Antigua y dura. Las piedras con musgo empobrecían las viejas paredes despintadas y la cal sólo se enseñoreaba en las zonas altas. Los ventanales distraían la mirada de los que se atrevían a llegar hasta el portón de hierro en la entrada. Atadas con cadenas, se retorcían los postigotes rotos por las tormentas.

Un parterre de flores amarillas, apretaban sus pétalos dorados, confiando en la orilla de la escalera la entrada. La puerta, despintada había sido verde. Una aldaba de bronce, con la figura de un extraño duende o demonio, servía de anzuelo para llamar a los habitantes de ese caserón avejentado.

Celmira, se asomó, cuando los animales comenzaron a desgarrar sonidos agudos. Una sombra se deslizaba sobre los pastos duros del camino. Un sombrero negro, ocupaba el cuerpo de un alguien atrevido y ajeno. La capa soportaba el torso desgarbado del personaje y un bastón sobresalía a cada tranco que revoleaba para sacarse de encima los perrazos.

¿Quién vive? Gritó la mujer, secándose en el delantal las manos húmedas de miedo. Deténgase o disparo. Los animales dejaron de ladrar y zigzaguearon alrededor del cuerpo mustio y desgarbado. Ella, abrió la ventana con cuidado. Apenas asomó el rostro y el perfume del tabaco fino y a humedad del susodicho, le dio en la nariz.

Mi nombre es Plácido Villoria. Vengo desde el Cortijo de Andrada. Me envía don Lezica. Quiero hablar con usted o con su padre.

Celmira, sintió un escalofrío. ¿No sabía Lezica que su padre yacía en un lecho perdido, sin conocer a nadie, ni siquiera a ella? Cerró la ventana y pidió licencia para acomodarse un poco. En realidad, buscó el viejo revolver de Francisco y lo escondió bajo su delantal de cocina. Abrió lentamente la puerta. Lo miró de frente. Unos ojos negros se clavaron punzantes en su rostro. Hable conmigo, mi padre duerme y no lo voy a despertar por un desconocido. Hizo un ademán y la rodearon los mastines.

¿Puedo pasar?- dijo el desconocido. ¡De ninguna manera! Acá no entra nadie sin mi consentimiento o el de mi capataz. Francisco ha ido a comprar herraduras y un barril al pueblo. Regresará más tarde. ¿Qué necesita?

Disculpe mi atrevimiento, pero, don Lezica y su tío Andrada, me pidieron que viniera a por la cosecha del trigo. Quieren comprarla y yo se las voy a llevar al molino de Ahumada. Quieren que me diga un precio a pagar por todo el grano.

Celmira, se acomodó contra la pared, necesitaba aire. ¿Cuánto podría pedir por semejante cantidad de trigo? Se restregó las manos. El hombre clavó sus ojos de ascuas en los dedos deformados por el trabajo duro que veía en ellas. Lo voy a pensar. Esperaré que venga mi capataz y haré números con mi padre.

Plácido Villoria sonrió, le brilló un diente forrado en oro en una boca austera de otros dientes. Si quiere lo esperamos. O despierte a su padre y él, podrá decirme cuánto quiere. Sacudió el bastón sobre el lomo de un animal que se acercaba mucho. ¡Ey, no me muerdas tunante!

Sal de ahí, Ulises, el señor te tiene miedo. Y el animal bajó las orejas pero el brillo de los pelos marrones, erizados, reflejaba su astucia y atención. ¡Dije que no pasa nadie a esta casa!

A lo lejos una nube de polvo se acercaba. Era Francisco que regresaba antes de lo previsto. Llegó con los caballos sudados y sedientos. Al apearse, mostró el trabuco en su cintura. ¿Qué anda buscando el caballero? Doña Celmira, vaya adentro que yo me arreglo con este señor.

