miércoles, 15 de abril de 2020

DEL LIBRO INÉDITO DE POESÍA


Y un día, un día como hoy
atravesaré la calle como el duende curioso
como la lluvia fina que desgrana lamentos y
un perro solitario detendrá la pisada glamorosa del viento
Arrancaré una espina
caerá una rosa con pétalos mojados
sobre las pulcras piedras de la esquina
nuestra esquirla donde los augures
transformarán una vez sola en marejada de escombros
el espectral camino de mi talle perdido
solar vegetal de tu mirada
remanso cauteloso de los ojos  que dormitan.

EL ÁNGEL NEGRO




            Estamos cruzando el río con una canoa frágil que compramos con nuestros ahorros. Es pequeña y pintada de colores vivos. El río se desliza suave como un reguero de miel o aceite entre un sin fin de plantas. Hay ruidos desconocidos por la costa. ¿Serán monos o aves? No tenemos idea de dónde provienen. No le tenemos miedo. La aventura nos ha superado. Primero la avioneta se descompuso en medio del tramo que nos llevaba al puerto, luego caminamos por una ruta contraria hacia donde queríamos ir, nuestro viaje de tres días está durando trece.
            Chalo dice que ese número no hay que nombrarlo, es mufa. Yo no creo en esas cosas. Rolando que es medio místico, nos alienta con unas oraciones que parlotea a toda hora. Me cansa, pero no le digo nada porque es bueno y ayuda en todo. Seguidamente al llegar al único puerto que encontramos había sólo una canoa. Ésta que se desliza como sobre miel caliente. Gracias a Dios no estamos solos, hemos visto algunos nativos caminar por la orilla. Nos miran con su boca desdentada y nos hacen señales que no entendemos.
            Giro y un sordo ruido surge entre las frondas. Es una imagen extraña. Lo que vemos es como un enorme ángel negro con un par de alas emplumadas que se abren sobre nuestra bonita canoa. Pareciera envolvernos con sus alas de grafito brillante y garras afiladas. Clava sus grandes ojos en mí. Me toma por el hombro y me sostiene sobre el río como un juguete sin forma. Lloro con desesperación. El número trece, pienso y con un llanto de cobarde, me lanzo a gritar y a golpear con mi mano ensangrentada al Ángel Negro. Los nativos vociferan y saltan de alegría. Ahora entendemos que ellos esperaban eso. Le grito a Rolando que rece por mí. Un dolor cálido me consume mientras mis alaridos se pierden para siempre. Ellos siguen navegando huyendo de ese monstruo alado que ya sació su hambre.


OLORES FUERTES




            Observé un largo tiempo, insegura por dejarla sola. Estaba bañada en sudor. Ardía de fiebre y deliraba. Cerca de nuestra casa había caído un rayo con la fuerte tormenta que arreciaba en el campo. A varias leguas a la redonda no se oía sino el ruido de los rayos y el brillo mañoso de las nubes que chocaban enojadas con la tierra.
            Tal vez, lejos de casa había otro tipo de guerra, una real, con bombas y obuses, minas y bayonetas caladas. Pero acá en la estancia, la guerra la peleábamos con la salud de Elinor. Entré en la habitación y el fuerte perfume que despedía el extraño emplasto que le había colocado en el pecho la vieja “Palmita”, que nos ha criado desde que éramos pequeñas ya que mamá se dedica a ayudar a papá y al abuelo con la cría de animales; fue como un golpe rudo en mi pobre nariz. La lluvia parecía que deseaba desenterrar árboles y casas. El galpón cimbraba o roncaba, según la furia del viento. A lo lejos se podía ver el bosquecito de paltas y guayabas, que era arrancado de cuajo y volaba por el aire en remolino para estrellarse contra las paredes enormes de silo.
            Elinor jadeaba. Su pecho silbaba como el fuelle del viejo armonio de la iglesia anglicana del sur. Ni mamá ni el abuelo podrían regresar del pueblo donde estarían refugiados. Habían ido a depositar cierto dinero de la venta del trigo que gracias a Dios se pudo cosechar antes de esta tormenta.
            Se sintió un olor extraño que venía por los pocos espacios que quedaban libres entre los grandes ventanales que el viejo Isidro con su muchacho, el “Cabezón” habían tapado firmemente con placas de madera. Me acerqué a una hendija para espiar y vi que un rayo estaba quemando el enorme árbol de encina que adornaba la entrada de la casa. Ese era el olor. Un terror me asomó en la cara y la buena “Palmita” me dijo sin dificultad: ¡Mi niña ni que vieras a la “marimanta” justo aquí!
            No creo que un fantasma como la marimanta me asustaría tanto Palma, hay un incendio cerquita de casa. Espero que cese con la lluvia.
            El susto no nos lo va a quitar nada. Le tengo terror al fuego y ustedes lo saben, desde aquella vez que me acerqué tanto a la chimenea que se me prendió la falda de seda celeste. Elinor me miró con unos ojos abiertos que me produjo espanto. ¿Mi árbol preferido se está quemando? No te preocupes, le dije, tu frente está más caliente que tu árbol. Se quedó callada y mustia. Palma le puso paños fríos en las sienes y le mojó la ropa de cama. Eso le bajó el calor corporal. Sentimos el aldabón de la puerta e Isidro salió para abrir. El viento que entró llenó la casa de un olor fuerte a leña verde quemada.
            ¡Tranquilas dijo papá ya ha amainado la tormenta! El árbol se secará y pondremos uno nuevo, pero un poco más lejos de casa. ¡Por precaución! ¿Cómo está Elinor? Todos nos miramos… ella parada junto a Palma, se abanicaba tratando de sofocar el enorme calor que sentía. Mamá nos dijo: ¡Chicas esto, como la tormenta también pasará! Y abrazamos al abuelo que solo señalaba su botella de scotch y con seriedad comenzó a rellenar la vieja pipa con olor a chocolate.



SALTÓ AL BALCÓN




            Mi viejo era un héroe. Viajaba siempre al interior con la chata llena de mercadería que vendía en el campo. Con lluvia y con sol, con viento y con calma el iba por caminos internos, no por las rutas. Las rutas las usan los comerciantes grandes, los que llevan muestras. Él, no, el vendía ollas, juguetes, ropa de campo, zapatos, alpargatas, cuchillos y mil cosas que conseguía en los galpones de la aduana o en garajes escondidos de los grandes comercios.
            Dormía en la camioneta o tal vez en algún cuchitril, de esos que hay por los caminos con luces de colores y flechas que dicen “Hotel” y son de cuarta. Mi madre lo adoraba. Y nosotros, los cinco hermanos también.
            La Lidia, aprendía piano, con doña Tiburcia y cuando sentía que llegaba rezongando la chata, se sentaba en el piano y tocaba y tocaba y mi padre la miraba y lloraba. De alegría lloraba. Yo coleccionaba “El Gráfico” y él, se sentaba en un sillón destartalado en el porche y los leía y acariciaba mi cabeza. ¿Sabés como me acuerdo de mi viejo? Si me parece hoy que lo estoy viendo con la foto de Labruna y a Di Steffano a quienes admiraba tanto. Mi hermana Célica se escondía debajo de la mesa que mamá tapaba con una carpeta que tejía con hilo fino y una aguja finita, y espiaba los libros de mi hermana que iba a la escuela Normal para ser maestra. Tal vez hubiera sido mejor que nunca creciéramos.
            Un día mi papá llegó fuera de hora. Mi hermana Carlota no había ido a misa con nosotros y mamá. Él, como no tenía llave saltó por el balcón a la pieza de arriba y el mundo se vino en catarata hacia el “carajo”. El Aurelio Marín, nuestro vecino, casado con la Antonia, estaba desnudo en la cama con mi hermana.
            Papá no dijo nada, sacó una pistola que llevaba siempre por las dudas y le pegó un tiro. Tan pero tan mal que en vez de darle al “tipo” mató a la Carlota. Ya no va a ser maestra.
            Vino la policía y se lo llevó a papá y al Aurelio. ¡Pobre mi papá, nunca supo que la puerta estaba sin llave; porque de la vergüenza se colgó en la reja de la celda en la comisaría! 