Ulises, se sentó entre ambos gruñendo. Celmira, ingresó, pero quedó con las orejas pegadas a la ranura de la puerta. Desconfiaba de ese hombre. Difícil que Lezica y Andrada, no supieran que su padre tenía demencia senil. Ellos, si bien hacía tiempo no venían por el campo, sabían por los obreros, que el dueño de Las Compuertas, ya no sabía ni que su hija era ella. Quien lo cuidaba, le daba de comer en la boca y lo afeitaba. Difícil era bañarlo. Y el médico venía una vez por mes a revisarlo, darle algún remedio o tizana para que no tosiera tanto. De golpe sintió un estampido.

Abrió la puerta y Ulises, saltó sobre el bandido. Le asió con sus colmillos la mano y evitó que detonara otro balazo a Francisco. Éste, yacía bajo un charco de sangre. Un calor agrio le atravesó el cuello a la mujer y un grito salió apenas de su garganta herida.

La empujó y con el bastón le hincó un afilado puntazo en el pecho. Ulises, cayó herido también, y se vinieron los demás animales y desgarraron al asesino.

La noche se desparramaba sobre la escena cuando llegó un desorientado Lezica, herido pero vivo. Él, no había logrado desatarse antes, para avisarles a sus vecinos que ese matrero les venía a robar.

Cuando abrió la puerta de la habitación del viejo, éste, lo miró y dijo: Lezica, ayude a mi Celmira y a Francisco. Algo malo ha pasado. Yo nunca he podido. Y se volvió a perder en su universo de olvidos.

ELIDIA


 

Deambuló por las calles entre las sombras de árboles y arbustos. Estaba descalza y aterida desde que salió huyendo de la cochera. Las luces de color que señalaban los diferentes carriles de las avenidas, la mareaban más y más. Se detuvo. Miró obsesa a su alrededor. ¡No podía saber qué o quién la merodeaba! Los pocos ruidos y chasquidos que ingresaban como flechas a su cerebro eran saetas de hielo. Un miedo enorme se había colado por sus huesos. Estaba sola. Estaba como un pájaro herido.

El sudor le corría por la espalda y el pecho. Tiró su chamarra de jean en un rincón del sendero. Un ave graznó y voló bajo, casi la rozó con sus plumas negras. A lo lejos vio un vehículo que pasaba lentamente por una de las calles del parque. ¿La buscaban a ella? Se sentó apoyando las espaldas contra el tronco áspero y frío de un árbol. Se acurrucó como animal atrapado en una trampa mortal.

¿Y si no hubiera acudido al llamado? Pensó. ¿Y si no hubieran insistido con palabras melodiosas y sutiles? ¿Quién como ella sabía que no tenía que dejarse tentar? Volvió a pasar el vehículo con el motor ronroneando como gato en celo. Vio a lo lejos una figura que se acercaba. Se tiró por un costado dejando su... sí, tenía que volver y recuperarlo. Se estiró y aprehendió el mango. Le dolían los dedos y las palmas. ¡Cómo duele la muerte!

Iba amaneciendo. Un brillo púrpura se desplazaba entre los brillantes vidrios de los edificios a lo lejos. Un alboroto de aves la rodeó. Se tapó los oídos y se enroscó como gata en parición. Estaba tan ofuscada y asustada como esos sobrevivientes que se desplazaban entre los carones y trapos mugrientos detrás de los pequeños muros que rodeaban los senderos. Marginales. Adictos, desposeídos, locos y perdidos.

Ya llegarían los gimnastas, los que cada mañana al alba creían ser los dueños del viento. Y sin apuro, se fue escondiendo entre las ramas de ciertos arbustos espinudos. Sangre. Tenía sangre en las manos. En la ropa. En el alma.

La fatiga la dejó tirada como un pedazo de nada sobre la tierra húmeda y fría. ¿Puede alguien dormir después de haber vivido algo como eso? Sus pies sangraban, sus lágrimas secas no le permitían ver más allá de las paredes del puente que permitía el paso sobre la pequeña callecita que rodeaba el parque.