sábado, 11 de abril de 2020

MENSAJE SECRETO


       La organización envió a varios agentes de inteligencia a Kioto, nadie sabía bien quiénes serían los que nos recibirían. Viajamos en avión, ya que los miles de kilómetros que nos separaba desde Costa Vieza, impedía que llegáramos en otro medio. El viaje fue realmente mortífero. Una fuerza superior nos mantuvo alerta y allí abrimos los sobres con las órdenes que emanaban del “Jefe”. Teníamos allí la orden de fisgonear a un tal Kevin Khi, alias H’shy, un chino-americano, que aparentaba ser un oscuro comerciante en estatuas de mármol hechas en serie. Era un experto en karate, actor secundario en varias películas de ambientación china, y  sus oscuros ojos infundían misterio.
                                   Todo caminaba bien, hasta que en el hotel donde nos hospedábamos comenzó un fuego, que se descubrió luego, con la investigación, había sido encendido por alguien, usando combustible, y que hacía entrar oleajes de humo mortal entre todos los hombres. Nos asfixiábamos. Mäntel, el lúcido investigador que había viajado con nosotros, organizó una fiesta para tratar de descubrir a quien quería deshacerse del grupo. Era evidente que el mestizo no estaba involucrado porque lo teníamos muy controlado.
                                  Contrataron a un grupo de geishas y prepararon un menú extraordinario. Las muchachas con sus kimonos y sus rostros de exquisita belleza trastornó a dos de nuestros hombres, que cautivados, no advirtieron que entre el sushy había una trampa mortal. En pocas horas tuvieron una muerte dolorosa pero en la autopsia, no encontraron nada extraño. La enorme maldad de quienes estaban involucrados era evidente. Comenzó una búsqueda obscena, nada quedaba fuera de los ojos de los agentes. Mäntel, tenía fe que pronto sabríamos de qué se trataba esa venganza. Una organización de traficantes de obras de arte antigua, estaba detrás de todo eso, pero ninguno supuso que Kevin Khi, era un agente secreto de China, que buscaba a los involucrados. Apareció ahogado entre el oleaje pútrido de la laguna Biwa y con un mensaje en la boca escrito en un antiguo trozo de seda de la dinastía Tokugawa.
                                   Una noche que fuimos invitados por un simpático secretario del presidente de Taganaka, la empresa de comercio del señor Öntuwe, supusimos que sería un beneplácito para esos malos momentos que vivíamos. El teatro kabuki, estaba repleto de serios caballeros nativos. Sólo nosotros estábamos allí, extranjeros en toda nuestra ignorancia de dicha tradición. La representación, magnífica por el esplendor de trajes y decorados, cubrió el mensaje. En la escena onnagata desenmascararon a uno de los hombres y le sucedió una máscara de extranjero. Siete sables samurai, traspasaron al actor y se produjo la escena mie. Ahí advirtió Mäntel un mensaje secreto de muerte. Lívidos, salimos del teatro y subiendo a un taxi, partimos directamente al aeropuerto. Dejamos que Öntuwe, quien nos había hecho la deferente invitación se comunicara con nuestro jefe. Él, sabría descifrar el secreto.


MARIPOSA


Sutil arco iris

se posó en el negro encaje de mis penas
traficando recuerdos
alas petrificadas
cuarzo rosa   labios infantiles
imperceptible aleteo de miradas
un beso           el primero
boca indefinida en sueños sin frontera
corolario de incógnitas   
marchito
realidad  efímera
instante en que una mariposa
hechicera voló al infinito de los sueños

ya no está
sus alas se quemaron en el tráfago
sórdido del tiempo
mariposa sutil
pequeño arco iris
infancia    adolescencia.


JUGANDO CON PELOTAS DE TRAPO



         La calle es tan ancha que podemos jugar un picado. El Pedrito marca con las alpargatas los arcos. Manuelito, con zancadas mide la distancia entre arco y arco y discute porque son muy cerca. Borrón y de nuevo se marca uno de los arcos. La Chuni trae agua limpia en una botella de cola y la deja al lado del Gordo para que se refresque, no vaya a darle el ataque de asma. Lo cuida como que su hermano la deja jugar de vez en cuando.
         Pasa un coche y levanta una nube de tierra, pero no empaña la ilusión del picado. El Chiche, es el diez. Es el único que fue al club a aprender fútbol y les enseña las reglas en serio. En el “colegio” la maestra de gimnasia no los deja hacer fútbol, dice que no está en el curtículo. ¡Che, no digás palabrotas delante de mi hermana! Grita el Gordo porque el Chiche le dice “estúpida” a la Chuni al patear despacio.
         Los chicos juegan toda la tarde. La mamá de Chiche los llama a tomar el yerbiado. Dejan la pelota de trapo en la vereda y corren. Manuelito está dolorido, se le rompió la zapatilla y tiene un dedo con sangre. La Chuni le lava y le pone un trapito limpio. Los ojos de Manuelito son una fiesta. Más tarde seguirán jugando. Después irán a hacer las tareas, ahora es tiempo de recreo.
CURTÍCULO: CURRÍCULA
YERBIADO: MATE COCIDO, INFUCIÓN DE YERBA MATE.