Todo olía a tierra, a humedad y a gritos silenciosos, que desparrama la noche cuando estás muerta por dentro. Un breve rayo de sol, inquieto, se metió entre las hojas. Parecía un ojo husmeando. ¡Pobre Elidia! Se había equivocado mucho. Estaba perdida.

Se quedó dormida. Alguien quiso robarle su más preciado valor, y saltó con fuerza. ¡No, es mío! El ladrón salió trastabillando hacia la otra zona del parque. Y ella, con los ojos desorbitados, le gritó mil palabrotas. ¿Cómo se atrevía? ¡A ella, nada menos y ahora!

El vehículo llegó sin hacer ruido. Se detuvo y bajó una mujer robusta y seria. ¿Elidia Fuentes? Levantó lentamente los brazos con el cuchillo en la mano. Soy yo.

¿Ha matado a su madre? ¡No se mueva! Y responda.

Sí, he matado a esa perra. Esa que me arrancó el corazón cada mañana, cada tarde y cada noche desde que tengo recuerdo... y caminó lentamente hasta el metal frío del coche policial. ¡Elidia Fuentes queda detenida por matricidio! Y entró en el habitáculo negro como alma muerta y corazón perdido. Su historia, se había terminado cuando aceptó ir a la casa de su madre esa tarde.

TRAS LA VENTANA AZUL

 


 

Comenzó a pintar un cielo azul. Pero no había visto desde hacía mucho tiempo el cielo. El encierro. La locura. El silencio. Etelvina. ¿Está caso bajo el mismo techo? Siguió pintando. Un cuadro, otro y otros en colores de cielo, de libertad de augurios. Recordaba a lo lejos, cuando cerraba los ojos la casa de su abuelo. Era tan cálida y perfecta como la canción que escuchaba desde su lecho.

Escuchó los pasos de una persona que se acercaba por el largo pasillo de la clínica. ¿Qué le traía ahora? Un sueño. Una larga lista de pequeños recuerdos enmarcados por láminas doradas. Un libro. Esos que solía traerle Etelvina con ilustraciones de parques o de bosques en invierno.

Se bajó de la cama hasta quedar en el piso acolchado de espuma. O era sólo un sueño. ¡No importa! Viene como un pájaro de esperanza. Se detiene e ingresa. No es Etelvina. Entra un hombre de blanco. Y mira mi ventana azul, sin vidrios ni cerrajas. ¿Cuántas pintaste hoy, me dice? Lo miro sorprendida. No lo conozco y él, sabe que mis ventanas azules vuelan en los lienzos.

Me acerca un vaso con agua clara, transparente como su mirada curiosa que se posa en mis telas. ¿Qué bien pintas! Y ríe. Está por darme otra de esas pastillas que me da Etelvina y que yo guardo en mi almohada. Escondidas, por cierto. Cómo haría para pintar ventanas si tomara esas pequeñas cápsulas que me quitan el sueño y no puedo volar a través, de los vidrios azules, de mis ventanas al cielo.

Son de color rosado. Me las pone en la mano. Son distintas a las que guardo. Prueba, me dice, estás te harán soñar con pájaros y flores!  Y las tomo. Y de pronto despierto en el silencio y salgo volando por las ventanas de vidrios azules de mi cuarto. Vuelo, vuelo por el aire que me envuelve el cabello que tiene color tiza y ha crecido en los años que me quedé en mi habitación de la clínica donde me dejó mi amado, cuando conoció a su "princesa" de pelo colorado y ojos de esmeralda. ¡Está loca! Cuiden de ella. Y partió al olvido. Y yo me quedé sin él, y sin mi vida. Ahora vuelo hacia el infinito, el sol me acaricia el rostro. Soy libre.

Tal vez, volveré por las ventana de vidrios azules para esperara que regrese por mí. Y vuelva a casa.